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martes, enero 27, 2026

POLÍTICA DE PRIVACIDAD

Política de Privacidad de ¿Los cuentos, serán solo cuentos?


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martes, enero 20, 2026

UNA LARGA NOCHE EN EL CAMPAMENTO

 1.

​La ciudad muchas veces nos agota: el intenso tráfico, la gente alocada. Como teníamos tiempo, decidimos con mi esposa buscar algún lugar inmerso en la naturaleza para acampar. En internet encontramos un camping rodeado de bosques y montañas, próximo al lago Quillén; es precisamente uno de esos tesoros naturales que aún quedan en este mundo, un lugar donde la presencia humana es mínima.

​Sin perder tiempo, organizamos el viaje. En el garaje de casa revisé todo nuestro equipo: carpa, bolsas de dormir, catres, linternas, faroles. La camioneta estaba preparada; cargamos todo y al día siguiente salimos.

​Mil doscientos kilómetros merecían una pausa. A mitad de camino dormimos en un hotel y al día siguiente partimos para realizar el último tramo. En primavera el clima es benigno y los colores de la vegetación impresionan. Por fin llegamos al camping, que era un lugar excepcional; las fotos de la publicidad no demostraban ni la mitad de su belleza.

​Paramos frente a la cabaña del administrador, pero nadie salió a recibirnos. Me acerqué a la ventana y pude ver que no había nadie. Decidí llamar al número de celular que tenía y me atendió alguien con voz de estar recién despierto. Era el administrador, quien me dijo, no muy cordialmente, que el camping estaba cerrado. Le recriminé cómo era posible tal situación cuando la publicidad decía que en esta época atendían, y agregué que estábamos exhaustos, que solo necesitábamos un lugar y acceso a los sanitarios.

​Por fin convencí al fulano, que llegó a la media hora en su camioneta. Era un hombre mayor con aspecto de guardaparque. Acordamos que, si le pagaba por adelantado y en efectivo, me dejaría las llaves del tablero eléctrico, del depósito donde se encendía el motor para cargar agua y de los sanitarios.

​Después de concretar el trato, se fue. Con mi señora nos reímos porque estábamos en un camping solo para nosotros, en un lugar magnífico; más no podíamos pedir. Decidimos armar la carpa, comer lo que llevábamos y, al día siguiente, ir al único almacén para aprovisionarnos; lo habíamos visto de pasada: no era gran cosa, pero estaba a veinte minutos en auto.

​La primera noche fue muy agradable. Encendí una pequeña fogata y nos quedamos charlando hasta tarde, contemplando el cielo estrellado que los citadinos como nosotros ya hemos olvidado que existe.

​A la mañana siguiente el clima se descompuso y una llovizna persistente no nos permitió salir de la carpa. Desayunamos y luego salimos a comprar comestibles a la proveeduría. Cuando llegamos, había estacionada una camioneta de guardaparques, un auto destartalado en un cobertizo contiguo y otra camioneta blanca con un golpe en el guardabarros delantero.

​Cuando entramos, había un joven en la caja y otros dos que hablaban y se reían tomando cerveza. Al vernos, se callaron de inmediato. El que parecía ser un guardaparque no le quitaba los ojos de encima a mi mujer, al extremo de tener que ubicarme en medio para cubrirla. El del gorro de lana murmuró algo que no pude escuchar y el joven de la caja preguntó:

​—¿Piensan acampar en la zona?

—Tal vez sí —le dije, sin darle demasiada importancia a la pregunta.

—Tengan cuidado con el ripio en las curvas porque es peligroso. Hace unos días se desbarrancó un hombre y el auto estalló al caer —nos advirtió el joven, agregando—: lo sacaron hecho un carbón humeante.

​El hombre del gorro de lana no contuvo una carcajada y se calló de inmediato. Si el hecho era cierto, no tenía nada de gracioso, pero también podía ser que quisieran asustarnos para reírse de nosotros. Al pagar y sacar mi billetera, noté que el del gorro de lana la miraba con curiosidad. Salimos de allí con la seguridad de que no volveríamos.

