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viernes, febrero 07, 2025

NORA Y SU AMOR SECRETO

         Todos tenemos una percepción de lo bello, por ejemplo muchos podemos admirar esos momentos que se escurren como el agua entre las manos de un atardecer en el campo, o contemplar un cielo estrellado, su magnificencia, su insondable misterio, que jamás llegaremos a descubrir. Pero lo más misterioso, subjetivo y complejo es, el modo en que los seres humanos interpretamos a la belleza entre un hombre y una mujer. Cuando surge esa atracción, la misma es difícil de explicar o mejor dicho no tiene una explicación: ¿por qué nos gusta esa mujer, y no otra?, o a la inversa.

En el momento menos pensado, en una reunión entre amigos, en el club, en un baile, en una clase, o incluso en un viaje en tren; nos topamos con esa mujer o ese hombre que cambia todo en nuestras vidas. Pero lamentablemente no siempre esa atracción es mutua y ese rechazo nos produce una profunda decepción. 

Otro de los aspectos que surge en este campo repleto de flores deslumbrantes y espinas es, la percepción de nosotros mismos. Aquí en mi opinión no es tanto un aspecto formal, también interviene el psicólogo en donde nuestra estima es tan baja que pensamos que jamás nadie en todo el mundo sentirá algún interés por nosotros.

Este era el caso de Nora, una joven de quince años, cuyo espejo no le devolvía la imagen que a ella le hubiera gustado. Soñaba con levantarse una mañana y ser como Beatriz, la chica más linda y codiciada por todos sus compañeros varones, alta, de cabello rubio y brillante como el sol de primavera, con una sonrisa y unos ojos azules capaces de derretir hasta al más duro de los diamantes. 

La estatura de Nora en cambio, no era poca, pero tampoco mucha, y esto ocasionaba una pequeña desproporción entre el ancho de su cintura, y su peso; se podría afirmar a simple vista que no era delgada. Tampoco conseguía lograr un peinado que a su criterio la favoreciera; rodete, trenzas, flequillo, raya al medio, corto o largo; jamás encontraba el justo equilibrio entre sus anteojos, su cara algo redonda y su cuello. Otro campo de batalla en el cual Nora siempre era derrotada era el de su vestimenta: después de sacar una a una todas sus prendas del placar y probarselas frente al espejo de su habitación, ninguna la dejaba conforme y terminaba llorando; la tregua se daba siempre de la misma forma, salía vestida a la calle con un pantalón y una remera o pulover color negro, tanto en invierno como en verano. En la escuela, su ubicación en el aula era en la última fila, lejos de la mirada de sus compañeros varones que se entretenían dejando en el pupitre de Beatriz cartas de amor, avioncito de papel con corazones cruzados con una flecha y algunos solo se derretian cuando la bella Beatriz pasaba a su lado sin mirarlos. Curiosamente Nora, no envidiaba la fortuna de Beatriz porque era una muy buena compañera, servicial, educada, y siempre acudía si alguien la necesitaba con alguna tarea; además de ser linda era inteligente y tenía calificaciones excelentes. 


El único y mejor momento del día era en los recreos, Nora se apresuraba a ir a comprar su refrigerio, lo hacía para que Manuel, el hijo del dueño de la cafetería la atendiera primero a ella, y de ese modo poder intercambiar algunas palabras, lo que fuera, con tal que ese muchacho la mirara con más atención y le dijera algo, cualquier cosa. Tenía la esperanza que algún día este distraído personaje, delgado, alto, desentrasado y lo suficientemente parco como para no tener amistades, un día la invitara a salir; ir al cine, al parque o solo a caminar.

Cuando el amor secreto de Nora se acercó a su mesa, ella le dijo:

—Hoy no se que puedo desayunar, me podrías recomendar algo exquisito, que deje en mí un recuerdo inolvidable y placentero.  —El joven la miró unos instantes y después solo encogió sus hombros, sin decir una sola palabra en señal de no tener ni idea de que recomendarle.

—Te agradecería Manuel que me traigas un café y una medialuna  —le dijo Nora con su mejor sonrisa. 

Cuando Manuel regresó con el pedido Nora le dijo:

—Gracias Manuel, perdona que te distraiga, no sabrías recomendarme una película entretenida; esta noche estoy sola en casa y no se que puedo hacer.  —Manuel una vez más encogió sus hombros, y esto irritó a Nora que le dijo casi gritando:

—¡No tienes lengua Manuel, o algún tipo de sentimiento, que puedas expresar!.

Manuel se quedó parado frente a ella sorprendido, sin hablar y después le dijo:

—¿Por qué te enojas conmigo?, no se que película recomendarte, a mí no me gusta ver tv, solo me gusta leer, si quieres te puedo recomendar un libro, ¿que prefieres?, drama, ciencia ficción, aventuras.

Nora quedó sorprendida, por fin pudo arrancarle unas palabras a aquel muchacho silencioso y taciturno.

—¿A ti qué género te agrada?  —le respondió Nora con más calma, y tratando de comprender a aquel joven, bonachón que jamás hubiera pretendido ofenderla.

La cara del muchacho cambió y ahora la conversación con Nora había ingresado en su terreno preferido, la literatura. Después de sentarse frente a ella, y dejando su bandeja sobre la mesa le dijo: “Extraterrestres” de Fernández Bueno, te lo recomiendo, lo disfrutarás de principio a fin. —Nora se quedó mirando al joven, orgullosa de haber podido penetrar en su carácter ausente de todo y de todos; hasta ese momento en el que ella encontró la punta del ovillo de donde poder tirar y así conseguir que el joven le brindara su atención. 

—Lo voy a comprar —le dijo resuelta Nora.

—Si quieres te lo puedo prestar, mañana te lo traeré  —le dijo el desgarbado muchacho. 

—Me encantaría  —le respondió apresurada Nora con su mejor sonrisa, para que nada pudiera interrumpir ese pacto, que de algún modo era un gesto, no muy romántico aún, pero tenía todas las condiciones para poder avanzar hacia el terreno que ella quería llevar las cosas.

Nora esperó pacientemente que llegara nuevamente el encuentro con Manuel, para comprobar que no se había olvidado de ella. Cuando entró en el salón solo vio al padre del joven, era notorio que Manuel no había ido a trabajar, una profunda tristeza la embargó, ¿cómo era posible que se hubiera olvidado con tanta facilidad y descortesía de ella?. Se encontraba con estos negros pensamientos cuando el padre de Manuel, se acercó a su mesa trayendo un pequeño paquete envuelto en papel madera.

—Me dijo mi hijo, que te diera esto, está engripado y se tuvo que quedar en cama  —le dijo el señor a Nora— ¿deseas tomar algo?.

—Solo un café —le dijo Nora—  dígale por favor que se mejore y que le doy las gracias. 

Cuando Nora abrió el paquete, su sorpresa fue mayúscula, no solo estaba el libro prometido, había también una carta de puño y letra que decía:


Te recomiendo el capítulo sexto, es apasionante, te aseguro que es una historia para leer varias veces.

Manuel. 


