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jueves, agosto 13, 2026

EL RUMOR DEL MAR

"El universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna".

Jorge Luis Borges (1899 - 1986)


         Siempre me ha intrigado el universo; pero lo realmente impresionante son sus distancias abismales, las que podemos aproximarnos a imaginar cuando las establecemos en años luz. No obstante, lo que es imposible de afirmar es si el universo es infinito, si posee un límite o si, tal vez, forma parte de algo muchísimo más grande aún.

Tratemos de imaginar que el sistema de tres estrellas más próximo al Sol se llama Alfa Centauri y se encuentra a una distancia de nuestro sistema solar de 4,36 años luz. Pero si consideramos que el universo observable mide 93.000 millones de años luz —es decir, 93.000.000.000 de años luz—, llegamos a la conclusión de que con nuestra ciencia solo podremos formular hipótesis e imaginarlo. Lejos estamos de conocer acabadamente todas sus leyes y todo lo que contiene: materia, antimateria o vida.

Ahora, para tratar de ubicarnos en escala, un año luz es la distancia que recorre la luz en un año a una velocidad de 299.792,458 kilómetros por segundo. Para comprender este vértigo: la sonda solar más rápida alcanzó una velocidad cercana a los 700.000 km/h. Por esto estamos lejísimos de conseguir velocidades próximas a la de la luz, por lo cual recorrer el universo es, por ahora, una aspiración muy remota... salvo que existan seres más inteligentes que hayan logrado esas velocidades y estén interesados en ayudarnos.

Una de las formas de estudiar el universo es la radioastronomía, que consiste en captar las ondas de radio provenientes de los objetos y cuerpos estelares. El protagonista de esta historia era un estudiante de esta ciencia del cual no daré el nombre porque quiso mantenerlo en secreto; lo llamaré Mario L. Cumplía una guardia en el observatorio de Goldstone, ubicado en el desierto de Mojave, cerca de Barstow, en el estado estadounidense de California.

Debo hacer algunas aclaraciones para beneficio de este relato: en primer lugar, yo no soy experto en ninguna ciencia aeroespacial, y menos aún en radioastronomía. Lo que aquí contaré será con mis palabras, tratando de ser lo más explícito posible. Lo interesante y jugoso de esta historia es lo que me contó Mario L., pero solo existen dos opciones: creer esto o considerarlo un enorme embustero. Ustedes decidirán.

Mi primer contacto con Mario L. fue por correo gracias a un amigo en común de la universidad que me adelantó esta historia, la cual me interesó conocer. Nos encontramos una tarde en la cafetería de la ciudad universitaria. Cuando lo vi, mi primera impresión fue la de un joven estudiante de vestimenta informal, tez blanca, cabello negro bastante despeinado y zapatillas; pero cuando comenzó a hablar, su castellano no era el mejor e intercalaba algunas palabras en inglés. Lo primero que me dijo fue que había aceptado la reunión porque necesitaba que su experiencia quedara, al menos, registrada por escrito, aunque él no fuera nombrado. Le pregunté por qué quería mantenerse en el anonimato y me dijo que por la simple razón de que no lo tomaran por loco. Me contó, además, que después de ese episodio, en el 2008, lo echaron y que, por suerte, ahora tenía novia y trabajaba manteniendo los sistemas informáticos de la UBA.

—Comencemos —le dije.

Y esto me contó:

—Me encontraba en el quinto año de la carrera de radioastronomía cuando surgió la oportunidad de trabajar en el observatorio. El trabajo me resultaba superatractivo por mis conocimientos en computación y sistemas; el hecho de estar de guardia yo solo en esa sala, sentado en el control principal, me apasionaba. Tanto es así que mi horario era desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana, y el tiempo se me pasaba volando. Este tipo de trabajo implica estar siempre con auriculares observando varias pantallas que pueden captar el sonido de un alfiler cayendo al piso como si se cerrara una puerta con el viento. Lo que ocurre es que se escuchan cientos de sonidos, los cuales, de acuerdo a su frecuencia, únicamente podemos separar mediante complejos sistemas electrónicos que se observan en los monitores. Se podría decir, en pocas palabras, que estamos escuchando respirar a Dios.




Una noche, en el monitor de frecuencias próximas —que registra los sonidos cercanos, por lo general producto de tormentas eléctricas u otro tipo de eventos de nuestra atmósfera—, observé tres señales que jamás había visto en dos años de trabajo. Las tres eran idénticas, con un intervalo de treinta segundos; la primera a las 23:15 h. La verdad, no les di mayor importancia porque, le reitero, son eventos próximos que pueden ser incluso de aviones lejanos. Pero a las 23:30 h se repitieron, y también a las 23:45 h, a las 00:00 h y a las 00:15 h. En total fueron cinco claras señales que después desaparecieron. De acuerdo con nuestras normas, las señales de este tipo no es necesario informarlas, salvo que se mantengan en el tiempo, pero esto tampoco significaba algo trascendente.

Cuando el lunes regresé a mi puesto, intercambiamos un saludo con mi compañero, quien nada me dijo. Lo primero que hice fue ver en los registros si él había dejado alguna novedad; como no había nada, verifiqué en los archivos de ese fin de semana y no se había registrado nada similar.

Después me preparé un café caliente y me dispuse a trabajar. Este trabajo tiene la peculiaridad de no permitir hacer otra cosa que observar los monitores y escuchar.

—¿Con qué se puede comparar lo que se escucha? —le pregunté intrigado.

—Lo más parecido —me dijo aquel joven, que cuanto más me contaba, más creíble me resultaba— es el sonido del mar. Y la verdad le digo que nuestros océanos son comparables, en nuestra escala humana, a un verdadero universo.

Bueno, me encontraba distraído ajustando un monitor cuando detecté nuevamente los tres tonos, imposibles de no reconocer. Cuando miré la hora, eran exactamente las 22:15 h, y nuevamente se repitieron cuatro veces más con los mismos intervalos y en los mismos horarios. Después, nada: solo el mismo rumor del universo. 


No sé por qué motivo no di aviso de esto. Cuando me recosté en mi habitación ese día, comencé a pensar qué podría ser y se me ocurrió que tal vez era un desperfecto discontinuo, pero solo eran suposiciones. Nuevamente no le di mayor importancia y me quedé dormido.

