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domingo, mayo 03, 2026

TÍTERES

 1.


          El gallardo caballero montado en su majestuoso corcel blanco cruzaba distraído un campo de girasoles, de pronto sin imaginarlo, pudo ver bajo un frondoso fresno una joven concentrada leyendo un pequeño libro.

—Disculpe usted señorita, me podría decir que camino debo seguir para llegar al castillo  —preguntó el joven cordialmente.

La concentrada lectora sin siquiera mirarlo le indicó con su dedo índice un lugar que no era ningún camino. El joven reiteró la pregunta y fue allí cuando la señorita levantó su vista del libro y vio al caballero. A partir de ese instante ambos jóvenes quedaron unidos por esa fuerza poderosa e inexplicable que es el amor.


Se cierra el pequeño telón; se escuchan los aplausos; cuando se vuelve a abrir:


Se puede observar al caballero caminando por un enorme corredor muy lujoso con ventanas góticas. En el extremo de la imponente sala lo espera sentada la reina. Después de una amplia reverencia a la representante de la corona real, la reina se expresa con ansiedad:


—Me has traído mi collar de rubíes.


—Si mi reina, dijo tajante el caballero, dándole un pequeño cofre.


Después de ver el contenido, le dijo la reina satisfecha —Bien, ¿qué deseas a cambio?


—Quisiera algo que es imposible que me puedas otorgar.


—Solo dime y veremos.


—Conseguir el amor de la princesa de tu reino.


Se cierra el telón; nuevamente se escuchan los aplausos del público.


En el último acto de la obra de títeres, la princesa y el caballero por fin se unen en un beso, en tanto lentamente se cierra el pequeño telón de terciopelo rojo.


Don Pedro y su hija se miran alegres, sosteniendo las crucetas de sus marionetas, escuchando los gritos y aplausos de sus pequeños espectadores infalibles de todas las funciones bajo la gran lona del circo. Cuando las luces se apagaron, el equilibrista le avisa a Don Pedro que el director quería verlo.


—Tome asiento Don Pedro. —le dice el director al viejo titiritero— tengo que darle una no muy grata noticia, como usted sabrá el mundo está cambiando y yo tengo que seguir ese tren porque si me dejo estar la modernidad nos pasa por arriba. Si bien hace años que su trabajo ha sido siempre un éxito, me han hecho una propuesta que no puedo dejar pasar.

Don Pedro no se imaginaba que había concluido su trabajo de tantos años ininterrumpidos en el circo. Antes de retirarse le preguntó al dueño:

—¿Quién me reemplazará?

—Son unos jóvenes que imitan marionetas virtuales, son avatares que se realizan con una tecnología muy sofisticada. 

Don Pedro no preguntó nada más y se retiró apesadumbrado, con un nudo en su garganta, pensando de qué modo le daría la mala noticia a su hija.

—¿Por qué te llamó el dueño padre? 

—Quiere que cambiemos toda la historia con nuevos personajes. Le dije que no lo haríamos, pero insistió. No entiende que cambiar todo con nuevos títeres es muy complejo y además cuesta dinero, que no tenemos. —mientras decía esto, Don Pedro guardaba con cuidado en sus cajas a sus viejas marionetas que lo habían acompañado toda su vida.

La hija de Don Pedro con cara de preocupación después de pensarlo unos instantes dijo:

—Si es necesario lo haremos Padre, yo escribiré una nueva historia y te ayudaré confeccionando el vestuario, no tenemos otra opción. Los títeres son nuestro único sustento. 

—Existe otra opción querida Isabel.

—¿Cuál?, ¿qué se te ocurre?.

—Mira, yo soy grande, y creo que es hora de mi retiro. Aquí lo único importante es tu futuro, no el mío, y con los títeres querida hija ya no hay futuro para tí. 

—Padre, ¡no me digas eso!, sabes bien que los títeres son nuestra pasión y el aplauso de los chicos nos reconforta todas las noches. Ellos son el futuro y aprueban lo que hacemos. Nuestro trabajo es de una calidad artesanal imposible de imitar. Los títeres jamás serán reemplazados por nada. —respondió Isabel con lágrimas en sus ojos.

Bueno hija. —dijo Don Pedro abrazándola— lo discutiremos mañana, hoy es tarde y estoy muy agotado.

Padre e hija se retiraron a descansar, ambos preocupados, pero por motivos muy distintos. 

Don Pedro no podía dormir, en su mente se agigantaron las palabras del dueño: “el mundo está cambiando y yo tengo que seguir ese tren porque si me dejo estar la modernidad nos pasa por arriba”. Cuando pensaba en su joven hija se le cerraba la garganta y sentía una opresión en su pecho.

Por fin pudo conciliar el sueño. 


2.


La casilla rodante donde vivían Don Juan y su hija era la más pequeña del circo; en ella había dos habitaciones separadas por una pequeña cocina, los títeres se guardaban en un estante en la habitación de Don Pedro, junto a su cama. Esa noche se desató una fuerte tormenta eléctrica qué dejó fuera de servicio al generador principal del circo.

—¡Pedro!, ¡Pedro!  —dijo una voz que provenía de los pies de su cama— despierta Pedro, tenemos que hablar.

Pedro confundido por el rugir de la tormenta y esa voz, se despertó. Vió algo borroso sobre su cama y con su mano buscó sobre la mesa de luz sus anteojos, cuando se los colocó y miró de nuevo, no podía creer lo que ocurría; toda la compañía de sus títeres estaban allí de pie mirándolo; la joven princesa, el caballero montado en su corcel y la reina. Pensó que alucinaba o que seguramente un sueño persistente no podía disiparse, pero por fin comprendió que lo que estaba ocurriendo era tan cierto como los relámpagos de esa noche.

—Tienes un sueño pesado querido Pedro —dijo la reina.

—Te molestamos Pedro porque lo que te ocurre nos afecta  —se expresó el caballero sosteniendo las riendas de su caballo.

—¡No aceptaremos bajo ningún concepto quedarnos sin trabajo y olvidados dentro de nuestras cajas, que aprovechamos para decirte que son bastantes incómodas!.  —dijo la joven princesa moviendo su boca de marioneta enérgicamente. 

—Si tú no quieres trabajar más con nosotros, respetamos tu decisión, pero no involucres a Isabel, que sabemos que nos ama y quiere continuar con su profesión. —exclamó la reina impetuosa moviendo su cabeza con cortos movimientos de izquierda a derecha.

—¡Estamos dispuestos a pelear por el futuro de tu adorable y excelente hija, y por el nuestro obviamente!. —continuó a viva voz el caballero, levantando y bajando su brazo aferrado a su espada de madera. 

—¡¿Bueno, qué dices Pedro?!, ¿qué debemos hacer?. —le preguntó la princesa levantando y bajando su rígido brazo.

Pedro no podía salir de su asombro, estaba consternado, sus títeres interpelando su decisión de terminar con su trabajo frente a él, sobre su cama. ¿Cómo era posible que tuvieran sentimientos, preocupaciones, o incluso valor para enfrentar la adversidad?.

