viernes, agosto 07, 2026

UN PARTIDO DE FÚTBOL EN EL AÑO 2226

 


«No podemos predecir el futuro, pero podemos inventarlo.»

Dennis Gabor (1900 - 1979)


AÑO 2226

—Hola Kai, al fin me atiendes, ¿qué estás haciendo?

—Elion, ¡qué sorpresa!, acabo de instalarme en mi nuevo módulo, lo terminaron hace un par de días. ¿Cómo estás, querido amigo?

—Por ahora bien, pero me temo que si no soluciono un problema en la planta potabilizadora, me echarán el próximo lunes. Cuarenta millones de personas se quedarán sin agua potable, y yo seré el responsable.

—Ustedes, los ingenieros, son siempre alarmistas; después solucionan todo.

—Espero que eso ocurra, porque de lo contrario saldré en las noticias.




—Para serte franco, yo también pendo de un hilo. La semana pasada se rompió una válvula del depósito de oxígeno y no había repuesto. Por suerte aquí hay un experimentado señor que la reparó; es un mago con todo lo referente a electrónica, mecánica y robótica. Si pido un viaje de emergencia, con la situación económica de la base, me echan sin remedio.

—Escuché en las noticias que la base lunar está económicamente quebrada, ¿es así?

—El inconveniente es que la base china logra —no me preguntes cómo— cerrar contratos con decenas de empresas de investigación. En cambio nosotros solo trabajamos para PLX, que desde que empezó con los viajes a Marte tiene gastos enormes y falta mucho para que su negocio le brinde beneficios.

—Te digo que aquí, Kai, están ocurriendo cosas muy extrañas. Desde que se amplió la Corte Internacional de Justicia, el sistema de agua y alimentos sigue de mal en peor. Se están tomando medidas de emergencia que son parches y que solo afectan a los no ciudadanos. Esto está generando un malestar que puede estallar en cualquier momento.

—Algo escuché, pero es como siempre: dejan que la cuerda se estire y se estire.

—¿Cómo están tus padres y tus hijos, Kai?

—Muy bien, mis padres a sus ciento setenta años siguen buscando aventuras. Ahora están en una colonia aquí en la Luna, del lado oscuro; me dijeron que les encanta, hacen caminatas grupales y acampan. Son unos viejos locos. Y mis hijos están armando una empresa de robótica muy original: son robots acompañantes y asistentes que pueden interactuar con chicos, adolescentes y adultos motivándolos para su crecimiento personal en aquellas áreas que les interesan y más les gustan, detectando las aptitudes de cada uno.

—Qué interesante. ¿Ya los están comercializando?

—Aún no, están en una etapa de pulido de detalles y todavía no tienen al capitalista interesado. De hecho, esto no es una idea nueva, Japón ha desarrollado algo muy similar, pero mis hijos sostienen que pueden mejorar el valor de venta.

—¿Cómo está tu familia, Elion?

—¿Cuál de ellas: la primera, la segunda o la tercera? —respondió irónicamente Elion.

—Todas, hombre, cuéntame —dijo sonriente Kai.

—Bien, muy bien. Todos al frente de sus empresas. Quiero reunirlos a todos en mi cumpleaños; ciento diez solo se cumplen una vez en la vida. Están invitados tú y tu novia.

—Allí estaré, amigo.

—El que está en problemas es nuestro amigo común Jual.

—¿Qué le pasa?

—¿Recuerdas que tenía su empresa de drones?

—Sí, por supuesto.

—Bueno, había lanzado un nuevo producto que consistía en drones de carga y uno de ellos falló estallando en una empresa, lo que provocó un incendio devastador. La última vez que hablé con él estaba desbordado. Le pregunté si necesitaba ayuda y me respondió que solo podía solucionarlo con varios millones de Bitcoins 23.

—¿Pero no tenía seguro?

—No, administrativamente es un desastre, no tenía seguro. ¿Puedes creerlo?

—Él se busca los problemas, es increíble.

—Tengo que dejarte, Kai, tengo una reunión de emergencia.

—Suerte, nos hablamos.

EN ALGÚN LUGAR DE LA TIERRA

Los dos amigos quedaron en encontrarse donde siempre: un lugar de la ciudad muy descuidado, una pequeña plaza sombría entre altos edificios de departamentos grises con sus escaleras de emergencia oxidadas. El césped se observaba en mal estado, crecido, y un olor a humo se sentía en el aire.

—Hola, Elis.

—Hola, Rin, ¿cómo estás?




