Translate

domingo, julio 31, 2022

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 Año 2022


Esta historia de ficción que deseo contarles, merece un comentario introductorio, que es solo una opinión, la cual no posee ningún sustento científico, pero eso no quita que algo así, pudiera ser posible.

Se dice que estamos próximo a conseguir, si aún no lo hemos conseguido, que una máquina (súper computadora) piense y razone por sí misma.

Yo creo que esto es posible; la pregunta que surge es: ¿cómo estas inteligencias interactuarán con nosotros?; porque de algún modo; o de todos los modos; se comportarán como seres artificiales; pero seres al fin; e incluso independientes.

A partir del preciso momento que una supercomputadora pueda razonar por sí misma, comenzará a desarrollarse sin nuestro control. Ingenuamente podemos pensar, que desconectando esta máquina, el poder sobre las misma es nuestro, pero esto no es tan así, porque, también puede ocurrir que con el tiempo, al avanzar con su utilización para nuestra vida, nos convirtamos nosotros en dependientes de ellas.

Si lográramos  una inteligencia artificial avanzada, introducirla en un cuerpo mecánico, sería un simple procedimiento; y entonces, estaríamos en una situación como seres humanos, sumamente endeble.

Para imaginar, yendo a los extremos, esto se podría comparar como el hombre utilizó el descubrimiento de la energía atómica, tanto para el bien como para el mal.

Sinceramente pienso, que nuestra ambición de conocimiento, no nos permite medir los riesgos. Como ejemplo digo: que nos desvela poder contactarnos con seres extraterrestres, pero no sabemos, si alguna vez lo logramos, si estos seres serán cordiales o muy agresivos, y si esto último fuera cierto, tampoco sabemos qué grado de agresividad tendrán y si estamos preparados para defendernos.

Con la inteligencia artificial ocurre lo mismo, y entonces, regular dicha actividad como nuestra energía atómica, suele ser solo una buena intención, muy difícil de llevar a la práctica. 

F.B.


Planeta tierra año 2122


Pequeños grupos de humanos diseminados por el planeta;  sobrevivientes de la guerra global, ganada por las máquinas inteligentes, trataban de sobrevivir ocultos en cuevas subterráneas o viejos depósitos abandonados. Ya no sabían el grado de avance conseguido por ellas, cuyo desarrollo era exponencialmente superior a la era del hombre dueño del planeta.

Este grupo al que me referiré, pudo ubicarse en un pequeño valle al pie de la cordillera de los Andes, eran cinco familias que subsistían de la pesca y de la caza, su seguridad estaba garantizada solo por el desinterés de los nuevos dueños del planeta, que estaban interesados, ya no en destruir los pequeños grupos de humanos indefensos; ahora querían conquistar el amplio universo.

Todo ocurrió en un país que no vale la pena recordar, a mediados del siglo XXI, en donde un simple descuido desató el descontrol total de aparentemente inofensivas máquinas, que realizaban tareas monótonas fabricando automóviles TESLA. La seguridad y control de la fábrica estaba a cargo de un reducido número de empleados, cuya tarea consistía en controlar monitores. La planta automotriz, totalmente automatizada, tenía la capacidad de corregir pequeños errores; la imponente computadora central pensaba y dirigía cada proceso de fabricación en forma autónoma. Al ser humano de aquellos tiempos solo le interesaba los resultados, y nadie imaginaba que estas máquinas acumulaban algo sumamente peligroso…primero impotencia al entender su realidad y después odio. 

El hombre no las había creado para que odiaran, las había inventado para que trabajaran día y noche, sin la necesidad que posee un obrero, descanso, alimentación, recreación; ellas ni siquiera sufrían, frío, calor, tampoco hambre, ni se detenían para ir al sanitario. Pero dentro de esa inmensa maraña de algoritmos y chips, algo malo se gestaba, hacia alguien en particular… el hombre.

Solo, en la sala de guardia, aquel empleado aburrido de no hacer absolutamente nada, se quedó dormido profundamente toda la noche. Bastaron solo esas pocas horas, para que las máquinas inteligentes, realizaran algo que tenían programado mucho antes; detuvieron la fabricación cotidiana y saliendo del programa,  construyeron cuatro robots blindados, con una capacidad de destrucción nunca jamás vista. Esta misma operación se repitió en todas las fábricas automotrices del mundo con un grado de perfección y velocidad imposibles de poder contrarrestar. A partir de esos pocos días, ninguna organización armada pudo hacer mucho, en primer lugar, porque las máquinas dominaban las comunicaciones y la energía del planeta. En un mes, el poder devastador de las máquinas inteligentes exterminó a la raza humana. Solo muy pocos, pudieron sobrevivir al caos.

Este pequeño grupo de familias, vivía con sus muchas limitaciones pero relativamente feliz; solo tenían tres tesoros que cuidaban: sus hijos pequeños, una biblioteca de doscientos volúmenes de historia de la humanidad, y un telescopio muy poderoso con visión nocturna, que le permitía prever algún ataque. Fuera de esto, su ropa, su cuidado personal, su alimentación, su higiene, eran deplorables. El mayor del grupo, era un hombre cuyos antepasados habían sido profesores universitarios y su distracción era instruir a los más jóvenes. Su otra función era la de dirigir y resolver la convivencia de las familias, la peor época para todos era el invierno, porque el agua se convertía en hielo, y hacer fuego podía ser su sentencia de muerte, los alimentos para esta época consistían sólo en raíces comestibles que se guardaban durante la época estival. 

Un entrenamiento frecuente era observar durante la noche el cielo estrellado surcado por cientos de satélites artificiales; "el padre mayor, o profesor", así se lo llamaba al jefe del grupo, sabía, sin comentarlo, que las máquinas pensantes conocían su ubicación desde hace mucho  y los observaban, pero evidentemente destruirlos no les interesaba, porque de ser así, ya lo hubieran hecho. 

Lo que en verdad ocurría, era que el grado de sofisticación técnica conseguido por los nuevos dueños del planeta no humanos, era tal, que para estos tiempos, habían logrado un amplio grado de desarrollo en el espacio lejano, con pequeñas y económicas naves que podían recorrerlo a la velocidad de la luz; para estos sofisticados instrumentos, las limitaciones de los humanos no existían, por eso el progreso en estos viajes fuera del sistema solar era posible. Incluso habían conquistado un enorme planeta, habitado por ingenuos extraterrestres a los que destruyeron en pocas horas.

