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miércoles, mayo 03, 2023

EL CARPINTERO DE NOTRE DAME

      A principios del invierno del año 1340 en París; la catedral de Notre Dame ya mostraba su figura deslumbrante e imponente. "Emmanuel", la campana mayor de trece mil kilos, llegaba al pie del campanario transportada sobre un carro tirado por cuatro caballos que chapoteaban el barro por la lluvia del día anterior. 



—¡Gérard!, ¡Gérard!, despierta, ya es hora. —la madre del joven abre la ventana de la pequeña pieza para ventilar—; el sol aún no había despuntado, la mujer presurosa sabía que a su hijo, único sustento familiar, le esperaba un día arduo de trabajo. 

En la cocina sobre el fogón encendido una pesada olla calienta una sopa espesa cuyo aroma inunda ese ambiente de paredes ennegrecidas de hollín. 

El joven después de levantarse de su catre, se dirige al patio para lavarse, luego, cuando llega a la cocina, besa a su madre en la frente y se sienta frente a la rústica mesa de madera que construyó con sus propias manos.

Mientras su madre le sirve el desayuno, Gérard recuerda con una leve sonrisa el cuerpo de su novia Mirtha la noche anterior en el granero. 


—Ayer Mirtha me trajo huevos y jamón —le dijo su madre mientras colocaba una astilla de madera en el fuego—, no se porqué motivo me dijo que te cuide mucho —continuó la mujer con una sonrisa pícara mirándolo de reojo—.


—Ya te dije madre que cuando esté lista la catedral, me iniciare como cura, por lo cual no tienes de qué preocuparte, jamás te abandonaré —le dijo Gérard a su madre con voz pausada como consolandola; después de escucharlo la madre le dio un coscorrón en la cabeza diciendo:


—¡Mentiroso!, Dios te castigará. 


Ambos rieron. El joven después de colocarse su pulóver de lana de cuello alto y su gorra, se despidió de su madre y se dirigió a su trabajo. 

Gérard era carpintero y trabajaba en la obra de la catedral hacía ya cinco años. Cuando llegó, varios hombres como sombras negras, calentaban sus manos en fogatas, que despedían un humo espeso.

Gérard, ubicándose también frente al fuego reconfortante, observó la gran campana que ese mismo día sería izada para ubicarla en su posición definitiva; el maestro de obra le había encargado a él la realización del enorme andamio que soportaría el colosal peso, y coordinar la tarea de ese día. La estructura se había realizado en toda la altura en el interior de la torre sur; el joven tuvo que modificar todo este entramado de maderas para que la campana mayor pudiera pasar y ser izada por una enorme polea, cuya soga estaría amarrada a una yunta de bueyes controlados por varios hombres para lograr que todos los movimientos fueran lentos.

Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a calentar el aire de ese frío día, todos los hombres se prepararon para la principal tarea de la jornada. 

Gérard, después de bromear con alguno de ellos sobre la resistencia de su andamio, se concentró en aquella misión que como todo movimiento de elementos pesados posee sus riesgos. Con agilidad se trepó a la parte más alta de la torre junto a la polea, llevando unos rollos de soga por si surgía algún imprevisto; seis de sus compañeros se treparon por el andamio y se ubicaron en puntos estratégicos para observar que la mole de acero no chocará con ningún travesaño, lo cual causaría un desastre. Cuando los pesados animales comenzaron a moverse, la enorme campana comenzó a subir lentamente; toda la estructura crujió, pero para los ojos experimentados de Gérard todo estaba bien. 


—¡Vamos señoritas, apuren el trámite que hoy tengo una cita con mi novia!, —les gritó Gérard a todos aquellos rústicos hombres que rieron, porque sabían que Gérard conocía su trabajo muy bien, y confiaban en él—.


La pesada carga subía lentamente, cuando llegó a la altura de unos cuarenta metros, Gérard impartió una orden contundente:


—¡Deténgase señores!, —todos acataron la indicación de inmediato—; Gérard se ubicó en una posición que le permitiera ver si el borde de la campana podía pasar por un sector del andamio muy estrecho y obscuro, para lo cual encendió un farol y lo bajó hasta allí atado a una soga, después de comprobar que todo estaba bien, gritó a sus compañeros:


—¡Sigan muchachos!.


El último tramo que restaba era lo suficientemente amplio para que no existiera inconveniente, Gérard se sentía más distendido; cuando de pronto se escuchó el sonido característico de una madera que se quiebra; uno de los compañeros de Gérard que se encontraba en el sector más bajo gritó de inmediato:


—¡Es aquí Gérard, la columna, no soporta el peso!.


Gérard después de ordenar que detengan el trabajo, tomó un rollo de soga, se lo cruzó sobre su pecho y comenzó a bajar lo más rápido posible; cuando llegó al lugar observó el grueso puntal estaba muy dañado; de inmediato rodeó con la soga toda la quebradura como una venda; pero el apuro para evitar el derrumbe que mataría a sus compañeros, hizo que diera dos vueltas de soga detrás de su cintura; cuando terminó, se dio cuenta que estaba sujeto al grueso puntal, ahora asegurado, pero sin la posibilidades de librarse, no obstante, sabiendo las consecuencias, dio la orden:


—¡Continuemos!