Si bien la pequeña esquela no era para pedirle comenzar una relación formal, el hecho que a pesar de estar enfermo, no le impidió realizar su compromiso con ella, de algún modo, le demostraba un grado de interés que no era menor.

Nora desbordaba de alegría; un joven muchacho se había comprometido con ella en prestarle un libro que atesoraba, y había cumplido en tiempo y forma.

Durante toda esa semana Manuel no se presentó a trabajar; Nora aprovechó para leer el libro, el cual, le resultaba demasiado imaginativo, no obstante decidió tomar nota de ciertos capítulos para cuando pudiera comentárselo a Manuel, de ese modo tendría sobrados argumentos para una charla prolongada. 

El viernes, cuando se dirigía al comedor del colegio, con la esperanza de ver a Manuel nuevamente trabajando, sucedió lo que no imaginaba, en el jardín trasero del colegio, detrás de unos rosales, en un asiento de plaza estaba Manuel hablando animadamente con una joven, alta, delgada y de pelo negro de su misma edad.

Para Nora fue un baldazo de agua fría, todas sus expectativas de conseguir una relación con Manuel, se diluyeron en un instante. Oculta detrás de un grueso tronco de un árbol pensaba, ¿Cómo era posible que otra chica le arrebate de ese modo el corazón del único joven que se había interesado en ella?, porque lo del libro era una prueba que algo empezaba a crecer entre ellos. De pronto no pudo sujetar su impulso de impotencia y con sus puños cerrados y su corazón en la boca, se dirigió a donde estaba Manuel y esa descarada.

—¡Eres un sinvergüenza Manuel!, ¿cómo te atreves a hacerme esto?, creí que entre nosotros había algo serio, pero a mi primer descuido, me engañas con la primera mujerzuela que se te cruza, eres un descarado, y tu libro es tan detestable como tú. —Después de decir esto a la pareja, Nora se quedó allí parada esperando una disculpa por parte de Manuel, que la miraba con su cara desencajada y sus ojos grandes como dos platos soperos. La que reaccionó al altercado, fue la joven que dijo con firmeza:

—¡Yo no soy una mujerzuela, niña maleducada!, y estoy aquí porque mi madre quería saber cómo se encontraba de salud su sobrino, mi primo; no tenemos ninguna relación más allá de nuestro lazo familiar, no se qué extraña cosa te has creído, niña grosera. 

Nora al escuchar esto, le pareció comenzar a arder como una fogata por la vergüenza de haber interpretado mal una reunión y haberse comportado como una despechada, sin motivo alguno. Solo atinó a salir corriendo de allí con la desesperación de saber que había cometido un error imperdonable. Cuando llegó a su casa lloró desconsoladamente, pensando que no saldría nunca más a la calle.

Su madre al verla entrar corriendo y cerrar de un portazo su habitación fue a ver qué le ocurría. 

—Nora, qué te pasa hija, ¿por qué lloras?   —le dijo su madre abrazándola.

Después de contarle todo a su madre con lujo de detalles su madre le dijo:

—Sabes, cuando yo tenía tu edad pensaba que jamás ningún muchacho se fijaría en mí, se me ocurrió que lo mejor sería convertirme en una monja de clausura, y una tarde llegó a mi casa un plomero a realizar unos arreglos; tenía su cabello y su ropa tan desprolija que me causó gracia, no pude con mi genio y le dije que si fuera más prolijo con su vestimenta seguro tendría más trabajo y él me respondió que sí se presentaba a trabajar arreglado y con su ropa limpia, sus clientes pensarían que no tenía trabajo y tampoco experiencia, así comenzó una charla que se prolongó en el tiempo hasta el día de hoy. —El papá de Nora era ese plomero, y esa historia Nora la había escuchado miles de veces pero siempre le hacía gracia y consolaba todos sus pesares, madre e hija rieron.

—¿Que puedo hacer mamá?, me he comportado como una tonta, no podré mirarlo a la cara nunca más  —le dijo Nora a su madre angustiada, secando con su pañuelo sus lágrimas.

—En realidad hija, tu único error fue malinterpretar la situación, después solo fue una lógica escena de celos que toda mujer puede tener: le has demostrado a Manuel que lo quieres, si es inteligente querrá seguir viéndote, solo deja que pasen unos días a ver que sucede.

Durante todo un mes, Nora no pisó la cafetería para no tener que enfrentar a Manuel y pedirle una disculpa. Pero una tarde cuando salía de su escuela se encontró cara a cara con la prima de Manuel, el encuentro fue tan sorpresivo que no pudo eludirlo y tuvo que decir algo:

—No se tu nombre, pero permíteme decirte que no fue mi intención faltarte el respeto,  —comenzó diciendo Nora— tuve un incontrolable arranque de celos y me fui de boca, me comporte como una maleducada, y te pido por favor que me disculpes.

La prima de Manuel se quedó mirándola unos instantes y después sin decirle una sola palabra la abrazó y le dio un beso en la mejilla:

—No me imaginé que Manuel pudiera tener una novia en toda su vida, has elegido un muy buen chico, es un poco tímido pero es tan bueno que todos sus defectos desaparecen cuando uno lo trata. Ese día quedó muy mortificado, porque él es incapaz de herir a nadie; espero que puedas recomponer su relación, pero te advierto que la que tiene que dar el primer paso eres tú, el no lo hará, no porque no quiera, es incapaz de enfrentar ciertas situaciones, su timidez es para él una barrera que no puede superar. 

Rosa, más tranquila, no encontraba la forma de disculparse con Manuel, entonces se le ocurrió hacer algo que bien podría funcionar.

El encargado de abrir la cafetería era Manuel, ese lunes, después de abrir la puerta y correr las cortinas, se dirigió a la barra para encender la cafetera y después sacar de la heladera las masas. Cuando llegó el panadero con las facturas y el pan, el repartidor le entregó un paquete y le dijo que una chica se lo había dado para él; cuando lo abrió se encontró con tres libros de ciencia ficción, y una carta que decía:


Espero que no hayas leído estos libros, te los obsequio por haber sido tan maleducada ese día que tú estabas con tu prima, ya me he disculpado ante ella, ahora me resta pedirte perdón a ti. Cuando te ofendí por el libro que me presentaste, mentía, me gustó muchísimo y el capítulo que me recomendaste es fantástico. Solo quiero por favor que me perdones por haber sido tan tonta.

En realidad no se si entre nosotros pueda existir algo más que una amistad, pero mi reacción al verte con otra chica, fue por eso, creí que entre nosotros había algo más, si no es así también me disculpo por eso.

Nora.


Después de un par de semanas, Nora regresaba todos los días a su casa, con la tristeza de no tener respuestas de Manuel, pensaba que su relación con él, evidentemente sólo había sido, una tonta idea de ella, y él ni remotamente sentía algo por ella. Mejor así se dijo, ser fea y tonta son dos cualidades que llevaré por el resto de mi amarga e inservible vida.

