Para que una cámara fotográfica funcione, requiere que exista luz, o calor para las que son infrarrojas, ellas captan a cualquier cuerpo iluminado o cálido. Pero esto no significa que a veces registren ciertas cosas extrañas que nuestra visión no puede detectar. ¿Qué será eso que estas máquinas pueden captar, y nosotros no?.
Existen infinidad de casos de fotografías o filmaciones, en donde aparecen "personas" que no estaban cuando esa cámara registró ese instante de nuestra vida…Aquí surge una pregunta inquietante, ¿a quién pertenece ese instante?, ¿a nuestras vidas?, ¿o a la vida de otros?
Hace bastante tiempo cuando aún los teléfonos celulares ni se soñaban, la fotografía era el medio para poder registrar a los familiares y seres queridos de: casamientos, bautismos, cumpleaños, y todo tipo de reunión familiar. Esas fotografías después de ser tomadas se enviaban a revelar y terminado el trámite después de verlas y comentarlas, se ubicaban en un álbum o en una caja; para disfrutarlas nuevamente en alguna futura reunión con parientes o amigos.
Cuanto más años pasan, las fotografías adquieren un valor propio enorme, porque guardan recuerdos que regresan como el primer día a nuestra vida.
En mi familia cuando la sobremesa con parientes se prolongaba, era costumbre que mi madre trajera a la mesa esa caja repleta de fotografías, y el ritual era mirarlas pasando una a una de mano en mano; con su respectivo comentario, agregando anécdotas, risueñas o tristes.
Esta historia que les quiero contar le pasó a una familia normal, como tantas otras, que aún conservan esa caja con fotografías viejas que ya nadie mira, porque el planeta está atestado de fotos digitales, y filmaciones instantáneas. La fotografía en papel de revelado, es ya cosa de un pasado lejano.
Ese domingo Dora y Pedro, junto a la tía Laura y al tío Miguel, recordaban el casamiento de su juventud, mirando una a una aquellas fotografías.
—Mira Miguel, estos son Chiquita y Claudio, ¿te acordás? —le comentaba Dora, al tío, mostrándole una foto—
Recuerdo que después se separaron, y nunca más regresaron, yo los llamé y hasta les envié una carta a cada uno, pero ni me contestaron…
—¡Miren esta! —dijo Pedro acomodándose sus anteojos— es de cuando fuimos a Mar del Plata por primera vez con Norita, corría por la playa como loca, ¿te acordás Dora?
—Como no me voy a acordar, fueron unas vacaciones de ensueño. —respondió Dora, mirando esa foto—
—¿Y este quien es? —preguntó la tía Laura, mostrando una foto al grupo, señalando con su dedo a un joven de corbata y pelo rubio, que sonreía.
Una a uno miraron a aquel hombre, pero nadie podía decir a ciencia cierta quién era.
—Debe ser un amigo de Reinaldo —Dijo Pedro—,
—Pero si Reinaldo, en esa época estaba en Paraguay, no te acordás —dijo el tío Miguel—. En esa reunión solo estábamos nosotros cuatro, más Juan Carlos, y su señora.
Dora tomó la foto, y se la quedó mirando detenidamente, cuando su esposo le preguntó si conocía a aquel joven, Dora respondió:
—No… pero ahora me acuerdo de aquella noche, y les comento que se me pone la piel de gallina, en esa reunión sólo éramos seis personas.
Todos se miraron asombrados y al unísono cada uno tomó un grupo de fotografías para revisarlas. La sorpresa fue mayúscula, cada tres o cuatro fotografías apartaban una. En esas fotos que apartaban, en todas estaba ese hombre sonriente, de traje y corbata de cabello rubio.
—No es posible —dijo Pedro, con voz de preocupación— que no sepamos quién es esa persona.
—Me temo que lo que compruebo ahora me atemoriza. —dijo la tía Laura, mostrando dos fotografías— miren, este es el día del cumpleaños de mi hermano, cuando cumplió cuarenta y tres, y esta es cuando cumplió setenta, las velitas confirmaban las fechas.
