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jueves, octubre 15, 2026

¡MOZO, TRES CAFÉS, POR FAVOR!


​           García era su apellido. No recuerdo su nombre, pero sí su pelo negro crespo y su sonrisa contagiosa.

​Salíamos en los recreos del colegio industrial Otto Krause ir a fumar en el baño, como casi todos, único lugar permitido por los seladores. A la salida, por la tarde, tomábamos un café en el bar de la esquina junto a otro compañero, Romero: pelo algo largo, muy ondulado y anteojos. Le gustaba tocar la guitarra y lo hacía muy bien; siempre se reía moviendo el cuerpo y acomodándose con su mano sus enormes anteojos.

​García siempre llevaba algún libro, por lo general de Cortázar, jamás de matemáticas o construcción; no le interesaba en lo más mínimo recibirse de maestro mayor de obras. Imagino que iba al colegio más para disfrutar de la salida y poder juntarnos en el bar que por otra cosa, o para hacerle creer a sus padres que alguna vez se recibiría. Para Romero, en cambio, era una cuestión familiar: su padre era ingeniero y su hermano estudiaba Arquitectura; no obstante, a él le gustaba mucho más la música, ya era profesor de guitarra.

​No recuerdo de qué hablábamos, pero sí recuerdo con seguridad que lo hacíamos con un lenguaje respetuoso. Como todos los jóvenes, nos reíamos de algún profesor por su forma de hablar, o de algún otro compañero; tonterías de jóvenes en cuyas vidas todo está por realizarse y entonces casi todo causa gracia. Imagino que se debe a que el cerebro de los jóvenes está aún madurando y la vida se entiende simplemente como lo que es: un maravilloso momento.

​Con García fuimos un verano a la costa de campamento y me pidió que le sacara una fotografía que no olvidaré en toda mi vida: escribió en la arena «cronopios versus el sistema». Mi tarea consistió en enfocar esa frase y parte de su pierna para sacar esa toma… Fumaba cigarrillos negros; yo lo encuadraba como el bohemio porteño clásico.




​En cambio, Romero era un artista. Un par de veces fui a realizar un trabajo a su casa, que era un departamento para mí muy lindo, frente a la plaza Las Heras; su madre era pintora y los cuadros que vi expuestos allí eran del tipo abstracto. Una vez, Romero me dijo que en el piso de arriba ensayaba un grupo musical, para el momento fuera de serie, con unos instrumentos raros y descabellados: se llamaban Les Luthiers y aún nadie los conocía.

​No me olvidaré jamás de poder apreciar en toda su magnitud la música de los Beatles. Romero encendía su poderoso equipo amplificador con dos torres de parlantes y tenía para escuchar la colección completa de la inmortal banda.

​Cuando, después de las charlas en aquel café a la salida del colegio industrial, regresaba a mi casa en el tren desde Retiro a Villa Ballester, viajaba con el sabor en mi boca del cigarrillo y el café, más algunas ideas confusas de un nostálgico bohemio y un simpático artista. Pensaba que quizás esas reuniones serían para siempre; pero, obviamente, no fue así: se terminaron hace muchos años.

​García en una oportunidad me dijo que me imaginaba casado, con una familia con muchos hijos. Estuvo acertado: soy padre de tres. Pero yo, aunque me esforzaba, no podía imaginar la vida futura de García; no era un muchacho pintón y me decía que preferiría leer sus libros en lugar de ir a bailar, algo incomprensible para mí. Lógicamente era de izquierda. En una oportunidad, ingenuamente le dije que mi padre leía el diario La Nación, y él, sin ofenderme, me respondió que ya sabía entonces la idea política que profesaba. Si hoy pudiéramos juntarnos a hablar, no creo que nos pondríamos de acuerdo, pero tampoco nos distanciaríamos, porque ambos nos comprendíamos y aceptábamos como éramos. Romero, en cambio, disfrutaba de aquellas reuniones tal vez por otros motivos: le gustaba escuchar los comentarios de García sobre sus libros, los chistes sobre algún profesor y hablar de música.

​Cómo me gustaría estar en ese bar al menos por una última vez y pedirle a aquel mozo, siempre de saco blanco y pantalón gastado color negro:

​—¡Tres cafés, por favor!

​Y después encender un cigarrillo con el encendedor Caruso de García, para comenzar esas charlas sin rumbo fijo, con la idea de que la jornada había terminado solo hasta mañana; o los fabulosos viernes por la tarde, en donde todo puede pasar en un fin de semana, incluso conocer a una mujer para toda la vida.

​«Chau, García; chau, Romero; nos vemos el lunes».




​Mis compañeros del colegio industrial solo lo eran de lunes a viernes; los fines de semana cada uno hacía su vida con otras amistades, otros grupos, otras diversiones.

​La juventud se pasa muy rápido —«en un abrir y cerrar de ojos»—, frase esta ultra conocida que solo se entiende bien cuando se es mayor. No podemos retener esos años aunque queramos. Me da pena cuando observo a algunos jóvenes que piensan que se puede aprovechar mejor su juventud solo realizando excesos; cuán equivocados están. Existen mil formas de disfrutar de esos años felices sin hacer disparates que suelen ocasionar problemas para toda la vida. Lamentablemente, los jóvenes no entienden; todo se comprende cuando ya nada se puede cambiar.

​Cuando terminó esa etapa de mi vida como estudiantes del colegio industrial, perdí todo contacto con ellos.

​Hasta que llegó el día en el cual la escuela convocó a sus exalumnos por el vigesimoquinto aniversario de su graduación. Recuerdo que fui con entusiasmo para reencontrarme con mis excompañeros. Cuando ingresé al aula en donde convocaron a nuestra división, fueron apareciendo aquellos jóvenes, que ahora eran hombres, e intercambiamos nuestros apellidos en un saludo imborrable; pero no encontraba entre mis compañeros a García, ni tampoco a Romero.

​—¿Qué saben de ellos? —pregunté, esperando que me dijeran que todavía no habían llegado.

​De Romero nadie sabía de su vida; pero de García, sí. Ese día ya no podría decir «presente». Se había ido, seguramente en busca de su mundo de cronopios y de famas que aquí no pudo encontrar, y entonces una sobredosis, me dijeron, pudo sofocar su espíritu indomable.

​¡Chau, Romero! ¡Chau, García!… Hasta la vista, queridos amigos.


sábado, octubre 10, 2026

EL DESCONOCIDO

 ​    «La belleza exterior, no es un atributo de los ángeles»


             —De acuerdo, señor Adolfo, creo que si salgo a las siete puedo llevar las carpetas al contador para que las entregue a primera hora... Correcto, buenas tardes, señor.

​Edgardo sabía que este mandado le implicaba un viaje de trabajo de tres horas extras, entre ida y vuelta; solo que su auto, desde hacía un par de días, fallaba en baja, pero cumplir con el jefe preparaba el terreno para pedir ese aumento que lo esperaba desde principio de año.

​Después de cargar nafta y subir al baúl las tres cajas, llamó a su señora para avisarle que llegaría más tarde; luego emprendió el viaje. Edgardo sabía que en ese horario en la ruta no habría tráfico; si su coche no le fallaba, en una hora y media llegaría a la chacra del contador. Había ido varias veces allí, pero siempre durante el día, nunca de noche; sabía que la tranquera de la entrada estaba muy alejada de la casa, como a unos quinientos metros. Si llegaba a estar cerrada, esto se convertía en un problema porque debería dejar el auto e ir a pie. Caminar no le preocupaba, pero el contador era un hombre mayor que no utilizaba teléfono, por lo cual tendría que ir a buscar la llave del candado a la casa y regresar a la tranquera. A todo esto se sumaba un inconveniente no menor: los cinco perros del contador que los dejaba sueltos. Pensando en estos posibles inconvenientes, sonó su teléfono; al atender, su esposa le comentó algo preocupada que su hijo más chico tenía unas líneas de fiebre; no era mucha, pero hubiera preferido que él estuviera ya en casa. Edgardo tranquilizó a su señora y la entusiasmó con la posibilidad del aumento que mañana mismo le pediría a su jefe.

​Al ingresar por el camino de tierra, la noche era cerrada; solo podía ver los pastizales de la banquina y, de tanto en tanto, el alambrado. De acuerdo a sus cálculos le restaba una media hora de viaje; no se podía descuidar, porque la única señal era un pequeño cartel blanco con el nombre de la chacra, «Destino». De pronto, en medio del camino alcanzó a ver un bulto muy negro; aminor ó la marcha y se acercó despacio. Se asustó cuando el bulto se movió; al frenar, el motor se detuvo y pudo ver una vaca negra acostada que se levantó y corrió por la banquina opuesta. A Edgardo, este hecho normal del campo lo sobresaltó lo suficiente como para pensar que la tarea se complicaba de noche. Cuando pretendió continuar, ocurrió lo que no debía ocurrir: su automóvil no arrancaba.

​Solo las luces iluminaban el camino, pero debía apagarlas para no gastar la batería; eso hizo. En un primer momento la oscuridad era absoluta; al cabo de unos instantes, su vista se acostumbró a la penumbra y pudo disfrutar de las estrellas que tapizaban el cielo como diamantes. Un tenue resplandor en el horizonte indicaba la ubicación del pueblo distante. Encendió su linterna, buscó una pinza de la guantera y abrió el capó. La última vez que le ocurrió esto lo pudo solucionar golpeando uno de los bornes de la batería; eso intentó hacer, pero esta vez la maniobra no resultó. Cuando probó nuevamente, pegado al alambrado sintió unos pasos sobre los pastizales; se sobresaltó y, al alumbrar el lugar, solo era   un grupo de vacas, tal vez más asustadas que él. En el apuro, la linterna se le cayó y se apagó; escuchó dónde había caído y comenzó a tantear con su mano el piso, pero no la podía encontrar. Entretenido con este inconveniente, algo, a unos cien metros del alambrado campo adentro, le llamó la atención. Observó con más detenimiento y esa cosa blanca juraría que se movía lentamente; imaginó que sería otro animal, pero era imposible saberlo. Por fin, al extender su brazo por detrás de la rueda, allí encontró la linterna. Un segundo intento para que su auto arrancara también fracasó. «¿A quién podría llamar a esa hora y en ese lugar?». Por algún motivo bajó el capó de su auto, tal vez con la esperanza de que arrancara; después, fue a buscar el teléfono a la guantera. Cuando se sentó frente al volante, miró al frente y eso blanco ahora estaba sobre el camino; al encender las luces, pudo ver nítidamente la silueta de un hombre con sombrero que caminaba hacia él. Edgardo comenzó a realizar conjeturas de todo tipo, nada halagüeñas. Al ir acercándose lo podía observar muy bien: era un hombre delgado, alto, con saco, sombrero y pantalón blanco; caminaba hacia el auto y con su mano se protegía la cara, pues evidentemente las luces lo encandilaban. Edgardo, asustado, colocó las trabas de las puertas y tomó un destornillador. Esta persona se acercó a tal punto de quedar parada a cinco metros del auto, inmóvil.