—Si te digo bien, te estaría mintiendo; tal vez lo correcto sería decir que aún vivo.

—Tú eres siempre melodramático, tienes que ver la vida desde otra perspectiva.

—¿Y qué perspectiva es esa?

—Disfrutar de tus seres queridos, por ejemplo.

—Mis hijos viven todo el día conectados a su mundo virtual. Su madre los debe zamarrear para que coman y beban algo. Raly es una buena mujer, pero hablamos poco y nada. Como conclusión, estoy harto de esta vida.

—¿No has probado ir al teatro, al cine o al parque a andar en patineta?

—Me he aburrido de todo eso, no encuentro una distracción para mí. Incluido eso que no me preguntas pero que imaginas. Me gustaba viajar en mi auto, pero desde que nos prohibieron circular fuera de nuestras ciudades me quitaron mi libertad, parte de mi vida. Quisiera ver nuevamente un amanecer en el mar, disfrutar de un campamento en las montañas o correr en el campo bajo el sol. Pero no, nosotros solo podemos subsistir, no podemos disfrutar de la vida. Debemos conformarnos con ese mundo virtual que es gratuito, pero no existe.

—Piensa, Elis, que a todos nosotros nos falta esa libertad que añoras, no es a ti solo. Mira, hace unos meses que me estoy reuniendo con un grupo de personas que pretendemos poder cambiar las cosas. ¿Quieres venir?

—No podrán cambiar nada, ya se intentó una vez y fue peor.

—Esta vez es distinto: en aquel momento se quiso hacer por la fuerza, hoy no; estamos convencidos de que podemos aportar algo más que tan solo ser indocumentados a los que se les da vivienda, alimentos y agua de mala calidad.

—Dime sinceramente, Rin, no tenemos estudios, jamás hemos trabajado, solo sabemos leer, escribir y manejar nuestros teléfonos. ¿Qué podemos brindar a una sociedad que nos ignora?

—Hay algo que podemos brindar.

—¿Qué cosa, amigo?

—Suplantar a los robots.

—Eso es imposible, son muy superiores y eficaces, es imposible reemplazarlos.

—Te daré un ejemplo simple, Rin.

—Cuál, sabelotodo.

—El deporte, ¿a ti te gusta?

—No, el gimnasio me ha saturado, se ha convertido en una película virtual sin atractivo; lo mismo ocurre con otros viejos deportes como el golf, el básquet o el tenis. Se juegan de forma individual dentro de las casas, frente a una pantalla.

—Exacto, Rin, cada vez se está menos en contacto con el sol, el viento o la lluvia. Nos estamos convirtiendo en seres encerrados en cajas, activando nuestros sentidos artificialmente.

—Estamos terminados, amigo. Tu grupo de amigos son soñadores, no podrán cambiar nada.

—Creemos que sí, Rin. Mira, hay un hombre mayor en nuestro grupo que se dedica a buscar viejos archivos binarios y los traduce. Nos ha mostrado un informe de un extinguido periódico de un país que tampoco existe ya, que se llamaba Argentina, en donde en el siglo veintiuno compitió en un torneo mundial de fútbol; lo curioso es que, a pesar de haber salido segundos, la pasión que esta gente demostraba para con sus jugadores era indescriptible. Realizaban fiestas en sus pueblos, saliendo a la calle a festejar con un entusiasmo que yo jamás he visto. Otro de los integrantes de nuestro grupo, que es un estudioso de las sociedades humanas, nos dijo que, en su opinión, este comportamiento de festejo y alegría se debía a que la gente, al ver a sus jugadores de carne y hueso, imaginaba que son ellos los que están jugando, y entonces sienten en carne propia los golpes, el esfuerzo, el cansancio y el estallido emocional cuando se convierte un gol.

—¿Qué se les ocurre hacer para cambiar nuestra situación? ¿Volver al pasado?

—Algo parecido, Rin. Mira, otro integrante de nuestro grupo es investigador de comportamientos y psiquis humanas, y tiene una teoría muy convincente: él dice que si pudiéramos practicar nuevamente los antiguos deportes del siglo veintiuno, como el básquet o el fútbol, pero compitiendo entre nosotros, frente a frente, no virtualmente, conseguiríamos entretenernos e incluso apasionarnos, es decir, disfrutar de algo superador. Se generaría un clima entre jugadores y espectadores que se retroalimentaría de entusiasmo.

—¿Entusiasmo? ¿Qué significa eso?