La resplandeciente luz de un rayo, iluminó al plantel de títeres, después se escuchó el rugido de un trueno. Recién entonces Pedro entendió que estaba viviendo algo inesperado y sorprendente; no era un sueño, era el evento más enorme de toda su vida, sus títeres estaban hablando con él. 

Sentado en su cama, les explicó que la decisión tomada de dejar su pasión de titiritero, era por orden del dueño del circo. Si hubiera sido por él, trabajaría hasta el último día de su vida junto a su hija.

—¡Pero, qué piensa ese mercader de talentos, que sólo le importa el dinero!  —exclamó la reina, moviendo su boca y sus brazos— ¡nosotros somos artistas, creamos arte, no traficamos con los valores ajenos!

—¡Este circo creció gracias a nosotros!  —gritó indignada la princesa. 

—¡Le declaramos la guerra a este desalmado bueno para nada!  —estalló el caballero, levantando su espada. 

—Ahora que el circo es famoso, gracias a nosotros, nos deja a un lado por unos improvisados—dijo la princesa agitando su rubia cabellera.

Otro destello iluminó aquella reunión de enardecidos personajes, dando paso a otro trueno. 

—¡Tengo una idea! —dijo la reina molesta.


3.


A primera hora del día siguiente Don Pedro se presentó en la oficina del dueño del circo, que se llamaba Baltasar. 

—Señor Baltasar, le pido que me permita mostrarle un cambio en nuestra función que pienso puede llegar a agradarle.

—Ya hemos discutido el tema Pedro, mi decisión está tomada, los títeres se suspenden definitivamente, lo siento, pero ya lo hemos hablado.

—Se lo pido como un favor por los años que he trabajado para usted. 

Baltasar a desgano, sabiendo que nada cambiaría su decisión, aceptó ver la función de títeres esa misma noche dado que el circo no funcionaba.

En medio de la pista se colocó el pequeño teatro iluminado por un fuerte reflector. Cuando el dueño llegó se sentó en primera fila.

La rutina consistía en que después de presentar la obra al público, Isabel se acomodaba junto a su padre en la parte superior del teatrillo, ocultos, para comandar a los títeres. Pero esta vez, tanto ella como su padre se sentaron a ambos lados de Baltasar, el cual quedó sorprendido, porque no entendía quién movería a los títeres.

¡Qué empiece la función!  —dijo en voz alta Don Pedro.

El telón de terciopelo rojo se abrió lentamente y la función realizada miles de veces, por los pequeños artistas de madera con sus coloridas vestimentas comenzó. 

El gallardo caballero montado en su majestuosa corcel blanco cruzaba distraído un campo de girasoles, de pronto sin imaginarlo, pudo ver bajo un frondoso fresno una joven concentrada leyendo un pequeño libro.

—Disculpe usted señorita, me podría decir que camino debo seguir para llegar al castillo  —preguntó el joven cordialmente…

Baltasar observó el cambio de inmediato y se puso de pié para dirigirse a donde estaba el teatrillo. Se paró frente a los títeres que continuaban hablando y moviéndose y miró hacia el lugar donde siempre se ocultan los titiriteros, pero su sorpresa fué mayúscula; los títeres se movían solos, sin cuerdas que los sostuvieran.

Dando media vuelta y mirando a Don Pedro le preguntó sobresaltado:

¡Cómo lo has logrado Pedro!, ¿¡quien comanda a tus títeres!?.

Pedro, con una amplia sonrisa le dijo:

—El que tiene la magia, no vive del truco. Jamás te diré el secreto estimado amigo.


El circo de Baltasar aún continúa recorriendo el mundo con su espectáculo principal: “Los títeres mágicos”.






Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."









lunes, marzo 23, 2026

LA VERDAD SIN SENTIDO

       Ya habían pasado tres horas y no existían evidencias de que el resultado fuera acertado. Todo lo que se podía hacer era intentar de nuevo pero comenzando desde arriba hacia abajo. Así lo hicieron después de quitar todas las hojas secas.

Ya estaba por oscurecer cuando terminaron, el riesgo de que no funcionara implicaba abandonar todo el proyecto y buscar otro lugar tal vez del otro lado del Atlántico o en lo profundo de la selva amazónica. 

—¡Hagámoslo! —dijo Pedro Ricardo Cuenca.

Ambos se vieron por última vez, cuando Federico Elviro Rosas pateó la piedra que sujetaba el enorme resorte, el piso se hundió; sabían que no había vuelta atrás. Un viento infernal de fuego y gases se elevó por sobre las nubes. 

El último pensamiento de Pedro estaba mezclado con la pena por haber comprendido tan tarde la verdad y la serena sensación de haber cumplido. En cambio Federico estaba embriagado de venganza.

Lo que ocurrió después, a nadie le importó. El telón se cerró y se encendieron las luces de la sala del teatro.

—Jamás imaginé que sería tan mala.

—No siempre se acierta.

La pizzería estaba atestada de gente, pidieron una completa con fainá y cerveza. La comieron de pie entre empujones y risotadas de unos jóvenes algo insolentes.

Cuando salieron la avenida estaba repleta de automóviles, caía la tarde y se escuchaba desde la playa música clásica, allí fueron y unas cien personas en traje de baño, de pie, escuchaban a una orquesta impresionante tocando el famoso vals “del minuto” de Chopin. La vestimenta formal de los músicos contrastaba con la colorida mezcla de las prendas de los turistas. De pronto, una ráfaga de viento complicó todo; las partituras sobre los atriles se volaron esparciéndose por la playa, también sufrió el mismo percance la peluca del director, los músicos dejaron de tocar y salieron corriendo a buscar los papeles, la tarea fué infructuosa, muchas hojas cayeron al agua y el mar se las llevó. La decepción de los artistas desentonaba con las carcajadas de los turistas.

Daniel dejó de escribir y cerró su libreta a la que llamaba de ideas locas; se quedó mirando por la ventana del bar como la lluvia convertía al tráfico en un espectáculo distinto. Lo ocurrido con Nora era irremediable, desde el primer día supo que su relación no llegaría a nada, aunque meditó que con Laura, con Ester y con Noemí pasó lo mismo. Se lo diría a su psicólogo, pero sabía sin necesidad de tener que pagar a un terapeuta que era él quien provocaba las rupturas.

Julia después de terminar de escribir la última frase la releyó, tratando de encontrar un hilo conductor para la segunda oración pero con decepción y bronca borró toda la página. Jamás sería una escritora, jamás podría escribir algo distinto, interesante, fresco, nuevo. No podía concebir que su vida debía de ser vulgar: casarse, tener hijos, hacer las compras, acomodar el placard, preparar el desayuno, tender la cama. 

“¡No por Dios!, ¡qué fastidio!. No quiero que mi vida sea eso. No quiero”. Pensó para sí desesperada.