​Habían transcurrido unos minutos y Edgardo atinó a abrir la ventanilla y decir en voz alta:

—¡Hola! ¿Qué desea?

​Y este hombre respondió:

—He visto que se le quedó el auto. ¿Lo puedo ayudar?

​Edgardo sabía que la gente de campo es servicial por naturaleza, pero eso no lo animaba demasiado. La apariencia de aquel hombre era desprolija: su sombrero ni siquiera tenía una forma, el saco era grande para esos hombros huesudos y el pantalón era blanco, pero notoriamente sucio. Al tener este sujeto su brazo levantado, no podía verle bien la cara; solo alcanzaba a ver un pañuelo azul o tal vez negro con lunares blancos.

​Edgardo, con el destornillador aferrado a su mano, bajó del auto y encaró al desconocido.

—Así es —dijo Edgardo—. Creo que son los bornes de la batería.

—¿Quiere que los revise? —dijo el desconocido.

​Por esas cosas, esa voz a Edgardo le brindaba confianza. Era algo difícil de explicar, porque no tenía un acento  de nada conocido, ni siquiera campechano; solo era un timbre de voz que bien podría ser la de un profesor. No parecía la voz de un hombre de campo; no obstante, la indumentaria no parecía  de alguien muy instruido, pero las apariencias engañan, se dijo.  Y entonces respondió:

—Bueno, ahora le abro el capó. ¿Quiere que ilumine con la linterna?

—No hace falta, quédese arriba, yo le aviso.

​El hombre abrió el capó y Edgardo no podía ver qué estaba haciendo; no se escuchaba ningún sonido. Al cabo de unos minutos, el visitante dijo:

—¡Ahora dele arranque!

​Al primer intento el auto arrancó perfectamente. Edgardo no podía creerlo; pensó bajar a agradecer, pero el hombre le dijo que no bajara y que mantuviera el acelerador apretado. Después de bajar el capó, el desconocido se acercó a la ventanilla donde estaba Edgardo y se quedó allí parado. Edgardo, agradecido, le dijo:

—¿Qué le debo por la gauchada, amigo?

—Nada —dijo esa voz.

​Edgardo, al estar sentado y el hombre próximo a la ventanilla, seguía sin poder verle la cara.

—Continúe con su viaje, Edgardo.

​Edgardo quedó mudo. «¿De dónde lo conocía? Lo había llamado por su nombre».

—¿Usted me conoce, señor?

—Ahora lo acabo de conocer... antes no.

​Edgardo continuaba asombrado:

—¿Usted vive por aquí?

—Digamos que sí.

—Quedo en deuda —dijo Edgardo.

—No se preocupe, ha sido un gusto poderlo ayudar, continúe con su viaje.

—¿Quiere que lo alcance a alguna parte? —insistió Edgardo.

—Le agradezco, mi lugar es este. Disculpe, antes de que se vaya, usted merece que le comente algo.

—Dígame —dijo Edgardo intrigado.

—Bueno, vea, puede ir tranquilo: la tranquera del contador está abierta y los perros están atados. También le digo que su jefe, el cual le tiene mucho aprecio, no le aumentará el sueldo este mes, el próximo sí; y regrese a su casa confiado, que a su hijito ya le bajó la fiebre.

​Después de decirle esto, ese extraño se retiró caminando con tranquilidad por donde vino. Edgardo lo siguió con la mirada y con el corazón en la boca, hasta que se perdió de vista en la oscuridad. Edgardo no atinó a llamarlo para preguntarle sobre todo lo que le dijo, como si hubiera leído su mente. Edgardo continuó con su trabajo con una profunda curiosidad hacia esa persona, que bien se podría decir que solo estaba allí esa noche para ayudarlo.

​Absolutamente todo lo dicho por el desconocido se cumplió al pie de la letra. Edgardo nunca comentó con nadie este extraño encuentro. Ya habían pasado dos meses y una mañana debía llevar unos papeles al contador; cuando pasó por aquel lugar, detuvo su auto, se bajó y miró a su alrededor. Eran campos de pastoreo y los yuyales estaban altos. Al observar en la dirección donde aquel hombre apareció, observó algo oscuro, diferente al color de los pastizales. Cuando se internó en el campo después de pasar por el alambrado, lo pudo ver; a pleno sol, se podría decir que lo estaba esperando.

​Era un espantapájaros ya olvidado incluso por el tiempo, con sombrero, saco, pantalón blanco muy sucio, además de roto, y pañuelo negro con lunares blancos. Sus hombros eran solo un palo viejo cruzado sobre un poste; su cara, un manojo de paja seca. Edgardo se quedó allí un largo rato. La brisa del campo movía una manga que colgaba descosida, pero el pañuelo se mantenía firme. El sombrero ya no tenía forma, pero Edgardo se lo acomodó lo mejor que pudo y luego dijo:

—Gracias, amigo.







lunes, octubre 05, 2026

ACTORES

 

​«Nos hacemos viejos no cuando se nos arruga la piel, sino cuando se nos arrugan los sueños.»

Anónimo


​         Juan era el impulsor de todos los proyectos del grupo; Daniel cumplía las veces de administrador, controlando ingresos y gastos; Esteban era el especialista en decorado y vestimentas, y Laura, solo una soñadora.

​Para los cuatro amigos, el teatro era su mundo, su vida, sus sueños, pero no su subsistencia. El tema de cómo hacer dinero para ganarse la vida, no era motivo de conversación; el centro de sus charlas siempre giraba en torno a la eterna representación del drama o la comedia humana. Solían recordar una gira de jóvenes por Centroamérica con un éxito relativamente bueno; si no hubiera sido por el delincuente de su representante, que desapareció con toda la recaudación de una temporada, quizá hubieran podido actuar en México y, desde allí, estar a un paso de Nueva York, pero el destino no lo quiso. Luego se conectaron con otro representante aquí en Buenos Aires, peor que el anterior. Desde entonces decidieron ser sus propios promotores, por lo cual la compañía cubría todos los flancos estratégicos: representación, producción, puesta en escena, decorado, vestuario y libreto, excepto venta de entradas, acomodador e iluminación.

​Tenían la grata costumbre de reunirse por lo general en la casa de Laura, quien sabía preparar unas cenas exquisitas; Daniel era el experto en vinos y jamás fallaba en la elección.

​Las charlas y las anécdotas risueñas duraban hasta la madrugada un sábado de por medio.

​Esa noche, cuando llegó Juan, antes de cenar los reunió para darles una novedad increíble: se había conectado con un futuro productor de teatro que ahora administraba un colegio privado, el cual quería asociarse con ellos y montar una obra teatral; en principio en el mismo colegio en la zona de Belgrano para una prueba previa y, si salía bien, encarar algo de mayor envergadura.

​—¿Qué obra? —preguntaron todos.

​—¡No se imaginan!, el libreto corre por nuestra cuenta.

​Esa noche sus mentes volaron recordando obras clásicas, modernas, autores famosos y también otros no muy conocidos, hasta que en un momento Daniel bajó a tierra a todos y dijo, golpeando su vaso para que se hiciese el silencio:

​—Amigos, pensemos racionalmente. Debemos optar por una obra que vaya con nuestra edad; no podemos arriesgarnos, tenemos que ofrecer algo que nos resulte sencillo. Estoy pensando en la obra de Esteban, Tres reyes y una reina, que nunca pudimos estrenar y creo que nos cae magnífica.

​—Me parece bien —asintió Juan—, el único problema es conseguir los trajes.

​—Por el decorado no se preocupen —dijo Esteban—, solo necesitamos un telón bien oscuro de fondo y el trono de la reina, ampuloso y dorado.

​—De mi parte —dijo Daniel—, yo me encargo de la vestimenta. Conozco a un proveedor de vestuario que trabaja en el Teatro Colón, que por pocos pesos me consigue hasta las armas verdaderas: las dos lanzas y las tres espadas.

​—¿Quién realizará el papel de la reina? —preguntó Laura sonriente.

​—Encontraremos a alguien —dijo Juan.

​Todos rieron ilusionados con este nuevo proyecto a una edad en que las oportunidades no abundan. Pero para los cuatro, este trabajo actoral significaba una nueva ilusión para poder sentir una vez más el aplauso del público.

​Durante un mes se reunieron día por medio para ensayar. La obra escrita por Esteban constaba de cuatro actos y trataba de tres reyes que declaran su amor a una única reina, la cual en el último acto debe decidirse por uno de ellos, lo que implicaba dejarse llevar por su corazón o salvar al pueblo de su reino.

​Unos días antes tuvieron la posibilidad de realizar un ensayo general en el pequeño teatro del colegio para familiarizarse con el escenario. Don Miguel, el iluminador y sonidista, los llevó en su camioneta, la cual utilizaba para hacer fletes durante el día y, por las noches, llevar su viejo equipo para animar fiestas infantiles.

​Esa misma noche Juan llevó a la casa de Laura toda la ropa, incluidos pelucas, sombreros, coronas y armas. Cuando se la colocaron para probar que todo estuviera de acuerdo con sus talles, se miraron entre sí y por poco lloran de alegría. Juan realizó un saludo reverencial con su espada a la reina, que todos aplaudieron.