Cuando solo faltaba unos pocos días para las vacaciones de invierno, cuando se sentó en su pupitre de la última fila, alguien le había dejado un sobre, cuando lo abrió esto decía esa carta:


Jamás imaginé que conocería a una chica que le gustara como a mí la ciencia ficción, los tres libros que me obsequiaste son maravillosos, nunca los había leído, es cierto que este género de la literatura me gusta mucho; pero mucho más me gusta poder ser; si tú lo quieres; tu novio.

Manuel 




"Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."






 









jueves, enero 30, 2025

EL ALEPH DE LA FORTUNA

           En el laberinto de calles de un pueblo olvidado, donde el tiempo se medía en el parpadeo de las estrellas, Juan, un hombre cuya vida era tan austera como el desierto, soñaba con la opulencia. No la deseaba por los placeres que pudiera comprar, sino como una forma de descifrar el enigma de la felicidad, que creía residir en la abundancia.

El destino, caprichoso como un gato callejero, le otorgó un golpe de fortuna. Un billete de lotería premiado, un Aleph de posibilidades infinitas, transformó su existencia de la noche a la mañana.

Juan se mudó a una mansión que parecía un palacio de algún cuento de hadas. Pero, como en los relatos de Borges, la realidad pronto se reveló como un espejo que distorsionaba la imagen de la felicidad. Las fiestas eran laberintos de rostros extraños, la compañía, un eco vacío de palabras huecas.

La riqueza, como un río desbordado, arrastró consigo la sencillez de su vida anterior. Juan se sintió prisionero de su propia jaula dorada, un laberinto de objetos y posesiones que no le ofrecían la llave de la felicidad.




Entonces, Juan comprendió que la verdadera riqueza no se encontraba en el exterior, sino en el universo íntimo de cada persona. Decidió regresar a su humilde hogar, al barrio donde los vecinos se saludaban por su nombre y no por su fortuna.

Regaló su fortuna, no como un acto de caridad, sino como una forma de liberarse de un peso que lo oprimía. Volvió a trabajar como jornalero, pero ahora, cada tarea, cada encuentro, tenía un significado nuevo.

Juan descubrió que la felicidad no era un destino, sino un camino. Un camino que se construye con cada paso, con cada sonrisa, con cada gesto de bondad. Ya no buscaba la felicidad en el exterior, sino que la cultivaba en su interior, como un jardín secreto.

Y así, Juan, el hombre que había soñado con la riqueza, encontró la verdadera riqueza en la sencillez, en el amor, en la alegría de vivir el presente. Su vida, como un cuento de Borges, se había transformado en una paradoja: la de encontrar la felicidad en el mismo lugar donde la había perdido.



EL TESORO DE LA JUVENTUD

          En un pequeño pueblo costero, vivía un viejo pescador llamado Anacleto. A sus 70 años, Anacleto era un hombre curtido por el sol y el mar, con arrugas profundas y manos callosas. Su vida era sencilla, pero feliz: pasaba sus días pescando en su bote, y sus noches, compartiendo historias con sus amigos en la taberna del pueblo.




Una mañana, después de una fuerte tormenta, Anacleto caminaba por la playa en busca de objetos que el mar hubiera arrastrado. De repente, vio algo extraño entre las rocas: un cofre antiguo, cubierto de algas y arena. Con curiosidad, Anacleto lo abrió y descubrió que estaba lleno de monedas de oro y joyas. Pero lo más sorprendente fue un pequeño frasco de cristal lleno de un líquido brillante, de un color azul intenso.




Anacleto, intrigado, decidió probar el líquido. Al instante, sintió una energía recorrer su cuerpo y una sensación de juventud invadirlo. Sus arrugas se suavizaron, su cabello canoso recuperó su color original y sus músculos se fortalecieron. ¡Había encontrado el tesoro de la juventud!

Anacleto regresó al pueblo y compartió su descubrimiento con sus amigos. Todos quedaron asombrados al ver su transformación. Durante los siguientes días, Anacleto disfrutó de su nueva juventud: bailaba y cantaba en la taberna, volvía a pescar con la energía de un joven y se sentía lleno de vitalidad. Incluso comenzó a cortejar a la joven y hermosa Rosita, que antes no le había prestado atención.

Sin embargo, con el tiempo, Anacleto empezó a notar que el efecto del líquido no era eterno. Su juventud se desvanecía rápidamente y volvía a envejecer a un ritmo acelerado. Además, el líquido del frasco se agotaba y Anacleto no sabía cómo conseguir más.

Desesperado, Anacleto regresó a la playa en busca del cofre, pero este había desaparecido. La marea se lo había llevado. Anacleto se dio cuenta de que el tesoro de la juventud era una maldición: le había dado una probada de la juventud, pero se la había arrebatado cruelmente.

Anacleto regresó al pueblo, abatido y envejecido prematuramente. La gente lo miraba con lástima y él se sentía avergonzado. Rosita, al ver su rápido envejecimiento, lo rechazó y volvió con su antiguo pretendiente. Anacleto había aprendido una valiosa lección: la juventud no es un tesoro que se pueda comprar o robar, es un regalo que se debe apreciar mientras dura.

Anacleto volvió a su vida de pescador, aceptando su vejez con dignidad. Aprendió a valorar los momentos sencillos y a disfrutar de la compañía de sus amigos, que lo querían por su corazón y no por su apariencia. Aunque había perdido su juventud, había ganado sabiduría y humildad.

Un día, mientras pescaba en su bote, Anacleto encontró una botella en el mar. Al abrirla, descubrió un mensaje antiguo, escrito en un pergamino. El mensaje decía: "La juventud es un tesoro que se encuentra en el corazón, no en un frasco". Anacleto sonrió, comprendiendo el verdadero significado de las palabras. Había buscado la juventud en el lugar equivocado, y ahora, la había encontrado en su propio corazón.

Fin



EL BOSQUE ENCANTADO


         En el corazón de una bulliciosa ciudad, donde los rascacielos se alzaban hacia el cielo y el tráfico rugía como un río embravecido, vivía una familia unida y aventurera. Los Mendoza, como se llamaban, eran una pareja de mediana edad, Ana y Carlos, y sus dos hijos, Sofía y Mateo.

Ana era una mujer de espíritu libre, con una sonrisa contagiosa y una pasión por la naturaleza. Carlos, por su parte, era un hombre tranquilo y reflexivo, amante de la lectura y la fotografía. Sofía, la hija mayor, era una joven curiosa y enérgica, siempre dispuesta a explorar nuevos lugares y aprender cosas nuevas. Mateo, el hijo menor, era un niño dulce y cariñoso, con una imaginación desbordante y un amor incondicional por los animales.

Los Mendoza eran una familia muy unida, que disfrutaba pasando tiempo junta y compartiendo experiencias. Les encantaba ir de excursión los fines de semana, explorar los parques naturales cercanos y descubrir los secretos que la naturaleza les ofrecía.

Un sábado por la mañana, los Mendoza se levantaron temprano, emocionados por la aventura que les esperaba. Habían planeado una excursión al Bosque Encantado, un lugar mágico y misterioso que se encontraba a unas horas de la ciudad. Habían oído hablar de sus árboles centenarios, sus cascadas cristalinas y sus senderos serpenteantes, y estaban ansiosos por descubrir su belleza por sí mismos.