—Si usted no deja de fumar señor Perez, no puedo hacer nada. Es indispensable que deje el tabaco. No existe una receta o remedio mágico. Depende de usted. 

Cuando salió del hospital, en la vereda encendió un cigarrillo y tiró el resto del paquete a un cesto de basura. Comenzó a caminar pensando en su edad, en lo que dejaría si muriera, no tenía miedo, solo la preocupación de no poder dejar a su familia en una situación cómoda; Elvira debería ir a trabajar, ¿pero de qué?, nunca trabajó y sus hijos aún eran demasiado chicos para colaborar. Tal vez aceptaría esa propuesta de Ernesto, era quitarle el dinero a un ladrón, solo debía dejar las llaves de la caja fuerte en el cajón, llamarlo, y al otro día tendría una fortuna depositada en un banco de Grecia. Pero si salía mal, todo sería peor, un desastre.

La sala de espera tenía sillas de aluminio con el tapizado gastado, y el parquet ya no brillaba y seguramente no volverás a brillar nunca más. Daniel llegó una hora antes pero ya había tres candidatos mucho más jóvenes que él esperando. La secretaria fingiendo una sonrisa lo invitó a sentarse, justamente el lugar que eligió estaba próximo a una ventana, y de pronto un golpe de aire levantó el cortinado tapándole la cara; se la quitó de encima con fastidio pero de reojo le pareció que uno de los jóvenes se había tentado, al poco rato nuevamente lo mismo, ahora los tres que esperaba no pudieron soportar la tentación de risa, esto ofuscó Daniel que se levantó y se cambió de lugar. Sonó el portero y la secretaria le abrió a alguien, cuando abrió la puerta de la sala de espera eran cinco candidatos más, dos chicas y tres muchachos, todos más jóvenes que él. 

La solicitud decía “ingeniero/a calculista con experiencia mínima de cinco años”, él superaba ampliamente los treinta y cinco, sería lo único que podía esgrimir ante cualquier pregunta, pero también sabía que la inteligencia artificial estaba dejando un tendal de desocupados, incluidos los que tuvieran título universitario. Mientras se prolongaba la espera, comenzó a pensar en la cantidad de empresas que lo habían despedido, no por incapaz, el problema era su temperamento; ante las presiones se irritaba al punto de perder los estribos, e insultar al que se le pusiera enfrente. De pronto comenzó a sentir calor y un sudor frío recorrió su espalda, la vista se le nubló y después no pudo soportar el mareo. Se desplomó en el piso ante la sorpresa de todos los presentes. 

Cuando el subte se detuvo, Ignacio se colocó su careta y subió, todos los pasajeros llevaban la suya colocada, excepto una pareja de jóvenes desalineados, vestidos con ropa negra; se veían felices riendo y hablando. En las dos estaciones siguientes subieron más personas con caretas, el último tramo del viaje fué un calvario estaban todos apiñados. Cuando se abrió la puerta automática del vagón se llenó de gente que caminaba hacia las escaleras mecánicas para enfrentar un nuevo día laboral. Una vez en la calle, colectivos y taxis circulaban con personas con careta, en las veredas miles de transeúntes caminaban apurados sosteniendo sus caretas. En el aeropuerto, el vuelo que llegaba desde Brasil se detuvo frente a la manga, cuando abrieron la puerta de la nave, bajaron los pasajeros con sus equipajes de mano; todos llevaban caretas. 



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martes, febrero 24, 2026

LA HABITACIÓN 106 DEL GRAN HOTEL VIENA

 1.


          Esta historia comenzó cuando leí la carta que llegó a mis manos, en un sobre sin remitente; esto decía:


“Señor Francisco, me atrevo a escribirle porque ya estoy grande, y como no tengo familia, cuando yo muera nadie conocerá esta historia, la cual, me gustaría que quedara registrada por alguien.

Debo remontarme a mi juventud, cuando una noche pude ver algo increíble que me persiguió el resto de mi vida. Yo me había empleado como camarero en el Gran Hotel Viena en Miramar de Ansenuza, a orillas del lago Mar Chiquita en Córdoba. Una noche de invierno quedé a cargo del Hotel, porque sus dueños, un matrimonio muy cordial, me pidieron que me quedara un fin de semana fuera de temporada porque no quedaba nadie. Acepté y aproveché la joya del hotel, una biblioteca inmensa con cientos de volúmenes para disfrutar leyendo junto al hogar encendido. Después de cenar me dediqué a mi pasión, la lectura. 

Yo había escuchado de boca de un viejo cocinero del hotel, que en la habitación 106, había un fantasma; jamás le presté atención a esa historia, hasta que esa noche lo que vi aún no puedo olvidarlo.

Desde donde estaba escuche con claridad el sonido de una de las campanillas del viejo sistema de llamada desde las habitaciones; esto no podía suceder, porque no había huéspedes, pensé que podía ser una laucha u otro animal. Cuando fui a ver, era la campanilla de la habitación ciento seis. 

Debo confesar que no me resultó nada agradable la situación, pero la campanilla no dejaba de sonar. Decidí ir a ver, subí al primer piso, recorrí el pasillo y me paré frente a la puerta de la habitación. 

Por costumbre golpee, lo que sucedió después me sigue helando la sangre.

Una voz extraña me dijo que pasara.

Cuando abrí, una mujer de camisón blanco de pelo negro hasta su cintura permanecía parada dándome la espalda, mirando por la ventana. 

​— ¿Quién es usted? —alcancé a decir con un hilo de voz.

​Cuando aquello lentamente dio la vuelta, el aire se congeló en mi garganta. Me miraban unos ojos inexpresivos, dos pozos sin brillo incrustados en una tez pálida y tensa, carente de toda vida. Sus labios morados se contrajeron justo antes de que el horror cobrara forma. ​Abrió la boca y de ella brotó un grito grueso, seguido de un vaho putrefacto. Quise retroceder, pero no pude; estaba atado a esa voluntad desconocida mientras el terror inundaba mi mente por completo.Pensé que este era mi fin, hasta que una sombra se interpuso entre esa criatura y yo. Llegué a ver que esa aparición se diluía en el espacio luego me desvanecí.

Al despertarme, estaba sobre la alfombra de la habitación con mi camisa pegada a mi cuerpo transpirado. No había nadie, solo estaba la ventana abierta y un viento helado batía las blancas cortinas. Salí de allí pero jamás se lo conté a nadie por temor a perder mi empleo o que me tomaran por loco.

Dos meses después de esta horrible experiencia, sucedieron dos hechos que conmocionaron a todos en el hotel; el primero, fue cuando encontraron muerta a una mujer en su cama, aparentemente por un paro cardíaco y el segundo un hombre que se suicidó de un disparo en su boca. Los dos hechos ocurrieron en la habitación ciento seis. Debo decirle que yo preferí no contar nada, no sé si hice bien o mal.

Después de la inundación devastadora de 1977, el hotel quedó inservible para continuar. 

