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viernes, septiembre 04, 2026

EL AMIGO DEL VENDEDOR DE HUMO

 

         —Este proyecto, señor Gutiérrez, si usted lo analiza con cuidado, cambiará al mundo entero; es más, internet y muchas de sus aplicaciones quedarán obsoletas en cuanto la gente entienda este nuevo proceso de comunicación.




El señor Gutiérrez, después de hojear una vez más la voluminosa carpeta, sentado en aquel escritorio acorde con su cargo de gerente general de uno de los bancos privados más grandes de Argentina, y mirando sobre sus lentes a aquel pequeño hombre calvo sentado frente a él, dijo de forma contundente:

—Señor… señor…

—Edgardo García Iribarren —le recordó ese hombre.

—Sí, señor Iribarren —dijo el gerente, cerrando la carpeta—. Su idea me parece realmente ambiciosa, pero, lamentablemente, en la situación actual en la que se encuentra el país, nuestro banco no puede otorgar créditos a proyectos tan riesgosos. Lamento no poder serle útil.

Cuando García pretendió continuar exponiendo su proyecto para una última oportunidad, el gerente, sin más, se conectó por el intercomunicador y le dijo a su secretaria que acompañara al señor García a la salida. García tomó su carpeta y, sin saludar al gerente, se retiró del despacho, pero antes de irse le dijo al gerente casi gritando:

—¡Ustedes se lo pierden! 

Al salir a la calle, un viento frío golpeó su cara; después de levantarse la solapa del sobretodo, se dirigió a la parada del colectivo para ir al único lugar donde comprendían y animaban todos sus proyectos de negocios. El único obstáculo era siempre el mismo: sus dos amigos del bar llamado «El asturiano» tenían menos dinero que él.

—¿¡Qué hacés, García, todavía estás suelto!? —le gritó desde lejos con voz socarrona un hombre de impecable overol azul, que ostentaba un calibre de tornero en el bolsillo de su camisa.

García, después de mirar el salón y comprobar que solo había dos muchachos jugando al metegol y otros dos al billar, se acercó a la mesa frente a la ventana y se sentó frente a su amigo.

—¡Vos siempre, Julio, con esos chistes boludos! Un día voy a venir con alguien importante y me vas a hacer quedar como el culo —le dijo García enojado a aquel hombre, tirando la carpeta sobre la mesa.



—No te calientes, García, si no hay nadie… bueno, nadie importante. ¿Quién va a venir a este boliche de mala muerte? Te invito unas empanadas y cerveza, ¿querés?

—Bueno —aceptó García mirando por la ventana—. ¿Y Lucio?

—Lucio, desde que se peleó con su señora, no lo vi más. Tenía ganas de irse a Brasil —le dijo Julio, mientras levantaba su brazo indicando con sus dedos un café chico para que el mozo lo viera.

—¡¿A Brasil?!… Mirá qué bien. Espero que me devuelva la plata que le presté antes de irse —dijo García molesto.

—Lucio es un muchacho decente, vos lo conocés bien, pelado —lo tranquilizó Julio.

—Sí, yo también soy decente, pero ahora necesito la plata más que él —exclamó García con fastidio.

Julio, para cambiar de tema, agarró la carpeta y leyó el título principal, que decía: «Intercomunicación satelital, con base fija en la luna y 80 repetidoras flotantes en los océanos Pacífico, Atlántico y mar Mediterráneo».

—¡A la pelota, García, vos sí que no te andás con chiquitas! —dijo Julio con voz retórica.

García, sacándole la carpeta de las manos, le dijo a su amigo mirándolo con aire de superioridad:

—Si puedo encontrar el inversor que necesito, este proyecto no me puede fallar. Tengo todo previsto, incluida la base lunar.

—¿En serio, García? ¿Y cómo harías?

—Conseguí un contacto de un tipo que tiene un pariente que trabaja en la NASA, y en cuanto salga otra misión lunar me dejan lugar para enviar el aparato y dejarlo allá; después, solo me resta organizar las repetidoras flotantes. Te digo, Julio, que si esto me sale, me lleno de guita —le contó García a su amigo con cara de entusiasmo.

—Pero, García, ¿vos sabés algo de aparatos de telecomunicaciones, de repetidoras flotantes, de viajes a la luna? —le preguntó Julio después de terminar su café.

—No —le dijo García tajante.

—¿Y entonces? —le dijo con curiosidad su amigo con cara de asombro.

—Yo soy empresario, Julio, lo mío son los negocios a gran escala, ¿entendés?

—Sí, te entiendo, campeón. ¿Querés que te diga algo? Vos estás más loco que una cabra —le dijo su amigo mientras llamaba al mozo.

—Vos reíte, Julio. Cuando me salga esto, me vas a ver pasar por acá con un Mercedes Benz descapotable, cero kilómetro, ya vas a ver —le dijo García pidiendo otro café al mozo.

—Fenómeno, pelado. Cuando tengas el Mercedes, traelo al taller que yo te hago el service. —Cuando Julio terminó de decir esto, sonó su teléfono—. Hola, Don Antonio, ¿cómo está usted? —dijo Julio tapando con su mano el celular para que no se escuchara el sonido de fondo del metegol—. Ya tengo terminadas las dos camionetas y el camión va a estar para el viernes… porque no me están entregando un repuesto, pero calculo que antes de las cinco se lo llevo yo a la fábrica; perfecto, perfecto, de paso me traigo el auto… De acuerdo. Ah, me olvidaba, Don Antonio: si el viernes me puede dejar unos pesos, se lo agradecería… ¡Bárbaro, excelente, Don Antonio, nos vemos! —Cuando Julio colgó, se quedó mirando a García, y este le dijo:

—¿Cuánto tiempo hace que trabajás para Don Antonio, Julio?

—Y… dejame pensar… Hace treinta años que me casé… sí… Y casi catorce años.

—¿Y nunca pensaste en agrandar el taller, buscar otros clientes, contratar más personal, qué sé yo, progresar? —le dijo García mirándolo fijo.

—¿Y para qué, pelado? Si así estoy bien. Don Antonio es un buen hombre, puntual con los pagos. ¿Para qué me voy a agrandar? Después, si contratás gente, se cansan y te meten un juicio que podés perder hasta la casa. Así estoy bien. Con Laura siempre nos arreglamos; en el verano nos vamos unos días a Santa Teresita, a la casa de mi suegro; somos felices, pelado. —García se quedó mirando a su amigo unos instantes y después le dijo:

—Sabés una cosa, Julio, hacés bien: los negocios no son para todos. —Después de decir esto, cuando iba a sacar la billetera, su amigo le dijo—: ¿Qué hacés, pelado? Yo te invité, la próxima pagás vos. 

García salió del bar con su carpeta debajo del brazo y comenzó a caminar para su casa, que estaba a cuatro cuadras. Cuando entró a su departamento, su señora, que se llamaba Nora, lo estaba esperando sentada en la mesa del comedor, rodeada de papeles, y su cara demostraba que no era uno de sus mejores días. Después de darle un beso, García se quitó el saco, lo acomodó en la silla y se sentó frente a ella.

—Por dónde querés que empiece —le dijo su mujer sin quitar los ojos de una factura de la luz.

—Sí, ya sé, la luz se fue por las nubes —le dijo García.

—La luz, el gas, la comida, las expensas, los impuestos, la prepaga, el transporte… Pero, ¿sabés una cosa? Todo esto no es nada… Hoy vino el de la inmobiliaria y alegremente me dijo que nuestro contrato de alquiler caduca a fin de mes, es decir, dentro de una semana, y para renovarlo tenemos que aceptar un aumento del ciento por ciento; es decir, de lo que estamos pagando, ahora pagaremos exactamente el doble. Cuando le dije que estaban locos, ¿sabés qué me dijo?… Me dijo: «Tómelo o déjelo». ¿¡Entendés!? ¡«Tómelo o déjelo»! —Nora terminó de decirle esto a su esposo, con sus ojos rojos y llorando.




—Pero, Nora, ¿cómo puede ser? Si hace diez años que les alquilamos y siempre fuimos puntuales, jamás les fallamos —le dijo García a su esposa, acongojado—. ¡Mañana voy a ir a hablar yo!

—No sé, Edgardo, no sé. Yo llegué a mi límite. Si vos no generás ingresos, con mi sueldo de la oficina no nos alcanza; tus negocios no se concretan, hace meses que no traés plata, ya no se trata de una mala racha.

—Solo necesito un poco de tiempo. Si consigo el inversor que necesito, nos salvamos, Nora, ¿me entendés? —le dijo García a su esposa tomándola de la mano, afligido.

—No, Edgardo, esa historia ya la conozco: siempre lo mismo, el inversor, el negocio, el permiso, el préstamo. Estoy cansada, Edgardo. Siempre te he querido, pero esta vez estoy abrumada. Estamos fundidos, Edgardo, ¡fundidos! —gritó Nora retirándose del comedor. 

Ella no tuvo más remedio que irse a vivir con su madre, y él, con su padre. Tras dos años de separación, Edgardo aún no podía con su genio: continuaba con sus ideas delirantes, pidiéndole dinero a su padre jubilado para financiar carpetas de negocios cada vez más inverosímiles y para cargar la tarjeta del transporte.

Una noche, mientras planchaba su camisa, su padre empezó a gritarle como si fuera un desconocido: el Alzheimer se desencadenó de pronto y fue fulminante. En el entierro, Edgardo se encontró con Nora, que estaba acompañada por un hombre; lamentablemente, su relación con ella se había terminado para siempre.

Cuando se agotaron los escasos ahorros que había dejado su padre, subsistir se convirtió en una situación muy difícil. La casa familiar no estaba en condiciones de alquilarse como para permitirle mudarse a una pensión y comer con ese dinero, por lo que debía encontrar otra solución. Para colmo, ya estaba retrasado el pago de las facturas de luz, de gas y de agua, sin hablar de los impuestos municipales.

Una mañana, al levantarse, fue a la cocina a prepararse el desayuno y, al abrir la heladera, vio que no quedaba nada; pensó en ir al bar, pero tampoco le quedaba ni un centavo.

Se dirigió al baño y, al mirarse en el espejo, vio el rostro de un hombre barbudo y acabado: era su propia cara. Entonces lloró amargamente frente a ese viejo cristal, que solo le devolvía la absoluta verdad de su existencia. 