El asombro surgió cuando el resto de los días, hasta el viernes, se repitieron del mismo modo y en el mismo horario. Ese último día antes del fin de semana revisé todos los archivos diurnos, y en ninguno encontré siquiera una sola serie de los tres golpes similares.

El lunes directamente le conté a mi compañero lo ocurrido durante toda la semana, pero él no tenía deseos de formular hipótesis ni teorías; únicamente me miró y me deseó buenas noches.

Esa semana, los mismos golpes se repitieron implacables, nítidos y precisos.

A esa altura creí que debía informarle a mis superiores, y así lo hice, dejando un informe por escrito. Al lunes siguiente, por toda respuesta, recibí un «Gracias, OK».

Evidentemente, imaginé que si mi superior, que trabajaba allí hacía diez años, no le daba importancia a esto, por qué debería dársela yo.

Ahora debo decirle algo que es fundamental en esta historia, que quizás haya sido el motivo principal de lo que le contaré. Mi difunto padre era un estudioso de idiomas antiguos; lo hacía solamente como entretenimiento, pues en realidad era empleado bancario. Cuando yo era chico, por las noches compartía algo de sus estudios porque tenía una biblioteca de libros muy antiguos, tanto que los manipulaba con guantes y los leía con una enorme lupa con luz. Esta actividad de mi padre me resultaba muy colorida y atractiva, y es así como me fue enseñando bastante del idioma sánscrito, que es una antiquísima lengua india que se remonta al año 1500 antes de Cristo.

—¿Pero qué tiene que ver el idioma sánscrito con el sonido del universo? —le pregunté.

—Nada, no tiene nada que ver, pero sí tiene que ver con esto que le contaré. Las cuatro semanas siguientes escuché exactamente lo mismo. La verdad es que deseaba que estos desconocidos sonidos no me perturbaran, pero me era imposible no reconocerlos. Ese último jueves tuve la necesidad de salir al aire libre exactamente a las 23:15 h. Cuando salí, el cielo era impactante y, de pronto, a unos 45 grados sobre el horizonte, tres luces muy fuertes y equidistantes, formando un triángulo equilátero, se encendían acompasadamente.

Mario L. se quedó mirándome sin decir palabra. Le pregunté qué había ocurrido después, y me dijo:

—Esto que le digo se lo he dicho solo a tres personas superiores a mí en el observatorio, y las tres no me permitieron continuar: redactaron un informe en el que decían que yo no estaba capacitado para el trabajo que realizaba y me despidieron. Pero usted aún me sigue atendiendo, y eso me brinda una gran tranquilidad, porque a veces pienso que estoy loco.

Todo transcurrió el viernes. A las 22:15 h, cuando salí, el cielo estaba despejado. Miré en la misma orientación y no vi nada; pero cuando levanté la cabeza, estaban sobre mí. Diría que a muy baja altura, pero esto no lo puedo afirmar. Lo que sentí es algo que nunca me había sucedido desde la muerte de mi padre: lo vi nítidamente en su escritorio, con sus libros, y me miraba.

El rostro de Mario L., cuando me contaba esto, daba la sensación de transformarse en el de un hombre muy mayor; no sé explicarlo: su voz, sus ojos, la posición de sus manos... Le pregunté si se sentía bien y me dijo que sí, solo que recordar esto le provocaba un extraño cansancio. Pero necesitaba contarlo porque, a esa altura, le resultaba una carga muy pesada. Así continuó:

—Esto es lo que me dijo alguien con la misma voz de mi padre:

Mario, qué bueno verte bien. Yo estoy bien, no te preocupes; tampoco trates de responderme, solo escucha esto con tu mente y transmítelo cuando puedas a alguien confiable. En este momento yo solamente soy un intermediario entre alguien superior y tú; mi hobby del idioma sánscrito fue la causa de que nos eligieran.

Solo contamos con esta noche, por lo cual trataré de ser muy preciso. Ayudan mucho tus estudios para que todo te quede claro.

Ese alguien superior pertenece a una civilización desarrollada con la misma estructura mental que los humanos, pero más evolucionada. Debes entender que en el universo existen miles de civilizaciones. Si imaginamos una escala de valores y las recorremos del puesto décimo negativo al puesto décimo positivo, los humanos pertenecemos al tercer puesto negativo, y los que nos contactan, al segundo positivo.

Así como los científicos humanos quieren investigar y saber más, todas las civilizaciones del universo pretenden lo mismo. Por esto, muchas veces en la historia de la humanidad estos seres superiores se han contactado con pueblos como los egipcios o los griegos, y también con individuos: Mahoma, Isaac Newton, Jesucristo, Buda, Pablo de Tarso, Confucio, Cristóbal Colón, Albert Einstein, Louis Pasteur, Galileo Galilei, Napoleón, Henry Ford y muchos otros. Esto permitió que la humanidad avanzara; pero la insistencia de seres menores en querer solo conseguir poder y desatar guerras ha hecho que por mucho tiempo se perdiera el interés en los humanos.

Con su ciencia actual, los humanos difícilmente puedan salir de su sistema solar; tal vez llegarán a colonizarlo, pero no mucho más. De la única manera que podrán salir de la Vía Láctea será enviando al espacio embriones humanos en cápsulas autodirigidas, pero deberán resolver cómo proteger a estos seres durante los primeros años de su vida y brindarles un aprendizaje que les permita saber de sus antepasados, o dejarlos librados a su total ignorancia... Es decir, es únicamente una apuesta sin saber jamás los resultados.

El planeta Tierra se agotará por la declinación del Sol. Falta muchísimo, pero será así. Lamentablemente, su forma de ser quizás los lleve antes a su propia extinción.

Como último consejo saludable, te puedo decir que ustedes cuentan con algo que les es propio y no sabemos de otras civilizaciones que disfruten de ese bien: ese tesoro es su arte (música, literatura, escultura, pintura, teatro, cine y las formas que inventarán). Eso, aunque no lo sepan, los hace superiores en un sentido muy importante: poseen pasión. Ustedes saben odiar, pero también saben amar. Esas dos pasiones contrapuestas les permiten enfrentar situaciones extremas en sus vidas y, aunque ustedes no lo crean, nosotros no logramos entender sus mentes. Para nosotros no existen las pasiones, solamente el razonamiento puro; quizás por eso nuestra existencia es muy larga, pero a la vez monótona, tanto que muchos de nosotros preferimos auto extinguirnos.