​Llegó el día, y lo peor de las actuaciones son los diez minutos previos al comienzo. La obra se representaría al finalizar los actos preparados por los alumnos de la escuela. Esteban dijo que estimaba que había unas treinta personas; en su mayoría eran los padres de los chicos de sexto grado.

​Se abrió el telón y los cuatro actores realizaron su obra de forma impecable, salvo por dos pequeñísimos errores imperceptibles de Daniel y otro del iluminador, que también pasó inadvertido.

​Tal vez cuatro actos fueron demasiado largos para algunos padres; muchos se retiraron antes de que terminara la función. No obstante, el aplauso duró lo suficiente para dejar conformes a los artistas.

​Al día siguiente quedaron en encontrarse con Juan para saber si el señor del colegio querría repetir la obra. Cuando llegó a la reunión, su cara no demostraba mucho optimismo. Después de que todos se sentaron en la sala, les dijo, cambiando su rostro por uno con una amplia sonrisa:

​—¡Quiere otra función! —Todos aplaudieron y rieron de alegría—. Solo me dijo que tratemos de acortar un poco los diálogos del segundo y tercer acto. ¿Qué te parece, Esteban?

​—Pienso que no hay problema. ¿En qué sala será? —le preguntaron a Juan.

​—Bueno, esta vez consiguió un cine en Floresta. Él se encargará de promocionar la obra, quiere un treinta por ciento de la recaudación y nosotros nos hacemos cargo del iluminador y el vestuario. A mí me pareció desproporcionado, pero le dije que lo consultaría con ustedes.

​Los cuatro se miraron: actuar para ellos era más importante que el dinero.

​—¡Hagámoslo! —dijo Laura.

​—Si la reina lo dice —dijo Juan—, ¡lo haremos!

​Una semana antes de la función, fueron a ver el lugar con Don Miguel en su camioneta. El establecimiento se utilizaba para reuniones vecinales y, una vez por semana, para las reuniones de gordos anónimos. El viejo cine tenía una capacidad para ciento cincuenta personas. Al revisar el escenario observaron que tendrían que agregar una alfombra porque algunas tablas estaban muy deterioradas.

​—Yo me encargo —dijo Esteban.

​Quisieron probar el telón, pero jamás había existido, por lo cual la única solución era oscurecer el escenario entre acto y acto.

​—No está tan mal —dijo Laura entusiasmada—, una buena actuación suplanta todo.

​Cuando llegó el día, la prueba de sonido e iluminación estuvo perfecta. No había camarines, pero sí una pequeña sala detrás del escenario que cumplía perfectamente con la función.

​Cinco minutos antes, Juan se asomó disimuladamente, pero aún las butacas permanecían vacías. Esto le extrañó mucho y llamó por celular al señor del colegio, quien se había disculpado por no ir, pero envió en su lugar a un sobrino para que atendiera la boletería. «No entiendo», le dijo el señor, «hicimos incluso una publicación en un diario zonal, es muy extraño, el horario es el correcto». Juan estaba hablando cuando sintió un bullicio en la boletería. «Alguien entra», les dijo a sus compañeros; todos tenían sus atuendos puestos.

​Solo entraron cuatro muchachos con latas de cerveza y se ubicaron en la segunda fila. Eran cuatro groseros que colocaron sus pies sobre las butacas y se reían, seguramente producto del alcohol.

​—¿Qué hacemos? —dijo Daniel—. Me temo que no viene nadie más.

​—¡Comencemos! —dijo Laura—. ¡Somos actores o no!




​A una señal, se encendió la luz del escenario. El primer acto transcurrió bien, solo con unas risotadas de uno de los muchachones. Ya en el segundo acto, los cuatro borrachines se habían puesto algo insolentes, riéndose los cuatro. Esteban, en el entreacto, dijo:

​—Mejor no sigamos.

​A lo que Laura contestó:

​—Si pagaron por nuestro servicio, nosotros haremos lo que nos corresponde de la mejor manera.

​El tercer acto fue insoportable por la insolencia de los cuatro muchachos, pero solo faltaba el último, que lo remataba Laura con una simple frase.

​Durante la mitad del último acto, uno de estos energúmenos gritó con las dos manos puestas para amplificar el sonido lo que no debía haber dicho:

​—¡VIEJA FRACASADA!

​Laura recibió el golpe y su mente quedó en blanco. No recordaba nada más. Algo en su interior se había roto para siempre... Son esas cosas delicadas en una mujer que, cuando se quiebran, no se pueden componer.

​Daniel subsanó el momento con la reverencia que le correspondía y la luz del escenario se apagó.

​Los tres amigos varones se miraron, y ya sabían lo que iban a hacer. Daniel saltó desde el escenario y se apresuró a cerrar la puerta de la sala con una cadena; después desenvainaron sus espadas, que brillaban iluminadas por los focos de Don Miguel. Sus caras de locos de atar fueron suficientes para aterrorizar a estos cuatro atorrantes, tratando de salir de allí desesperadamente. Al no poder y comprobar que estos tipos venían  por ellos con semejantes armas, se orinaron encima, como lo hacen todos los cobardes del mundo.

​Juan, gritándoles que los decapitarían, arrojó su lanza cerca de ellos, la cual se incrustó en una puerta. Cuando con desesperación pudieron desatar las cadenas, los cuatro borrachines corrieron desesperados a la calle.

​Parecía que este hecho había pasado sin mayores consecuencias y continuaron las reuniones en la casa de Laura, pero para ella, lo sucedido ese día no fue tan simple de resolver.

​En las últimas reuniones ya no se hablaba de teatro, solo de asuntos cotidianos. A pesar de hacer todo lo posible, los tres varones no lograron volver a ver los ojos de alegría de Laura de otras épocas. Incluso las cenas, preparadas por ella con tanto amor para sus amigos, ya no tenían la misma calidad de otros años: si no se le quemaba la carne, la servía cruda.

​Así ocurren los desenlaces en la vida. A cierta edad, la ilusión de las personas nobles puede ser, si se frustra, un hecho que las marca para siempre, y a Laura le pasó justamente eso. Su ilusión de artista terminó de muy mal modo aquella noche.

​No pasó ni siquiera un año y fue ella la primera en retirarse de ese grupo teatral, dejando a sus tres reyes solos y sin armas... tal vez para actuar en otros teatros muchísimo más grandes que el pequeño escenario de nuestras vidas.


​FIN DE ESTA HISTORIA 


sábado, septiembre 26, 2026

NADIE ME CREERÁ ESTA HISTORIA

           Esto que voy a contar, anticipo que nadie me lo creerá, pero no puedo guardarlo para mí.

Me ocurrió en Bariloche.

Decidimos ir unos días con mi familia, para lo cual alquilamos una cabaña frente al lago Moreno, que está conectado con el Nahuel Huapi. Nos tocó un clima malo porque llovió toda esa semana, pero, de todos modos, las vistas que pudimos disfrutar eran magníficas.

Nos deslumbraron momentos en los cuales las nubes se corrían y dejaban ver las cumbres nevadas iluminadas por el sol; se veían majestuosas, imponentes, como una belleza eterna.

Esa tarde preferí quedarme mientras todos fueron a hacer compras. Me acomodé en una reposera con la sola intención de ver el paisaje en silencio. El lago era un espejo en donde se reflejaba un bosque majestuoso.

Estaba entretenido con mis ideas de quedarme allí para siempre cuando ocurrió.

En medio del espejo de agua pude ver una mancha oscura, pero no era posible que fuera la sombra de una nube porque estaba totalmente nublado. Quedé atento mirando y, de golpe, apareció frente a mí. Su enorme cabeza estaba sostenida por un cuello largo y robusto; sus ojos eran grandes y verdes. Una cresta dura asomaba sobre su frente. Hasta pude ver el vapor que salía de su boca. Es difícil calcular las distancias en un lago, pero estaba a no más de cien metros.

La vieja leyenda se convirtió en realidad frente a mis ojos. En ese instante no tenía mi teléfono para registrar el momento, pero dudé en moverme por temor a que desapareciera de mi vista y no volver a verlo jamás. Me arriesgué y decidí ir a buscarlo. Cuando regresé, aún estaba allí. Lo enfoqué y realicé varias tomas. ¡Tenía el registro! Inmediatamente después, se sumergió lentamente dejando una pequeña estela de espuma.

Mi corazón palpitaba de emoción. Me quedé parado sin respirar siquiera, esperando verlo una vez más, pero no fue posible; la superficie del agua quedó quieta.

Me asaltó la preocupación de que las fotos no hubieran salido. Cuando miré, allí estaba registrada mi experiencia.

Después pensé que, lamentablemente, a pesar de las fotos, tampoco nadie me creería, porque hoy es muy simple trucarlas.

Cuando llegó mi familia, les conté lo ocurrido y todos rieron. Les mostré las fotos y solo dijeron que estaban bien armadas. Insistí y les juré que lo había visto, pero no me creyeron. Durante el resto del día insistí en aquello que vi, pero solo me dijeron que no los aburriera con la historia, que ya era suficiente.

Por último, para no quedar como un pesado, no insistí más; era inútil, nadie me creyó a pesar de decirles cada detalle de esa criatura. Cuanto más describía ese momento, menos me creían.

No es mi costumbre mentir, pero, evidentemente, cuando algo es tan asombroso, conseguir que a uno le crean no es fácil… Reconozco que es imposible.

Solo tengo para decir a aquel que quiera creerme que el Nahuelito existe; yo lo vi.

¡Lo juro por mi vida!





miércoles, septiembre 23, 2026

UN BAR DE BUENOS AIRES


       «Un bar es el único lugar donde la gente va a estar sola, pero acompañada de otros que están solos».   



