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lunes, septiembre 14, 2026

UN ERROR INVOLUNTARIO


La vi caer.

Estaba en una rama muy alta,

plena, libre.

Cuando su cuerpo golpeó contra el suelo,

 comprendí el error.


Corrí a buscarla:

de su pecho brotaba sangre,

ya no había remedio.

La tomé entre mis manos y todavía pude sentir 

el calor de la vida.


Yo fui el culpable.

Yo le arrebaté su bella existencia.

¿Por qué tuve que acertar?

No arrojé esa piedra para matarla.

¿Por qué yo?


Aún hoy, siendo grande,

la sigo viendo caer:

sin vida, sin remedio.


Pobre paloma…

pobre niño.




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jueves, septiembre 10, 2026

EL ACCIDENTE

«Nuestra posedora Tierra es una solitaria mota en la gran penumbra cósmica circundante»

CARL SAGAN  (1934 - 1996) 

La devastadora guerra del año 2100 dejó a la Tierra con niveles altísimos de radiación. En muchos países las ciudades quedaron abandonadas e irrecuperables, y la población mundial se redujo a la mitad. La reconstrucción del planeta llevaría décadas.

​Uno de los programas que se reanudaron por considerarse indispensables fue la limpieza de las miles de toneladas de chatarra espacial en desuso que orbitaban la Tierra. Estos desechos representan un alto riesgo al reingresar a la superficie, un peligro que se multiplicaba por la presencia de decenas de satélites equipados con bombas nucleares.

​La misión duraría quince días. A diferencia de las anteriores, ejecutadas por naves pilotadas por inteligencia artificial, esta vez sería tripulada por dos astronautas que, además de calibrar equipos, debían realizar investigaciones de laboratorio.

​El antiguo sistema de tarifas orbitales había fracasado. La acumulación de objetos en la órbita baja era tal que los accidentes durante los nuevos lanzamientos se habían vuelto cotidianos. Como solución, se ideó un ingenioso sistema de recolección: una red magnética que, a modo de telaraña, atrapaba los desechos. Al alcanzar la posición adecuada, la red los liberaba simultáneamente para hacerlos caer sobre un punto controlado del océano, sin peligro para las zonas habitadas.

​—Después de esta misión me tomaré vacaciones. Tengo planeado ir con mi familia a Bariloche —dijo el capitán Brister mientras sujetaba una pequeña herramienta que flotaba a su lado.

​—¿A Bariloche? ¿Dónde queda eso? —preguntó el teniente Loft, al tiempo que abría un contenedor transparente con plantas verdes de flores amarillas.

​—Es un lugar maravilloso y único en el sur de América. No está contaminado y tiene unos lagos de agua cristalina que parecen de otro planeta —respondió el capitán.

​—Qué suerte la suya, capitán. A mí todavía me quedan dos misiones largas y aburridas: una a la Luna y otra a Marte.

​Apenas el teniente terminó de hablar, se escuchó un golpe seco seguido del grito del capitán. Brister se sujetaba el brazo izquierdo, del que brotaba sangre que se expandía por la cabina en grandes esferas rojas flotantes.

​—¡Nos impactó algo! —gritó el teniente, intentando auxiliarlo.



​Para atender la herida era necesario retirar la parte superior del traje, una tarea compleja en esas condiciones. Al lograrlo, descubrió un corte enorme por la que manaba sangre en abundancia. En ese instante comenzó a sonar la alarma de despresurización: la cápsula perdía oxígeno a gran velocidad y el capitán se había desvanecido.

​Loft actuó con rapidez: le colocó a Brister la máscara auxiliar de oxígeno, se puso la suya y aplicó un torniquete en el brazo afectado. Al detener la hemorragia, cubrió la zona con compresas de algodón y vendas.

​El impacto había sido provocado por un meteoroide de no más de dos centímetros de diámetro. Estas rocas se desplazan por el espacio a velocidades superiores a los 160.000 kilómetros por hora, capaces de infligir daños severos incluso a una nave tan sofisticada. Aunque era pronto para evaluar la totalidad de los daños, a simple vista solo se observaban dos pequeños orificios en el fuselaje —uno de entrada y otro de salida— y la grave lesión del capitán.

​Una vez estabilizada la hemorragia, el teniente selló las perforaciones de la nave para restablecer los niveles de oxígeno. Con la situación bajo control, se comunicó con la base para informar de lo sucedido y solicitar instrucciones. La orden fue inmediata: abortar la misión y esperar las coordenadas para el descenso de emergencia.

​Tras verificar que los sistemas funcionaban correctamente, Loft volvió a mirar al capitán y se sobresaltó. Sobre la piel herida de Brister había brotado una especie de musgo verde. El teniente contempló una posibilidad remota pero real: una contaminación biológica extraterrestre transportada por el meteoroide. Tomó una muestra y la colocó bajo el microscopio; la estructura se asemejaba a la de un hongo terrestre, pero con un ritmo de reproducción asombrosamente veloz.

