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viernes, febrero 23, 2024

FEDERICA (última entrega)

            Los días de trabajo de Federica se sucedieron dentro de un clima de cordialidad extraordinario. Su única oyente y empleadora, en más de una oportunidad se apasionaba con los comentarios que realizaban entre ambas en las pausas; Federica observaba que la señorita Alicia con mucha frecuencia le quitaba el libro de sus manos para leer ella varias páginas, y después con un entusiasmo notorio comentar detalles puntuales del texto. Cuando comenzó el verano, se ubicó la mesa de lectura en el parque bajo la protección de una enorme sombrilla blanca. Una tarde, la señorita Alicia, sorprendió a Federica diciéndole que ese día no leyera, porque deseaba solo charlar.

La conversación comenzó con una pregunta que la señorita Alicia le hizo a Federica, con su taza de té en la mano antes de tomar un sorbo.

—¿Qué piensas hacer con tu vida Federica?

A Federica, esta pregunta la tomó desprevenida y se quedó callada; antes de contestar, por su mente pasó la situación de su familia, su proyecto de ser arquitecta, su actual trabajo, la lejana posibilidad de conformar una familia; sin querer la inundó una profunda tristeza que se reflejó en su cara, porque entendió que su proyectos futuros eran demasiados ambiciosos para una chica del interior, pobre. Federica era una chica inteligente y consciente de sus escasos recursos económicos, sumado a que en ese poco tiempo de experimentar la vida en una gran ciudad, entendió que no es simple progresar y que probablemente seguiría viviendo en esa pensión húmeda y desagradable muchísimos años.

—No lo sé señorita Alicia, la verdad, no lo sé —le dijo Federica a la señora con sus ojos al borde de las lágrimas. 

—Te diré algo Federica —dijo la señorita Alicia, dejando su taza sobre la mesa—, yo provengo de una familia tucumana muy pobre, éramos cinco hermanos, mi padre se fue abandonandonos a  nuestra suerte a mis hermanos y a mi madre; mi niñez y mi adolescencia fue muy dura, pero mi madre jamás bajó los brazos, esa actitud estaba prohibido en casa. Quiero decirte que no me tomes como ejemplo, porque no soy ejemplo de nada; pero quiero que sepas y que tengas muy presente que somos solo nosotros los constructores de nuestro propio destino, esto implica que más de una vez deberás de enfrentarte a decisiones difíciles. Te contaré una historia, cuando tenía tu edad, quise como tú probar suerte aquí en Buenos Aires, y una señora muy mayor me contrató para los quehaceres domésticos, pero ocurrió que por algún motivo algo en mi, la cautivó y llegué a vivir con ella en forma permanente y se podría decir que llegó a ser mi segunda madre; sus consejos me acompañan hasta el día de hoy. Ella me animó a terminar mis estudios secundarios e ingresar a la universidad. Durante las vacaciones de verano regresaba a mi pueblo con mi familia y allí conocí a un joven del cual me enamoré. Fue entonces cuando surgió mi primer gran decisión, estaba parada frente a dos caminos; aquel joven trabajaba en el campo familiar, si me casaba con él tendría que dejar mis estudios y vivir en el campo, y allí conformar una familia y cuidar a mis futuros hijos. Yo decidí seguir con mis estudios y me recibí de médica, y después, mi trabajo me apasionaba de tal modo que dejé de lado formar una familia, y aquí me quedé, ahora vivo muy bien, pero en soledad, y la soledad querida Federica suele ser una carga muy pesada. No poder compartir la vida con alguien, suele endurecer el corazón y de algún modo tratamos de sustituir la soledad con algo, en mi caso mis salvavidas fueron estos mismos libros que tú me lees, hace poco tiempo se desencadenó una enfermedad rara que no me permitirá leer más, por eso te he contratado. Espero que esta mi historia Federica te sirva para que puedas elegir tu camino, por hoy hemos terminado querida, te espero mañana. 

Federica, después de escuchar la historia de la señorita Alicia, se acercó a ella, la abrazó con fuerza, y le dijo que le agradecía muchísimo poder ser su confidente.


CINCO AÑOS DESPUÉS 


La relación entre la señorita Alicia y Federica había crecido muchísimo, la señorita Alicia ya no podía ver, pero la ceremonia del té de lunes a viernes de cuatro a siete de la tarde, junto a su joven empleada y amiga era una bocanada de vida y mutuas confidencias entre consejos y risas cómplices. 