          Era una de esas tardes en que la ciudad se entristece, una llovizna persistente humedece las calles y todos los colores se apagan para convertirse en una variada tonalidad de grises. En la penumbra del viejo bar, el paño verde de la mesa de billar se encendía, como todas las noches, para el desafío habitual por la ronda de café.
«¿Qué mejor lugar podría existir como este para un día así?», pensaba mientras acomodaba el cenicero, esperando que le trajeran su pedido como quien se prepara para acomodar sus ideas después de una semana sin pena ni gloria.
Ernesto siempre se preguntaba: «¿De qué modo se mantendrá el Gallego con este boliche de mala muerte, al que solo concurren personas como él, que a lo sumo consumen un cortado o alguna copa y hojean el mismo diario manoseado hasta el cansancio?».
Mirando por el ventanal, observó un taxi que se detenía para que subiera una pareja de jóvenes estudiantes sonrientes, como si esa tarde gris no existiera para ellos.





«Los jóvenes siempre están contentos», se decía, no como él, a quien la vida lo había marchitado por dentro y lo único vivo que le quedaba era su piel, como un cascarón duro con el que tenía que enfrentar todos los días el trabajo en la oficina para solo poder subsistir. Cuántas veces había pensado que su error fue no aceptar aquel trabajo que le ofrecía su tío en la Pampa. ¿Pero qué podía hacer en ese pueblucho que ni estación tenía, atendiendo una ferretería, justamente él, que no sabía distinguir un tornillo de un clavo? Para colmo, su tío era bastante peculiar: cuando quiso invitar a esa chica a tomar un café, le hizo un escándalo porque era la hija del dueño de la casa de repuestos.
—Es gente muy seria —le dijo, por lo cual indirectamente le indicaba que él no merecía entrar en ese círculo de la alta sociedad del pueblo. Pobre tío, no era malo, solo se pensaba que vivía en Manhattan, pero qué se le va a hacer, era así; creía que ese pueblo era el mejor del mundo y, si eso lo hacía sentirse bien, mejor para él, pero para Ernesto evidentemente no era el lugar adecuado.
Afuera, la gente pasaba caminando con paso apurado para llegar seguramente a sus casas y disfrutar del viernes a la tarde, quizás el mejor momento de la semana, en donde las expectativas del sábado y el domingo son mucho mayores que el devenir del propio fin de semana y que el pozo depresivo del domingo a la tarde, que nos indica que nuevamente la realidad de la vida comienza el lunes cuando suene el despertador.
A Ernesto le gustaba disfrutar de esa sensación de sentirse libre de responsabilidades al menos por esa tarde del viernes, en donde los dos días que más se anhelan comienzan a brindarnos todas sus sorpresas, que después resultan tan solo una continuidad de hechos que no cambian mucho las cosas.
Esa tarde en particular Ernesto se sentía melancólico y pensaba que, durante los últimos años, muchos habían sido los viernes por la tarde que había vivido y no existían cambios en su vida que le permitieran ver un futuro interesante.
Mientras meditaba estas cuestiones, le vinieron a la memoria las palabras de su padre: «El pasado no se puede cambiar y la realidad es una sola». Eso le decía el viejo todas las mañanas antes de salir con el camión de reparto para el frigorífico; se pensaba que él se levantaba para ir a la facultad y, después de que se iba, él seguía apolillando. Quería que fuera ingeniero y no pudo ni dar el ingreso. Pobre viejo, se murió satisfecho pensando que se había recibido. Lástima la casa de Caballito: tenía más deudas que rajaduras; de no ser por Edgardo, después de la venta casi tiene que poner plata encima.
«Tal vez si me hubiera casado con Clarita… Linda piba Clarita…, pero no era para mí, o mejor dicho, yo no era para ella. Al final se casó con Edgardo. Me acuerdo de cómo me miraba en la iglesia, creo que nunca dejó de quererme. Ella sí la pegó con Edgardo, lástima que no pudieron tener chicos con lo que le gustaban…, pero por lo menos vive como una duquesa. Yo no podría haberle dado esa vida jamás: viviríamos en la pensión y, para peor, llenos de deudas. Mejor así, porque siempre fue una buena mujer. Me acuerdo cuando me apuró para que concretáramos: creo que mi cara lo dijo todo y se fue llorando. No sé, siempre le tuve miedo al casorio, o no me gustan los compromisos: formar un hogar, los hijos… Qué sé yo, soy así, un bueno para nada, como me decía mi vieja. Me acuerdo cuando me metí con el negocio de la inmobiliaria: casi nos rematan la casa; si no fuera por sus ahorros, creo que ese disgusto la terminó del todo. Quería juntar plata para cambiar la casa; a la vieja le gustaba Belgrano, lástima que solo pudo disfrutar de Belgrano con ropa de mucama. Pobre vieja, tocarle los ahorros me dolió en el alma; creo que no me perdonó nunca, justamente a mí, su único hijo. Me acuerdo como si fuera hoy de ese día que fuimos a visitar a la patrona: me compró un pantalón nuevo y una camisa, y después me tocó vivir toda una tarde jugando con los hijos de la dueña, que me miraban como si yo fuera un extraterrestre. ¡Qué fastidio, por Dios! La vieja quería que me conectara con la alta sociedad y los chicos no me daban ni pelota.
Al que le fue bien es a Edgardo. Ya no viene por el boliche… A decir verdad, el tipo es un bocho y de números ni hablar: donde pone el ojo, pone la bala. Al final él se quedó con la casa de Caballito y después hicieron el edificio; creo que después de eso no paró de hacer plata. Es un buen muchacho Edgardo; lástima que siempre tiene cara de amargado. Es curioso si no le falta nada, solo que no pueden tener chicos, pero si quisieran podrían adoptar con Clarita. ¿Cuántos pibes necesitará una madre como ella? Dios le da pan al que no tiene dientes.
Hablando de Clarita, tengo que llamar a Elisa, me va a matar; para colmo me olvidé y no la saludé para el cumpleaños. Tendría que invitarla a cenar, pero hasta el mes que viene es imposible. Me dejó preocupado cuando hablamos por teléfono con esa sorpresa que tenía para darme; a ver si me dice que está de encargue, me muero, no quiero ni pensarlo. Me imagino durmiendo los tres en la cama de la pensión y me aterroriza. Esta Elisa, siempre con esas sorpresas que después son tonterías… Y bueno, ella es así… Yo también tengo más vueltas que una oreja».
Un hombre trajeado y con aire de diplomático pasó por delante de la ventana del bar y saludó a Ernesto elevando un poco el paraguas con amabilidad; Ernesto también lo saludó mientras el mozo le servía su café y un vasito de agua.
«Todavía sigue vivo este. ¿En qué andará?», pensaba Ernesto mientras le agregaba azúcar a su café. «Me acuerdo del día de la reunión en la unidad básica: casi le pego una cachetada. Lo único que le interesaba era hacerse cargo de la administración de los fondos de la cooperativa; según él, en unos meses la sacaba a flote, y todos sabíamos que cuando se hizo cargo de la tesorería del club, si no hacíamos la vaca de unos pesos cada uno, remataban hasta las bochas. Flor de chanta, y sigue caminando por la calle como si fuera un gran señor».
Tres muchachotes entraron al bar, saludaron con amabilidad a Ernesto y se dirigieron a la mesa de billar. Uno de ellos fue a buscar las tres bolas mientras los otros elegían los tacos para colocar con suavidad la tiza azul en la punta. Después, el sonido característico del billar animaba el salón y, de algún modo, el espíritu de Ernesto.
«Estos sí que no tienen drama», se decía mientras miraba desde lejos cómo comenzaban la partida. «Lo único que les interesa son las putas y el billar; y no sé si se darán un toquecito con algo, porque siempre están con las pilas puestas. No sé de qué viven, porque nunca se los ve por el barrio; tal vez vienen de asaltar a un pobre diablo. ¡Cómo está la juventud! Qué destino nos espera con estos malandras».
La noche había tomado la calle y las luces de los carteles de neón le daban un colorido especial a la avenida distante, ahora con el tránsito más calmo de un viernes lluvioso.
Ernesto se preguntaba lo curioso de los lugares de la ciudad: esa esquina del barrio se había quedado en el tiempo, en tanto los bares y negocios de la arteria principal prosperaron dentro de un mundo que se desentendió del resto y de la gente que, como él, no podía dejar el barrio, como si formaran parte de sus veredas y sus paredes desteñidas por el paso del tiempo del mismo modo que sus almas y sus recuerdos. A pesar de tener la opción de ir a una de esas confiterías modernas e iluminadas, siempre terminaba en el bar del Gallego; era como su segundo hogar, a pesar de no tener ni siquiera el primero.
Como casi todas las noches a la misma hora, llegó doña María, se sentó junto a la ventana y, sin mirar a nadie a pesar de conocer a todos, sacó la libreta para levantar las apuestas clandestinas de sus clientes perpetuos. Su rostro de mujer madura, castigado por el tiempo y una vida difícil, se iluminaba si pasaba alguna señora con su hijo en brazos. Se decía en el barrio que tenía un hijo, pero que era mejor perderlo que encontrarlo: solo venía a verla cuando se encontraba en apuros de dinero, y eso era casi todas las semanas. A pesar de sus años, en su rostro quedaban rastros de la hermosa mujer que habría sido alguna vez.
Ernesto pensaba que las mujeres solas, cuando envejecen, son más vulnerables que los hombres; pero daba la sensación de que son criaturas preparadas para sufrir, como doña María, a quien la vida se la llevó por delante, pero en cuyo interior siempre perdura el amor de toda madre por su hijo, aunque este sea un descarriado.
Se abrió la puerta nuevamente y entró una muchacha que, para el gusto de Ernesto (salvando las distancias del tiempo), le hubiera flechado el corazón con una sola mirada. Se dirigió al teléfono público y su presencia cortó el murmullo de los de la mesa de billar. Ernesto observó los ojos de los muchachos, que se asemejaban a los de fieras salvajes observando a una presa indefensa; después siguieron murmurando y se escuchó una tenue risa malvada, producto quizás de algún comentario morboso. Pero ese no era el lugar para atacar: allí las bestias solo se refugiaban los días de lluvia y no buscaban problemas. La muchacha se retiró y se despejó la tensión de inmediato.
Tres hombres entraron al bar y se sentaron en una mesa próxima a la de Ernesto. Dos de ellos vestían trajes elegantes y su pelo engominado brillaba dándoles un aire de profesionalismo y capacidad intelectual. El tercero lucía un pulóver tejido a mano que tapaba un prominente abdomen; su cara regordeta y su calvicie le daban un aspecto desprolijo. Después de pedir tres cafés, uno de los de traje sacó unos papeles de su portafolio y se los entregó al hombre del pulóver. Este, sin leerlos siquiera, tomó una birome del bolsillo de su camisa y los firmó, mientras los caballeros de traje cruzaban sus miradas con aire de satisfacción. Luego de este acto, el hombre del pulóver tomó su café de un solo trago e intentó pagar la cuenta; sus dos acompañantes no se lo permitieron y se retiró después de darles la mano. Los dos hombres bebieron lentamente sus cafés sin intercambiar palabra. Uno de ellos sacó un celular y realizó una llamada. Ernesto escuchó estas palabras:
—Ya está, quédate tranquilo, el lunes deposita la plata… No, ni siquiera protestó… Sí, sí, pero acordate de que esto tiene un costo. Chau, buen fin de semana.
Después de pagar, se retiraron con paso reposado y señorial.
Para Ernesto, estos dos tipos tenían el aspecto de delincuentes de guante blanco y, a pesar de no haberlos visto jamás, hubiera jurado que acababan de hacerle algún tipo de estafa a ese hombre que firmó sin tan siquiera leer.
«En qué balurdo lo habrán metido», pensaba Ernesto mientras prendía un cigarrillo. «De esta clase de gente Buenos Aires está llena: si llegás a caer en sus manos, te despluman y ni te das cuenta. Como cuando me quisieron vender aquel caballo de carrera: por poco voy en cana. Para colmo, los quise meter en el negocio a Juan y a Néstor. La cara de Néstor cuando vimos al potrillo era para filmarla: se le podían contar todas las costillas al noble animal. La trifulca que se armó fue de película; si no lo separamos a Juan, lo mataba al veterinario, que gritaba que él nada tenía que ver. Ahora me causa gracia, pero aquel momento fue tremendo. Hablando de Roma…».
Un hombre alto, de tez morena, muy delgado y de pelo totalmente blanco entró y se dirigió a la mesa de doña María. Después de hablarle por lo bajo y mientras la mujer anotaba en su libreta, le entregó dinero. Luego se arrimó a la mesa de Ernesto y le dijo:
—Tengo una mala noticia para darte: vengo del velorio de Néstor.
Ernesto, al escuchar la noticia de su amigo, se puso pálido y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Cuándo fue? —le preguntó.
El hombre, sin sentarse, le dijo que lo habían encontrado muerto hoy a la mañana en la casa, aparentemente de un ataque al corazón. Después de eso, le dijo que tenía que irse porque tenía gente a cenar y le dejó anotada en una servilleta la dirección del velatorio.
Ernesto se quedó con el sabor de las malas noticias que justamente parecería que llegan los días viernes. ¡Qué comienzo de fin de semana, tener que ir al velorio de un amigo!
La muerte de Néstor le cayó como un balde de agua fría: hacía dos días estaban charlando animadamente en esa misma mesa y ahora lo estaban velando.
Ernesto pensaba muy poco en la muerte, pero cuando pasaba tan cerca, reflexionar sobre ella era inevitable. Pensó que del grupo de amigos prácticamente no quedaba nadie. «Cómo se van los años», se decía, «y no se puede hacer nada, más allá de ir al velorio de los que nos dejan y charlar hasta el cansancio con los que aún se quedan». Los velorios eran la excusa perfecta para entablar todos los diálogos pendientes. Ernesto pensaba que, de no ser por los velorios, uno no se enteraría de las novedades de la familia; y, cuando termina, queda el ineludible compromiso de verse próximamente y no esperar a otra situación tan triste.
Ernesto se conformaba de algún modo pensando que, a pesar de que los amigos se van marchando, siempre queda el recuerdo de infinidad de anécdotas vividas que los regresan para instalarse en la charla, como si una vez más estuvieran presentes. ¿Quién puede asegurar que no lo están y que no se ríen con las bromas como siempre?
Se acordó del día que fueron a pescar a Santa Teresita en el Citroën del tendero: «Por poco nos matamos cuando se rompió la dirección en la ruta. Al final terminamos tirando líneas en la laguna de Chascomús y entre los cuatro solo sacamos una mojarrita. Menos mal que se me ocurrió llevar un paquete de bizcochos de grasa y el mate, porque nadie tenía un peso y todos pensaban que íbamos a comer lo que se pescara. ¡Qué optimismo! Si no fuera por los bizcochos, nos moríamos de hambre: entre el frío, los mosquitos y nada en el estómago, era para llorar».
Una pareja de apariencia acomodada ingresó y se sentó en la esquina del salón. Ella era una mujer de unos cuarenta años y él parecía bastante mayor. La señora daba la sensación de estar llorando y, al poco tiempo de estar allí, se escuchó que le gritaba al hombre:
—¡Sos un miserable, mujeriego y caradura!
Después de semejante grito, que se escuchó nítidamente en todo el bar, todas las miradas concurrieron al lugar. Luego de un silencio prolongado, el hombre comenzó a hablar en voz muy baja, con la cara colorada como un tomate. No había que ser adivino para interpretar lo que ocurría en esa mesa. Luego, la mujer se levantó bruscamente y se retiró llorando; el hombre pagó apresuradamente y la siguió a la calle.
«Todas las parejas, por algún motivo, siempre pelean; pero cuando se trata de engaños, la cosa cambia y recomponer tales situaciones no es sencillo. El peor enemigo en los matrimonios son los celos, pero a decir verdad, el hombre realmente tenía toda la pinta de ser mujeriego. A Ernesto le pareció muy curioso el episodio, porque la mujer era muy elegante y bien formada; a su parecer, candidatos no le faltaban, pero así son las cosas en la vida y los sentimientos de las personas suelen ser intrincados. Vaya a saber uno cómo era la historia de esos dos».
Ernesto no se consideraba un mujeriego, pero sabía que la mujer de sus sueños aún no había entrado en su vida, por lo cual se encontraba siempre alerta a cualquier eventualidad; solo que el carretel tenía cada vez menos hilo y, a esta altura del partido, las amistades de falda y tacones no se encuentran todos los días, por lo cual su relación con Elisa era lo más parecido a un noviazgo, siempre y cuando a Elisa no se le ocurriera tirar mucho de la soga, porque él era sumamente temeroso y escurridizo para las relaciones formales.
Un pibe de la calle se arrimó a la ventana donde estaba Ernesto y con su mirada escudriñó el interior del bar, como quien busca algo perdido; luego entró y se dirigió a la mesa de doña María. Tenía pantalones cortos y un pulóver con los codos deshilachados; su pelo enmarañado permitía adivinar que su morada era tal vez algún rincón sucio de alguna casilla de la villa. Solo se quedó allí parado frente a ella, mirando a la vieja sin hablar, como si su presencia dijera toda la necesidad que portaba, tanto material como espiritualmente. La mujer solo lo miró y extendió su mano para darle unas monedas; el chico no le dio ni las gracias, solo salió corriendo, como si todo fuera una simple rutina interminable.
Ernesto se imaginó por un instante cómo sería un solo día de la existencia de esa criatura, en donde la indiferencia de la gente puede ser tan cruel como el destino que lo trajo a la vida tan solo para ser un excluido de una sociedad que no los puede o no los quiere cobijar, y que en realidad trata de ignorarlos. ¿Qué futuro les deparará a este y a tantos otros chicos que deambulan por las calles de la ciudad sin rumbo, en donde las carencias de todo tipo inundan su mente? ¿Qué vida tendrán cuando sean adultos? Para ellos, la vida consiste tan solo en tratar de subsistir, quizás por instinto, del mismo modo que los animales; sus planes con respecto al futuro no pueden exceder más allá de conseguir durante el día un plato de comida, y sentir una caricia quizás llegue a ser algo tan improbable como tener un hogar, un padre o una madre.
«¿Cuánta responsabilidad nos cabe a todos?», pensaba. «Qué indiferentes somos a una realidad que no queremos ver, porque a decir verdad, cuando pasamos por un mal momento, nos quejamos como cotorras, y para nosotros es solo eso: un mal momento; para ellos, toda su vida es un fatal accidente».
Una mujer de anteojos negros, pañuelo de seda al cuello, vestida con trajecito negro, ingresó y se sentó en una de las mesas del centro del salón. Encendió un cigarrillo y, cuando se acercó el Gallego, le hizo un pedido. Al poco rato le trajeron un coñac; la mujer lo bebió de un solo trago, con la desesperación típica de un alcohólico. Luego pidió otro y, al tomarlo, pudo controlar ese impulso desesperado, guardando de algún modo las formas. Al cabo de un rato, Ernesto había perdido la cuenta de las copas, que fueron varias. La mujer mantenía aún la postura de una persona sobria y, de no ser por lo que había tomado, nadie diría que se trataba de una alcohólica: daba la sensación de ser una mujer muy culta y elegante. Llamó al Gallego una vez más y, con dificultad, sacó de su cartera un billete; después, sin esperar el vuelto, se paró y, en su dificultoso andar, encaró hacia la puerta, pero no pudo evitar tener que detenerse y apoyar su mano sobre una de las mesas para no caerse. El Gallego la alcanzó antes de que saliera y le entregó el vuelto de su dinero; ella respondió con una amplia sonrisa para luego salir y perderse en la noche.
«¿Quién velará por esta mujer? ¿Tendrá una familia a la cual recurrir o se encontrará sola en la vida con su padecimiento?». Ernesto, mientras se hacía estas preguntas, tuvo la intención de alcanzarla, por lo menos para ayudarla a subir a un taxi; pero luego dudó y tuvo miedo de involucrarse en un problema. «Para qué me voy a meter si bastante tengo con mis cosas», se dijo, y le pidió otro café al Gallego.
En ese preciso momento se le acercó un hombre joven, algo encorvado, muy alto, que portaba una maraña de papeles, carpetas y un grueso libro de esos de tapas duras: era Mauricio, el hijo del diariero. Saludó a Ernesto y se sentó frente a él en la mesa.
Ernesto conocía a este muchacho de toda la vida: sabía que estudiaba Filosofía y Letras; en verdad, anteriormente Arquitectura, luego Veterinaria y después Medicina. Era uno de esos personajes a los que les gusta emprender carreras para luego dejarlas y no terminar jamás ninguna, pero a Ernesto le caía bien: la forma de hablar que tenía le resultaba risueña, siempre preocupado por la política, el fútbol y esas historias misteriosas e intrincadas de negocios internacionales que no sabía de dónde las sacaba, pero que a Ernesto le resultaban tan interesantes como leer una novela de espionaje.
Su visitante pidió un completo de jamón crudo y una cerveza; le preguntó si deseaba algo también y tentó a Ernesto, que por la hora tenía algo de apetito.
La charla giró en torno a la muerte de Néstor y a la crítica hacia su familia, que solo se acordaba de él para sacarle plata, sabiendo que el difunto no podía decirle que no a nadie porque era un pedazo de pan.
—Hablando de pan —dijo Mauricio mientras miraba al mostrador donde estaba el Gallego—. ¡Che, Gallego, este pan que me diste es una goma! ¿Dónde lo tenías guardado, en el ropero?
—¡Mira que eres delicado tú! ¿No ves cómo está el clima? ¿Cómo quieres que esté el pan con este tiempo y a la hora que tú llegas? —le respondió al reclamo el Gallego desde detrás de la caja.
«¿Qué tendrá que ver la hora?», dijo por lo bajo Mauricio, en tanto le agregaba más cerveza a la copa.
Esa confianza mutua entre el dueño y el cliente, pensaba Ernesto, era justamente lo que hacía de ese lugar lo que más le atraía; esos pequeños detalles hacían confortable a ese decrépito salón. El bar del Gallego era como una gran familia en la que, a pesar de una aparente indiferencia, sus vidas se entrelazan de una u otra forma para atraparlos en un sueño cotidiano viendo pasar la vida frente a sus ojos. Y esa era, sin duda, la vida real: allí las apariencias quedaban de lado para solo dar paso a la verdad desnuda, muchas veces cruel y tantas otras risueña.