Cuando Julio vio la cara y el aspecto de su amigo, no necesitó saber nada más.

—¿Qué hacés, pelado, tanto tiempo? ¿Ya no me das pelota? ¿Qué estás tramando, campeón? —le dijo aquel hombre, corpulento y rubio, algo bromista, pero con la condición de ser de esas personas que quizás sean humildes en ciertos actos, pero enormes para cuando es necesario.

—Estuve ocupado con lo del viejo, qué sé yo, me dejó un montón de deudas, pobre viejo.

—Che, vos sabés, hoy no almorcé. Mi señora se fue a pasear con unas amigas y yo para cocinar no sé ni hacerme un huevo frito. ¿Me acompañás con un sándwich y una cerveza, pelado?

—Bueno —dijo García, tratando de cambiar la cara y sabiendo que no había comido nada en todo el día—. Lo único, te aviso que me olvidé la billetera.

—Pero si el que invita soy yo, García, otro día pagás vos —dijo Julio llamando al mozo—. Te quería hablar de una cosa, pelado: en el taller estoy necesitando a una persona de confianza para ir a buscar los repuestos; como hay escasez, conseguirlos te lleva un tiempo precioso. ¿Conocés a alguien que se quiera encargar? Yo le pagaría un sueldo y la comida, pero tiene que ser de confianza porque, viste, no podés contratar a cualquiera; el vehículo y los gastos correrían por mi cuenta.

García conocía muy bien a su amigo y sabía que era incapaz de dejar a nadie de a pie, y también sabía que el taller solo contaba con un muchacho aprendiz a quien Julio le enseñaba como si fuera ese hijo que nunca tuvo.

—A qué hora voy, Julio —le dijo García a su amigo, sonriendo.




Cuando García entendió cómo trabajaba su amigo, se dio cuenta de muchas cosas. El taller de Julio parecía un laboratorio por lo limpio, todas las herramientas estaban en su lugar, y tanto su aprendiz como su amigo lucían un overol que parecía recién lavado; ambos trabajaban con guantes y anteojos de seguridad. Pero lo más sorprendente para García fue observar que tanto su amigo como su joven aprendiz trabajaban felices: el ambiente de trabajo en el taller de Julio era como estar en familia. 




Para el almuerzo, la señora de Julio colocaba un mantel blanco sobre una pequeña mesa debajo de la galería y almorzaban todos en un ambiente de cordialidad. Julio hablaba sobre temas de mecánica y también sobre asuntos de la vida, dirigidos a aquel joven que escuchaba con atención. García comprendió desde el primer día, que en ese taller no había lugar para él, porque no sabía distinguir una llave inglesa de una francesa; a los pocos meses, por fin, García encontró su vocación y su destino. 

Existen personas con talentos sobresalientes que desconocen su propio potencial. García poseía el arte supremo de los negocios: saber vender. La diferencia era que, antes, utilizaba su don para comercializar productos desastrosos nacidos de su imaginación. Sin embargo, cuando el destino lo vinculó a una empresa sólida como vendedor de su producto estrella, su poder de convicción se convirtió en un éxito rotundo. Esta vez la ecuación era perfecta: un producto confiable en manos de un vendedor extraordinario.


FIN DE ESTA HISTORIA





martes, septiembre 01, 2026

LA PUERTA CERRADA

 «Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad» 


Albert Einstein (1879 - 1955)

          Durante toda su niñez, esa puerta siempre estuvo así. A fuerza de formar parte de la vida familiar, y a pesar de no ser una casa grande, Miguel siempre vio esa puerta del dormitorio al final del corredor; cerrada.

La cotidianidad de no utilizar esa habitación se convirtió en algo que no tenía importancia: no le molestaba ni le provocaba intriga. No obstante, aún se acordaba vagamente de la vez que le preguntó a su madre por ella, y ella solo le dio una respuesta muy simple:

—Te lo vamos a decir con tu padre cuando seas más grande; ahora olvídate de esa puerta y de esa habitación.




La vida de Miguel fue normal. El tiempo de su adolescencia lo distribuyó entre sus amigos, sus estudios y el deporte; le apasionaba el tenis. Luego apareció en su vida una chica, Laura, a quien conoció en la facultad y con la cual se casó. De este modo, dejó la casa familiar y se fue a vivir a un departamento en la capital. Cuando se recibieron de psicólogos, ambos abrieron un consultorio y no les iba mal: los primeros clientes conformes les trajeron más clientes, y él completaba un ingreso razonable yendo al hospital. Cuando decidieron tener hijos, algo se interpuso y no lograron el objetivo; fue entonces que decidieron realizar un viaje a Italia. Programaban visitar Roma, Florencia y Nápoles, pues deseaban recorrer esas ciudades con tiempo, sin el vértigo de las excursiones.

Cuando solo les faltaba una semana para la partida, el padre de Miguel sufrió un infarto y tuvo que ser hospitalizado, lo que hizo que suspendieran el viaje. Después de dos meses en terapia intensiva, lamentablemente murió.

La madre de Miguel era de salud delicada, por lo cual él no podía dejarla sola; junto a su esposa, decidieron mudarse a la casa familiar.

Al poco tiempo, su madre también enfermó por un ACV devastador. A pesar de poder atenderla en su casa, su calidad de vida era muy mala y no podía salir de su habitación.

Miguel dormía con su esposa en la habitación contigua. Una noche se despertó por unos golpes. Al ir a ver a su madre, la encontró acostada en su cama con el brazo extendido y una mirada de angustia; ya no podía hablar. Después de que Miguel la tranquilizó, su madre se quedó dormida. A la noche siguiente se repitieron los golpes y la misma situación. Durante cuatro días esto se repitió.

—Pareciera que necesita decirte algo —le dijo su esposa a Miguel, tomándolo de la mano.

La olvidada pregunta de cuando era niño se precipitó en su mente: «¿Madre, por qué esa puerta siempre está cerrada?».

De inmediato saltó de la cama y se dirigió a la habitación de su madre. Al abrir la puerta y encender la luz, ella lo estaba mirando con el brazo extendido, indicando la cómoda. Miguel buscó en todos los cajones y, en el fondo del último de ellos, sacó una pequeña caja de cartón; al abrirla, encontró una llave. Cuando le mostró el hallazgo a su madre, ella se distendió con una profunda exhalación de aire y entornó los ojos.

Miguel le dijo a su esposa que iría a abrir la puerta, pero que prefería ir solo.

Cuando la abrió, las bisagras chirriaron por la falta de uso, y el olor a encierro demostraba el tiempo transcurrido: años ocultando lo que allí había.




Al querer encender la luz, la lámpara no funcionó. Caminó a tientas hasta alcanzar la ventana y, cuando quiso correr las cortinas, estas estaban apolilladas y se cayeron al piso. Finalmente, la luz del exterior inundó la habitación.

Lo que vio Miguel no se lo esperaba; quedó perplejo. Sobre una de las paredes, una cuna de madera aún exhibía su color celeste bajo una capa de polvo. El empapelado de las paredes, o lo que quedaba de él, tenía motivos de juguetes: trencitos y autos. De la lámpara colgaba un adorno de pajaritos y estrellas de papel sostenidas por hilos, balanceándose por la brisa de aire fresco que ingresaba por la ventana abierta. Sin duda, todo lo que allí había, alguien lo había dejado para congelarlo en un momento del tiempo.

Miguel llamó a su esposa para tratar de entender. Cuando Laura entró, quedó tan sorprendida como él. Frente a la cuna había una cómoda; al abrir uno de sus cajones, Laura descubrió que estaba repleto de ropa de bebé color celeste.

Ambos se miraron sin terminar de comprender.

—No recuerdo haber tenido hermanos, siempre me trataron como hijo único —dijo Miguel mirando a su esposa con asombro, entendiendo además que ya no tenía posibilidades de obtener una respuesta por parte de su madre.

Pero faltaba lo esencial: cuando Laura se acercó a la cuna, algo le llamó la atención. Sobre la almohada polvorienta, apoyado contra el respaldo, había un sobre. Laura lo tomó y se lo dio a su esposo. Miguel, acercándose a la luz de la ventana para ver mejor, sopló sobre él para quitarle la tierra y lo abrió. Cuando extrajo la carta, decía:




Querido hijo:

Si llegas a leer esta carta se debe a que, por algún motivo, no hemos podido hablarte en persona sobre este tema. Cuando termines de leerla, comprenderás por qué no podíamos decírtelo antes.

Al año de casados esperábamos un hijo. Cuando nació, le pusimos de nombre Miguel, como a ti. Era un sol y lo amábamos con todo nuestro corazón, como a vos. Después del parto, los médicos nos dijeron que no podríamos volver a tener hijos; esto al principio no nos preocupó demasiado, pero ocurrió lo que no imaginábamos: lamentablemente, cuando solo tenía un año de vida, nuestro único hijo enfermó de pulmonía y los médicos nada pudieron hacer. Quedamos destruidos, ya no podíamos continuar con nuestras vidas.

Un amigo de tu padre, al vernos tan deprimidos, nos comentó sobre una posible solución, pero era algo legalmente prohibido. Lo meditamos muchísimo, pero por fin nos decidimos y lo hicimos a pesar de los riesgos. Fuimos muy egoístas, pero estábamos desesperados.

Tú eres un clon de nuestro primer hijo.

Esta carta la hemos escrito hoy, en tu primer año de vida; esperamos que, cuando la leas, tu vida hasta ese momento haya sido feliz.

Para nosotros, Miguel, tú fuiste y serás siempre nuestro único y primer hijo, y desde el primer día te hemos amado con todo nuestro corazón.

Con todo nuestro amor,

Tus padres.


FINAL DE ESTA HISTORIA 


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El director de Gattaca es el cineasta y guionista neozelandés Andrew Niccol.

Esta película supuso su debut como director de cine (1997). Además de dirigirme y escribir Gattaca, Niccol es ampliamente conocido por escribir el guion de El show de Truman (The Truman Show, 1998) y por dirigir otras películas de ciencia ficción y suspenso como El precio del mañana (In Time, 2011), El señor de la guerra (Lord of War, 2005) y S1m0ne (2002).

jueves, agosto 27, 2026

LA FIRMA DE «FM"»


«Los grandes artistas copian, los genios roban.»