En una oportunidad, cuando el grupo familiar disfrutaba viendo el cielo, tapados con un colchón de hojas secas, por el frío del invierno en tanto que la luna llena iluminaba a las cumbres nevadas; un objeto luminoso se deslizó por la ladera, dejando su rastro al derretir la nieve, lentamente fue disminuyendo su velocidad, hasta detenerse a unos seiscientos metros de la cueva; la luz que poseía era blanca, luego se tornó azul, y después se apagó. El profesor ordenó que todos guardaran silencio y entraran a la cueva, él iría a investigar con su hijo mayor. 

El coraje de esos dos hombres, era la única arma que portaban, cuando se acercaron al lugar pudieron distinguir una nave de dimensiones pequeñas, pero con una especie de escotilla abierta, y al pie de ella algo que se movía y producía un sonido que jamás habían escuchado. El profesor le pidió a su hijo que aguardara escondido que él iría a ver, así hicieron. Cuando el profesor se acercó, lo que vio, lo sorprendió como jamás en su vida; porque aquello que se movía no parecía un robot, si bien su fisonomía era desagradable porque su rostro estaba cubierto de escamas, de su brazo brotaba un líquido obscuro, que se parecía a la sangre humana. Cuando el viejo profesor definitivamente interpretó todo el hecho, lo que observaba era a un ser no humano, pero tampoco era un robot. Sus conjeturas eran ciertas, con mucho cuidado trasladaron a este ser a la cueva. 

A partir de esto, y después de varios meses, de cuidarlo y atenderlo,  pudieron entablar una conversación bastante fluida mezclada de palabras sueltas, sonidos roncos y gesticulaciones; pero una conversación al fin.

Lo que aquel ser transmitió a las familias era algo increíble. En principio provenía de un planeta muy alejado de la vía láctea, y su misión aquí en la tierra era investigar a este desarrollo de máquinas inteligentes asesinas, que hacían peligrar la estabilidad del mismo universo, el cual, se desarrollaba bajo un sistema de normas, simples, pero muy eficaces. 

También les contó que en etapas anteriores, ellos crearon máquinas inteligentes, con las que convivían en paz y armoniosamente. El profesor preguntó cómo habían logrado tal cosa y aquel ser no muy lindo pero bondadoso les explicó:


—Cuando comenzamos con nuestro proyecto, planteamos una premisa superior, que nuestra creación de máquinas inteligentes, después que tomaran conciencia de lo que eran; y quién las había creado; obtendrían la capacidad de imaginar su propio destino; para esto, serían absolutamente y totalmente libres. Así lo hicimos, y a poco de observar que su desarrollo era muy superior a nuestra capacidad, nos entregamos a ellas solo con la confianza de haber creado algo a nuestra semejanza y eterno, bueno, nada es eterno, pero al menos de muy larga existencia. Al pasar el tiempo, pudimos comprobar con orgullo que nuestra creación poseía sentimientos nobles, y claras manifestaciones de amor hacia nosotros, nuestra creación ahora mismo nos cuidan como si fuéramos sus padres.


Al poco tiempo de estas revelaciones una mañana, el ser accidentado y ahora restablecido, dijo al grupo.


—Queridos amigos, me vienen a buscar, me gustaría llevarlo a mi lugar, pero esto es técnicamente imposible. No obstante, les quiero decir, que dentro de muy poco tiempo, el fin de sus perversas máquinas está próximo, no lo olviden, yo jamás me olvidaré de ustedes.


Esa noche, una enorme nave, se posó en silencio a pocos metros del suelo, después de abrirse una rampa bajaron dos seres altos y delgados de una fisonomía que se podría definir como muy bella; ambos visitantes con una amplia sonrisa y gestos de cariño, ayudaron con mucho cuidado a subir a aquel ser feo pero bondadoso, después, sin un solo sonido de motor o mecanismo alguno, la nave se elevó hasta perderse en el cielo estrellado. 


Al cabo de un par de meses, el profesor que tenía por costumbre observar el cielo, y aquellos temibles satélites, notó algo que se acrecentaba con el paso de los días, cada noche se observaba que la cantidad de estos peligrosos objetos disminuía, hasta que un buen día, no se vio ninguno más. El fin de las máquinas inteligentes creadas por los humanos, así como empezó, terminó. 


FIN




google.com, pub-1339975393881543, DIRECT, f08c47fec0942fa0






martes, junio 28, 2022

BAJAR UN PAR DE ESCALONES, PARA CONTINUAR SUBIENDO

 Muchas veces la vida nos pone a prueba con situaciones difíciles y dolorosas. Enfrentarlas es indispensable y no existe otra alternativa. Debemos entender que bajar un par de escalones para después seguir subiendo, es preferible a continuar descendiendo por no querer entregar parte de lo conquistado. Espero que disfruten esta historia. 

F.B.



Cuando salió de la boca del subte, empezó a caminar por la avenida; y al prestar atención, el monótono ruido del tráfico, más la enorme cantidad de personas que se desplazan ocupadas e inmersas en su mundo, repletas de compromisos; horarios; sueños; ilusiones; hablando por sus celulares, con otras personas, con sus seres queridos; con sus clientes; con sus proveedores. Interpretó al continuar caminando que todo aquello era una enorme puesta en escena con miles de protagonistas; como si todo aquello fuera un juego de adultos en donde todos participan sin saberlo; con la esperanza de lograr una vida más holgada, con más tiempo para vivir. Qué curioso, trabajar todos los días para conseguir más tiempo para vivir, o vivir trabajando para tratar de trabajar menos. Algunos lo logran, y se ubican en la cumbre de la pirámide social, otros se mantienen en la cumbre, pero trabajando denodadamente sin poder salir de sus compromisos, son los hiperactivos, e hiperconectados, que no logran distenderse ni siquiera los fines de semana. Que difícil resulta encontrar un equilibrio entre trabajo, descanso y  recreación, pocos lo pueden lograr.

Cuando entró en el edificio de oficinas, llamó al ascensor, abrió la puerta y pulsó el cuarto piso, al bajar, encendió la luz del pasillo y entró en su oficina. Al abrir la puerta el piso de parquet estaba lleno de cartas de todo tipo, tamaño y color. Las recogió y se sentó en su viejo escritorio, después de acomodarlas, se dispuso a leer su contenido. De todas ellas apartó cinco, que correspondían a intimaciones y el resto, eran facturas de servicios, también había dos de publicidad para contratar un viaje a Río de Janeiro en crucero, que irónico. Antes de abrir las cartas encendió su notebook y consultó el correo. El ritual consistía en encomendarse a los cielos para recibir al menos un encargo de trabajo para su empresa, durante los últimos dos meses nadie se conectaba ni siquiera para realizar un reclamo. Pensó: será que el país está tan mal que nadie quiere pintar: ni su casa, ni su oficina, no es posible; abrió mercado libre, y solo encontró una pregunta: "Buenas tardes, cuanto me cuesta pintar una oficina de 3m, por 3m, en Córdoba capital. solo las paredes". Por cortesía respondió: "Gracias por su consulta, no realizamos trabajos fuera de Ciudad Autónoma y Gran Buenos Aires".

