Translate

jueves, noviembre 05, 2026

CODICIA

 «La codicia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer la necesidad, sin llegar nunca a la satisfacción».

Erich Fromm


          Después del entierro del abuelo de Lucio, su padre le pidió que fuera a la casa de campo para ordenar todo aquello; la idea era vender la propiedad porque la situación económica de la familia no era buena. Lucio apreciaba muchísimo a ese hombre que de chico siempre lo vio trabajando en su laboratorio; lo recordaba entre los tubos de ensayo, mecheros encendidos, balanzas y ese olor a metales fundidos; para él, todo ese lugar era un entretenimiento apasionante, tal era su entusiasmo por esa actividad que lo llevó a estudiar química como su abuelo. Don Pedro, así lo llamaban al abuelo, no vivía de su profesión de químico; todo el dinero para mantener a la familia provenía de alquilar el campo para la explotación agropecuaria; esto le permitía hacer lo que realmente le apasionaba: trabajar en su laboratorio. Lo curioso era que nadie sabía qué hacía allí, ni siquiera el padre de Lucio. En una oportunidad, cuando Lucio estaba por terminar la carrera, su abuelo quiso hablarle; se encontraron en la casa, salieron a dar una vuelta caminando y esto le dijo:

—Lucio, tú eres mi único nieto, y me enorgullece que hayas estudiado esta profesión que yo abracé desde muy joven. Cuando enviudé, mi actividad me permitió salir de una profunda depresión; tu abuela era todo para mí, todo.

El laboratorio y la biblioteca son una parte muy importante de mi vida; debo reconocer que estoy grande, por eso quiero contarte algo: estoy a muy poco de poder descubrir algo que puede ser una invención extraordinaria; esta búsqueda me ha llevado muchísimos años; lo que pretendo es que puedas disfrutar este descubrimiento, que será mi herencia, y tú eres el único en nuestra familia que podrá aprovecharlo. —Cuando el abuelo de Lucio le contaba esto, se detuvo y, mirando hacia la casa —la cual era una mansión de ladrillos a la vista y tejados negros—, le dijo:

—Quiero, querido nieto, que esta propiedad la puedas disfrutar junto a tus padres, y cuando tengas tu propia familia, deseo que tus hijos jueguen en este mismo suelo que estamos pisando.

Al poco tiempo de esta conversación, el destino quiso que el abuelo de Lucio enfermara y jamás se pudiera recuperar; el ACV destruyó su mente privilegiada, y ya no pudo comunicarse con su apreciado nieto.

Cuando Lucio llegó a la casa, esta se encontraba un poco deteriorada y con olor a encierro, pero aún conservaba el esplendor de tiempos pasados; el enorme reloj de pie del comedor aún hacía sentir sus campanadas en el horario preciso.

Después de abrir el ventanal principal que miraba al campo, se dirigió al lugar que más le agradaba: el laboratorio. Este ocupaba todo el altillo de la casa. Cuando entró allí, le impresionó lo prolijo que estaba todo, nada fuera de lugar: frente a la ventana, el enorme escritorio junto a la biblioteca con cientos de libros. Instintivamente, Lucio se sentó en ese sillón, y sobre el escritorio hasta los lápices estaban en su sitio; en el sujetador de papeles solo se observaba un sobre blanco, el cual tenía algo escrito: «Para Lucio, con todo mi afecto». Cuando lo abrió, vio que su abuelo le había dejado esta carta:


"Querido Lucio: cuando leas esto, yo ya no estaré en este mundo y tú serás un químico como tu abuelo. Estoy seguro de que esto que te dejo como mi único legado sabrás aprovecharlo de la mejor forma, pero solo te recomiendo una cosa: no abuses de este conocimiento porque, si lo haces, tu vida estará en peligro; recuérdalo muy bien.

En el último cajón izquierdo de este escritorio encontrarás una llave debajo de un falso fondo; con ella podrás abrir una caja de roble que se encuentra escondida detrás de la biblioteca; allí encontrarás el trabajo de toda mi vida. Tú podrás entender y replicar mis conocimientos cuantas veces lo quieras hacer.

Tu abuelo Pedro"


Lucio abrió ese cajón y encontró la llave, pero la biblioteca de su abuelo ocupaba tres paredes del altillo, desde el piso hasta el techo, y contenía cientos de libros de todo tipo y en varios idiomas. Después de recorrer con su vista toda esa superficie repleta de lomos de todos los colores, le pareció que sería imposible encontrar esa caja detrás de ella; tendría que retirar todos esos libros para poder hallar algo. Sin embargo, después de un rato, observó algo que no respetaba el orden: en el estante más alto, cinco libros estaban ubicados en forma horizontal; todo el resto de ese universo estaba acomodado en forma vertical. Lucio se subió a la escalera y pudo alcanzar el lugar. Cuando retiró los libros, allí estaba: una caja empotrada en el muro con cerradura. Al abrirla, sacó un viejo libro, una libreta de anotaciones y una cajita de madera azul. Después de depositar todo sobre el escritorio, comenzó a ver de qué se trataba todo aquello: el título del libro decía La piedra filosofal de Isaac Newton - Opus Magnum. Cuando lo abrió, las hojas estaban muy deterioradas y presentaban muchos párrafos subrayados; se podían ver muchos dibujos y gráficos. Después abrió la libreta e inmediatamente reconoció la letra de su abuelo; en la primera hoja se leía:

Instrucciones para modificar la estructura molecular de los metales:

Platino 78 - Oro 79 - Mercurio 80

Fórmula 1: 56 / 678 / 1000 = X x Y x 53%

Fórmula 2: 58 / 679 / 1001 = X x Y* x Y*

Fórmula 3: ………….

Las fórmulas se sucedían unas a otras colmando todas las páginas de esa libreta; eran fórmulas químicas muy complejas que Lucio solo comprendió en parte, ya que la mayoría requería ser estudiadas detenidamente. La sorpresa vino cuando abrió la cajita azul: en su interior había tres piedras colocadas cada una en un orificio acorde a su tamaño: una se asemejaba a un grano de arroz; otra, a un garbanzo; y la última, similar a una aceituna. Las tres tenían un color inconfundible: era el color del oro.

Ver todo esto, le hizo comprender a Lucio que  el motivo de aquella charla en la que su abuelo le dijo que le dejaba su legado. El legado de su abuelo era haber conseguido aquello que durante miles de años el hombre intentó alcanzar sin éxito: fabricar oro.

Lucio era un joven soltero, y su contextura física, igual a la de su abuelo: alto y muy delgado, de cabello negro y nariz aguileña. Ante este enorme descubrimiento, decidió quedarse a vivir en la casona para estudiar todo lo que esa libreta contenía. Después de avisar a su familia, armó un catre en el mismo laboratorio. Luego de estudiar durante varias semanas aquellas intrincadas fórmulas, no podía comprender cómo su abuelo materializaba todo ese conocimiento para conseguir el preciado metal, porque en la información se indicaba la necesidad de someter a determinadas sustancias a temperaturas muy altas y al vacío, algo que, sin un horno industrial y una bomba de vacío, era imposible de conseguir.

Una tarde en la que ya pensaba que jamás podría lograr lo que aparentemente consiguió su abuelo, decidió ir a caminar por el parque. Cuando estaba arrojando unas piedras al estanque, se le ocurrió que su abuelo debía de tener otro laboratorio secreto, pero se preguntó en dónde podría estar, y él mismo se respondió: «En algún lado oculto».

Empezó a sacar libros de la biblioteca, a correr aparadores de la casa, a mirar debajo de las camas, a golpear paredes para encontrar algo hueco y a levantar alfombras, pero nada pudo encontrar. Por fin, se sentó frente al escritorio, exhausto; cuando la impotencia le hizo dar un golpe con su zapato al piso, este sonó a hueco: allí debajo algo había. Con mucho esfuerzo corrió el mamotreto de madera, y allí estaba: una pequeña tapa. Al abrirla, una escalera bajaba hasta perderse en la oscuridad.

Sin dudarlo ingresó a esa habitación y, al encender la luz, no podía salir de su asombro: allí su abuelo había montado una pequeña fábrica; embudos metálicos y cañerías, adosadas a máquinas y equipos de todo tipo, ocupaban todo el lugar. Evidentemente, su abuelo había logrado fabricar oro.

En un primer momento, Lucio no llegó a darle la verdadera magnitud a esta posibilidad extraordinaria, pero cuando reaccionó y se dio cuenta de que podía conseguir todo el oro que se le ocurriera, comenzó a entender que, si lo deseaba, podía llegar a ser el hombre más rico del mundo.

Después de un largo mes de trabajo en ese laboratorio oculto, Lucio estaba listo para realizar la primera prueba: debía completar treinta pasos, con volúmenes de mercurio y platino, fundiendo y mezclando estos metales con sal y arena. Era necesario pesar cada uno de los materiales del proceso con exactitud y utilizarlos en el justo porcentaje indicado en la vieja libreta de su abuelo. Por fin, un espeso metal fundido recorrió una canaleta de barro y se depositó en un recipiente; ahora era necesario esperar ocho horas. La impaciencia de Lucio era insoportable; esas horas no transcurrían más. Salió de allí y se fue a caminar; por fin regresó para ver el resultado, pero cuando observó ese recipiente, solo había una piedra de carbón negro. Su frustración fue enorme; de la rabia e impotencia, tomó esa piedra de carbón y la arrojó contra la pared, pero el golpe hizo que saltara su recubrimiento. Para asombro de Lucio, pudo ver deslumbrado que una enorme piedra de brillante oro quedó descubierta en el piso.

Sin mucho esfuerzo, Lucio podía fabricar treinta kilos de oro por semana y ser el hombre más rico del planeta; solo era cuestión de tiempo.

El inconveniente que surgió de inmediato fue el siguiente: Lucio podía acumular muchísimo kilos de oro —todo el que quisiera—, pero para vivir normalmente las transacciones se tienen que hacer con dinero, y para esto necesitaba cambiar su valioso metal por billetes.

Cuando comenzó a cambiar el oro por dinero, en la tercera transacción, el dueño de la casa de cambio —que era la única del pueblo— empezó a sospechar de Lucio.

Fue entonces cuando se le ocurrió comprar una mina, por lo que viajó a la provincia de Salta; allí se contactó con un empresario y consiguió comprar una mina abandonada. Ni siquiera se molestó en conocerla; solo le interesaba poseer la escritura para justificar de dónde provenía su oro.

La fábrica artesanal de oro de Lucio marchaba de maravilla: una vez por mes cargaba su producción en su auto, cambiaba el oro por dólares y los depositaba en el banco.

Al cabo de dos años, Lucio había acumulado una fortuna; era un hombre reservado, no tenía amigos ni conocidos, solo trataba con su familia directa, a la que prácticamente durante ese último tiempo no iba a visitar. La razón era que no quería perder un solo día de trabajo acumulando el oro de su producción. Sus padres estaban preocupados por él, porque Lucio siempre había demostrado ser muy compañero, pero últimamente había cambiado y ni siquiera los llamaba para ver cómo estaban o intentar reunirse un fin de semana; la excusa era siempre la misma: estaba haciendo un posgrado de química y en la biblioteca del abuelo estaba todo el material que necesitaba, por lo que permanecería allí hasta terminar.

