Cuando Federica llegó a la dirección indicada que le dieron en la agencia de empleo, se asombró al ver que era una casona gigantesca con un reja muy pesada frente a un jardín repleto de plantas, pero que guardaban un orden especial; evidentemente lo que observaba no era producto de la naturaleza, esas plantas guardaban un armónico colorido y su tamaño parecía que se respetaran entre sí. Antes de tocar el timbre, dio un recorrido con su vista por ese barrio, y le pareció conmovedor el tamaño de esos árboles, y de las casas vecinas, Federica imaginó que allí vivían familias muy importantes. Se conmovió con el silencio que allí imperaba, a diferencia de la parte de la ciudad de donde venía, solo se escuchaba el suave murmullo de la copa de los árboles movidas por la brisa, y sobre el empedrado de la calle, su sombra sólo se interrumpía por claros iluminados por el sol brillante de los primeros días de primavera.
Después de tocar ese botón dorado, enmarcado en una brillante placa de bronce, escucho un zumbido en la puerta de rejas, lo escuchó dos veces más, pero nadie salió a su encuentro. Por fin una señora bajita de uniforme y delantal blanco apareció en la puerta de entrada y le dijo en voz alta que empujara la puerta; cuando nuevamente escuchó ese zumbido, Federica empujó la puerta y esta se abrió. La señora le hizo señas para que se acercara y cuando estuvieron frente a frente, la mujer dijo:
—Tu debes ser la niña que viene por el empleo, ¿no es así?.
—Sí señora, —le dijo Federica con la mejor sonrisa que le salió.
—Dame la carta —le dijo la mujer en forma imperativa.
—¿Usted es la señorita Alicia? —Le preguntó Federica con la carta en su mano.
—No, la señorita Alicia ahora está ocupada, debes esperar, ahora entregame la carta.
—No puedo señora, porque me dijeron que se la tengo que dar a la señorita Alicia en persona. —le respondió Federica a esa mujer tímidamente .
Cuando la mucama oyó eso, hizo una mueca de fastidio y sin decir una sola palabra entró, cerró la puerta y la dejó a Federica allí esperando. Al cabo de un largo rato, nuevamente salió aquella malhumorada mujer y le dijo que pasara y esperase en la sala.
Cuando Federica entró en esa casa, pensó que había entrado a un palacio, no le alcanzaban sus ojos para ver todo aquel esplendor, y cuando aquella señora bajita abrió la puerta del estar, pensó que ese lugar era un paraíso aquí en la tierra; lo primero que la deslumbró fue ver ese enorme ventanal que daba a un parque inimaginable para ella, sabía cómo era una pradera verde, pero eso era otra cosa, ese pasto muy corto, cubría un amplio sector rodeado de arbustos, con flores multicolores, y una estatua blanca de una joven que tenía un cántaro en sus manos, del cual salí agua constantemente y caía a un estanque circular, desbordándose, pero sin formar charcos.
En el interior de esa amplia habitación había tantas cosas que varias personas no podrían usarlas al mismo tiempo, Federica observó una serie enormes asientos, revestidos de una gruesa tela,
con volados, varias mesas de una madera que brillaba muchísimo con patas curvadas, en las paredes había enormes cuadros de paisajes con marcos dorados y repujados, desde el medio del techo caía una especie de bellísima estructura con brazos con cientos de espejitos que brillaban.
En una pared pudo reconocer que detrás de varias puertas vidriadas se podía ver decenas de libros acomodados como para una exposición; Fernanda al ver esa lujosisima biblioteca se acordaba de los cinco precarios estantes con libros que tenían su escuela. Otra de las cosas que asombraba a Federica, era ese perfume encantador que inundaba todo el lugar. Pero lo que la dejaba sin aliento era ese piso de madera lustrada, cuyas vetas le brindaban una calidez y elegancia incomparable. Cuando sumida en ese éxtasis que le provocaba el lugar, desde una de las paredes se abrió una puerta muy bien disimulada de la cual salió una señora muy alta y delgada, que lucía un chal de seda color rojo, y un pañuelo del mismo tono, que recogía su pelo negro entrecano, dejando su frente a la vista, su tez era morena, y sus ojos negros realzados por unos anteojos dorados.