—El entusiasmo, estimado amigo, es una capacidad del ser humano que hemos perdido, pero que podemos recuperar. Mediante esa capacidad podemos sentirnos útiles, eficientes, capaces de ser dueños de nuestra propia vida. El entusiasmo está superpuesto con el amor y esta fórmula puede transformar a una sociedad desde sus cimientos. ¿Me entiendes?

—Creo que sí, pero ¿cómo lograrán llevar a la práctica su idea?

—Vamos a realizar un experimento. Estamos organizando un partido de ese viejo y olvidado deporte que se llamaba fútbol. Estamos trabajando en construir una cancha con tribunas para los espectadores —así se practicaba—, incluso la cancha tendrá césped natural. Todos estamos motivados por este proyecto. Esperamos ansiosos reunirnos para ajustar y solucionar todos los detalles.

—¿Cuándo se reúnen?

—El martes próximo.

—Iré a escuchar.

—Serás bienvenido, Rin, no te arrepentirás.

El proyecto de organizar un partido de fútbol del mismo modo y con las mismas características que dos siglos antes fue un disparador de entusiasmo para la comunidad. Se hicieron camisetas con los nombres de jugadores y números, incluidos los botines; todo demandó muchísimo esfuerzo, investigación y trabajo. La pelota fue lo más complicado: no se encontraron informes de cómo poder hacerla, entonces se decidió realizarla de un material sintético.

El investigador de viejos archivos binarios pudo traducir un reglamento del juego, pero no se pudo comprender correctamente, salvo que el único autorizado para tocar la pelota con la mano era el arquero y que un gol consistía en que un equipo metiera la pelota en el arco contrario.

Por fin llegó el día del experimento.

Cuando la pelota comenzó a rodar, un jugador robusto corrió para patearla y se llevó por delante a un defensor, el cual quedó tendido en el piso. Esto generó un clima poco propicio para continuar, pero el mismo jugador caído se levantó inmediatamente y quiso que el juego continuara. Como no había reglas ni técnica de juego, todos corrían detrás de la pelota en un desorden generalizado que resultaba muy gracioso, hasta que un chiquitín delgado pudo dominar el balón y despistar a los contrincantes. Cuando se acercó al arco, a pesar de que el arquero quiso detenerlo extendiendo sus brazos hacia arriba y abriendo sus piernas, con un leve movimiento de su pie el joven atacante pudo conseguir incrustar la pelota en la red.

—¡Gooool! —fue el grito al unísono de todos los simpatizantes.

Después, los ánimos se desataron en más gritos y vivas, y en cada corrida, en cada gambeta —tal vez rústica, pero gambeta al fin— los simpatizantes sobre las improvisadas tribunas de un lado o del otro estallaban de algarabía. El primer partido experimental, lejos de toda tecnología, llevado a cabo por personas de carne y hueso, fue un éxito absoluto. Los organizadores comprendieron que ese era el camino hacia el futuro para poder cambiar una vida chata, sin proyectos ni recompensas.




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domingo, agosto 02, 2026

MAL TIEMPO (final de la historia)


CASA ROSADA - DESPACHO PRESIDENCIAL

—Comunícame con la Fuerza Aérea.

—Enseguida, Presidente.

—Brigadier, ya tenemos el componente, pero nos queda muy poco tiempo, dos días como máximo. ¿Es posible hacerlo? ¿Contamos con los aviones suficientes?

—Sí, Presidente. Tenemos los Pampas; necesitamos una noche para los preparativos y podemos atacar de inmediato, solo nos debe dar la orden.

—Bien, Gustavo. Que Dios nos ayude. Comencemos. Las dosis están llegando en formato de dardo como usted me pidió; quiero estar al tanto de todo.

—Así se hará, Presidente. Fijemos como hora de ataque las 6:00 a. m. de mañana lunes.

—Perfecto, Brigadier. Mantendré la radio abierta para escuchar todo.

Cuando esta conversación terminó, el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina ordenó a su subalterno comenzar con el plan “Leloir-70”.

En la base Reconquista, el operativo generó un movimiento de personal enorme: se abrieron las puertas de los hangares, los pilotos subieron a los aviones para sacarlos y realizar los protocolos de rutina, mientras el controlador de vuelo, junto a dos asistentes, miraba sus monitores y los informes climáticos para verificar las condiciones del despegue programado.




A las diez de la noche llegó a la base un vehículo fuertemente custodiado, guiado por una docena de motos policiales y dos micros con agentes de seguridad. Eran las dosis de “Leloir-70”. Las mismas se bajaron del camión que las transportaba con mucho cuidado y se distribuyeron cinco en cada avión.

