«Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad».
Jorge Luis Borges
Cuando Juan entró al bar, su cara lo decía todo.
—Hola Juan, ¿cómo estás?
—Bien Edgardo, más allá de estar quebrado y con amplias posibilidades de dormir esta noche en la calle, bastante bien.
—¿Discutiste nuevamente con Nora? —preguntó Edgardo, sabiendo que su amigo siempre discutía con su novia.
—No llegamos a esos extremos, pero sin decirme una sola palabra arrojó toda mi ropa y mis libros a la calle; alguien se ofuscó al recibir un golpe en su cabeza, tuve que bajar rápidamente los tres pisos, y cuando regresé al departamento la puerta ya estaba cerrada.
A Edgardo estas historias contadas por Juan le causaban gracia, y por lo general tenía que esforzarse para no reírse en la cara de su amigo.
—Bueno —dijo Edgardo en tono conciliador—, ya sabemos que toda mujer tiene sus días, ya va a pasar, y verás que se compondrá la relación.
—¿Vos crees?
—Sin duda, mañana llama a Nora y pedile disculpas, y cuando la veas de nuevo regálale un ramo de rosas.
—Tal vez tengas razón —dijo Juan no muy convencido—, pero esta vez me parece que su actitud es diferente a otras veces; creo que definitivamente no me soporta y de algún modo tiene algo de razón: mis proyectos han fracasado uno a uno, mis deudas aumentan todos los años y, a pesar de haber tenido oportunidades inmensas, no las he sabido aprovechar. Ninguna mujer puede soportar la incertidumbre constante de la inestabilidad económica de su pareja, todo tiene un límite y esta vez creo que el límite de Nora ha llegado al grado de saturación.
—Hoy estás demasiado pesimista: mira, esta noche mi hermano no está, por lo cual te invito a que duermas en casa; mañana vamos a desayunar y verás todo de otra manera.
—¿Te parece?
—Por supuesto.
—Gracias Edgardo, acepto, vos sos mi mejor amigo. Me acuerdo cuando me metí con el asunto de la crianza de los perros Gran Daneses, el tipo me la vendió muy bien, y yo entré como un caballo. Lo que no sabía era que estos bichos eran más grandes que mi ignorancia; si no hubiera sido por tu viejo, que me prestó la quinta, no tenía dónde ubicar diez de estos animales que comían como dinosaurios. La verdad, ni mi hermano mayor me tiene en cuenta, creo no equivocarme en decir que soy un desastre.
—Bueno, Juan —dijo Edgardo—, ¡dejate de joder, parala! Mañana verás las cosas mejor, vas a ver. ¿Qué querés tomar? Yo te invito.
A la mañana siguiente, cuando ambos amigos estaban desayunando, el ánimo de Juan se había fortalecido y pensaba tratar de componer las relaciones con Nora. Fue entonces cuando, en plena charla y prácticamente de la nada, un hombre delgado, de cabello entrecano, de nariz aguileña y ojos celestes, se paró frente a la mesa del bar sin decir una palabra. A Juan le extrañó la actitud de este hombre, sin duda de origen ruso o alemán, que vestía un pantalón negro con saco gris alguna talla mayor y camisa blanca con el cuello desprendido; pero de inmediato Edgardo dijo, con sorpresa:
—¡Hola Dimitri! ¿Cómo está usted? Tome asiento por favor.
El hombre se sentó frente a Juan sin decir palabra. Juan también lo miraba, al punto que sus miradas se cruzaron unos instantes, y en ese momento sonó un celular: era el de Edgardo. Cuando atendió, se paró repentinamente y, tapando con su mano el teléfono, se dirigió a los dos conocidos para decirles que había surgido un problema en su estudio, que difícilmente regresaría y que pidieran lo que desearan, que iba por su cuenta.
El destino hizo que estos dos hombres se conocieran frente a frente en una mesa de un bar sin imaginarlo jamás. Dimitri no era un hombre grande, pero su apariencia le sumaba algunos años; en cambio, Juan parecía un joven de cuarenta años y ya tenía casi cincuenta.
Juan rompió el silencio y le preguntó a Dimitri qué deseaba tomar. Dimitri tardó en responder y después pidió un café. En un momento, Juan tuvo deseos de inventar una excusa e irse, pero faltaban no menos de dos horas para abrir la persiana del gimnasio, tarea que debía realizar solo él, dado que era el único empleado de Augusto, su primo y dueño.