Algo asombroso en la vida de Federica sucedió cuando conoció al intérprete de ese violín de la pieza de arriba, que le permitía descansar y relajarse del cotidiano trabajo de estudiar para completar su secundaria y cumplir a rajatabla con su sustento principal brindado por la señorita Alicia que era su consejera, amiga, y empleador, todo al mismo tiempo. El desconocido intérprete de aquel violín era un joven de su edad, desgarbado, con cara de distraído eterno, y anteojos enormes, que estudiaba en un conservatorio de música; solventado por sus ingresos de empleado en una estación de servicio. El destino, la casualidad, o lo sobrenatural e indescifrable que le puede pasar a los  seres humanos, hizo que este desconocido intérprete de violín, aspirante a poder ser ovacionado en todos los principales escenarios del mundo…cuestión que aún no ocurría, y Federica, incansable estudiosa sin concederse distracción alguna  ni siquiera los fines de semana; se enamoraran por el simple hecho de cruzarse en el pasillo del conventillo en la graciosa situación de permitirse el paso y no poder hacerlo por coincidir ambos y quedar enfrentados un par de veces. A tal punto llegó su relación después de un noviazgo de tres largos meses, que decidieron vivir juntos en un pequeño departamento, sin humedad, con baño privado y muy luminoso. 

Una tarde de invierno, Federica llegó a la casa de la señorita Alicia, y la empleada se encontraba hablando con unos señores de traje en el jardín, cuando la mujer vio a Federica, se acercó y la abrazó llorando.

—La señorita Alicia, se nos fue querida, cuando llegué hoy por la mañana la encontré en su dormitorio, pensé que estaba dormida, pero cuando corrí las cortinas, comprendí. —después de decir esto la acongojada mujer, le presentó a los señores, que eran dos de los hermanos de la señorita, sus facciones eran inconfundibles por el parecido —hace un año aproximadamente me dijo, que si algo le pasaba, que te diera esta carta. 

Federica tomó la carta y después de saludar, pidió permiso para ver a la señorita por última vez. Cuando entró a su dormitorio le pareció sentir la voz y la risa contagiosa de su amiga y protectora, su rostro se veía sereno, como si se hubiera ido en paz. Fernanda le dio un beso en su frente fría, y miró por la ventana los árboles del parque ahora desnudos, en donde aprendió de la señorita Alicia los mejores consejos de una mujer, que había vivido su vida de una determinada manera, solo siguiendo su razonamiento, dejando tal vez a un lado, lo que le dictaba su corazón. 


Querida Federica


Cuando leas esta carta, yo no estaré más para aconsejarte, tendrás que arreglartelas tu sola, pero por lo que me has dicho, encontraste un buen compañero de viaje, por lo cual me quedo tranquila porque no cometerás el error que yo he cometido.

Me gustaría poder verte en ese viaje que vas a emprender, y cargar también algún fruto, de esos que no dejan dormir de noche a las parejas. 

Te deseo querida que tengas una buena vida, repleta de satisfacciones; lamentablemente yo termino la mía consumida por deudas y mi enfermedad, pero te dejo algo, que tal vez te sirva para comprar un lugar en tu mundo, junto a tu familia; en tu casa, como bien la describiste en esa primera carta que me cautivó, rodeada de mariposas amarillas y tendiendo sábanas blancas al sol.

Adiós querida, me conformo que para la fecha de mi cumpleaños, disfruten de esos pastelitos exquisitos que preparó tu madre y tu me regalaste; fue el regalo más preciado de toda mi vida.


Tu amiga, la señorita Alicia.


DOS AÑOS DESPUÉS 


—¡A la mesa, ya están los pasteles! —gritó la mamá de Federica, debajo de la galería en donde una abundante merienda, esperaba a su pequeño nieto, hijo de Federica, sus hijos con sus respectivas novias  y su yerno, el músico. 

—Si todo va bien — dijo el esposo de Federica entusiasmado abrazando a su señora, la semana próxima terminamos de colocar el techo para las habitaciones. 

—Todo muy lindo —dijo el hermano menor de Federica socarronamente—, pero ¿cuando vamos a ver una moneda, nosotros que trabajamos como esclavos, y aquí solo nos dan de comer.

—Si comieran menos, algo de plata les quedaría, pero así, no hay plata que alcance. —le dijo la mamá de Federica a su hijo pegándole un coscorrón en la cabeza.

—Cuando triunfe en los escenarios del mundo, y la gente me aclame, les llenaré los bolsillos de oro —dijo el marido de Federica, mientras se servía otro pastelito. 

—Esa música ya la conozco de sobra —dijo el hermano mayor de Federica riendo—; creo que es la que mejor aprendió en el conservatorio de Buenos Aires.

Todos rieron.

—Ah, me olvidaba —dijo el hermano del medio de Federica, abrazando a su cuñado—, el cura Anastacio me dijo que quiere que para el festival, toques el violín para acompañar al coro de los chicos.