​En el camino de regreso, observé que detrás venía una camioneta muy rápido. Por precaución, traté de arrimarme a la banquina lo máximo posible, pero como era angosta, corría el riesgo de despistarme. No obstante, el imprudente conductor me sobrepasó realizando una maniobra muy riesgosa antes de una curva, echándome su vehículo encima. Frené bruscamente para evitar el choque y el ripio hizo que mi camioneta resbalara, quedando cruzada en el camino. Mi señora gritó del susto y yo quedé sobresaltado. No podía asegurarlo, pero me pareció que era la misma camioneta chocada que estaba en la proveeduría.

​Cuando llegamos al camping, las nubes comenzaban a correrse dejando ver un cielo azul diáfano. Decidimos olvidarnos del percance y disfrutar del día. Cargamos nuestras mochilas con frutas y agua y nos fuimos a caminar sin rumbo fijo. Llegamos a orillas del lago y nos sentamos sobre un tronco caído para observar esa majestuosa naturaleza que nos quitaba el habla. Al atardecer, regresamos para llegar antes de que oscureciera.

​Al llegar al campamento, no esperábamos encontrarnos con algo así: la camioneta tenía dos ruedas bajas y la carpa estaba abierta. Alguien había entrado y revuelto todo; cuando me fijé mejor, vi que las cubiertas habían sido cortadas.

​Esto ya era el colmo. Deseábamos irnos cuanto antes, pero debía resolver cómo hacerlo; con un solo auxilio no era posible. Necesitaba reparar al menos un neumático y la noche se aproximaba. Llamé al encargado varias veces hasta que por fin atendió. Al explicarle el inconveniente, solo me prometió traerme un neumático al día siguiente a primera hora. Esto no me tranquilizó: debíamos pasar la noche allí.

​Llamar a la policía era una alternativa, pero el destacamento estaba a tres horas. Intentamos llamar, pero lamentablemente nos quedamos sin señal. Se había cortado la luz. El sol había caído y no había luna.

​Lo primero que hice fue ir a la guantera de la camioneta y comprobar que mi revólver estuviera cargado. Ajusté la funda a mi cinturón, encendimos los faroles y una fogata, sabiendo que la noche sería muy larga.




​2.

​Si alguien tenía la intención de robarnos, tenía toda la noche para hacerlo con comodidad. Lo que más me preocupaba —y no se lo decía a mi mujer— era que hubieran roto las cubiertas para que no pudiéramos irnos. Eso indicaba una amenaza concreta. Bajo la luz de los faroles y la fogata, éramos una presa fácil, así que decidí que nos alejáramos de la luz.

​Cargamos un termo con café y nos ubicamos recostados contra un árbol, dentro de nuestros sacos de dormir. No había pasado una hora cuando escuchamos un crujido de ramas secas. De inmediato saqué mi revólver, pero vimos que solo era una pareja de zorros recorriendo el campamento.

​La noche estaba muy fría y, ante la amenaza, los sonidos del bosque se potencian. Finalmente, el sueño nos venció a ambos hasta que un fuerte golpe nos despertó. Miré sobresaltado: la fogata se había apagado y, por la tenue luz de los faroles, vi sombras moviéndose. Eran dos hombres.

​Mi mente realizó un cálculo rápido: si les gritaba, delataría mi posición. Tirar a matar no estaba en mis planes iniciales y disparar al aire no me convencía. Decidí esperar. Sin hacer ruido, salimos de los sacos y le indiqué a mi señora que se colocara detrás del árbol.

​Entonces sucedió lo inimaginable: esos sujetos dispararon varias veces contra la carpa. Si hubiéramos estado allí, nos habrían matado. Estábamos a pocos metros de dos asesinos en una noche cerrada. Pensé que no tenía otra alternativa: eran ellos o nosotros.

​Cuando abrieron la carpa y vieron que estaba vacía, empezaron a apuntar en todas direcciones. Me moví para dejar a salvo a mi mujer y, sin dudarlo, disparé. Uno de ellos se desplomó y el otro gritó de dolor. Este último apuntó hacia donde yo estaba y disparó; sentí el impacto del proyectil en la tierra, muy cerca. El segundo disparo me rozó la pierna. Alcancé a tirarle dos veces más pero fallé, y el tipo se escabulló entre las sombras.

​Al tocar mi herida, noté el pantalón empapado en sangre. Como pude, me acerqué a mi mujer, que temblaba de terror. Con mi remera y el buzo de ella improvisamos una compresa.

