«No podemos predecir el futuro, pero podemos inventarlo.»
Dennis Gabor (1900 - 1979)
AÑO 2226
—Hola Kai, al fin me atiendes, ¿qué estás haciendo?
—Elion, ¡qué sorpresa!, acabo de instalarme en mi nuevo módulo, lo terminaron hace un par de días. ¿Cómo estás, querido amigo?
—Por ahora bien, pero me temo que si no soluciono un problema en la planta potabilizadora, me echarán el próximo lunes. Cuarenta millones de personas se quedarán sin agua potable, y yo seré el responsable.
—Ustedes, los ingenieros, son siempre alarmistas; después solucionan todo.
—Espero que eso ocurra, porque de lo contrario saldré en las noticias.
—Para serte franco, yo también pendo de un hilo. La semana pasada se rompió una válvula del depósito de oxígeno y no había repuesto. Por suerte aquí hay un experimentado señor que la reparó; es un mago con todo lo referente a electrónica, mecánica y robótica. Si pido un viaje de emergencia, con la situación económica de la base, me echan sin remedio.
—Escuché en las noticias que la base lunar está económicamente quebrada, ¿es así?
—El inconveniente es que la base china logra —no me preguntes cómo— cerrar contratos con decenas de empresas de investigación. En cambio nosotros solo trabajamos para PLX, que desde que empezó con los viajes a Marte tiene gastos enormes y falta mucho para que su negocio le brinde beneficios.
—Te digo que aquí, Kai, están ocurriendo cosas muy extrañas. Desde que se amplió la Corte Internacional de Justicia, el sistema de agua y alimentos sigue de mal en peor. Se están tomando medidas de emergencia que son parches y que solo afectan a los no ciudadanos. Esto está generando un malestar que puede estallar en cualquier momento.
—Algo escuché, pero es como siempre: dejan que la cuerda se estire y se estire.
—¿Cómo están tus padres y tus hijos, Kai?
—Muy bien, mis padres a sus ciento setenta años siguen buscando aventuras. Ahora están en una colonia aquí en la Luna, del lado oscuro; me dijeron que les encanta, hacen caminatas grupales y acampan. Son unos viejos locos. Y mis hijos están armando una empresa de robótica muy original: son robots acompañantes y asistentes que pueden interactuar con chicos, adolescentes y adultos motivándolos para su crecimiento personal en aquellas áreas que les interesan y más les gustan, detectando las aptitudes de cada uno.
—Qué interesante. ¿Ya los están comercializando?
—Aún no, están en una etapa de pulido de detalles y todavía no tienen al capitalista interesado. De hecho, esto no es una idea nueva, Japón ha desarrollado algo muy similar, pero mis hijos sostienen que pueden mejorar el valor de venta.
—¿Cómo está tu familia, Elion?
—¿Cuál de ellas: la primera, la segunda o la tercera? —respondió irónicamente Elion.
—Todas, hombre, cuéntame —dijo sonriente Kai.
—Bien, muy bien. Todos al frente de sus empresas. Quiero reunirlos a todos en mi cumpleaños; ciento diez solo se cumplen una vez en la vida. Están invitados tú y tu novia.
—Allí estaré, amigo.
—El que está en problemas es nuestro amigo común Jual.
—¿Qué le pasa?
—¿Recuerdas que tenía su empresa de drones?
—Sí, por supuesto.
—Bueno, había lanzado un nuevo producto que consistía en drones de carga y uno de ellos falló estallando en una empresa, lo que provocó un incendio devastador. La última vez que hablé con él estaba desbordado. Le pregunté si necesitaba ayuda y me respondió que solo podía solucionarlo con varios millones de Bitcoins 23.
—¿Pero no tenía seguro?
—No, administrativamente es un desastre, no tenía seguro. ¿Puedes creerlo?
—Él se busca los problemas, es increíble.
—Tengo que dejarte, Kai, tengo una reunión de emergencia.
—Suerte, nos hablamos.