—¿Cuánta plata hay, para un artista de mi categoría? —dijo el esposo de Federica con aire de solemnidad.

—Me dijo muy claramente una cosa para que te entre en esa cabecita de artista loco.

—¿Qué dijo? —preguntó el esposo de Federica, sabiendo lo que vendría. 

—Me dijo muy claramente que si no te casas este año como corresponde con mi hermanita, que dejó la arquitectura por un cachivache estropeado como vos; en primer lugar no podrás entrar más a la parroquia a dar clases de violín, y que va a venir en persona; siempre que mamá lo espere con unos pastelitos; y vas a saber cuantos pares son tres botas.

Todos rieron alegres y distendidos, mientras que el sol se iba despidiendo de otro día feliz en la casa de Federica.




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miércoles, febrero 21, 2024

FEDERICA (segunda entrega)

       Cuando Federica llegó a la dirección indicada que le dieron en la agencia de empleo, se asombró al ver que era una casona gigantesca con un reja muy pesada frente a un jardín repleto de plantas, pero  que guardaban un orden especial; evidentemente lo que observaba no era producto de la naturaleza, esas plantas guardaban un armónico colorido y su tamaño parecía que se respetaran entre sí. Antes de tocar el timbre, dio un recorrido con su vista por ese barrio, y le pareció conmovedor el tamaño de esos árboles, y de las casas vecinas, Federica imaginó que allí vivían familias muy importantes. Se conmovió con el silencio que allí imperaba, a diferencia de la parte de la ciudad de donde venía, solo se escuchaba el suave murmullo de la copa de los árboles movidas por la brisa, y sobre el empedrado de la calle, su sombra sólo se interrumpía por claros iluminados por el sol brillante de los primeros días de primavera. 

Después de tocar ese botón dorado, enmarcado en una brillante placa de bronce, escucho un zumbido en la puerta de rejas, lo escuchó dos veces más, pero nadie salió a su encuentro. Por fin una señora bajita de uniforme y delantal blanco apareció en la puerta de entrada y le dijo en voz alta que empujara la puerta; cuando nuevamente escuchó ese zumbido, Federica empujó la puerta y esta se abrió. La señora le hizo señas para que se acercara y cuando estuvieron frente a frente, la mujer dijo:

—Tu debes ser la niña que viene por el empleo, ¿no es así?.

—Sí señora, —le dijo Federica con la mejor sonrisa que le salió. 

—Dame la carta —le dijo la mujer en forma imperativa.

—¿Usted es la señorita Alicia? —Le preguntó Federica con la carta en su mano.

—No, la señorita Alicia ahora está ocupada, debes esperar, ahora entregame la carta.

—No puedo señora, porque me dijeron que se la tengo que dar a la señorita Alicia en persona. —le respondió Federica a esa mujer tímidamente .

Cuando la mucama oyó eso, hizo una mueca de fastidio y sin decir una sola palabra entró, cerró la puerta y la dejó a Federica allí esperando. Al cabo de un largo rato, nuevamente salió aquella malhumorada mujer y le dijo que pasara y esperase en la sala.

Cuando Federica entró en esa casa, pensó que había entrado a un palacio, no le alcanzaban sus ojos para ver todo aquel esplendor, y cuando aquella señora bajita abrió la puerta del estar, pensó que ese lugar era un paraíso aquí en la tierra; lo primero que la deslumbró fue ver ese enorme ventanal que daba a un parque inimaginable para ella, sabía cómo era una pradera verde, pero eso era otra cosa, ese pasto muy corto, cubría un amplio sector rodeado de arbustos, con flores multicolores, y una estatua blanca de una joven que tenía un cántaro en sus manos, del cual salí agua constantemente y caía a un estanque circular, desbordándose,  pero sin formar charcos. 

En el interior de esa amplia habitación había tantas cosas que varias personas no podrían usarlas al mismo tiempo, Federica observó una serie enormes asientos, revestidos de una gruesa tela, 

con volados, varias mesas de una madera que brillaba muchísimo con patas curvadas, en las paredes había enormes cuadros de paisajes con marcos dorados y repujados, desde el medio del techo caía una especie de bellísima estructura con brazos con cientos de espejitos que brillaban.

En una pared pudo reconocer que detrás de varias puertas vidriadas se podía ver decenas de libros acomodados como para una exposición; Fernanda al ver esa lujosisima biblioteca se acordaba de los cinco precarios estantes con libros que tenían su escuela. Otra de las cosas que asombraba a Federica, era ese perfume encantador que inundaba todo el lugar. Pero lo que la dejaba sin aliento era ese piso de madera lustrada, cuyas vetas le brindaban una calidez y elegancia incomparable. Cuando sumida en ese éxtasis que le provocaba el lugar, desde una de las paredes se abrió una puerta muy bien disimulada de la cual salió una señora muy alta y delgada, que lucía un chal de seda color rojo, y un pañuelo del mismo tono, que recogía su pelo negro entrecano, dejando su frente a la vista, su tez era morena, y sus ojos negros realzados por unos anteojos dorados. 

