1.
El gallardo caballero montado en su majestuosa corcel blanco cruzaba distraído un campo de girasoles, de pronto sin imaginarlo, pudo ver bajo un frondoso fresno una joven concentrada leyendo un pequeño libro.
—Disculpe usted señorita, me podría decir que camino debo seguir para llegar al castillo —preguntó el joven cordialmente.
La concentrada lectora sin siquiera mirarlo le indicó con su dedo índice un lugar que no era ningún camino. El joven reiteró la pregunta y fue allí cuando la señorita levantó su vista del libro y vio al caballero. A partir de ese instante ambos jóvenes quedaron unidos por esa fuerza poderosa e inexplicable que es el amor.
Se cierra el pequeño telón; se escuchan los aplausos; cuando se vuelve a abrir:
Se puede observar al caballero caminando por un enorme corredor muy lujoso con ventanas góticas. En el extremo de la imponente sala lo espera sentada la reina. Después de una amplia reverencia a la representante de la corona real, la reina se expresa con ansiedad:
—Me has traído mi collar de rubíes.
—Si mi reina, dijo tajante el caballero, dándole un pequeño cofre.
Después de ver el contenido, le dijo la reina satisfecha —Bien, ¿qué deseas a cambio?
—Quisiera algo que es imposible que me puedas otorgar.
—Solo dime y veremos.
—Conseguir el amor de la princesa de tu reino.
Se cierra el telón; nuevamente se escuchan los aplausos del público.
En el último acto de la obra de títeres, la princesa y el caballero por fin se unen en un beso, en tanto lentamente se cierra el pequeño telón de terciopelo rojo.
Don Pedro y su hija se miran alegres, sosteniendo las crucetas de sus marionetas, escuchando los gritos y aplausos de sus pequeños espectadores infalibles de todas las funciones bajo la gran lona del circo. Cuando las luces se apagaron, el equilibrista le avisa a Don Pedro que el director quería verlo.
—Tome asiento Don Pedro. —le dice el director al viejo titiritero— tengo que darle una no muy grata noticia, como usted sabrá el mundo está cambiando y yo tengo que seguir ese tren porque si me dejo estar la modernidad nos pasa por arriba. Si bien hace años que su trabajo ha sido siempre un éxito, me han hecho una propuesta que no puedo dejar pasar.
Don Pedro no se imaginaba que había concluido su trabajo de tantos años ininterrumpidos en el circo. Hartes de retirarse le preguntó al dueño:
—¿Quién me reemplazará?
—Son unos jóvenes que imitan marionetas virtuales, son avatares que se realizan con una tecnología muy sofisticada.
Don Pedro no preguntó nada más y se retiró apesadumbrado, con un nudo en su garganta, pensando de qué modo le daría la mala noticia a su hija.
—¿Por qué te llamó el dueño padre?
—Quiere que cambiemos toda la historia con nuevos personajes. Le dije que no lo haríamos, pero insistió. No entiende que cambiar todo con nuevos títeres es muy complejo y además cuesta dinero, que no tenemos. —mientras decía esto, Don Pedro guardaba con cuidado en sus cajas a sus viejas marionetas que lo habían acompañado toda su vida.
La hija de Don Pedro con cara de preocupación después de pensarlo unos instantes dijo:
—Si es necesario lo haremos Padre, yo escribiré una nueva historia y te ayudaré confeccionando el vestuario, no tenemos otra opción. Los títeres son nuestro único sustento.
—Existe otra opción querida Isabel.
—¿Cuál?, ¿qué se te ocurre?.
—Mira, yo soy grande, y creo que es hora de mi retiro. Aquí lo único importante es tu futuro, no el mío, y con los títeres querida hija ya no hay futuro para tí.
—Padre, ¡no me digas eso!, sabes bien que los títeres son nuestra pasión y el aplauso de los chicos nos reconforta todas las noches. Ellos son el futuro y aprueban lo que hacemos. Nuestro trabajo es de una calidad artesanal imposible de imitar. Los títeres jamás serán reemplazados por nada. —respondió Isabel con lágrimas en sus ojos.
Bueno hija. —dijo Don Pedro abrazándola— lo discutiremos mañana, hoy es tarde y estoy muy agotado.
Padre e hija se retiraron a descansar, ambos preocupados, pero por motivos muy distintos.
Don Pedro no podía dormir, en su mente se agigantaron las palabras del dueño: “el mundo está cambiando y yo tengo que seguir ese tren porque si me dejo estar la modernidad nos pasa por arriba”. Cuando pensaba en su joven hija se le cerraba la garganta y sentía una opresión en su pecho.
Por fin pudo conciliar el sueño.
2.
La casilla rodante donde vivían Don Juan y su hija era la más pequeña del circo; en ella había dos habitaciones separadas por una pequeña cocina, los títeres se guardaban en un estante en la habitación de Don Pedro, junto a su cama. Esa noche se desató una fuerte tormenta eléctrica qué dejó fuera de servicio al generador principal del circo.
—¡Pedro!, ¡Pedro! —dijo una voz que provenía de los pies de su cama— despierta Pedro, tenemos que hablar.