EN ALGÚN LUGAR DE LA TIERRA
Los dos amigos quedaron en encontrarse donde siempre: un lugar de la ciudad muy descuidado, una pequeña plaza sombría entre altos edificios de departamentos grises con sus escaleras de emergencia oxidadas. El césped se observaba en mal estado, crecido, y un olor a humo se sentía en el aire.
—Hola, Elis.
—Hola, Rin, ¿cómo estás?
—Si te digo bien, te estaría mintiendo; tal vez lo correcto sería decir que aún vivo.
—Tú eres siempre melodramático, tienes que ver la vida desde otra perspectiva.
—¿Y qué perspectiva es esa?
—Disfrutar de tus seres queridos, por ejemplo.
—Mis hijos viven todo el día conectados a su mundo virtual. Su madre los debe zamarrear para que coman y beban algo. Raly es una buena mujer, pero hablamos poco y nada. Como conclusión, estoy harto de esta vida.
—¿No has probado ir al teatro, al cine o al parque a andar en patineta?
—Me he aburrido de todo eso, no encuentro una distracción para mí. Incluido eso que no me preguntas pero que imaginas. Me gustaba viajar en mi auto, pero desde que nos prohibieron circular fuera de nuestras ciudades me quitaron mi libertad, parte de mi vida. Quisiera ver nuevamente un amanecer en el mar, disfrutar de un campamento en las montañas o correr en el campo bajo el sol. Pero no, nosotros solo podemos subsistir, no podemos disfrutar de la vida. Debemos conformarnos con ese mundo virtual que es gratuito, pero no existe.
—Piensa, Elis, que a todos nosotros nos falta esa libertad que añoras, no es a ti solo. Mira, hace unos meses que me estoy reuniendo con un grupo de personas que pretendemos poder cambiar las cosas. ¿Quieres venir?
—No podrán cambiar nada, ya se intentó una vez y fue peor.
—Esta vez es distinto: en aquel momento se quiso hacer por la fuerza, hoy no; estamos convencidos de que podemos aportar algo más que tan solo ser indocumentados a los que se les da vivienda, alimentos y agua de mala calidad.
—Dime sinceramente, Rin, no tenemos estudios, jamás hemos trabajado, solo sabemos leer, escribir y manejar nuestros teléfonos. ¿Qué podemos brindar a una sociedad que nos ignora?
—Hay algo que podemos brindar.
—¿Qué cosa, amigo?
—Suplantar a los robots.
—Eso es imposible, son muy superiores y eficaces, es imposible reemplazarlos.
—Te daré un ejemplo simple, Rin.
—Cuál, sabelotodo.
—El deporte, ¿a ti te gusta?
—No, el gimnasio me ha saturado, se ha convertido en una película virtual sin atractivo; lo mismo ocurre con otros viejos deportes como el golf, el básquet o el tenis. Se juegan de forma individual dentro de las casas, frente a una pantalla.
—Exacto, Rin, cada vez se está menos en contacto con el sol, el viento o la lluvia. Nos estamos convirtiendo en seres encerrados en cajas, activando nuestros sentidos artificialmente.
—Estamos terminados, amigo. Tu grupo de amigos son soñadores, no podrán cambiar nada.
—Creemos que sí, Rin. Mira, hay un hombre mayor en nuestro grupo que se dedica a buscar viejos archivos binarios y los traduce. Nos ha mostrado un informe de un extinguido periódico de un país que tampoco existe ya, que se llamaba Argentina, en donde en el siglo veintiuno compitió en un torneo mundial de fútbol; lo curioso es que, a pesar de haber salido segundos, la pasión que esta gente demostraba para con sus jugadores era indescriptible. Realizaban fiestas en sus pueblos, saliendo a la calle a festejar con un entusiasmo que yo jamás he visto. Otro de los integrantes de nuestro grupo, que es un estudioso de las sociedades humanas, nos dijo que, en su opinión, este comportamiento de festejo y alegría se debía a que la gente, al ver a sus jugadores de carne y hueso, imaginaba que son ellos los que están jugando, y entonces sienten en carne propia los golpes, el esfuerzo, el cansancio y el estallido emocional cuando se convierte un gol.