Tratando de entablar una conversación, Juan dijo mirando por la amplia ventana:
—Edgardo siempre tiene problemas en el trabajo, y eso que es el dueño; qué sería si estuviera empleado.
Aquel desconocido se quedó mirándolo fijo hasta que el mozo le trajo el café, para después decir:
—Así es, Edgardo es un poco desprolijo pero muy trabajador. ¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó Dimitri, a lo que Juan respondió—: Estoy en el negocio de los gimnasios.
—¿Tienes un gimnasio?
—En realidad mi primo tiene uno y yo se lo administro.
—Ah, qué bien, es una linda actividad —dijo aquel hombre de cara enjuta con una barba de dos días.
—Sí, es muy linda —dijo Juan—. ¿Y tú?
—Yo soy profesor de matemáticas y dibujo técnico, en verdad es lo que he conseguido aquí en Argentina. En Rusia, de donde soy oriundo, trabajaba en un laboratorio científico de satélites espaciales, pero cuando los chinos entraron al negocio me echaron.
No había terminado Dimitri de decir esto cuando apareció junto a la mesa una mujer de rostro inexpresivo —se podría decir que de profunda angustia— con un chico en brazos y, dirigiéndose a Dimitri, le dijo algo en voz baja. Entonces este sacó de su bolsillo una billetera muy gastada y finita, la abrió y le entregó a esa mujer un billete. La mujer, sin decir palabra, tomó el dinero y se retiró.
Juan imaginó que Dimitri le presentaría a esa señora que, por sus rasgos y su idioma, seguramente era su esposa, pero esto no ocurrió.
Otro espacio de silencio se produjo, y ambos intentaron decir algo al mismo tiempo. Fue entonces que Dimitri sonrió y una robusta dentadura blanca iluminó el rostro de aquel hombre, demostrando un carácter afable y amplio que hasta el momento estaba oculto. A partir de allí, la conversación fue aumentando en temas diversos: experiencia, viajes, anécdotas. Ambos tenían esa capacidad de algunas personas de poder llegar a escuchar hablar cien horas sin importar lo que dijeran. Ese primer día Juan se fue a trabajar con la sensación de haber conocido a una persona muy inteligente y con una experiencia de vida enorme; de ser posible, hubiera seguido charlando todo el día. Cuando se encontraba inmerso en estos pensamientos sonó su teléfono, y pudo leer un mensaje de su amigo Edgardo que opacó un poco su nueva amistad: «Juan, te quiero avisar que Dimitri es un muy buen hombre, pero ten cuidado, que está un poco loco».
Juan ni siquiera registró esta advertencia, y durante varios días las reuniones con Dimitri continuaron, pero ahora con más comodidad, después de cumplir con sus respectivos trabajos. El conocimiento mutuo fue en aumento y comenzaron, como suele suceder, a confiarse ciertas cuestiones privadas. Por ejemplo, Juan se enteró de que esa mujer que venía a pedirle plata a Dimitri no era su esposa, sino su hermana, la cual vivía con él en Rusia y era madre soltera. Juan, por su lado, le había confiado a Dimitri la seguidilla de proyectos fracasados de su vida y su relación inestable con Nora.
Esa tarde de diciembre el calor era soportable, pero la humedad no. Dimitri y Juan quedaron en encontrarse en la plaza para respirar aire fresco. Así fue: un cómodo banco a la sombra de un gran árbol era un lugar adecuado, una brisa refrescante animaba su conversación. Ya estaba bajando el sol y Juan le había prometido a Nora llevarla a una cervecería donde preparaban unas riquísimas papas rústicas; fue entonces que le preguntó a Dimitri si quería venir a conocer a Nora y tomar una cerveza... pero Dimitri tenía que terminar de corregir unos últimos exámenes de alumnos rezagados, por lo cual le dijo a Juan que no faltaría oportunidad. Ambos se pararon para irse cada cual por su lado, pero Dimitri se detuvo un instante y le hizo una pregunta a Juan: —Hace unos días que quiero preguntarte algo.
—Sí, Dimitri, dime.
—¿Tienes alguna experiencia en la teoría de las probabilidades?
—¿Qué significa eso? —preguntó Juan.
—Nada, nada —dijo Dimitri—, te lo comentaré en nuestro próximo encuentro, que disfrutes tu cerveza junto a Nora.