En uno de sus últimos viajes a la ciudad para vender su oro y depositar el dinero, el gerente quiso hablar con él y le advirtió que debería presentar algunos documentos que respaldaran esa cantidad enorme de dinero, ya que se había convertido en el cliente principal del banco y desde la casa central lo solicitaban. Por este motivo, Lucio comenzó a acumular el oro en bolsas de quince kilos y a apilarlas en el laboratorio; por esta razón ya no salía de allí, solo atendía a los proveedores de platino, mercurio, sal y arena que traían la mercancía una vez por mes.

Cuando se levantaba por las mañanas, el olor a metales fundidos lo hipnotizaba, llegando al extremo de no desayunar para continuar produciendo ese metal que lo cautivaba. Las bolsas de oro se fueron acumulando al pasar de los meses, y el altillo resultó chico, por lo que comenzó a juntarlas en el comedor. Lucio comía muy poco o nada; tampoco se higienizaba, y su barba y su cabello negro habían crecido muchísimo y en forma desprolija. Sin darse cuenta, se convirtió en un andrajoso; su ropa estaba descolorida y sucia, y atendía a sus proveedores oculto tras una ventana: una vez que hubieran descargado el material, extendía el dinero en una bolsa sujeta a un palo para que no lo vieran. 




Sus fuerzas comenzaron a disminuir por la mala alimentación, y mover esas bolsas cada vez le costaba mucho más, pero no deseaba detenerse; incluso trabajaba hasta muy tarde y, más de una vez, hasta el amanecer.

Sin que se diera cuenta, el entrepiso del altillo —que era de madera—, por el enorme peso del oro acumulado, comenzó a doblarse y crujir.

Una tarde, un automóvil se detuvo en el frente de la casa; después, alguien en la puerta golpeó sus manos. Cuando Lucio se asomó sin mostrarse, reconoció a su tía Laura, la cual le traía una muy mala noticia: sus padres habían muerto en un accidente. A pesar de esto, solo le agradeció a aquella mujer acongojada y, sin atenderla, le arrojó a sus pies una bolsa con pepitas de oro. La señora, sin decir más, solo miró esa bolsa con indiferencia y, sin tomarla, se subió al automóvil, que arrancó de inmediato. Cuando el coche se perdió de vista, Lucio salió, tomó del piso la pequeña bolsa y la ingresó.

Lucio pensaba que, cuando tuviera acumulado el oro suficiente, no necesitaría trabajar nunca más y disfrutaría de la vida; solo que, durante el interín, se había convertido en esclavo de sí mismo.

Las bolsas con oro ocupaban todas las habitaciones de la casa, y día a día eran arrastradas por un hombre maloliente y hecho harapos.

Los proveedores de los insumos llegaban regularmente con su carga, pero comenzaron a sospechar cuando, en lugar de recibir el dinero pactado, empezaron a recibir bolsas con oro por una cantidad muy superior a la prefijada. Como suele ocurrir, uno de ellos —el proveedor de arena— supuso, como es lógico, que en esa misteriosa casa algo raro estaba pasando, porque nadie puede pagar tanto por solo recibir arena con oro. Una vez más, la ambición de un delincuente lo llevó a cometer el error de comentarle esto una noche, pasado de copas, a un supuesto amigo.

De inmediato, cuatro astutos malvivientes se organizaron para ir esa misma noche a la casa del misterio.

Lucio, después de esa jornada de intenso trabajo, había caído rendido sobre sus miles de bolsas. Cuando los malhechores ingresaron a la casona, no podían creer la cantidad de bultos que se acumulaban en los ambientes; uno de ellos abrió un par y, al iluminarlas con su linterna, el brillante metal lo deslumbró. Abrieron otras, y otras, y otras: allí había miles de kilos de oro acumulado. Era tanta esa fortuna que debían pensar de qué modo podían trasladar todo aquello.

La respuesta fue inmediata: debían dejar toda esa fortuna allí, apresar al dueño de casa y encerrarlo. No tuvieron inconveniente para este último paso: a Lucio lo encontraron enseguida —o lo que quedaba de él, porque solo era un conjunto de pelos, piel y huesos—.

En los días siguientes, los cuatro ladrones comenzaron a comercializar las bolsas de oro sin mayores inconvenientes; los bolsos con dinero ahora se acumulaban en la casa en lugar de las bolsas con oro. Lucio murió a los pocos días de estar encerrado debido a su estado de desnutrición, pensando que era el hombre más rico del mundo; lo enterraron en el patio trasero sin siquiera colocar en su tumba una cruz.

Los cuatro delincuentes, como todos los ladrones, presumían de su riqueza mal habida y la ostentaban desplazándose en lujosas y enormes camionetas, a las que cargaban con bolsas de oro y de las que regresaban con bolsos repletos de dólares. Pero, por lo general, nada en la vida dura para siempre, y un buen día un camión policial llegó a la casona con diez efectivos y se llevaron a los cuatro malvivientes esposados, directo a la cárcel.

Allí encerrados, aún no comprendían cuál era la causa por la que los descubrieron; ellos solo cambiaban oro por dinero, ¿qué podía tener de malo tal cosa?, se preguntaban. Cuando escucharon los cargos, tampoco podían comprender...


En verdad, estimado lector, todo en esta vida tiene una explicación cierta, y yo se las contaré.

Lamentablemente, cuando Lucio encontró oculta la libreta de su abuelo, una última hoja se salió y quedó perdida en aquel cajón de roble, y esto decía:


«Querido nieto:

Si tú has podido llegar hasta aquí, tienes en tu poder todos mis secretos; pero, como comprenderás, me falta el último tramo de mi extraordinario descubrimiento. Solo puedo lograr convertir estos metales en oro por un período máximo de seis meses; pasado ese tiempo, las moléculas del oro que obtengo se degradan y se convierten en una aleación de metales totalmente inservible y sin valor alguno. Espero, estimado nieto, que tú puedas encontrar mi error; si lo logras, serás el hombre más rico de este mundo.

Con todo mi aprecio, tu abuelo Pedro».


FIN DE ESTA HISTORIA 

lunes, noviembre 02, 2026

EL MÉTODO DE DIMITRI

 «Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad». 

Jorge Luis Borges


          Cuando Juan entró al bar, su cara lo decía todo.

​—Hola Juan, ¿cómo estás?

​—Bien Edgardo, más allá de estar quebrado y con amplias posibilidades de dormir esta noche en la calle, bastante bien.

​—¿Discutiste nuevamente con Nora? —preguntó Edgardo, sabiendo que su amigo siempre discutía con su novia. 

​—No llegamos a esos extremos, pero sin decirme una sola palabra arrojó toda mi ropa y mis libros a la calle; alguien se ofuscó al recibir un golpe en su cabeza, tuve que bajar rápidamente los tres pisos, y cuando regresé al departamento la puerta ya estaba cerrada.

​A Edgardo estas historias contadas por Juan le causaban gracia, y por lo general tenía que esforzarse para no reírse en la cara de su amigo.

​—Bueno —dijo Edgardo en tono conciliador—, ya sabemos que toda mujer tiene sus días, ya va a pasar, y verás que se compondrá la relación.

​—¿Vos crees? 

​—Sin duda, mañana llama a Nora y pedile disculpas, y cuando la veas de nuevo regálale un ramo de rosas.

​—Tal vez tengas razón —dijo Juan no muy convencido—, pero esta vez me parece que su actitud es diferente a otras veces; creo que definitivamente no me soporta y de algún modo tiene algo de razón: mis proyectos han fracasado uno a uno, mis deudas aumentan todos los años y, a pesar de haber tenido oportunidades inmensas, no las he sabido aprovechar. Ninguna mujer puede soportar la incertidumbre constante de la inestabilidad económica de su pareja, todo tiene un límite y esta vez creo que el límite de Nora ha llegado al grado de saturación.

​—Hoy estás demasiado pesimista: mira, esta noche mi hermano no está, por lo cual te invito a que duermas en casa; mañana vamos a desayunar y verás todo de otra manera.

​—¿Te parece?

​—Por supuesto.

​—Gracias Edgardo, acepto, vos sos mi mejor amigo. Me acuerdo cuando me metí con el asunto de la crianza de los perros Gran Daneses, el tipo me la vendió muy bien, y yo entré como un caballo. Lo que no sabía era que estos bichos eran más grandes que mi ignorancia; si no hubiera sido por tu viejo, que me prestó la quinta, no tenía dónde ubicar diez de estos animales que comían como dinosaurios. La verdad, ni mi hermano mayor me tiene en cuenta, creo no equivocarme en decir que soy un desastre.

​—Bueno, Juan —dijo Edgardo—, ¡dejate de joder, parala! Mañana verás las cosas mejor, vas a ver. ¿Qué querés tomar? Yo te invito.

​A la mañana siguiente, cuando ambos amigos estaban desayunando, el ánimo de Juan se había fortalecido y pensaba tratar de componer las relaciones con Nora. Fue entonces cuando, en plena charla y prácticamente de la nada, un hombre delgado, de cabello entrecano, de nariz aguileña y ojos celestes, se paró frente a la mesa del bar sin decir una palabra. A Juan le extrañó la actitud de este hombre, sin duda de origen ruso o alemán, que vestía un pantalón negro con saco gris alguna talla mayor y camisa blanca con el cuello desprendido; pero de inmediato Edgardo dijo, con sorpresa:

​—¡Hola Dimitri! ¿Cómo está usted? Tome asiento por favor.

​El hombre se sentó frente a Juan sin decir palabra. Juan también lo miraba, al punto que sus miradas se cruzaron unos instantes, y en ese momento sonó un celular: era el de Edgardo. Cuando atendió, se paró repentinamente y, tapando con su mano el teléfono, se dirigió a los dos conocidos para decirles que había surgido un problema en su estudio, que difícilmente regresaría y que pidieran lo que desearan, que iba por su cuenta.

​El destino hizo que estos dos hombres se conocieran frente a frente en una mesa de un bar sin imaginarlo jamás. Dimitri no era un hombre grande, pero su apariencia le sumaba algunos años; en cambio, Juan parecía un joven de cuarenta años y ya tenía casi cincuenta.

​Juan rompió el silencio y le preguntó a Dimitri qué deseaba tomar. Dimitri tardó en responder y después pidió un café. En un momento, Juan tuvo deseos de inventar una excusa e irse, pero faltaban no menos de dos horas para abrir la persiana del gimnasio, tarea que debía realizar solo él, dado que era el único empleado de Augusto, su primo y dueño.

​Tratando de entablar una conversación, Juan dijo mirando por la amplia ventana:

​—Edgardo siempre tiene problemas en el trabajo, y eso que es el dueño; qué sería si estuviera empleado.

​Aquel desconocido se quedó mirándolo fijo hasta que el mozo le trajo el café, para después decir:

​—Así es, Edgardo es un poco desprolijo pero muy trabajador. ¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó Dimitri, a lo que Juan respondió—: Estoy en el negocio de los gimnasios.

​—¿Tienes un gimnasio?

​—En realidad mi primo tiene uno y yo se lo administro.

​—Ah, qué bien, es una linda actividad —dijo aquel hombre de cara enjuta con una barba de dos días.

​—Sí, es muy linda —dijo Juan—. ¿Y tú?

​—Yo soy profesor de matemáticas y dibujo técnico, en verdad es lo que he conseguido aquí en Argentina. En Rusia, de donde soy oriundo, trabajaba en un laboratorio científico de satélites espaciales, pero cuando los chinos entraron al negocio me echaron.

