A la mañana siguiente nos levantamos predispuestos a recorrer los alrededores con la intención de no alejarnos mucho. Pensábamos buscar una estrategia o método para encontrar un sendero, una señal, algo. A decir verdad, no teníamos muchas esperanzas porque estos parajes han sido recorridos por miles de senderistas desde siempre, pero nadie con una intención como la nuestra: encontrar un tesoro oculto por siglos.
La ubicación que el abuelo del señor Roberto X le indicó en su carta era uno de los tantos lugares donde se presume que está la mítica Ciudad de los Césares. Aquí, en el parque nacional Nahuel Huapi, existe «La cascada de los Césares» en referencia a la ciudad perdida, la cual se encuentra en el extremo oeste del lago Mascardi, camino al cerro Tronador. Otros lugares de Argentina en donde se presume que está la rica ciudad incaica son el «Paso de los Césares», en la provincia de San Luis; «Lo de César», en la sierra de Córdoba; la meseta de Somuncurá; Fuerte Argentino, en Río Negro; y la «Ciudad encantada», en los valles inaccesibles donde nace el río Chubut.
Lo que nos entusiasmaba era el hecho de que un hombre estudioso, apasionado por este tema, después de investigar todos los documentos disponibles acumulados durante años, confirmaba este lugar en donde nos encontrábamos, descartando el resto.
Obviamente, era obligatorio comenzar nuestra búsqueda a partir de este salto de agua de cincuenta metros de alto, rodeado de bosques nativos. Después de consultar nuestros mapas, vimos que se trataba de una caminata de baja dificultad de aproximadamente cuarenta y cinco minutos. El día estaba espléndido; no llevamos la carpa de montaña para reducir el peso de nuestras mochilas.
—Imagino que, si los incas fundaron una ciudad, debieron de haber pensado en tener agua potable todo el año, por lo cual este lugar cumple de sobra con ese objetivo —me comentaba Raquel mientras caminábamos inmersos en un paisaje deslumbrante que nos sorprendía a cada paso.
—Desde ya; también animales para cazar, leña para cocinar y esta belleza natural de paisajes sobrecogedores.
—Sin duda; además, aquí tenían a mano rocas para los muros y troncos para los techos de sus construcciones —acotaba mi señora.
—Otro aspecto a considerar es que, si estaba adornada con oro y plata, tendrían una mina en algún lado; quizás pudiera ser más fácil encontrar la entrada de esa mina que la propia ciudad —le dije.
—Tienes mucha razón, Fran, tendríamos que buscar la entrada a esa mina —coincidió Raquel conmigo—. Tampoco deberíamos descartar que la ciudad no fuera del tipo convencional, con casas y templos. Tal vez la realizaron horadando una montaña.
—¡Exacto!, es probable que la mítica ciudad sea una caverna junto a la misma mina de oro, con su entrada tapada por algún motivo y cubierta de vegetación.
Mientras caminábamos conversando por ese bosque majestuoso, sentí la sensación de que alguien nos observaba, o incluso nos seguía. Le dije a mi mujer que nos detuviéramos un instante; miré hacia todas partes, pero solo salió caminando un zorro que estaba detrás de un árbol.
—¿A ti te pareció lo mismo que a mí? —me preguntó Raquel—. Sentí la presencia de alguien.
—Así es —le contesté—, pero lo que ocurre es que en estos bosques hay muchos animales salvajes; no descarto que pueda haber un puma siguiéndonos.
Cuando estuvimos próximos a la cascada, a pesar de no verla aún, comenzamos a escuchar el sonido del agua al caer. Después de transitar un estrecho sendero por dentro de un tupido bosque, se nos apareció de pronto frente a nosotros. Nos deslumbramos con tanta naturaleza intacta, sin contaminación del hombre.
—No puedo dejar de pensar que esta naturaleza, la cual se ha materializado por siglos, haya logrado concentrar tanta belleza —le dije a mi mujer abrazándola.
—Pienso exactamente lo mismo, y le doy gracias a nuestro destino por poder disfrutar de esto.
—Sin lugar a dudas, aquellos habitantes incas sabían dónde fundar una ciudad; no se equivocaban, eran los dueños de este paraíso —reflexionaba mi señora mientras se quitaba la mochila.
—No necesitaban tener wifi, internet o Netflix —le dije bromeando a Raquel.