Ya no queda tiempo; esto es todo lo que te podemos decir por intermedio de tu padre, el cual está orgulloso de ti. Por último, Mario, queremos brindarte un obsequio que recibirás mañana cuando termines tu trabajo».

Después de sentir, no de escuchar, todo esto, quedé en un estado especial que no puedo describir, y nunca más desde ese día volví a sentir algo parecido. Eso es todo lo que tengo para decirle.

Cuando Mario L. terminó esta historia, su rostro se iluminó y nuevamente era ese joven alegre y cordial del principio de la reunión. Un silencio entre ambos se prolongó unos instantes, y después le pregunté qué le gustaría que hiciera con su historia. Solo me pidió que la dejara escrita.

Antes de despedirnos, le pregunté a Mario L. por el obsequio, y respondió:

—Esa madrugada de sábado, cuando me estaba retirando a descansar agotado y con mi mente llena de preguntas, llegaba a la base un contingente de estudiantes universitarios. Allí me presentaron a la coordinadora. Cuando nuestras miradas se cruzaron, comprendí que ese era, sin lugar a dudas, el obsequio. Hoy esa mujer es mi novia y esposa. Durante nuestras vacaciones siempre nos damos cita con el mar: nos quedamos sentados en silencio frente a él durante horas y solamente escuchamos su rumor.



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LA CIMA

 “Nunca se es demasiado viejo para fijarse otra meta o para soñar un nuevo sueño." 

C.S. Lewis (1898 - 1963)


         La primavera es una época del año en la que se desea estar al aire libre. Esa sensación experimentó Gabriel esa mañana al abrir la ventana de su cocina mientras disfrutaba de su café, justo cuando una brisa le acariciaba la cara recordándole su juventud. A sus setenta y cinco años, muchas cosas ya no quería realizar; recordaba bien todavía las que había hecho y sabía todas las que no quiso o no pudo hacer.

Frente a él estaba el inmutable cerro al cual había subido cien veces, pero que ahora su rodilla le impedía conquistar. «Vivir solo es un poco triste», pensaba, «porque no se puede compartir la vida». Su perro le ayudaba en algo, pero solo era un perro… bueno, aunque Sultán no era cualquier perro: era un Beagle muy inteligente y un fiel compañero en las largas noches invernales, cuando Gabriel disfrutaba de sus libros, su coñac, su música y el fuego del hogar.

—¿Tienes hambre? Bueno, aquí tienes tu comida… ¿Tienes sed? Muy bien, toma tu agua.

Mientras Gabriel le decía esto, colmaba de alimento y agua los cacharros de su perro, en tanto este lo miraba y movía la cola.

—Estoy pensando, Sultán, en realizar una última trepada al cerro… Sí, ya sé, ¿qué hacer con mi rodilla? ¿Qué pasaría si la dejo de lado como si no me doliera? Sabes, debería probar usar muletas: con ellas no apoyaría mi pierna izquierda y entonces no me dolería. Ya sé que subir un cerro con muletas suena a un disparate, pero, sabes una cosa… a mi edad tengo deseos de hacer alguna locura.




Gabriel le decía esto a su perro mientras tomaba su café y miraba hacia el cerro, en tanto el sol comenzaba a iluminar su falda tapizada de aromos y palos azules.

—¡Vamos al pueblo a comprar muletas, Sultán!

Después de estacionar su camioneta frente a la ferretería, a cuyo propietario conocía desde joven, entró al local con su perro y le dijo al ferretero —un hombre de baja estatura, calvo, algo excedido de peso y a quien toda la vida vio vestido con el mismo mameluco color azul—:

—Disculpe, buen hombre, ¿no sabría decirme dónde puedo encontrar una ferretería en este pueblo de mala muerte?




—Se nota que un viejo huraño se levantó hoy de buen humor —le respondió aquel señor detrás del mostrador, que estaba repleto de herramientas—. Pobre Sultán, qué castigo le tocó vivir con un amo así.

—Roque, necesito comprar un par de muletas. ¿Dónde puedo conseguirlas? ¿Tienes idea?

—Yo iría a una ortopedia, pero en este pueblo de mala muerte no vas a encontrar —le dijo el ferretero a Gabriel, desquitándose de la broma anterior mientras corría una regadera para verle la cara a su amigo.

—No tengo todo el día para perder el poco tiempo que me queda de vida. ¿Sabes o no?

—Lo mismo decía mi tía, y vivió hasta los ciento dos años —le respondió el ferretero—. ¿Para qué necesitas muletas si con el bastón te manejas bien?

—Quiero trepar el cerro y necesito muletas para que no me duela la rodilla —le dijo en forma contundente Gabriel a Roque, quien al escuchar tal cosa le respondió:

—Evidentemente compruebo que te has vuelto loco. Avísame cuándo vas a realizar la trepada, así coordino con los rescatistas para que vayan a buscar tu cuerpo. Trata de que no sea un fin de semana, porque es cuando descansan los muchachos. ¿Dónde te parece bien que te enterremos?

—Por lo único que lamentaría morirme es por no poder llegar a verte con un traje al menos una vez en mi vida, aunque fuera en mi velorio —le dijo Gabriel a su amigo dirigiéndose a la puerta.

Después de irse de la ferretería, Gabriel se dirigió al «local de antigüedades» (eso decía el imponente cartel sobre la entrada; en realidad, todo el pueblo lo llamaba «el negocio de cosas viejas»). El local era atendido por su dueño, que era más viejo que las cosas que allí exponía: le decían Don Pedro.

—Estimadísimo Don Pedro, necesito algo que usted seguro debe tener —le dijo Gabriel al entrar a un señor encorvado de pelo blanco.

—¿Qué necesitas, hijo? —dijo el anciano.

—Necesito muletas.

—Dame unos minutos, que voy a ver al depósito —le dijo el amable hombre.

Mientras esperaba, Gabriel podía escuchar cómo en la otra habitación se corrían cosas pesadas y una nube de polvo salía por la puerta. Al cabo de un rato salió Don Pedro sacudiendo sus ropas con un par de muletas: una aparentemente sana y otra quebrada al medio.

—Solo te puedo ofrecer estas, Gabriel.




Después de cerrar el trato comercial, Gabriel se dirigió de regreso a su casa con su perro y las muletas.