Pablo Picasso (1881 - 1973)



              Miguel Fernandez Mora, más conocido en el ambiente artístico, —digamos informal— como FM, sabía muy bien que su actividad la desarrollaba muy próxima al límite entre lo legal de lo ilegal. Para ser más explícito, copiar una obra de arte a los efectos de practicar, por el solo gusto de hacerlo, o para observar en privado, o en un reducido grupo de amigos   

—no es un delito—  pero si dicha obra artística copiada con la destreza de FM, se comercializa como si fuera un original, la cárcel estará preparada para encerrar aquel que lo intente. 

FM realizaba copias de consagradas obras de arte para vender dentro de un pujante y dinámico mercado negro, llevado a cabo por expertos delincuentes que conocían de arte, estafas y negocios turbios. 

Debemos también decir que con las actuales técnicas de impresión, envejecimiento acelerado, y demás instrumentos; falsificar un cuadro es más sencillo que en otras épocas. Pero FM, se jactaba de ser un artesano de la guardia vieja, y lo era sin duda.

Para aquellas obras maestras de arte antiguas, las cuales poseen detalles similares a un vino de calidad muy añejo,  en donde el tiempo aporta una impronta fundamental, el envejecimiento de las capas de pintura, su decoloración y resquebrajamiento, dan como resultado una delicada pátina, que forman parte de una firma indeleble de cada pintura, esa era una de las capacidades que poseía FM, mediante delicados intervalos de calor y frío, lograba el envejecimiento prematuro de una cuadro, en unos pocos días enviaba a esa obra reciente a cientos de años atrás. 

FM, poseía un estudio que en verdad eran dos, el primero se podría decir que daba a la calle, al sol, al mundo decente, bajo las reglas de la ley y el orden; el otro al jardín trasero. De un lugar al otro se accedía por una puerta que simulaba ser una biblioteca. En el primero todas las obras eran firmadas como es lógico por su autor, FM, y en el segundo, las obras eran firmadas por innumerables artistas  muertos hace muchísimo tiempo. Gracias al insuperable oficio de FM, un Van Gogh, un Monet, un Velazquez, un Rembrand o incluso un Caravaggio, eran rescatados de su aburrida vida de museos o colecciones privadas, para pasar a la aventura de un submundo de estafadores y sinvergüenzas. 

Una tarde de otoño se contactó con FM, un joven de rostro jovial, alto, vestimenta informal, diciendo ser estudiante de pintura llamado Esteban, la intención del muchacho era tomar unas clases de pintura con él, pero ya en la primer entrevista las clases que quería tomar el joven no era en el estudio que daba a la calle, era en el que daba al patio trasero de la casa, su carta de presentación era de un amigo mutuo, que se dedicaba a manejar pequeñas y reservadas salas de exposición en algunos lugares de Europa. Yendo al grano, la idea era realizar una continuidad de obras de arte no muy conocidas por novatos del arte pictórico siempre y cuando fueran acaudalados hombres o mujeres de negocios y posteriormente estafarlos.

—Sólo serán tres cuadros de colecciones privadas,  —le dijo el joven a FM— los dejamos a su elección, el único requerimiento es que deberán estar terminados dentro del año próximo. Nuestro mutuo amigo quiere saber el precio de cada una de las obras, cuando estén terminadas, él vendrá a darle el visto bueno y después yo las vendré a retirar, le entregaré su dinero, y me los llevaré todos el mismo día. 

FM, era un hombre soltero que llevaba una vida metódica, su pasión más allá de la pintura era realizar caminatas en zona boscosa o montañosa escuchando música clásica, con sesenta años y un estado físico admirable le brindaba la confianza de realizar travesías muy largas en zonas de cierta complejidad, llegó a realizar jornadas de tres días disfrutando acampar, y encender una fogata bajo el majestuoso cielo estrellado al cual observaba en absoluto silencio. Después de analizar este encargo, decidió que sería el último trabajo de firmas apócrifas, después, solo se dedicaría a trabajos originales propios, que dicho sea de paso los vendía a muy buen precio. Pero las falsificaciones ocupaban  para FM algo en su vida que no podía substituir por otra actividad, —amaba esta profesión—, pensando con total naturalidad «que esas obras copiadas por él no eran en sí mismo falsificaciones, solo las firmas de sus autores originales eran falsa», tal es así que todos sus trabajos a riesgo de ser descubierto con facilidad, eran firmados por él, una minúscula pincelada roja, en un lugar en el cuarto inferior izquierdo eran la distinción de su trabajo. FM aceptó el encargo y se estipuló un precio que le permitiría vivir sin trabajar recorriendo el mundo el resto de su vida.

FM comenzaba a trabajar en su estudio trasero alrededor de las diez de la noche y su tarea se prolongaba hasta el amanecer, pero como un cazador profesional, primero  buscaba su preciada presa en el mayor de los tesoro que poseía su atelier nocturno, una biblioteca con más de cien volúmenes de libros con láminas a todo color y catálogo de exposiciones recopiladas en diversos lugares del mundo, en ese océano artístico FM buceaba varios días hasta encontrar su objetivo y después de la elección, antes de desplegar la tela, realizaba un estudio minucioso del carácter de ese autor, su estilo de vida, su lugar en el mundo, sus maestros, su obra. La elección estaba definida, en esta oportunidad sería Paul Gauguin, y tres de sus obras, Paisaje Bretón, Lutteurs en Herbe y En Pleine Chaurleur.

Una vez determinado el objetivo, ampliaba el cuadro elegido sobre una pantalla cuatro veces, y una enorme lupa con luz, sujeta a un brazo móvil, le permitía observar hasta  las más mínima pincelada de cada uno de los detalles, pero FM, tenía la capacidad de plasmar la intención del propio artista, se podría decir incluso que detectaba el estado de ánimo del maestro durante los  días en que realizaba el cuadro, FM se convertía cada noche en Paul Gauguin. Su trabajo lo acompañaba con varias copas de coñac y su música preferida  Chaikovsky. Cuando terminaba su trabajo diario, esperaba que los primeros rayos del sol iluminaran las copas de unos árboles próximo a su ventana, después de correr las cortinas se retiraba a descansar. Cuando se disfruta lo que se realiza, no se está trabajando, FM realizaba su tarea diaria incansablemente, sin perturbaciones, y era un hombre feliz. 






Cuando la parte artística estaba terminada, FM realizaba la última revisión antes del proceso de envejecimiento, en otro pantalla proyectaba la copia aumentada cuatro veces y la comparaba con el original, solo muy delicadas pinceladas completaba su trabajo, y a pesar de entender que se arriesgaba a que su obra fuera descubierta con facilidad, la firmaba, un minúsculo punto rojo a diez centímetros del margen inferior y a otros diez centimetros del izquierdo, a pesar del enorme riesgo que esto implicaba, no podía dejar de hacerlo.

Un año después de haber terminado el encargo. Una noche de lluvia, paró frente a la casa de FM un automóvil negro de alta gama, el chófer le abrió la puerta trasera a un hombre bajo, y lo acompañó protegiéndolo de la lluvia con un amplio paraguas muy colorido hasta la entrada.

—¡Apreciado Paul, cuánto tiempo que no nos vemos! —le dijo FM—  en voz alta al pequeño hombre, haciéndolo pasar. Era el comprador de su último trabajo. Paul era un simpático señor de impecable traje de corte tradicional cruzado, sus zapatos de cuero claro, más su reloj, demostraba a primera vista su enorme solvencia económica. 

—Estimado maestro de maestros, el clima de tu país me perturba, pero aquí estoy. —le dijo con una amplia sonrisa, Paul..

Ambos amigos charlaron durante la cena recordando anécdotas inolvidables de compra y venta de obras de arte, genuinas y no tanto, después, el café con coñac se sirvió en el atelier trasero. Al entrar, FM iluminó los tres cuadros cubiertos con una tela de seda negra, y los descubrió para su amigo como si mostrara una joya exquisita. Paul, primero los miró a dos metros de distancia, recorriendolos con su mirada experta, sin decir palabra, inmediatamente después sacó de su bolsillo una lupa, y los inspeccionó uno a uno, en toda su superficie, deteniéndose en algunos lugares específicos, cuando terminó lo miró a FM y le dijo en voz baja. Son realmente sublimes y geniales, mi querido maestro de maestros.




Habían pasado varios meses de la entrega del trabajo cuando FM recibió una carta que pertenecía a su amigo Paul, y decía así:

"Estimado maestro de maestros con profundo pesar debo decirte que mi último negocio fue descubierto, seguramente cuando leas esta carta estaré en prisión, por lo que sé, la policía ha seguido el rastro de nuestro último trabajo y más temprano que tarde llegarán a ti, lamento que nuestra larga amistad termine de esta manera, no me ofenderé si declaras desconocerme, pero la situación es compleja, porque una mujer que poseía en su colección privada uno de los cuadros, se enteró de que uno igual lo había adquirido un billonario que lo publicó en Internet, lo que siguió puedes imaginarlo".

A los pocos días se presentó en la casa de Miguel un patrullero y dos policías con una orden de allanamiento, revisaron todo incluido el atelier del patio trasero, se llevaron varios cuadros y a Miguel, esposado.




El día del juicio llegó. Cuando a Miguel lo trasladaron a la sala le retiraron las esposas y lo sentaron en el banquillo de los acusados; sus tres cuadros se encontraban expuestos frente al jurado, después que el fiscal leyó todos los cargos la jueza, mirándolo a FM le preguntó si tenía algo para decir, y entonces FM poniéndose de pie dijo:

—Señora jueza, debo decir que estos tres cuadros los cuales son excelentes copias de los originales, han sido realizados por mí; y mi cliente pagó mi trabajo en forma correcta, pero desconozco donde está mi falta porque como es mi costumbre yo firmo todos mis cuadros, incluidos estos, imagino que si fuera un falsificador como ustedes me acusan no sería tan tonto en firmar un delito. La jueza asombrada miró al  perito y lo llamó al estrado, después, el perito le preguntó a FM, —¿en qué lugar del cuadro está su supuesta firma?.