Después de preparar un delicioso picnic y cargar su mochila con agua, mapas y una brújula, los Mendoza se subieron a su viejo coche y se dirigieron al Bosque Encantado. El viaje fue largo y emocionante, y los niños no paraban de preguntar cuándo llegarían.

Finalmente, llegaron al Bosque Encantado. El paisaje era impresionante: árboles majestuosos se alzaban hacia el cielo, creando un dosel de hojas verdes que filtraban la luz del sol. El aire era fresco y puro, y el canto de los pájaros llenaba el ambiente con melodías alegres.

Los Mendoza se dispusieron a explorar el bosque, siguiendo un sendero que parecía adentrarse en el corazón del bosque. Caminaron durante horas, maravillándose con la belleza natural que les rodeaba. Sofía y Mateo jugaban entre los árboles, imaginando que eran exploradores en un mundo desconocido. Ana y Carlos disfrutaban de la tranquilidad y la paz del bosque, alejados del bullicio de la ciudad.

Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, el sol comenzó a descender y el bosque se volvió más oscuro y misterioso. Los Mendoza se dieron cuenta de que se habían alejado demasiado del sendero principal y que estaban perdidos.

La preocupación comenzó a crecer en sus corazones. El bosque parecía cobrar vida, con sombras que se movían entre los árboles y susurros que resonaban en el aire. Los niños comenzaron a tener miedo, y Ana y Carlos intentaron mantener la calma y transmitirles seguridad.

Decidieron detenerse y evaluar la situación. Miraron el mapa que habían traído, pero no pudieron orientarse. La brújula tampoco les ayudó mucho, ya que el bosque parecía confundir las señales.

La noche se acercaba, y con ella, el frío y la oscuridad. Los Mendoza sabían que debían encontrar un refugio para pasar la noche si querían sobrevivir.

Juntos, buscaron un lugar adecuado para acampar. Encontraron una pequeña cueva entre las rocas, que parecía lo suficientemente segura y protegida. Recogieron ramas y hojas secas para hacer una fogata y calentarse.

Mientras cenaban el picnic que les quedaba, los Mendoza hablaron sobre lo que había sucedido. Ana y Carlos reconocieron que se habían confiado demasiado y que no habían tomado las precauciones necesarias. Sofía y Mateo aprendieron la importancia de seguir las indicaciones y de no alejarse de los senderos marcados.

La noche fue larga y fría. Los Mendoza se acurrucaron alrededor de la fogata, tratando de mantenerse calientes. El bosque los rodeaba, con sus sonidos misteriosos y su oscuridad impenetrable.

A pesar del miedo y la incertidumbre, los Mendoza se mantuvieron unidos. Se contaron historias, cantaron canciones y se dieron ánimo mutuamente. Sabían que juntos podrían superar cualquier obstáculo.

Cuando amaneció, el bosque se despertó con el canto de los pájaros y los primeros rayos de sol que se filtraban entre los árboles. Los Mendoza se sintieron aliviados al ver la luz del día.

Decidieron explorar los alrededores de la cueva, buscando un camino que los llevara de vuelta al sendero principal. Después de caminar un rato, encontraron una señal que indicaba la dirección correcta.

Con renovadas esperanzas, los Mendoza siguieron el sendero, que los llevó a través de paisajes impresionantes y cascadas escondidas. Finalmente, llegaron al sendero principal y pudieron regresar al coche.

El viaje de vuelta a la ciudad fue tranquilo y reflexivo. Los Mendoza habían vivido una experiencia inolvidable, que les había enseñado valiosas lecciones sobre la naturaleza, la importancia de la precaución y el valor de la unión familiar.

A partir de ese día, los Mendoza se volvieron más cautelosos en sus excursiones, pero no perdieron su amor por la naturaleza y la aventura. Sabían que el Bosque Encantado les había regalado una experiencia única, que siempre recordarán con cariño y respeto.



domingo, enero 26, 2025

EL MONASTERIO ABANDONADO

          Los viejos edificios tienen para mí una historia propia que me gusta desenterrar, sacar a la superficies e investigar que se puede contar de esas vidas que han pasado por esos ambientes ahora olvidados y silenciosos. 




Siempre que transitaba por esa ruta, veía el cartel oxidado cuyas letras casi no se leían, que indicaba: “Monasterio, 5 km”; una tarde decidí ir a verlo; cuando tomé por ese camino, las malezas habían tapado la huella, esto indicaba que hacía mucho tiempo nadie pasaba por allí. Después de sortear varios fangales, llegué a una tranquera, detuve mi camioneta y bajé para abrirla, al hacerlo sus bisagras chirriaban muchísimo, señal de poco uso. Detrás de unos árboles muy tupidos, cuyas copas se movían suavemente por una brisa fría que comenzaba a soplar, la curva del camino me enfrentó con el viejo edificio. Detuve la marcha, bajé y recorrí el lugar; el sol comenzaba a recostarse en el horizonte y la sombra de sus muros se extendían sobre el pasto húmedo, estimo que aún tenía dos horas de luz. Cuando caminando rodie a esos muros muy altos, oscuros por el musgo, me topé con un viejo cementerio con no más de diez tumbas, se podían ver sus lápidas entre los pastos crecidos; al leerlas, eran todas de curas; sólo dos, que estaban juntas, mantenían erguida su cruz de hierro, estaban cuidadas y lucían cada una un ramito de flores silvestres frescas color violeta, una de ellas decía solamente “Nora”, la otra Abad Pedro.

Después de atravesar un grueso cerco de rústicas piedras recubierto por una enredadera silvestre, ingresé en un amplio patio cuadrado en cuyo centro había un enorme aljibe, que parecía estar en uso; y en uno de sus lados, una larga galería con techo de tejas y gruesas columnas cilíndricas que proyectaba su sombra sobre unas pequeñas ventanas que parecían pequeños huecos, empotrados en el ancho muro de piedra. 

En un extremo de la galería había una puerta entreabierta, haciendo algo de fuerza la abrí y entré a un amplio salón repleto de aparadores desencolados, sillones con su tela carcomida, una mesa enorme con dos de sus patas quebradas, también había un reloj de pared sin sus manecillas. 

Pude ver un pasillo que desembocaba en una puerta que estaba abierta, cuando me acerqué, me sobresaltó un hombre sentado frente a un pesado escritorio, que al verme me dijo mirándome a los ojos, sin sobresaltarse.

—Bienvenido forastero, ¿qué necesita?.

En un primer momento no supe qué decir, yo era un intruso, podría ser un malviviente.

—Disculpe, digamos que soy un investigador de lugares olvidados  —dije con mi mejor cara amable.

El hombre se rió con fuerza, y me invitó a pasar. Por su vestimenta era un cura, tenía una sotana, con alzacuello, pelo negro bastante largo, su rostro era enjuto; cuando se paró para acercarme una silla observé que era muy alto y de contextura fuerte.

—Siéntese  —soy el padre Marcos. 

—Francisco es mi nombre  —le dije, extendiendo mi mano para saludarlo.