​No había terminado Dimitri de decir esto cuando apareció junto a la mesa una mujer de rostro inexpresivo —se podría decir que de profunda angustia— con un chico en brazos y, dirigiéndose a Dimitri, le dijo algo en voz baja. Entonces este sacó de su bolsillo una billetera muy gastada y finita, la abrió y le entregó a esa mujer un billete. La mujer, sin decir palabra, tomó el dinero y se retiró.

​Juan imaginó que Dimitri le presentaría a esa señora que, por sus rasgos y su idioma, seguramente era su esposa, pero esto no ocurrió.

​Otro espacio de silencio se produjo, y ambos intentaron decir algo al mismo tiempo. Fue entonces que Dimitri sonrió y una robusta dentadura blanca iluminó el rostro de aquel hombre, demostrando un carácter afable y amplio que hasta el momento estaba oculto. A partir de allí, la conversación fue aumentando en temas diversos: experiencia, viajes, anécdotas. Ambos tenían esa capacidad de algunas personas de poder llegar a escuchar hablar cien horas sin importar lo que dijeran. Ese primer día Juan se fue a trabajar con la sensación de haber conocido a una persona muy inteligente y con una experiencia de vida enorme; de ser posible, hubiera seguido charlando todo el día. Cuando se encontraba inmerso en estos pensamientos sonó su teléfono, y pudo leer un mensaje de su amigo Edgardo que opacó un poco su nueva amistad: «Juan, te quiero avisar que Dimitri es un muy buen hombre, pero ten cuidado, que está un poco loco».

​Juan ni siquiera registró esta advertencia, y durante varios días las reuniones con Dimitri continuaron, pero ahora con más comodidad, después de cumplir con sus respectivos trabajos. El conocimiento mutuo fue en aumento y comenzaron, como suele suceder, a confiarse ciertas cuestiones privadas. Por ejemplo, Juan se enteró de que esa mujer que venía a pedirle plata a Dimitri no era su esposa, sino su hermana, la cual vivía con él en Rusia y era madre soltera. Juan, por su lado, le había confiado a Dimitri la seguidilla de proyectos fracasados de su vida y su relación inestable con Nora.

​Esa tarde de diciembre el calor era soportable, pero la humedad no. Dimitri y Juan quedaron en encontrarse en la plaza para respirar aire fresco. Así fue: un cómodo banco a la sombra de un gran árbol era un lugar adecuado, una brisa refrescante animaba su conversación. Ya estaba bajando el sol y Juan le había prometido a Nora llevarla a una cervecería donde preparaban unas riquísimas papas rústicas; fue entonces que le preguntó a Dimitri si quería venir a conocer a Nora y tomar una cerveza... pero Dimitri tenía que terminar de corregir unos últimos exámenes de alumnos rezagados, por lo cual le dijo a Juan que no faltaría oportunidad. Ambos se pararon para irse cada cual por su lado, pero Dimitri se detuvo un instante y le hizo una pregunta a Juan: —Hace unos días que quiero preguntarte algo.

​—Sí, Dimitri, dime.

​—¿Tienes alguna experiencia en la teoría de las probabilidades?

​—¿Qué significa eso? —preguntó Juan.

​—Nada, nada —dijo Dimitri—, te lo comentaré en nuestro próximo encuentro, que disfrutes tu cerveza junto a Nora.

​No habían pasado dos días cuando el teléfono de Juan recibió un mensaje de Dimitri que decía: «Juan, te espero en mi casa porque quiero comentarte lo de la teoría».

​Juan conocía dónde vivía Dimitri y no le agradaba para nada. Era una pensión de mala muerte con baño y cocina compartida; la habitación que Dimitri alquilaba para él y su hermana era tétrica. Un cordel del que colgaba una sábana separaba las camas de su hermana y su pequeño hijo de la suya; las paredes de la pieza lucían un empapelado semiarruinado que se sostenía de pura casualidad. Un viejo ropero con espejo y una mesa desvencijada con dos sillas de pino era todo el mobiliario; una sola lámpara colgaba desde el medio del cielorraso, y solo la cama de Dimitri poseía una mesa de luz y un velador. Juan había estado allí en una sola oportunidad para llevarle un medicamento para el sobrino de Dimitri que no conseguían, pero cuando lo quisieron convidar con un té, Juan por poco sale huyendo.

​Juan respondió:

​«¿No podemos mejor encontrarnos en el bar? Lo digo para que estemos más cómodos, yo invito el café».

​«No, Juan, esto que deseo compartir contigo merece una reserva absoluta».

​A Juan no le quedó más remedio que aceptar.

​Esa tarde el clima era pésimo, una llovizna persistente humedecía la ropa. Cuando Juan entró a la pensión y se dirigió a la habitación de Dimitri, su hermana salió, pero sin su hijo.

​—Hola Juan, adelante. ¿Qué deseas tomar? ¿Te, café, mate?

​—No gracias Dimitri, solo te aceptaría un poco de agua fría.

​—Dame un momento, ya traigo.

​Cuando Dimitri salió de la habitación, Juan pudo observar a solas aquella pieza. El niño dormía profundamente, y el foquito de luz encendido —que iluminaba poco y nada— conformaba un entorno paupérrimo, pero lo que más le molestaba era ese penetrante olor a humedad mezclado con el perfume de la criatura. Cuando Dimitri regresó traía una pequeña bandeja con una taza de té, un vaso con agua y bizcochos de grasa; con cuidado, Dimitri depositó todo sobre la cama con la intención de dejar libre la única mesa existente. Después se dirigió al ropero y, de un estante superior, sacó dos cajas de madera idénticas que ubicó una sobre la otra en la mesa: —Siéntate Juan, te mostraré algo que seguramente no has visto en toda tu vida.

​Después de que ambos estuvieron sentados frente a frente, Dimitri abrió la primera caja, que contenía decenas de pequeñas libretas numeradas prolijamente. Cuando sacó una de ellas, con el número “1”, se la entregó a Juan para que la hojeara. Juan, al abrirla, observó que todas las hojas de la libreta contenían infinidad de listas de números y solo algunos remarcados con un círculo.

​—¿Imaginas qué es esto? —le preguntó Dimitri a Juan.

​—No tengo ni idea —le respondió Juan mirando la libreta.

​—Este es el trabajo de estadística pura realizado durante más de 20 años; esta libreta que tienes en tus manos fue la primera, yo en ese momento era el hombre más feliz de Rusia.

​—Sigo sin entender —dijo Juan.

​—Bien, te explicaré —dijo Dimitri—: cuando joven realicé una apuesta a un amigo mío que era un jugador empedernido, aposté que podía ganar en el casino miles de rublos si me dejaba realizar unos cálculos en un lapso de tiempo de seis meses, y mis cálculos fueron exactos. Esto me permitió no solo ganar la apuesta, sino que continué aplicando mi teoría en la ruleta y pude ganar una suma de dinero enorme... —Dimitri quedó con su mirada fija en los ojos de Juan sin decir palabra.

​—¿Y entonces? —le preguntó Juan intrigado.

​—Entonces —contestó Dimitri—, no consideré el principio y el final de cada ciclo, esto me impidió continuar ganando. —Nuevamente Dimitri quedó en blanco.

​—¿Y entonces? —preguntó ya algo exaltado Juan.

​—Entonces —respondió Dimitri—, continué perfeccionando mi teoría y ahora, después de todos estos años, el trabajo está concluido, ya conozco la cantidad de jugadas necesarias para que el ciclo comience o termine.

​—¿Qué significa esto de los ciclos? —preguntó Juan.

​—Te explicaré, estimado amigo: mi teoría se sustenta en que cualquier sistema manual o mecánico que pueda brindar solo dos resultados —por ejemplo, el colorado o negro de una ruleta—, en forma aparentemente casual, estadísticamente no es así; yo he comprobado que estos resultados cumplen rigurosamente un ciclo repetitivo de entre 1200 o 1400 tiros, te enseñaré.

​Dimitri abrió la otra caja y de la misma sacó una ruleta en escala y una libreta.

​Después de abrir la libreta y observar una lista de números, hizo girar la ruleta y arrojó la bolilla. Antes de que la bolilla cayera en un número, Dimitri con anterioridad le decía el resultado a Juan:

​—Colorado 14, colorado 23, negro 33, colorado 16, negro 20, colorado 12, negro 35, negro 31, 00, colorado 7, negro 15.

​Dimitri no falló en ninguna oportunidad, incluyendo el cero. Después se quedó mirando a Juan sin decir palabra y realizó una nueva demostración, también sin fallar ni un solo juego, y repitió esto una tercera vez para que no existiera duda alguna de su teoría. Al finalizar, le dijo a Juan:

​—Esto no se trata de cábalas, corazonadas o azar; esto que te he mostrado es solo ciencia pura.

​Juan quedó impresionado y no sabía qué decirle a Dimitri sobre semejante proeza —o ciencia, para utilizar el término adecuado—. Solo le dijo: «¿Por qué motivo me cuentas a mí este trabajo que evidentemente te puede convertir en multimillonario?»

​—Es muy simple —dijo Dimitri—: para poder ganar en una ruleta se tiene que realizar entre dos personas, uno apuesta, tú, en tanto yo realizo ciertos cálculos indispensables. Sin inconveniente podemos ser dos los millonarios.

​Cuando Juan aún no salía de su asombro, la criatura que dormía irrumpió en llantos, y entonces Dimitri guardó apresuradamente todo lo que contenían las cajas y las llevó nuevamente al ropero, para después comenzar a cambiarle los pañales a su sobrino. Juan no pretendía ayudar en la tarea, y entonces quedaron en verse al otro día en el bar de siempre.

​Durante el transcurso del camino de regreso a su casa, Juan no sabía si lo vivido en la habitación de Dimitri era verdad o un sueño, pero sin duda era real. Convertirse en multimillonario no era algo que estuviera en sus planes por esos días.

​Al día siguiente, Juan esperaba a Dimitri en la mesa de siempre hasta que lo vio entrar. Después de saludarse, pidieron un café y comenzaron sin más preámbulo a ultimar los detalles de aquella empresa.

​Como todo el proyecto y el dinero necesario surgían de Dimitri, se estableció el porcentaje para cada uno: 30% para Juan y 70% para el mentor. Para Juan, el 30% de millones de pesos sin arriesgar un centavo era como tocar el cielo con las manos, por lo cual este tema estaba superado.

​Dimitri le detalló a Juan todo lo que debía hacer sin cometer errores: él, mediante señas muy disimuladas, le indicaría a Juan cuánto apostar, a qué número, e incluso los intervalos en los que no debía apostar. Estos movimientos eran los indispensables hasta que se diera el golpe; este golpe consistía en apostar todo a un solo color, en la jugada que Dimitri le indicara. Quedaron en viajar a Mar del Plata el viernes de la próxima semana para ir al casino el sábado, que es cuando concurre mayor cantidad de apostadores y ellos pasarían desapercibidos hasta el momento cumbre.

​Esto se planificó así porque Dimitri decía saber que en las salas de juego siempre están los veedores, señores que disimulan ser jugadores y en realidad controlan cualquier movimiento extraño; si los descubren a ellos —a uno apostando y al otro realizando cálculos—, los obligarían a dejar la sala.