Cuando FM indicó el lugar exacto de aquel minúsculo punto rojo, el perito con una gran lupa observó el lugar de cada tela y tuvo que afirmar que FM decía la verdad. No obstante esta sutileza no libró a FM de ser acusado y condenado, pero muy levemente. Un año de prisión domiciliaria, más dos años de tareas comunitarias, —enseñar dibujo en una escuela primaria—, esta condena Miguel la disfrutó muchísimo y el contacto con chicos le fue muy gratificante; por último se le advirtió que de reincidir en realizar copias de obras de arte podría tener que soportar una condena mucho mayor.

Las tres copias de los cuadros de Paul Gauguin se enviaron a quemar.

Salieron del depósito del juzgado envueltas en papel madera y cinta adhesiva, y se cargaron en la camioneta bajo la custodia de un agente que después de colocar el precinto de seguridad, no les quitó la vista de encima, excepto durante el trayecto.

Durante el mismo, el vehículo solo se detuvo frente a algunos semáforos. Pero al llegar, cuando el agente rompió el precinto y abrió la puerta de la camioneta policial  para trasladar los cuadros al horno industrial, para su sorpresa e impotencia, sólo encontró los marcos y restos de papel: las telas habían desaparecido.


Fin de esta historia 


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ESCRITORES DE HOY, DE AYER, 
Y DE SIEMPRE



martes, agosto 25, 2026

UNA REUNIÓN ANTICIPADA

 


«La pobreza pasa, la elegancia queda y la amistad verdadera es el único lujo que no se puede empeñar».

Autor desconocido 


             Es muy curioso cómo alguien puede llegar a soportar, si es la palabra precisa, a un jefe durante más de treinta años y llegar a tomarle aprecio. Este era el caso de Justino, quien trabajaba de mayordomo en la mansión de Alberto Miralles Lencina —Don Alberto, para aquellos que bien lo conocían—.

Este hombre de familia acaudalada poseía una casona en las afueras de Tres Arroyos. Lamentablemente, contingencias en los negocios de ganadería y luego en agricultura habían convertido a Don Alberto, hombre culto y elegante, en alguien tal vez más pobre que su mayordomo. Una pequeña pensión otorgada gracias a su padre, el cual había sido embajador en Paraguay, permitía llevar adelante la vida de Justino y de Don Alberto: alimentos, algunos remedios y las cuentas de luz y teléfono, que se pagaban puntualmente, debido a que estos dos últimos servicios eran indispensables para Don Alberto; el primero, para continuar leyendo en esas noches silenciosas e interminables, y el segundo, para poder continuar hablando con viejos amigos, los cuales, con cada año que pasaba, alguno que otro se ausentaba para siempre.

Justino apreciaba a aquel viejo silencioso y escudriñador de la inmensa biblioteca que poseía aquella casa desvencijada; esos libros eran seguramente más valiosos que todo el predio, con la mansión incluida.

Esa mañana de julio, Don Alberto lo llamó con la campanita que tenía sobre el escritorio. Esto llamó inmediatamente la atención de Justino, debido a que la misma hacía muchos años que no se utilizaba, por lo cual este cambio en la monótona rutina de la casa lo preocupó: «No fuera a ser que justamente dos días antes de recibir la pensión y su correspondiente porcentaje pactado, su empleador se enfermara». Justino en persona lo acompañaba al pueblo todos los meses como una ceremonia casi religiosa; esos dineros eran su único sustento. ¿Quién contrataría a un viejo para darle trabajo de mayordomo? Sabía perfectamente que su futuro se encontraba atado a la vida de su patrón: seguramente, el último de su vida.

Cuando abrió la puerta del escritorio, Justino se percató inmediatamente de que algo andaba mal. Frente a la ventana que daba al parque se encontraba Don Alberto de pie. Con su larga bata azul y su pañuelo de seda al cuello, sus manos cruzadas por detrás le daban a la esbelta figura de aquel otrora señor estanciero un aire de nobleza que hacía muchos años no ostentaba.

—Justino —exclamó el elegante viejo de cabello blanco y lacio—, quiero que esta noche te esmeres con la cena, porque espero invitados. Es gente muy importante para mí, por lo cual te ruego que me permitas quedar muy bien. No te olvides de colocar los candelabros. En cuanto al menú, lo dejo en tus manos; el vino deberá ser el mejor de la bodega.

Justino quedó perplejo y desconcertado; pensó que el viejo comenzaba con síntomas de demencia senil, y solo atinó a decir:

—Como usted diga, señor, me esmeraré en todo lo posible. ¿Cuántos cubiertos?

—Solo tres —estableció Don Alberto.

Cuando Justino se retiró de la habitación, vino a su mente que en la bodega hacía muchos años que no quedaba ni una sola botella de vino, solo las telarañas ocupaban todos los espacios. Y además, «¿qué cena medianamente digna podría preparar sin plata ni crédito alguno?». Lamentablemente, la orden de su patrón era prácticamente imposible de acatar. «¿Pero cómo decirle a aquel hombre que esto era una verdadera locura a esta altura del mes? ¿Cómo insinuarle, sin mortificarlo, que con mucha suerte en la cocina quedaban un par de papas y algunos huevos? ¿Cómo explicarle lo obvio: que los años de esplendor ya habían pasado y que hoy tan solo eran dos viejos que actuaban representando, uno el papel de patrón y el otro el de mayordomo?».

Justino no podía decirle en la cara la verdad que ambos ocultaban desde mucho tiempo atrás; era una especie de contrato formal entre dos desafortunados. Cuando llegó a la cocina amplia y vacía, su impotencia le hizo pegar un golpe en la amplia mesa de madera. Por un momento tuvo deseos de salir corriendo de esa casa, pero se preguntó: «¿A dónde iría?». Luego quiso llorar, pero se contuvo. Lo que más mortificaba a Justino era que no podía defraudar a aquel compañero con el cual compartía extensas jugadas de ajedrez, las más exquisitas piezas musicales y, sobre todo, aquel mundo contenido en esa robusta biblioteca de roble. «No podía contradecir al viejo; sabía que le debía mucho más que un plato diario de comida y un techo: su patrón de toda la vida hoy era un compañero indispensable». Justino, resignado, se dirigió a su habitación y sacó debajo de su cama un pequeño maletín que contenía lo último que quedaba de sus ahorros, los cuales había jurado y perjurado no tocar porque eran su único bien en este mundo.

Las diez campanadas del reloj de la sala indicaban el comienzo de aquella velada. Todo estaba preparado: una impecable mesa servida, las copas de cristal, los candelabros con sus respectivas velas encendidas, todo completado por una suave melodía y el aroma a carne horneada proveniente de la cocina, que entonaba el espíritu de cualquier ser humano.

Don Alberto se encontraba hojeando un libro, vestido de impecable traje negro, camisa blanca, gemelos de oro y corbata roja. Justino controlaba el punto justo de la carne en tanto revisaba la presentación de las ensaladas y las salsas. Su estado de preocupación se había apaciguado, quizás por el trabajo de acomodar la recepción o tal vez por la posibilidad de, una vez tranquilo, poder saborear a gusto su producción culinaria. Sobre una silla de la cocina esperaba su saco rojo de solapas negras; en realidad, era una afortunada adquisición de los días en que trabajaba en aquel gran hotel de la ciudad como recepcionista. Por suerte, aún se conservaba íntegro.

Un automóvil se detuvo en la puerta y luego hizo sonar dos veces su bocina. Esto alertó inmediatamente a Justino, que corrió al hall principal para recibir a los invitados. Al abrir la puerta de entrada, pudo observar un auto de alquiler proveniente del pueblo. Al acercarse y abrir la puerta trasera, Justino reconoció inmediatamente a la señora: se trataba de Verónica, una amiga del patrón, la cual le solicitó presurosa, mientras descendía del vehículo, que por favor abonara el servicio debido a que no tenía nada de cambio. Justino pensó que esto era el colmo: «¡Justamente él debía soportar los caprichos de esta mujer y de su patrón, que organizaban descaradamente una velada a costillas de sus magros ahorros!». Justino, después de esto, pensó que a la mañana hablaría seriamente con Don Alberto y pondría las cosas en su lugar de una vez por todas.

Cuando Justino entró en la casa, antes de dirigirse a la cocina, pasó frente al escritorio y observó que la elegante señora y Don Alberto charlaban animadamente parados frente al hogar encendido. Para Justino esa mujer era realmente una persona cautivante; a pesar de que su piel no conservaba la frescura de antaño, su voz, sus ojos celestes y sus femeninos ademanes podrían aún hoy hacer ruborizar a cualquier joven si esta mujer se lo propusiera. Verónica cultivaba una amistad de muchísimos años con Don Alberto; más de una vez Justino se preguntó: «¿Por qué motivo este solitario solterón de patrón que tenía no daba el paso definitivo para conquistar el corazón de aquella bella dama, la cual sin duda aceptaría cualquier proposición?». Pero así eran las cosas. Solo sabía que Don Alberto, de joven, había tenido un único amor, el cual jamás fue correspondido, y esto lamentablemente, al parecer, había empañado su relación con las mujeres, excepto con Verónica, la cual visitaba a Don Alberto al regresar de sus infatigables y largos viajes por todo el mundo, que habían terminado por agotar la abultada herencia de su padre. Hoy Verónica se encontraba tanto o más arruinada que Don Alberto.

Cuando Justino llegó a la cocina, se apresuró a retirar la carne del horno que estaba a punto y preparó todo en una gran fuente de plata, la cual en dos oportunidades se había salvado por milagro de ser dejada en el banco de empeño. Justino se disponía a llevar la cena cuando alguien por detrás se adelantó a tomar la fuente; era Verónica, que con una amplia sonrisa le dijo:

—Hoy el invitado principal eres tú, mi querido Justino, más allá de que hayas sido el que aportó los recursos y la mano de obra para esta velada —cuestión que en su oportunidad compensaremos—, y pidiéndote perdón por tal atrevimiento; pero lo que ocurre es que yo no me llevo bien con la cocina, sumado a una cuestión de tiempo, decidimos con Alberto que no podíamos retrasar ni un solo día más esta reunión.

Justino quedó perplejo, no entendía una sola palabra de lo que decía esa señora. Es decir, entendía a lo que se refería, pero jamás hubiera imaginado que estas dos personas con las que había transitado tantos años de su vida lo consideraran a él prácticamente como a alguien de la familia, si se podía llamar una relación de familia a su vínculo de trabajo con Don Alberto. Justino acompañó a la señora al comedor, en donde se encontraba Don Alberto. Curiosamente, al mirar a Don Alberto a los ojos, no se encontró con su patrón, el de siempre, el de todos los días: se encontró con la mirada de un amigo entrañable.