​Intentó destruirlo con alcohol, sin ningún resultado. Al examinar de nuevo al capitán, descubrió que en cuestión de minutos el musgo había cubierto todo el brazo. El pánico aumentó al notar que la sustancia también se extendía por las paredes de la nave, alrededor de las perforaciones.

​Decidió colocar una pequeña muestra en la bomba de vacío y obtuvo respuesta: el musgo se contrajo. Sin embargo, en cuanto volvió a inyectar oxígeno, el hongo cubrió la superficie del recipiente en pocos segundos. Evidentemente, el organismo se alimentaba de oxígeno.

​Al revisar otra vez el brazo de Brister, probó retirar esa gelatina verdosa de la piel, pero comprobó que el tejido cutáneo había desaparecido: el brazo estaba en carne viva. Desesperado, notó que el capitán continuaba inconsciente y con una fiebre abrasadora. El hongo avanzaba hacia el hombro y el cuello, mientras que en las paredes se filtraba entre los cables y los paneles de control.

​El teniente sopesó alternativas. Si cortaba el suministro de oxígeno de la nave y se ponían los trajes, no podría contener el avance de la infección en el cuerpo del capitán. Mientras evaluaba las opciones, Brister comenzó a convulsionar y entró en paro cardíaco. Loft le realizó maniobras de reanimación cardiopulmonar durante varios minutos, pero fue inútil.

​Agotado y dolorido, bajó los brazos. Un ardor intenso en la mano derecha lo alertó: el hongo se le había adherido.

​Intentó retirarlo con una gasa, pero al desprenderse, la piel cedía y la sangre brotaba. Cuando logró remover la gelatina verde, la mano le quedó en carne viva. Con un dolor insoportable, abrió el botiquín, se inyectó morfina y se vendó la herida.

​Haciendo un gran esfuerzo, se colocó el traje espacial. Despresurizó la cabina y cortó el oxígeno. De inmediato, vio cómo la mancha verde y espesa que cubría gran parte del instrumental y el cuerpo del capitán se contraía hasta desaparecer. El rostro de Brister presentaba un aspecto aterrador. Para evitar que el extraño hongo volviera a propagarse por el interior, Loft le dejó puesto el traje al cadáver; al ser completamente hermético, la amenaza quedaba contenida en su interior.

​Desde la base le enviaron las instrucciones para descender en una plataforma de la antigua y desmantelada NASA.

​Tras el aterrizaje, un equipo de descontaminación desinfectó el exterior y el interior de la nave. El teniente fue trasladado a un área de aislamiento durante siete días, mientras que el cuerpo del capitán Brister fue retirado dentro de su traje para ser cremado.

​A pesar del rigor de los protocolos de limpieza, un detalle pasó desapercibido. Durante el descenso, la nave debió atravesar una densa capa de nubes bajo condiciones meteorológicas adversas. Aún contaminada en su superficie externa, la estructura rozó la masa nubosa.

​Un viento cálido del sur arrastró la nubosidad a lo largo de varios kilómetros hasta cruzar un frente frío. Poco después, una lluvia intensa empapó campos cultivados de girasol. En los diez días posteriores al aterrizaje, miles de hectáreas quedaron infectadas por el hongo verde. La plaga se extendió por pueblos y ciudades, dejando a su paso terror y muerte, hasta alcanzar el océano y teñir también sus aguas.



​En veinte años, el hongo verde consumió todo el oxígeno de la Tierra. Un año después, extinguido su alimento, el organismo desapareció por completo, dejando tras de sí un planeta inerte, seco y gris.


FIN DE ESTA HISTORIA

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CARL SAGAN


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lunes, septiembre 07, 2026

SERES DE OTRO MUNDO

 

         Cuando Alejandro llegó al rancho con su familia, como lo hacía todos los fines de semana, se preocupó al no ver a Teseo. Después encontró sobre la mesa su carta, que decía esto:

«Querido Alejandro, te dejo esta carta a modo de testamento por si alguien del pueblo te pregunta por este viejo solitario, solo para que se enteren de lo que dejo aquí en esta tierra. 

Mi nombre es Teseo. Vivo en la Puna, solo, lo cual no es fácil; quizás lo más difícil es soportar las largas noches escuchando el silencio.

En dos oportunidades quise radicarme en el pueblo, pero no es para mí: prefiero la soledad. No sé por qué, pero en algún momento de mi juventud, después de que fallecieron mis padres, conocí a una mujer que no quiso compartir mi vida y, después de ese dolor del alma, preferí vivir solo.

Ya soy grande. Tengo ochenta años, una radio para escuchar música y, cada quince días, vos me traés noticias del pueblo, el dinero de mi jubilación y algunos víveres: cigarrillos, yerba, fósforos y pilas.