​Después del viaje en micro el viernes a la noche, llegaron a Mar del Plata el sábado a la madrugada. Dimitri, impecablemente vestido, peinado y rasurado, eligió un hotel próximo al casino, bastante costoso; después de descansar, almorzaron como reyes en el comedor y, sin más vueltas, se dirigieron al casino. Juan se sentía bastante nervioso, a diferencia de Dimitri, que se comportaba confiado y tranquilo. El plan consistía en que Dimitri le entregaría las fichas a Juan en los sanitarios en forma disimulada, y así fue. En un momento en que no quedaba nadie en el baño, Dimitri le dio a Juan cinco fichas de las más grandes; después entraron por separado a la sala. Juan se dirigió a una mesa de acuerdo a lo planeado y Dimitri se colocó en un lugar estratégico para impartir las señas.




​Cuando estuvieron en sus posiciones próximas a la mesa, escucharon al crupier decir el tradicional:

​—¡No va más! Negro el 29.

​Dimitri no realizó ninguna señal, Juan no debía apostar aún. Así continuó el crupier con otro impulso para hacer girar la ruleta, hasta que la bolilla saltaba de número en número.

​—¡No va más! Negro el 10.

​Dimitri, inmutable.

​—¡No va más! Colorado el 5.

​Dimitri le hizo la señal a Juan: dos dedos hacia arriba, apostar al colorado una sola ficha de las grandes. Juan acató la orden, y le traspiraban las manos a pesar de que el dinero que se arriesgaba no era propio.

​—¡No va más!

​El repiqueteo de la bolilla tardaba una eternidad hasta que se detuvo... y se escuchó nítidamente:

​—¡Colorado el 34!

​A Juan su corazón le dio un brinco. «¡Funcionó!», se dijo, en tanto el crupier dejaba al lado de la apuesta de Juan una montaña de fichas. El juego continuó, y durante seis tiros Dimitri no le dio ninguna instrucción, hasta que en la séptima le indicó a Juan con señas que apostara dos fichas grandes al color negro. Juan así lo hizo, y nuevamente se escuchó el característico:

​—¡No va más!

​...luego, a esperar el desenlace... Juan no quería ni mirar a la ruleta...

​—¡Negro el 4!

​Juan no podía contener su entusiasmo; en un cálculo rápido, habían ganado un año de su sueldo en el gimnasio.

​Una enorme cantidad de fichas le entregó el crupier a Juan; los demás jugadores de la mesa hicieron sentir su admiración.

​Cuando Juan miró a Dimitri, este observaba fijo el paño y mantenía el puño izquierdo cerrado, señal de que no debía apostar. Después cerró los dos puños, esa era la señal trascendental: cuando le guiñara el ojo izquierdo debía apostar a negro, y si le guiñaba el derecho, debía apostar todo a colorado. Juan esperó ansioso la señal, pero los nervios bloquearon su mente y un escalofrío le corrió por la espalda. Dudó cuál de los ojos de Dimitri era el izquierdo o el derecho, porque no preguntó si era desde su punto de vista, es decir, exactamente a la inversa. Después de desechar esta loca interpretación, respiró profundo, exhaló el aire a intervalos y mentalmente se orientó con su mano: él era diestro, por lo cual solo tenía que interpretar cómo sería si estuviera frente a un espejo. Pero esto le causaba dudas, por lo cual prefirió interpretar que su mano con la que escribía era la derecha y entonces la de Dimitri sería la opuesta. La transpiración corría por su frente cuando Dimitri, ahora sí, cerró su ojo izquierdo. Juan se dijo: «¡Todo al negro!».

​Es curioso lo de nuestras mentes cuando están trabajando al límite: en lugar de apostar al negro, Juan apostó a colorado, pero dos segundos antes de que el crupier cantara el «¡no va más!», Juan advirtió su error inexplicable y alcanzó a cambiar de color todas las fichas estirando su cuerpo y su brazo al límite.

​—¡No va más!

​El repiqueteo de esa bolilla tardó una vida, era el único sonido del mundo que podía escuchar Juan, hasta que se hizo un segundo de silencio. Juan había cerrado sus ojos, y el crupier cantó implacable:

​—¡Colorado el 12!

​Juan sintió que se desmayaba; su desesperación irracional hizo que tratara de no permitirle al crupier que se llevara esa fortuna, pero el encargado lo miró muy serio y, con ese artefacto infernal que todo lo entrega o todo lo quita, se llevó todo. Juan no se animaba a mirar a Dimitri, y pasó por su mente que él era el responsable del error. Cuando levantó la vista, el inventor del método para ganar en la ruleta no estaba. Imaginó a Dimitri queriéndolo matar, y se dijo: «Mejor así, aquí se terminó todo». Cuando comenzó a buscar la salida, pasó frente a la barra y alguien lo llamó por su nombre: era Dimitri, que le hacía señas para que se acercara.

Desencajado y empapado en sudor, Juan se acercó. Curiosamente, Dimitri lo esperaba con dos copas y una botella de champaña abierta. Las llenó con calma y, distendido, dijo:

​—Cometí un error, Juan, pero ya lo solucionaré.

​—Levantando su copa agregó—: ¡Salud, compañero! ¡El próximo año seremos ricos, te lo aseguro!


viernes, octubre 30, 2026

DESTINO

"Lo esencial es invisible a los ojos" 

Antoine de Saint-Exupéry


​        —Lamento decirle que los resultados no han salido bien —le decía el doctor, ubicando la radiografía en el tablero luminoso—. Los análisis confirman esto que temíamos.

​La primera impresión de Fernando fue guardar silencio; inmediatamente estallaron en su mente pasajes de su vida, inconexos: su esposa; sus padres; sus viajes; su trabajo; el proyecto del restaurante; luego el temor al sufrimiento, al dolor, el miedo a la nada, el fin del mundo. Sus orejas se encendieron y comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza; su corazón palpitaba con fuerza.

​—Comprendo, doctor, nunca se está preparado para esto.

​Cuando quiso continuar, a Fernando se le secó la garganta. El doctor le sirvió un vaso con agua y, después de tomarla de un trago, continuó:

​—Tenía esperanzas, aún tenía esperanzas, es muy duro saberlo; muy duro. Es curioso, pero no puedo llorar, no lo sé, mejor así. ¿Cuánto tiempo, doctor?

​—Es difícil saberlo, no todos los organismos responden igual; con tratamiento estricto, pueden ser de seis meses a un año; sin tratamiento, menos —le decía el doctor a Fernando, mirándolo a los ojos.

​—Por hoy, doctor, tengo suficiente, debo organizar lo que queda de mi vida. Mañana o pasado hablamos sobre mi tratamiento.

​Fernando salió del sanatorio aturdido; en la calle se encontró con un mundo distinto —los detalles más insignificantes eran otra cosa—. Al ver a una señora con su ropa sucia y desteñida revolviendo un tacho de basura, sintió envidia; cambiaría su vida por la vida de esa mujer que, a pesar de ser una pordiosera, seguramente viviría mucho más que él. Trató de consolarse pensando que su vida hasta hoy había sido buena; en tanto caminaba esas cuadras hasta el estacionamiento, no se decidía a decirle la verdad a su esposa o no; también se le ocurrió que con el dinero del restaurante podían realizar ese viaje que siempre postergaron. Cuando meditaba todas estas cosas, un grupo de jóvenes pasó junto a él riendo. «¡Cómo no reír! —pensó Fernando—, si vivir es tan lindo, y si se es joven, mejor aún».

​«Hoy es viernes por la tarde y tengo que soportar que mi vida se terminará; siempre supe que se terminaría, pero saber que será en muy poco tiempo es muy diferente. Tengo que aceptarlo, pero aceptar lo inadmisible es una tortura. No tengo hijos que sufran, pero tampoco dejaré algo realmente valioso en este mundo; solo alguien me recordará un poco, pero nada más; seguramente a Laura le dolerá al principio, pero después tendrá que retomar su vida, porque así es y será siempre».

​Fernando pensaba esto cuando alguien tropezó con él y por poco se cae al piso. Un muchacho, muy joven, lo apuntaba con un revólver.

​—¡Dame la plata, viejo de mierda, o te mato! —esto le decía aquel chico en forma despectiva.

​A Fernando le vinieron a la mente dos ideas: la primera, entregar su billetera a aquel ladronzuelo, que lo podía matar; y la otra, dejar que lo matara allí mismo, en esa vereda; ese viernes por la tarde terminaría el calvario que debería enfrentar durante los próximos meses. Optó por la segunda idea y tomó a aquel muchacho de la remera con fuerza.

​—¡Matame!, ¿qué esperas?

​Aquel muchacho no tenía la intención de matar a nadie y se puso pálido como un papel. Fernando interpretó la situación y lo soltó; al hacerlo, el chico salió corriendo y se perdió entre la gente. Curiosamente, la actitud de Fernando ante esa situación extrema fue contraria a su costumbre; jamás hubiera hecho algo así, no por cobardía, sino por prudencia.

​Cuando llegó al estacionamiento, el encargado lo estaba esperando; algo había ocurrido con su automóvil.

​—Señor, ¿usted es el dueño del auto 412? —le preguntó el encargado, sin demostrar mucho interés o preocupación.

​Cuando Fernando asintió, el encargado le explicó que tuvo un contratiempo con otro auto y esto provocó un choque pequeño en la puerta; pero cuando Fernando vio el daño, comprobó que las dos puertas estaban arruinadas. En otra oportunidad, un hecho de esta magnitud, con lo meticuloso que era con su vehículo, le hubiera provocado un disgusto enorme; hoy, esto no tenía ninguna importancia. «¿Qué son dos puertas de chapa abolladas comparadas con la vida, la propia vida, la de uno, la que dejaremos para siempre, esa en la que nos preocupan las deudas, los desencuentros, los sinsabores; esa en la que se disfrutan los viernes por la tarde, la reunión con los amigos, el día soleado en el parque o caminando por una playa? ¿Cómo será el silencio para siempre? ¿Cómo será el olvido de todo? ¿Cómo será eso que jamás tomamos en serio y siempre está allí? Si al menos pudiéramos solo sentir el caer de la lluvia sobre el tejado, eternamente; si al menos solo pudiéramos llevarnos un sonido, solo un sonido, o una voz que nos dijera algo, cualquier cosa».

​—Señor, ¿le ocurre algo? —le preguntó el encargado de la cochera a Fernando al verlo allí parado sin hacer ni decir nada.

​—No, deme mis llaves, no es nada, son cosas que pasan. ¿Cuánto le debo?

​El encargado quedó sorprendido y le entregó las llaves, diciendo:

​—No se preocupupe, esta vez la estadía es por cuenta de la casa.

​En el trayecto desde allí hasta su casa, Fernando iba distraído; al pasar un semáforo, un micro por muy poco lo embiste; después de frenar chirriando las cubiertas, los bocinazos pusieron nuevamente a Fernando en alerta, y vino a su mente su esposa: debía llegar para verla, quizás contarle, o mejor no.

​Al llegar, su esposa Laura estaba sumamente preocupada porque había llegado una notificación del consorcio por las expensas extraordinarias de la remodelación del palier.