Don Alberto le dio un fuerte abrazo a Justino y le acomodó la silla para que se sentara, para luego decirle:

—Mi querido Justino, viejo amigo, hoy queremos con Verónica brindarte este agasajo. Bueno, por un problema de tiempo, el agasajo no salió como lo habíamos planeado, los recursos los has puesto tú; pero no te aflijas, el martes mi pensión, o mejor dicho nuestra pensión, reparará de inmediato esta total falta de respeto.

Justino, poco a poco, comenzó a entender esta inusual velada. Vinieron a su mente los años transcurridos en esa casa, los impecables modales de su patrón, las cálidas noches de lectura y ajedrez, y pudo ver que estas personas con las que compartía esa mesa eran su única familia. Cualquier desprevenido podría decir que tan solo eran tres viejos cenando sin mucho que decir, pero esto estaba muy lejos de eso. Esa velada fue una fantástica reunión de viejos amigos —o amigos viejos, como se les quiera llamar— que transcurrió durante una noche tal vez tan corta como la vida misma. En esa noche, Verónica hizo descostillar de risa a esos dos hombres con sus anécdotas desfachatadas de sus viajes interminables; Don Alberto, con sus profundos pensamientos tomados de cientos de escritores, dibujaba con su voz coloridos lugares en donde increíbles y asombrosas historias daban paso al espacio de un instante de silencio y reflexión; y por supuesto Justino, trayendo la simpleza de la gente del pueblo y sus graciosos disparates, los regresaba a la vida cotidiana. Esa noche fue una noche interminable, una noche de lujo y placer, una noche en donde nada ni nadie podría amenazar algo que aún perdura entre algunos hombres y mujeres: la pura y sincera amistad.



Un tenue resplandor en el ventanal los tomó desprevenidos. Amanecía, y esa única y magnífica velada llegaba a su fin, como todo en la vida. Verónica solicitó un último brindis y, poniéndose de pie, les dijo:

—Queridos amigos, esta ha sido la más linda noche de mi vida, y les puedo asegurar que he vivido muchas; pero esta en particular fue estupenda. Tal vez los años nos permitan apreciar mucho mejor ciertas cosas, que cuando éramos jóvenes, pero hoy ustedes me han permitido sentirme nuevamente joven, bella y feliz. ¿Qué más puede pedir una vieja?…perdón; me rectifico, una señora mayor. Se los agradezco de todo corazón. Y debo decirte, Justino, que el motivo de haber elegido una fecha inadecuada para este encuentro no fue un capricho; lo que ha ocurrido es que un insolente y joven médico quiere internarme mañana para realizarme no sé qué estudios, porque no sé qué análisis no están bien. ¡Tonterías! Pero, en fin, he decidido no contradecir por una vez a la ciencia y acataré la orden de ese mocoso.

Don Alberto y Justino, levantando también sus copas, bebieron en silencio. Luego acompañaron a la señora a la puerta; el mismo auto de alquiler que la trajo la esperaba. Un afectuoso beso en la mejilla a cada uno reconfortó el alma de aquellos dos viejos solitarios. El auto de alquiler tomó por el camino principal y lentamente se alejó, dejando una tenue estela de polvo.

Fin de esta historia


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viernes, agosto 21, 2026

EL CARPINTERO DE NOTRE DAME

           A principios del invierno del año 1340, en París, la catedral de Notre Dame ya mostraba su figura deslumbrante e imponente. «Emmanuel», la campana mayor de trece mil kilos, llegaba al pie del campanario transportada sobre un carro tirado por cuatro caballos que chapoteaban en el barro provocado por la lluvia del día anterior.


—¡Gérard!, ¡Gérard!, despierta, ya es hora —la madre del joven abrió la ventana de la pequeña habitación para ventilar—. El sol aún no había despuntado; la mujer, presurosa, sabía que a su hijo, único sustento familiar, le esperaba una ardua jornada de trabajo.


En la cocina, sobre el fogón encendido, una pesada olla calentaba una sopa espesa cuyo aroma inundaba aquel ambiente de paredes ennegrecidas por el hollín.


El joven, tras levantarse del catre, se dirigió al patio para lavarse; luego, al entrar en la cocina, besó a su madre en la frente y se sentó ante la rústica mesa de madera que había construido con sus propias manos. Mientras ella le servía el desayuno, Gérard recordó con una leve sonrisa el cuerpo de su novia Mirtha la noche anterior en el granero.




—Ayer Mirtha me trajo huevos y jamón —le dijo su madre mientras colocaba una astilla de madera en el fuego—. No sé por qué motivo me pidió que te cuidara mucho —continuó la mujer con una sonrisa pícara, mirándolo de reojo.


—Ya te dije, madre, que cuando esté lista la catedral me iniciaré como cura; por lo cual no tienes de qué preocuparte, jamás te abandonaré —le respondió Gérard con voz pausada, como consolándola.


Tras escucharlo, su madre le dio un cariñoso coscorrón en la cabeza:


—¡Mentiroso! Dios te castigará.


Ambos rieron. El joven, después de ponerse su jubón de lana de cuello alto y su gorra, se despidió de su madre y partió al trabajo.


Gérard era carpintero y trabajaba en la obra de la catedral desde hacía cinco años. Cuando llegó, varios hombres, cual sombras negras, se calentaban las manos en fogatas que despedían un humo espeso. Gérard, ubicándose también ante el fuego reconfortante, observó la gran campana que ese mismo día sería izada a su posición definitiva. El maestro de obra le había encargado la realización del enorme andamio que soportaría el colosal peso, así como la coordinación de las tareas de la jornada. La estructura se había levantado a lo largo del interior de la torre sur; el joven tuvo que modificar todo este entramado de maderas para que la campana mayor pudiera pasar y ser izada mediante una enorme polea, cuya soga estaría amarrada a una yunta de bueyes guiada por varios hombres para garantizar movimientos lentos y precisos.




Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a calentar el aire de aquel frío día, los hombres se prepararon para la tarea principal. Gérard, tras bromear con algunos sobre la resistencia del andamio, se concentró en la misión que, como todo movimiento de elementos pesados, entrañaba sus riesgos. Con agilidad se trepó a la parte más alta de la torre, junto a la polea, llevando unos rollos de soga por si surgía algún imprevisto. Seis de sus compañeros subieron por el andamio y se ubicaron en puntos estratégicos para vigilar que la mole de bronce no chocara con ningún travesaño, lo que habría provocado un desastre. Cuando los pesados animales comenzaron a avanzar, la enorme campana empezó a elevarse lentamente. Toda la estructura crujió, pero, a los ojos experimentados de Gérard, todo marchaba bien.




—¡Vamos, señores, apuren el trámite, que hoy tengo una cita con mi novia! —gritó Gérard a aquellos rústicos hombres, quienes rieron sabiendo que el joven conocía su oficio al detalle y confiaban plenamente en él.


La pesada carga subía con lentitud. Al alcanzar una altura de unos cuarenta metros, Gérard impartió una orden contundente:


—¡Deténganse! —Todos acataron la indicación de inmediato.


Gérard se ubicó en una posición que le permitía verificar si el borde de la campana pasaba por un sector del andamio especialmente estrecho y oscuro. Encendió un farol, lo bajó atado a una soga y, tras comprobar que todo estaba en orden, gritó a sus compañeros:


—¡Sigan, muchachos!


El último tramo restante era lo suficientemente amplio como para no ofrecer inconvenientes, por lo que Gérard se sintió más relajado. De pronto, se escuchó el crujido característico de la madera al quebrarse. Uno de sus compañeros, situado en el sector más bajo, gritó alarmado


—¡Es aquí, Gérard! ¡La columna no soporta el peso!




Gérard ordenó detener el trabajo de inmediato, tomó un rollo de soga, se lo cruzó al pecho y comenzó a bajar tan rápido como pudo. Al llegar, observó que el grueso puntal estaba gravemente dañado. Rodeó sin dilación la quebradura con la soga a modo de venda; sin embargo, el apuro por evitar un derrumbe que mataría a sus compañeros hizo que diera dos vueltas de cuerda por detrás de su propia cintura. Al terminar, comprendió que había quedado amarrado al grueso puntal —ahora asegurado—, sin posibilidad de liberarse por sí mismo. Aun sabiendo las consecuencias, dio la orden:


—¡Continuemos!


Al primer tirón de la cuerda principal que permitía el ascenso de la pesada campana, el puntal se reacomodó crujiendo una vez más. Gérard temió que todo colapsara y alcanzó a gritar a sus compañeros:


—¡Bajen de inmediato, lo más rápido posible!


Los hombres obedecieron. La subida de la campana se detuvo y la estructura soportó la tensión, pero el tórax de Gérard no resistió la presión del entramado; quedó allí atado y malherido, sin que nadie pudiera socorrerlo a tiempo. Después de apuntalar el sector donde yacía su cuerpo, sus compañeros cortaron las gruesas sogas que lo sujetaban y lo bajaron con cuidado. Gracias a su coraje, logró salvar la vida de seis de sus colaboradores.


Por la tarde, el maestro de obra, un sacerdote y dos de sus compañeros se presentaron en la casa de Gérard. Al abrir la puerta de la humilde vivienda, la madre comprendió de inmediato lo ocurrido y solo dijo:


—Traigan a mi hijo ahora, que esta noche hará mucho frío y le tengo preparada la cena.


Los compañeros trasladaron a Gérard sobre un tablón y lo colocaron en el único sitio disponible: sobre la mesa de la cocina. Su madre le limpió el rostro y lo peinó despacio, llorando con amargura e impotencia. Luego le quitó los zapatos embarrados para secarlos junto al fuego, encendió una vela en la repisa que iluminaba un crucifijo y colocó la olla sobre el fogón para calentar la comida.


En la angosta callejuela, los obreros encendieron una fogata dispuestos a pasar aquella triste y fría noche. Cuando la joven novia de Gérard entró en la casa, no encontró lo que temía; sobre la rústica mesa ya no estaba su amado en vida. Tan solo atinó a besar sus manos heladas y, tras abrazar a la madre de su novio, se retiró entre lágrimas para no volver. Ella, aun sin saberlo, todavía tenía un futuro por delante; no así la madre, cuyas ilusiones y porvenir yacían allí, sobre la mesa que sostenía a su único hijo inerte.