Me acompaña mi perro Sultán, que no es muy grande: tiene el pelo corto y negro y sus orejas son desproporcionadas. Es feo, pobre, pero yo lo aprecio. Compartimos el calor del fuego, las noches frías, el agua y las galletas marineras. Con su mirada mansa parece que me quiere decir algo, pero por cortesía no lo dice.



El rancho en el que vivo tiene todo lo que necesito. La leñera siempre está a mano y la mantengo repleta de troncos secos; el hogar me lo construyó un forastero inglés —le hizo un pulmón y funciona de maravilla—. En él suelo hacer churrascos, papas fritas o huevos, que acompaño con alguna hoja verde de mi huerta… Uno o dos vasos de vino nunca faltan y, en la sobremesa, escucho la radio mientras fumo. Tengo un pequeño depósito sin ventanas en el que maduran los quesos de cabra, los cuales vos me vendés —has sido el único y mejor socio de toda mi vida—.

El mayor lujo que tengo es un arroyo que trae de la montaña agua cristalina; solo debo caminar cincuenta metros y acarreo todo lo que necesito. He fabricado un carro con cuatro ruedas de carretilla que me facilita la tarea: con dos viajes tengo para todo el día.

El mayor placer lo disfruto observando el amanecer y esas noches majestuosas de cielo estrellado, en total silencio, tomando mate y fumando.




Mi día de labor comienza atendiendo a mis diez cabras: les abro el corral y las dejo libres después de ordeñarlas, limpio su lugar y lleno con agua el bebedero. Le sigue el turno al gallinero: retiro los huevos y les doy agua y maíz a las gallinas. Cuando me quiero acordar, el sol está alto; entonces hago un descanso: caliento agua y me cebo unos mates a los que acompaño con galleta y queso, siempre sentado a la sombra del alero de mi rancho, desde el cual puedo ver todo el valle y el camino de ripio que va al pueblo, el cual parece una cinta plateada que baja zigzagueante.

Si el sol no está muy fuerte, atiendo la quinta y cosecho alguna verdura de hoja, unas papas y zanahorias para el almuerzo.

Después de comer, me fumo un cigarrillo para después recostarme a escuchar las noticias en la radio sobre mi catre, hasta que me duermo.

Solo tengo sexto grado, pero tuve la suerte de tener una maestra que fue para mí una segunda madre; gracias a ella aprendí a leer y escribir. Hoy disfruto de ese universo luminoso que encierran los libros. Disfruto cuando me los alcanzás de la biblioteca del pueblo y, después de leerlos, los comentamos.

Vos sos más joven que yo, sos un muy buen muchacho y tenés una familia maravillosa; tus dos hijos chicos, la nena y el nene, son buenos como sus padres. Sos un ejemplo, Alejandro.

Me río solo cuando tus hijos me dicen abuelo y yo les contesto, haciéndome el enojado: —¡Qué abuelo ni qué abuelo, hijos de una gran siete! ¡Yo no soy su abuelo ni lo seré nunca, por suerte!

Después vienen corriendo y me abrazan riendo para reafirmar que soy su abuelo, y me hacen cosquillas.

Como bien sabés, ustedes son mi familia, y una mención aparte es tu mujer, Laura. Has elegido bien, cuídense mucho. Decile que voy a extrañar sus deliciosos pasteles.

Como podés ver, soy un hombre que vive bien, con muy poco; a mi edad, a diferencia de los jóvenes, el mundo se achica y ya no pretendemos conquistarlo: con que nos permitan ocupar nuestro lugar por un tiempo más es suficiente.

Después de toda esta lata, te cuento lo que me ocurrió. (de antemano te digo que los chismosos del pueblo no lo creerán) Por lo cual podes decirle con mi autorización que he pasado a mejor vida.

Una mañana de septiembre, estaba distraído tomando mate con mi mirada perdida, cuando algo me hizo prestar atención. Por el camino venía alguien caminando, no podias ser vos a esa hora; a medida que se aproximaba pude comprobar que era una mujer. Cuando estuvo cerca, mi vista no se equivocó: era una chica delgada de unos quince años, con un vestido floreado, alpargatas y un saquito de hilo claro, con una gruesa trenza en su pelo negro, y llevaba una pequeña mochila en su espalda. Al pararse frente a mí, lo que más me llamó la atención fue su expresión y su mirada. Solo esbozó una sonrisa, y me dijo:

—Vengo de lejos y necesito hospedarme solo por unos días, ¿tendría usted un lugar en su casa para mí? No deseo molestarlo.

—Esto no es una pensión, querida —le dije—, solo puedo ofrecer un lugar frente al fuego, nada más.

—Para mí es suficiente, y le pagaría si puedo compartir el desayuno, el almuerzo y la cena.