Al primer tirón de la gruesa soga que permitía la trepada de la pesada campana, el puntal se acomodó crujiendo una vez más; Gérard pensó que todo se desplomaria, y alcanzó a gritarle a sus compañeros:


—¡Bajen de inmediato, lo más rápido posible!.


Sus compañeros así lo hicieron; la subida de la campana se detuvo, y la estructura soportó el peso, pero las fuerzas de Gérard no; quedó allí amarrado sin que nadie pudiera socorrerlo. Después que apuntalaron el sector donde estaba el cuerpo de Gérard, sus compañeros cortaron las gruesas sogas que lo sujetaban y lo bajaron con cuidado; gracias a su coraje pudo salvarles  la vida a seis de sus colaboradores. 

Cuando por la tarde se presentaron en la casa de Gérard; el maestro de obra, un cura, y dos de sus compañeros; la madre de Gérard al abrir la puerta de la humilde casa, interpretó lo ocurrido de inmediato, y solo dijo:


—Traigan a mi hijo ahora, que esta noche hará mucho frío, y le tengo preparada la cena. 


Los compañeros de Gérard lo trasladaron hasta su casa acostado sobre un tablón, y lo colocaron en el único lugar posible de su casa, sobre la mesa de la cocina. La madre de Gérard limpió su cara y lo peinó despacio, llorando toda su impotencia y amargura; después, le sacó sus zapatos embarrados y los colocó cerca del fuego para secarlos, luego,  encendió una vela sobre la repisa que iluminaba un crucifijo y colocó la olla sobre el fogón para calentar la cena.

Sus compañeros de la obra encendieron un fogata en la angosta callejuela preparados para pasar aquella triste y fría noche.

Cuando la joven novia de Gérard entró en la casa, no sintió lo que con temor esperaba; allí, sobre esa rústica mesa, ya no estaba su amado Gérard; solo atinó a besar esas manos heladas y después de abrazar a la madre de su novio, se fue de ese lugar llorando para no volver; ella aún sin saberlo, todavía tenía un futuro; no así la madre de Gérard; todas sus ilusiones y porvenir yacían allí, sobre esa mesa, que sostenía a su único hijo ahora inerte. 

Los compañeros de Gérard, ingresaban en pequeños grupos a la cocina en penumbras con sus gorras en la mano para poder darle el último saludo a su querido amigo, cuando salían, alguien desconocido les ofrecía un tazón de sopa caliente.

Estos hombres en torno a la fogata improvisada que iluminaba sus rostros duros, calentaban sus manos en esa noche helada; eran hombres de carne y hueso, que la historia jamás recuerda; a pesar de muchas veces dejar sus propias vidas en esas construcciones majestuosas, que parecen ser eternas. Muchos de ellos,  después de recibir ese alimento caliente de manos de mujeres desconocidas, pensaban que se los brindaba el mismo Gérard de sus propias manos para calmar su hambre como despedida de un amigo… tal vez fuera así. 

Cuando el sol comenzó a despuntar por sobre los húmedos tejados; la madre de Gérard, abrió la puerta con su delantal estrujado entre sus manos,  y dirigiéndose a todos esos hombres dijo con voz firme:


— Ya pueden llevárselo, ahora les pertenece, se que estará en buenas manos.


Los seis compañeros de Gérard que les debían su vida, se presentaron y lo acomodaron para su último viaje en el tablón en el que se lo trajeron a su madre; alguien ofreció un carro para verduras para llevarlo con comodidad, pero sus amigos no quisieron, prefirieron llevarlo a pulso a modo de humilde homenaje; detrás de ellos todos los demás obreros los acompañaron en un larga columna, la cual se desplazó entre los pobladores que observaban en silencio la procesión. 

Cuando traspasaron el caserío, el sol iluminó el rostro de Gérard y una brisa movió sus cabellos, el compañero que vio su cara, le pareció que le brindaba su última sonrisa, diciendo una gracia desde la altura de su andamio. 

Cuando todo ese conjunto de hombres y mujeres humildes llegaron con el cuerpo de Gérard a la catedral, el portal principal estaba abierto esperándolo; por allí lo ingresaron y lentamente recorrieron toda la nave central en la que todavía se veían altos andamios y gruesas sogas que llegaban al piso. Frente al altar, depositaron el tablón con el cuerpo de Gérard sobre dos caballetes; tres religiosos le brindaron una misa, y uno de los hombres al que el joven le salvó la vida, no se pudo contener y gritó a viva voz:


—¡Adiós querido amigo, siempre continuarás cuidándonos!.


El tiempo transcurrió y la campana mayor todavía sigue allí, es la única que nadie pudo bajar…quizás el valiente Gérard la cuida. Todos aquellos hombres y mujeres que vivieron en aquel tiempo, hoy son sólo sombras de un pasado olvidado y lejano.

En algún lugar del piso de la inmensa catedral, se encuentra una pequeña losa de mármol, en la que se puede leer.


"Aquí descansa Gérard, el valiente carpintero de Notre Dame 1320 - 1340".



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