Los compañeros de Gérard ingresaban en pequeños grupos a la penumbra de la cocina, con las gorras en la mano, para rendir el último homenaje a su querido amigo. Al salir, alguien les ofrecía un tazón de sopa caliente. Aquellos hombres, en torno a la fogata improvisada que iluminaba sus rostros duros, se calentaban las manos en la noche helada; eran seres de carne y hueso a quienes la historia rara vez recuerda, a pesar de dar la vida en obras majestuosas que parecen eternas. Muchos de ellos, al recibir el alimento de manos de mujeres piadosas, sintieron que era el propio Gérard quien se lo brindaba para calmar su hambre y despedirse… Tal vez fuera así.


Al despuntar el sol sobre los tejados húmedos, la madre de Gérard abrió la puerta ajustándose el delantal entre las manos y, dirigiéndose a los obreros, dijo con voz firme:


—Ya pueden llevárselo. Ahora les pertenece; sé que estará en buenas manos.


Los seis compañeros que le debían la vida se acomodaron para llevarlo en el mismo tablón en el que lo habían traído. Alguien ofreció un carro de verduras para trasladarlo con mayor comodidad, pero ellos prefirieron cargarlo a hombros a modo de humilde tributo. Detrás, los demás obreros los acompañaron en una larga columna que avanzó entre los pobladores, quienes observaban el paso en respetuoso silencio.


Al dejar atrás el caserío, el sol iluminó el rostro de Gérard y una brisa le movió el cabello. Al compañero que contempló su cara le pareció que le brindaba una última sonrisa, lanzando una broma desde la altura de su andamio.


Cuando el cortejo llegó a la catedral, el portal principal estaba abierto esperándolo. Ingresaron y recorrieron lentamente la nave central, donde aún se veían altos andamios y gruesas sogas que caían hasta el suelo. Ante el altar depositaron el cuerpo sobre dos caballetes. Tres religiosos oficiaron una misa y uno de los hombres a quienes el joven había salvado no pudo contenerse y gritó:


—¡Adiós, querido amigo! ¡Siempre continuarás cuidándonos!




El tiempo transcurrió y la campana mayor todavía sigue allí; es la única que nadie ha podido bajar… Quizás el valiente Gérard aún la custodia. Todos aquellos hombres y mujeres que poblaron aquel tiempo son hoy solo sombras de un pasado olvidado. Sin embargo, en algún lugar del suelo de la inmensa catedral descansa una pequeña losa de mármol en la que se lee:


«Aquí descansa Gérard, el valiente carpintero de Notre Dame (1320 - 1340)». 



                        Fin de esta historia


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lunes, agosto 17, 2026

FEDERICA


          —Quisiera alquilar una habitación, ¿qué precio tienen si le pago por adelantado un mes —le preguntó la joven al somnoliento encargado que lucía una otrora remera blanca, ahora manchada.




Después de arreglar el precio Federica, cargada con su mochila y su valija, se introdujo en una habitación del primer piso del viejo conventillo, unas paredes celestes, un ropero con espejo, una silla, una mesita, y un catre de madera, la recibieron sin alardear de tener buen gusto.

—Ya estoy ubicada mamá es un confortable y lujoso hotel, por donde mires, todo brilla, todos los días cambian las flores de los floreros, las mucamas son muy amables, y el desayuno de hoy fue como para una reina. —esto le decía Federica a su madre que vivía en Santiago del Estero, mientras contaba los últimos tres bizcocho de grasa que le quedaban del viaje. El principal inconveniente a resolver era encontrar un trabajo en Buenos Aires, por lo cual el dinero que tenía, debía de cuidarlo, porque de lo contrario todo su proyecto de ingresar a la universidad se terminaría y debería de regresar con su familia, a cuidar las cabras, las gallinas, y continuar con el telar, tareas que escasamente le brindaban un sustento a su familia, constituida por sus tres hermanos y sus padres. No obstante Federica tenía esperanzas, tal vez pudiera lograr un trabajo respetable que le permitiera enviarle dinero a su familia y poder estudiar, su pasión, arquitectura; el día que vio terminado el complejo de cabañas de la quebrada, quedó extasiada, eran unas casitas hermosas, con césped, con techo a dos aguas, con esos pisos maravillosos, que se podían limpiar con un trapo y brillaban; en cambio el piso de tierra de su casa, a pesar que su madre lo barría incansablemente solo levantaban más polvo. Federica veía a esa chica que daba órdenes a los obreros, y les mostraba unos planos, para después irse con su camioneta. 

Un día se animó y se acercó a la obra que estaba prácticamente terminada y le preguntó a un señor, quien era esa chica de la camioneta; “la arquitecta” le dijo el paisano. Desde ese día Federica se propuso ser arquitecta; para de ese modo poder realizar en su casa, para su mamá, esos pisos maravillosos. 

Conseguir trabajo decente en Buenos Aires no es muy simple, y con muy pocos conocimientos de cómo son las cosas, más aún.

El primer dia a pesar del entusiasmo fue desalentador, su primer incursión la hizo en una enorme obra en construcción, al preguntarle a un señor que estaba entrando unas pesadas cajas, si allí podía encontrar trabajo para ella, el robusto hombre le dijo con voz grotesca y burlona, que solo por las noches… Una de las condiciones que tenía Federica gracias a las enseñanzas de su madre, era no ser tonta en el sentido de lo imaginable para una joven mujer, que no era ni muy linda, ni muy fea, por lo cual, poseía un amplio espectro para el gusto masculino.

Después de caminar varias cuadras, encontró un local de peluquería para damas; cuando preguntó si necesitaban una ayudante, una cordial joven le preguntó que sabia hace en el rubro peluquería, y Federica solo pudo afirmar que sabia hacer trenzas; después de mirarla de arriba a abajo, la encargada solo le dijo que por el momento el personal estaba completo. 

Federica ese primer día en Buenos Aires caminó muchísimas mas cuadras, pero todos los intentos fueron infructuosos, parecía que nadia podía necesitar a una chica como ella.

Cuando llegó a la habitación de su pensión, estaba exhausta, desanimada, tenía sed y hambre; se sentía muy sola en un mundo ingrato y desconocido. Después de comprar algo para comer en un kiosco, se recostó en su cama e imaginó que estaba en su casa, con sus padres y sus hermanos, allí siempre había estado confiada y segura de su destino, pero ahora, esta realidad era otra cosa de como ella se lo imaginaba. Federica se puso a llorar en la penumbra de esa habitación desolada y húmeda.

Se había dormido, cuando algo la despertó, después de un prolongado silencio, comenzó a escuchar una melodía, por lo que sabía de música pertenecía a un solo instrumento, al parecer un violín; pero de donde vendría esa música, se preguntó, parecía lejana, pero cuanto más la escuchaba, más le agradaba, casi como por un acto de magia, su melancolía paso a ser serenidad, para después convertirse en un sentimiento de esperanza.    

Al día siguiente, muy temprano, Federica se dirigió al bar de la esquina para desayunar, cuando consultó los precios la sorprendieron, todo era muy caro para ella; no obstante, decidió pedir un café con leche, con una tostada con manteca. 

Buenos Aires, es una ciudad con luces y sombras; el mozo que atendió a Federica era un señor mayor próximo a jubilarse que intuía quienes eran los clientes incluso antes que hicieran el pedido; cuando vio a Federica y su vestimenta simple, con su trenza, su mochila, y sus zapatillas, supo de inmediato que era una joven del interior, con escasa o nula experiencia de lo que es una ciudad como Buenos Aires. Después que Federica le hizo el pedido, el mozo le preguntó:

—¿De qué provincia vienes?, si puedo preguntar. —le preguntó aquel hombre de saco blanco, pantalón negro, y anteojos. 

—De Santiago del Estero, —le dijo Federica con una luminosa sonrisa y sus enormes ojos negros, encontrando en aquel señor alguien con quien poder hablar.

—Santiagueña, la señorita —le dijo el mozo— yo soy Mendocino, pero vine aquí cuando tenía quince años, conocí a mi señora, y me quedé para siempre, se podría decir que soy porteño, pero pensamos cuando me jubile, irnos para los pagos, tengo un terreno y una vieja casa de mis padres.

—Que bien, ¿le resultó fácil acomodarse aquí? —le preguntó intrigada Federica.

—Al principio fue muy difícil; muy difícil, pero tuve suerte y encontré buenos patrones, y también muy buena gente que me aconsejaron bien, y poco a poco fui encontrándole la vuelta a Buenos Aires, pero eran otros tiempos, ahora es más difícil, no deseo asustarla, pero para una joven sola  la cosa se complica, vaya paso a paso y con cuidado, y cuando lo necesite, pregunteme, me llamo Antonio, con gusto la ayudaré ¿Que va a desayunar señorita?.

Antes de solicitar el pedido, Federica le preguntó al mozo si podía decirle dónde encontrar trabajo. Y entonces el señor le dijo que a cuatro cuadras de allí había una agencia de empleo, cuyos dueños eran un matrimonio mayor, que eran buena gente, y que él conocía, que preguntarse por Pedro departe de Antonio. Después de desayunar Federico se dirigió al lugar. Era una oficina que daba a la calle, cuando entró pudo ver dos escritorios repletos de pilas de expedientes, cada uno tenía una computadora en las cuales estaban sumergidos en sus pantallas dos personas, un hombre y una mujer.




Federica tosio un poco para que le prestaran atención y entonces el hombre, levantó su vista de la pantalla y sin prestarle casi atención extendió su brazo para alcanzarle una hoja a Federica, diciendo:

—Llene el formulario, y déjelo sobre esa mesa.

Federica después de tomar esa hoja, se animó y dijo:

—Vengo de parte del señor Antonio.

—Cuando la pareja escuchó ese nombre, ambos levantaron su vista de la computadora y observaron detenidamente a la joven. Entonces el señor, tomó otro papel y se lo alcanzó. Después la señora le dijo.

—Ponte cómoda en esa silla y cuando termines hablamos.