—Tocayo de nuestro Santo Padre —me dijo apretando mi mano, con una amplia sonrisa que dejaba ver su dentadura muy blanca, después, hizo a un lado un grueso bibliorato de páginas amarillentas, en el que estaba leyendo o escribiendo. 

—Qué lo trae por aquí, a este lugar lejos del mundo. 

Le expliqué, que por mi profesión, me gustaba registrar con fotos lugares como este monasterio y escribir las sensaciones que me provocan.

— Y usted Padre, ¿a que se dedica en este lugar que parece abandonado?. —le pregunté.

—Este monasterio, en realidad fue una abadía y su abad era un hombre religioso al que yo respeto, al morir, por situaciones económicas, dejó de funcionar, y los curas que aquí vivían y trabajaban fueron destinados a otros lugares. En muy poco tiempo las instalaciones se arruinaron y quedó inhabitable  —Me dijo el amable cura, con la intención de seguir la conversación— ,después, yo decidí quedarme en este lugar, doy misa los domingos a mis vecinos, los cuales me retribuyen mi servicio con sus productos de granja, y yo reparto frutas y verduras de mi huerta; hemos logrado un justo equilibrio virtuoso.

—Que agradable describe usted su vida; —le confesé—, la ciudad de donde provengo es mucho más conflictiva.

—He estado meditando y escribiendo bastante al respecto, —me dijo el cura muy seriamente—, siempre me hago la misma pregunta: ¿cómo es posible siendo la vida tan bella, complicarnos en situaciones conflictivas, sin necesidad?. Después de decir esto, se levantó y trajo un candelabro para encenderlo, porque la penumbra comenzaba a inundar el lugar, luego me dijo si deseaba quedarme y acompañarlo en la cena, porque no recibía muchas visitas; yo dudé en aceptar entendiendo que era un perfecto desconocido, pero ese hombre hablaba con una tranquilidad que me contagió. 

—Acepto padre, pero no puedo retribuir su amabilidad.

—No se preocupe  —me dijo. Y después ocurrió algo inesperado, mirando hacia una puerta próxima que estaba abierta exclamó:

—Laura, esta noche tenemos un invitado. —Después de decir esto desde la otra habitación salió una joven, la cual, se acercó al cura y apoyó sus dos manos en los hombros de él y me dijo con una sonrisa:

—Tenemos jamón, tomates, puré de zanahorias, pan y vino.

Yo quedé sorprendido al ver esa mujer y el cura entendió mi actitud. 

—Le presento a mi mujer… ya sé lo que opina, pero nosotros no lo ocultamos, preferimos recibir las críticas.

Le dije de inmediato que yo no era quien para criticar nada, y agregué  que lo del celibato, era en mi opinión una tontería. 

—Hemos formado una familia aquí señor, y queremos vivir a la luz del día, con la protección y guía de Dios, nuestros vecinos son gente humilde, pero poseen una cualidad indispensable para vivir bien, aceptan y entienden las circunstancias de la vida del prójimo, por eso nos aceptaron y nos brindan su inagotable amor, al cual le correspondemos como podemos —me dijo la joven con una sonrisa.

Durante la cena me comentaron hechos muy graciosos; el primer día que hicieron sonar la vieja campana, acudieron un matrimonio mayor, muy sorprendidos pensando que había fantasmas, pero poco a poco se fueron incorporando el resto de la gente. 

—La decepción fue cuando en una misa mi marido les contó de nuestra relación; todos se fueron de inmediato, excepto Doña Justa, las más vieja de toda la comunidad; cuando le abrimos nuestro corazón y nuestras intenciones, ella comprendió y uno a uno fue reclutando a los parroquianos, no sabemos qué les dijo, pero se incorporaron todos, a partir de ese momento no faltó nadie a la misa de los domingos. 

Charlar con el cura y su pareja fue una caricia a mis sentimientos, la conversación se prolongó en forma muy cordial y me hizo saber que él se dedicaba a estudiar y escribir sobre la teología moral, porque quería presentar su forma de vida al Vaticano, a pesar de saber que se enfrentaba a una estructura muy rígida y corría el riesgo de ser excomulgado, preferiría arriesgarse a mentir.

Yo le di mi opinión positiva al respecto y le mencioné las Iglesias protestantes y evangélicas, pero él me dijo que su argumento para formar un matrimonio siendo cura, se basaba en otros aspectos, fundamentalmente en el amor, sin restricciones. 

Después de cenar, había refrescado y el cura encendió un fuego reconfortante en el hogar de la amplia cocina, su mujer se retiró y nos quedamos hablando. 

—Le diré algo Francisco  —me dijo el cura agregando una astilla al fuego— 

Mi padre y madre, están enterrados aquí, son las tumbas que ya habrá visto, él era el Abad de aquí; murió muy mayor, durante toda su vida, cargó sobre sus hombros lo que él ocultó; el amor por mi madre, y ella se fue lejos a tenerme; pero cuando yo tenía diez años, mi madre falleció y una mujer que hacía los quehaceres domésticos aquí me cuidó, jamás supe quien era mi padre hasta cumplir veinte años, yo ayudaba en las tareas de la abadía y una tarde mi padre me llamó y me confesó todo. Allí pude ver a un hombre que ocultó su dolor por tantos años, lloró desconsoladamente, me abrazó y me pidió perdón; ¿se da usted cuenta?, me pidió perdón. A partir de ese día me propuse remediar el sacrificio de mi madre y el dolor de mi padre, entonces decidí comenzar mi formación sacerdotal, y aquí estoy, tratando de que mi vida pueda servirle a otros como yo.

Le pregunté qué argumentos presentaría para lograr llegar al resultado buscado, y esto me dijo:

—Pienso que en la vida, todo hombre necesita una piedra de donde sujetarse cuando la tormenta arrecia; Dios, para mi es ese sustento, pero navegar por un océano bravo, es difícil hacerlo en soledad; con mi mujer que es creyente como yo, hemos tenido que dormir incluso a la intemperie, también caminamos por fangales interminables bajo la lluvia y nos hemos protegido del frío juntos, sin un techo que nos proteja; pero jamás perdimos, ni el rumbo, ni la tenacidad, ni el coraje; nos hemos cuidado mutuamente de todos los peligros, de toda adversidad, de todo sufrimiento…nos amamos Francisco, es tan sencillo y a su vez tan grandioso, estoy seguro que entregaré todos los argumentos y pienso que al menos, nos prestarán atención, no pido nada más, solo un poco de atención. Ambos vivimos con solo lo necesario, del mismo modo que nuestros vecinos, somos parte de una pequeña comunidad que nos acepta, no les mentimos, somos francos con ellos y nuestro estandarte es la familia; la Sagrada Familia. Sabe una cosa, querríamos que aquí mismo nos entierren y también poder tener hijos para guiarlos por el mejor camino. Tenemos una ilusión.

—¿Cuál?   —le pregunté.

—Laura quiere casarse vestida de blanco; tengo incluso un cura amigo que está dispuesto a hacerlo…

En la cara de ese hombre, en sus ojos, se reflejaba su alma pura, tan pura como el agua cristalina; nos despedimos y ambos me acompañaron hasta mi camioneta iluminando el camino con un farol. 