Cuando me fui del lugar, llevé conmigo un sentimiento de culpa por no contar lo que yo presencié, tal vez se podrían haber evitado esas muertes, jamás me lo perdonaré. Por eso, usted tiene ahora mi testimonio escrito, que al menos disminuye en alguna medida mi carga. 

Si decide investigar, le puedo asegurar Francisco que hoy mismo, allí, entre esas ruinas; existe aún algo maléfico. 

Pedro Ramírez”

2.

Después de meditar unos días, decidí ir a investigar. Era algo muy antiguo y el señor Pedro Ramírez podría no existir, y tratarse  todo de una burla armada para molestar. No obstante mi curiosidad pudo más, llegué con mi camioneta un sábado por la mañana y en la puerta de esa enorme ruina estaba el colorido contingente de personas sacando fotos mientras la guía turística les relataba la historia de esos muros descascarados. Me acerqué al grupo, y recorrimos solo la planta baja porque el primer piso estaba clausurado. Salvo el olor a humedad, y el arrullo de algunas palomas, entre esas paredes no quedaba nada interesante por ver. Alguien del grupo preguntó si era cierto que había fantasmas a lo que la guía repuso qué solo eran habladurías como el hecho de que Adolf Hitler después de la guerra se hospedó allí. Pero sí dejó en claro, que aquellos que quisieran comprobar en persona el tema de los fantasmas, a las veinte horas, otro guía los esperaba para darles una vela encendida y recorrer el lugar, todos rieron. Yo no.

Hice tiempo en el pueblo hasta la hora indicada y después me dirigí allí. Éramos unas diez personas y el guía, un hombre mayor de aspecto extraño, que entregó una vela encendida, sin hacer muchos comentarios, después nos dirigió al hall principal que al proyectarse la tenue sombra de los participantes sobre el piso y las paredes generaba un clima fantasmagórico. 




—Señoras y señores, en primer lugar les pediré por favor que no enciendan sus teléfonos, en este hotel siempre hubo y hay fantasmas. —comenzó diciendo con voz ronca el guía— y a estos entes no les gusta ser molestados. 

Todos quedamos expectantes, y después agregó:

—Muertes extrañas, huéspedes Nasis, y fantasmas, son los recuerdos que guardan estos muros.

—¿Es cierto que aquí se hospedó Hitler?  —preguntó alguien. 

—Sí es cierto  —afirmó el guía—, antes y después que terminará la guerra. 

Esto provocó en las visitas un murmullo de asombro. 

—También se dice que la inundación de 1977, se produjo por una maldición, no he escuchado a ningún meteorólogo que argumente científicamente lo que provocó el desborde de la laguna, pero ocurrió, y esto destrozó el turismo en la zona con las consecuencias de la falta de trabajo para decenas de familias. 

Una vez que la recorrida terminó, todos se fueron. Yo me quedé para poder hablar a solas con el guía. 

—Lo molesto para hacerle una pregunta señor  —le dije a aquel hombre que se colocaba una mochila sobre sus hombros. 

—Usted dirá  —me respondió 

—¿Conoció por casualidad a un empleado del hotel llamado Pedro Ramírez?

—Si, lo conocí, era un muy buen compañero, cuando el agua cubrió todo, los dueños cerraron e indemnizaron al personal, Pedro se fue a Buenos Aires creo, pero nunca más supe de él. ¿Usted es pariente?.

—No, es una historia larga de contar sin importancia  —le respondí al guía—,  una última pregunta, ¿la guía de la mañana, dice que lo de los fantasmas son habladurías, pero usted no, quién de los dos tiene razón?.

El hombre se me quedó mirando unos instantes y después me dijo:

—Ambos tenemos razón, necesitamos decirle al público lo que quiere escuchar, así funciona nuestro negocio. Buenas noches. 

Cuando se alejó el hombre, quedé solo frente al edificio abandonado inmerso en una oscuridad total. Estaba a punto de subir a mi camioneta e irme, pero pensé que no podía dejar de visitar la habitación ciento seis. Encendí mi linterna e ingresé al derruido hotel. La escalera que subía al primer piso parecía estable, la baranda era endeble. Cuando llegué con cuidado al primer piso, escuché el chirrido inconfundible de murciélagos y unos ratones me rozaron el pie. Las puertas de las habitaciones estaban entreabiertas y aún conservaban sus números en bronce. Con la luz de mi linterna recorrí las puertas a partir de la ciento tres, cuando llegué a la ciento seis, esta no tenía número y se encontraba cerrada. Abrí el picaporte y funcionaba, al empujar la puerta el chirrido de las bisagras denotaba que hacía mucho tiempo que nadie había entrado allí. 

​Cuando logré abrirla, un tufo espeso a podrido y humedad me invadió. Con el foco de luz recorrí lentamente aquel espacio: estaba repleto de muebles y objetos desvencijados; en la ventana aún colgaban retazos de cortinas sin color. Cuando le di la espalda a ese lugar que seguramente guardaba cientos de historias, algo me tocó el hombro. Me sobresalté y giré de inmediato con mi linterna. A escasos centímetros de mí, el rostro de una mujer me miraba con una sonrisa de espanto; era un amasijo de huesos, pelos y piel seca.



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martes, enero 20, 2026

UNA LARGA NOCHE EN EL CAMPAMENTO

 1.

​La ciudad muchas veces nos agota: el intenso tráfico, la gente alocada. Como teníamos tiempo, decidimos con mi esposa buscar algún lugar inmerso en la naturaleza para acampar. En internet encontramos un camping rodeado de bosques y montañas, próximo al lago Quillén; es precisamente uno de esos tesoros naturales que aún quedan en este mundo, un lugar donde la presencia humana es mínima.

​Sin perder tiempo, organizamos el viaje. En el garaje de casa revisé todo nuestro equipo: carpa, bolsas de dormir, catres, linternas, faroles. La camioneta estaba preparada; cargamos todo y al día siguiente salimos.

​Mil doscientos kilómetros merecían una pausa. A mitad de camino dormimos en un hotel y al día siguiente partimos para realizar el último tramo. En primavera el clima es benigno y los colores de la vegetación impresionan. Por fin llegamos al camping, que era un lugar excepcional; las fotos de la publicidad no demostraban ni la mitad de su belleza.

​Paramos frente a la cabaña del administrador, pero nadie salió a recibirnos. Me acerqué a la ventana y pude ver que no había nadie. Decidí llamar al número de celular que tenía y me atendió alguien con voz de estar recién despierto. Era el administrador, quien me dijo, no muy cordialmente, que el camping estaba cerrado. Le recriminé cómo era posible tal situación cuando la publicidad decía que en esta época atendían, y agregué que estábamos exhaustos, que solo necesitábamos un lugar y acceso a los sanitarios.

​Por fin convencí al fulano, que llegó a la media hora en su camioneta. Era un hombre mayor con aspecto de guardaparque. Acordamos que, si le pagaba por adelantado y en efectivo, me dejaría las llaves del tablero eléctrico, del depósito donde se encendía el motor para cargar agua y de los sanitarios.