Cuando todos terminaron de ver esas dos fotografías, se miraron con ojos de espanto; en las dos estaba el desconocido de traje y corbata, pero su apariencia era de alguien que en todos esos años, veintisiete, no había cambiado en lo más mínimo, la misma sonrisa, y el mismo tono de corbata, y un último detalle, en todas las fotos, se encontraba de pie detrás del grupo.
Después de eso, Dora tomó todas esas fotos inquietantes, las llevó al patio, las roció con kerosene y las prendió fuego, llamas amarillas y un espeso humo negro, convirtieron a esos viejos recuerdos en cenizas. Cuando el fuego se extinguió, Dora regresó a la reunión y guardó el resto de las fotos en la caja destinada para eso. Nunca más esa caja se abrió, y nadie más en esa casa habló de ellas.
El tiempo pasa para las personas y para las familias, y muchos integrantes queridos parten para siempre.
Dora quedó en aquella casa, demasiado grande para una sola persona, su compañía eran las primorosas flores de su jardín, y cuando la llamaba su única hija, que trabajaba demasiado lejos para acompañarla; justamente en esa etapa de la vida en que alguien querido y próximo es muy importante.
Dora poseía un refugio, sus libros, y su música, por las tardes se ubicaba en su sillón desde donde se podía observar; su paraíso; un manto verde de césped rodeado de arbustos y flores que según ella reían y cantaban. Sobre la mesita para el té, solo tenía dos fotografías: la de su amado esposo de toda la vida, Pedro y la de su hija.
Cuando sonó el teléfono, era un radio llamado de su hija, que con una sonrisa le decía:
—Hola mamá, ¿cómo estás?
—Bien querida, hoy me acordé de vos y me imaginé que por allí debe hacer mucho frío. ¿Tienes ropa de invierno?
—Si mamá, aquí hoy está nevando.
—Mira, aquí el calor es insoportable, mis flores están agotadas.
—Te voy a dar una sorpresa mamá.
—Espera que me siente, mi amor, ahora sí, decime la sorpresa.
—EL mes próximo, tengo que ir a Buenos Aires para organizar un evento, así que estaré con vos todo el mes.
—¡Que buena noticia hija!, no sabes como te extraño.
—Si, mamá, pero contame, ¿tan sola no estás?
—¿Te parece?, si no fuera por mis flores, esto sería un desierto.
—Pero entonces, —le pregunta su hija con cara de intriga —¿Quién es ese muchacho rubio que te acompaña; parado sonriente; detrás de tu sillón?.
Dora no se sobresaltó, y solo le dijo a su hija:
—Es un vecino al que le doy clases de Francés, se llama Alejandro, y es tan alegre, que pareciera que para él el tiempo no transcurre. —Dora hizo una pausa, y acomodó su teléfono para que su hija solo pudiera ver su cara— Cuando estemos juntas; ya es hora que te cuente una historia, querida; que hace mucho tiempo no la comparto con nadie. Te envío un beso hija, y te espero. La video llamada concluyó y Dora se quedó sentada en su sillón, mirando su parque hasta el anochecer, su mente estaba entretenida en sus recuerdos de juventud, no tenía miedo, todo lo contrario; se sentía acompañada y protegida.
Esa historia era muy simple, aquel hombre sonriente y rubio, que misteriosamente aparecía en aquellas fotos familiares, había sido el primer amor de una joven Dora; ilusionada; que el destino por culpa de un grave accidente truncó ese futuro que no pudo ser. Se llamaba Alejandro, y aquella noche de la reunión familiar, ella sí lo reconoció de inmediato en esas fotos, pero ese amor de juventud era parte de un secreto que jamás contó y no pensaba contar. Dora, en estos sus últimos años, sabía bien que alguien más compartía su vida; cuando cuidaba a sus flores; cuando escuchaba su música; o cuando leía sus libros.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Me encantaría que dejaras tu comentario para poder mejorar mis historias.