—¿Tú eres Federica, y me tienes que entregar una carta, verdad? —le preguntó aquella elegante señora.

—¿Usted es la señorita Alicia?, le dijo Federica a esa mujer que la observaba detenidamente. 

—Así me llaman querida, pero toma asiento, ponte cómoda. 

Federica de inmediato extendió su brazo para entregar la carta, y se quedó allí parada esperando una respuesta.

—Siéntate por favor —insistió la señora.

Cuando Federica se sentó en esos almohadones se hundió en ellos, sintiéndose como si fuera una reina que se sienta en su trono…a pesar de que su vestido y sus zapatillas no coincidía con la realeza, pero su imaginación así lo sentía. 

La señora, de pie, después de romper y abrir el sobre, leyó detenidamente el contenido de la carta; cuando terminó, se dirigió a la biblioteca, sacó un libro, se podría decir que al azar, y se lo entregó a Federica. 

—Abrelo Federica en cualquier parte y lee en voz alta lo que dice.

Cuando Federica comenzó a leer, a pesar de ser una mujer menuda, su voz no lo era; su voz era potente y clara, tanto, que resonaba en toda aquella habitación con el volumen adecuado para ser escuchada confortablemente, se sumaba a esto, su capacidad de hacer los silencios y las pausas que indicaba el texto, sin haber estudiado previamente esa lectura, y lo más asombroso, miraba a la espectadora durante los intervalos de punto y aparte.

—Detente por favor querida, —interrumpió la señorita Alicia—, ahora dime con tus palabras lo que has interpretado. 

Federica, jamás había leído ese libro, pero como síntesis de ese que había leído dijo:

—En mi opinión, en este tramo de esta historia, el escritor, comienza a delinear a un personaje, que a mi gusto, creo que debe ser uno de los principales de la historia, o tal vez el principal. —le dijo Federica a la señora que se había quitado sus anteojos y estaba mirando hacia el parque.

—¿Te gusta leer Federica?, —le preguntó la señora sin mirarla.

—Sí señora, me encanta leer, cuando era chica, en mi escuela, la maestra me prestaba los libros de la biblioteca y me pedía realizar una síntesis de ellos, para leerla después a mis compañeros, ella me enseñó a hacer las pausas que corresponden y mirar al público. 

—Bien, —dijo aquella señora, poniéndose de pie—, yo tengo un problema en mi vista, por el cual no puedo leer, tu tarea sería leerme libros, durante tres horas por día de cuatro a siete de la tarde de lunes a viernes, interrumpiendo la lectura para que la podamos comentar mientras tomamos el té, si estás de acuerdo comenzamos mañana, con respecto a tu sueldo, lo charlaremos cuando nos hayamos conocido un poco más, pero serás bien recompensada por tu tiempo. ¿Estás de acuerdo?.

—¡Si acepto señorita Alicia!, —dijo Federica entusiasmada sin pensar mucho más. 

Al día siguiente, Federica estaba tocando el timbre de la casa de la señorita Alicia cinco minutos antes de la hora indicada. 

Cuando la señorita Alicia se presentó se acercó a Federica que estaba parada en medio de la sala con todo su entusiasmo a flor de piel. La señorita le alcanzó un libro que estaba sobre la mesita frente al ventanal, allí se sentaron en unos muy cómodos sillones, y la luz para leer era perfecta. Antes de comenzar la lectura, la pequeña señora de uniforme, trajo una jarra con limonada y dos vasos. 

Así comenzó su trabajo Federica:

—Los miserables de Victor Hugo.

“En 1815, monseñor Charles Francois Bienvenu Myriel era obispo de Digne. Era un anciano de cerca de setenta y cinco años y ocupaba la sede de Digne desde 1806.

Aunque este detalle no interesa en manera alguna al fondo de lo que vamos a referir, quizás no será inútil, aunque no sea más para ser exactos en todo, indicar aquí los rumores”…

La voz de Federica, su expresividad, su dulzura; cautivaron a la señorita Alicia; dando comienzo a partir de ese mismo día, de algo más que una relación entre empleada y empleador.


Continuará 






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domingo, febrero 18, 2024

FEDERICA (primera entrega)


 Quisiera alquilar una habitación, ¿qué precio tienen si le pago por adelantado un mes? —le preguntó la joven al somnoliento encargado que lucía una otrora camiseta blanca, ahora manchada.