Fin de esta historia 


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jueves, septiembre 17, 2026

EL ARTE DE VENDER

              El espejo le devolvía una figura respetable: su corbata roja perfectamente alineada con el cuello de su camisa blanca, el saco azul oscuro y el pañuelo en el bolsillo al tono de la corbata; una última mirada a sus zapatos bien lustrados; y su pelo negro limpio y corto con la raya al costado. La contextura física de Ignacio, que era elegante por ser delgado y alto, le brindaba confianza; estaba listo para la entrevista.

Llegó a la empresa puntual, como era su costumbre; subió por el ascensor al décimo piso y, cuando entró a la amplísima oficina, pudo observar que solo había una secretaria trabajando en su computadora. Después de presentarse, la joven mujer le dijo que se sentara, que el gerente lo atendería en unos minutos. Los minutos de espera fueron cuarenta y cinco, pero para Ignacio el empleo merecía la pena.

Por fin, la secretaria lo hizo pasar a otra oficina más pequeña en donde estaba sentado detrás de su escritorio un señor de impecable traje gris y corbata, luciendo un par de gemelos de oro, al igual que su impactante reloj de pulsera.

—¿El señor Ignacio García, verdad? —le preguntó ese hombre leyendo el currículum que tenía ante sus ojos, al que no era necesario preguntarle si era el dueño de la empresa; su aspecto lo decía todo.

—Sí, señor.

—Tome asiento, por favor —le dijo el gerente recostándose en su sillón, y mirándolo muy seriamente—. ¿Tiene usted idea, señor García, de la envergadura de esta empresa?

—Por supuesto, señor; es más, yo soy un entusiasta de las carreras de automóviles y conozco toda la historia de la prestigiosa empresa Mercedes-Benz y las fantásticas carreras ganadas con el piloto más famoso del mundo, nuestro Manuel Fangio, con la inolvidable Flecha de Plata —le dijo Ignacio, sonriendo con su cara jovial, a aquel señor que lo observaba.

—Sí, sí, perfecto, señor García, pero este trabajo es para vender los automóviles de más alta gama que tiene la empresa. A esta agencia vienen personas del extranjero, de mucho dinero, muy exigentes, a comprar una joya de la industria automotriz; poco les importan las carreras del siglo pasado, eso es solo historia. A esta gente usted les está ofreciendo no solo un automóvil, usted les está ofreciendo un símbolo de poder; no sé si me entiende.

—¿Cómo no lo voy a entender, señor? —le dijo Ignacio erguido en su asiento, colocando sus dos manos sobre el escritorio—. Toda mi vida he vendido autos.

—No me diga —le dijo algo sorprendido el gerente—. ¿En qué empresa?

—La última fue en una familiar que llevábamos adelante con un primo mío en la Ruta 8, cerca de la autopista del Buen Aire, pero de autos usados —respondió Ignacio orgulloso.

El gerente, con cara de pocos amigos, tomando nuevamente el papel, le dijo:

—Mire, García, le voy a ser franco: su currículum no cumple con nuestras expectativas. Nosotros necesitamos a alguien que sepa al menos hablar inglés, con un buen manejo de Excel, algo de contabilidad e incluso un cierto conocimiento sobre algunos lugares de Buenos Aires, como vinotecas, hoteles y restaurantes exclusivos; es decir, no se ofenda, nuestros vendedores tienen que ser jóvenes de cierta cultura general que les permita en la negociación de la venta entablar charlas de igual a igual con el cliente, y usted está lejos de eso. No obstante, debo decirle que lo único en lo que mide usted bien es en su presencia; su vestimenta es elegante y sobria.

Ignacio se quedó mirando a su interlocutor siempre con su cara gentil y su sonrisa luminosa, y al cabo de unos instantes le dijo:

—Señor, le quisiera pedir una oportunidad. Permítame brindarle durante quince días una demostración de mi capacidad como vendedor; si durante ese tiempo yo no concreto ninguna venta, me iré y usted no me debe nada. ¿Qué le parece?

El gerente se le quedó mirando, mientras recordaba que le habían pedido completar el plantel de vendedores cuanto antes y no podía conseguir a nadie. Entonces, levantándose de su sillón y extendiendo su mano para saludarlo, dijo:

—Trato hecho, señor García, usted tiene su oportunidad.

«En el salón de exposiciones de la concesionaria solo se exponía un único automóvil, el Mercedes-AMG E 53 4MATIC + color negro... no pregunten el precio porque es de mala educación, solo diré que es muy elevado».

Este dato no es menor; Ignacio lo tenía muy presente: el noventa y cinco por ciento de los compradores efectivos no pregunta por el valor, excepto para extender el cheque.

Los primeros dos días Ignacio solo se limitó a observar. Sus compañeros de trabajo eran dos jóvenes, compinches ellos, que en ese primer momento mantenían al nuevo integrante del equipo a cierta distancia, bastante lejana; ni siquiera se preocuparon por enseñarle el lugar o los procedimientos de trabajo para las posibles ventas, ni tampoco le dijeron dónde quedaba el baño de los empleados. Esto a Ignacio lo tenía sin cuidado; en un pequeño recorrido descubrió dónde estaba el sanitario, la cafetera y, lo más importante, la empleada encargada de extender los recibos de anticipos o compras.

Durante esos dos días pudo notar que sus engreídos compañeros tenían algunas falencias muy evidentes; una de ellas era hacer bromas sutiles a las damas jóvenes que venían solas —de las que contabilizó un total de seis—. Las señoritas concurrían por la mañana, pero ninguna concretó una sola compra. Otra de las notorias características de ellos era que cuando faltaban diez minutos para el fin de la jornada estaban desesperados por irse, y, en una oportunidad, llegó un cliente diez minutos antes de cerrar y el desinterés por vender hizo que el posible comprador se fuera muy ofuscado.

Ignacio, después de hacer todos sus análisis, decidió comenzar a vender.

Un día viernes, quince minutos antes del cierre, paró en el estacionamiento de la agencia una camioneta embarrada hasta el techo; sus compañeros le pidieron si podía hacerse cargo y, en cuanto Ignacio aceptó, ambos desaparecieron.

De la camioneta bajó un hombre bajo con boina y zapatos de trabajo. Al verlo, Ignacio imaginó la estrategia de su discurso. Cuando el hombre entró al local, Ignacio, con su mejor sonrisa y predisposición, dijo:

—Buenas noches, señor, gracias por confiar en nosotros. ¿A quién le va a regalar esta joya insuperable de la mecánica, a su mujer o a un hijo?

El señor lo miró muy serio y luego respondió:

—¿Cómo sabe usted que quiero este automóvil para regalarlo?

—Me atreví a decirlo porque usted me parece que no es de las personas que desean este tipo de automóviles.

—¿Y por qué no, si me puede usted decir? —dijo el señor algo molesto.

—Porque usted es una persona de trabajo que por lo general solo invierte en máquinas, o campos de producción agrícola, o cualquier otra cosa que le permita crecer a su empresa, pero jamás invertiría para usted en un auto de lujo.

El cliente se lo quedó mirando unos instantes y después dijo:

—Debo decirle que usted es un excelente observador. Ha acertado, quiero este vehículo para regalar.

Comprador y vendedor se estrecharon las manos y sonrieron.




—Dígame, señor, ¿dónde desea usted que se lo entreguemos, con un gran moño blanco en el techo, el cual obviamente corre por nuestra cuenta? —le dijo Ignacio con su cara jovial.

—Bien —dijo el hombre sacando su chequera—, el de mi hija en un country en Pilar, y el de mi señora en Barrio Norte.

—No entiendo —dijo Ignacio—, ¿quiere que lo llevemos a dos lugares?

—Sí, obviamente —dijo aquel cliente sin perturbarse—, uno es para el cumpleaños de mi señora y el otro es para la fiesta de egresadas de mi hija.

Ignacio por poco se cae de espaldas; en tan solo quince minutos pudo vender dos autos de alta gama. Cuando le entregó el cheque a la cajera, que era una joven muy simpática, esta le dijo:

—No te puedo creer, te aseguro que jamás vendimos dos autos en tan poco tiempo, has batido el récord.