Al día siguiente acondicionó en su taller las muletas a su estatura, que era muy superior a la del anterior dueño. Desde el punto de vista formal eran desastrosamente feas, pero podrían llegar a cumplir honorablemente su objetivo. Esa misma tarde, una vez terminadas, probó su funcionamiento. Al principio le resultaban muy incómodas y sentía cierto desequilibrio, pero poco a poco fue adquiriendo destreza, y su desplazamiento en terreno plano era bastante rápido sin que el dolor en su rodilla fuera un impedimento.

Esa noche Gabriel se fue a dormir pensando en una estrategia para poder llegar al objetivo que se había propuesto. Su contextura física aún era buena; recordaba que su última trepada la realizó cuando tenía cincuenta años y tardó diez horas en subir a la cima con buen tiempo. Pero ahora, subir con muletas esas pendientes en donde en algunos tramos había piedras sueltas era otra cosa. Era cierto que conocía aquellos senderos como la palma de su mano; no obstante, era consciente del peso de los años y del mal estado de su rodilla. La parte más complicada eran los últimos cincuenta metros, en los cuales se tenía que ayudar con sus manos y brazos; hacerlo con muletas era imposible y la única forma era soportando el dolor, no existía otra posibilidad. Pero eso lo resolvería en su momento.

Al día siguiente, cuando el sol despuntó, Gabriel ya había desayunado, tenía colocada su mochila y ató a Sultán mediante una correa a su cinturón.

—Es ahora o nunca, Sultán. ¡Vamos!

Después de decirle esto a su perro, comenzó con su proyecto de trepar el cerro.

El primer tramo de la subida era una pendiente suave que disfrutaba a pesar de que su marcha era muy lenta. Al no apoyar la pierna izquierda sobre el piso, la rodilla no le molestaba; pero el peso de su cuerpo a cada paso era soportado por sus brazos, y esto se transformó con el correr de las horas en una carga difícil de llevar. En dos horas recorrió lo que anteriormente realizaba en media, lo cual le indicaba que en un solo día no podría realizar la travesía. Como no tenía un equipo preparado para pasar la noche, decidió regresar para prepararse mejor.

—Regresemos, compañero. La próxima vez vendremos mejor preparados: necesitamos una carpa, farol, más agua y comida. Esto fue solo un intento de práctica —le decía Gabriel a su perro mientras emprendía el regreso.

Después de otra incursión de compras en el pueblo, Gabriel se equipó para intentar de nuevo la trepada. Esta vez la mochila pesaba bastante más, pero sabía que para alcanzar la cima debía pasar una noche en la montaña. Todo estaba preparado; salió al amanecer con Sultán, que parecía disfrutar muchísimo del viaje.




Para el mediodía, el trayecto recorrido le resultaba satisfactorio a Gabriel. Se sentía cansado pero entusiasta; después de comer unas frutas y darle unos granos a su perro, se recostó sobre una gran piedra bajo la sombra de un árbol. Allí se quedó dormido sintiendo una brisa reparadora. Al despertar se sintió algo dolorido, pero a poco de comenzar a caminar se le pasó.

Ahora el terreno era más empinado; en un descuido pisó una piedra floja y por poco se dobla el pie. Se sintió orgulloso cuando llegó al montículo de piedras, el cual era un mojón que indicaba el camino correcto para los jóvenes senderistas. Desde que era un niño, esas piedras llenas de musgo siempre habían estado allí; aprovechó para sacarse una selfie junto a su perro y el mojón de rocas.

Cuando el sol comenzaba a bajar, Gabriel decidió buscar un lugar para pasar la noche. En un sector del terreno bastante plano, sin malezas y protegido por tres grandes rocas, armó la pequeña carpa estructural, recolectó ramas secas y esperó a que anocheciera para encender una fogata. De cena calentó un guiso que trajo desde su casa y lo compartió con su fiel compañero.

—Aquí estamos, Sultán. Si todo sigue bien, mañana estaremos acampando en la cima. Debo confesarte, querido amigo, que te ha tocado en suerte un amo muy loco.

Mientras Gabriel le decía esto, el fuego le iluminaba los ojos a su perro, que se había acomodado junto a su pierna dejándose acariciar con gusto.

Cuando el fuego se consumió, lo terminó de apagar con agua y después se metieron en la carpa.

Al día siguiente, Gabriel se despertó sintiendo el hocico de su compañero en su oreja: era hora de abrir el cierre de la carpa para dejarlo salir. La mañana estaba fresca y una brisa persistente soplaba del sur. Después de encender fuego, calentó café y lo acompañó con unas galletas dulces que compartió con su perro.

Tras acomodar y guardar todo en la mochila, continuó con su viaje. «Un paso a la vez», se decía, «un paso a la vez».

Al cabo de una hora esperaba ver un estrecho entre dos rocas muy grandes por el cual siempre había pasado, pero en lugar de eso solo había una pendiente bastante pronunciada de ripio cuya superficie no le brindaba mucha confianza. Había llegado a la mitad de la misma cuando su pie derecho resbaló y se dio cuenta de que perdía el equilibrio. Atinó a liberar la correa de Sultán cuando comenzó a rodar cuesta abajo sin control. Sentía fuertes golpes en la cabeza y en las piernas hasta que todo su cuerpo impactó muy fuerte contra un árbol; allí perdió el conocimiento.




Cuando despertó, su perro le estaba lamiendo la cara. Antes de moverse, recorrió con la mente todo su cuerpo: sentía un fuerte dolor en la cintura. Después empezó a mover lentamente sus extremidades para corroborar si había quebraduras; aparentemente no, pero con la mano se tocó la frente, de la cual brotaba sangre. Lentamente se sentó recostando la espalda en el árbol y acarició a Sultán, que movía la cola. Al ver cómo había quedado esparcido todo su equipo, comprobó que había rodado unos cincuenta metros. El brazo derecho le dolía bastante y tenía la camisa desgarrada en el hombro.

Con su mente algo más clara, empezó a evaluar alternativas. A pocos metros podía ver su teléfono destrozado, lo que le impediría pedir auxilio. Cuando pudo sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón, presionó la lastimadura de la frente y logró parar la hemorragia. Por la ubicación del sol se dio cuenta de que estuvo desmayado casi tres horas. La única posibilidad de salir de esa situación era hacerlo por sus propios medios. Por fin decidió incorporarse y, al ponerse de pie, se sintió reconfortado porque, a pesar de los golpes recibidos, podía caminar. De rodillas y apoyando las manos en el piso fue juntando cada una de las cosas hasta que pudo rearmar el campamento con mucho esfuerzo. Sus muletas habían desaparecido. Logró levantar la carpa en una pequeña superficie plana, pero no tenía más fuerzas para juntar leña. Se había levantado un viento frío, por lo que se metió en la carpa y solo comió un chocolate, siempre acompañado de su inseparable y fiel amigo.