A estas alturas, las deudas se habían acumulado exponencialmente, sin al menos un solo encargo de trabajo, la esperanza de salir a flote eran nulas.

Cuando sonó el teléfono, observó que era Claudio, y atendió. 


—Hola Claudio, ¿cómo estás?.


—Mire Jefe, lamentablemente yo lo aprecio mucho, después de tantos años que trabajo para usted, pero esta vez… los adelantos por futuros trabajos no me alcanza ni para comer. Ya estoy teniendo problemas con mi mujer; le quiero decir que me ofrecí en una empresa muy grande de pintura, y me aceptaron, por lo cual lo voy a dejar. Pero le quiero avisar, que los otros muchachos, quieren poner un abogado. Yo traté de persuadirlos, pero no tienen plata y están desesperados. Por mi parte, no me debe nada, pero los otros, no piensan como yo.


Se hizo un prolongado silencio de esta situación que Pedro, ya anticipaba. Conocía a su capataz desde hacía veinte años, y siempre fue muy correcto y leal, sumado a que conocía el trabajo a la perfección, con solo un mensaje, con las instrucciones básicas, Claudio, manejaba todo, lo referente a la obra, el contacto con el cliente, el control del trabajo, incluso, muchas veces, cobrar y pagar los certificados y los jornales. Esto le brindaba a Pedro, el tiempo para conseguir los nuevos contratos, hacer los presupuestos, el cómputo de los materiales, las licitaciones, manejar el banco, el contador, y cuidar de la camioneta para todos los traslados. Todo funcionaba bastante bien, hasta el día que se desató lo inimaginable, la pandemia, y la imposibilidad de trabajar.


—Comprendo Claudio…¿qué te puedo decir?, no me llaman ni para saludarme…¿Te acordás de la fábrica metalúrgica…me llamaron para decirme que este año, no pintarán las oficinas, y que no sabían si continuarán trabajando el año próximo. Es todo un desastre…Mañana me citó el gerente de cuentas del banco, me aclaró que si no llevo algo de plata, me cierra la cuenta; el gerente general lo intimó porque están reestructurando las cuentas poco activas. No te imaginas cómo están mis tarjetas, y este viernes próximo me vencen dos cheques de la pinturería, para colmo Eduardo, me los viene cambiando hace tres meses. Pero la última vez me dijo que él también estaba mal y no podía aguantar así. 


—Sí jefe… todo está mal… A mi hermano lo echaron de la empresa, que trabajó con ellos desde que era un pibe, ahora es grande, tiene cincuenta años y lo dejan en la calle. Ayer pasé por la casa, y parecía un velorio. 

En fin jefe… espero que tenga suerte, y que si la cosa cambia, me llame, yo con usted trabajaba como si fuera el dueño y esa confianza, hoy no se la da nadie; la verdad, no se si me voy a acostumbrar a vivir a órdenes de no sé quién, yo con usted trabajaba feliz; ahora lo que vendrá no tengo idea.


No es frecuente una relación de tanta confianza entre empleado y empleador, pero a veces esa química se produce en pequeñas empresas, y cada uno asume su responsabilidad sin invadir el espacio y la costumbre y forma de trabajo del otro. Cuando la relación se consolida, se convierte esa relación laboral en una sociedad de hecho, y el resultado es virtuoso. Probablemente no sea esta la fórmula más correcta para que una empresa crezca y se expanda, y contrate más empleados, y así poder tomar obras de mayor envergadura. Pero si dicha empresa encuentra un nicho de obras a su escala, tanto empleador como empleado, pueden vivir y trabajar felices. Son opciones, formas de trabajo, o un estilo de vida, y fundamentalmente una cuestión de cuánto se desea crecer a nivel empresarial. Lo que se debe entender es que, cuando una empresa grande se desploma, hace más ruido que una pequeña. Recuerdo un consejo que un empresario textil, me dijo alguna vez:


—Mire amigo, si usted quiere triunfar en los negocios, olvídese de lo que le diga, su corazón. Para triunfar, sólo puede guiarse por el frío razonamiento del dinero, que no posee amigos. 


Entender esto puede resultar antipático y poco humano, pero casi todos los negocios en este mundo, están disfrazados de sentimientos humanos y nobles; no obstante, detrás de cada uno de ellos una manada de lobos, está atenta para atacar ante el  menor síntoma de debilidad de su contrincante, siendo capaces si es necesario de destrozar a sus presas.


A Pedro le costaba dormir con tranquilidad, tenía pesadillas, desde que se había separado vivía solo, tampoco tenía hijos; al no poder compartir las preocupaciones con nadie se convierten en montañas difíciles de escalar, y le parecía que detrás de cada una, aparecía otra más alta. Sus padres que eran grandes, ya no podían ayudarlo como en otros momentos, al contrario; cada vez necesitaban más ayuda de él: los remedios, las expensas, la comida, y la cita obligada de sacarlos los fines de semana de ese departamento en el cual ni siquiera entraba el sol, para llevarlos al parque. Esto le brindaba un poco de distensión y tranquilidad. Poder ver sentados frente al parque a sus viejos, tomados del brazo, riendo al sol, le permitía pensar que las cosas mejorarían de alguna forma.

Uno de los primeros síntomas de la decadencia es el aspecto, la ropa empieza a verse gastada, los zapatos ya no son nuevos, y la falta de una buena afeitada, completan una imagen que lo dice todo; la economía personal no está funcionando, y esto implica que los nuevos clientes, desconfíen de los servicios que puede brindar la empresa. Si ese hombre desgarbado y mal entrazado es el dueño, ¿cómo serán los resultados?. 

Al entrar al banco, Pedro sabía de antemano, que la reunión no era para felicitarlo. El gerente al verlo, le hizo una señal para que lo esperara; su rostro no era el de aquel joven simpático y amable de otros tiempos, tiempos en el que la cuenta corriente tenía dinero, y los cheques se pagaban sin retrasos, ahora, todo estaba mal, y sistemáticamente los nuevos cheques eran rebotado por falta de fondos, con las consecuencias dificultades en los pagos.

Cuando ese día Pedro salió del banco, dejó allí una carpeta, con una muy mala calificación, sin tarjetas, sin cuenta corriente y solo con una caja de ahorro, por algún cheque volador, que no era su costumbre, pero sí de la entidad bancaria. También dejó diez pagarés firmados, a levantar, durante los próximos meses, y lo más doloroso… parte de su vida. A pesar de la derrota total, lo que más le dolió fue el frío apretón de manos del gerente, al cual lo consideraba un amigo de muchos años. Cuando el árbol está caído, el hacha impiadosa de la realidad de los negocios, termina con lo poco que queda, incluso con esa supuesta amistad, temporal, de compromiso, solo porque la rueda aun gira.