Pedro confundido por el rugir de la tormenta y esa voz, se despertó. Vió algo borroso sobre su cama y con su mano buscó sobre la mesa de luz sus anteojos, cuando se los colocó y miró de nuevo, no podía creer lo que ocurría; toda la compañía de sus títeres estaban allí de pie mirándolo; la joven princesa, el caballero montado en su corcel y la reina. Pensó que alucinaba o que seguramente un sueño persistente no podía disiparse, pero por fin comprendió que lo que estaba ocurriendo era tan cierto como los relámpagos de esa noche.
—Tienes un sueño pesado querido Pedro —dijo la reina.
—Te molestamos Pedro porque lo que te ocurre nos afecta —se expresó el caballero sosteniendo las riendas de su caballo.
—¡No aceptaremos bajo ningún concepto quedarnos sin trabajo y olvidados dentro de nuestras cajas, que aprovechamos para decirte que son bastantes incómodas!. —dijo la joven princesa moviendo su boca de marioneta enérgicamente.
—Si tú no quieres trabajar más con nosotros, respetamos tu decisión, pero no involucres a Isabel, que sabemos que nos ama y quiere continuar con su profesión. —exclamó la reina impetuosa moviendo su cabeza con cortos movimientos de izquierda a derecha.
—¡Estamos dispuestos a pelear por el futuro de tu adorable y excelente hija, y por el nuestro obviamente!. —continuó a viva voz el caballero, levantando y bajando su brazo aferrado a su espada de madera.
—¡¿Bueno, qué dices Pedro?!, ¿qué debemos hacer?. —le preguntó la princesa levantando y bajando su rígido brazo.
Pedro no podía salir de su asombro, estaba consternado, sus títeres interpelando su decisión de terminar con su trabajo frente a él, sobre su cama. ¿Cómo era posible que tuvieran sentimientos, preocupaciones, o incluso valor para enfrentar la adversidad?.
La resplandeciente luz de un rayo, iluminó al plantel de títeres, después se escuchó el rugido de un trueno. Recién entonces Pedro entendió que estaba viviendo algo inesperado y sorprendente; no era un sueño, era el evento más enorme de toda su vida, sus títeres estaban hablando con él.
Sentado en su cama, les explicó que la decisión tomada de dejar su pasión de titiritero, era por orden del dueño del circo. Si hubiera sido por él, trabajaría hasta el último día de su vida junto a su hija.
—¡Pero, qué piensa ese mercader de talentos, que sólo le importa el dinero! —exclamó la reina, moviendo su boca y sus brazos— ¡nosotros somos artistas, creamos arte, no traficamos con los valores ajenos!
—¡Este circo creció gracias a nosotros! —gritó indignada la princesa.
—¡Le declaramos la guerra a este desalmado bueno para nada! —estalló el caballero, levantando su espada.
—Ahora que el circo es famoso, gracias a nosotros, nos deja a un lado por unos improvisados—dijo la princesa agitando su rubia cabellera.
Otro destello iluminó aquella reunión de enardecidos personajes, dando paso a otro trueno.
—¡Tengo una idea! —dijo la reina molesta.
3.
A primera hora del día siguiente Don Pedro se presentó en la oficina del dueño del circo, que se llamaba Baltasar.
—Señor Baltasar, le pido que me permita mostrarle un cambio en nuestra función que pienso puede llegar a agradarle.
—Ya hemos discutido el tema Pedro, mi decisión está tomada, los títeres se suspenden definitivamente, lo siento, pero ya lo hemos hablado.
—Se lo pido como un favor por los años que he trabajado para usted.
Baltasar a desgano, sabiendo que nada cambiaría su decisión, aceptó ver la función de títeres esa misma noche dado que el circo no funcionaba.
En medio de la pista se colocó el pequeño teatro iluminado por un fuerte reflector. Cuando el dueño llegó se sentó en primera fila.
La rutina consistía en que después de presentar la obra al público, Isabel se acomodaba junto a su padre en la parte superior del teatrillo, ocultos, para comandar a los títeres. Pero esta vez, tanto ella como su padre se sentaron a ambos lados de Baltasar, el cual quedó sorprendido, porque no entendía quién movería a los títeres.
¡Qué empiece la función! —dijo en voz alta Don Pedro.
El telón de terciopelo rojo se abrió lentamente y la función realizada miles de veces, por los pequeños artistas de madera con sus coloridas vestimentas comenzó.
El gallardo caballero montado en su majestuosa corcel blanco cruzaba distraído un campo de girasoles, de pronto sin imaginarlo, pudo ver bajo un frondoso fresno una joven concentrada leyendo un pequeño libro.
—Disculpe usted señorita, me podría decir que camino debo seguir para llegar al castillo —preguntó el joven cordialmente…
Baltasar observó el cambio de inmediato y se puso de pié para dirigirse a donde estaba el teatrillo. Se paró frente a los títeres que continuaban hablando y moviéndose y miró hacia el lugar donde siempre se ocultan los titiriteros, pero su sorpresa fué mayúscula; los títeres se movían solos, sin cuerdas que los sostuvieran.
Dando media vuelta y mirando a Don Pedro le preguntó sobresaltado:
¡Cómo lo has logrado Pedro!, ¿¡quien comanda a tus títeres!?.
Pedro, con una amplia sonrisa le dijo:
—El que tiene la magia, no vive del truco. Jamás te diré el secreto estimado amigo.
El circo de Baltasar aún continúa recorriendo el mundo con su espectáculo principal: “Los títeres mágicos”.
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