—Es solo un golpe de suerte —le respondió Ignacio con cara de experto.

A la mañana siguiente, Ignacio llegó quince minutos tarde y, cuando entró al local, estaban esperándolo el gerente y los dos vendedores parados en medio del salón.

—Señor García —comenzó diciendo el gerente—, quiero que le explique en detalle todo lo referente a su excepcional venta de ayer a estos dos sujetos, a ver si aprenden al menos un poco.

Ignacio se sorprendió por la indicación del gerente, pero solo para desquitarse del maltrato de los primeros días por parte de esos dos engreídos, dijo con voz y cara de experto:

—No se preocupe, señor, los voy a sacar buenos.

A partir de esa venta vinieron muchas otras, en su mayoría concretadas por él. Ignacio contaba con una ventaja que él solo sabía: venderle un auto o una camioneta usada a alguien que juntó el dinero durante diez años es mucho más difícil que venderle al que le sobra el dinero para comprar o incluso regalar un automóvil de altísima gama.

Un lunes por la mañana, muy temprano, llegó un hombre en una moto de alta cilindrada. Sus dos compañeros aún no habían llegado, costumbre muy frecuente en ellos. Después de sacarse el casco el posible comprador, entró al local e Ignacio lo saludó habiendo ya estudiado al candidato y su estrategia de venta.

Después de una prolongada charla sobre las características del automóvil, caballos de fuerza, torque, tapizado, caja automática y, lo principal, su elegancia, Ignacio terminó su discurso diciéndole en voz baja a su cliente:

—Pero permítame que le diga, señor, el grave problema que tiene este vehículo.

El hombre puso cara de intriga y preguntó:

—¿Qué problema tiene?

—El problema es que, cuando usted llegue a todos los elegantes lugares que frecuenta manejando esta máquina que es una joya, sus conocidos lo van a envidiar poniéndose verdes; y eso nuestra firma no puede solucionarlo.

El hombre se rio con ganas y, sacando su tarjeta bancaria negra de American Express, dijo:

—Precisamente para eso lo quiero comprar.





Fin de esta historia


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lunes, septiembre 14, 2026

UN ERROR INVOLUNTARIO


La vi caer.

Estaba en una rama muy alta,

plena, libre.

Cuando su cuerpo golpeó contra el suelo,

 comprendí el error.


Corrí a buscarla:

de su pecho brotaba sangre,

ya no había remedio.

La tomé entre mis manos y todavía pude sentir 

el calor de la vida.


Yo fui el culpable.

Yo le arrebaté su bella existencia.

¿Por qué tuve que acertar?

No arrojé esa piedra para matarla.

¿Por qué yo?


Aún hoy, siendo grande,

la sigo viendo caer:

sin vida, sin remedio.


Pobre paloma…

pobre niño.




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jueves, septiembre 10, 2026

EL ACCIDENTE

«Nuestra posedora Tierra es una solitaria mota en la gran penumbra cósmica circundante»

CARL SAGAN  (1934 - 1996) 

​ La devastadora guerra del año 2100 dejó a la Tierra con niveles altísimos de radiación. En muchos países las ciudades quedaron abandonadas e irrecuperables, y la población mundial se redujo a la mitad. La reconstrucción del planeta llevaría décadas.

​Uno de los programas que se reanudaron por considerarse indispensables fue la limpieza de las miles de toneladas de chatarra espacial en desuso que orbitaban la Tierra. Estos desechos representan un alto riesgo al reingresar a la superficie, un peligro que se multiplicaba por la presencia de decenas de satélites equipados con bombas nucleares.

​La misión duraría quince días. A diferencia de las anteriores, ejecutadas por naves pilotadas por inteligencia artificial, esta vez sería tripulada por dos astronautas que, además de calibrar equipos, debían realizar investigaciones de laboratorio.

​El antiguo sistema de tarifas orbitales había fracasado. La acumulación de objetos en la órbita baja era tal que los accidentes durante los nuevos lanzamientos se habían vuelto cotidianos. Como solución, se ideó un ingenioso sistema de recolección: una red magnética que, a modo de telaraña, atrapaba los desechos. Al alcanzar la posición adecuada, la red los liberaba simultáneamente para hacerlos caer sobre un punto controlado del océano, sin peligro para las zonas habitadas.

​—Después de esta misión me tomaré vacaciones. Tengo planeado ir con mi familia a Bariloche —dijo el capitán Brister mientras sujetaba una pequeña herramienta que flotaba a su lado.

​—¿A Bariloche? ¿Dónde queda eso? —preguntó el teniente Loft, al tiempo que abría un contenedor transparente con plantas verdes de flores amarillas.

​—Es un lugar maravilloso y único en el sur de América. No está contaminado y tiene unos lagos de agua cristalina que parecen de otro planeta —respondió el capitán.

​—Qué suerte la suya, capitán. A mí todavía me quedan dos misiones largas y aburridas: una a la Luna y otra a Marte.

​Apenas el teniente terminó de hablar, se escuchó un golpe seco seguido del grito del capitán. Brister se sujetaba el brazo izquierdo, del que brotaba sangre que se expandía por la cabina en grandes esferas rojas flotantes.

​—¡Nos impactó algo! —gritó el teniente, intentando auxiliarlo.



​Para atender la herida era necesario retirar la parte superior del traje, una tarea compleja en esas condiciones. Al lograrlo, descubrió un corte enorme por la que manaba sangre en abundancia. En ese instante comenzó a sonar la alarma de despresurización: la cápsula perdía oxígeno a gran velocidad y el capitán se había desvanecido.

​Loft actuó con rapidez: le colocó a Brister la máscara auxiliar de oxígeno, se puso la suya y aplicó un torniquete en el brazo afectado. Al detener la hemorragia, cubrió la zona con compresas de algodón y vendas.

​El impacto había sido provocado por un meteoroide de no más de dos centímetros de diámetro. Estas rocas se desplazan por el espacio a velocidades superiores a los 160.000 kilómetros por hora, capaces de infligir daños severos incluso a una nave tan sofisticada. Aunque era pronto para evaluar la totalidad de los daños, a simple vista solo se observaban dos pequeños orificios en el fuselaje —uno de entrada y otro de salida— y la grave lesión del capitán.

​Una vez estabilizada la hemorragia, el teniente selló las perforaciones de la nave para restablecer los niveles de oxígeno. Con la situación bajo control, se comunicó con la base para informar de lo sucedido y solicitar instrucciones. La orden fue inmediata: abortar la misión y esperar las coordenadas para el descenso de emergencia.

​Tras verificar que los sistemas funcionaban correctamente, Loft volvió a mirar al capitán y se sobresaltó. Sobre la piel herida de Brister había brotado una especie de musgo verde. El teniente contempló una posibilidad remota pero real: una contaminación biológica extraterrestre transportada por el meteoroide. Tomó una muestra y la colocó bajo el microscopio; la estructura se asemejaba a la de un hongo terrestre, pero con un ritmo de reproducción asombrosamente veloz.

​Intentó destruirlo con alcohol, sin ningún resultado. Al examinar de nuevo al capitán, descubrió que en cuestión de minutos el musgo había cubierto todo el brazo. El pánico aumentó al notar que la sustancia también se extendía por las paredes de la nave, alrededor de las perforaciones.

​Decidió colocar una pequeña muestra en la bomba de vacío y obtuvo respuesta: el musgo se contrajo. Sin embargo, en cuanto volvió a inyectar oxígeno, el hongo cubrió la superficie del recipiente en pocos segundos. Evidentemente, el organismo se alimentaba de oxígeno.

​Al revisar otra vez el brazo de Brister, probó retirar esa gelatina verdosa de la piel, pero comprobó que el tejido cutáneo había desaparecido: el brazo estaba en carne viva. Desesperado, notó que el capitán continuaba inconsciente y con una fiebre abrasadora. El hongo avanzaba hacia el hombro y el cuello, mientras que en las paredes se filtraba entre los cables y los paneles de control.

​El teniente sopesó alternativas. Si cortaba el suministro de oxígeno de la nave y se ponían los trajes, no podría contener el avance de la infección en el cuerpo del capitán. Mientras evaluaba las opciones, Brister comenzó a convulsionar y entró en paro cardíaco. Loft le realizó maniobras de reanimación cardiopulmonar durante varios minutos, pero fue inútil.

​Agotado y dolorido, bajó los brazos. Un ardor intenso en la mano derecha lo alertó: el hongo se le había adherido.

​Intentó retirarlo con una gasa, pero al desprenderse, la piel cedía y la sangre brotaba. Cuando logró remover la gelatina verde, la mano le quedó en carne viva. Con un dolor insoportable, abrió el botiquín, se inyectó morfina y se vendó la herida.

​Haciendo un gran esfuerzo, se colocó el traje espacial. Despresurizó la cabina y cortó el oxígeno. De inmediato, vio cómo la mancha verde y espesa que cubría gran parte del instrumental y el cuerpo del capitán se contraía hasta desaparecer. El rostro de Brister presentaba un aspecto aterrador. Para evitar que el extraño hongo volviera a propagarse por el interior, Loft le dejó puesto el traje al cadáver; al ser completamente hermético, la amenaza quedaba contenida en su interior.

​Desde la base le enviaron las instrucciones para descender en una plataforma de la antigua y desmantelada NASA.

​Tras el aterrizaje, un equipo de descontaminación desinfectó el exterior y el interior de la nave. El teniente fue trasladado a un área de aislamiento durante siete días, mientras que el cuerpo del capitán Brister fue retirado dentro de su traje para ser cremado.

​A pesar del rigor de los protocolos de limpieza, un detalle pasó desapercibido. Durante el descenso, la nave debió atravesar una densa capa de nubes bajo condiciones meteorológicas adversas. Aún contaminada en su superficie externa, la estructura rozó la masa nubosa.

​Un viento cálido del sur arrastró la nubosidad a lo largo de varios kilómetros hasta cruzar un frente frío. Poco después, una lluvia intensa empapó campos cultivados de girasol. En los diez días posteriores al aterrizaje, miles de hectáreas quedaron infectadas por el hongo verde. La plaga se extendió por pueblos y ciudades, dejando a su paso terror y muerte, hasta alcanzar el océano y teñir también sus aguas.