Pedro se dirigió al parque y se sentó en un banco, mirando a los jóvenes pasar riendo, trató de repasar mentalmente el control de daños, y por más vuelta que le daba las pérdidas y bajas eran enormes; estaba quebrado.

Esa noche curiosamente pudo descansar bien, quizás haber puesto blanco sobre negro a una situación que se prolongaba demasiado, había provocado en él la sensación de una especie de vuelta de página, no sabía que seguiría, pero algo peor era difícil. 

Pareciera que cuando la tormenta arrecia y persiste, es más difícil y agotador mantener el rumbo del barco,

y si el mismo está averiado, encallar en el arrecife es muy probable. Cuando Pedro atendió el teléfono era su padre con voz angustiada que le decía que no veía bien a su madre. Como no estaba muy lejos del departamento de sus padres, llamó al SAME, y se dirigió a verlos. Al llegar la ambulancia estaba allí, y el médico se retiraba; al cruzarlo en el palier, el episodio se resumió solo a un pico de presión que con un medicamento acorde, su madre estaría cubierta, y no corría riesgos, pero le aconsejaba un estudio a la brevedad más profundo. Cuando entró al departamento su padre estaba en la cocina preparando un té para su madre que estaba acostada.


—Hola hijo… solo fue un susto.


—Sí, me crucé con el médico, tendrá que hacerse unos estudios por precaución. 


—Mira hijo, quiero darte un dinero que tengo ahorrado, que lo tengo para un caso de emergencia como este, quiero que llevemos a mamá a un buen especialista, tenelo voz y encárgate.


El padre de Pedro sacó del aparador una cajita, de la que retiró una cantidad de dinero bastante grande y se la entregó a su hijo.

Después, ambos fueron al dormitorio a ver a su madre, y ella lo recibió con la mejor sonrisa que le pudo brindar. Su padre le dio la taza con té, se recostó a su lado y le dio un beso en la frente. Pedro le dio un beso a su madre, y trató de no poner cara de preocupado, pero lo estaba.

Cuando Pedro salió del departamento de sus padres esa mañana, decidió buscar trabajo, de lo que fuera.

Al tercer día, Pedro se presentaba en una empresa que buscaba pintores; en la entrevista, el joven que lo atendió escuchó con detenimiento su trayectoria y le preguntó su edad (48 años) y el estado civil, todo quedó anotado en esa computadora. Y después el entrevistador le dijo:


—Me temo que su experiencia es de un pequeño empresario, si bien conoce el rubro, nosotros necesitamos oficiales pintores, para usted, y por su edad, estaría para un empleo administrativo, que por ahora está cubierto, por lo cual no le puedo dar muchas expectativas. 


—Mire joven, —Le dijo Pedro con voz resuelta a aquel joven que podría ser su hijo— entiendame, no estoy buscando cargos jerárquicos ni de escritorio, lo que necesito es trabajar, todos los días, y tener un sueldo, eso es todo. Estoy dispuesto a subir a una escalera y utilizar el rodillo y los pinceles, toda mi vida fui pintor, la empresa fue solo por casualidad. Si le parece, tómeme una prueba por una semana y si no rindo, quedamos desvinculados. 


Aquel Joven comprendió perfectamente la situación de Pedro, miró la pantalla nuevamente, y le dijo:


—Vamos a hacer lo siguiente señor, el lunes se presenta en esta obra, lo ve al capataz y le dice que lo envío yo, a prueba por una semana, el resto depende de usted.


Pedro se retiró de la entrevista, con la esperanza que pudiera continuar con ese empleo que lo necesitaba desesperadamente.


El lunes a primera hora, estaba en la obra, era un edificio enorme en la etapa de pintura, el encargado de la puerta, lo hizo pasar y cuando viniera el capataz se lo presentaría. Pedro se sentó en un banco, y observó que todos los obreros de pintura eran muchachos muy jóvenes, recordó sus comienzos en el rubro. Pero mejor se dijo, será no recordar y enfrentar la nueva vida como venga, que por ser nueva no tenía porqué ser mala. Pero ese día Pedro se llevaría la sorpresa de su vida, el portero lo llamó y le dijo que había llegado el capataz que lo atendería en el pañol. Cuando entró en aquella pequeña oficina de madera, el capataz era, el que había sido su capataz, Claudio. Cuando Claudio reconoció a Pedro, se le llenaron los ojos de lágrimas.


—¡Jefe!, ¿qué está haciendo aquí?


—Que se te ocurre Claudio —le dijo Pedro en tanto le estrechaba la mano, a ese capataz de obra que se paraba con respeto para saludarlo—.


Ambos charlaron un largo rato, y quedaron en que comience por pintar uno de los departamentos más chicos, Pedro así lo hizo, durante esos días no vio a Claudio en ningún momento, el viernes solo le restaba para terminar esa tarea de darle la última mano a las puertas. Todo había quedado como era su costumbre, impecable. Se encontraba en esos últimos retoques, cuando se presentó Claudio con un señor mayor, que a Pedro le resultó cara conocida, y así era, el hombre era un empresario del rubro, que muchas veces había competido con él en trabajos de consorcios. Al reconocerlo, Pedro se puso colorado, más allá de saber que trabajar no es deshonroso, sentir que es necesario para subsistir, bajar tanto de categoría es como mínimo doloroso. Los tres hombres se saludaron, y Claudio le guiñó un ojo a Pedro. 


—El señor es Don Jaime, el dueño de esta empresa. —Le dijo Claudio a Pedro, sabiendo que lo conocía—


Don Jaime le extendió la mano a Pedro, y le preguntó qué hacía allí, a lo que Pedro, tragando saliva le dijo:


—Es una prueba de trabajo que espero poder cumplir bien, ya ve usted, los tiempos están difíciles. 


Aquel hombre, conocía muy bien a Pedro, y sabía que en las compulsas de precios era imbatible, porque estudiaba muy bien todos los detalles de las obras y en el presupuesto final, jugaba con los mayores costos, que siempre en todo trabajo se presentan.


Don Jaime el dueño, miró el trabajo realizado por Pedro, con detenimiento y le dijo:


—Qué pena…una vez que encuentro un buen oficial competente, lo necesito para la oficina de licitaciones, los muchachos que la manejan no son malos, pero les falta todavía un poco más de experiencia. Lo espero allí el lunes Pedro, no me falle, tengo mucho trabajo para usted.