Después de passr la noche, al despertar, le dolía todo el cuerpo, pero la cintura mucho más. Lentamente pudo abrir el cierre de la carpa para dejar salir a Sultán. Al abrirla, vio un día hermoso con un sol brillante. Se puso de rodillas y, apoyando las manos en el suelo, salió. El sol empezó a calentar su cuerpo y esto lo reconfortó. Necesitaba tomar algo caliente, pero sin leña a mano era imposible; se conformó con tomar agua de su cantimplora. En su mente empezó a formarse la idea de regresar. «Mi proyecto fue la locura de un viejo», se dijo; sintió la necesidad de estar en la comodidad de su casa.

En el momento en que pensaba estas cosas, junto a su perro apareció una chica con un vestido floreado y alpargatas blancas; su pelo era negro como sus ojos, llevaba dos trenzas cortas y tenía la tez morena. Con una amplia sonrisa que permitía ver su blanca dentadura, le dijo:




—Hola, Gabriel. Hace mucho que te espero; por fin decidiste venir, me alegra mucho.

Gabriel, sorprendido, respondió:

—¿De dónde me conoces, niña?

—Te conozco desde siempre, desde cuando eras joven. Yo siempre estuve aquí, pero tú estabas entretenido en otras cosas y no me tenías en cuenta.

Gabriel no entendía tal afirmación, pero la chica estaba allí presente. Su perro la miraba sin ladrar.

—¿Quieres aún llegar a la cima o prefieres regresar? —le dijo la niña.

—No sé si puedo regresar —contestó Gabriel desanimado.

—Todos podemos intentar lo que se nos ocurra; lograrlo o no depende de otras cosas —dijo la niña tendiéndole la mano.

Cuando Gabriel le tomó la mano a la niña y se incorporó, sucedió algo inesperado: al apoyar la pierna izquierda en el piso ya no le dolía, tampoco la espalda ni el hombro.

—¿Quién eres, señorita? —le preguntó Gabriel.

—Digamos que soy tu ángel guardián. No necesitas saber más; solo dime qué quieres hacer.

—En este momento me siento fortalecido, tengo deseos de seguir, no siento dolor alguno —dijo Gabriel levantando la pierna y moviendo el brazo que antes le dolía.

—Pues entonces vamos, no hay tiempo que perder si quieres llegar a la cima antes de la noche —le dijo la niña sin soltarle la mano y mirando hacia el camino.

El resto del trayecto fue placentero. Gabriel no sentía cansancio y podía sortear todos los obstáculos complejos sin inconvenientes. La niña no le hablaba, solo lo guiaba; Sultán caminaba junto a Gabriel moviendo la cola y, de tanto en tanto, daba un ladrido de algarabía.

Por fin se detuvieron frente a la última etapa: era necesario subir por un muro de piedra casi vertical de unos seis metros de alto, que era el único acceso posible.

—Ahora depende de ti, Gabriel —le dijo la chica desconocida.

Gabriel puso a Sultán dentro de la mochila, se la colocó en la espalda y comenzó a trepar. Era necesario aferrarse con las manos a los huecos e ir apoyando los pies con precisión en las piedras salientes sin perder el equilibrio. En un momento de la subida no podía encontrar un hueco o saliente para agarrarse con la mano derecha, hasta que por fin, estirándose todo lo posible, encontró una pequeña rama o raíz. Trató de tirarla para comprobar que fuera segura y, como estaba bien firme, de allí se tomó y pudo continuar.

Por fin llegó el premio mayor. Con un cansancio enorme logró llegar a la pequeña plataforma que tenía una gran piedra triangular. Allí se sentó con la espalda recostada en ella y contempló un espectacular atardecer. Cuando quiso avisarle a aquella niña que por fin estaba en la cima y agradecerle, esta ya no estaba. Allí se quedó Gabriel contemplando la caída del sol más espectacular de toda su vida, mientras acariciaba a su perro hasta que se quedó dormido.




Dos senderistas encontraron a Gabriel y a su perro en la cima del cerro a la mañana siguiente. Él estaba en muy mal estado, con la frente ensangrentada y la ropa destrozada. Le dieron agua y llamaron a los rescatistas. Los avezados jóvenes pudieron bajar a Gabriel, que estaba inconsciente y atado a una camilla, en no más de cuatro horas. Abajo lo esperaba una ambulancia que lo llevó al hospital.

—¿Me escuchas, Gabriel? ¿Me escuchas?

Gabriel, desde la cama del hospital y conectado a una bolsa de suero y a otros aparatos, pudo abrir el ojo que aún tenía sano y ver la cara redonda de Roque, el ferretero.

—Dime una cosa, Roque: ¿estoy vivo?

—Sí, viejo loco, estás vivo —le respondió su amigo aliviado.

—Me parecía, porque estás con el mameluco de siempre —le dijo Gabriel a su amigo con un hilo de voz—. ¿Cómo está Sultán?

—Mejor que tú, está en mi casa. Dime una cosa, Gabriel: siempre supe que estás chiflado, pero esto que hiciste es imperdonable. Podrías haber muerto; si no pasaban esos dos muchachos que te vieron, hoy no estabas contando el cuento… No obstante, lo que nadie puede entender es cómo pudiste hacer para llegar a la cima. Nadie lo comprende: con muletas y a tu edad, es imposible.

Gabriel, tomando la mano de su amigo, le dijo en voz baja:

—Acércate.

Cuando su amigo se aproximó, Gabriel le dijo:

—Si te cuento cómo logré llegar, no me lo vas a creer. Ni tú, ni nadie.



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miércoles, agosto 12, 2026

UNA MAESTRA RURAL

 


La educación es una obra de paciencia y de abnegación, de satisfacción interior y no de triunfos ruidosos.

Juana Manso (1819-1875)

1

         Dos horas de caminata le llevaba a Gloria llegar a su escuela. Su escuela, porque a pesar de ser propiedad de la provincia el edificio y todo lo que contenía, ese lugar le pertenecía; ella, la única maestra, lo cuidaba como si fuera su propia casa.