Después de decirme esto, se quedó mirándome y no puedo explicarlo, pero en sus ojos negros pude ver a un ser mucho más inteligente que yo, a pesar de ser tan joven. Esa semana junto a esa chica fue una experiencia extraña: para empezar, parecía que se podía comunicar con Sultán; por las noches le sostenía la cabeza y lo miraba fijo a los ojos; Sultán movía la cola de forma acompasada como si estuviera charlando, se quedaban así por más de una hora antes de la cena, y después Ana —así se llamaba— compartía un poco de comida que le daba con la mano. La primera vez que le mostré a Ana el corral, mis cabras, a pesar de tener la tranquera abierta, no salían, y fue necesario que ella les hiciera una señal con su mano para que se decidieran.




Debo decir que Ana no era comunicativa; una vez me dijo que estudiaba Ciencias Naturales. Después del desayuno iba a buscar por el campo bichos raros y flores silvestres, y muchas veces no regresaba hasta el atardecer.

Después de cenar nos quedábamos charlando frente al fuego, y ella me preguntaba más cosas a mí que yo a ella.

Una noche salimos a contemplar el cielo y me indicó con el dedo un lugar; yo pensé que me mostraba las Tres Marías. Cuando le dije, por primera vez se rio con ganas; después se puso seria y repitió pausadamente:

—«Las Tres Marías»… qué lindo nombre.

En nuestras charlas hablábamos de animales, plantas, del tiempo, del agua, de bichos. Una noche me preguntó si me acordaba.

—¿De qué? —le pregunté, y se quedó mirándome con esa mirada intensa e inexpugnable.

Esa última tarde me dijo que se tenía que ir, pero antes quería decirme algo. Cuando me habló por última vez, su cara y su tono de voz me parecieron de una persona muy mayor.

—Teseo, debo decirte algo que quizás no entiendas, pero mi obligación es hacerlo: yo provengo de un lugar muy lejano en el cielo, tan lejano que no se puede medir. Mi pueblo estuvo a punto de extinguirse por seres de otro mundo; para evitarlo, enviamos a otros lugares del universo a niños muy chicos y los dejamos al cuidado de familias buenas. Tú eres uno de esos miles de chicos. Que no lo recuerdes es algo normal, pero esa es la verdad. Por esta razón tengo que decirte que tienes la posibilidad de regresar conmigo a tu primitivo lugar, allí te podrás reencontrar con tu verdadera familia.

Cuando terminó de decirme todo eso, se quedó callada y mirándome con esa mirada que no era de una niña: era de alguien adulto… yo diría, una experiencia de miles de años. Me animé a preguntarle su edad y esto me dijo:

—Mi edad es de doscientos cincuenta y tres años terrestres, soy bastante más grande que tú. Esto es todo lo que tengo para decirte. Si decides venir, solo debes salir por la noche, mirar a lo que tú llamas Las Tres Marías e invocarme, nada más.

Después de decirme todo esto, Ana me dio un beso en la mejilla, se colocó su mochila y se fue; cuando la seguí con la vista, de pronto desapareció.

Querido Alejandro: después de pensarlo mucho, me dije que ya estaba grande y que una última aventura no me vendría mal; por esto te dejo todas mis pertenencias, con excepción de Sultán, que me permiten llevarlo. No es posible regresar, me lo advirtieron más de una vez, por lo cual te extrañaré mucho, mi amigo; y dile a tus hijos que su abuelo se fue de viaje.

Espero que tu vida junto a tu familia sea muy feliz y luminosa; si me permiten darte una mano, lo haré, no lo dudes. Bueno, no tengo otra cosa que decirte, me vendrán a buscar esta noche. Cuida bien de mis cabras y a las gallinas. En un mes más podrás vender los quesos; no despilfarres el dinero. La radio me la llevo, aunque no sé si conseguiré pilas.

Un gran abrazo, hijo.

Teseo»

FIN DE ESTA HISTORIA 


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JEAN GIONO

viernes, septiembre 04, 2026

EL AMIGO DEL VENDEDOR DE HUMO

 

         —Este proyecto, señor Gutiérrez, si usted lo analiza con cuidado, cambiará al mundo entero; es más, internet y muchas de sus aplicaciones quedarán obsoletas en cuanto la gente entienda este nuevo proceso de comunicación.



El señor Gutiérrez, después de hojear una vez más la voluminosa carpeta, sentado en aquel escritorio acorde con su cargo de gerente general de uno de los bancos privados más grandes de Argentina, y mirando sobre sus lentes a aquel pequeño hombre calvo sentado frente a él, dijo de forma contundente:

—Señor… señor…

—Edgardo García Iribarren —le recordó ese hombre.

—Sí, señor Iribarren —dijo el gerente, cerrando la carpeta—. Su idea me parece realmente ambiciosa, pero, lamentablemente, en la situación actual en la que se encuentra el país, nuestro banco no puede otorgar créditos a proyectos tan riesgosos. Lamento no poder serle útil.