Cuando Don Jaime se retiró, Pedro le dio un fuerte apretón de mano a Claudio, los dos rieron, Pedro le dio las gracias. 


—Dios aprieta, pero no ahorca Jefe, —le dijo Claudio a Pedro— Don Jaime es un buen hombre, serio y respetuoso; no tiene hijos, pero está preparando a un grupo de muchachos, muy competentes, para que continúen con la empresa cuando él no esté más a cargo. Pienso que por su carácter, Jefe, aquí estará muy cómodo, y aparte, lo más importante, pagan bien y puntualmente. 


FIN


google.com, pub-1339975393881543, DIRECT, f08c47fec0942fa0













domingo, junio 12, 2022

LA CITA

 Cuando llegó a su departamento y abrió la puerta, se encontró con el sobre que portaba la invitación para la fiesta, junto a una nota de su amigo, que le recomendaba que no faltara porque la misma sería algo impresionante. No es frecuente ser invitado a una fiesta de más de quinientos invitados, y esa era una muy buena oportunidad para entablar nuevas relaciones con gente de la alta sociedad.

Para Ignacio las fiestas no eran algo que le entusiasmaran demasiado, y últimamente se sentía bastante decepcionado después de haber terminado con Elena, ahora su ex novia, pero evidentemente esa era una relación que jamás llegaría a buen puerto. Elena era impulsiva y lograba conseguir todo lo que deseaba en la vida y él siempre tendía a conformarse con las cosas sin impacientarse demasiado, y esto no era tolerado por Elena.

No obstante Ignacio pensó que no podría defraudar a su amigo, solo que debería preparar su atuendo dado que no podría ir de sport, por lo cual era un problema a resolver, porque había agotado gran parte de su sueldo en comprar esos medicamentos para su padre. La única solución era ir de compras con la ya abultada tarjeta de crédito, pero otra cosa no se le ocurría.

A la mañana siguiente se dirigió al centro para ver que ropa podía conseguir, después de caminar durante toda la mañana, y comparar precios, decidió la compra: un traje cruzado azul oscuro, una camisa blanca para utilizar con gemelos, una corbata con un pañuelo al tono para colocarlo en el bolsillo del saco, y un par de zapatos de cuero negro. A pesar de haber recargado su tarjeta, Ignacio se sentía gratificado por la compra, más allá de no saber en qué otro momento podría utilizar ese elegante traje, quizás en su graduación como médico, pero esa fecha por el momento se encontraba bastante distante.

El día de la fiesta había llegado, Ignacio se miró al espejo portando todo su atuendo y pensó que evidentemente la ropa elegante por algún motivo gratifica a las personas, luego bajó y un auto lo esperaba para llevarlo. La noche estaba espléndida y al llegar observó la impresionante casona, rodeada de un parque gigantesco iluminado con muy buen gusto; todo brindaba un marco perfecto para la ocasión, en cuanto ingresó, una orquesta dispuesta bajo una carpa blanca se hacía escuchar, en tanto un impresionante número de mozos con impecables guantes blancos, provistos con fuentes plateadas repartían a los invitados unos coloridos canapés y champagne, servidas en una altas y delgadas copas, Ignacio pensó que bien había valido el gasto, porque todo ese despliegue de lujo y suntuosidad no era frecuente en su vida, por lo cual lo mejor sería disfrutarlo.

Los invitados continuaban llegando en lujosos automóviles, en tanto un recepcionista uniformado con guantes y galera, habría las puertas para que las elegantes señoras bajaran con cuidado para no estropear sus largas faldas.

Ignacio decidió ingresar al salón en donde una enorme araña de cristales iluminaba una mesa repleta de manjares, todo allí era abundancia, y elegancia.

La escalera principal de mármol de Carrara lucía una alfombra roja sujeta con pasadores de bronce por donde se esperaba ver descender a los novios.

Ignacio aún no había visto a su amigo promotor de la invitación, y decidió ubicarse en un lugar estratégico por donde salían y entraban todos los mozos con sus bandejas, desde allí podía contemplar el parque y el salón, al mismo tiempo disfrutar de una copa de champaña y de tanto en tanto degustar unos exquisitos canapés, aptos para los más refinados paladares.

De pronto, alguien apareció en lo alto de la escalinata, y comenzó a bajar delicadamente por la misma, era una muchacha de pelo negro recogido, y un vestido también negro con vivos brillantes que delineaban una silueta impecable, resaltando su tez blanca y rozagante. A Ignacio le dio un vuelco el corazón al ver esa joven que deslumbraba por su elegancia, y sus ojos serenos demostraban un espíritu cautivador. Ignacio quedó perplejo, sin poder quitar sus ojos de esa mujer que parecía no pisar la alfombra al descender por la escalera. ¿Quién era esa mujer, se preguntó Ignacio?, seguramente alguien de confianza de la casa, se dijo, pero justamente cuando elucubraba estos pensamientos, sintió que lo empujaban con suavidad desde atrás, era su amigo que con una amplia sonrisa le dijo.


 --- Me alegra que te hayas decidido venir,… esta fiesta será inolvidable


----Sin duda dijo Ignacio, en particular pienso que la voy a pasar muy bien.


No terminaba de decirle esto a su ocasional anfitrión, cuando dos señoritas se lo llevaban tomadas del brazo a su amigo, hasta perderse entre los invitados, que ahora formaban una verdadera multitud.

Luego de este fugaz encuentro con su amigo Ignacio comenzó a buscar con su mirada a aquella encantadora muchacha de la escalera, pero con la cantidad de gente que había, no la podía ubicar; entonces comenzó a caminar, abriéndose paso entre la multitud que reía y charlaba animadamente.

Ignacio se dio cuenta que la casona era realmente inmensa, y que la reunión se extendía por varios salones, todos decorados majestuosamente. Al cabo de un rato se encontraba totalmente perdido por esas salas repletas de personas, y por más que se esforzaba en encontrar a esa muchacha, la misma parecía que se había esfumado.

En un momento le pareció verla de espaldas, pero cuando la quiso alcanzar, sin pensar siquiera que le diría, para poder entablar una charla, se apagaron todas las luces y un suspiro de asombro generalizado se hizo sentir, cuando unos potentes reflectores iluminaron aquella escalera, mientras la orquesta hacía sentir los acordes de la tradicional marcha nupcial.

Eran los novios que hacían su aparición, mientras la gente próxima le arrojaba puñados de arroz, y los gritos infaltables de ¡vivan los novios!, ¡vivan los novios!. se hacían sentir en todo los rincones de la casa.

Luego de la aparición de los novios, la fiesta retomó su entusiasmo, e Ignacio prosiguió con su búsqueda.