Después de arreglar el precio Federica, cargada con su mochila y su valija, se introdujo en una habitación del primer piso del viejo conventillo, unas paredes celestes, un ropero con espejo, una silla, una mesita, y un catre de madera, la recibieron sin alardear de tener buen gusto.

—Ya estoy ubicada mamá es un confortable y lujoso hotel, por donde mires, todo brilla, todos los días cambian las flores de los floreros, las mucamas son muy amables, y el desayuno de hoy fue como para una reina. —esto le decía Federica a su madre que vivía en Santiago del Estero, mientras contaba los últimos tres bizcocho de grasa que le quedaban del viaje. El principal inconveniente a resolver era encontrar un trabajo en Buenos Aires, por lo cual el dinero que tenía, debía de cuidarlo, porque de lo contrario todo su proyecto de ingresar a la universidad se terminaría y debería de regresar con su familia, a cuidar las cabras, las gallinas, y continuar con el telar, tareas que escasamente le brindaban un sustento a su familia, constituida por sus tres hermanos y sus padres. No obstante Federica tenía esperanzas, tal vez pudiera lograr un trabajo respetable que le permitiera enviarle dinero a su familia y poder estudiar, su pasión, arquitectura; el día que vio terminado el complejo de cabañas de la quebrada, quedó extasiada, eran unas casitas hermosas, con césped, con techo a dos aguas, con esos pisos maravillosos, que se podían limpiar con un trapo y brillaban; en cambio el piso de tierra de su casa, a pesar que su madre lo barría incansablemente solo levantaban más polvo. Federica veía a esa chica que daba órdenes a los obreros, y les mostraba unos planos, para después irse con su camioneta. 

Un día se animó y se acercó a la obra que estaba prácticamente terminada y le preguntó a un señor, quien era esa chica de la camioneta; “la arquitecta” le dijo el paisano. Desde ese día Federica se propuso ser arquitecta; para de ese modo poder realizar en su casa, para su mamá, esos pisos maravillosos. 

Conseguir trabajo decente en Buenos Aires no es muy simple, y con muy pocos conocimientos de cómo son las cosas, más aún.

El primer dia a pesar del entusiasmo fue desalentador, su primer incursión la hizo en una enorme obra en construcción, al preguntarle a un señor que estaba entrando unas pesadas cajas, si allí podía encontrar trabajo para ella, el robusto hombre le dijo con voz grotesca y burlona, que solo por las noches… Una de las condiciones que tenía Federica gracias a las enseñanzas de su madre, era no ser tonta en el sentido de lo imaginable para una joven mujer, que no era ni muy linda, ni muy fea, por lo cual, poseía un amplio espectro para el gusto masculino.

Después de caminar varias cuadras, encontró un local de peluquería para damas; cuando preguntó si necesitaban una ayudante, una cordial joven le preguntó que sabia hace en el rubro peluquería, y Federica solo pudo afirmar que sabia hacer trenzas; después de mirarla de arriba a abajo, la encargada solo le dijo que por el momento el personal estaba completo. 

Federica ese primer día en Buenos Aires caminó muchísimas mas cuadras, pero todos los intentos fueron infructuosos, parecía que nadia podía necesitar a una chica como ella.

Cuando llegó a la habitación de su pensión, estaba exhausta, desanimada, tenía sed y hambre; se sentía muy sola en un mundo ingrato y desconocido. Después de comprar algo para comer en un kiosco, se recostó en su cama e imaginó que estaba en su casa, con sus padres y sus hermanos, allí siempre había estado confiada y segura de su destino, pero ahora, esta realidad era otra cosa de como ella se lo imaginaba. Federica se puso a llorar en la penumbra de esa habitación desolada y húmeda.

Se había dormido, cuando algo la despertó, después de un prolongado silencio, comenzó a escuchar una melodía, por lo que sabía de música pertenecía a un solo instrumento, al parecer un violín; pero de donde vendría esa música, se preguntó, parecía lejana, pero cuanto más la escuchaba, más le agradaba, casi como por un acto de magia, su melancolía paso a ser serenidad, para después convertirse en un sentimiento de esperanza.    

Al día siguiente, muy temprano, Federica se dirigió al bar de la esquina para desayunar, cuando consultó los precios la sorprendieron, todo era muy caro para ella; no obstante, decidió pedir un café con leche, con una tostada con manteca. 

Buenos Aires, es una ciudad con luces y sombras; el mozo que atendió a Federica era un señor mayor próximo a jubilarse que intuía quienes eran los clientes incluso antes que hicieran el pedido; cuando vio a Federica y su vestimenta simple, con su trenza, su mochila, y sus zapatillas, supo de inmediato que era una joven del interior, con escasa o nula experiencia de lo que es una ciudad como Buenos Aires. Después que Federica le hizo el pedido, el mozo le preguntó:

—¿De qué provincia vienes?, si puedo preguntar. —le preguntó aquel hombre de saco blanco, pantalón negro, y anteojos. 