​Comenzaba a amanecer. No sabía si el herido volvería a atacar. Traté de tranquilizar a mi mujer, que lloraba desesperada, pero la peor sospecha se cumplió: detrás de nosotros, un hombre con pasamontañas nos apuntaba con su revólver. Sabía que me quedaba una sola bala, pero cualquier movimiento brusco sería fatal. Abracé a mi mujer esperando lo peor. Alcancé a ver en sus ojos el momento exacto en el que dispararía; parecía ser el último instante de mi vida.

​Pero se escuchó un sonido extraño y la mirada fría del asesino quedó fija, sin pestañear. Se desplomó sobre nosotros. Una lanza clavada en su espalda había terminado con él. Mi mujer lanzó un grito desgarrador. Mientras nos quitábamos el cadáver de encima, una voz calma nos dijo:

​—Tranquilo, forastero. Ya no tiene de qué preocuparse, estábamos buscando a estas ratas.

​Era un hombre corpulento con una vincha de colores y un colmillo colgando de su cuello.

​—Soy el cacique de mi pueblo. Estas tierras nos pertenecen desde antes de la llegada de ustedes, los blancos —continuó, haciendo una seña a otros seis compañeros que se acercaron—. Estos forajidos se entretenían violando a nuestras mujeres e hijas, pero no teníamos pruebas y la justicia de los blancos no hacía nada. A ustedes los vimos llegar y supimos que los atacarían; no nos equivocamos. Ahora pueden regresar, nosotros nos encargamos de los cuerpos. Solo nos resta terminar el trabajo: falta uno de ellos.

​A pocos metros del campamento estaba la camioneta blanca del guardabarros chocado. El cacique y sus hombres subieron los dos cuerpos a la caja. Al descubrir sus caras, vi que eran el guardaparque y el del sombrero de lana que habíamos visto en la proveeduría.

​Al despedirse, el cacique me extendió la mano:

—Es usted valiente, forastero. Regrese cuando quiera.

​Mi pierna dolía, pero solo había sido un rasguño. Desarmamos la carpa, juntamos los casquillos y, tras colocar el auxilio, esperamos en silencio al administrador. Una hora después llegó con la rueda y nos preguntó cómo habíamos pasado la noche. Nos miramos con mi mujer y respondimos: "Muy bien".

​Por fin emprendimos el regreso. Al acercarnos a la proveeduría, una columna de humo blanco se elevaba sobre los árboles. Vimos patrullas, un camión de bomberos apagando los restos del local, una camioneta calcinada y tres cuerpos en bolsas negras sobre el ripio.

​—Imagino que el cacique terminó su trabajo —le dije a mi mujer.


miércoles, enero 14, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (3)

 ​1.

​—Señor, lo llaman del banco.

—Pásame la llamada.

—Miguel, lo llamo por cortesía, y porque nos une una amistad profesional de muchos años, pero ya no puedo esperar más; esta semana tenemos una auditoría y su descubierto ya es demasiado abultado.

—Por favor, señor gerente, deme encarecidamente hasta hoy. Antes de las tres le enviaré una transferencia y dejo la cuenta en cero.

—Esta vez es la última consideración. Lamentablemente, si no puede depositar, tengo que bloquear la cuenta y enviarlo a Legales.

—Hoy depositaré el dinero, se lo aseguro —dijo Miguel sabiendo que no lo haría, salvo que su hermano Daniel le prestara, una vez más.

​—Hola, Daniel.

—Sí, te escucho —respondió una voz de mala gana.

—Los inversores suecos están entusiasmadísimos con el proyecto, quieren ver los documentos esta misma semana, ya estoy trabajando en eso.

—Me alegro por ti, hermano. ¿Algo más? —dijo el hermano de Miguel, tajante.

—Sí, una cosa más. Necesito unos pesos, pero solo hasta que realicen el primer pago. Es solo por unos días, te aseguro que me sobrará para devolverte lo que me diste el mes pasado.

—El mes pasado, el anterior, el anterior y cinco meses más —le respondió su hermano de muy mal modo—. Miguel, tus negocios me tienen harto. Ya hiciste contactos con todos los países europeos, pero por una cosa u otra, jamás se concretan. Te di mi parte de la casa de papá, parte de mis ahorros y ahora no puedo arriesgar mi capital de trabajo. La ferretería es mi única entrada. Esta vez, hermano, tendrás que pedirle a otro, yo ya no puedo prestarte más. Te reitero algo que ya te he dicho: no podés seguir con tu ritmo de vida. Tus hijos van a un colegio privado, tu casa en el country, dos autos, tu oficina, el club de golf… Laura me dice que no pintamos nuestra casa porque tengo que pagar las expensas de tu barrio. Recapacitá Miguel, algo estás haciendo mal.