No habían pasado dos días cuando el teléfono de Juan recibió un mensaje de Dimitri que decía: «Juan, te espero en mi casa porque quiero comentarte lo de la teoría».
Juan conocía dónde vivía Dimitri y no le agradaba para nada. Era una pensión de mala muerte con baño y cocina compartida; la habitación que Dimitri alquilaba para él y su hermana era tétrica. Un cordel del que colgaba una sábana separaba las camas de su hermana y su pequeño hijo de la suya; las paredes de la pieza lucían un empapelado semiarruinado que se sostenía de pura casualidad. Un viejo ropero con espejo y una mesa desvencijada con dos sillas de pino era todo el mobiliario; una sola lámpara colgaba desde el medio del cielorraso, y solo la cama de Dimitri poseía una mesa de luz y un velador. Juan había estado allí en una sola oportunidad para llevarle un medicamento para el sobrino de Dimitri que no conseguían, pero cuando lo quisieron convidar con un té, Juan por poco sale huyendo.
Juan respondió:
«¿No podemos mejor encontrarnos en el bar? Lo digo para que estemos más cómodos, yo invito el café».
«No, Juan, esto que deseo compartir contigo merece una reserva absoluta».
A Juan no le quedó más remedio que aceptar.
Esa tarde el clima era pésimo, una llovizna persistente humedecía la ropa. Cuando Juan entró a la pensión y se dirigió a la habitación de Dimitri, su hermana salió, pero sin su hijo.
—Hola Juan, adelante. ¿Qué deseas tomar? ¿Te, café, mate?
—No gracias Dimitri, solo te aceptaría un poco de agua fría.
—Dame un momento, ya traigo.
Cuando Dimitri salió de la habitación, Juan pudo observar a solas aquella pieza. El niño dormía profundamente, y el foquito de luz encendido —que iluminaba poco y nada— conformaba un entorno paupérrimo, pero lo que más le molestaba era ese penetrante olor a humedad mezclado con el perfume de la criatura. Cuando Dimitri regresó traía una pequeña bandeja con una taza de té, un vaso con agua y bizcochos de grasa; con cuidado, Dimitri depositó todo sobre la cama con la intención de dejar libre la única mesa existente. Después se dirigió al ropero y, de un estante superior, sacó dos cajas de madera idénticas que ubicó una sobre la otra en la mesa: —Siéntate Juan, te mostraré algo que seguramente no has visto en toda tu vida.
Después de que ambos estuvieron sentados frente a frente, Dimitri abrió la primera caja, que contenía decenas de pequeñas libretas numeradas prolijamente. Cuando sacó una de ellas, con el número “1”, se la entregó a Juan para que la hojeara. Juan, al abrirla, observó que todas las hojas de la libreta contenían infinidad de listas de números y solo algunos remarcados con un círculo.
—¿Imaginas qué es esto? —le preguntó Dimitri a Juan.
—No tengo ni idea —le respondió Juan mirando la libreta.
—Este es el trabajo de estadística pura realizado durante más de 20 años; esta libreta que tienes en tus manos fue la primera, yo en ese momento era el hombre más feliz de Rusia.
—Sigo sin entender —dijo Juan.
—Bien, te explicaré —dijo Dimitri—: cuando joven realicé una apuesta a un amigo mío que era un jugador empedernido, aposté que podía ganar en el casino miles de rublos si me dejaba realizar unos cálculos en un lapso de tiempo de seis meses, y mis cálculos fueron exactos. Esto me permitió no solo ganar la apuesta, sino que continué aplicando mi teoría en la ruleta y pude ganar una suma de dinero enorme... —Dimitri quedó con su mirada fija en los ojos de Juan sin decir palabra.
—¿Y entonces? —le preguntó Juan intrigado.
—Entonces —contestó Dimitri—, no consideré el principio y el final de cada ciclo, esto me impidió continuar ganando. —Nuevamente Dimitri quedó en blanco.
—¿Y entonces? —preguntó ya algo exaltado Juan.
—Entonces —respondió Dimitri—, continué perfeccionando mi teoría y ahora, después de todos estos años, el trabajo está concluido, ya conozco la cantidad de jugadas necesarias para que el ciclo comience o termine.
—¿Qué significa esto de los ciclos? —preguntó Juan.