​Después de concretar el trato, se fue. Con mi señora nos reímos porque estábamos en un camping solo para nosotros, en un lugar magnífico; más no podíamos pedir. Decidimos armar la carpa, comer lo que llevábamos y, al día siguiente, ir al único almacén para aprovisionarnos; lo habíamos visto de pasada: no era gran cosa, pero estaba a veinte minutos en auto.

​La primera noche fue muy agradable. Encendí una pequeña fogata y nos quedamos charlando hasta tarde, contemplando el cielo estrellado que los citadinos como nosotros ya hemos olvidado que existe.

​A la mañana siguiente el clima se descompuso y una llovizna persistente no nos permitió salir de la carpa. Desayunamos y luego salimos a comprar comestibles a la proveeduría. Cuando llegamos, había estacionada una camioneta de guardaparques, un auto destartalado en un cobertizo contiguo y otra camioneta blanca con un golpe en el guardabarros delantero.

​Cuando entramos, había un joven en la caja y otros dos que hablaban y se reían tomando cerveza. Al vernos, se callaron de inmediato. El que parecía ser un guardaparque no le quitaba los ojos de encima a mi mujer, al extremo de tener que ubicarme en medio para cubrirla. El del gorro de lana murmuró algo que no pude escuchar y el joven de la caja preguntó:

​—¿Piensan acampar en la zona?

—Tal vez sí —le dije, sin darle demasiada importancia a la pregunta.

—Tengan cuidado con el ripio en las curvas porque es peligroso. Hace unos días se desbarrancó un hombre y el auto estalló al caer —nos advirtió el joven, agregando—: lo sacaron hecho un carbón humeante.

​El hombre del gorro de lana no contuvo una carcajada y se calló de inmediato. Si el hecho era cierto, no tenía nada de gracioso, pero también podía ser que quisieran asustarnos para reírse de nosotros. Al pagar y sacar mi billetera, noté que el del gorro de lana la miraba con curiosidad. Salimos de allí con la seguridad de que no volveríamos.

​En el camino de regreso, observé que detrás venía una camioneta muy rápido. Por precaución, traté de arrimarme a la banquina lo máximo posible, pero como era angosta, corría el riesgo de despistarme. No obstante, el imprudente conductor me sobrepasó realizando una maniobra muy riesgosa antes de una curva, echándome su vehículo encima. Frené bruscamente para evitar el choque y el ripio hizo que mi camioneta resbalara, quedando cruzada en el camino. Mi señora gritó del susto y yo quedé sobresaltado. No podía asegurarlo, pero me pareció que era la misma camioneta chocada que estaba en la proveeduría.

​Cuando llegamos al camping, las nubes comenzaban a correrse dejando ver un cielo azul diáfano. Decidimos olvidarnos del percance y disfrutar del día. Cargamos nuestras mochilas con frutas y agua y nos fuimos a caminar sin rumbo fijo. Llegamos a orillas del lago y nos sentamos sobre un tronco caído para observar esa majestuosa naturaleza que nos quitaba el habla. Al atardecer, regresamos para llegar antes de que oscureciera.

​Al llegar al campamento, no esperábamos encontrarnos con algo así: la camioneta tenía dos ruedas bajas y la carpa estaba abierta. Alguien había entrado y revuelto todo; cuando me fijé mejor, vi que las cubiertas habían sido cortadas.

​Esto ya era el colmo. Deseábamos irnos cuanto antes, pero debía resolver cómo hacerlo; con un solo auxilio no era posible. Necesitaba reparar al menos un neumático y la noche se aproximaba. Llamé al encargado varias veces hasta que por fin atendió. Al explicarle el inconveniente, solo me prometió traerme un neumático al día siguiente a primera hora. Esto no me tranquilizó: debíamos pasar la noche allí.

​Llamar a la policía era una alternativa, pero el destacamento estaba a tres horas. Intentamos llamar, pero lamentablemente nos quedamos sin señal. Se había cortado la luz. El sol había caído y no había luna.

​Lo primero que hice fue ir a la guantera de la camioneta y comprobar que mi revólver estuviera cargado. Ajusté la funda a mi cinturón, encendimos los faroles y una fogata, sabiendo que la noche sería muy larga.




​2.

​Si alguien tenía la intención de robarnos, tenía toda la noche para hacerlo con comodidad. Lo que más me preocupaba —y no se lo decía a mi mujer— era que hubieran roto las cubiertas para que no pudiéramos irnos. Eso indicaba una amenaza concreta. Bajo la luz de los faroles y la fogata, éramos una presa fácil, así que decidí que nos alejáramos de la luz.

​Cargamos un termo con café y nos ubicamos recostados contra un árbol, dentro de nuestros sacos de dormir. No había pasado una hora cuando escuchamos un crujido de ramas secas. De inmediato saqué mi revólver, pero vimos que solo era una pareja de zorros recorriendo el campamento.

​La noche estaba muy fría y, ante la amenaza, los sonidos del bosque se potencian. Finalmente, el sueño nos venció a ambos hasta que un fuerte golpe nos despertó. Miré sobresaltado: la fogata se había apagado y, por la tenue luz de los faroles, vi sombras moviéndose. Eran dos hombres.

​Mi mente realizó un cálculo rápido: si les gritaba, delataría mi posición. Tirar a matar no estaba en mis planes iniciales y disparar al aire no me convencía. Decidí esperar. Sin hacer ruido, salimos de los sacos y le indiqué a mi señora que se colocara detrás del árbol.

​Entonces sucedió lo inimaginable: esos sujetos dispararon varias veces contra la carpa. Si hubiéramos estado allí, nos habrían matado. Estábamos a pocos metros de dos asesinos en una noche cerrada. Pensé que no tenía otra alternativa: eran ellos o nosotros.

​Cuando abrieron la carpa y vieron que estaba vacía, empezaron a apuntar en todas direcciones. Me moví para dejar a salvo a mi mujer y, sin dudarlo, disparé. Uno de ellos se desplomó y el otro gritó de dolor. Este último apuntó hacia donde yo estaba y disparó; sentí el impacto del proyectil en la tierra, muy cerca. El segundo disparo me rozó la pierna. Alcancé a tirarle dos veces más pero fallé, y el tipo se escabulló entre las sombras.

​Al tocar mi herida, noté el pantalón empapado en sangre. Como pude, me acerqué a mi mujer, que temblaba de terror. Con mi remera y el buzo de ella improvisamos una compresa.

​Comenzaba a amanecer. No sabía si el herido volvería a atacar. Traté de tranquilizar a mi mujer, que lloraba desesperada, pero la peor sospecha se cumplió: detrás de nosotros, un hombre con pasamontañas nos apuntaba con su revólver. Sabía que me quedaba una sola bala, pero cualquier movimiento brusco sería fatal. Abracé a mi mujer esperando lo peor. Alcancé a ver en sus ojos el momento exacto en el que dispararía; parecía ser el último instante de mi vida.