Cuando García pretendió continuar exponiendo su proyecto para una última oportunidad, el gerente, sin más, se conectó por el intercomunicador y le dijo a su secretaria que acompañara al señor García a la salida. García tomó su carpeta y, sin saludar al gerente, se retiró del despacho, pero antes de irse le dijo al gerente casi gritando:

—¡Ustedes se lo pierden! 

Al salir a la calle, un viento frío golpeó su cara; después de levantarse la solapa del sobretodo, se dirigió a la parada del colectivo para ir al único lugar donde comprendían y animaban todos sus proyectos de negocios. El único obstáculo era siempre el mismo: sus dos amigos del bar llamado «El asturiano» tenían menos dinero que él.

—¿¡Qué hacés, García, todavía estás suelto!? —le gritó desde lejos con voz socarrona un hombre de impecable overol azul, que ostentaba un calibre de tornero en el bolsillo de su camisa.

García, después de mirar el salón y comprobar que solo había dos muchachos jugando al metegol y otros dos al billar, se acercó a la mesa frente a la ventana y se sentó frente a su amigo.

—¡Vos siempre, Julio, con esos chistes boludos! Un día voy a venir con alguien importante y me vas a hacer quedar como el culo —le dijo García enojado a aquel hombre, tirando la carpeta sobre la mesa.



—No te calientes, García, si no hay nadie… bueno, nadie importante. ¿Quién va a venir a este boliche de mala muerte? Te invito unas empanadas y cerveza, ¿querés?

—Bueno —aceptó García mirando por la ventana—. ¿Y Lucio?

—Lucio, desde que se peleó con su señora, no lo vi más. Tenía ganas de irse a Brasil —le dijo Julio, mientras levantaba su brazo indicando con sus dedos un café chico para que el mozo lo viera.

—¡¿A Brasil?!… Mirá qué bien. Espero que me devuelva la plata que le presté antes de irse —dijo García molesto.

—Lucio es un muchacho decente, vos lo conocés bien, pelado —lo tranquilizó Julio.

—Sí, yo también soy decente, pero ahora necesito la plata más que él —exclamó García con fastidio.

Julio, para cambiar de tema, agarró la carpeta y leyó el título principal, que decía: «Intercomunicación satelital, con base fija en la luna y 80 repetidoras flotantes en los océanos Pacífico, Atlántico y mar Mediterráneo».

—¡A la pelota, García, vos sí que no te andás con chiquitas! —dijo Julio con voz retórica.

García, sacándole la carpeta de las manos, le dijo a su amigo mirándolo con aire de superioridad:

—Si puedo encontrar el inversor que necesito, este proyecto no me puede fallar. Tengo todo previsto, incluida la base lunar.

—¿En serio, García? ¿Y cómo harías?

—Conseguí un contacto de un tipo que tiene un pariente que trabaja en la NASA, y en cuanto salga otra misión lunar me dejan lugar para enviar el aparato y dejarlo allá; después, solo me resta organizar las repetidoras flotantes. Te digo, Julio, que si esto me sale, me lleno de guita —le contó García a su amigo con cara de entusiasmo.

—Pero, García, ¿vos sabés algo de aparatos de telecomunicaciones, de repetidoras flotantes, de viajes a la luna? —le preguntó Julio después de terminar su café.

—No —le dijo García tajante.

—¿Y entonces? —le dijo con curiosidad su amigo con cara de asombro.

—Yo soy empresario, Julio, lo mío son los negocios a gran escala, ¿entendés?

—Sí, te entiendo, campeón. ¿Querés que te diga algo? Vos estás más loco que una cabra —le dijo su amigo mientras llamaba al mozo.

—Vos reíte, Julio. Cuando me salga esto, me vas a ver pasar por acá con un Mercedes Benz descapotable, cero kilómetro, ya vas a ver —le dijo García pidiendo otro café al mozo.

—Fenómeno, pelado. Cuando tengas el Mercedes, traelo al taller que yo te hago el service. —Cuando Julio terminó de decir esto, sonó su teléfono—. Hola, Don Antonio, ¿cómo está usted? —dijo Julio tapando con su mano el celular para que no se escuchara el sonido de fondo del metegol—. Ya tengo terminadas las dos camionetas y el camión va a estar para el viernes… porque no me están entregando un repuesto, pero calculo que antes de las cinco se lo llevo yo a la fábrica; perfecto, perfecto, de paso me traigo el auto… De acuerdo. Ah, me olvidaba, Don Antonio: si el viernes me puede dejar unos pesos, se lo agradecería… ¡Bárbaro, excelente, Don Antonio, nos vemos! —Cuando Julio colgó, se quedó mirando a García, y este le dijo:

—¿Cuánto tiempo hace que trabajás para Don Antonio, Julio?

—Y… dejame pensar… Hace treinta años que me casé… sí… Y casi catorce años.

—¿Y nunca pensaste en agrandar el taller, buscar otros clientes, contratar más personal, qué sé yo, progresar? —le dijo García mirándolo fijo.