—Sin duda que no —me contestó—, y además, gratis.
Ambos reímos.
Almorzamos sentados sobre una amplia roca plana, disfrutando del espectacular salto que nos hipnotizaba. Estuvimos allí, sin darnos cuenta, durante horas.
—Creo que tenemos que regresar —me dijo Raquel—, está cayendo el sol y comienzo a tener frío.
La vuelta fue placentera, sin complicaciones. Pero hubo algo que nos llamó la atención: a mitad de camino nos encontramos con una pila de piedras colocadas y apiladas de mayor a menor. Evidentemente era algo realizado por una mano humana y, sin duda, por el musgo acumulado, databa de hace mucho tiempo. Le saqué un par de fotos para tener ese registro e indiqué con una cruz su ubicación en nuestro mapa. Por el momento no nos indicaba mucho, pero al menos era algo. A decir verdad, no le dimos a este descubrimiento demasiada importancia.
Una vez que llegamos al campamento base, ya era de noche. Nos encontramos con la novedad de que habían llegado dos matrimonios alemanes en un enorme motorhome, más una pareja de jóvenes argentinos con carpa de montaña. Habíamos terminado de cenar cuando se nos acercó el encargado del camping para invitarnos a una reunión de fogón que se realizaría el viernes por la noche; cada quien debía aportar lo que pudiera para comer o beber. Por supuesto que aceptamos la invitación; siempre nos gustaron las reuniones de fogón. El encargado nos avisó, además, que vendría un grupo mapuche del Camping Relmu Lafken, del Lof Wiritray.
—Esta novedad de poder conseguir un contacto con uno de los tantos pueblos originarios nos puede ser útil en nuestra búsqueda —le comenté a Raquel.
—Yo pensé lo mismo. Incluso, en su vasta historia, los mapuches fueron los que se enfrentaron y contuvieron el avance hacia el sur de los incas, y también existió un encuentro entre dos culturas. Esta interacción dejó una huella profunda en el idioma mapuche, el mapudungún, que adoptó numerosos préstamos lingüísticos del quechua. Para entender este vínculo, hay que situarse a finales del siglo XV, alrededor de 1485, cuando el Imperio incaico (Tahuantinsuyo) se encontraba en plena fase de expansión hacia el sur bajo el reinado del sapa inca Túpac Yupanqui.
—Has leído mucho, querida.
—Así es, me encanta el tema de los pueblos originarios.
A última hora le envié algunas fotos de nuestra recorrida de ese día al señor Roberto X, incluida la de la pila de piedras.
Me llamó la atención la rápida respuesta por videollamada.
—¡Señor Francisco!, cuando vi su foto de la pila de piedras por poco me desmayo —me decía Roberto X con cara de asombro—. Como le había dicho en nuestra reunión, mi abuelo escribió cincuenta libretas de apuntes, las cuales yo estudié con detenimiento, y en una de ellas hace un pormenorizado comentario sobre estas pilas de piedras. Estos monumentos o mojones los hacían los incas para indicar un límite, terreno, lugar o camino. Por el musgo acumulado, son muy antiguos.
No podíamos creer lo que escuchábamos; haber descubierto algo así, de tal magnitud, el primer día nos parecía increíble, pero el asombro que me demostaba el señor X afirmaba nuestro hallazgo.
—Miren ustedes estos dibujos de mi abuelo —Roberto X puso frente a la cámara uno de los cuadernos en donde, a mano alzada, se veía dibujada una pila de piedras apiladas con un hombre de pie al lado, llegando estas hasta su cabeza.
—De acuerdo a las indicaciones de mi abuelo, estos monolitos se denominan apachetas o sayhuas. Las primeras eran montículos de piedra con la intención de rendir tributo a los dioses y se ubicaban en lugares altos; las segundas podrían indicar un tupu, que era una extensión de tierra que le permitía el sustento a una familia. Por la foto que usted me envía, se trataría de una demarcación de territorio, porque por lo general son mucho más pequeñas. Esto para mí es fantástico; sin duda ustedes están en el lugar correcto, manténgame informado, por favor.
—Si descubrimos la ciudad, querido, ¿qué haremos?, ¿lo has pensado?
—¡Nos convertiremos en multimillonarios! —le dije a mi señora mientras encendía el horno—. Lo primero que compraremos es una motorhome como la de nuestros vecinos.
—¡Me encanta!
Continuará.
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