Cuando me fui de ese lugar era muy tarde, las luces de mi camioneta iluminaban la ruta desolada, y yo continuaba pensando, que me gustaría que el Padre Marcos y su mujer, pudieran lograr su objetivo, los imaginaba disfrutando algún día junto a sus pequeños hijos, de sus vidas sencillas, pero más robustas que una montaña de granito.






sábado, enero 25, 2025

LA NAVIDAD DE LUIS


          La fiesta de navidad significaba para Luis el mejor momento del año; aguardaba con ansiedad los obsequios de sus abuelos; para un chico de ocho años, recibir regalos siempre es algo bienvenido y más aún cuando le habían prometido un juego de trenes con estación, vagones y una locomotora enorme que echaba humo al andar. 

La mala noticia llegó el veinticuatro por la mañana; habían internado a su abuela de urgencia; la abuela Julia era la única abuela que tenía, y ella era una persona muy especial que tenía siempre para él todas las respuestas.  

Al ver la cara de su padre, Luis presintió que algo muy malo sucedía;  no se equivocaba; la abuela era muy mayor y su corazón no quiso continuar.

El festejo familiar quedó trunco, y en su casa, tanto su padre como su madre estaban acongojados.

—Hijo, tengo que decirte que la abuela se nos fue para siempre  —le susurró su padre abrazándolo.

Esa navidad, pensó el pequeño Luis, no sería como la había imaginado; su abuela no repartiría los paquetes, y no habría sorpresas para festejar; no obstante el abuelo quiso que todos cenaran juntos, argumentando que la abuela los estaría observando, y estar en familia era para ella la prioridad número uno.

A las doce de la noche, pudieron escuchar los festejos de los vecinos, pero en casa de Luis la tristeza inundaba todos los espacios de la casa; el abuelo de Luis, su ejemplo, al igual que su padre, como hombre fuerte y protector de su familia, irrumpió en un llanto incontenible; todos acudieron a abrazarlo para soportar el momento tan ingrato de la insondable ausencia. 

Su madre lo abrazó y le aseguró que los momentos tristes de la vida, si se comparten, son menos duros. 

Cuando todos se retiraron a descansar, Luis también lo hizo, aún escuchaba risas y festejos de sus vecinos, que se fueron apagando, hasta que todo quedó en silencio. Vino a su mente la cara de su abuela y el cariño que él le tenía.  A su angustia por la pérdida irreparable, se sumaba también haber perdido ese festejo navideño familiar que tanto disfrutaba y esperaba. Su vida de niño cambió ese día, algo se rompió en su interior y ahora comprendía que nada dura para siempre. Llorando se quedó dormido. 

El sonido de la campana de la estación de trenes lo sobresaltó y él se encontraba parado frente a una enorme locomotora cuya caldera rugía esparciendo su humo, brillantes vagones de madera muy lustrosa aguardaban para que subieran los pasajeros; cuando miró hacia el andén de la vieja estación, en medio de un vapor blanco estaba parada su abuela con una valija de viaje. Luis corrió hacia ella y la abrazó con ganas, su abuela también lo hizo muy fuerte.




—¡Feliz navidad Luis!, te he traído tu regalo como te lo prometí  —le dijo su abuela con una enorme sonrisa— quiero que lo disfrutes y que siempre te acuerdes de mí; sabes una cosa, la vida es como un sueño, pasa muy rápido y se convierte en recuerdos, pero es una experiencia muy linda Luis, ya lo verás, disfruta cada momento, no tengas miedo a enfrentar responsabilidades, realiza todos tus proyectos con la fuerza de tu juventud y adquiere experiencia para disfrutar cuando seas adulto. Tampoco mires demasiado para atrás. ¡Sube ahora a tu tren Luis!, disfruta el viaje, recuerda que tu abuela siempre estará aquí en esta estación, por si alguna vez la necesitas. 

Luis le dio un fuerte abrazo de despedida, se subió a la poderosa locomotora y la puso en marcha. La pesada máquina comenzó a moverse lentamente hasta tomar velocidad; Luis se asomó para ver a su abuela que lo despedía agitando un pañuelo, después, miró al frente y pudo ver un mundo por conquistar; sabía que estaba soñando; pero todo era muy real. Una luz muy fuerte lo encandiló, cuando abrió sus ojos, un rayo de sol se colaba por la ventana de su habitación, podía aún sentir el poder de la locomotora desplazándose por un campo verde inmenso, y la dulce fragancia de la ropa de su abuela. 

Cuando se levantó de su cama a los pies de la misma, alguien había dejado una enorme caja de cartón, en cuyo frente se veía a todo color un tren saliendo del andén de una estación, la misma de su sueño; también junto a la caja estaba la fotografía de su abuela teniéndolo en brazos. 

Luis tomó la fotografía, y la observó un largo rato, después, levantó del piso su regalo y lo guardó en un estante de su placard.

Nunca abrió esa caja, la misma quedó allí con su contenido intacto.

Muchas navidades pasaron, muchos acontecimientos tuvo que enfrentar Luis; agradables; buenos y malos, hasta que se convirtió en un hombre, se casó y también tuvo un hijo, y su hijo le dio un nieto. Y llegó el día de poder disfrutar de la experiencia y de la vida apacible; también llegó su última navidad, o al menos eso presentía. 

Su casa era muy vieja ahora; faltaban pocos minutos para las doce; Luis, tomó de la mano a su nieto, y lo llevó a la antigua habitación, con esfuerzo pudo sacar del placard la caja con el tren, frente a su nieto la abrió, y este quedó deslumbrado.

Esa navidad Luis disfrutó por fin de su regalo, pero junto a su nieto, que era un pedazo de su alma, y ahora reía y festejaba de alegría, viendo surcar la pequeña locomotora sobre la mesa del comedor, tirando humo; el juguete tan ansiado salió de su caja para hacer feliz a un niño; o a dos.

Esa fue la última navidad de Luis; pero quizá el viaje aún no termina y continúa manejando su poderosa locomotora, la cual deja una larga estela de humo blanco recortada sobre un cielo azul de un atardecer majestuoso; desplazándose por un campo infinito. 

¡Feliz Navidad!







miércoles, octubre 30, 2024

VIAJE DE IDA

 


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VIAJE DE IDA (resumen de la historia)


Esta historia comienza en el año 2098 y una de mis intenciones fue tratar de concientizar sobre el peligro del  calentamiento global y desórdenes de nuestra civilización. Considero que es aceptable para un público de todas las edades. 

La trama se desarrolla en una crítica situación a finales del siglo XXI de la tierra; esto lleva a realiza un intento desesperado de conquistar un planeta muy lejano fuera del sistema solar en donde se había descubierto que sus características eran similares a las de la tierra, pero no se sabía si su atmósfera podría albergar al ser humano, tampoco si tenía agua potable o si contaba con vida extraterrestre. Además no existían posibilidades de regresar. 