​—Este tipo piensa que administrar es hacer cualquier cosa —le decía Laura casi gritando a Fernando en cuanto entró—. Te digo, Fernando, quiero que nos mudemos, no soporto más este lugar, vivimos acosados por la falta de dinero, ¿cuándo podremos estar distendidos y sin apremios? Esto así, como siguen las cosas, no es vida; la mitad de mis alumnas se han ido a vivir al interior y, por lo que sé, son muy felices con muchísimo menos.

​«Cómo cambia la perspectiva de las cosas cuando el tiempo se termina», se decía observando a su esposa sin escucharla. De pronto se le ocurrió una idea: hacer una lista con las cosas que más le gustaría realizar, elegir una y llevarla a la práctica.

​Después de calmar a su esposa, se sentó en su escritorio y puso manos a la obra en su proyecto.

​La lista fue muy corta; desde comprar un yate pasando por un viaje por toda Europa, pero ninguna de estas cosas materiales o costosas lo convencía; quizás viajar, pero no a Europa, tal vez un viaje por el norte, por esos pueblos olvidados en el tiempo. Sí, eso quería, perderse en alguna quebrada, tomar agua de un río de montaña, acampar y ver junto a Laura ese cielo estrellado que en la ciudad no se puede ver, quedarse allí todo lo que fuera posible.

​Cuando le comentó el proyecto a su esposa, esta le preguntó si estaba loco, pero poco a poco la convenció y en una semana estaban yendo en su auto con las dos puertas abolladas, sin un rumbo preciso, pero lejos de la gran ciudad.

​Durante este viaje, Fernando pudo meditar en lo frágil que es la vida.

​Después de un largo viaje, se alojaron en una casa que brindaba hospedaje, cuyo dueño era un criollo mayor con su hija. Una noche, por casualidad, después de la cena, Fernando se quedó charlando con aquel hombre de diversos temas: el campo, los animales, las tormentas, la vejez, la vida.

​—Usted cree que está enfermo, ¿no es así? —le dijo a boca de jarro aquel viejo paisano de tez morocha y tonada norteña.

​A Fernando esto lo tomó de sorpresa. ¿Cómo podía saber aquel hombre su estado de salud si no lo había comentado con nadie, ni siquiera con su esposa?

​—¿Cómo supo usted que tengo un problema de salud? —le preguntó intrigado Fernando al hombre—. ¿Quién le dijo eso?

​—Mire, amigo, quizás usted no lo ha notado, pero soy ciego desde que nací.

​Fernando quedó más sorprendido aún, porque no había notado en ningún momento que este paisano de voz pausada era ciego.

​—Esta falta de visión me ha llevado a conocer el mundo que me rodea solo por lo que me cuenta mi hija; jamás vi un amanecer, ni las sierras, ni el cielo, ni los colores; como pude, he construido con mi imaginación un mundo propio, que seguramente nada tiene que ver con el mundo real, pero otra cosa no puedo hacer, y me he conformado con mi destino; no obstante, Dios me dio tres cosas que puedo disfrutar: el olfato, el tacto y el oído. Con estos tres sentidos transito mi vida, pero los mismos están tan desarrollados que puedo distinguir cosas que el común de la gente no puede. Por esto, al escucharlo hablar a usted y sentir el olor de su piel, descubrí desde el primer día esto que le digo: usted cree estar enfermo, pero no lo está; el olor de su cuerpo es el de alguien sano, y solo su voz demuestra una profunda preocupación.

​Al terminar de decir esto, el viejo ciego se quedó callado; Fernando quería preguntarle algo más, pero como se acercaba su esposa, la charla se terminó.

​Al otro día, Fernando y su esposa volvieron, por lo cual no tuvo otra oportunidad de preguntar algo más a aquel hombre que le había dicho que no estaba enfermo. En el trayecto de regreso, mientras conducía por esos caminos desiertos viendo paisajes increíbles, se acordó del viejo ciego y se preguntó: ¿cómo sería ese mundo que imaginaba?, ¿cómo se puede imaginar un mundo que nunca se pudo ver?

​Fernando pensó que la vida tiene tantos matices como los seres que la transitan, y él era uno de esos seres.

​«Lamentablemente no podía considerar como posible que estuviera sano, porque los resultados médicos fueron concluyentes y la ciencia es infalible; la posibilidad de pensar en un error no era factible».

​Sumido en sus pensamientos, su mujer le dijo algo que fue increíble:

​—Sabes una cosa, Fernando, esta gente tiene algo que nosotros en la gran ciudad no tenemos o no entendemos: estas personas tienen tiempo para vivir; en cambio nosotros vivimos, pero sin tiempo, solo corremos detrás de cosas que nos aturden y no percibimos lo esencial; estas gentes son más sabias, ellos saben vivir con muy poco, pero tienen más que nosotros; el padre de la chica, ayer por la mañana cuando salí al patio, estaba sentado en la galería tomando mate y miraba a las montañas; cuando pasé frente a él, me dijo que lamentaba que no tuviéramos hijos. ¿Vos le dijiste?

​—No, solo hablamos de temas del lugar, del clima, de los animales, jamás le dije algo personal —Fernando, al responderle esto a su esposa, no se animó a decirle aún lo de su salud—. ¿Y qué más te dijo?

​—Nada más, ah, sí, algo raro… que todo va a estar bien.

​Fernando, durante el viaje, continuó charlando con Laura, tratando de olvidar todo lo referente a su salud; y surgió un proyecto. Si bien no tenía tiempo para proyectos, sí podría organizarse para que su esposa lo concretara aunque él no pudiera acompañarla.

​—¿Qué pasaría, Laura, si vendemos todo y nos instalamos en estas zonas? —le comentó a ella.

​—¡Me has leído el pensamiento! ¡Hagámoslo!, todavía somos jóvenes.

​Fernando le tomó la mano y se quedó callado.

​Ese viaje resultó uno de los mejores momentos en la vida de esa pareja.

​Cuando Fernando y su mujer llegaron a su hogar, el encargado del edificio les comunicó que en varias oportunidades habían preguntado por él; era alguien del sanatorio, para informarle que debía comunicarse con urgencia con su doctor, porque no lo podían ubicar.

​Esa misma tarde, Fernando llamó telefónicamente al consultorio y su médico le dijo:

​—Señor Fernando, no sabe usted cómo lo hemos buscado durante estos días; cometimos un gravísimo error.

​—¿Qué error, doctor?

​—Sus estudios correspondían a otro paciente, por lo cual le informo que sus análisis están bien, usted está sano.

​Cuando Fernando escuchó esta noticia, por su mente pasaron muchísimas cosas, pero solo atinó a decir:

​—No se preocupe, doctor, me quita usted una pesada mochila; todo esto me movilizó otros aspectos de mi vida y ahora puedo ver algunas cosas muy distintas que antes. Aunque no lo crea, el que le debe agradecer soy yo.

​Fernando, después de colgar, pensó que ese destino al que nadie quiere enfrentar ahora era para otra persona; el viejo ciego tenía razón, aún no había llegado su momento y se abría otra oportunidad para una mejor vida.

​Fernando y su esposa, después de esto, cambiaron radicalmente su forma de vivir: vendieron el departamento y compraron cinco hectáreas de terreno en un lugar perdido del norte argentino; allí construyeron con sus propias manos una cabaña, y ella se dedicó a algo pendiente desde joven, escribir, y él a pintar; su tema predilecto era imaginar ese mundo de aquel viejo ciego, que tal vez fuera el mismo mundo que nos espera cuando nos toque la hora de partir.




viernes, octubre 23, 2026

EL LICENCIADO CONTI

     ​«La vida suele ser como una moneda arrojada al aire. A veces cae cara y otras veces cruz.»


          —Tome asiento, Conti —le dijo el jefe de personal a él, que ​esperaba poder jubilarse en la empresa después de treinta años de labor—.

​El jefe, tomando una carpeta, después de abrirla y leer algo, continuó diciendo:

—Lamentablemente, Conti, la empresa ha comenzado con una reestructuración muy profunda, y la sección en la que usted trabaja será desmantelada; en particular me apena que deba despedirlo, usted siempre ha cumplido muy bien con la empresa, pero los negocios, Conti, son así.

​Aquel hombre de aspecto calmo, un poco excedido de peso, de traje azul, notoriamente gastado, con su camisa blanca y esa corbata negra que parecía un mal chiste, en un primer momento pensó que el jefe de personal le estaba haciendo una broma; no podía entender lo que había escuchado; justamente ese viernes que la empresa iba a entregar el premio al mejor empleado, y él pensaba que era un candidato firme para el galardón, y en lugar de un premio, lo estaban despidiendo.

​—Usted, señor Rodríguez, ¿me está despidiendo? —preguntó Conti con una cara de decepción inmensa, mientras se quitaba sus lentes con una mano y se corría el pelo de su frente con la otra—. ¿Cómo es posible que me hagan algo así? Solo me faltan dos años para jubilarme, me dejan en la calle, ¿dónde voy a conseguir trabajo a mi edad, sumado a esta situación actual?

​—Lo lamento, Conti, pero la decisión está tomada, y viene de arriba; yo no tengo nada que ver, si pudiera hacer algo se lo diría —le dijo el jefe de rostro inmutable, tan impecablemente vestido que parecía estar preparado para ir a un casamiento.

​—Señor Rodríguez, le pido por mi familia, si es necesario, puedo trabajar en la limpieza, no se me caerán los anillos si tengo que limpiar los baños.

​—Conti, por favor, no convirtamos este trance en algo lamentable; asuma usted esta decisión de la empresa, le pagarán todo lo que corresponda y yo le daré una carta de recomendación; estoy seguro de que usted conseguirá otra cosa en el corto plazo.

​Para Conti esta noticia, un viernes, le cayó como un balde de agua fría; vino a su mente la reunión para esa misma noche, programada con su esposa; vendrían a cenar sus suegros. ¿Con qué cara podía afrontar el severo rostro de su suegro, el cual lo consideraba muy poco cosa para lo que su hija merecía?

​El viaje de regreso desde la oficina a su casa, portando la caja de cartón con sus pertenencias, fue un suplicio. ¿Cómo se lo diría a Clara?, justamente faltando solo dos meses para emprender ese viaje tantas veces postergado al sur; en lugar de eso, debía enfrentarse a conseguir otro trabajo lo antes posible y de cualquier cosa.

​—Clara, sentate que tengo que decirte algo.

​—Ya me lo imagino, Daniel, ¡te nombraron el empleado del año! —le dijo su esposa con su rostro iluminado por el entusiasmo—, yo sabía que por fin reconocerían tu conducta intachable después de tantos años.

​Conti se quedó callado mirando a su esposa, sintiendo que el mundo entero se le venía encima y él tenía que soportar ese peso.

​—No, Clara; no; me despidieron.

​Clara, al escuchar la noticia, sintió que su mente estallaba en mil pedazos; pasaron por su cabeza miles de momentos amargos, por falta de dinero, por proyectos postergados, por angustias, por esa sensación de fracaso que siempre estaba presente; por una cosa o por otra, nunca llegaba el momento del desquite, de sentir que, al final, el sacrificio brinda frutos; para ellos no, el árbol frutal de sus vidas ya ni siquiera brindaba algo de sombra; al contrario, se estaba secando.

​Clara no dijo ni preguntó nada; solo se paró, fue hasta el teléfono, llamó a sus padres para decirles que se suspendía la reunión porque el hijo más chico tenía unas líneas de fiebre. Después, se quitó el delantal, apagó la luz de la cocina y se retiró al dormitorio.