—¿Y para qué, pelado? Si así estoy bien. Don Antonio es un buen hombre, puntual con los pagos. ¿Para qué me voy a agrandar? Después, si contratás gente, se cansan y te meten un juicio que podés perder hasta la casa. Así estoy bien. Con Laura siempre nos arreglamos; en el verano nos vamos unos días a Santa Teresita, a la casa de mi suegro; somos felices, pelado. —García se quedó mirando a su amigo unos instantes y después le dijo:

—Sabés una cosa, Julio, hacés bien: los negocios no son para todos. —Después de decir esto, cuando iba a sacar la billetera, su amigo le dijo—: ¿Qué hacés, pelado? Yo te invité, la próxima pagás vos. 

García salió del bar con su carpeta debajo del brazo y comenzó a caminar para su casa, que estaba a cuatro cuadras. Cuando entró a su departamento, su señora, que se llamaba Nora, lo estaba esperando sentada en la mesa del comedor, rodeada de papeles, y su cara demostraba que no era uno de sus mejores días. Después de darle un beso, García se quitó el saco, lo acomodó en la silla y se sentó frente a ella.

—Por dónde querés que empiece —le dijo su mujer sin quitar los ojos de una factura de la luz.

—Sí, ya sé, la luz se fue por las nubes —le dijo García.

—La luz, el gas, la comida, las expensas, los impuestos, la prepaga, el transporte… Pero, ¿sabés una cosa? Todo esto no es nada… Hoy vino el de la inmobiliaria y alegremente me dijo que nuestro contrato de alquiler caduca a fin de mes, es decir, dentro de una semana, y para renovarlo tenemos que aceptar un aumento del ciento por ciento; es decir, de lo que estamos pagando, ahora pagaremos exactamente el doble. Cuando le dije que estaban locos, ¿sabés qué me dijo?… Me dijo: «Tómelo o déjelo». ¿¡Entendés!? ¡«Tómelo o déjelo»! —Nora terminó de decirle esto a su esposo, con sus ojos rojos y llorando.




—Pero, Nora, ¿cómo puede ser? Si hace diez años que les alquilamos y siempre fuimos puntuales, jamás les fallamos —le dijo García a su esposa, acongojado—. ¡Mañana voy a ir a hablar yo!

—No sé, Edgardo, no sé. Yo llegué a mi límite. Si vos no generás ingresos, con mi sueldo de la oficina no nos alcanza; tus negocios no se concretan, hace meses que no traés plata, ya no se trata de una mala racha.

—Solo necesito un poco de tiempo. Si consigo el inversor que necesito, nos salvamos, Nora, ¿me entendés? —le dijo García a su esposa tomándola de la mano, afligido.

—No, Edgardo, esa historia ya la conozco: siempre lo mismo, el inversor, el negocio, el permiso, el préstamo. Estoy cansada, Edgardo. Siempre te he querido, pero esta vez estoy abrumada. Estamos fundidos, Edgardo, ¡fundidos! —gritó Nora retirándose del comedor. 

Ella no tuvo más remedio que irse a vivir con su madre, y él, con su padre. Tras dos años de separación, Edgardo aún no podía con su genio: continuaba con sus ideas delirantes, pidiéndole dinero a su padre jubilado para financiar carpetas de negocios cada vez más inverosímiles y para cargar la tarjeta del transporte.

Una noche, mientras planchaba su camisa, su padre empezó a gritarle como si fuera un desconocido: el Alzheimer se desencadenó de pronto y fue fulminante. En el entierro, Edgardo se encontró con Nora, que estaba acompañada por un hombre; lamentablemente, su relación con ella se había terminado para siempre.

Cuando se agotaron los escasos ahorros que había dejado su padre, subsistir se convirtió en una situación muy difícil. La casa familiar no estaba en condiciones de alquilarse como para permitirle mudarse a una pensión y comer con ese dinero, por lo que debía encontrar otra solución. Para colmo, ya estaba retrasado el pago de las facturas de luz, de gas y de agua, sin hablar de los impuestos municipales.

Una mañana, al levantarse, fue a la cocina a prepararse el desayuno y, al abrir la heladera, vio que no quedaba nada; pensó en ir al bar, pero tampoco le quedaba ni un centavo.

Se dirigió al baño y, al mirarse en el espejo, vio el rostro de un hombre barbudo y acabado: era su propia cara. Entonces lloró amargamente frente a ese viejo cristal, que solo le devolvía la absoluta verdad de su existencia. 



Cuando Julio vio la cara y el aspecto de su amigo, no necesitó saber nada más.

—¿Qué hacés, pelado, tanto tiempo? ¿Ya no me das pelota? ¿Qué estás tramando, campeón? —le dijo aquel hombre, corpulento y rubio, algo bromista, pero con la condición de ser de esas personas que quizás sean humildes en ciertos actos, pero enormes para cuando es necesario.

—Estuve ocupado con lo del viejo, qué sé yo, me dejó un montón de deudas, pobre viejo.

