1.
La ciudad muchas veces nos agota: el intenso tráfico, la gente alocada. Como teníamos tiempo, decidimos con mi esposa buscar algún lugar inmerso en la naturaleza para acampar. En internet encontramos un camping rodeado de bosques y montañas, próximo al lago Quillén; es precisamente uno de esos tesoros naturales que aún quedan en este mundo, un lugar donde la presencia humana es mínima.
Sin perder tiempo, organizamos el viaje. En el garaje de casa revisé todo nuestro equipo: carpa, bolsas de dormir, catres, linternas, faroles. La camioneta estaba preparada; cargamos todo y al día siguiente salimos.
Mil doscientos kilómetros merecían una pausa. A mitad de camino dormimos en un hotel y al día siguiente partimos para realizar el último tramo. En primavera el clima es benigno y los colores de la vegetación impresionan. Por fin llegamos al camping, que era un lugar excepcional; las fotos de la publicidad no demostraban ni la mitad de su belleza.
Paramos frente a la cabaña del administrador, pero nadie salió a recibirnos. Me acerqué a la ventana y pude ver que no había nadie. Decidí llamar al número de celular que tenía y me atendió alguien con voz de estar recién despierto. Era el administrador, quien me dijo, no muy cordialmente, que el camping estaba cerrado. Le recriminé cómo era posible tal situación cuando la publicidad decía que en esta época atendían, y agregué que estábamos exhaustos, que solo necesitábamos un lugar y acceso a los sanitarios.
Por fin convencí al fulano, que llegó a la media hora en su camioneta. Era un hombre mayor con aspecto de guardaparque. Acordamos que, si le pagaba por adelantado y en efectivo, me dejaría las llaves del tablero eléctrico, del depósito donde se encendía el motor para cargar agua y de los sanitarios.
Después de concretar el trato, se fue. Con mi señora nos reímos porque estábamos en un camping solo para nosotros, en un lugar magnífico; más no podíamos pedir. Decidimos armar la carpa, comer lo que llevábamos y, al día siguiente, ir al único almacén para aprovisionarnos; lo habíamos visto de pasada: no era gran cosa, pero estaba a veinte minutos en auto.
La primera noche fue muy agradable. Encendí una pequeña fogata y nos quedamos charlando hasta tarde, contemplando el cielo estrellado que los citadinos como nosotros ya hemos olvidado que existe.
A la mañana siguiente el clima se descompuso y una llovizna persistente no nos permitió salir de la carpa. Desayunamos y luego salimos a comprar comestibles a la proveeduría. Cuando llegamos, había estacionada una camioneta de guardaparques, un auto destartalado en un cobertizo contiguo y otra camioneta blanca con un golpe en el guardabarros delantero.
Cuando entramos, había un joven en la caja y otros dos que hablaban y se reían tomando cerveza. Al vernos, se callaron de inmediato. El que parecía ser un guardaparque no le quitaba los ojos de encima a mi mujer, al extremo de tener que ubicarme en medio para cubrirla. El del gorro de lana murmuró algo que no pude escuchar y el joven de la caja preguntó:
—¿Piensan acampar en la zona?
—Tal vez sí —le dije, sin darle demasiada importancia a la pregunta.
—Tengan cuidado con el ripio en las curvas porque es peligroso. Hace unos días se desbarrancó un hombre y el auto estalló al caer —nos advirtió el joven, agregando—: lo sacaron hecho un carbón humeante.
El hombre del gorro de lana no contuvo una carcajada y se calló de inmediato. Si el hecho era cierto, no tenía nada de gracioso, pero también podía ser que quisieran asustarnos para reírse de nosotros. Al pagar y sacar mi billetera, noté que el del gorro de lana la miraba con curiosidad. Salimos de allí con la seguridad de que no volveríamos.
En el camino de regreso, observé que detrás venía una camioneta muy rápido. Por precaución, traté de arrimarme a la banquina lo máximo posible, pero como era angosta, corría el riesgo de despistarme. No obstante, el imprudente conductor me sobrepasó realizando una maniobra muy riesgosa antes de una curva, echándome su vehículo encima. Frené bruscamente para evitar el choque y el ripio hizo que mi camioneta resbalara, quedando cruzada en el camino. Mi señora gritó del susto y yo quedé sobresaltado. No podía asegurarlo, pero me pareció que era la misma camioneta chocada que estaba en la proveeduría.
Cuando llegamos al camping, las nubes comenzaban a correrse dejando ver un cielo azul diáfano. Decidimos olvidarnos del percance y disfrutar del día. Cargamos nuestras mochilas con frutas y agua y nos fuimos a caminar sin rumbo fijo. Llegamos a orillas del lago y nos sentamos sobre un tronco caído para observar esa majestuosa naturaleza que nos quitaba el habla. Al atardecer, regresamos para llegar antes de que oscureciera.
Al llegar al campamento, no esperábamos encontrarnos con algo así: la camioneta tenía dos ruedas bajas y la carpa estaba abierta. Alguien había entrado y revuelto todo; cuando me fijé mejor, vi que las cubiertas habían sido cortadas.
Esto ya era el colmo. Deseábamos irnos cuanto antes, pero debía resolver cómo hacerlo; con un solo auxilio no era posible. Necesitaba reparar al menos un neumático y la noche se aproximaba. Llamé al encargado varias veces hasta que por fin atendió. Al explicarle el inconveniente, solo me prometió traerme un neumático al día siguiente a primera hora. Esto no me tranquilizó: debíamos pasar la noche allí.