El zonda, el calor o el frío intenso templaron el carácter de una mujer ruda, con un único objetivo, similar al del náufrago que arroja una botella al mar con la esperanza de que alguien la encuentre. Para ella, ese mensaje consistía en lograr cinco futuros posibles para enfrentar un mundo hostil: Marita, la más chica; Rosalía, inteligente pero tímida; Florencio, delgado y bueno; Aníbal, una luz en matemáticas; y José, el más grande del grupo, fortachón y corajudo. Él solo enfrentó ese día al puma, seguramente tan hambriento como él.

Esa mañana el sol brillaba iluminando los cerros. Los cinco alumnos estaban parados frente al mástil y cantando como todos los días a las ocho en punto Aurora, mientras Juanita, la más pequeña del grupo, izaba la bandera con su delantal blanco, sus zapatillas rotas y sus dos trenzas negras como el carbón.

«Alta en el cielo un águila guerrera

audaz se eleva en vuelo triunfal,

azul un ala del color del cielo,

azul un ala del color del mar.

Así en el alta aurora irradial,

punta de flecha el áureo rostro imita

y forma estela al purpurado cuello.

El ala es paño, el águila es bandera,

es la bandera de la patria mía,

del sol nacida, que me ha dado Dios». 

Cuando sus voces fuertes y claras entonaban la canción patria, y seguramente sus corazones y sus mentes, en ese inhóspito lugar, junto a su maestra, sentían el amor sincero por su bandera, el suelo comenzó a temblar. El terror se apoderó del grupo, que corrió para protegerse en el lugar más seguro y confiable del mundo: junto a su maestra.

—¡No teman, chicos! ¡Ya va a pasar! ¡No tengan miedo, Dios nos protege! ¡Dios nos protege!

Fueron los tres minutos más largos de la vida de cada uno de ellos, excepto para José, que sabía de estas sacudidas. Cuando terminó, todos estaban abrazados en el patio; el mástil dejó de moverse. Pero, inmediatamente después, un estampido los asustó nuevamente: era la escuela que se desplomaba en cien pedazos frente a sus ojos atónitos, arrastrando los palos del techo y dejando una polvareda que cubrió sus cabezas con tierra.

—¡Viene otro! —gritó José.

Este temblor duró menos, pero dejó un surco que partió el patio de tierra en dos. Con el pasar de los minutos, regresó la calma. A Gloria aún le palpitaba el corazón con fuerza y dos lágrimas corrían por sus mejillas, pero debía mostrar fortaleza, sacarla de donde fuera.




—Ya pasó, chicos, ya pasó —tranquilizaba Gloria a sus alumnos, pero en su fuero íntimo sabía que, si hubiera ocurrido unos minutos después, habría sido una desgracia. Miró a los ojos a José mientras acariciaba la cabeza de Marita y abrazaba a Rosalía, que todavía temblaba de miedo. José le hizo una seña y ambos, sin hablar, quedaron de acuerdo en no decir nada más.

—¿Qué vamos a hacer, señorita Gloria, ahora que no tenemos escuela? —preguntó Florencio mirando la montaña de escombros.

—Por hoy, nada; pero mañana seguiremos adelante con lo que tenemos —respondió ella, resuelta.

—¿Qué tenemos? —preguntó Aníbal.

—En primer lugar, nos tenemos a nosotros; y después, toda nuestra escuela está allí, solo necesitamos volver a colocar los ladrillos en su lugar. —Gloria decía esto sabiendo que no les quedaba nada, mientras en su cabeza se agolpaban las ideas para imaginar por dónde empezar—. Bueno, chicos, mañana hay mucho por hacer. Vayan a sus casas y díganle a sus padres que habrá una reunión por la mañana, aquí en la escuela.

Cuando los chicos se fueron, Gloria se acercó a ver lo que quedaba de su escuela. Después de retirar unos palos y ladrillos, rescató el cartel que aún estaba sano, en el que se leía: «Escuela N.º 5».

2

Al día siguiente, Gloria llegó agotada cargando un bulto sobre su espalda; después de dejarlo sobre el piso, respiró profundamente. Al cabo de unos minutos llegaron sus alumnos junto a sus padres, quienes uno a uno la saludaron respetuosamente. Cuando todos estuvieron reunidos en el patio, Gloria, viendo a ese grupo de familias —con sus manos rústicas por las tareas del campo, sus rostros sombríos, sus ropas viejas—, entendió que su función, su trabajo y su empeño no solo eran necesarios, sino indispensables.

—Alumnos, papás, como pueden ver, la escuela está destruida. No obstante, las clases deben continuar; por eso, pido su ayuda para reconstruirla. Hoy mismo por la tarde iré a la gobernación para conseguir recursos, y mañana no habrá clases. Pero regresaré el miércoles y, si me ayudan, podemos empezar.

Cuando Gloria terminó de decir esto, el papá de José pidió permiso para hablar:

—Maestra, hoy mismo podemos empezar a trabajar. No necesitamos que usted, que tanto hace por nosotros, esté aquí. Usted consiga el dinero, nosotros pondremos nuestros brazos.

Todos asintieron. Ese mismo día empezó la reconstrucción de la escuela. El primer trabajo fue colocar el cartel de la escuela junto al pizarrón clavados en un algarrobo; después, Gloria extendió la lona que trajo sobre el piso.

—Bien, alumnos, tenemos mucho trabajo por delante, pero primero debemos izar nuestra bandera.

Todos los chicos se alinearon frente al mástil. Marita comenzó a izarla lentamente mientras todos cantaban la canción Aurora. Ese día, Gloria dio clases bajo el árbol con los chicos sentados sobre la lona, mientras sus padres trabajaban en la reconstrucción: los ladrillos por un lado, los palos del techo por otro y todo elemento que estuviera sano o se pudiera arreglar se juntaba en un sector del patio.

Al terminar la jornada, Gloria preguntó al grupo de padres qué necesitaban para levantar las paredes y rehacer el techo. Cuando terminó la lista, se dio cuenta de que la cantidad de materiales era enorme e imaginó el dinero que se precisaba: tirantes de madera, chapas, cemento, cal, clavos... Y la lista seguía. Sin la ayuda de la gobernación sería imposible.