​Daniel se quedó allí sentado, con su mirada perdida; soportando otro de sus reiterados y conocidos fracasos.

​A la mañana siguiente, Clara se levantó temprano, preparó el desayuno y, después de acompañar a los chicos al colegio, cuando regresó, Daniel estaba todavía en pijama, tomando mate; entonces, le dijo a su esposo enérgicamente lo siguiente:

​—Daniel, escúchame bien, esta vez no me voy a dar por vencida, tenemos que superar esto como lo hemos hecho miles de veces. Para empezar quiero que vayas a lo de Jorge, y que le envíe una carta documento a estos hijos de mil puta de la empresa; no creo que puedan despedirte así como así. Después, salís a buscar trabajo; con el dinero para el viaje, vas y te compras un traje, zapatos, corbata y camisa nueva; yo le voy a pedir a Laura que te inscriba en todos los lugares que existan en internet, y que me prepare mil currículums tuyos, todos truchos, llenos de premios y posgrados inventados, incluidos dos cursos de finanzas en Harvard, hasta le voy a pedir que me falsifique una carta de recomendación del Fondo Monetario Internacional. Ya vas a ver, Daniel, me cansé de que seamos un par de boludos honestos; por ser así, nos va como el culo, ¡se terminó!, ¡me cansé!, ¡fin de esta vida chata!, ahora nos van a conocer.

​Daniel miraba a su mujer pensando que se había vuelto loca, y esto implicaba un nuevo problema. Pero cuando Clara dejó de hablar, se quedó sentada frente a él, mirándolo, con la cara colorada de furia y sus ojos irritados y al borde de las lágrimas. Entonces Daniel comprendió que todo lo dicho por Clara no era tan descabellado; y en un instante se dio cuenta de que quizás ser honesto en este mundo de competencia desleal e hipócrita era un muy mal negocio y que la única recompensa era el fracaso.

​—¿Sabes una cosa, Clara? —dijo Daniel dejando el mate sobre la mesa.

​—¿Qué? —le preguntó Clara, tomándole la mano.

​—Tienes razón, sí, tienes razón.

​A la semana, Daniel había conseguido dos entrevistas en dos empresas diferentes, una cerealera y otra de productos químicos. Esa mañana Daniel salió de su casa totalmente producido; parecía un empresario de alguna multinacional. Su esposa solo le dijo que mantuviera su autoestima en lo más alto, y que en la entrevista pensara que no estaba allí para pedir trabajo; él estaba allí para ayudar a esa empresa. Su esposa lo despidió con un abrazo y un beso en la boca que reconfortó tanto a Daniel que en el ascensor, al mirarse en el espejo, vio a un ganador.

​Clara esperaba a su esposo impaciente; para ella fue un día larguísimo, sus dos hijos le preguntaron en dos oportunidades si le pasaba algo, la veían rara.

​Por fin sonó el portero, era Daniel. Cuando entró, su cara no demostraba satisfacción, estaba serio, le dio un beso a sus hijos y otro a Clara, después, se quitó el saco y lo colocó en el respaldo de una silla. Clara presentía que no le había ido bien, pero de repente Daniel levantó sus dos brazos y con una amplia sonrisa gritó:

​—¡Me contrataron en las dos empresas como asesor!, ¡tengo que ir dos veces por semana a cada una! —abrazando a su mujer le dijo al oído—: en una me pagarán cuatro mil dólares por mes y en la otra seis mil, ¿qué te parece, mi amor?

​Clara no podía salir de su asombro, los dos chicos los miraban preocupados, jamás habían visto a sus padres tan eufóricos. Ambos empezaron a bailar, y después hicieron una ronda con los chicos que, al verlos tan contentos, también empezaron a reírse. Alguien tocó el timbre, cuando Daniel abrió, era su vecina, la señora Susana, sobresaltada por los gritos. Daniel la tomó de la mano y la hizo participar también de la ronda, en tanto la vecina, sin entender absolutamente nada, dijo:

​—¿Están todos locos en esta casa? ¿Qué ocurrió?

—Clara, abrazándola, le dijo:

—Así es, Susana, estamos locos de alegría, porque dejamos de ser un par de boludos honestos, ahora decidimos convertirnos en mentirosos, chantas y soberbios… sí, los más grandes de todo el mundo, ¡y nos está yendo bomba!

​Daniel comenzó con su trabajo como asesor, y en la cerealera le pidieron que hiciera un informe sobre la posibilidad de aumentar la exportación de soja y girasol, en los campos arrendados. Daniel jamás en su vida había pisado un campo, más allá de la quinta de un tío en Pergamino de una hectárea en la cual sembraba zapallos. No obstante su total desconocimiento sobre campo, cereales y exportaciones, redactó y leyó de pie frente a un importante grupo de directores un informe de una incoherencia sublime; su discurso duró unos quince minutos; cuando terminó, tomó sus papeles y se sentó en su lugar. Todos los presentes se quedaron en absoluto silencio; el director no sabía qué decir ante esta exposición que no decía absolutamente nada; era una interminable cantidad de oraciones inconexas con un lenguaje retórico como, por ejemplo: “Los extensos e inmensos campos labrados por generaciones de trabajadores infatigables que dejaron allí sus vidas y hoy podemos disfrutar de su invalorable y heroico esfuerzo”, u otras como: “Y de este modo mitigar el hambre de cientos de pueblos de todo el mundo, con nuestros granos de primerísima calidad, que distribuiremos con nuestra flota de barcos atravesando los bravíos mares del vasto mundo”… Los directivos se miraron entre ellos atónitos, pero lo que más les llamaba la atención era el aplomo y la convicción con que el “licenciado” Conti se expresaba. Algunos incluso pensaron que eran ellos los que no estaban a la altura intelectual de aquel hombre.

​Lo mejor que supo hacer Conti, con su nueva actitud desprejuiciada, era actuar; sus discursos eran cada vez más apasionados abarcando el tema que fuera.

​La falsificadora de documentos del barrio, Laura, que además manejaba a la perfección las redes sociales, se había entusiasmado a tal punto que en una oportunidad falsificó un documento por el cual el licenciado Daniel Conti era nombrado asesor de la Santa Sede, más un pergamino firmado de puño y letra por el Papa Francisco. Esto ya era el colmo de una aventura por la cual lo único seguro era que no terminaría bien.

​En una oportunidad, Daniel fue invitado por una universidad a dar una clase magistral sobre inteligencia artificial… una locura.

​Cuando llegó a la casa de altos estudios, varios secretarios lo acompañaron al aula magna, la cual estaba repleta de estudiantes; cuando Daniel subió al escenario, una ovación general lo aclamó durante varios minutos. Cuando se hizo silencio, Daniel dio unos pequeños golpecitos con su mano al micrófono para verificar si el sistema de sonido funcionaba bien.

​—Buenas noches, alumnos —a lo dicho le siguió otro estruendo de aplausos.

​Daniel no tenía ni idea de qué hablaría, pero ese entusiasmo reinante por su persona lo hacía sentir una personalidad, y esto producía en su mente frases y palabras que le brotaban con seguridad y como una autoridad en el tema en cuestión. El discurso de Daniel comenzó de esta forma:

​—Lamento decirles, estimados jóvenes, que la inteligencia artificial es un invento inservible y catastrófico que solo nos ocasionará disgustos al por mayor. —Después de decir esto, Daniel esperó unos segundos para conocer la respuesta del público a esta afirmación. De inmediato, algunos se tentaron, y otros se rieron, para después pasar a una mezcla de risas y aplausos de toda la concurrencia. Esto entusiasmó a Daniel, el cual continuó diciendo una catarata de inconsistencias que, a cada frase, más cómico resultaba su discurso. Las autoridades no entendían qué estaba pasando, pero, para no quedar mal, también comenzaron a reír y aplaudir las frases de este hombre extremadamente gracioso. La exposición terminó despidiendo a Daniel como si fuera un ídolo; interminables apretones de manos y pedidos de autofotos acompañaron hasta que subió a su automóvil.

​Este derrotero de ficción duró dos largos años que le permitieron a la familia Conti hacerse de un ahorro considerable. Curiosamente, cuando una empresa importante lo contrataba como asesor, al enterarse los directivos de que el licenciado Conti era un farsante descomunal, se veían en la obligación de despedirlo, sin causar escándalo, para que sus accionistas no pensaran que ellos eran unos incapaces por dejarse engañar de tal forma.

​Pero un día surgió una propuesta de su antigua empresa, aquella que lo había despedido sin contemplación alguna. Conti y su abogado habían logrado arreglar el despido cobrando unos pocos pesos más, pero esto ya nadie en la empresa lo recordaba.

​Al ahora licenciado Conti lo contrataron para ajustar el plantel de directores, dicho en criollo, despedir a la mitad de los mismos. Para esta labor, lo ubicaron en un despacho enorme, con un escritorio que se asemejaba al de una corte de justicia.

​¿Adivinen a quién citó primero? Adivinaron, al director que lo había echado.

​—Tome asiento, Rodríguez —le dijo Conti con voz autoritaria—.

​Rodríguez solo vio a un hombre imponente sentado sobre un estrado enorme; la escena parecía un juicio por asesinato.

​—Debo decirle, señor Rodríguez, que la empresa se encuentra en un plan de reestructuración, por el cual, lamentablemente, usted está despedido —después de decir esto, Conti se quedó esperando la reacción de ese hombre, que lo había echado de la empresa.

​Pero lo que ocurrió lo descolocó; Rodríguez, el cual era un hombre mayor y muy elegante, al recibir la noticia comenzó a llorar desconsoladamente.

​A Conti se le cruzaron muchas cosas por su cabeza, y revivió el momento en que ese mismo hombre ahora desesperado lo despidió a él; ahora, el destino se había dado vuelta, y el jefe inclemente estaba llorando frente a él.

​Conti no pudo continuar con su venganza; se bajó de su poltrona y se acercó a consolarlo.

​—No llore, Rodríguez, por favor, no llore. Vamos a hacer una cosa, haga de cuenta que no le he dicho nada, yo he leído su carpeta y he visto que no es justo que lo echen, yo hablaré personalmente con los directores y voy a solucionar su situación; vaya tranquilo.




​Rodríguez, al oír esas palabras, se calmó, y tuvo la intención de besar la mano de Conti, a lo que este le dijo:

​—¿¡Qué hace, Rodríguez!? ¿Está loco? ¿Cómo se va a rebajar usted, un señor mayor, por una manga de hijos de puta? Hágame el favor, vaya tranquilo, de mi parte usted se queda con su trabajo, olvídese de todo esto.

​Rodríguez, con los ojos rojos, le estrechó la mano a Conti, y antes de irse, solo le dijo:

​—Muchas gracias, señor.

​Es curioso cómo y por qué actuamos de determinadas maneras; Conti tenía la intención y la oportunidad de vengarse, pero no pudo hacerlo.

​Los días de gloria deshonestos de Conti terminaron cuando alguien denunció a la falsificadora del barrio, Laura, quien falsificó un documento bancario a un cliente que le pagó muy bien. La policía allanó la casa de Laura y entre los papeles que encontraron figuraba un diploma de abogado falsificado a nombre de Daniel Conti.