F.Brun


lunes, julio 15, 2024

VIAJE AL PASADO (primera entrega)

 Durante siglos, pensadores de la raza humana se han hecho una pregunta, la cual sigue aún sin respuesta cierta: ¿Que es el tiempo?.

Se ha llegado a decir que el tiempo no existe, que solo es una magnitud creada por el hombre para medir la rotación y traslación de los planetas en torno al sol, o la separación entre determinados eventos, y otras tantas definiciones las cuales se volcaron en libros de ciencia que colmaron a enormes bibliotecas. 

Sin entrar en problemas matemáticos solo quiero decir que el tiempo debe estar relacionado de algún modo con la velocidad, para entender esto puedo decir:

Si recorremos una distancia determinada, a una velocidad fija (100 kilómetros por hora), al aumentar la velocidad al doble (200 kilómetros por hora), tardaremos en llegar media hora, pero si tuviéramos la capacidad de poder seguir aumentando la velocidad indefinidamente, llegará un momento en el que tardemos 0 horas; si continuamos aumentando dicha velocidad tardaremos -1minuto, -1 hora, - 1 día, - 1 año etc. Es decir invertiremos el factor tiempo o podríamos decir que estamos viajando al pasado, pero a una velocidad vertiginosa; mayor incluso que la velocidad de la luz.


F.B.



Cuando se llega a cierta edad, muchas personas deciden hacer otra cosa distinta a lo que hicieron toda su vida. Esa era la situación de Esteban, después de haber trabajado cuarenta y cinco años en el ferrocarril. Se jubiló para, en teoría, disfrutar de un retiro muy bien merecido. Era un apasionado por la pesca y disfrutaba los atardeceres yendo a la orilla del mar la cual estaba a pocas cuadras de su casa junto a su perro.



Una tarde, cuando ya se estaba por retirar porque el sol comenzaba a bajar y un persistente viento del sur se hacía sentir, decidió recoger su línea, curiosamente sintió que algo había picado, cuando empezó a levantar con el reel la línea, podía sentir el peso de lo que traía; cuando la supuesta pieza salió a la superficie, no era un pescado, se trataba de un reloj con su cadena. En un primer momento pensó devolverlo al mar, pero después de mirarlo mejor, se dio cuenta que no era un reloj cualquiera, era un reloj de bolsillo de oro, de inmediato pensó que seguramente el agua de mar había destruido su mecanismo pero el valor estaba en los gramos de oro que poseía. 

Cuando llegó a su casa, la cual era muy humilde, puso unas astillas en la salamandra, se calentó un café y después se sentó frente a la rústica mesa de madera, encendió la lámpara que colgaba sobre la misma con la intención de observar el reloj; cuando abrió su tapa quedó sorprendido al ver que no parecía estar deteriorado, todo lo contrario parecía nuevo. El primer hallazgo de este curioso artefacto fue leer en el interior de su elegante tapa la leyenda:


“Buen viaje al pasado”


Era una extraña leyenda para un artefacto que mide el tiempo, pero para adelante. Mientras pensaba esto, su perro que se llamaba Emperador, le apoyó su pata sobre la pierna, señal que debía atenderlo. 



Después de darle su comida y recargar el cacharro de su fiel compañero con agua, Esteban preparó su cena; después de comer, agregó otra astilla a su salamandra, se sentó en su cómodo sillón frente al fuego y abrió el libro de historia que estaba leyendo.




Esteban era una apasionado lector de historia, tenía dos bibliotecas, una de libros de papel, para disfrutarlos en su cómoda y abrigada cabaña y otra digital, que llevaba en su mochila para cuando salía a pescar.

Se había olvidado del reloj cuando el sueño le hizo interrumpir su lectura y se fue a acostar; Emperador lo siguió para acostarse al pie de su cama.

Antes de acostarse Esteban se dirigió a su cocina para servirse un vaso con agua, y cuando pasó frente a la mesa, vio de nuevo a aquel lujoso hallazgo, y como un hecho natural, le dio cuerda, sintiendo en sus dedos que la misma funcionaba muy bien, después lo puso en hora, 23. 15 hs. 

A la mañana siguiente, Emperador con su hocico, lo despertó. Esteban se levantó y fue a preparar su desayuno, cuando miró por la pequeña ventana de su cocina, le llamó la atención que aún continuaban allí la pareja de zorros del día anterior, era raro verlos tan seguido.




Cuando fue a su baño, comprobó que la canilla del lavatorio continuaba perdiendo agua, a pesar de haberla reparado; pero el colmo de su sorpresa fue cuando golpearon a su puerta. Al abrir era nuevamente Manuel montado en su bicicleta, que le traía correspondencia.

—Hola Manuel, nuevamente por aquí.

El muchacho lo miró extrañado y le dijo:

—Si, como siempre, le traigo sus facturas a principio de mes.

—Recibir facturas todos los días no es muy agradable, pero como te tengo aprecio, puedes venir todas las veces que quieras.

El joven del correo, no entendió el comentario y se fue brindándole una sonrisa.

Cuando tomaba su café, Esteban miró la correspondencia y comprobó extrañado un error muy notorio, eran las mismas facturas que había recibido el día anterior, pero cuando fue a buscar al cajón en donde las dejaba siempre, estas ya no estaban; las buscó en otros posibles lugares, pero no las encontró. No tenía sentido preocuparse, evidentemente era un error sin importancia, más allá que solo las pagaría una sola vez.

Nuevamente Esteban reparó la canilla del baño, y después preparó su equipo de pesca para ir a pescar esa misma tarde.

Durante todo ese día se dieron una serie de coincidencias raras, como por ejemplo cuando lo dejó salir a su perro, cuando este regresó traía en su boca un hueso enorme igual al del día anterior, también cuando fue a traer leña, sobre la pila había un extraño pájaro que no salió volando, del mismo modo que ayer, y cuando se sentó en su sillón para escuchar la radio, en el informativo daban nuevamente con lujo de detalles la misma noticia de la inundación en Entre Ríos.




Pero el día y sus sorpresas aún no terminaban para Esteban. Cuando llegó a la playa después de arrojar su línea, se produjo al poco rato, el mismo y único pique del día anterior, una corvina demasiado chica para no devolverla al mar.

Una vez más el sol comenzó a caer y el mismo viento frío del día anterior comenzó a soplar, cuando decidió irse, recogió su línea sacó algo que lo sobresaltó tanto que pensó que estaba enloqueciendo …sobre la húmeda playa de arena, podía ver nítidamente enganchado, un reloj de oro con su cadena.





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domingo, julio 14, 2024

VIAJE AL PASADO (segunda entrega)

          De regreso a su casa Esteban entendió que todo ese día, fue una repetición del mismo día de ayer; es decir que asombrosamente pudo viajar al pasado. Esta inesperada situación se produjo a partir de haber encontrado ese reloj que sacó del mar; que evidentemente era algo mucho más complejo que un artefacto para medir el tiempo…era una máquina del tiempo. 

Cuando llegó a su casa, lo dejó sobre la mesa con mucho cuidado y después de atender a su perro y cenar, se sentó para observar de cerca el increíble hallazgo. Este deslumbrante descubrimiento era demasiado grande para poder asimilarlo solo, por lo cual decidió que lo compartiría con Juan, su mejor amigo.