—¿Qué se les ocurre hacer para cambiar nuestra situación? ¿Volver al pasado?
—Algo parecido, Rin. Mira, otro integrante de nuestro grupo es investigador de comportamientos y psiquis humanas, y tiene una teoría muy convincente: él dice que si pudiéramos practicar nuevamente los antiguos deportes del siglo veintiuno, como el básquet o el fútbol, pero compitiendo entre nosotros, frente a frente, no virtualmente, conseguiríamos entretenernos e incluso apasionarnos, es decir, disfrutar de algo superador. Se generaría un clima entre jugadores y espectadores que se retroalimentaría de entusiasmo.
—¿Entusiasmo? ¿Qué significa eso?
—El entusiasmo, estimado amigo, es una capacidad del ser humano que hemos perdido, pero que podemos recuperar. Mediante esa capacidad podemos sentirnos útiles, eficientes, capaces de ser dueños de nuestra propia vida. El entusiasmo está superpuesto con el amor y esta fórmula puede transformar a una sociedad desde sus cimientos. ¿Me entiendes?
—Creo que sí, pero ¿cómo lograrán llevar a la práctica su idea?
—Vamos a realizar un experimento. Estamos organizando un partido de ese viejo y olvidado deporte que se llamaba fútbol. Estamos trabajando en construir una cancha con tribunas para los espectadores —así se practicaba—, incluso la cancha tendrá césped natural. Todos estamos motivados por este proyecto. Esperamos ansiosos reunirnos para ajustar y solucionar todos los detalles.
—¿Cuándo se reúnen?
—El martes próximo.
—Iré a escuchar.
—Serás bienvenido, Rin, no te arrepentirás.
El proyecto de organizar un partido de fútbol del mismo modo y con las mismas características que dos siglos antes fue un disparador de entusiasmo para la comunidad. Se hicieron camisetas con los nombres de jugadores y números, incluidos los botines; todo demandó muchísimo esfuerzo, investigación y trabajo. La pelota fue lo más complicado: no se encontraron informes de cómo poder hacerla, entonces se decidió realizarla de un material sintético.
El investigador de viejos archivos binarios pudo traducir un reglamento del juego, pero no se pudo comprender correctamente, salvo que el único autorizado para tocar la pelota con la mano era el arquero y que un gol consistía en que un equipo metiera la pelota en el arco contrario.
Por fin llegó el día del experimento.
Cuando la pelota comenzó a rodar, un jugador robusto corrió para patearla y se llevó por delante a un defensor, el cual quedó tendido en el piso. Esto generó un clima poco propicio para continuar, pero el mismo jugador caído se levantó inmediatamente y quiso que el juego continuara. Como no había reglas ni técnica de juego, todos corrían detrás de la pelota en un desorden generalizado que resultaba muy gracioso, hasta que un chiquitín delgado pudo dominar el balón y despistar a los contrincantes. Cuando se acercó al arco, a pesar de que el arquero quiso detenerlo extendiendo sus brazos hacia arriba y abriendo sus piernas, con un leve movimiento de su pie el joven atacante pudo conseguir incrustar la pelota en la red.
—¡Gooool! —fue el grito al unísono de todos los simpatizantes.
Después, los ánimos se desataron en más gritos y vivas, y en cada corrida, en cada gambeta —tal vez rústica, pero gambeta al fin— los simpatizantes sobre las improvisadas tribunas de un lado o del otro estallaban de algarabía. El primer partido experimental, lejos de toda tecnología, llevado a cabo por personas de carne y hueso, fue un éxito absoluto. Los organizadores comprendieron que ese era el camino hacia el futuro para poder cambiar una vida chata, sin proyectos ni recompensas.
Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."






