—Esta vez es cierto, Daniel, tengo a los suecos abrochados, es solo una cuestión de días y te devuelvo todo —dijo Miguel angustiado.

—Me duele decirlo, hermano, pero esta vez no puedo ayudarte.

​Daniel cortó la comunicación.

​—Señor Miguel, su señora está en la otra línea.

—Ya la tomo. Hola, mi amor, ¿cómo estás?

—Mal, Miguel. Vengo del colegio de los chicos; llevamos tres meses, no sé si te acuerdas. Bueno, me enviaron un correo diciendo que debía ir hoy sin falta a regularizar. Fui, puse la cara, todos me vieron, una vergüenza infinita. Pero no terminó allí: cuando quise pagar, las tres tarjetas estaban bloqueadas. ¡Bloqueadas, Miguel! Me tuve que ir sin pagar y el gerente me dijo que tenemos tiempo hasta esta semana si queremos que inscriban a los chicos el año próximo. Para colmo, llegué con olor a nafta a casa porque no pude cargar. ¡Esto es inaudito, Miguel! ¡Dame una solución a este despelote!

—Ahora llamo al banco, debe ser un error, es imposible que estén las tres bloqueadas… Tengo una llamada muy importante de unos empresarios suecos, ahora te llamo. Yo soluciono todo, no te preocupes.

​Miguel colgó la llamada sintiendo que el mundo se desplomaba sobre su cabeza. Sabía que no tenía salida y que los supuestos clientes suecos no existían. Desesperado, buscó algo en un cajón de su escritorio; era una tarjeta de publicidad que decía:

​“Le damos el valor de su automóvil en efectivo en el momento, absoluta reserva”.


​Cuando bajó a la cochera, subió a su camioneta, pero solo tenía la reserva de combustible. Calculó aproximadamente si le alcanzaba para llegar y decidió salir. Cuando llegó al lugar, su motor se detuvo frente al local. El lugar no parecía una concesionaria de autos; solo había un galpón con piso de tierra y tres autos estacionados. En la pequeña oficina, un señor corpulento estaba hablando por teléfono. Cuando entró Miguel, el hombre colgó y lo hizo sentar.

​—¿En qué lo puedo ayudar, caballero? —dijo aquel hombre de aspecto desprolijo.

Sin muchos preámbulos, Miguel le señaló su camioneta y le dijo el año y los kilómetros, agregando:

—¿Cuánto me puede dar?

​El hombre, sin más, le dijo:

—No estamos tomando alta gama y tan nuevas como la suya, pero podemos hacer una excepción.

Después, se dirigió a una pequeña oficina vidriada, cerró la puerta y habló con alguien por su celular. El valor que le ofreció era la mitad del precio de mercado. Miguel miró a aquel hombre de cara impávida con repugnancia, pero sabía que era eso o nada. Después de unos segundos, dijo:

—Acepto, si es en dólares.

—Como usted diga, caballero, ya le traigo los papeles y el dinero.

​Cuando salió de ese lugar sabía que lo que llevaba en el bolsillo no le alcanzaba ni para cubrir el banco, pero otra cosa no se le ocurría hacer. Ahora lo inmediato era pedir un auto y salir de ese barrio que no le parecía decente. Cuando su transporte llegó, le pidió que lo llevara a su club de golf. Pensaba ir a jugar, pero no al golf precisamente: en el sótano del club se jugaba al póquer por dinero.

​Cuando llegó, primero fue al bar a beber. Cuando Miguel se excedía con el alcohol, su razonamiento para afrontar los problemas empeoraba y las decisiones que adoptaba eran demasiado arriesgadas y, por lo general, nefastas. Indefectiblemente eso ocurrió y, en dos horas, perdió todo lo que llevaba. Con su mente enturbiada por el alcohol y sin un peso en el bolsillo, salió del club sin saber cómo hacer para dirigirse a su casa. Recordó la estación de ferrocarril y allí se dirigió.

​2.