Los dos formularios que completó Federica, le solicitaban, el primero, una serie de informaciones, como ser: su nombre y apellido, dirección, si sabía idiomas, empleos anteriores etc, pero el segundo papel era distinto a lo frecuente, solo decía que escribiera una breve historia inventada. A Federica le llamó la atención, pero así serían las cosas aquí, por lo cual se abocó a realizar lo que le pedían y esta fue la historia que escribió:


Un día en mi casa:


Cuando por las mañanas salía rumbo a la escuela, me saludaban las cabras y las gallinas, el aire de las sierras llenaba mis pulmones de ese aroma de las flores silvestres multicolores más hermosas del mundo… Miles de mariposas amarillas me rodean, a lo lejos veo a mi madre tendiendo sábanas blancas bajo el sol brillante y a mi padre trabajando en el campo, Cuando cruzo el arroyo caminando descalza, el sonido de su agua cristalina y fría deslizándose por entre las piedras me acompaña. Ráfagas de viento mueven mis trenzas. Al llegar al camino, comienzo a descender mientras observo el valle tapizado de árboles y en un enorme claro, allí está mi escuela con sus paredes blancas. Doña Aurora, mi maestra, sale al patio a tocar la campana, ya es hora de la clase. Mis compañeros llegan a pie caminando largas distancias o a lomo de burro, pero jamás faltan.

Cuando regreso, veo a mi casa con el humo blanco que sale de la cocina, señal que seguramente mi madre hizo pasteles, o torta. 

Bajo la galería nos sentamos con mis hermanos y mis padres para compartir la exquisita merienda. 

Yo les cuento que la maestra dice que en Buenos Aires existe un edificio que es más alto que el cerro, mis hermanos me miran asombrados. Mi padre siempre me dice que algún día iremos a conocer eso… pero ese día nunca llegó.

Siempre fui feliz en mi casa, pero por fin,  después de mucho tiempo me animé a venir a Buenos Aires, porque quiero ser arquitecta y poder poner un piso brillante en mi casa, para que mi mamá disfrute limpiandolo.


Federica


Cuando Federica terminó de escribir aquella historia y completar el formulario, se lo entregó al señor y este se lo entregó a la señora. Esta, después de leer detenidamente aquello. Miró a los ojos a Federica y le dijo que esperara un momento; después tomó el teléfono y llamó a alguien y esto dijo al comunicarse. 

—Hola, señorita Alicia, si, habla Nora, si, si, era para decirle que encontré lo que usted buscaba…¿cuando le digo que vaya?, bien, muy bien. —La señora después de colgar miro a Federica y le dijo— Creo que has tenido suerte hoy querida, mañana ve a esta dirección y pide hablar con la señorita Alicia, entregale esta carta, en mano, no te olvides, esto es muy importante. 

Cuando Federica llegó a la dirección indicada que le dieron en la agencia de empleo, se asombró al ver que era una casona gigantesca con un reja muy pesada frente a un jardín repleto de plantas, pero  que guardaban un orden especial; evidentemente lo que observaba no era producto de la naturaleza, esas plantas guardaban un armónico colorido y su tamaño parecía que se respetaran entre sí. Antes de tocar el timbre, dio un recorrido con su vista por ese barrio, y le pareció conmovedor el tamaño de esos árboles, y de las casas vecinas, Federica imaginó que allí vivían familias muy importantes. Se conmovió con el silencio que allí imperaba, a diferencia de la parte de la ciudad de donde venía, solo se escuchaba el suave murmullo de la copa de los árboles movidas por la brisa, y sobre el empedrado de la calle, su sombra sólo se interrumpía por claros iluminados por el sol brillante de los primeros días de primavera. 

Después de tocar ese botón dorado, enmarcado en una brillante placa de bronce, escucho un zumbido en la puerta de rejas, lo escuchó dos veces más, pero nadie salió a su encuentro. Por fin una señora bajita de uniforme y delantal blanco apareció en la puerta de entrada y le dijo en voz alta que empujara la puerta; cuando nuevamente escuchó ese zumbido, Federica empujó la puerta y esta se abrió. La señora le hizo señas para que se acercara y cuando estuvieron frente a frente, la mujer dijo:

—Tu debes ser la niña que viene por el empleo, ¿no es así?.

—Sí señora, —le dijo Federica con la mejor sonrisa que le salió. 

—Dame la carta —le dijo la mujer en forma imperativa.

—¿Usted es la señorita Alicia? —Le preguntó Federica con la carta en su mano.

—No, la señorita Alicia ahora está ocupada, debes esperar, ahora entregarme la carta.

—No puedo señora, porque me dijeron que se la tengo que dar a la señorita Alicia en persona. —le respondió Federica a esa mujer tímidamente .

Cuando la mucama oyó eso, hizo una mueca de fastidio y sin decir una sola palabra entró, cerró la puerta y la dejó a Federica allí esperando. Al cabo de un largo rato, nuevamente salió aquella malhumorada mujer y le dijo que pasara y esperase en la sala.

Cuando Federica entró en esa casa, pensó que había entrado a un palacio, no le alcanzaban sus ojos para ver todo aquel esplendor, y cuando aquella señora bajita abrió la puerta del estar, pensó que ese lugar era un paraíso aquí en la tierra; lo primero que la deslumbró fue ver ese enorme ventanal que daba a un parque inimaginable para ella, sabía cómo era una pradera verde, pero eso era otra cosa, ese pasto muy corto, cubría un amplio sector rodeado de arbustos, con flores multicolores, y una estatua blanca de una joven que tenía un cántaro en sus manos, del cual salí agua constantemente y caía a un estanque circular, desbordándose,  pero sin formar charcos. 

En el interior de esa amplia habitación había tantas cosas que varias personas no podrían usarlas al mismo tiempo, Federica observó una serie enormes asientos, revestidos de una gruesa tela, 

con volados, varias mesas de una madera que brillaba muchísimo con patas curvadas, en las paredes había enormes cuadros de paisajes con marcos dorados y repujados, desde el medio del techo caía una especie de bellísima estructura con brazos con cientos de espejitos que brillaban.

En una pared pudo reconocer que detrás de varias puertas vidriadas se podía ver decenas de libros acomodados como para una exposición; Fernanda al ver esa lujosisima biblioteca se acordaba de los cinco precarios estantes con libros que tenían su escuela. Otra de las cosas que asombraba a Federica, era ese perfume encantador que inundaba todo el lugar. Pero lo que la dejaba sin aliento era ese piso de madera lustrada, cuyas vetas le brindaban una calidez y elegancia incomparable. Cuando sumida en ese éxtasis que le provocaba el lugar, desde una de las paredes se abrió una puerta muy bien disimulada de la cual salió una señora muy alta y delgada, que lucía un chal de seda color rojo, y un pañuelo del mismo tono, que recogía su pelo negro entrecano, dejando su frente a la vista, su tez era morena, y sus ojos negros realzados por unos anteojos dorados. 

—¿Tú eres Federica, y me tienes que entregar una carta, verdad? —le preguntó aquella elegante señora.

—¿Usted es la señorita Alicia?, le dijo Federica a esa mujer que la observaba detenidamente. 

—Así me llaman querida, pero toma asiento, ponte cómoda. 

Federica de inmediato extendió su brazo para entregar la carta, y se quedó allí parada esperando una respuesta.

—Siéntate por favor —insistió la señora.

Cuando Federica se sentó en esos almohadones se hundió en ellos, sintiéndose como si fuera una reina que se sienta en su trono…a pesar de que su vestido y sus zapatillas no coincidía con la realeza, pero su imaginación así lo sentía. 

La señora, de pie, después de romper y abrir el sobre, leyó detenidamente el contenido de la carta; cuando terminó, se dirigió a la biblioteca, sacó un libro, se podría decir que al azar, y se lo entregó a Federica. 

—Abrelo Federica en cualquier parte y lee en voz alta lo que dice.




Cuando Federica comenzó a leer, a pesar de ser una mujer menuda, su voz no lo era; su voz era potente y clara, tanto, que resonaba en toda aquella habitación con el volumen adecuado para ser escuchada confortablemente, se sumaba a esto, su capacidad de hacer los silencios y las pausas que indicaba el texto, sin haber estudiado previamente esa lectura, y lo más asombroso, miraba a la espectadora durante los intervalos de punto y aparte.

—Detente por favor querida, —interrumpió la señorita Alicia—, ahora dime con tus palabras lo que has interpretado. 

Federica, jamás había leído ese libro, pero como síntesis de ese que había leído dijo:

—En mi opinión, en este tramo de esta historia, el escritor, comienza a delinear a un personaje, que a mi gusto, creo que debe ser uno de los principales de la historia, o tal vez el principal. —le dijo Federica a la señora que se había quitado sus anteojos y estaba mirando hacia el parque.

—¿Te gusta leer Federica?, —le preguntó la señora sin mirarla.

—Sí señora, me encanta leer, cuando era chica, en mi escuela, la maestra me prestaba los libros de la biblioteca y me pedía realizar una síntesis de ellos, para leerla después a mis compañeros, ella me enseñó a hacer las pausas que corresponden y mirar al público. 

—Bien, —dijo aquella señora, poniéndose de pie—, yo tengo un problema en mi vista, por el cual no puedo leer, tu tarea sería leerme libros, durante tres horas por día de cuatro a siete de la tarde de lunes a viernes, interrumpiendo la lectura para que la podamos comentar mientras tomamos el té, si estás de acuerdo comenzamos mañana, con respecto a tu sueldo, lo charlaremos cuando nos hayamos conocido un poco más, pero serás bien recompensada por tu tiempo. ¿Estás de acuerdo?.

—¡Si acepto señorita Alicia!, —dijo Federica entusiasmada sin pensar mucho más. 

Al día siguiente, Federica estaba tocando el timbre de la casa de la señorita Alicia cinco minutos antes de la hora indicada. 

Cuando la señorita Alicia se presentó se acercó a Federica que estaba parada en medio de la sala con todo su entusiasmo a flor de piel. La señorita le alcanzó un libro que estaba sobre la mesita frente al ventanal, allí se sentaron en unos muy cómodos sillones, y la luz para leer era perfecta. Antes de comenzar la lectura, la pequeña señora de uniforme, trajo una jarra con limonada y dos vasos. 

Así comenzó su trabajo Federica:

—Los miserables de Victor Hugo.

“En 1815, monseñor Charles Francois Bienvenu Myriel era obispo de Digne. Era un anciano de cerca de setenta y cinco años y ocupaba la sede de Digne desde 1806.