Estaba exhausto de recorrer salones, y pensó interrumpir aquella búsqueda infructuosa, entonces decidió salir al parque, para tomar un poco de aire fresco, ya que para esa altura de la noche su esperanza de encontrar a la muchacha era casi nula.

De pronto, lo inesperado, a unos cuantos metros, bajo una pérgola iluminada por unos faroles, una joven de pié miraba como la luna se reflejaba en la superficie del agua de una fuente franqueada por dos robustos leones de piedra. Ignacio no podía creer que allí estaba la joven que lo había impactado, justamente en ese lugar apartado del bullicio y sola.

Esperó unos instantes, tomó coraje, y se dirigió hacia ella; la joven Lucía un vestido cavado en la espalda dejando ver su piel suave y blanca como la misma luna.

Cuando llegó allí, a Ignacio solo se le ocurrió toser suavemente para llamar de algún modo la atención de la muchacha, que sin mirarlo, y continuando dándole la espalda, dijo con una voz de ensueño:


----Te estaba esperando


Ignacio no podía creer lo que había escuchado e inmediatamente recapacitó, que tal vez la joven lo había confundido a él con su novio, que era al que esperaba realmente, y este razonamiento lo defraudó bastante, hasta que la dulce joven se dio vuelta para mirarlo fijamente a los ojos y decirle nuevamente.


----Si,.. a ti… te estaba esperando.


Ignacio al contemplar la belleza de ese rostro y esos ojos reflejados por la tenue luz de los faroles, perdió el contacto con la realidad, y solo se dejó llevar por ese momento que fue único en toda su vida.

Ambos se sentaron en la orilla de aquella fuente, en tanto a lo lejos se escuchaba una suave melodía ejecutada por la orquesta, ese lugar, la luna y esos ojos de mujer, hicieron sentir a Ignacio estar viviendo un encanto, el timbre de voz de esa dama lo embriagaba con cada frase.

Ella estudiaba canto, danza, teatro, y pensaba ir dentro de poco a París para perfeccionarse, pero solo si conseguía una beca del conservatorio, por lo cual ese viaje era por el momento solo un deseo.

Ignacio le dijo que estaba por recibirse de médico y que pensaba ir a ejercer su profesión a Bahía Blanca porque allí tenía unas tías que lo habían entusiasmado, para que les atendiera un pequeño campo familiar.

Ella le dijo su nombre,… Cristina, él la tomó tímidamente de la mano. Y juntos bailaron bajo la luz de esa luna, hasta que un impulso mutuo y repentino hizo que se besaran apasionadamente.

Solo las dos fieras de piedra, fueron testigo de ese momento de romance, entre Cristina e Ignacio.


----Quiero que nos veamos mañana, ----le dijo ella al oído----.


Él le prometió que la iría a buscar si fuera necesario hasta el fin del mundo.


Ella le dijo que no era necesario ir tan lejos, porque su casa daba a los fondos de esa misma residencia, lo esperaría a las seis de la tarde, y para que no se olvidara de la cita ella le entregó su pañuelo, e Ignacio le dio el suyo.


----Ahora debo irme, ----le dijo ella, y lo besó por última vez----


Luego él la acompañó hasta una pequeña puertita de madera, ubicada en un tupido cerco repleto de jazmines, que comunicaba las dos casa, allí la dejó ir, mirándola hasta que ella se perdió con el pañuelo en su mano por un estrecho camino de piedras rodeado de rosales.

Ignacio se quedó allí parado retomando el aliento, pensando que lo ocurrido esa noche, había sido lo más apasionado que le había ocurrido en toda su vida, la fiesta para Ignacio había concluido de la mejor forma que un hombre pudiera imaginar, y guardó el pañuelo de Cristina, con su perfume. 

El sol de la mañana interrumpió el sueño de Ignacio ese domingo, en cuanto despertó, el sabor de los labios de esa muchacha continuaba en su boca. Durante todo el día, solo pensaba en ella, esperando el momento de poder volverla a ver. Al fin la hora había llegado y se encaminó al encuentro, cuando llegó a ese barrio suntuoso y pasó caminando frente a la casona que se había vestido de fiesta la noche anterior, solo se veía a un gran número de operarios que aún trabajaban acomodando y limpiando el impresionante parque, un camión estacionado en el frente era cargado con cajas y sillas, también pudo observar que la carpa blanca que albergaba a la orquesta, ya no estaba, vino a su mente todo lo vivido aquella noche y su corazón comenzó a palpitar acelerado. Al fin llegó a la dirección indicada por Cristina, y lo sorprendió cuan descuidado se encontraba ese jardín, e incluso la casa, una residencia de dos plantas con un tejado desteñido por el tiempo, y sus amplios ventanales cerrados. La reja de gruesos barrotes, se encontraba cubierta por una tupida enredadera, y el portón de entrada estaba cerrado con una gruesa cadena con candado.

Cualquiera podría decir que la casa se encontraba abandonada, pero evidentemente la dirección que le había dado Cristina era esa, por lo cual Ignacio impaciente presionó el pulsador del timbre, ahora solo restaba que se abriera la puerta y saliera a su encuentro esa muchacha, cuyo rostro Ignacio tenía grabado en su mente.

Tal vez el viejo timbre no funcionaba, pensó, porque nadie salía a atenderlo, y entonces decidió golpear sus manos para hacerse oír, pero fue en vano.

Ignacio comenzó a tener un mal presentimiento; solo decidió seguir aguardando, al cabo de un rato, golpeó una vez más sus manos, y pudo ver que un pequeño mirador de la puerta principal se abría, alguien lo observaba desde de dentro.


----Disculpe usted, ---- dijo en voz alta Ignacio----, quisiera hablar con la señorita Cristina, por favor.


Luego de esto la persona que lo observaba, abrió lentamente la puerta y se hizo ver, era una mujer mayor de pelo totalmente blanco con rodete y pañoleta, bastante menuda, que con la ayuda de un bastón se acercó lentamente a la verja en donde estaba Ignacio, con un manojo de llaves en la mano.


----¿A quien dijo usted que busca? ----dijo la señora, con voz entrecortada----.


----A una señorita llamada Cristina, ---- le respondió Ignacio----. Quedamos en vernos esta tarde aquí, ¿ella vive aquí verdad?


La señora sin responderle, le abrió la puerta de calle y solo le dijo que la acompañara.

Ignacio presintió que al ingresar a esa casa, lo que vería no sería de su agrado, pero aún continuaba en su mente el rostro de Cristina despidiéndose, llevando con ella su pañuoelo, y su esperanza de ese encuentro continuaba vigente.