​Cuando llegó a la estación se desplomó en un asiento en el andén. Le dolía la cabeza y su cuerpo estaba entumecido. Se acordó de los chicos, su mujer, sus deudas y se puso a llorar. Se le cruzó por la cabeza terminar con su desastrosa vida… solo debía esperar a que viniera la formación.




​—Disculpe, señor, ¿no me podría decir si de este andén sale el tren para Belgrano?

—No lo sé —dijo Miguel.

—Qué curioso, siempre sale desde aquí.

—¿Adónde me dijo? —respondió Miguel sin saber quién le hablaba.

—A Belgrano, ¿no vive usted allí?

Mirando a quien le hablaba, preguntó:

—¿Cómo sabe que yo voy para Belgrano?

—No sé, por su aspecto de hombre de negocios imagino que vive en Belgrano —dijo la señora de pañuelo rojo, mirándolo con una amplia sonrisa.

—Era un hombre de negocios; ahora solo soy un pordiosero —dijo Miguel sin mirar.

—Mi finado esposo sí que era un pordiosero —dijo la mujer—. Cosechaba papas de campos ajenos en Francia, pero éramos felices.

—Nadie puede ser feliz viviendo con un pordiosero, señora, con todo respeto.

—Bueno, en eso algo de razón tiene, porque pordiosero es aquel que pide limosna. Mi esposo jamás pidió; decía que era un trabajador de la agricultura porque toda su vida cosechó papas, pero jamás le pidió plata a nadie a pesar de que la necesitábamos. En invierno teníamos que dormir en el corral junto a dos cabras que por suerte eran dóciles, para no morirnos de frío.

​Cuando Miguel escuchó lo de pedir dinero, se le aclaró un poco la mente y le prestó más atención a aquella desconocida, que continuó diciendo:

—Debo decirle que pedir plata prestada tampoco es un pecado, o incluso mendigar; cada cual vive como puede, otros viven como quieren, otros no viven a pesar de estar vivos y otros no quieren vivir más. En mi opinión, esto último es muy discutible, depende de diversos factores, muchos de los cuales son justificables. Pero lo injustificable es no querer continuar viviendo por no querer asumir la responsabilidad de hacer las cosas como corresponde.

​Miguel miró a la señora e imaginó por un momento que esa desconocida le estaba recriminando su postura frente a la vida.

—¿Por qué no me explica, señora, cómo alguien puede ser feliz calentándose entre cabras en invierno? —le dijo Miguel algo ofuscado.

—Lo que ocurre, señor, es que nuestras cabras, en el campo en donde vivíamos lejos de todo, eran nuestra familia. Ellas nos daban leche y con la leche yo hacía quesos que vendía en la feria del pueblo.

—Lo que no entiendo, señora, es de qué modo usted era feliz.

—Es simple: nos amábamos. Le contaré algo: el verano para nosotros era la época que más gozábamos. Teníamos nuestra quinta y mi esposo, cuando no trabajaba en el campo, se ocupaba de nuestra pequeña casa. Cuando arreglaba el techo, siempre quedaba alguna gotera; me decía que todas las casas necesitan tener una gotera para que sus habitantes siempre estén alertas al clima. ¡Qué loco! En la comarca nuestras flores eran codiciadas por nuestros vecinos y los días festivos íbamos al pueblo con nuestras mejores ropas, que eran las mismas de siempre pero limpias. ¡Éramos muy felices, muy felices! No nos sobraba nada, pero teníamos lo suficiente.

​La señora se quedó callada y Miguel se quedó pensando en los desatinos de su vida.

—¿Qué se puede hacer cuando ya es tarde y uno entiende que erró el camino? —preguntó Miguel pensando que nadie respondería a esta encrucijada.

—Dos cosas —respondió la señora que continuaba a su lado—. La primera es desandar el camino recorrido hasta encontrar el lugar en donde perdimos el rumbo. Y la segunda, es retomar el correcto. Pero debo decir que, por lo general, esto resulta muy doloroso, muchos no se atreven y su situación resulta ser cada día más angustiante.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Miguel resignado, aceptando su fracaso, a esa mujer desconocida; pero cuando quiso mirarla, a su lado ya no había nadie. Sobre el asiento solo había algo de dinero, que le alcanzó exactamente para comprar un pasaje y llegar a Belgrano.