—Te explicaré, estimado amigo: mi teoría se sustenta en que cualquier sistema manual o mecánico que pueda brindar solo dos resultados —por ejemplo, el colorado o negro de una ruleta—, en forma aparentemente casual, estadísticamente no es así; yo he comprobado que estos resultados cumplen rigurosamente un ciclo repetitivo de entre 1200 o 1400 tiros, te enseñaré.
Dimitri abrió la otra caja y de la misma sacó una ruleta en escala y una libreta.
Después de abrir la libreta y observar una lista de números, hizo girar la ruleta y arrojó la bolilla. Antes de que la bolilla cayera en un número, Dimitri con anterioridad le decía el resultado a Juan:
—Colorado 14, colorado 23, negro 33, colorado 16, negro 20, colorado 12, negro 35, negro 31, 00, colorado 7, negro 15.
Dimitri no falló en ninguna oportunidad, incluyendo el cero. Después se quedó mirando a Juan sin decir palabra y realizó una nueva demostración, también sin fallar ni un solo juego, y repitió esto una tercera vez para que no existiera duda alguna de su teoría. Al finalizar, le dijo a Juan:
—Esto no se trata de cábalas, corazonadas o azar; esto que te he mostrado es solo ciencia pura.
Juan quedó impresionado y no sabía qué decirle a Dimitri sobre semejante proeza —o ciencia, para utilizar el término adecuado—. Solo le dijo: «¿Por qué motivo me cuentas a mí este trabajo que evidentemente te puede convertir en multimillonario?»
—Es muy simple —dijo Dimitri—: para poder ganar en una ruleta se tiene que realizar entre dos personas, uno apuesta, tú, en tanto yo realizo ciertos cálculos indispensables. Sin inconveniente podemos ser dos los millonarios.
Cuando Juan aún no salía de su asombro, la criatura que dormía irrumpió en llantos, y entonces Dimitri guardó apresuradamente todo lo que contenían las cajas y las llevó nuevamente al ropero, para después comenzar a cambiarle los pañales a su sobrino. Juan no pretendía ayudar en la tarea, y entonces quedaron en verse al otro día en el bar de siempre.
Durante el transcurso del camino de regreso a su casa, Juan no sabía si lo vivido en la habitación de Dimitri era verdad o un sueño, pero sin duda era real. Convertirse en multimillonario no era algo que estuviera en sus planes por esos días.
Al día siguiente, Juan esperaba a Dimitri en la mesa de siempre hasta que lo vio entrar. Después de saludarse, pidieron un café y comenzaron sin más preámbulo a ultimar los detalles de aquella empresa.
Como todo el proyecto y el dinero necesario surgían de Dimitri, se estableció el porcentaje para cada uno: 30% para Juan y 70% para el mentor. Para Juan, el 30% de millones de pesos sin arriesgar un centavo era como tocar el cielo con las manos, por lo cual este tema estaba superado.
Dimitri le detalló a Juan todo lo que debía hacer sin cometer errores: él, mediante señas muy disimuladas, le indicaría a Juan cuánto apostar, a qué número, e incluso los intervalos en los que no debía apostar. Estos movimientos eran los indispensables hasta que se diera el golpe; este golpe consistía en apostar todo a un solo color, en la jugada que Dimitri le indicara. Quedaron en viajar a Mar del Plata el viernes de la próxima semana para ir al casino el sábado, que es cuando concurre mayor cantidad de apostadores y ellos pasarían desapercibidos hasta el momento cumbre.
Esto se planificó así porque Dimitri decía saber que en las salas de juego siempre están los veedores, señores que disimulan ser jugadores y en realidad controlan cualquier movimiento extraño; si los descubren a ellos —a uno apostando y al otro realizando cálculos—, los obligarían a dejar la sala.
Después del viaje en micro el viernes a la noche, llegaron a Mar del Plata el sábado a la madrugada. Dimitri, impecablemente vestido, peinado y rasurado, eligió un hotel próximo al casino, bastante costoso; después de descansar, almorzaron como reyes en el comedor y, sin más vueltas, se dirigieron al casino. Juan se sentía bastante nervioso, a diferencia de Dimitri, que se comportaba confiado y tranquilo. El plan consistía en que Dimitri le entregaría las fichas a Juan en los sanitarios en forma disimulada, y así fue. En un momento en que no quedaba nadie en el baño, Dimitri le dio a Juan cinco fichas de las más grandes; después entraron por separado a la sala. Juan se dirigió a una mesa de acuerdo a lo planeado y Dimitri se colocó en un lugar estratégico para impartir las señas.