​El abogado de Conti pudo manejar todo el problema relativamente bien, y, excepto Laura, que debió cumplir una prisión domiciliaria de un año, a Conti solo le tocó pagar una fuerte multa, pero tenía el dinero de sobra para hacerlo.

​Hoy la familia Conti lleva adelante un negocio de venta de pastas en su barrio, muy exitoso por cierto; al que le pusieron como nombre: «Las pastas del licenciado Conti».






viernes, octubre 16, 2026

RECOMPENSA

     

​«No hay valor más grande que aquel que nace de un amor imposible, ni riqueza más noble que la de un corazón dispuesto a darlo todo a cambio de nada.»


           El día se presentaba con una llovizna persistente que convirtió las calles de tierra del barrio en un lodazal; cuando Ramón salió al patio, vio que su carro tenía una de sus gomas desinfladas.

—¡Carajo, justo hoy! —le dijo a su hermana.

—¿Y qué diferencia hay entre hoy y mañana, me querés decir? —le recriminó ella después de tomar su último mate sin nada para comer; después, se colocó su mochila y, sin saludarlo, se fue a trabajar a la planta de reciclado de basura.

Ramón, malhumorado, se colocó un nailon que solo protegía su cabeza y sus hombros, sacó la rueda del carro y la llevó rodando por el barro hasta la gomería.

Sentado en la penumbra de un local en donde todo era color tierra, el gomero, sonriente, saludó a Ramón:

—¡Qué hacés, Cavani! ¡Como jodimos a las gallinas, tres a dos, afuera! —le gritó con su camiseta de Boca que de tan sucia no se distinguía el color azul del amarillo, terminando de tomar un mate haciendo un ruido infernal.

Ramón no tenía ganas de conversar porque sabía que con un día así los cartones se humedecen y podía ocurrir que el único comprador de su mercancía no se los aceptara o le pagara a su antojo, pero no había otro remedio; los pobres como él solo tienen que cinchar y agachar la cabeza.

Después de que el gomero le arregló la pinchadura, Ramón le dijo que a la noche le pagaría el trabajo.

—Andá tranquilo, Cavani, Boquita ganó, estoy contento —le respondió el gomero con una sonrisa que mostraba la falta de dos de sus dientes.

En el barrio a Ramón todos lo conocían por Cavani, como el delantero de Boca; era idéntico, excepto que jamás tendría un futuro satisfactorio como el famoso jugador de fútbol.

El recorrido que hacía Ramón era siempre el mismo: primero pasaba por las fábricas; después de caminar veinte cuadras por el barrio de casas bajas se dirigía al centro comercial, nuevamente unas veinte cuadras más, hasta llegar a la textil, y de regreso, con el carro repleto, subía la pendiente de la avenida para llegar al recolector; por último, regresaba a su casa cuando el sol empezaba a caer. Nunca se le ocurrió contar las cuadras que caminaba arrastrando su carro, pero su cuerpo, a pesar de estar acostumbrado, lo sentía. Cuando llegaba con esos pocos pesos, después de tomar lo necesario para sus cigarrillos, el resto se lo entregaba a su hermana, que llevaba la contabilidad y hacía las compras.

Ese día, después de colocar nuevamente la rueda, colgó la bolsita de nailon en un gancho de su carro con el sándwich que le había preparado su hermana, prendió un cigarrillo, se agarró con sus dos brazos del mamotreto de dos ruedas y empezó, como todos los días de su vida, a empujarlo. Cuando sus músculos se calentaban durante esas largas jornadas, no le parecían tan desagradables y siempre disfrutaba de algo distinto: el tráfico, la gente, discusiones, risas, ademanes entre viejos charlando acaloradamente. Muchas veces, soñaba que algo o alguien encontraría en su camino que lo sacaría de esa pobreza eterna.

En todas sus jornadas de trabajo disfrutaba de su sueño, para él maravilloso: a pesar de saber que era imposible, deseaba conquistar el corazón de una joven mujer que veía todos los días; esa ilusión le permitía seguir con su vida de cartonero y no lo dejaba decaer en su tarea diaria y monótona de arrastrar su pesada carga. Es muy difícil trabajar sin tener la posibilidad de una recompensa justa, entendiendo por la fuerza que para algunos como él la vida es solo una rutina sin premios, esperando que un día cualquiera, repentinamente, su cuerpo se niegue a seguir, y entonces, no tener dónde caerse muerto. —Es el precio que debe pagar alguien que es pobre y analfabeto—. Esa llamita de esperanza le brindaba algo de calor a su corazón endurecido; era su sentido de la vida. Él pensaba que cuando pudiera salir de su paupérrima condición, se compraría ropa decente e iría a las siete y media en punto a la parada del colectivo para poder conquistarla.




Allí estaba, como todos los días a la misma hora, la veía al doblar la esquina, cuando pasaba con su carro; ella no lo miraba, como es lógico, ¿qué futuro puede haber junto a un cartonero de ropas mugrientas y zapatillas rotas?; pero soñar con ser correspondido por alguien no ofende ni molesta.

En esos pocos instantes cuando pasaba por la calle frente a ella, la miraba de reojo para no asustarla y el resto de su día continuaba doblando cartones y acomodándolos en su carro sin pensar; o mejor dicho, solo pensando en esa joven que lo deslumbraba.

El sol corrió las nubes e iluminó a la joven; también proyectó la sombra de Ramón y su carro sobre el asfalto húmedo como una alargada mancha horrible y sin forma.

Después de verla esos pocos instantes e imaginar entablar una conversación con esa piba que le quitaba el sueño, reanudó el trabajo; cuando solo había recorrido unos pocos metros, sintió que alguien gritaba; al mirar, Ramón entendió el motivo: dos muchachos en una moto estaban forcejeando con ella, uno tenía un arma y le apuntaba, mientras la joven retenía su cartera con fuerza.

Ramón no dudó y corrió a ayudar; él era un hombre alto y fuerte; en el primer golpe derribó al que conducía la moto, y el otro le disparó, pero el arma falló y no salió la bala; ambos malvivientes, sin otra posibilidad, se subieron a la moto y se alejaron; Ramón, agitado, le preguntó a la chica si estaba bien, ella asustada le dijo que sí, que solo le dolía el brazo.

—Gracias —le dijo esa chica que iluminaba la vida de Ramón.

Cuando Ramón le iba a contestar, escuchó un estruendo seguido de un profundo dolor en su espalda; después, cayó de rodillas frente a ella, no llegó a escuchar algo que dijo la joven tratando de sostenerlo —solo se cruzaron sus miradas—; al ver esos ojos de temor y gratitud en esa mujer que amaba, su dolor se calmó; trató de decirle algo, pero no pudo, sus palabras se ahogaron en su pecho.

Ramón, el Cavani del barrio, acababa de convertir el gol más maravilloso de toda su vida —fuerte y al ángulo—, la tribuna estalló en gritos y aplausos; los ojos de su amor secreto le habían agradecido su hazaña.

Ramón, por fin, disfrutó su recompensa en el último instante de su vida.


jueves, octubre 15, 2026

¡MOZO, TRES CAFÉS, POR FAVOR!


​           García era su apellido. No recuerdo su nombre, pero sí su pelo negro crespo y su sonrisa contagiosa.

Salíamos en los recreos del colegio industrial Otto Krause a fumar al baño, como casi todos, el único lugar permitido por los celadores.

A la salida, por la tarde, tomábamos un café en el bar de la esquina junto a otro compañero, Romero: pelo algo largo, muy ondulado y anteojos. Le gustaba tocar la guitarra y lo hacía muy bien; siempre se reía moviendo el cuerpo y acomodándose con su mano sus enormes anteojos.

​García siempre llevaba algún libro, por lo general de Cortázar, jamás de matemáticas o construcción; no le interesaba en lo más mínimo recibirse de maestro mayor de obras. Imagino que iba al colegio más para disfrutar de la salida y poder juntarnos en el bar que por otra cosa, o para hacerle creer a sus padres que alguna vez se recibiría. Para Romero, en cambio, era una cuestión familiar: su padre era ingeniero y su hermano estudiaba Arquitectura; no obstante, a él le gustaba mucho más la música, ya era profesor de guitarra.

​No recuerdo de qué hablábamos, pero sí recuerdo con seguridad que lo hacíamos con un lenguaje respetuoso. Como todos los jóvenes, nos reíamos de algún profesor por su forma de hablar, o de algún otro compañero; tonterías de jóvenes en cuyas vidas todo está por realizarse y entonces casi todo causa gracia. Imagino que se debe a que el cerebro de los jóvenes está aún madurando y la vida se entiende simplemente como lo que es: un maravilloso momento.

​Con García fuimos un verano a la costa de campamento y me pidió que le sacara una fotografía que no olvidaré en toda mi vida: escribió en la arena «cronopios versus el sistema». Mi tarea consistió en enfocar esa frase y parte de su pierna para sacar esa toma… Fumaba cigarrillos negros; yo lo encuadraba como el bohemio porteño clásico.




​En cambio, Romero era un artista. Un par de veces fui a realizar un trabajo a su casa, que era un departamento para mí muy lindo, frente a la plaza Las Heras; su madre era pintora y los cuadros que vi expuestos allí eran del tipo abstracto. Una vez, Romero me dijo que en el piso de arriba ensayaba un grupo musical, para el momento fuera de serie, con unos instrumentos raros y descabellados: se llamaban Les Luthiers y aún nadie los conocía.

​No me olvidaré jamás de poder apreciar en toda su magnitud la música de los Beatles. Romero encendía su poderoso equipo amplificador con dos torres de parlantes y tenía para escuchar la colección completa de la inmortal banda.

​Cuando, después de las charlas en aquel café a la salida del colegio industrial, regresaba a mi casa en el tren desde Retiro a Villa Ballester, viajaba con el sabor en mi boca del cigarrillo y el café, más algunas ideas confusas de un nostálgico bohemio y un simpático artista. Pensaba que quizás esas reuniones serían para siempre; pero, obviamente, no fue así: se terminaron hace muchos años.

​García en una oportunidad me dijo que me imaginaba casado, con una familia con muchos hijos. Estuvo acertado: soy padre de tres. Pero yo, aunque me esforzaba, no podía imaginar la vida futura de García; no era un muchacho pintón y me decía que preferiría leer sus libros en lugar de ir a bailar, algo incomprensible para mí. Lógicamente era de izquierda. En una oportunidad, ingenuamente le dije que mi padre leía el diario La Nación, y él, sin ofenderme, me respondió que ya sabía entonces la idea política que profesaba. Si hoy pudiéramos juntarnos a hablar, no creo que nos pondríamos de acuerdo, pero tampoco nos distanciaríamos, porque ambos nos comprendíamos y aceptábamos como éramos. Romero, en cambio, disfrutaba de aquellas reuniones tal vez por otros motivos: le gustaba escuchar los comentarios de García sobre sus libros, los chistes sobre algún profesor y hablar de música.

​Cómo me gustaría estar en ese bar al menos por una última vez y pedirle a aquel mozo, siempre de saco blanco y pantalón gastado color negro:

​—¡Tres cafés, por favor!

​Y después encender un cigarrillo con el encendedor Caruso de García, para comenzar esas charlas sin rumbo fijo, con la idea de que la jornada había terminado solo hasta mañana; o los fabulosos viernes por la tarde, en donde todo puede pasar en un fin de semana, incluso conocer a una mujer para toda la vida.