​3.

Esta historia, estimado lector, termina sin ningún hecho heroico o digno de comentar, pero se puede agregar que Miguel se puso al día con sus deudas, para lo cual vendió su casa en el country y el auto que le quedaba. También anotó a sus hijos en un colegio público y alquiló una habitación en una pensión solo para él, porque su mujer era del tipo que no son felices con hombres económicamente quebrados. También debemos decir que su hermano Daniel, a pesar de no necesitarlo en la ferretería, le dio trabajo allí.

​Al cabo de unos meses, cuando una mañana abría la cortina del negocio, llegó el joven al que le compraba café y tortas fritas. Siempre se quedaban charlando, y un día pasó un mendigo y esto ocurrió:

​—Aquí no hay nada para usted —le dijo el cafetero al mendigo, resuelto.

—Espere, señor —detuvo Miguel al pordiosero tomándolo del brazo. El hombre lo miraba desahuciado, sin voluntad, tal vez por el alcohol, por la mala noche o por su estado de salud; y Miguel le obsequió su desayuno.

​A partir de ese día, todas las mañanas el mendigo pasaba por el local a la misma hora y todas las mañanas Miguel le compraba un desayuno. Al cabo de un tiempo, lo llevó a higienizarse a una parroquia y le consiguió un asilo porque sufría de demencia. Una vez por semana, Miguel iba a verlo. Consideraba que ese hombre podría haber sido él, pero el destino no lo quiso.


viernes, enero 09, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (2)

 ¿Raúl?, qué sorpresa a esta hora.

​—Sí, Laura… te llamo porque quiero avisarte que no iré hoy.

​—¿Por qué motivo? Les avisé a mis amigos que nos reuniríamos por nuestro aniversario; se cumplen dos años. ¿Ocurrió algo?

​—No… solo que te quiero decir, Laura, que vamos demasiado rápido. Mejor será que nos demos un tiempo. Sos una chica encantadora, pero prefiero que dejemos lo nuestro en pausa por ahora.

​—¡¿Dejar lo nuestro en pausa?! Me estás jodiendo, Raúl. ¡¿Qué te pasa?! —reaccionó Laura, desesperada.

​Para ciertas cosas en la vida, un silencio prolongado permite ver y entender lo inevitable. Exactamente eso hizo Raúl: no le respondió a su novia y se quedó callado.

​—Tu silencio me dice todo. Pensé que me querías, que eras sincero, pero cometí un error imperdonable. Soy una tonta. ¡No te quiero ver nunca más en mi vida!

​Así terminó la relación entre Laura y Raúl.

​Ella se sintió ultrajada hasta sus entrañas; jamás pensó que él le hiciera algo así. Pensaba que sería el padre de sus hijos, pero ahora, de un momento a otro, debía aceptar la dura realidad de un desengaño inesperado cuando creía que su noviazgo era perfecto.

​Después de esa breve e insoportable ruptura, Laura no sabía qué hacer. Llevaba entre sus manos la torta que había comprado para la reunión de esa tarde con sus amigas y amigos. Sentía que le faltaba el aire y se dirigió a la plaza. Cuando llegó, tiró el paquete a un cesto de basura con toda su fuerza, imaginando que también estaba tirando su relación con Raúl.

​Cuando se sentó en un banco, se puso a llorar con la impotencia de no poder cambiar lo que le pasaba.

​—Disculpe, señorita, ¿se siente mal? —preguntó alguien a su lado.

​Con sus ojos irritados, Laura miró para saber quién le hablaba. Era una señora mayor, con un pañuelo rojo sobre su cabeza, que la miraba preocupada.

​—No es nada, señora. O mejor dicho, nada que alguien pueda solucionar.




​—Bueno, uno nunca sabe, hija. Si tienes tiempo, puedo contarte una pequeña historia personal.

​Laura pensó que tal vez cualquier historia, incluso contada por una extraña, podía ayudarla a suavizar su insoportable desdicha.

​—Sí, adelante —le respondió con pocas ganas a aquella amable señora desconocida.