—Che, vos sabés, hoy no almorcé. Mi señora se fue a pasear con unas amigas y yo para cocinar no sé ni hacerme un huevo frito. ¿Me acompañás con un sándwich y una cerveza, pelado?

—Bueno —dijo García, tratando de cambiar la cara y sabiendo que no había comido nada en todo el día—. Lo único, te aviso que me olvidé la billetera.

—Pero si el que invita soy yo, García, otro día pagás vos —dijo Julio llamando al mozo—. Te quería hablar de una cosa, pelado: en el taller estoy necesitando a una persona de confianza para ir a buscar los repuestos; como hay escasez, conseguirlos te lleva un tiempo precioso. ¿Conocés a alguien que se quiera encargar? Yo le pagaría un sueldo y la comida, pero tiene que ser de confianza porque, viste, no podés contratar a cualquiera; el vehículo y los gastos correrían por mi cuenta.

García conocía muy bien a su amigo y sabía que era incapaz de dejar a nadie de a pie, y también sabía que el taller solo contaba con un muchacho aprendiz a quien Julio le enseñaba como si fuera ese hijo que nunca tuvo.

—A qué hora voy, Julio —le dijo García a su amigo, sonriendo.




Cuando García entendió cómo trabajaba su amigo, se dio cuenta de muchas cosas. El taller de Julio parecía un laboratorio por lo limpio, todas las herramientas estaban en su lugar, y tanto su aprendiz como su amigo lucían un overol que parecía recién lavado; ambos trabajaban con guantes y anteojos de seguridad. Pero lo más sorprendente para García fue observar que tanto su amigo como su joven aprendiz trabajaban felices: el ambiente de trabajo en el taller de Julio era como estar en familia. 




Para el almuerzo, la señora de Julio colocaba un mantel blanco sobre una pequeña mesa debajo de la galería y almorzaban todos en un ambiente de cordialidad. Julio hablaba sobre temas de mecánica y también sobre asuntos de la vida, dirigidos a aquel joven que escuchaba con atención. García comprendió desde el primer día, que en ese taller no había lugar para él, porque no sabía distinguir una llave inglesa de una francesa; a los pocos meses, por fin, García encontró su vocación y su destino. 

Existen personas con talentos sobresalientes que desconocen su propio potencial. García poseía el arte supremo de los negocios: saber vender. La diferencia era que, antes, utilizaba su don para comercializar productos desastrosos nacidos de su imaginación. Sin embargo, cuando el destino lo vinculó a una empresa sólida como vendedor de su producto estrella, su poder de convicción se convirtió en un éxito rotundo. Esta vez la ecuación era perfecta: un producto confiable en manos de un vendedor extraordinario.


FIN DE ESTA HISTORIA


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martes, septiembre 01, 2026

LA PUERTA CERRADA

 «Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad» 


Albert Einstein (1879 - 1955)

          Durante toda su niñez, esa puerta siempre estuvo así. A fuerza de formar parte de la vida familiar, y a pesar de no ser una casa grande, Miguel siempre vio esa puerta del dormitorio al final del corredor; cerrada.

La cotidianidad de no utilizar esa habitación se convirtió en algo que no tenía importancia: no le molestaba ni le provocaba intriga. No obstante, aún se acordaba vagamente de la vez que le preguntó a su madre por ella, y ella solo le dio una respuesta muy simple:

—Te lo vamos a decir con tu padre cuando seas más grande; ahora olvídate de esa puerta y de esa habitación.




La vida de Miguel fue normal. El tiempo de su adolescencia lo distribuyó entre sus amigos, sus estudios y el deporte; le apasionaba el tenis. Luego apareció en su vida una chica, Laura, a quien conoció en la facultad y con la cual se casó. De este modo, dejó la casa familiar y se fue a vivir a un departamento en la capital. Cuando se recibieron de psicólogos, ambos abrieron un consultorio y no les iba mal: los primeros clientes conformes les trajeron más clientes, y él completaba un ingreso razonable yendo al hospital. Cuando decidieron tener hijos, algo se interpuso y no lograron el objetivo; fue entonces que decidieron realizar un viaje a Italia. Programaban visitar Roma, Florencia y Nápoles, pues deseaban recorrer esas ciudades con tiempo, sin el vértigo de las excursiones.

Cuando solo les faltaba una semana para la partida, el padre de Miguel sufrió un infarto y tuvo que ser hospitalizado, lo que hizo que suspendieran el viaje. Después de dos meses en terapia intensiva, lamentablemente murió.

La madre de Miguel era de salud delicada, por lo cual él no podía dejarla sola; junto a su esposa, decidieron mudarse a la casa familiar.

Al poco tiempo, su madre también enfermó por un ACV devastador. A pesar de poder atenderla en su casa, su calidad de vida era muy mala y no podía salir de su habitación.