Esa misma tarde, Gloria tomó el colectivo para la capital. A primera hora de la mañana se dirigió a la Dirección de Infraestructura Escolar; solicitó hablar con el director, pero, después de esperar dos horas, le dijeron que ese día no vendría y que la atendería el secretario.

Cuando la recibió, el secretario resultó ser un hombre alto, con un impecable traje gris, camisa blanca y corbata. Gloria se presentó y le dio todos los detalles de lo ocurrido, agregando la urgencia del caso porque sus alumnos no podían perder días de clase.

—Entonces, usted es la señorita Gloria García, de la Escuela Número Cinco —le reiteró este señor mientras escribía en un cuaderno.

—Así es, señor.

—Bien, y me dice usted que allí concurren cinco alumnos, ¿verdad?

—Así es, señor.

—Bien, bien —le dijo el secretario con cara de funcionario importante—. Lamentablemente, señorita García, por el momento no contamos con los recursos suficientes, por lo cual derivaremos a estos alumnos a la Escuela Número Diez y la tendremos informada para indicarle en qué lugar tomará servicio.

—Pero eso, señor secretario, es imposible —le respondió Gloria, preocupada—. Mis alumnos no pueden ir a esa escuela, porque queda del otro lado del río y es peligroso cuando llueve y crece de improviso, sumado a que tendrían una hora más de caminata.

—Lamento ese inconveniente, pero usted no puede pretender que por cinco alumnos debamos desatender otras cosas —le decía el secretario, cerrando su cuaderno en señal de que la reunión había terminado.

—¿Pero entonces, señor, vamos a dejar a estos chicos librados a su suerte? Creo que como Estado tenemos una responsabilidad, ¿no cree usted?

—Lo que usted o yo creamos no cambia nada. ¡No hay recursos, señorita García!, y eso es todo lo que le puedo decir.

—¿Qué ocurriría si la escuela la arreglan los padres? —preguntó Gloria, indignada.

—Bueno, en ese caso, todo seguiría como antes, y tal vez pueda conseguir que se coloque una placa conmemorativa agradeciendo la colaboración —dijo el funcionario con cinismo.




—Le diré algo, señor secretario; espero que lo anote en su libreta y se lo transmita al gobernador —le dijo en tono enérgico Gloria—. ¡Ni usted ni el gobernador sirven para una mierda! ¿Me entendió? ¡No sé si fui lo suficientemente clara! Mis saludos al gobernador.

Gloria se fue de allí furiosa, pegando un portazo. En el trayecto de regreso, más calmada, pensaba cómo explicar a los padres y a sus alumnos que la escuela no funcionaría más, y lo que más le dolía: que los chicos ya no quedarían a su cargo.

3

Cuando al día siguiente Gloria explicó a los niños y a sus padres la mala noticia, en un primer momento todos se quedaron callados, entendiendo la impotencia de ser pobres, de no tener recursos y de ser ignorados sin importar sus destinos.

—¿Qué pasa, maestra, si levantamos la escuela nosotros? —dijo el padre de José.

—Sin dinero, ¿cómo lo haríamos? Mi sueldo es muy poco para comprar todo —expresó Gloria con tristeza.

—Yo creo que tanto no haría falta, siempre que realicemos algunos cambios.

—¿A qué cambios se refiere, señor?

El padre de José, con su voz pausada y el característico acento de los hombres de campo, comenzó su explicación:

—Bueno, en primer lugar deberá ser más chica: tendremos que disminuir el largo de la sala; después, las paredes de ladrillo las levantaremos con adobe; las chapas para el techo las enderezamos, no quedarán como nuevas, pero no pasará el agua. En cuanto a la puerta y las ventanas, el padre de Florencio es carpintero…

—Así es, maestra —se apresuró a decir un señor morocho, quitándose su sombrero de ala ancha—. Yo me comprometo a reparar las ventanas, la puerta y los pupitres.

—Y nosotras, señorita —expresó la madre de Marita—, las mujeres, no nos quedaremos de brazos cruzados: haremos la comida y también podemos preparar el adobe para pegar los ladrillos.

—¿Cómo puedo ayudar? —dijo Gloria, emocionada y con lágrimas en los ojos.

—Usted, maestra —le respondió la mamá de Rosalía—, tiene que hacer lo que sabe: enseñar a nuestros hijos, porque ellos son nuestro futuro, nuestro sueño. Jamás deje de darles clase, maestra. Nosotros confiamos en usted y sabemos que ellos no nos defraudarán, son de buena madera.

Gloria, conmovida, fue y abrazó a la señora y le dijo:

—Estos chicos, querida señora, serán, no tenga dudas, grandes mujeres y hombres, se lo prometo.

A la mañana siguiente, cuando Gloria llegó a la escuela, la escena era conmovedora: una fogata encendida junto a una mesa improvisada se había preparado para compartir el desayuno de tortilla norteña y mate cocido. El sol recién despuntaba sobre las sierras, evaporando la humedad de la noche.

—¡A trabajar! —dijo alguien.

Todos comenzaron con sus tareas. Después de despejar el piso del salón, que no había sufrido daños, se comenzaron a distribuir los ladrillos para levantar las paredes. En una plataforma de madera con dos palos se arrastraba el adobe preparado por algunas mujeres. Con un cordel se había replanteado el salón y los padres de José y Marita empezaron a colocar las primeras hiladas de ladrillos.

El padre de Aníbal, que era el carpintero, comenzó a reparar las ventanas porque se colocarían primero, y agrupó los pupitres a la espera de ser arreglados. Dos hombres, a golpes, enderezaban las chapas retorcidas, mientras otro ordenaba los tirantes sanos.

Alrededor de las diez de la mañana, dos señoras comenzaron a preparar un guiso para el mediodía.



Los chicos, entre el sonido de los golpes y los gritos de sus padres, parecían entusiasmados en prestar atención a lo que escribía Gloria en el pizarrón. Ella lloraba, loca de contenta: lo que estaba ocurriendo allí, entre las sierras y caminos polvorientos y desolados, era un milagro.

—¿Por qué llora, señorita? —le preguntó Marita con cara de preocupación—. ¿Tiene miedo de que nuestros padres no sepan construir la escuela?

—No, Marita, no, querida; lloro porque… porque… ¡porque estoy feliz!

—Yo creía que se lloraba solo cuando se está triste —le dijo Marita.

—No, Marita, la gente también llora cuando está feliz, ya lo verás cuando seas grande.

