Los días de trabajo de Federica se sucedieron dentro de un clima de cordialidad extraordinario. Su única oyente y empleadora, en más de una oportunidad se apasionaba con los comentarios que realizaban entre ambas en las pausas; Federica observaba que la señorita Alicia con mucha frecuencia le quitaba el libro de sus manos para leer ella varias páginas, y después con un entusiasmo notorio comentar detalles puntuales del texto. Cuando comenzó el verano, se ubicó la mesa de lectura en el parque bajo la protección de una enorme sombrilla blanca. Una tarde, la señorita Alicia, sorprendió a Federica diciéndole que ese día no leyera, porque deseaba solo charlar.
La conversación comenzó con una pregunta que la señorita Alicia le hizo a Federica, con su taza de té en la mano antes de tomar un sorbo.
—¿Qué piensas hacer con tu vida Federica?
A Federica, esta pregunta la tomó desprevenida y se quedó callada; antes de contestar, por su mente pasó la situación de su familia, su proyecto de ser arquitecta, su actual trabajo, la lejana posibilidad de conformar una familia; sin querer la inundó una profunda tristeza que se reflejó en su cara, porque entendió que su proyectos futuros eran demasiados ambiciosos para una chica del interior, pobre. Federica era una chica inteligente y consciente de sus escasos recursos económicos, sumado a que en ese poco tiempo de experimentar la vida en una gran ciudad, entendió que no es simple progresar y que probablemente seguiría viviendo en esa pensión húmeda y desagradable muchísimos años.
—No lo sé señorita Alicia, la verdad, no lo sé —le dijo Federica a la señora con sus ojos al borde de las lágrimas.
—Te diré algo Federica —dijo la señorita Alicia, dejando su taza sobre la mesa—, yo provengo de una familia tucumana muy pobre, éramos cinco hermanos, mi padre se fue abandonandonos a nuestra suerte a mis hermanos y a mi madre; mi niñez y mi adolescencia fue muy dura, pero mi madre jamás bajó los brazos, esa actitud estaba prohibido en casa. Quiero decirte que no me tomes como ejemplo, porque no soy ejemplo de nada; pero quiero que sepas y que tengas muy presente que somos solo nosotros los constructores de nuestro propio destino, esto implica que más de una vez deberás de enfrentarte a decisiones difíciles. Te contaré una historia, cuando tenía tu edad, quise como tú probar suerte aquí en Buenos Aires, y una señora muy mayor me contrató para los quehaceres domésticos, pero ocurrió que por algún motivo algo en mi, la cautivó y llegué a vivir con ella en forma permanente y se podría decir que llegó a ser mi segunda madre; sus consejos me acompañan hasta el día de hoy. Ella me animó a terminar mis estudios secundarios e ingresar a la universidad. Durante las vacaciones de verano regresaba a mi pueblo con mi familia y allí conocí a un joven del cual me enamoré. Fue entonces cuando surgió mi primer gran decisión, estaba parada frente a dos caminos; aquel joven trabajaba en el campo familiar, si me casaba con él tendría que dejar mis estudios y vivir en el campo, y allí conformar una familia y cuidar a mis futuros hijos. Yo decidí seguir con mis estudios y me recibí de médica, y después, mi trabajo me apasionaba de tal modo que dejé de lado formar una familia, y aquí me quedé, ahora vivo muy bien, pero en soledad, y la soledad querida Federica suele ser una carga muy pesada. No poder compartir la vida con alguien, suele endurecer el corazón y de algún modo tratamos de sustituir la soledad con algo, en mi caso mis salvavidas fueron estos mismos libros que tú me lees, hace poco tiempo se desencadenó una enfermedad rara que no me permitirá leer más, por eso te he contratado. Espero que esta mi historia Federica te sirva para que puedas elegir tu camino, por hoy hemos terminado querida, te espero mañana.
Federica, después de escuchar la historia de la señorita Alicia, se acercó a ella, la abrazó con fuerza, y le dijo que le agradecía muchísimo poder ser su confidente.
CINCO AÑOS DESPUÉS
La relación entre la señorita Alicia y Federica había crecido muchísimo, la señorita Alicia ya no podía ver, pero la ceremonia del té de lunes a viernes de cuatro a siete de la tarde, junto a su joven empleada y amiga era una bocanada de vida y mutuas confidencias entre consejos y risas cómplices.
Algo asombroso en la vida de Federica sucedió cuando conoció al intérprete de ese violín de la pieza de arriba, que le permitía descansar y relajarse del cotidiano trabajo de estudiar para completar su secundaria y cumplir a rajatabla con su sustento principal brindado por la señorita Alicia que era su consejera, amiga, y empleador, todo al mismo tiempo. El desconocido intérprete de aquel violín era un joven de su edad, desgarbado, con cara de distraído eterno, y anteojos enormes, que estudiaba en un conservatorio de música; solventado por sus ingresos de empleado en una estación de servicio. El destino, la casualidad, o lo sobrenatural e indescifrable que le puede pasar a los seres humanos, hizo que este desconocido intérprete de violín, aspirante a poder ser ovacionado en todos los principales escenarios del mundo…cuestión que aún no ocurría, y Federica, incansable estudiosa sin concederse distracción alguna ni siquiera los fines de semana; se enamoraran por el simple hecho de cruzarse en el pasillo del conventillo en la graciosa situación de permitirse el paso y no poder hacerlo por coincidir ambos y quedar enfrentados un par de veces. A tal punto llegó su relación después de un noviazgo de tres largos meses, que decidieron vivir juntos en un pequeño departamento, sin humedad, con baño privado y muy luminoso.