​Pero se escuchó un sonido extraño y la mirada fría del asesino quedó fija, sin pestañear. Se desplomó sobre nosotros. Una lanza clavada en su espalda había terminado con él. Mi mujer lanzó un grito desgarrador. Mientras nos quitábamos el cadáver de encima, una voz calma nos dijo:

​—Tranquilo, forastero. Ya no tiene de qué preocuparse, estábamos buscando a estas ratas.

​Era un hombre corpulento con una vincha de colores y un colmillo colgando de su cuello.

​—Soy el cacique de mi pueblo. Estas tierras nos pertenecen desde antes de la llegada de ustedes, los blancos —continuó, haciendo una seña a otros seis compañeros que se acercaron—. Estos forajidos se entretenían violando a nuestras mujeres e hijas, pero no teníamos pruebas y la justicia de los blancos no hacía nada. A ustedes los vimos llegar y supimos que los atacarían; no nos equivocamos. Ahora pueden regresar, nosotros nos encargamos de los cuerpos. Solo nos resta terminar el trabajo: falta uno de ellos.

​A pocos metros del campamento estaba la camioneta blanca del guardabarros chocado. El cacique y sus hombres subieron los dos cuerpos a la caja. Al descubrir sus caras, vi que eran el guardaparque y el del sombrero de lana que habíamos visto en la proveeduría.

​Al despedirse, el cacique me extendió la mano:

—Es usted valiente, forastero. Regrese cuando quiera.

​Mi pierna dolía, pero solo había sido un rasguño. Desarmamos la carpa, juntamos los casquillos y, tras colocar el auxilio, esperamos en silencio al administrador. Una hora después llegó con la rueda y nos preguntó cómo habíamos pasado la noche. Nos miramos con mi mujer y respondimos: "Muy bien".

​Por fin emprendimos el regreso. Al acercarnos a la proveeduría, una columna de humo blanco se elevaba sobre los árboles. Vimos patrullas, un camión de bomberos apagando los restos del local, una camioneta calcinada y tres cuerpos en bolsas negras sobre el ripio.

​—Imagino que el cacique terminó su trabajo —le dije a mi mujer.



​"Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."


miércoles, enero 14, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (3)

 ​1.

​—Señor, lo llaman del banco.

—Pásame la llamada.

—Miguel, lo llamo por cortesía, y porque nos une una amistad profesional de muchos años, pero ya no puedo esperar más; esta semana tenemos una auditoría y su descubierto ya es demasiado abultado.

—Por favor, señor gerente, deme encarecidamente hasta hoy. Antes de las tres le enviaré una transferencia y dejo la cuenta en cero.

—Esta vez es la última consideración. Lamentablemente, si no puede depositar, tengo que bloquear la cuenta y enviarlo a Legales.

—Hoy depositaré el dinero, se lo aseguro —dijo Miguel sabiendo que no lo haría, salvo que su hermano Daniel le prestara, una vez más.

​—Hola, Daniel.

—Sí, te escucho —respondió una voz de mala gana.

—Los inversores suecos están entusiasmadísimos con el proyecto, quieren ver los documentos esta misma semana, ya estoy trabajando en eso.

—Me alegro por ti, hermano. ¿Algo más? —dijo el hermano de Miguel, tajante.

—Sí, una cosa más. Necesito unos pesos, pero solo hasta que realicen el primer pago. Es solo por unos días, te aseguro que me sobrará para devolverte lo que me diste el mes pasado.

—El mes pasado, el anterior, el anterior y cinco meses más —le respondió su hermano de muy mal modo—. Miguel, tus negocios me tienen harto. Ya hiciste contactos con todos los países europeos, pero por una cosa u otra, jamás se concretan. Te di mi parte de la casa de papá, parte de mis ahorros y ahora no puedo arriesgar mi capital de trabajo. La ferretería es mi única entrada. Esta vez, hermano, tendrás que pedirle a otro, yo ya no puedo prestarte más. Te reitero algo que ya te he dicho: no podés seguir con tu ritmo de vida. Tus hijos van a un colegio privado, tu casa en el country, dos autos, tu oficina, el club de golf… Laura me dice que no pintamos nuestra casa porque tengo que pagar las expensas de tu barrio. Recapacitá Miguel, algo estás haciendo mal.

—Esta vez es cierto, Daniel, tengo a los suecos abrochados, es solo una cuestión de días y te devuelvo todo —dijo Miguel angustiado.

—Me duele decirlo, hermano, pero esta vez no puedo ayudarte.

​Daniel cortó la comunicación.

​—Señor Miguel, su señora está en la otra línea.

—Ya la tomo. Hola, mi amor, ¿cómo estás?

—Mal, Miguel. Vengo del colegio de los chicos; llevamos tres meses, no sé si te acuerdas. Bueno, me enviaron un correo diciendo que debía ir hoy sin falta a regularizar. Fui, puse la cara, todos me vieron, una vergüenza infinita. Pero no terminó allí: cuando quise pagar, las tres tarjetas estaban bloqueadas. ¡Bloqueadas, Miguel! Me tuve que ir sin pagar y el gerente me dijo que tenemos tiempo hasta esta semana si queremos que inscriban a los chicos el año próximo. Para colmo, llegué con olor a nafta a casa porque no pude cargar. ¡Esto es inaudito, Miguel! ¡Dame una solución a este despelote!

—Ahora llamo al banco, debe ser un error, es imposible que estén las tres bloqueadas… Tengo una llamada muy importante de unos empresarios suecos, ahora te llamo. Yo soluciono todo, no te preocupes.

​Miguel colgó la llamada sintiendo que el mundo se desplomaba sobre su cabeza. Sabía que no tenía salida y que los supuestos clientes suecos no existían. Desesperado, buscó algo en un cajón de su escritorio; era una tarjeta de publicidad que decía:

​“Le damos el valor de su automóvil en efectivo en el momento, absoluta reserva”.


​Cuando bajó a la cochera, subió a su camioneta, pero solo tenía la reserva de combustible. Calculó aproximadamente si le alcanzaba para llegar y decidió salir. Cuando llegó al lugar, su motor se detuvo frente al local. El lugar no parecía una concesionaria de autos; solo había un galpón con piso de tierra y tres autos estacionados. En la pequeña oficina, un señor corpulento estaba hablando por teléfono. Cuando entró Miguel, el hombre colgó y lo hizo sentar.

​—¿En qué lo puedo ayudar, caballero? —dijo aquel hombre de aspecto desprolijo.

Sin muchos preámbulos, Miguel le señaló su camioneta y le dijo el año y los kilómetros, agregando:

—¿Cuánto me puede dar?

​El hombre, sin más, le dijo:

—No estamos tomando alta gama y tan nuevas como la suya, pero podemos hacer una excepción.

Después, se dirigió a una pequeña oficina vidriada, cerró la puerta y habló con alguien por su celular. El valor que le ofreció era la mitad del precio de mercado. Miguel miró a aquel hombre de cara impávida con repugnancia, pero sabía que era eso o nada. Después de unos segundos, dijo:

—Acepto, si es en dólares.