—Hola Juan, tengo que decirte algo que es verdaderamente increíble, no lo podrás creer.

—No me digas que pescaste una corvina con tus señuelos caseros, sería algo milagroso —le respondió su amigo con ironía.

—No Juan, esto no tiene nada que ver con la pesca, es algo demasiado importante y trascendental.

—Me estás asustando querido amigo, ¿de qué se trata?.

—No me animo a decirlo por teléfono, te espero mañana.

—Allí estaré después de cerrar el local, espero que no sea una de tus bromas. 

—Te puedo asegurar que esto te dejará mudo Juan. Yo todavía no lo puedo creer. 

A las cinco y media de la tarde en punto Juan estacionó su camioneta frente a la cabaña de Esteban. 




Cuando entró, su amigo lo observaba con cara de preocupación, sentado frente a la pequeña mesa con el reloj.

—¿Qué ocurre Esteban?, tienes una cara que me preocupa, ¿estás enfermo?, —le preguntó Juan quitándose el abrigo para sentarse frente a él— ¿y ese reloj?

Esteban le contó a su amigo con lujo de detalles todo lo ocurrido el día anterior, pero éste no lo tomó muy en serio, y en un primer momento pensó que su amigo deliraba, o se había enfermado.

—Lo mejor será que llamemos a un médico, tú no estás bien Esteban.

—Al principio pensé que había enloquecido, pero me temo que no Juan; hagamos lo siguiente: llévate el reloj, y esta noche antes de acostarte dale cuerda, solo una vuelta, como hice yo; cuando despiertes, observa detenidamente todos los acontecimientos del día, si no te ocurre nada extraño, me llevarás a un manicomio y me dejarás allí, te pido por favor que realices lo que te pido, pero recuerda, solo dale una vuelta a la cuerda, no más.

Juan, para no contradecir a su amigo, se llevó el reloj, pero pensando con amargura que su amigo estaba loco de remate.

Durante todo el día siguiente Esteban se quedó en su casa junto a su fiel compañero pensando todo lo que le había pasado a partir de haber encontrado ese reloj, se hacía muchas preguntas: ¿quién lo habría creado?, ¿por qué lo arrojaron al mar?, ¿cómo pudo conservarse en el agua salada sin que su mecanismo se arruinara?, cuanto más pensaba, menos encontraba una explicación a todo. 

Al día siguiente, su amigo a primera hora golpeó con insistencia la puerta; cuando Esteban le abrió, Juan tenía la cara desencajada, con su respiración agitada se sentó frente a la mesa y después de colocar el reloj a la vista de ambos dijo exaltado:

—Este reloj Aníbal está embrujado, debes devolverlo de donde lo sacaste ya mismo o destruirlo; desconocemos su poder, pero evidentemente me pasó lo mismo que a ti, ayer mi día fue exactamente igual que el anterior, por lo cual te dejé a ti anoche, y me retiré a mi casa con esta máquina infernal. 

—Pero en realidad Juan —le dijo Anibal mirando al reloj— tú te fuiste de aquí antes de ayer, esto quiere decir que viajastes al pasado durante 24 hs.

Ambos amigos se quedaron callados tratando de comprender lo incomprensible. 

—Te diré algo que me está dando vueltas por mi cabeza Juan. ¿Si este reloj es una máquina del tiempo, que pasaría si nos animamos a usarla?.

—No tengo la menor idea Esteban, pero, creo yo, que podríamos viajar nuevamente a nuestra juventud. 

—¡Exactamente Juan!, piensa por un momento lo que esto significa; seríamos nuevamente jóvenes. 

—Si algo así fuera posible Esteban, este artefacto sería poseer la llave para lograr la vida eterna, ¿te das cuenta?.

Un prolongado silencio ocupó la mente de ambos amigos, el cual fue interrumpido por un fuerte ladrido del Emperador.

Durante todo ese día ambos continuaron realizando conjeturas de todo tipo, pero sin lugar a dudas estaban frente a una máquina que revolucionará la ciencia en todo el amplio mundo… bueno, en tanto y en cuanto la mostraran; otra posibilidad era solo utilizarla en beneficio propio.

Ya estaba haciéndose de noche cuando Esteban después de agregar una astilla a la estufa dijo:

—Querido amigo, nos conocemos desde que éramos niños, y ahora somos dos viejos; no me quejo; he tenido una vida feliz, pero reconozcamos que falta poco para que termine, ¿no crees acaso que merecemos vivir una última aventura?. 

Juan se quedó mirando a su viejo amigo a los ojos, mientras pasaba por su mente tantos momentos de felicidad que habían compartido con su respectivas esposas; que lamentablemente ya no estaban; los viajes a cientos de lugares los cuatro juntos, campamentos, días de pesca, senderismo; y después, durante estos últimos años, la triste soledad de dos viejos tratando de ocupar su tiempo con el ajedrez, las interminables charlas nocturnas frente al fuego sobre sus dos pasión, la pesca y sus libros de historia.

—Te diré algo Esteban, quizás el destino puso en tus manos este prodigioso aparato, y tú lo compartes conmigo, por esto se me ocurre que no estaría mal hacer una cosa…

—No necesitas decírmelo Juan, te conozco muy bien; ¿porque no probamos?; y quien te dice; que nos juntemos con ellas; los cuatro; al menos una vez más. 

Ambos viejos se abrazaron y lloraron, con una esperanza en su corazón; que podía llegar a convertirse en realidad. 

—Probemos Esteban, que podemos perder en intentarlo; ¡hoy mismo!.

—Bien Juan, esperaremos hasta la medianoche y esta vez le daremos más vueltas a la cuerda. 

Después de cenar, ambos amigos, se sentaron frente a la mesa y colocaron el reloj en el centro, Esteban llamó a su perro, y de un salto este se acomodó sobre sus piernas.

—Estamos listos Juan, son las doce en punto, tu dale cuerda, ¡diez vueltas!.

Eso hizo Juan con decisión, y después, dejó el reloj en su mano derecha y con la izquierda tomó con fuerza la mano de su amigo.

En un primer momento nada pasó, hasta que Emperador dio un aullido ancestral, y después todo lo que los rodeaba se desintegró y quedaron sentados sobre un campo lleno de malezas.

—¿Qué es esto?—preguntó Juan— ¿dónde estamos?.

—No tengo idea amigo, pero detrás tuyo puedo ver una cadena montañosa y empieza a amanecer. 

Cuando el sol iluminó aquel paraje Esteban al ver a su amigo le dijo:

—¿Qué le pasó a tu rostro Juan?, no lo puedo creer, ¡estas joven de nuevo!.

—Debo decirte —le dijo ese muchacho a Esteban— que tú también. Ambos ríen repletos de felicidad.




El único que no había rejuvenecido era Emperador, ya no era un cachorro, era un perro adulto con un dentadura que impartía respeto.

—¿Qué le habrá pasado al Emperador? —dijo Juan al verlo.

—Está muy cambiado, no parece el cachorro que tú tenías. 





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