Una tarde de invierno, Federica llegó a la casa de la señorita Alicia, y la empleada se encontraba hablando con unos señores de traje en el jardín, cuando la mujer vio a Federica, se acercó y la abrazó llorando.
—La señorita Alicia, se nos fue querida, cuando llegué hoy por la mañana la encontré en su dormitorio, pensé que estaba dormida, pero cuando corrí las cortinas, comprendí. —después de decir esto la acongojada mujer, le presentó a los señores, que eran dos de los hermanos de la señorita, sus facciones eran inconfundibles por el parecido —hace un año aproximadamente me dijo, que si algo le pasaba, que te diera esta carta.
Federica tomó la carta y después de saludar, pidió permiso para ver a la señorita por última vez. Cuando entró a su dormitorio le pareció sentir la voz y la risa contagiosa de su amiga y protectora, su rostro se veía sereno, como si se hubiera ido en paz. Fernanda le dio un beso en su frente fría, y miró por la ventana los árboles del parque ahora desnudos, en donde aprendió de la señorita Alicia los mejores consejos de una mujer, que había vivido su vida de una determinada manera, solo siguiendo su razonamiento, dejando tal vez a un lado, lo que le dictaba su corazón.
Querida Federica
Cuando leas esta carta, yo no estaré más para aconsejarte, tendrás que arreglartelas tu sola, pero por lo que me has dicho, encontraste un buen compañero de viaje, por lo cual me quedo tranquila porque no cometerás el error que yo he cometido.
Me gustaría poder verte en ese viaje que vas a emprender, y cargar también algún fruto, de esos que no dejan dormir de noche a las parejas.
Te deseo querida que tengas una buena vida, repleta de satisfacciones; lamentablemente yo termino la mía consumida por deudas y mi enfermedad, pero te dejo algo, que tal vez te sirva para comprar un lugar en tu mundo, junto a tu familia; en tu casa, como bien la describiste en esa primera carta que me cautivó, rodeada de mariposas amarillas y tendiendo sábanas blancas al sol.
Adiós querida, me conformo que para la fecha de mi cumpleaños, disfruten de esos pastelitos exquisitos que preparó tu madre y tu me regalaste; fue el regalo más preciado de toda mi vida.
Tu amiga, la señorita Alicia.
DOS AÑOS DESPUÉS
—¡A la mesa, ya están los pasteles! —gritó la mamá de Federica, debajo de la galería en donde una abundante merienda, esperaba a su pequeño nieto, hijo de Federica, sus hijos con sus respectivas novias y su yerno, el músico.
—Si todo va bien — dijo el esposo de Federica entusiasmado abrazando a su señora, la semana próxima terminamos de colocar el techo para las habitaciones.
—Todo muy lindo —dijo el hermano menor de Federica socarronamente—, pero ¿cuando vamos a ver una moneda, nosotros que trabajamos como esclavos, y aquí solo nos dan de comer.
—Si comieran menos, algo de plata les quedaría, pero así, no hay plata que alcance. —le dijo la mamá de Federica a su hijo pegándole un coscorrón en la cabeza.
—Cuando triunfe en los escenarios del mundo, y la gente me aclame, les llenaré los bolsillos de oro —dijo el marido de Federica, mientras se servía otro pastelito.
—Esa música ya la conozco de sobra —dijo el hermano mayor de Federica riendo—; creo que es la que mejor aprendió en el conservatorio de Buenos Aires.
Todos rieron.
—Ah, me olvidaba —dijo el hermano del medio de Federica, abrazando a su cuñado—, el cura Anastacio me dijo que quiere que para el festival, toques el violín para acompañar al coro de los chicos.
—¿Cuánta plata hay, para un artista de mi categoría? —dijo el esposo de Federica con aire de solemnidad.
—Me dijo muy claramente una cosa para que te entre en esa cabecita de artista loco.
—¿Qué dijo? —preguntó el esposo de Federica, sabiendo lo que vendría.
—Me dijo muy claramente que si no te casas este año como corresponde con mi hermanita, que dejó la arquitectura por un cachivache estropeado como vos; en primer lugar no podrás entrar más a la parroquia a dar clases de violín, y que va a venir en persona; siempre que mamá lo espere con unos pastelitos; y vas a saber cuantos pares son tres botas.
Todos rieron alegres y distendidos, mientras que el sol se iba despidiendo de otro día feliz en la casa de Federica.
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