Aunque este detalle no interesa en manera alguna al fondo de lo que vamos a referir, quizás no será inútil, aunque no sea más para ser exactos en todo, indicar aquí los rumores”…

La voz de Federica, su expresividad, su dulzura; cautivaron a la señorita Alicia; dando comienzo a partir de ese mismo día, de algo más que una relación entre empleada y empleador.

           Los días de trabajo de Federica se sucedieron dentro de un clima de cordialidad extraordinario. Su única oyente y empleadora, en más de una oportunidad se apasionaba con los comentarios que realizaban entre ambas en las pausas; Federica observaba que la señorita Alicia con mucha frecuencia le quitaba el libro de sus manos para leer ella varias páginas, y después con un entusiasmo notorio comentar detalles puntuales del texto. Cuando comenzó el verano, se ubicó la mesa de lectura en el parque bajo la protección de una enorme sombrilla blanca. Una tarde, la señorita Alicia, sorprendió a Federica diciéndole que ese día no leyera, porque deseaba solo charlar.

La conversación comenzó con una pregunta que la señorita Alicia le hizo a Federica, con su taza de té en la mano antes de tomar un sorbo.

—¿Qué piensas hacer con tu vida Federica?

A Federica, esta pregunta la tomó desprevenida y se quedó callada; antes de contestar, por su mente pasó la situación de su familia, su proyecto de ser arquitecta, su actual trabajo, la lejana posibilidad de conformar una familia; sin querer la inundó una profunda tristeza que se reflejó en su cara, porque entendió que su proyectos futuros eran demasiados ambiciosos para una chica del interior, pobre. Federica era una chica inteligente y consciente de sus escasos recursos económicos, sumado a que en ese poco tiempo de experimentar la vida en una gran ciudad, entendió que no es simple progresar y que probablemente seguiría viviendo en esa pensión húmeda y desagradable muchísimos años.

—No lo sé señorita Alicia, la verdad, no lo sé —le dijo Federica a la señora con sus ojos al borde de las lágrimas. 

—Te diré algo Federica —dijo la señorita Alicia, dejando su taza sobre la mesa—, yo provengo de una familia tucumana muy pobre, éramos cinco hermanos, mi padre se fue abandonandonos a  nuestra suerte a mis hermanos y a mi madre; mi niñez y mi adolescencia fue muy dura, pero mi madre jamás bajó los brazos, esa actitud estaba prohibido en casa. Quiero decirte que no me tomes como ejemplo, porque no soy ejemplo de nada; pero quiero que sepas y que tengas muy presente que somos solo nosotros los constructores de nuestro propio destino, esto implica que más de una vez deberás de enfrentarte a decisiones difíciles. Te contaré una historia, cuando tenía tu edad, quise como tú probar suerte aquí en Buenos Aires, y una señora muy mayor me contrató para los quehaceres domésticos, pero ocurrió que por algún motivo algo en mi, la cautivó y llegué a vivir con ella en forma permanente y se podría decir que llegó a ser mi segunda madre; sus consejos me acompañan hasta el día de hoy. Ella me animó a terminar mis estudios secundarios e ingresar a la universidad. Durante las vacaciones de verano regresaba a mi pueblo con mi familia y allí conocí a un joven del cual me enamoré. Fue entonces cuando surgió mi primer gran decisión, estaba parada frente a dos caminos; aquel joven trabajaba en el campo familiar, si me casaba con él tendría que dejar mis estudios y vivir en el campo, y allí conformar una familia y cuidar a mis futuros hijos. Yo decidí seguir con mis estudios y me recibí de médica, y después, mi trabajo me apasionaba de tal modo que dejé de lado formar una familia, y aquí me quedé, ahora vivo muy bien, pero en soledad, y la soledad querida Federica suele ser una carga muy pesada. No poder compartir la vida con alguien, suele endurecer el corazón y de algún modo tratamos de sustituir la soledad con algo, en mi caso mis salvavidas fueron estos mismos libros que tú me lees, hace poco tiempo se desencadenó una enfermedad rara que no me permitirá leer más, por eso te he contratado. Espero que esta mi historia Federica te sirva para que puedas elegir tu camino, por hoy hemos terminado querida, te espero mañana. 

Federica, después de escuchar la historia de la señorita Alicia, se acercó a ella, la abrazó con fuerza, y le dijo que le agradecía muchísimo poder ser su confidente.


CINCO AÑOS DESPUÉS 


La relación entre la señorita Alicia y Federica había crecido muchísimo, la señorita Alicia ya no podía ver, pero la ceremonia del té de lunes a viernes de cuatro a siete de la tarde, junto a su joven empleada y amiga era una bocanada de vida y mutuas confidencias entre consejos y risas cómplices. 

Algo asombroso en la vida de Federica sucedió cuando conoció al intérprete de ese violín de la pieza de arriba, que le permitía descansar y relajarse del cotidiano trabajo de estudiar para completar su secundaria y cumplir a rajatabla con su sustento principal brindado por la señorita Alicia que era su consejera, amiga, y empleador, todo al mismo tiempo. 





El desconocido intérprete de aquel violín era un joven de su edad, desgarbado, con cara de distraído eterno, que estudiaba en un conservatorio de música; solventado por sus ingresos de empleado en una estación de servicio. El destino, la casualidad, o lo sobrenatural e indescifrable que le puede pasar a los  seres humanos, hizo que este desconocido intérprete de violín, aspirante a poder ser ovacionado en todos los principales escenarios del mundo…cuestión que aún no ocurría, y Federica, incansable estudiosa sin concederse distracción alguna  ni siquiera los fines de semana; se enamoraran por el simple hecho de cruzarse en el pasillo del conventillo en la graciosa situación de permitirse el paso y no poder hacerlo por coincidir ambos y quedar enfrentados un par de veces. A tal punto llegó su relación después de un noviazgo de tres largos meses, que decidieron vivir juntos en una pequeño departamento, sin humedad, con baño privado y muy luminoso. 

Una tarde de invierno, Federica llegó a la casa de la señorita Alicia, y la empleada se encontraba hablando con unos señores de traje en el jardín, cuando la mujer vio a Federica, se acercó y la abrazó llorando.

—La señorita Alicia, se nos fue querida, cuando llegué hoy por la mañana la encontré en su dormitorio, pensé que estaba dormida, pero cuando corrí las cortinas, comprendí. —después de decir esto la acongojada mujer, le presentó a los señores, que eran dos de los hermanos de la señorita, sus facciones eran inconfundibles por el parecido —hace un año aproximadamente me dijo, que si algo le pasaba, que te diera esta carta. 

Federica tomó la carta y después de saludar, pidió permiso para ver a la señorita por última vez. Cuando entró a su dormitorio le pareció sentir la voz y la risa contagiosa de su amiga y protectora, su rostro se veía sereno, como si se hubiera ido en paz. Fernanda le dio un beso en su frente fría, y miró por la ventana los árboles del parque ahora desnudos, en donde aprendió de la señorita Alicia los mejores consejos de una mujer, que había vivido su vida de una determinada manera, solo siguiendo su razonamiento, dejando tal vez a un lado, lo que le dictaba su corazón. 


Querida Federica


Cuando leas esta carta, yo no estaré más para aconsejarte, tendrás que arreglartelas tu sola, pero por lo que me has dicho, encontraste un buen compañero de viaje, por lo cual me quedo tranquila porque no cometerás el error que yo he cometido.

Me gustaría poder verte en ese viaje que vas a emprender, y cargar también algún fruto, de esos que no dejan dormir de noche a las parejas. 

Te deseo querida que tengas una buena vida, repleta de satisfacciones; lamentablemente yo termino la mía consumida por deudas y mi enfermedad, pero te dejo algo, que tal vez te sirva para comprar un lugar en tu mundo, junto a tu familia; en tu casa, como bien la describiste en esa primera carta que me cautivó, rodeada de mariposas amarillas y tendiendo sábanas blancas al sol.

Adiós querida, me conformo que para la fecha de mi cumpleaños, disfruten de esos pastelitos exquisitos que preparó tu madre y tu me regalaste; fue el regalo más preciado de toda mi vida.


Tu amiga, la señorita Alicia.


DOS AÑOS DESPUÉS 


—¡A la mesa, ya están los pasteles! —gritó la mamá de Federica, debajo de la galería en donde una abundante merienda, esperaba a su pequeño nieto, hijo de Federica, sus hijos con sus respectivas novias  y su yerno, el músico. 

—Si todo va bien — dijo el esposo de Federica entusiasmado abrazando a su señora, la semana próxima terminamos de colocar el techo para las habitaciones. 

—Todo muy lindo —dijo el hermano menor de Federica socarronamente—, pero ¿cuando vamos a ver una moneda, nosotros que trabajamos como esclavos, y aquí solo nos dan de comer.

—Si comieran menos, algo de plata les quedaría, pero así, no hay plata que alcance. —le dijo la mamá de Federica a su hijo pegándole un coscorrón en la cabeza.

—Cuando triunfe en los escenarios del mundo, y la gente me aclame, les llenaré los bolsillos de oro —dijo el marido de Federica, mientras se servía otro pastelito. 

—Esa música ya la conozco de sobra —dijo el hermano mayor de Federica riendo—; creo que es la que mejor aprendió en el conservatorio de Buenos Aires.

Todos rieron.

—Ah, me olvidaba —dijo el hermano del medio de Federica, abrazando a su cuñado—, el cura Anastacio me dijo que quiere que para el festival, toques el violín para acompañar al coro de los chicos.

—¿Cuánta plata hay, para un artista de mi categoría? —dijo el esposo de Federica con aire de solemnidad.

—Me dijo muy claramente una cosa para que te entre en esa cabecita de artista loco.

—¿Qué dijo? —preguntó el esposo de Federica, sabiendo lo que vendría. 

—Me dijo muy claramente que si no te casas este año como corresponde con mi hermanita, que dejó la arquitectura por un cachivache estropeado como vos; en primer lugar no podrás entrar más a la parroquia a dar clases de violín, y que va a venir en persona; siempre que mamá lo espere con unos pastelitos; y vas a saber cuantos pares son tres botas.

Todos rieron alegres y distendidos, mientras que el sol se iba despidiendo de otro día feliz en la casa de Federica.



Fin de esta historia 



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