—De Santiago del Estero, —le dijo Federica con una luminosa sonrisa y sus enormes ojos negros, encontrando en aquel señor alguien con quien poder hablar.

—Santiagueña, la señorita —le dijo el mozo— yo soy Mendocino, pero vine aquí cuando tenía quince años, conocí a mi señora, y me quedé para siempre, se podría decir que soy porteño, pero pensamos cuando me jubile, irnos para los pagos, tengo un terreno y una vieja casa de mis padres.

—Que bien, ¿le resultó fácil acomodarse aquí? —le preguntó intrigada Federica.

—Al principio fue muy difícil; muy difícil, pero tuve suerte y encontré buenos patrones, y también muy buena gente que me aconsejaron bien, y poco a poco fui encontrándole la vuelta a Buenos Aires, pero eran otros tiempos, ahora es más difícil, no deseo asustarla, pero para una joven sola  la cosa se complica, vaya paso a paso y con cuidado, y cuando lo necesite, pregunteme, me llamo Antonio, con gusto la ayudaré ¿Que va a desayunar señorita?.

Antes de solicitar el pedido, Federica le preguntó al mozo si podía decirle dónde encontrar trabajo. Y entonces el señor le dijo que a cuatro cuadras de allí había una agencia de empleo, cuyos dueños eran un matrimonio mayor, que eran buena gente, y que él conocía, que preguntara por Pedro departe de Antonio. Después de desayunar Federico se dirigió al lugar. Era una oficina que daba a la calle, cuando entró pudo ver dos escritorios repletos de pilas de expedientes, cada uno tenía una computadora en las cuales estaban sumergidos en sus pantallas dos personas, un hombre y una mujer, ambos de pelo blanco y anteojos.

Federica tosio un poco para que le prestaran atención y entonces el hombre, levantó su vista de la pantalla y sin prestarle casi atención extendió su brazo para alcanzarle una hoja a Federica, diciendo:

—Llene el formulario, y déjelo sobre esa mesa.

Federica después de tomar esa hoja, se animó y dijo:

—Vengo de parte del señor Antonio.

—Cuando la pareja escuchó ese nombre, ambos levantaron su vista de la computadora y observaron detenidamente a la joven. Entonces el señor, tomó otro papel y se lo alcanzó. Después la señora le dijo.

—Ponte cómoda en esa silla y cuando termines hablamos.

Los dos formularios que completó Federica, le solicitaban, el primero, una serie de informaciones, como ser: su nombre y apellido, dirección, si sabía idiomas, empleos anteriores etc, pero el segundo papel era distinto a lo frecuente, solo decía que escribiera una breve historia inventada. A Federica le llamó la atención, pero así serían las cosas aquí, por lo cual se abocó a realizar lo que le pedían y esta fue la historia que escribió:


Un día en mi casa:


Cuando por las mañanas salía rumbo a la escuela, me saludaban las cabras y las gallinas, el aire de las sierras llenaba mis pulmones de ese aroma de las flores silvestres multicolores más hermosas del mundo… Miles de mariposas amarillas me rodean, a lo lejos veo a mi madre tendiendo sábanas blancas bajo el sol brillante y a mi padre trabajando en el campo, Cuando cruzo el arroyo caminando descalza, el sonido de su agua cristalina y fría deslizándose por entre las piedras me acompaña. Ráfagas de viento mueven mis trenzas. Al llegar al camino, comienzo a descender mientras observo el valle tapizado de árboles y en un enorme claro, allí está mi escuela con sus paredes blancas. Doña Aurora, mi maestra, sale al patio a tocar la campana, ya es hora de la clase. Mis compañeros llegan a pie caminando largas distancias o a lomo de burro, pero jamás faltan.

Cuando regreso, veo a mi casa con el humo blanco que sale de la cocina, señal que seguramente mi madre hizo pasteles, o torta. 

Bajo la galería nos sentamos con mis hermanos y mis padres para compartir la exquisita merienda. 

Yo les cuento que la maestra dice que en Buenos Aires existe un edificio que es más alto que el cerro, mis hermanos me miran asombrados. Mi padre siempre me dice que algún día iremos a conocer eso… pero ese día nunca llegó.

Siempre fui feliz en mi casa, pero por fin,  después de mucho tiempo me animé a venir a Buenos Aires, porque quiero ser arquitecta y poder poner un piso brillante en mi casa, para que mi mamá disfrute limpiandolo.