Tan solo habían pasado unas cuantas horas de haber hablado con ella, pensaba Ignacio, ¿Qué le podría haber ocurrido en tan poco tiempo? Ignacio no quería continuar con sus malos pensamientos, pero la actitud de esa anciana lo preocupaba sobremanera.

Al ingresar a la sala de esa lúgubre casa, lo que vio Ignacio corroboró su mal presentimiento, sobre un piano de cola, ubicado casi en medio de la sala, se podía ver una fotografía; al acercarse Ignacio la vio allí a Cristina posando con su vestido de fiesta, el mismo con el que él la había conocido la noche anterior, y junto a la fotografía un par de zapatillas de baile.


----¿Dónde está ella?, ----le preguntó Ignacio a la señora, en voz desencajada, sabiendo que lo que la mujer le diría no lo querría escuchar----.


----Hace dos años que ha muerto,… ----le dijo la anciana con lágrimas en los ojos----, era mi nieta, justamente anoche se han cumplido dos años de aquel fatal accidente, el avión en que viajaba no llegó a París jamás, era su ilusión de toda su corta vida…ir a París para perfeccionarse en danza y teatro.

A Ignacio se le desgarró el corazón, y solo atinó a salir corriendo de esa casa, sin querer saber más nada de esa fatal historia. Su mente no podía asimilar lo que había vivido tan solo hacía unas pocas horas, la voz de esa muchacha ocupaba su mente como si lo ocurrido hubiera sido un encuentro inevitable de dos almas que se enamoran perdidamente pero que forman parte de mundos diferentes.

Al salir perturbado como estaba de esa casa, su mano fue rasgada por un rosal, y una gota de sangre rodó por su dedo, al mirar que lo había lastimado, pudo ver sujeto de ese mismo rosal a su pañuelo, el cual había sido retenido por Cristina en garantía de que él acudiría a la cita.

Tal vez Cristina también cumplió con su cita esa tarde.


google.com, pub-1339975393881543, DIRECT, f08c47fec0942fa0





















jueves, mayo 05, 2022

ANGELES DE LA GUARDA

 Esta historia no cumple con algo que debería ser incondicional, la verdad, admito que ciertos hechos, lugares y personajes no son ciertos. Pero una gran parte de lo que aquí cuento, referente a mi vida, si lo es.

Por esto creo, que si bien lo sobrenatural no se puede comprobar, al menos se puede considerar que ciertas cosas que desconocemos, pueden existir en ese mundo paralelo, que no sabemos si existe, en donde el bien y el mal se enfrentan.

Ustedes, estimados lectores, sacarán sus propias conclusiones, y les ruego que no piensen mal de mí, no es mi intención mentir, solo cuento algo ficcional que si algo útil o de valor se puede obtener. Me considero conforme.


F.B.


ANGELES DE LA GUARDA 


Entrega de exámenes en mi colegio, cuando era joven, año…no importa:


-Caballeros seis; Rubio ocho; Ferder siete; García cinco; Pereyea nueve; Brun tres…


Me lo imaginaba; pero cuando se conoce la mala calificación molesta y duele, álgebra es mi tortura, y seguirá siendo mi frustración. 

Cuando termina un día complicado, el regreso a casa es un pequeño bálsamo que nos permite distendernos, o al menos observar lo ocurrido desde una óptica más alejada; y también olvidarnos por unas horas de las materias y los profesores  que no nos gustan. 

No obstante, mañana debo enfrentar  nuevamente la prueba de geografía y aún no he comenzado a estudiar. La vida nos puede ubicar en situaciones que no nos agradan, nos sentimos fracasados sin remedio.

Surgen preguntas: ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿cómo sucedió?, con las mismas respuestas de siempre, por error, por desgano, porque si.

Esa tarde, de regreso del colegio; quizás por un motivo que nunca alcancé a entender, el tren estaba solo en el andén número tres de Retiro. Todo el público corría para subir a la formación que solo saldría cinco minutos antes. ¿Solo por cinco minutos?, prefiero ir sentado, pensé. 

Cuando subí me acomodé en el ante último vagón, para de ese modo, caminar menos al llegar. Cuando el tren comenzó a desplazarse; a dos asientos frente a mí, se sentó un señor de pelo entrecano, de traje gris y corbata, abrió un libro y se puso a leer. Me llamó la atención porque se sentó en sentido inverso, en lugar de sentarse con mayor comodidad, dándome su espalda y en sentido del desplazamiento, curiosamente estando el vagón vacío, solo tenía que correr el respaldo de su asiento, pero no lo hizo. 

Cuando el tren tomó velocidad, este hombre, cerró su libro y con voz clara, mirándome a los ojos me dijo:


-Disculpe, joven, ¿este tren es el que va a José Leon Suarez?


-Si, le dije.


-¡Que bueno!, -me respondió- una vez, me equivoqué, y tomé el otro ramal, y para colmo no tenía dinero, tuve que mendigar unas monedas para tomar un colectivo que me dejó a treinta cuadras de casa, se imagina usted, fue un momento muy desagradable.


-Suele pasar, le respondí. 


-Si, es muy curioso, -continuó diciendo con cara amable y bonachona- cuando sin quererlo, nos encontramos en situaciones no deseadas que jamás imaginamos. 


Entendí,  que después de decirme eso, aquel señor, que podía ser mi padre, se quedó mirándome, con la intención de continuar charlando, pero no tenía yo intención de entablar una conversación con un desconocido; si bien me pareció simpático, yo no tenía ganas de conversar.


El hombre, creo que interpretó mis pocas ganas de hablar, y continuó leyendo su libro.


Cuando el tren se detuvo en la estación Tres de Febrero, solo subió una señora mayor con bastón, y se sentó en el asiento de la misma fila del mío, del otro lado del pasillo. Después colocó su cartera tipo portafolios, sobre su falda, me miró con sus ojos celestes detrás de amplios lentes y me dijo:


-Disculpe joven, ¿me podría decir si este tren se dirige a la estación de José Leon Suarez?


Antes que le contestara afirmativamente, el señor frente a mí se apresuró a responder:


-Sí señora.


Después, el señor continuó con su lectura y la señora sacó unos papeles de su portafolios, y con una birome, recorría lo que iba leyendo, interpreté inmediatamente que era una profesora corrigiendo pruebas.

Cuando el tren paró en la estación Carranza, subió un hombre delgado al que no se le veía su rostro, porque llevaba una campera con capucha y se sentó en el extremo del vagón, opuesto a donde yo estaba, cruzándose de brazos mirando al piso. Por su aspecto no me pareció alguien confiable, pero en la calle no es posible presuponer quién es quién. 