A las seis de la mañana en punto, se impartió la orden de comienzo de la operación.

Uno a uno, los cinco aviones Pampa despegaron mientras se sentía el rugir de sus turbinas, para después perderse entre las negras y espesas nubes.

—Atención base, atención base —se escuchó en la radio, la cual se replicaba en la Casa Rosada, en la sala de situación de la Aeronáutica y al jefe de la operación.




—Lo escuchamos, Pampa 1. Adelante.

—Estamos próximos al primer objetivo, ya lo estoy viendo. Se observa una gran semiesfera traslúcida de color naranja y azul, que posee una especie de brazos en su parte inferior. ¿Pueden verlo en sus monitores?

Todos los monitores conectados veían exactamente lo que el piloto transmitía. El sol despuntaba sobre las nubes, iluminando una criatura gigantesca que se movía con suavidad.

—Pampa 2, realice un vuelo rasante por encima de la criatura —ordenó el jefe de la operación.

Cuando el segundo avión pasó por encima del objetivo, todos pudieron observar su tamaño comparándolo con el del avión.

—Son gigantescos —se asombró el Presidente—. Si el componente “Leloir-70” no da resultado, será el fin.

El secretario del Presidente no salía de su asombro.

—Pampa 1, realice usted el primer disparo.

—A la orden, comandante.

En las pantallas se observaba la mira del avión apuntando a un ser siniestro y desconocido, hasta que una estela luminosa se incrustó en esa masa deforme.

—¡Impacto en el objetivo! —confirmó el piloto—. Continuaremos volando en círculos para observar y filmar si le afecta.

Todos quedaron expectantes esperando la reacción de la criatura, que por el momento no daba signos de ningún tipo.

ESA MISMA MAÑANA EN BAHÍA BLANCA

Después de trabajar toda la noche, Alberto, Felipe y su tío pudieron poner en condiciones los dos vehículos, pero faltaba la prueba de fuego: que arrancaran.

—Vamos a probar con la F-100 primero —dijo Alberto, para después preguntar—: ¿Quién tendrá el honor?

—Me encantaría ser yo quien la ponga en marcha —dijo Juan.

—Adelante, tío, es toda suya.




Juan se sentó al volante y recordó esos años de su juventud recorriendo aquellos caminos de tierra que unían a decenas de pueblos. Después de colocar la llave, con su pie derecho hundió el pedal del acelerador dos veces y, cuando le dio arranque, el primer intento fracasó; pero en el segundo, los viejos cilindros del motor comenzaron a moverse para ya no detenerse. El sonido del motor regulando hizo que los tres hombres aplaudieran satisfechos.

Felipe se subió al Rastrojero y, en el primer intento, después de largar por su caño de escape una bocanada de humo negro, quedó regulando.

—¡Triunfamos, señores! —gritó Alberto para la algarabía de todos, incluido Pedro, que no paraba de ladrar.

Con dos vehículos podrían seguir el viaje al sur.

Los preparativos fueron rápidos: suficiente comida preparada por las mujeres para un par de días, agua y abrigo.

La F-100 la conduciría Felipe, llevando a las mujeres y a los dos perros en la caja, y en el Rastrojero viajarían Alberto y Juan, llevando todos los víveres en la caja.

A las seis de la mañana en punto estaban saliendo de Bahía Blanca.

EN ALGÚN LUGAR SOBRE LAS ESPESAS NUBES

—Atención base, atención base.

—Lo escuchamos, Pampa 1.

—Ya han pasado quince minutos y no se observan cambios en el objetivo, pedimos instrucciones para regresar.

—Regresen, escuadrón Pampa; repito, regresen, escuadrón Pampa.

El Presidente, en su despacho, pegó un puñetazo en su escritorio:

—¡Maldición! No puedo creer que el antídoto no funcione. Almirante, aguardemos cinco minutos más.

—Atención, escuadrón, rectifico la orden —dijo el Brigadier de inmediato—. Sobrevuelen el objetivo cinco minutos más.

—A la orden, señor.

Las naves continuaron volando en círculos cuando, de pronto, se escuchó un sonido muy extraño, similar al gemido de una ballena franca bajo el agua.

—¡Atención base, atención base!

—Adelante, Pampa 1.

—Estamos observando un leve cambio de color y están apareciendo en su piel llagas que desprenden un líquido amarillento. Ahora, varios sectores de su piel comenzaron a englobarse y después estallan, formando un polvo amarillo que se esparce en el aire.