Federica


Cuando Federica terminó de escribir aquella historia y completar el formulario, se lo entregó al señor y este se lo entregó a la señora. Esta, después de leer detenidamente aquello. Miró a los ojos a Federica y le dijo que esperara un momento; después tomó el teléfono y llamó a alguien y esto dijo al comunicarse. 

—Hola, señorita Alicia, si, habla Nora, si, si, era para decirle que encontré lo que usted buscaba…¿cuando le digo que vaya?, bien, muy bien. —La señora después de colgar miro a Federica y le dijo— Creo que has tenido suerte hoy querida, mañana ve a esta dirección y pide hablar con la señorita Alicia, entregale esta carta, en mano, no te olvides, esto es muy importante. 


Continuará 







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jueves, febrero 08, 2024

LA APUESTA

    



   Existen historias las cuales se pueden clasificar dentro de  diferentes situaciones, como ser: divertidas, extrañas, misteriosas, incluso desagradables; pero esta que deseo contarles, yo la ubicaría en el tipo de cosas que jamás deberían ocurrir, o desgraciadamente injusta, si es que realmente ocurrió como a mí me la contó un tío… por el cual no pondría las manos en el fuego por la veracidad de sus historias; la misma trata de tres jóvenes realizando una apuesta solo por considerarla divertida.

La ubicación geográfica y de tiempo, fue en un pueblo de Inglaterra durante la época Victoriana. Los nombres y edades  de los tres protagonistas eran Walther 22 años, Freddie 25 años, y Ludvik 27 años. 

Los tres amigos se encontraban tomando whisky en la taberna del pueblo en una noche de invierno, charlaban sobre una dama muy famosa por ser una mujer muy atractiva y de fortuna, por haberse casado con un poderoso comerciante varias décadas mayor. De lo único que estaban seguros estos muchachos es que jamás serían de fortuna, porque los tres trabajaban como descargadores de cajones de pescado en el puerto. 

—La única forma de volvernos ricos estimados amigos, es contrayendo matrimonio con una dama de la alta sociedad, y después, poder comprarnos nuestro propio barco, y de ese modo fundar una empresa pesquera. —les decía Walther a sus dos amigos, mientras colmaba las tres copas con whisky.

—El primer problema por resolver para concretar tu plan estimadisimo Walther, es que alguien pueda quitarte de tus ropas ese olor nauseabundo a pescado podrido que se siente desde una milla de distancia — le respondió Freddie tomando de un solo trago el contenido de su copa.

—El otro inconveniente —dijo Ludvik con cara de burla mientras encendía su pipa—, es tu cara de niño, a las mujeres les gusta más los hombres, con cara de hombres; por lo cual, tus posibilidades a lograr tales objetivos es absolutamente nula.

—Miren quien habla, les respondió Walther —molesto por los comentarios jocosos de sus amigos—, yo puedo cargar tres cajones sobre mi hombro y ustedes no más de uno, parecen dos mujeres.

—Lo que ocurre —dijo Freddie, entendiendo que su amigo siempre mordía el anzuelo, y cuanto más se molestaba más gracia les causaba —, es que nos pagan a todos por igual tanto para cargar uno o tres cajones, por lo cual, tu eres un niño tontolon, que haces el esfuerzo por nosotros, sin recibir nada a cambio.

Cuando Ludvik observó la cara roja de rabia de su pequeño amigo Walther, no pudo aguantar y se rió a carcajadas, también Freddie estalló de risa.

Walther como siempre ocurría, los insultaba con todos los epítetos que conocía, de pie y con sus puños cerrados apoyados sobre la mesa, esto más gracia les  causaba a sus dos compañeros.

—¡Cuando sea rico bellacos, me verán pasar en una carroza de oro,  acompañado por una duquesa hermosa; y yo les arrojaré un penique, porque ustedes solo serán unos pordioseros malolientes!.

Esos arrebatos de furia de Walther, hacía que sus dos amigos se descostillaran más aún de risa. La técnica era siempre la misma, buscaban otro tema de conversación para distraerlo, y después que su joven compañero se le pasara la ofuscación, buscaban otra cosa para burlarse. 

Ludvik, después de guiñerle un ojo a su amigo Freddie, sin que Walther se diera cuenta, comenzó con otra historia. 

—Ayer me encontré con el herrero, y me comentó algo que me dejó de una sola pieza.

 —¿Qué te comentó? —le preguntó Freddie, simulando cara de intriga, sabiendo que se preparaba el terreno para otra broma a su pequeño amigo.

—Me dijo que en el camposanto de la abadía abandonada vio a un fantasma salir de una tumba; era una mujer que no tenía cara; con una mortaja tan blanca como la misma luna llena. —Después de decir esto, Ludvik, comenzó a cargar su pipa con tabaco para esperar alguna reacción de Walther.