​—Yo tendría tu edad cuando fui a mi primer baile en mi pueblo de Francia, y allí conocí a un joven del cual me enamoré a primera vista. Era alto y de pelo negro, sus ojos eran dulces como la miel y tenía una sonrisa irresistible. Empezamos a vernos todos los sábados y durante cinco meses recorrimos los campos que estaban repletos de flores de cien colores; me contaba miles de anécdotas graciosas de su trabajo en la granja que me hacían reír. Yo estaba loca de amor por ese muchacho, pero un día que habíamos quedado en encontrarnos en el lugar de siempre, no vino. Pensé que tal vez había tenido un percance y lo esperé hasta el siguiente sábado, pero tampoco vino.

​Entonces me decidí a ir a su casa, que estaba muy lejos de la mía. El tiempo me jugó una mala pasada cuando una torrencial lluvia me sorprendió en un camino de tierra; al tratar de protegerme debajo de un frondoso árbol, me resbalé y terminé hecha un desastre, tenía barro hasta en mi pelo. Por fin llegué y me dirigí a un granero de la casa tratando de estar más presentable; desde allí vi lo que no debía haber visto jamás. El muy sinvergüenza vivía con una mujer y tenía dos críos. Creí que me moriría allí mismo; algo me contuvo y no fui a pegarle, solo me quedé llorando junto a una cabra que me miraba.

​Después de contar su historia, la señora se quedó mirando el parque en silencio.

​—¿Qué ocurrió después? —le preguntó Laura, intrigada.

​—Ah, sí, después tuve cinco novios más que me hicieron olvidar mi primera decepción con los hombres.

​Laura no pudo contener una pequeña carcajada por lo dicho por esa mujer desconocida.

​—A mí me pasa algo parecido —dijo Laura, más reconfortada, pero todavía triste.

​—Lamentablemente, querida, cuando se es joven suelen acontecer desengaños —le dijo aquella mujer tomándola de la mano—. Pero permíteme decirte una cosa: a pesar de dolernos el alma, siempre, siempre, alguien aparece en nuestras vidas con intenciones más buenas y sinceras. Ya lo verás, la vida nos brinda momentos malos y otros buenos; así funciona el destino. Hoy te puede parecer que el mundo se terminó para ti, pero tal vez mañana nuevamente verás el sol brillar sobre tu cabeza.

​Laura, después de escuchar atentamente a la señora, se sintió más tranquila y le preguntó:

​—Me resulta muy curioso, señora, que usted no me conoce y, sin embargo, me habló justamente de lo que me mortificaba: mi novio me acaba de dejar, hace solo un rato.

​—Comprendo tu sorpresa, pero es mi labor en esta tierra.

​—No entiendo —dijo Laura.

​—No te preocupes, no es necesario que entiendas nada. Lo importante es que te sientas mejor.

​Ambas se miraron a los ojos y la señora le dijo:

​—Sigue tu vida, querida. Te aseguro que tendrás una familia muy buena, con varios hijos hermosos.

​—¿Cómo puede usted saberlo? —le preguntó Laura.

​—Nosotros, los viejos, sabemos muchas cosas, pero eso ahora no importa —la mujer le dio un beso en la mejilla a Laura y se paró.

​Antes de irse, dijo:

—Una última cosa, querida: hoy, en la reunión con tus amigos, irá un joven que se llama Mario.

​—¡Sí, Mario! Todas mis amigas se mueren por él, ¿pero cómo sabe usted? —le preguntó Laura, cada vez más intrigada.

​—Solo lo sé; cómo, no tiene importancia —le respondió la señora, acomodando su pañuelo—. Lo que te debe importar a ti es la forma en que te mira. Muchas veces hay hombres que temen expresar sus sentimientos. Recuerda: fíjate cómo te mira.

​Por último, la extraña mujer dijo:

—¡Buena vida, hija!

​Laura no alcanzó a saludarla cuando la señora ya estaba lejos cruzando el parque, hasta perderse detrás de unos arbustos.

​Esa tarde, en la reunión con sus amigos, Laura contó su ruptura con Raúl. Dos de sus amigas la abrazaron y, en el mismo momento, por encima del hombro de una de ellas, Laura miró a Mario y pudo observar nítidamente que, en lugar de estar serio por la desafortunada noticia, tenía una amplia sonrisa que no podía disimular. Durante el transcurso de la reunión, ella le acercó un plato con budín y fue entonces cuando ese muchacho buen mozo le dijo de forma directa, clara y contundente:

​—Ahora que no tienes compromiso, Laura, ¿te gustaría salir conmigo este sábado?