Miguel dormía con su esposa en la habitación contigua. Una noche se despertó por unos golpes. Al ir a ver a su madre, la encontró acostada en su cama con el brazo extendido y una mirada de angustia; ya no podía hablar. Después de que Miguel la tranquilizó, su madre se quedó dormida. A la noche siguiente se repitieron los golpes y la misma situación. Durante cuatro días esto se repitió.

—Pareciera que necesita decirte algo —le dijo su esposa a Miguel, tomándolo de la mano.

La olvidada pregunta de cuando era niño se precipitó en su mente: «¿Madre, por qué esa puerta siempre está cerrada?».

De inmediato saltó de la cama y se dirigió a la habitación de su madre. Al abrir la puerta y encender la luz, ella lo estaba mirando con el brazo extendido, indicando la cómoda. Miguel buscó en todos los cajones y, en el fondo del último de ellos, sacó una pequeña caja de cartón; al abrirla, encontró una llave. Cuando le mostró el hallazgo a su madre, ella se distendió con una profunda exhalación de aire y entornó los ojos.

Miguel le dijo a su esposa que iría a abrir la puerta, pero que prefería ir solo.

Cuando la abrió, las bisagras chirriaron por la falta de uso, y el olor a encierro demostraba el tiempo transcurrido: años ocultando lo que allí había.




Al querer encender la luz, la lámpara no funcionó. Caminó a tientas hasta alcanzar la ventana y, cuando quiso correr las cortinas, estas estaban apolilladas y se cayeron al piso. Finalmente, la luz del exterior inundó la habitación.

Lo que vio Miguel no se lo esperaba; quedó perplejo. Sobre una de las paredes, una cuna de madera aún exhibía su color celeste bajo una capa de polvo. El empapelado de las paredes, o lo que quedaba de él, tenía motivos de juguetes: trencitos y autos. De la lámpara colgaba un adorno de pajaritos y estrellas de papel sostenidas por hilos, balanceándose por la brisa de aire fresco que ingresaba por la ventana abierta. Sin duda, todo lo que allí había, alguien lo había dejado para congelarlo en un momento del tiempo.

Miguel llamó a su esposa para tratar de entender. Cuando Laura entró, quedó tan sorprendida como él. Frente a la cuna había una cómoda; al abrir uno de sus cajones, Laura descubrió que estaba repleto de ropa de bebé color celeste.

Ambos se miraron sin terminar de comprender.

—No recuerdo haber tenido hermanos, siempre me trataron como hijo único —dijo Miguel mirando a su esposa con asombro, entendiendo además que ya no tenía posibilidades de obtener una respuesta por parte de su madre.

Pero faltaba lo esencial: cuando Laura se acercó a la cuna, algo le llamó la atención. Sobre la almohada polvorienta, apoyado contra el respaldo, había un sobre. Laura lo tomó y se lo dio a su esposo. Miguel, acercándose a la luz de la ventana para ver mejor, sopló sobre él para quitarle la tierra y lo abrió. Cuando extrajo la carta, decía:




Querido hijo:

Si llegas a leer esta carta se debe a que, por algún motivo, no hemos podido hablarte en persona sobre este tema. Cuando termines de leerla, comprenderás por qué no podíamos decírtelo antes.

Al año de casados esperábamos un hijo. Cuando nació, le pusimos de nombre Miguel, como a ti. Era un sol y lo amábamos con todo nuestro corazón, como a vos. Después del parto, los médicos nos dijeron que no podríamos volver a tener hijos; esto al principio no nos preocupó demasiado, pero ocurrió lo que no imaginábamos: lamentablemente, cuando solo tenía un año de vida, nuestro único hijo enfermó de pulmonía y los médicos nada pudieron hacer. Quedamos destruidos, ya no podíamos continuar con nuestras vidas.

Un amigo de tu padre, al vernos tan deprimidos, nos comentó sobre una posible solución, pero era algo legalmente prohibido. Lo meditamos muchísimo, pero por fin nos decidimos y lo hicimos a pesar de los riesgos. Fuimos muy egoístas, pero estábamos desesperados.

Tú eres un clon de nuestro primer hijo.

Esta carta la hemos escrito hoy, en tu primer año de vida; esperamos que, cuando la leas, tu vida hasta ese momento haya sido feliz.

Para nosotros, Miguel, tú fuiste y serás siempre nuestro único y primer hijo, y desde el primer día te hemos amado con todo nuestro corazón.

Con todo nuestro amor,

Tus padres.


FINAL DE ESTA HISTORIA 


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El director de Gattaca es el cineasta y guionista neozelandés Andrew Niccol.

Esta película supuso su debut como director de cine (1997). Además de dirigirme y escribir Gattaca, Niccol es ampliamente conocido por escribir el guion de El show de Truman (The Truman Show, 1998) y por dirigir otras películas de ciencia ficción y suspenso como El precio del mañana (In Time, 2011), El señor de la guerra (Lord of War, 2005) y S1m0ne (2002).