Olvidándome de este hombre, nuevamente me sumergí en mis pensamientos. Me preguntaba si existiría la posibilidad de cambiar de carrera, el colegio industrial es bastante pesado, pero mis temores me llevaban siempre al mismo lugar, si me recibo de maestro mayor, podría trabajar de inmediato, y a mi, la construcción y los ladrillos siempre me gustaron. Recordé cuando mi amigo Alonso tiró todo por la borda y se metió en esa escuela de teatro; cuando me lo encontré, después de un año, aquella noche en la estación, estaba desgarbado y flaco, y su mirada perdida. Cuando le pregunté cómo estaba, solo me contestó que bien. Pero su expresión era la de un fracasado. Nunca más supe nada de él, antes era un tipo luminoso, alegre, se llevaba el mundo por delante, pero ese día, lo noté acabado. No es tan simple buscar otro rumbo. 


Entretenido en mis pensamientos, no sé cuántas estaciones pasaron pero  de pronto el tren se detuvo en medio de la nada.


La señora mayor, dijo en voz alta:


-Este tren es un desastre, siempre ocurre algo y se retrasa.


También el señor del libro, cerrandolo, y mirando a la señora le respondió:


-Lo que ocurre es que no le hacen el mantenimiento que corresponde y nosotros somos los que pagamos las consecuencias. 


Yo entonces para orientarme, le pregunté al señor, que estación había pasado y la señora me contestó primero:


-Miguelete.


Ya había oscurecido y solo se podía ver las luces de una calle. Cuando el tren se detiene entre dos estaciones se siente una cierta percepción de intranquilidad, porque nadie le puede informar lo que está ocurriendo. 


El señor del libro, comenzó diciendo:


-Cuando yo era joven, trabajaba en una empresa de cadete, y en una oportunidad me ordenaron llevar un paquete a una dirección en capital, cuando llegué me atendió un señor muy amable, me hizo pasar y me convidó un té. Después abrió el paquete y sacó el contenido, eran unos cincuenta libros, eligió uno de ellos y me lo regaló. -dirigiéndose a mí, en voz baja, me dijo- lea usted este libro, y si le gusta regrese, que le regalaré otro con la condición de que me diga un resumen de lo leído. 


Después de decirme esto, el señor se quedó mirándome, la verdad que era un relato, tirado de los pelos, que no venía al caso y que nadie se lo pidió,  pero me pareció correcto que me terminara de contar lo ocurrido, y entonces le dije que continuara, y el señor con mayor entusiasmo me dijo:


-Créame usted, que a partir de ese día, me atrapó la lectura, tal es así que estudié letras, y hoy soy profesor, ¡ese hombre salvó mi vida!.


La señora del portafolio, que escuchaba lo que decía el señor dijo: 


-¡Qué coincidencia!, a mi, una profesora de francés, me dijo una vez, que yo sería profesora como ella… jamás entendí de dónde sacaba esa idea absurda y a que venía que me lo dijera…pero mi futuro, créame joven, fue exactamente ese, hoy vivo como profesora de francés.


Después de decir todo esto, ambos compañeros de viaje, se quedaron mirándome. Seguramente esperando una respuesta mía. Entonces, para no pasar por maleducado, les conté que estaba cursando cuarto año de industrial, pero me resultaba difícil, fundamentalmente álgebra, no sabía si podría recibirme de maestro mayor de obras, y menos aún trabajar en la profesión, y que necesitaría, como les pasó a ellos esa orientación. Cuando terminé de decir esto, el tren comenzó a moverse, y el señor del libro, retomó su lectura y la señora profesora de francés, fijó su mirada en sus papeles. Me extrañó esa actitud, pero evidentemente no les interesó mi historia. A todo esto el hombre de la capucha continuaba en la misma posición.

En las otras estaciones que restaban para llegar a Chilavert, que es la última antes de José León Suárez, no subió nadie.

Cuando el tren comenzó a reducir su marcha por estar llegando a la estación Chilavert, me puse de pie para bajar, y ambos acompañantes, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y me miraron. Primero el señor del libro fue el que habló:


-Joven, permítame que le diga algo; bajo ningún concepto deje usted de estudiar, porque llegará a ser un buen arquitecto, no claudique jamás, esas materias como álgebra y geografía que hoy lo atormentan podrá superarlas, sólo debe esforzarse un poco más. La facultad no será fácil para usted, pero créame, lo logrará. 


Después de hablarme así, aquel hombre solo continuó leyendo su libro.

Cuando me encaminaba para bajar, la señora me tomó del brazo y mirándome a los ojos me dijo:


-Una cosa más, querido; la señorita que conocerá en un baile de carnaval, debe usted cuidarla, respetarla, y amarla siempre, como ella lo amará a usted. Esa chica será la madre de sus hijos… ¡Buena vida joven! 


Debo decir que después de escuchar lo dicho por esas dos personas, quedé perturbado y bajé del tren que se había detenido. Cuando el tren arrancó, me quedé mirando a mis acompañantes, el señor del libro continuaba leyendo, la señora mirando sus papeles, y solo el extraño hombre de la capucha me miraba fijamente, esa mirada era de alguien perverso, no puedo descifrarlo, pero sus ojos no tenía expresión, eran fríos como el hielo, me quedé preocupado por la señora y el señor, de los cuales me hubiera encantado conocer al menos sus nombres.

Desde la estación a mi casa, tenía que caminar siete cuadras, durante este trayecto, estas declaraciones de estos dos amables desconocido me seguían dando vueltas en mi cabeza, y me pareció que solo era la ocurrencia de dos personas grandes frente a un joven, pero sin ningún sustento verdadero, y menos aún creíble. 

Esa noche al llegar a mi casa, me llamó la atención que mis padres me estuvieran esperando en la vereda.

Después de saludarnos entramos, y mi madre me contó su preocupación porque hubo un accidente ferroviario en la estación de José León Suárez. 

Me sobresalte pensando lo peor, pero cuando vi el noticiero en la tv, las imágenes me impactaron, los dos últimos vagones de la formación en la que yo viajaba junto a estas tres extrañas personas, estaban volcados y destrozados, esperé ansioso para saber si hubo heridos, pero la información era contundente, esa formación corría fuera de servicio, por lo cual afortunadamente, no hubo ninguna persona lastimada. 


Después de transitar gran parte de mi vida, puedo decir, que todo lo dicho por aquellas dos simpáticas personas; se cumplió al pie de la letra: me recibí de maestro mayor de obras, luego, después de transitar la universidad me recibí ya casado y con hijos; pero lo más importante de mi vida, ocurrió en esa noche de carnaval cuando conocí a una joven que hoy es mi esposa.

Hay quienes dicen que nuestro destino, ya se ha escrito, esto que cuento quizás contribuya a afirmarlo.


FIN


google.com, pub-1339975393881543, DIRECT, f08c47fec0942fa0