—Como usted diga, caballero, ya le traigo los papeles y el dinero.

​Cuando salió de ese lugar sabía que lo que llevaba en el bolsillo no le alcanzaba ni para cubrir el banco, pero otra cosa no se le ocurría hacer. Ahora lo inmediato era pedir un auto y salir de ese barrio que no le parecía decente. Cuando su transporte llegó, le pidió que lo llevara a su club de golf. Pensaba ir a jugar, pero no al golf precisamente: en el sótano del club se jugaba al póquer por dinero.

​Cuando llegó, primero fue al bar a beber. Cuando Miguel se excedía con el alcohol, su razonamiento para afrontar los problemas empeoraba y las decisiones que adoptaba eran demasiado arriesgadas y, por lo general, nefastas. Indefectiblemente eso ocurrió y, en dos horas, perdió todo lo que llevaba. Con su mente enturbiada por el alcohol y sin un peso en el bolsillo, salió del club sin saber cómo hacer para dirigirse a su casa. Recordó la estación de ferrocarril y allí se dirigió.

​2.

​Cuando llegó a la estación se desplomó en un asiento en el andén. Le dolía la cabeza y su cuerpo estaba entumecido. Se acordó de los chicos, su mujer, sus deudas y se puso a llorar. Se le cruzó por la cabeza terminar con su desastrosa vida… solo debía esperar a que viniera la formación.




​—Disculpe, señor, ¿no me podría decir si de este andén sale el tren para Belgrano?

—No lo sé —dijo Miguel.

—Qué curioso, siempre sale desde aquí.

—¿Adónde me dijo? —respondió Miguel sin saber quién le hablaba.

—A Belgrano, ¿no vive usted allí?

Mirando a quien le hablaba, preguntó:

—¿Cómo sabe que yo voy para Belgrano?

—No sé, por su aspecto de hombre de negocios imagino que vive en Belgrano —dijo la señora de pañuelo rojo, mirándolo con una amplia sonrisa.

—Era un hombre de negocios; ahora solo soy un pordiosero —dijo Miguel sin mirar.

—Mi finado esposo sí que era un pordiosero —dijo la mujer—. Cosechaba papas de campos ajenos en Francia, pero éramos felices.

—Nadie puede ser feliz viviendo con un pordiosero, señora, con todo respeto.

—Bueno, en eso algo de razón tiene, porque pordiosero es aquel que pide limosna. Mi esposo jamás pidió; decía que era un trabajador de la agricultura porque toda su vida cosechó papas, pero jamás le pidió plata a nadie a pesar de que la necesitábamos. En invierno teníamos que dormir en el corral junto a dos cabras que por suerte eran dóciles, para no morirnos de frío.

​Cuando Miguel escuchó lo de pedir dinero, se le aclaró un poco la mente y le prestó más atención a aquella desconocida, que continuó diciendo:

—Debo decirle que pedir plata prestada tampoco es un pecado, o incluso mendigar; cada cual vive como puede, otros viven como quieren, otros no viven a pesar de estar vivos y otros no quieren vivir más. En mi opinión, esto último es muy discutible, depende de diversos factores, muchos de los cuales son justificables. Pero lo injustificable es no querer continuar viviendo por no querer asumir la responsabilidad de hacer las cosas como corresponde.

​Miguel miró a la señora e imaginó por un momento que esa desconocida le estaba recriminando su postura frente a la vida.

—¿Por qué no me explica, señora, cómo alguien puede ser feliz calentándose entre cabras en invierno? —le dijo Miguel algo ofuscado.

—Lo que ocurre, señor, es que nuestras cabras, en el campo en donde vivíamos lejos de todo, eran nuestra familia. Ellas nos daban leche y con la leche yo hacía quesos que vendía en la feria del pueblo.

—Lo que no entiendo, señora, es de qué modo usted era feliz.

—Es simple: nos amábamos. Le contaré algo: el verano para nosotros era la época que más gozábamos. Teníamos nuestra quinta y mi esposo, cuando no trabajaba en el campo, se ocupaba de nuestra pequeña casa. Cuando arreglaba el techo, siempre quedaba alguna gotera; me decía que todas las casas necesitan tener una gotera para que sus habitantes siempre estén alertas al clima. ¡Qué loco! En la comarca nuestras flores eran codiciadas por nuestros vecinos y los días festivos íbamos al pueblo con nuestras mejores ropas, que eran las mismas de siempre pero limpias. ¡Éramos muy felices, muy felices! No nos sobraba nada, pero teníamos lo suficiente.

​La señora se quedó callada y Miguel se quedó pensando en los desatinos de su vida.

—¿Qué se puede hacer cuando ya es tarde y uno entiende que erró el camino? —preguntó Miguel pensando que nadie respondería a esta encrucijada.

—Dos cosas —respondió la señora que continuaba a su lado—. La primera es desandar el camino recorrido hasta encontrar el lugar en donde perdimos el rumbo. Y la segunda, es retomar el correcto. Pero debo decir que, por lo general, esto resulta muy doloroso, muchos no se atreven y su situación resulta ser cada día más angustiante.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Miguel resignado, aceptando su fracaso, a esa mujer desconocida; pero cuando quiso mirarla, a su lado ya no había nadie. Sobre el asiento solo había algo de dinero, que le alcanzó exactamente para comprar un pasaje y llegar a Belgrano.

​3.

Esta historia, estimado lector, termina sin ningún hecho heroico o digno de comentar, pero se puede agregar que Miguel se puso al día con sus deudas, para lo cual vendió su casa en el country y el auto que le quedaba. También anotó a sus hijos en un colegio público y alquiló una habitación en una pensión solo para él, porque su mujer era del tipo que no son felices con hombres económicamente quebrados. También debemos decir que su hermano Daniel, a pesar de no necesitarlo en la ferretería, le dio trabajo allí.

​Al cabo de unos meses, cuando una mañana abría la cortina del negocio, llegó el joven al que le compraba café y tortas fritas. Siempre se quedaban charlando, y un día pasó un mendigo y esto ocurrió:

​—Aquí no hay nada para usted —le dijo el cafetero al mendigo, resuelto.

—Espere, señor —detuvo Miguel al pordiosero tomándolo del brazo. El hombre lo miraba desahuciado, sin voluntad, tal vez por el alcohol, por la mala noche o por su estado de salud; y Miguel le obsequió su desayuno.

​A partir de ese día, todas las mañanas el mendigo pasaba por el local a la misma hora y todas las mañanas Miguel le compraba un desayuno. Al cabo de un tiempo, lo llevó a higienizarse a una parroquia y le consiguió un asilo porque sufría de demencia. Una vez por semana, Miguel iba a verlo. Consideraba que ese hombre podría haber sido él, pero el destino no lo quiso.


viernes, enero 09, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (2)

 ¿Raúl?, qué sorpresa a esta hora.

​—Sí, Laura… te llamo porque quiero avisarte que no iré hoy.