—¿Tú eres Federica, y me tienes que entregar una carta, verdad? —le preguntó aquella elegante señora.
—¿Usted es la señorita Alicia?, le dijo Federica a esa mujer que la observaba detenidamente.
—Así me llaman querida, pero toma asiento, ponte cómoda.
Federica de inmediato extendió su brazo para entregar la carta, y se quedó allí parada esperando una respuesta.
—Siéntate por favor —insistió la señora.
Cuando Federica se sentó en esos almohadones se hundió en ellos, sintiéndose como si fuera una reina que se sienta en su trono…a pesar de que su vestido y sus zapatillas no coincidía con la realeza, pero su imaginación así lo sentía.
La señora, de pie, después de romper y abrir el sobre, leyó detenidamente el contenido de la carta; cuando terminó, se dirigió a la biblioteca, sacó un libro, se podría decir que al azar, y se lo entregó a Federica.
—Abrelo Federica en cualquier parte y lee en voz alta lo que dice.
Cuando Federica comenzó a leer, a pesar de ser una mujer menuda, su voz no lo era; su voz era potente y clara, tanto, que resonaba en toda aquella habitación con el volumen adecuado para ser escuchada confortablemente, se sumaba a esto, su capacidad de hacer los silencios y las pausas que indicaba el texto, sin haber estudiado previamente esa lectura, y lo más asombroso, miraba a la espectadora durante los intervalos de punto y aparte.
—Detente por favor querida, —interrumpió la señorita Alicia—, ahora dime con tus palabras lo que has interpretado.
Federica, jamás había leído ese libro, pero como síntesis de ese que había leído dijo:
—En mi opinión, en este tramo de esta historia, el escritor, comienza a delinear a un personaje, que a mi gusto, creo que debe ser uno de los principales de la historia, o tal vez el principal. —le dijo Federica a la señora que se había quitado sus anteojos y estaba mirando hacia el parque.
—¿Te gusta leer Federica?, —le preguntó la señora sin mirarla.
—Sí señora, me encanta leer, cuando era chica, en mi escuela, la maestra me prestaba los libros de la biblioteca y me pedía realizar una síntesis de ellos, para leerla después a mis compañeros, ella me enseñó a hacer las pausas que corresponden y mirar al público.
—Bien, —dijo aquella señora, poniéndose de pie—, yo tengo un problema en mi vista, por el cual no puedo leer, tu tarea sería leerme libros, durante tres horas por día de cuatro a siete de la tarde de lunes a viernes, interrumpiendo la lectura para que la podamos comentar mientras tomamos el té, si estás de acuerdo comenzamos mañana, con respecto a tu sueldo, lo charlaremos cuando nos hayamos conocido un poco más, pero serás bien recompensada por tu tiempo. ¿Estás de acuerdo?.
—¡Si acepto señorita Alicia!, —dijo Federica entusiasmada sin pensar mucho más.
Al día siguiente, Federica estaba tocando el timbre de la casa de la señorita Alicia cinco minutos antes de la hora indicada.
Cuando la señorita Alicia se presentó se acercó a Federica que estaba parada en medio de la sala con todo su entusiasmo a flor de piel. La señorita le alcanzó un libro que estaba sobre la mesita frente al ventanal, allí se sentaron en unos muy cómodos sillones, y la luz para leer era perfecta. Antes de comenzar la lectura, la pequeña señora de uniforme, trajo una jarra con limonada y dos vasos.
Así comenzó su trabajo Federica:
—Los miserables de Victor Hugo.
“En 1815, monseñor Charles Francois Bienvenu Myriel era obispo de Digne. Era un anciano de cerca de setenta y cinco años y ocupaba la sede de Digne desde 1806.
Aunque este detalle no interesa en manera alguna al fondo de lo que vamos a referir, quizás no será inútil, aunque no sea más para ser exactos en todo, indicar aquí los rumores”…
La voz de Federica, su expresividad, su dulzura; cautivaron a la señorita Alicia; dando comienzo a partir de ese mismo día, de algo más que una relación entre empleada y empleador.
Continuará
google.com, pub-1339975393881543, DIRECT, f08c47fec0942fa0
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Me encantaría que dejaras tu comentario para poder mejorar mis historias.