Llamar a la policía era una alternativa, pero el destacamento estaba a tres horas. Intentamos llamar, pero lamentablemente nos quedamos sin señal. Se había cortado la luz. El sol había caído y no había luna.
Lo primero que hice fue ir a la guantera de la camioneta y comprobar que mi revólver estuviera cargado. Ajusté la funda a mi cinturón, encendimos los faroles y una fogata, sabiendo que la noche sería muy larga.
2.
Si alguien tenía la intención de robarnos, tenía toda la noche para hacerlo con comodidad. Lo que más me preocupaba —y no se lo decía a mi mujer— era que hubieran roto las cubiertas para que no pudiéramos irnos. Eso indicaba una amenaza concreta. Bajo la luz de los faroles y la fogata, éramos una presa fácil, así que decidí que nos alejáramos de la luz.
Cargamos un termo con café y nos ubicamos recostados contra un árbol, dentro de nuestros sacos de dormir. No había pasado una hora cuando escuchamos un crujido de ramas secas. De inmediato saqué mi revólver, pero vimos que solo era una pareja de zorros recorriendo el campamento.
La noche estaba muy fría y, ante la amenaza, los sonidos del bosque se potencian. Finalmente, el sueño nos venció a ambos hasta que un fuerte golpe nos despertó. Miré sobresaltado: la fogata se había apagado y, por la tenue luz de los faroles, vi sombras moviéndose. Eran dos hombres.
Mi mente realizó un cálculo rápido: si les gritaba, delataría mi posición. Tirar a matar no estaba en mis planes iniciales y disparar al aire no me convencía. Decidí esperar. Sin hacer ruido, salimos de los sacos y le indiqué a mi señora que se colocara detrás del árbol.
Entonces sucedió lo inimaginable: esos sujetos dispararon varias veces contra la carpa. Si hubiéramos estado allí, nos habrían matado. Estábamos a pocos metros de dos asesinos en una noche cerrada. Pensé que no tenía otra alternativa: eran ellos o nosotros.
Cuando abrieron la carpa y vieron que estaba vacía, empezaron a apuntar en todas direcciones. Me moví para dejar a salvo a mi mujer y, sin dudarlo, disparé. Uno de ellos se desplomó y el otro gritó de dolor. Este último apuntó hacia donde yo estaba y disparó; sentí el impacto del proyectil en la tierra, muy cerca. El segundo disparo me rozó la pierna. Alcancé a tirarle dos veces más pero fallé, y el tipo se escabulló entre las sombras.
Al tocar mi herida, noté el pantalón empapado en sangre. Como pude, me acerqué a mi mujer, que temblaba de terror. Con mi remera y el buzo de ella improvisamos una compresa.
Comenzaba a amanecer. No sabía si el herido volvería a atacar. Traté de tranquilizar a mi mujer, que lloraba desesperada, pero la peor sospecha se cumplió: detrás de nosotros, un hombre con pasamontañas nos apuntaba con su revólver. Sabía que me quedaba una sola bala, pero cualquier movimiento brusco sería fatal. Abracé a mi mujer esperando lo peor. Alcancé a ver en sus ojos el momento exacto en el que dispararía; parecía ser el último instante de mi vida.
Pero se escuchó un sonido extraño y la mirada fría del asesino quedó fija, sin pestañear. Se desplomó sobre nosotros. Una lanza clavada en su espalda había terminado con él. Mi mujer lanzó un grito desgarrador. Mientras nos quitábamos el cadáver de encima, una voz calma nos dijo:
—Tranquilo, forastero. Ya no tiene de qué preocuparse, estábamos buscando a estas ratas.
Era un hombre corpulento con una vincha de colores y un colmillo colgando de su cuello.
—Soy el cacique de mi pueblo. Estas tierras nos pertenecen desde antes de la llegada de ustedes, los blancos —continuó, haciendo una seña a otros seis compañeros que se acercaron—. Estos forajidos se entretenían violando a nuestras mujeres e hijas, pero no teníamos pruebas y la justicia de los blancos no hacía nada. A ustedes los vimos llegar y supimos que los atacarían; no nos equivocamos. Ahora pueden regresar, nosotros nos encargamos de los cuerpos. Solo nos resta terminar el trabajo: falta uno de ellos.
A pocos metros del campamento estaba la camioneta blanca del guardabarros chocado. El cacique y sus hombres subieron los dos cuerpos a la caja. Al descubrir sus caras, vi que eran el guardaparque y el del sombrero de lana que habíamos visto en la proveeduría.
Al despedirse, el cacique me extendió la mano:
—Es usted valiente, forastero. Regrese cuando quiera.
Mi pierna dolía, pero solo había sido un rasguño. Desarmamos la carpa, juntamos los casquillos y, tras colocar el auxilio, esperamos en silencio al administrador. Una hora después llegó con la rueda y nos preguntó cómo habíamos pasado la noche. Nos miramos con mi mujer y respondimos: "Muy bien".
Por fin emprendimos el regreso. Al acercarnos a la proveeduría, una columna de humo blanco se elevaba sobre los árboles. Vimos patrullas, un camión de bomberos apagando los restos del local, una camioneta calcinada y tres cuerpos en bolsas negras sobre el ripio.
—Imagino que el cacique terminó su trabajo —le dije a mi mujer.

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