​—¿Por qué motivo? Les avisé a mis amigos que nos reuniríamos por nuestro aniversario; se cumplen dos años. ¿Ocurrió algo?

​—No… solo que te quiero decir, Laura, que vamos demasiado rápido. Mejor será que nos demos un tiempo. Sos una chica encantadora, pero prefiero que dejemos lo nuestro en pausa por ahora.

​—¡¿Dejar lo nuestro en pausa?! Me estás jodiendo, Raúl. ¡¿Qué te pasa?! —reaccionó Laura, desesperada.

​Para ciertas cosas en la vida, un silencio prolongado permite ver y entender lo inevitable. Exactamente eso hizo Raúl: no le respondió a su novia y se quedó callado.

​—Tu silencio me dice todo. Pensé que me querías, que eras sincero, pero cometí un error imperdonable. Soy una tonta. ¡No te quiero ver nunca más en mi vida!

​Así terminó la relación entre Laura y Raúl.

​Ella se sintió ultrajada hasta sus entrañas; jamás pensó que él le hiciera algo así. Pensaba que sería el padre de sus hijos, pero ahora, de un momento a otro, debía aceptar la dura realidad de un desengaño inesperado cuando creía que su noviazgo era perfecto.

​Después de esa breve e insoportable ruptura, Laura no sabía qué hacer. Llevaba entre sus manos la torta que había comprado para la reunión de esa tarde con sus amigas y amigos. Sentía que le faltaba el aire y se dirigió a la plaza. Cuando llegó, tiró el paquete a un cesto de basura con toda su fuerza, imaginando que también estaba tirando su relación con Raúl.

​Cuando se sentó en un banco, se puso a llorar con la impotencia de no poder cambiar lo que le pasaba.

​—Disculpe, señorita, ¿se siente mal? —preguntó alguien a su lado.

​Con sus ojos irritados, Laura miró para saber quién le hablaba. Era una señora mayor, con un pañuelo rojo sobre su cabeza, que la miraba preocupada.

​—No es nada, señora. O mejor dicho, nada que alguien pueda solucionar.




​—Bueno, uno nunca sabe, hija. Si tienes tiempo, puedo contarte una pequeña historia personal.

​Laura pensó que tal vez cualquier historia, incluso contada por una extraña, podía ayudarla a suavizar su insoportable desdicha.

​—Sí, adelante —le respondió con pocas ganas a aquella amable señora desconocida.

​—Yo tendría tu edad cuando fui a mi primer baile en mi pueblo de Francia, y allí conocí a un joven del cual me enamoré a primera vista. Era alto y de pelo negro, sus ojos eran dulces como la miel y tenía una sonrisa irresistible. Empezamos a vernos todos los sábados y durante cinco meses recorrimos los campos que estaban repletos de flores de cien colores; me contaba miles de anécdotas graciosas de su trabajo en la granja que me hacían reír. Yo estaba loca de amor por ese muchacho, pero un día que habíamos quedado en encontrarnos en el lugar de siempre, no vino. Pensé que tal vez había tenido un percance y lo esperé hasta el siguiente sábado, pero tampoco vino.

​Entonces me decidí a ir a su casa, que estaba muy lejos de la mía. El tiempo me jugó una mala pasada cuando una torrencial lluvia me sorprendió en un camino de tierra; al tratar de protegerme debajo de un frondoso árbol, me resbalé y terminé hecha un desastre, tenía barro hasta en mi pelo. Por fin llegué y me dirigí a un granero de la casa tratando de estar más presentable; desde allí vi lo que no debía haber visto jamás. El muy sinvergüenza vivía con una mujer y tenía dos críos. Creí que me moriría allí mismo; algo me contuvo y no fui a pegarle, solo me quedé llorando junto a una cabra que me miraba.

​Después de contar su historia, la señora se quedó mirando el parque en silencio.

​—¿Qué ocurrió después? —le preguntó Laura, intrigada.

​—Ah, sí, después tuve cinco novios más que me hicieron olvidar mi primera decepción con los hombres.

​Laura no pudo contener una pequeña carcajada por lo dicho por esa mujer desconocida.

​—A mí me pasa algo parecido —dijo Laura, más reconfortada, pero todavía triste.

​—Lamentablemente, querida, cuando se es joven suelen acontecer desengaños —le dijo aquella mujer tomándola de la mano—. Pero permíteme decirte una cosa: a pesar de dolernos el alma, siempre, siempre, alguien aparece en nuestras vidas con intenciones más buenas y sinceras. Ya lo verás, la vida nos brinda momentos malos y otros buenos; así funciona el destino. Hoy te puede parecer que el mundo se terminó para ti, pero tal vez mañana nuevamente verás el sol brillar sobre tu cabeza.

​Laura, después de escuchar atentamente a la señora, se sintió más tranquila y le preguntó:

​—Me resulta muy curioso, señora, que usted no me conoce y, sin embargo, me habló justamente de lo que me mortificaba: mi novio me acaba de dejar, hace solo un rato.

​—Comprendo tu sorpresa, pero es mi labor en esta tierra.

​—No entiendo —dijo Laura.

​—No te preocupes, no es necesario que entiendas nada. Lo importante es que te sientas mejor.

​Ambas se miraron a los ojos y la señora le dijo:

​—Sigue tu vida, querida. Te aseguro que tendrás una familia muy buena, con varios hijos hermosos.

​—¿Cómo puede usted saberlo? —le preguntó Laura.

​—Nosotros, los viejos, sabemos muchas cosas, pero eso ahora no importa —la mujer le dio un beso en la mejilla a Laura y se paró.

​Antes de irse, dijo:

—Una última cosa, querida: hoy, en la reunión con tus amigos, irá un joven que se llama Mario.

​—¡Sí, Mario! Todas mis amigas se mueren por él, ¿pero cómo sabe usted? —le preguntó Laura, cada vez más intrigada.

​—Solo lo sé; cómo, no tiene importancia —le respondió la señora, acomodando su pañuelo—. Lo que te debe importar a ti es la forma en que te mira. Muchas veces hay hombres que temen expresar sus sentimientos. Recuerda: fíjate cómo te mira.

​Por último, la extraña mujer dijo:

—¡Buena vida, hija!

​Laura no alcanzó a saludarla cuando la señora ya estaba lejos cruzando el parque, hasta perderse detrás de unos arbustos.

​Esa tarde, en la reunión con sus amigos, Laura contó su ruptura con Raúl. Dos de sus amigas la abrazaron y, en el mismo momento, por encima del hombro de una de ellas, Laura miró a Mario y pudo observar nítidamente que, en lugar de estar serio por la desafortunada noticia, tenía una amplia sonrisa que no podía disimular. Durante el transcurso de la reunión, ella le acercó un plato con budín y fue entonces cuando ese muchacho buen mozo le dijo de forma directa, clara y contundente:

​—Ahora que no tienes compromiso, Laura, ¿te gustaría salir conmigo este sábado?