​«Chau, García; chau, Romero; nos vemos el lunes».




​Mis compañeros del colegio industrial solo lo eran de lunes a viernes; los fines de semana cada uno hacía su vida con otras amistades, otros grupos, otras diversiones.

​La juventud se pasa muy rápido —«en un abrir y cerrar de ojos»—, frase esta ultra conocida que solo se entiende bien cuando se es mayor. No podemos retener esos años aunque queramos. Me da pena cuando observo a algunos jóvenes que piensan que se puede aprovechar mejor su juventud solo realizando excesos; cuán equivocados están. Existen mil formas de disfrutar de esos años felices sin hacer disparates que suelen ocasionar problemas para toda la vida. Lamentablemente, los jóvenes no entienden; todo se comprende cuando ya nada se puede cambiar.

​Cuando terminó esa etapa de mi vida como estudiantes del colegio industrial, perdí todo contacto con ellos.

​Hasta que llegó el día en el cual la escuela convocó a sus exalumnos por el vigesimoquinto aniversario de su graduación. Recuerdo que fui con entusiasmo para reencontrarme con mis excompañeros. Cuando ingresé al aula en donde convocaron a nuestra división, fueron apareciendo aquellos jóvenes, que ahora eran hombres, e intercambiamos nuestros apellidos en un saludo imborrable; pero no encontraba entre mis compañeros a García, ni tampoco a Romero.

​—¿Qué saben de ellos? —pregunté, esperando que me dijeran que todavía no habían llegado.

​De Romero nadie sabía de su vida; pero de García, sí. Ese día ya no podría decir «presente». Se había ido, seguramente en busca de su mundo de cronopios y de famas que aquí no pudo encontrar, y entonces una sobredosis, me dijeron, pudo sofocar su espíritu indomable.

​¡Chau, Romero! ¡Chau, García!… Hasta la vista, queridos amigos.


sábado, octubre 10, 2026

EL DESCONOCIDO

 ​    «La belleza exterior, no es un atributo de los ángeles»


             —De acuerdo, señor Adolfo, creo que si salgo a las siete puedo llevar las carpetas al contador para que las entregue a primera hora... Correcto, buenas tardes, señor.

​Edgardo sabía que este mandado le implicaba un viaje de trabajo de tres horas extras, entre ida y vuelta; solo que su auto, desde hacía un par de días, fallaba en baja, pero cumplir con el jefe preparaba el terreno para pedir ese aumento que lo esperaba desde principio de año.

​Después de cargar nafta y subir al baúl las tres cajas, llamó a su señora para avisarle que llegaría más tarde; luego emprendió el viaje. Edgardo sabía que en ese horario en la ruta no habría tráfico; si su coche no le fallaba, en una hora y media llegaría a la chacra del contador. Había ido varias veces allí, pero siempre durante el día, nunca de noche; sabía que la tranquera de la entrada estaba muy alejada de la casa, como a unos quinientos metros. Si llegaba a estar cerrada, esto se convertía en un problema porque debería dejar el auto e ir a pie. Caminar no le preocupaba, pero el contador era un hombre mayor que no utilizaba teléfono, por lo cual tendría que ir a buscar la llave del candado a la casa y regresar a la tranquera. A todo esto se sumaba un inconveniente no menor: los cinco perros del contador que los dejaba sueltos. Pensando en estos posibles inconvenientes, sonó su teléfono; al atender, su esposa le comentó algo preocupada que su hijo más chico tenía unas líneas de fiebre; no era mucha, pero hubiera preferido que él estuviera ya en casa. Edgardo tranquilizó a su señora y la entusiasmó con la posibilidad del aumento que mañana mismo le pediría a su jefe.

​Al ingresar por el camino de tierra, la noche era cerrada; solo podía ver los pastizales de la banquina y, de tanto en tanto, el alambrado. De acuerdo a sus cálculos le restaba una media hora de viaje; no se podía descuidar, porque la única señal era un pequeño cartel blanco con el nombre de la chacra, «Destino». De pronto, en medio del camino alcanzó a ver un bulto muy negro; aminor ó la marcha y se acercó despacio. Se asustó cuando el bulto se movió; al frenar, el motor se detuvo y pudo ver una vaca negra acostada que se levantó y corrió por la banquina opuesta. A Edgardo, este hecho normal del campo lo sobresaltó lo suficiente como para pensar que la tarea se complicaba de noche. Cuando pretendió continuar, ocurrió lo que no debía ocurrir: su automóvil no arrancaba.

​Solo las luces iluminaban el camino, pero debía apagarlas para no gastar la batería; eso hizo. En un primer momento la oscuridad era absoluta; al cabo de unos instantes, su vista se acostumbró a la penumbra y pudo disfrutar de las estrellas que tapizaban el cielo como diamantes. Un tenue resplandor en el horizonte indicaba la ubicación del pueblo distante. Encendió su linterna, buscó una pinza de la guantera y abrió el capó. La última vez que le ocurrió esto lo pudo solucionar golpeando uno de los bornes de la batería; eso intentó hacer, pero esta vez la maniobra no resultó. Cuando probó nuevamente, pegado al alambrado sintió unos pasos sobre los pastizales; se sobresaltó y, al alumbrar el lugar, solo era   un grupo de vacas, tal vez más asustadas que él. En el apuro, la linterna se le cayó y se apagó; escuchó dónde había caído y comenzó a tantear con su mano el piso, pero no la podía encontrar. Entretenido con este inconveniente, algo, a unos cien metros del alambrado campo adentro, le llamó la atención. Observó con más detenimiento y esa cosa blanca juraría que se movía lentamente; imaginó que sería otro animal, pero era imposible saberlo. Por fin, al extender su brazo por detrás de la rueda, allí encontró la linterna. Un segundo intento para que su auto arrancara también fracasó. «¿A quién podría llamar a esa hora y en ese lugar?». Por algún motivo bajó el capó de su auto, tal vez con la esperanza de que arrancara; después, fue a buscar el teléfono a la guantera. Cuando se sentó frente al volante, miró al frente y eso blanco ahora estaba sobre el camino; al encender las luces, pudo ver nítidamente la silueta de un hombre con sombrero que caminaba hacia él. Edgardo comenzó a realizar conjeturas de todo tipo, nada halagüeñas. Al ir acercándose lo podía observar muy bien: era un hombre delgado, alto, con saco, sombrero y pantalón blanco; caminaba hacia el auto y con su mano se protegía la cara, pues evidentemente las luces lo encandilaban. Edgardo, asustado, colocó las trabas de las puertas y tomó un destornillador. Esta persona se acercó a tal punto de quedar parada a cinco metros del auto, inmóvil.

​Habían transcurrido unos minutos y Edgardo atinó a abrir la ventanilla y decir en voz alta:

—¡Hola! ¿Qué desea?

​Y este hombre respondió:

—He visto que se le quedó el auto. ¿Lo puedo ayudar?

​Edgardo sabía que la gente de campo es servicial por naturaleza, pero eso no lo animaba demasiado. La apariencia de aquel hombre era desprolija: su sombrero ni siquiera tenía una forma, el saco era grande para esos hombros huesudos y el pantalón era blanco, pero notoriamente sucio. Al tener este sujeto su brazo levantado, no podía verle bien la cara; solo alcanzaba a ver un pañuelo azul o tal vez negro con lunares blancos.

​Edgardo, con el destornillador aferrado a su mano, bajó del auto y encaró al desconocido.

—Así es —dijo Edgardo—. Creo que son los bornes de la batería.

—¿Quiere que los revise? —dijo el desconocido.

​Por esas cosas, esa voz a Edgardo le brindaba confianza. Era algo difícil de explicar, porque no tenía un acento  de nada conocido, ni siquiera campechano; solo era un timbre de voz que bien podría ser la de un profesor. No parecía la voz de un hombre de campo; no obstante, la indumentaria no parecía  de alguien muy instruido, pero las apariencias engañan, se dijo.  Y entonces respondió:

—Bueno, ahora le abro el capó. ¿Quiere que ilumine con la linterna?

—No hace falta, quédese arriba, yo le aviso.

​El hombre abrió el capó y Edgardo no podía ver qué estaba haciendo; no se escuchaba ningún sonido. Al cabo de unos minutos, el visitante dijo:

—¡Ahora dele arranque!

​Al primer intento el auto arrancó perfectamente. Edgardo no podía creerlo; pensó bajar a agradecer, pero el hombre le dijo que no bajara y que mantuviera el acelerador apretado. Después de bajar el capó, el desconocido se acercó a la ventanilla donde estaba Edgardo y se quedó allí parado. Edgardo, agradecido, le dijo:

—¿Qué le debo por la gauchada, amigo?

—Nada —dijo esa voz.

​Edgardo, al estar sentado y el hombre próximo a la ventanilla, seguía sin poder verle la cara.

—Continúe con su viaje, Edgardo.

​Edgardo quedó mudo. «¿De dónde lo conocía? Lo había llamado por su nombre».

—¿Usted me conoce, señor?

—Ahora lo acabo de conocer... antes no.

​Edgardo continuaba asombrado:

—¿Usted vive por aquí?

—Digamos que sí.

—Quedo en deuda —dijo Edgardo.

—No se preocupe, ha sido un gusto poderlo ayudar, continúe con su viaje.

—¿Quiere que lo alcance a alguna parte? —insistió Edgardo.

—Le agradezco, mi lugar es este. Disculpe, antes de que se vaya, usted merece que le comente algo.

—Dígame —dijo Edgardo intrigado.

—Bueno, vea, puede ir tranquilo: la tranquera del contador está abierta y los perros están atados. También le digo que su jefe, el cual le tiene mucho aprecio, no le aumentará el sueldo este mes, el próximo sí; y regrese a su casa confiado, que a su hijito ya le bajó la fiebre.

​Después de decirle esto, ese extraño se retiró caminando con tranquilidad por donde vino. Edgardo lo siguió con la mirada y con el corazón en la boca, hasta que se perdió de vista en la oscuridad. Edgardo no atinó a llamarlo para preguntarle sobre todo lo que le dijo, como si hubiera leído su mente. Edgardo continuó con su trabajo con una profunda curiosidad hacia esa persona, que bien se podría decir que solo estaba allí esa noche para ayudarlo.

​Absolutamente todo lo dicho por el desconocido se cumplió al pie de la letra. Edgardo nunca comentó con nadie este extraño encuentro. Ya habían pasado dos meses y una mañana debía llevar unos papeles al contador; cuando pasó por aquel lugar, detuvo su auto, se bajó y miró a su alrededor. Eran campos de pastoreo y los yuyales estaban altos. Al observar en la dirección donde aquel hombre apareció, observó algo oscuro, diferente al color de los pastizales. Cuando se internó en el campo después de pasar por el alambrado, lo pudo ver; a pleno sol, se podría decir que lo estaba esperando.

​Era un espantapájaros ya olvidado incluso por el tiempo, con sombrero, saco, pantalón blanco muy sucio, además de roto, y pañuelo negro con lunares blancos. Sus hombros eran solo un palo viejo cruzado sobre un poste; su cara, un manojo de paja seca. Edgardo se quedó allí un largo rato. La brisa del campo movía una manga que colgaba descosida, pero el pañuelo se mantenía firme. El sombrero ya no tenía forma, pero Edgardo se lo acomodó lo mejor que pudo y luego dijo:

—Gracias, amigo.