​En veinte años, el hongo verde consumió todo el oxígeno de la Tierra. Un año después, extinguido su alimento, el organismo desapareció por completo, dejando tras de sí un planeta inerte, seco y gris.


FIN DE ESTA HISTORIA

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CARL SAGAN


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lunes, septiembre 07, 2026

SERES DE OTRO MUNDO

 

         Cuando Alejandro llegó al rancho con su familia, como lo hacía todos los fines de semana, se preocupó al no ver a Teseo. Después encontró sobre la mesa su carta, que decía esto:

«Querido Alejandro, te dejo esta carta a modo de testamento por si alguien del pueblo te pregunta por este viejo solitario, solo para que se enteren de lo que dejo aquí en esta tierra. 

Mi nombre es Teseo. Vivo en la Puna, solo, lo cual no es fácil; quizás lo más difícil es soportar las largas noches escuchando el silencio.

En dos oportunidades quise radicarme en el pueblo, pero no es para mí: prefiero la soledad. No sé por qué, pero en algún momento de mi juventud, después de que fallecieron mis padres, conocí a una mujer que no quiso compartir mi vida y, después de ese dolor del alma, preferí vivir solo.

Ya soy grande. Tengo ochenta años, una radio para escuchar música y, cada quince días, vos me traés noticias del pueblo, el dinero de mi jubilación y algunos víveres: cigarrillos, yerba, fósforos y pilas.

Me acompaña mi perro Sultán, que no es muy grande: tiene el pelo corto y negro y sus orejas son desproporcionadas. Es feo, pobre, pero yo lo aprecio. Compartimos el calor del fuego, las noches frías, el agua y las galletas marineras. Con su mirada mansa parece que me quiere decir algo, pero por cortesía no lo dice.



El rancho en el que vivo tiene todo lo que necesito. La leñera siempre está a mano y la mantengo repleta de troncos secos; el hogar me lo construyó un forastero inglés —le hizo un pulmón y funciona de maravilla—. En él suelo hacer churrascos, papas fritas o huevos, que acompaño con alguna hoja verde de mi huerta… Uno o dos vasos de vino nunca faltan y, en la sobremesa, escucho la radio mientras fumo. Tengo un pequeño depósito sin ventanas en el que maduran los quesos de cabra, los cuales vos me vendés —has sido el único y mejor socio de toda mi vida—.

El mayor lujo que tengo es un arroyo que trae de la montaña agua cristalina; solo debo caminar cincuenta metros y acarreo todo lo que necesito. He fabricado un carro con cuatro ruedas de carretilla que me facilita la tarea: con dos viajes tengo para todo el día.

El mayor placer lo disfruto observando el amanecer y esas noches majestuosas de cielo estrellado, en total silencio, tomando mate y fumando.




Mi día de labor comienza atendiendo a mis diez cabras: les abro el corral y las dejo libres después de ordeñarlas, limpio su lugar y lleno con agua el bebedero. Le sigue el turno al gallinero: retiro los huevos y les doy agua y maíz a las gallinas. Cuando me quiero acordar, el sol está alto; entonces hago un descanso: caliento agua y me cebo unos mates a los que acompaño con galleta y queso, siempre sentado a la sombra del alero de mi rancho, desde el cual puedo ver todo el valle y el camino de ripio que va al pueblo, el cual parece una cinta plateada que baja zigzagueante.

Si el sol no está muy fuerte, atiendo la quinta y cosecho alguna verdura de hoja, unas papas y zanahorias para el almuerzo.

Después de comer, me fumo un cigarrillo para después recostarme a escuchar las noticias en la radio sobre mi catre, hasta que me duermo.

Solo tengo sexto grado, pero tuve la suerte de tener una maestra que fue para mí una segunda madre; gracias a ella aprendí a leer y escribir. Hoy disfruto de ese universo luminoso que encierran los libros. Disfruto cuando me los alcanzás de la biblioteca del pueblo y, después de leerlos, los comentamos.

Vos sos más joven que yo, sos un muy buen muchacho y tenés una familia maravillosa; tus dos hijos chicos, la nena y el nene, son buenos como sus padres. Sos un ejemplo, Alejandro.

Me río solo cuando tus hijos me dicen abuelo y yo les contesto, haciéndome el enojado: —¡Qué abuelo ni qué abuelo, hijos de una gran siete! ¡Yo no soy su abuelo ni lo seré nunca, por suerte!

Después vienen corriendo y me abrazan riendo para reafirmar que soy su abuelo, y me hacen cosquillas.

Como bien sabés, ustedes son mi familia, y una mención aparte es tu mujer, Laura. Has elegido bien, cuídense mucho. Decile que voy a extrañar sus deliciosos pasteles.

Como podés ver, soy un hombre que vive bien, con muy poco; a mi edad, a diferencia de los jóvenes, el mundo se achica y ya no pretendemos conquistarlo: con que nos permitan ocupar nuestro lugar por un tiempo más es suficiente.

Después de toda esta lata, te cuento lo que me ocurrió. (de antemano te digo que los chismosos del pueblo no lo creerán) Por lo cual podes decirle con mi autorización que he pasado a mejor vida.

Una mañana de septiembre, estaba distraído tomando mate con mi mirada perdida, cuando algo me hizo prestar atención. Por el camino venía alguien caminando, no podias ser vos a esa hora; a medida que se aproximaba pude comprobar que era una mujer. Cuando estuvo cerca, mi vista no se equivocó: era una chica delgada de unos quince años, con un vestido floreado, alpargatas y un saquito de hilo claro, con una gruesa trenza en su pelo negro, y llevaba una pequeña mochila en su espalda. Al pararse frente a mí, lo que más me llamó la atención fue su expresión y su mirada. Solo esbozó una sonrisa, y me dijo:

—Vengo de lejos y necesito hospedarme solo por unos días, ¿tendría usted un lugar en su casa para mí? No deseo molestarlo.

—Esto no es una pensión, querida —le dije—, solo puedo ofrecer un lugar frente al fuego, nada más.

—Para mí es suficiente, y le pagaría si puedo compartir el desayuno, el almuerzo y la cena.

Después de decirme esto, se quedó mirándome y no puedo explicarlo, pero en sus ojos negros pude ver a un ser mucho más inteligente que yo, a pesar de ser tan joven. Esa semana junto a esa chica fue una experiencia extraña: para empezar, parecía que se podía comunicar con Sultán; por las noches le sostenía la cabeza y lo miraba fijo a los ojos; Sultán movía la cola de forma acompasada como si estuviera charlando, se quedaban así por más de una hora antes de la cena, y después Ana —así se llamaba— compartía un poco de comida que le daba con la mano. La primera vez que le mostré a Ana el corral, mis cabras, a pesar de tener la tranquera abierta, no salían, y fue necesario que ella les hiciera una señal con su mano para que se decidieran.




Debo decir que Ana no era comunicativa; una vez me dijo que estudiaba Ciencias Naturales. Después del desayuno iba a buscar por el campo bichos raros y flores silvestres, y muchas veces no regresaba hasta el atardecer.

Después de cenar nos quedábamos charlando frente al fuego, y ella me preguntaba más cosas a mí que yo a ella.

Una noche salimos a contemplar el cielo y me indicó con el dedo un lugar; yo pensé que me mostraba las Tres Marías. Cuando le dije, por primera vez se rio con ganas; después se puso seria y repitió pausadamente:

—«Las Tres Marías»… qué lindo nombre.

En nuestras charlas hablábamos de animales, plantas, del tiempo, del agua, de bichos. Una noche me preguntó si me acordaba.

—¿De qué? —le pregunté, y se quedó mirándome con esa mirada intensa e inexpugnable.

Esa última tarde me dijo que se tenía que ir, pero antes quería decirme algo. Cuando me habló por última vez, su cara y su tono de voz me parecieron de una persona muy mayor.

—Teseo, debo decirte algo que quizás no entiendas, pero mi obligación es hacerlo: yo provengo de un lugar muy lejano en el cielo, tan lejano que no se puede medir. Mi pueblo estuvo a punto de extinguirse por seres de otro mundo; para evitarlo, enviamos a otros lugares del universo a niños muy chicos y los dejamos al cuidado de familias buenas. Tú eres uno de esos miles de chicos. Que no lo recuerdes es algo normal, pero esa es la verdad. Por esta razón tengo que decirte que tienes la posibilidad de regresar conmigo a tu primitivo lugar, allí te podrás reencontrar con tu verdadera familia.

Cuando terminó de decirme todo eso, se quedó callada y mirándome con esa mirada que no era de una niña: era de alguien adulto… yo diría, una experiencia de miles de años. Me animé a preguntarle su edad y esto me dijo:

—Mi edad es de doscientos cincuenta y tres años terrestres, soy bastante más grande que tú. Esto es todo lo que tengo para decirte. Si decides venir, solo debes salir por la noche, mirar a lo que tú llamas Las Tres Marías e invocarme, nada más.

Después de decirme todo esto, Ana me dio un beso en la mejilla, se colocó su mochila y se fue; cuando la seguí con la vista, de pronto desapareció.

Querido Alejandro: después de pensarlo mucho, me dije que ya estaba grande y que una última aventura no me vendría mal; por esto te dejo todas mis pertenencias, con excepción de Sultán, que me permiten llevarlo. No es posible regresar, me lo advirtieron más de una vez, por lo cual te extrañaré mucho, mi amigo; y dile a tus hijos que su abuelo se fue de viaje.

Espero que tu vida junto a tu familia sea muy feliz y luminosa; si me permiten darte una mano, lo haré, no lo dudes. Bueno, no tengo otra cosa que decirte, me vendrán a buscar esta noche. Cuida bien de mis cabras y a las gallinas. En un mes más podrás vender los quesos; no despilfarres el dinero. La radio me la llevo, aunque no sé si conseguiré pilas.

Un gran abrazo, hijo.

Teseo»

FIN DE ESTA HISTORIA 


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