—Yo no creo en fantasmas, —dijo Walther para después terminar su copa de un sorbo y depositarla sobre la mesa con un golpe.

—Yo no iría a un cementerio abandonado de noche ni por una bolsa de oro. —dijo Freddie, para ir llevando a su pequeño amigo Walther, al terreno que ellos pretendían. 

—Yo tampoco, —afirmó Ludvik—, solo para arriesgarme a un susto innecesario, no le veo la gracia. 

La sutil trampa estaba tendida y su inocente amigo Walther, cayó en ella. 

—Lo que ocurre es que ustedes son unos cobardes, yo en cambio no le tengo miedo ni a los cementerios, ni a los fantasmas, puedo ir solo si lo quisiera y pasar la noche allí durmiendo plácidamente. —Walther creyó que había encontrado el talón de Aquiles de sus amigos, que acostumbraban a burlarse y reírse de él. 

—Si eres tan valiente —le dijo Freddie a su pequeño amigo, blanco de sus chistes pesados—, te apuesto la mitad de mi jornal de una semana que no eres capaz de ir solo de noche a ese tenebroso lugar.

—Yo te apuesto otro tanto, si eres capaz de ir allí y clavar una estaca en una de esas fantasmagóricas tumbas, a las doce de la noche —redobló Ludvik, pergeñando alguna situación que enfureciera como siempre a Walther.

—Trato hecho, jamás he tenido la oportunidad de conseguir el jornal de una semana con tanta facilidad, gracias a dos cobardes grandulones. —dijo Walther sonriendo con soberbia, tratando de poder humillar por fin a sus dos amigos.

La apuesta se llevaría a cabo al día siguiente. El cementerio de la abadía abandonada era una lugar realmente tenebroso, los parroquianos no pasaban por allí ni siquiera de día, hasta los árboles que estaban desnudos por el invierno parecían espectros retorcidos suplicando clemencia. 

Esa noche había viento y la luna no alcanzaba a iluminar por las nubes que la cubrían. La abadía estaba rodeada por un grueso cerco de piedras el cual era demasiado alto para saltarlo, solo se podía ingresar al lugar escalando el portón principal de hierro, cerrado con un candado y una cadena muy gruesa, para después poder saltar hacia dentro, con la precaución de no quedar enganchado por las afiladas púas oxidadas que lo coronaban. 

Para llegar al cementerio había que rodear al antiguo templo semi destruido, el cual había sido invadido por una enredadera de la que solo se observaba una maraña de ramas que trepaban hasta la torre principal.

Los tres amigos se encontraron a la hora fijada, cada uno llevaba un farol, y tenían preparada la maza y una gruesa estaca de madera. Curiosamente, quizás por el lugar, la hora, el viento, o el frío, tanto a Freddie como a Ludvik, está broma que pretendían llevar a cabo para molestar a su pequeño amigo, no les estaba resultando muy agradable.

— En realidad —le dijo Ludvik a Walther—, no creo necesario que tengas que demostrarnos que eres valiente, sabemos que lo eres estimado amigo, el solo hecho de haber venido hasta aquí, es suficiente para considerarte el ganador, de mi parte estoy satisfecho, ¿qué opinas Freddie?, mejor nos vamos a compartir unas exquisitas cervezas las cuales se encuentran ya pagas para nuestro valiente camarada.

Freddie no dudó en acompañar la propuesta, no valía la pena estar allí, en ese lugar que no le hacía nada de gracia.

Pero el pequeño Walther, tenía otra opinión al respecto y deseaba cumplir con la apuesta. Para trepar por el portón se quitó su capa, y después sus dos amigos se la pasaron entre los barrotes junto con el farol, la maza y la estaca. Sus dos amigos lo vieron perderse por detrás de los muros de la abadía; al cabo de unos minutos escucharon nítidamente los golpes que su amigo aplicaba a la estaca, pero después que los golpes cesaron; escucharon un grito aterrador de su pequeño amigo Walther que hizo que se les helara la sangre; en un primer momento pensaron que su joven amigo les había jugado una broma a ellos, y una vez logrado su objetivo, aparecería sonriente para decirles que eran un par de cobardes; pero eso no ocurrió. Después de un rato, al comprobar que no regresaba, decidieron ir a ver. Cuando se acercaron al sector de las tumbas, el farol de Walther les indicó el lugar donde estaba. Lo que vieron y comprobaron quedó grabado a fuego en sus mentes para el resto de sus vidas.

Walther estaba allí tendido, muerto; por el apuro del compromiso, había clavado la estaca junto con su capa al suelo; al querer retirarse de allí tan rápido como pudiera; sintió que alguien lo sujetaba por detrás; el destino, su corazón, y una desafortunada apuesta; quiso retenerlo allí para siempre.