Todos observaban desde sus monitores lo que el piloto veía en primera persona. El Presidente se puso de pie y exclamó:

—¡Se está muriendo, no cabe duda!




—Ahora se ha convertido en una masa inerte que se pulveriza y degrada sobre las nubes —exclamó el piloto.

El Brigadier impartió una última orden al jefe de operaciones y este la transmitió:

—Atención, escuadrón, continúen con el mismo ataque al resto de las criaturas. Recuerden que solo cuentan con un dardo para cada una; no hay más, no podemos fallar.

—Entendido, comandante. Tenemos las coordenadas y procederemos.

El Presidente lloraba de emoción:

—Comuníqueme con el instituto... ¡Profesor, lo logramos! El “Leloir-70” dio el resultado esperado! Mis felicitaciones y reconocimiento para su institución.

CAMINO AL SUR DESDE BAHÍA BLANCA

La camioneta F-100 avanzaba a buen ritmo; detrás venían Alberto y el tío Juan en el Rastrojero.

—Debo agradecerle, Juan, porque gracias a usted hemos podido continuar nuestro viaje. Le voy a ser franco: no sé si podremos zafar de esta situación, pero al menos lo intentaremos.

—El agradecido, Alberto, soy yo. Pensé que mis días habían terminado hasta que ustedes llegaron. Aunque no lo crea, haber puesto en marcha estos cacharros con ruedas me regresó a mi juventud; le aseguro que tengo renovadas ganas de vivir. Y vivir, estimado amigo, también implica enfrentar lo que venga, lo cual es mejor que bajar los brazos.

—Así es, Juan. ¡No nos rendiremos!

—A propósito, Alberto, estaba pensando que tal vez, si esto termina bien... He notado que usted sabe mucho de mecánica y, como me comentó que vivían de su jubilación, que todos sabemos que aquí en Argentina es magra (incluida la mía), le propongo un emprendimiento.

—¿Qué me propone, Juan?

—Mire, yo conozco infinidad de pueblos donde, si uno busca, encuentra todavía autos viejos. Los compramos, los llevamos a mi galpón para arreglarlos y después los vendemos. Estoy seguro de que a mi sobrino le gustaría; vi sus ojos cuando la chata arrancó y el empeño que puso para arreglarla.

—Me interesa, Juan, me gusta mucho su propuesta. Hace unos años que quería cambiar de vida, para mí sería una oportunidad.

—¡Trato hecho! —dijo Juan, y ambos hombres se dieron la mano.

En la F-100, la madre de Ester miró hacia atrás y vio cómo los dos perros disfrutaban del viaje con sus orejas revoloteando por el viento.

—Ellos solo disfrutan de su vida, qué afortunados... En cambio nosotros vivimos alterados, con miedo y padeciendo injusticias.

—No seas tan negativa, mamá. Con un poco de suerte encontraremos un lugar para estar tranquilos.

Felipe le tomó la mano a su novia; en ese preciso momento, una llovizna amarillenta cubrió el parabrisas.

—¿Qué será eso? —preguntó en voz alta Felipe.

—¡Dios mío! —exclamó asustada la mamá de Ester—. Miren el campo, eso que cae lo cubrió todo.

Felipe detuvo la camioneta en la banquina y detrás paró Alberto con el Rastrojero.

El tío de Felipe pasó su mano por el parabrisas y, al mirar la palma de su mano, la misma se había teñido de amarillo.

—Parece polen de alguna planta, pero es imposible en esta cantidad.

—¿No será tóxico? —preguntó la mamá de Ester tapándose la boca.

—No creo —dijo Alberto—, no tiene olor.

Cuando todos estaban hablando sobre esta extraña lluvia, una leve brisa del este comenzó a soplar, arremolinando esta rara sustancia y acumulándola sobre la banquina.

En un momento, los perros comenzaron a ladrar muy fuerte, mirando hacia algún lugar del horizonte.

—¿Qué es eso? —preguntó Ester.

Todos miraron y vieron nítidamente cómo, cerca del horizonte, la ruta se iluminaba.

—¡Es el sol! —exclamó Juan—. ¡Es el sol!

Todos se abrazaron, los perros ladraban moviendo sus colas, y ahora la brisa se había convertido en un persistente viento que los despeinaba y hacía mover los secos cardos del campo.


Un viento seco y frío comenzó a soplar, empujando las nubes negras y espesas hasta hacerlas avanzar lentamente. El mal tiempo había terminado. 



FIN


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