Cuando estuvieron en sus posiciones próximas a la mesa, escucharon al crupier decir el tradicional:
—¡No va más! Negro el 29.
Dimitri no realizó ninguna señal, Juan no debía apostar aún. Así continuó con otro impulso para hacer girar la ruleta, hasta que la bolilla saltaba de número en número.
—¡No va más! Negro el 10.
Dimitri, inmutable.
—¡No va más! Colorado el 5.
Dimitri le hizo la señal a Juan: dos dedos hacia arriba, apostar al colorado una sola ficha de las grandes. Juan acató la orden, y le traspiraban las manos a pesar de que el dinero que se arriesgaba no era propio.
—¡No va más!
El repiqueteo de la bolilla tardaba una eternidad hasta que se detuvo... y se escuchó nítidamente:
—¡Colorado el 34!
A Juan su corazón le dio un brinco. «¡Funcionó!», se dijo, en tanto el crupier dejaba al lado de la apuesta de Juan una montaña de fichas. El juego continuó, y durante seis tiros Dimitri no le dio ninguna instrucción, hasta que en la séptima le indicó a Juan con señas que apostara dos fichas grandes al color negro. Juan así lo hizo, y nuevamente se escuchó el característico:
—¡No va más!
...luego, a esperar el desenlace... Juan no quería ni mirar a la ruleta...
—¡Negro el 4!
Juan no podía contener su entusiasmo; en un cálculo rápido, habían ganado un año de su sueldo en el gimnasio.
Una enorme cantidad de fichas le entregó el crupier a Juan; los demás jugadores de la mesa hicieron sentir su admiración.
Cuando Juan miró a Dimitri, este observaba fijo el paño y mantenía el puño izquierdo cerrado, señal de que no debía apostar. Después cerró los dos puños, esa era la señal trascendental: cuando le guiñara el ojo izquierdo debía apostar a negro, y si le guiñaba el derecho, debía apostar todo a colorado. Juan esperó ansioso la señal, pero los nervios bloquearon su mente y un escalofrío le corrió por la espalda. Dudó cuál de los ojos de Dimitri era el izquierdo o el derecho, porque no preguntó si era desde su punto de vista, es decir, exactamente a la inversa. Después de desechar esta loca interpretación, respiró profundo, exhaló el aire a intervalos y mentalmente se orientó con su mano: él era diestro, por lo cual solo tenía que interpretar cómo sería si estuviera frente a un espejo. Pero esto le causaba dudas, por lo cual prefirió interpretar que su mano con la que escribía era la derecha y entonces la de Dimitri sería la opuesta. La transpiración corría por su frente cuando Dimitri, ahora sí, cerró su ojo izquierdo. Juan se dijo: «¡Todo al negro!».
Es curioso lo de nuestras mentes cuando están trabajando al límite: en lugar de apostar al negro, Juan apostó a colorado, pero dos segundos antes de que el crupier cantara el «¡no va más!», Juan advirtió su error inexplicable y alcanzó a cambiar de color todas las fichas estirando su cuerpo y su brazo al límite.
—¡No va más!
El repiqueteo de esa bolilla tardó una vida, era el único sonido del mundo que podía escuchar Juan, hasta que se hizo un segundo de silencio. Juan había cerrado sus ojos, y el crupier cantó implacable:
—¡Colorado el 12!
Juan sintió que se desmayaba; su desesperación irracional hizo que tratara de no permitirle al crupier que se llevara esa fortuna, pero el encargado lo miró muy serio y, con ese artefacto infernal que todo lo entrega o todo lo quita, se llevó todo. Juan no se animaba a mirar a Dimitri, y pasó por su mente que él era el responsable del error. Cuando levantó la vista, el inventor del método para ganar en la ruleta no estaba. Imaginó a Dimitri queriéndolo matar, y se dijo: «Mejor así, aquí se terminó todo». Cuando comenzó a buscar la salida, pasó frente a la barra y alguien lo llamó por su nombre: era Dimitri, que le hacía señas para que se acercara.
Desencajado y empapado en sudor, Juan se acercó. Curiosamente, Dimitri lo esperaba con dos copas y una botella de champaña abierta. Las llenó con calma y, distendido, dijo:
—Cometí un error, Juan, pero ya lo solucionaré.
—Levantando su copa agregó—: ¡Salud, compañero! ¡El próximo año seremos ricos, te lo aseguro!