4

Se tardó quince días en levantar las paredes hasta el techo. Una mañana, Gloria observó que los hombres tenían algún inconveniente porque hablaban en voz baja entre ellos y no comenzaban con la cubierta.

—¿Ocurre algo? —les preguntó Gloria, preocupada.

Fue entonces cuando el padre de José, un poco avergonzado, le confesó el problema:

—Lo que ocurre, maestra, es que para seguir con el techo necesitamos dos tirantes de madera gruesos, clavos para chapas, martillos, alambre y un serrucho más, porque el único que tenemos lo está utilizando el papá de Aníbal.

—Realicemos la lista, yo me encargo —dijo resuelta Gloria.

Al otro día, Gloria entró a la única ferretería que había en el pequeño pueblo.

—¿Qué necesita la maestra? —le dijo aquel viejo gruñón apodado por todos como «Perro Malo».

Gloria le extendió la lista sobre el mostrador, sabiendo que el dinero que llevaba no le alcanzaría.

—No me alcanzará para pagarle todo —dijo secamente Gloria.

—¿Quién le dijo que me lo tenía que pagar? —dijo aquel hombre de gorra y mameluco sucio—. Es solo un préstamo.




—¿¡Un préstamo!? —preguntó Gloria, extrañada.

—Sí, como me oyó: un préstamo.

—¿Y cuándo lo tendré que devolver?

—El mismo día que me muera, ni un día antes ni un día después —dijo el hombre seriamente—, que, dicho sea de paso, no falta mucho. Ese día, si no me encuentra, deje todo en el patio, seguro estará el portón abierto.

Gloria se acercó al viejo ferretero y le dio un beso en la mejilla. Mientras el hombre preparaba el pedido, comentó:

—Sabe, maestra, me hubiera gustado verle la cara al funcionario cuando le dijo de frente lo que todos pensamos y sabemos. Me imagino el momento y me río solo.

—¿Quién le contó? —preguntó Gloria, ruborizada.

—Un pajarito. Bueno, mañana le alcanzaré todo, lo llevaré con la chata.

5

La escuela por fin se terminó. Todos trabajaron la última noche, apurados para poder dar los últimos detalles: las paredes lucían rústicas y blancas como la nieve, contrastando perfectas con el tono claro de la madera; el piso de cemento brillaba como un espejo a fuerza de kerosén, y los pupitres habían quedado como nuevos. El ferretero agregó a su préstamo una salamandra de hierro cuyo tiraje colocó él mismo.

El lunes por la mañana, a las ocho en punto, todos estaban reunidos esperando ansiosos que llegara Gloria frente a la puerta, la cual ostentaba un cartel que decía: «Escuela N.º 5 de la maestra Gloria García». Cuando ella llegó, todos la aplaudieron y Marita le dio un abrazo, un beso y le entregó el mayor de los trofeos que puede recibir una maestra rural: la llave de su escuela. Ese día no hubo clases; se hizo un asado como festejo, que también dio en préstamo el viejo ferretero.

Los años pasaron y los alumnos de la maestra Gloria encontraron su destino: José llegó a ser capataz de una empresa avícola; Aníbal se recibió de ingeniero civil; Florencio fundó un próspero aserradero; Rosalía estudió violín y trabaja en la orquesta estable del Teatro Colón; y Marita, la más chica, fue maestra rural y fundó la primera biblioteca de su pueblo. Una vez por año se encontraban en la vieja escuela sus alumnos, acompañados por sus hijos, para dejar allí un ramo de flores en homenaje a su maestra.

A pesar de estar en pie, las autoridades habían clausurado la escuelita definitivamente por no cumplir con las normas edilicias necesarias para una educación de calidad.

Gloria García, un día de invierno, ya no pudo concurrir a su querida escuela: no por no querer, sino por no poder. Tal vez el viento zonda siga con persistencia tratando de aplacar su espíritu, pero no pudo, porque ella se eleva majestuosa como el águila guerrera de la canción patria:

«Alta en el cielo un águila guerrera

audaz se eleva en vuelo triunfal,

azul un ala del color del cielo,

azul un ala del color del mar».



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sábado, agosto 08, 2026

UN ATARDECER EN PRIMAVERA

 «Los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo».

León Tolstói (1828 - 1910)


—Tú no entiendes nada, hermano; los automóviles revolucionarán el mundo, la tracción a sangre no existirá y te puedo asegurar que el hombre podrá volar —le decía Germán a su hermano con medio cuerpo dentro del motor de su automóvil.




—Puede ser, hermano, pero ¿para qué tanto entusiasmo si en las plantas y en las flores se puede encontrar la felicidad? —le replicaba Adrián a su hermano—. Yo imagino un mundo no de ruidosos motores; mejor sería de calma, fragancias y poesía.

—¿¡Fragancias y poesías!? Pareces una niña enamorada, no un hombre. A los hombres nos gustan los motores, el ruido, la velocidad y desafiar a la muerte.

—No soy una niña, pero sí estoy enamorado; lo estoy de mi jardín, mis plantas, mis flores y el suave sol de la primavera.

—Es inútil, hermano, jamás podremos estar de acuerdo: tú eres un romántico y yo soy un aventurero.

—En ese punto estamos de acuerdo: somos lo opuesto, el blanco y el negro. Pero de todos modos te aprecio, hermano; tú eres como nuestro padre y yo soy como mamá.

—Yo también te quiero, hermano, a pesar de que tenemos gustos tan distintos —le respondió Germán a su hermano, incorporándose y apuntándole con una llave inglesa—. Una cosa, Adrián: ¿podrás acompañar a mamá al médico?

—Sí, siempre lo hago.

—Sí, es cierto, pero ayer, cuando le fui a pedir una toalla, me trajo una remera; le reiteré el pedido y regresó con un vaso con agua. ¿Tú has notado algo similar alguna vez?

—Muchas veces, querido hermano. Hace casi un año que empezó con eso, y el médico me dijo que se trata de reblandecimiento cerebral: no tiene cura, es por la edad. Debemos ir pensando en que la perderemos.

—¿¡Por qué no me lo comentaste, hermano!?

—Te lo dije, pero tú estabas entusiasmado con la carrera y ni siquiera lo registraste.

—¡Cómo no voy a registrar tal cosa! ¡No puede ser!

—Tu cabeza estaba ocupada al cien por ciento en el motor de tu auto, y me pareció que, como no hay remedio a la ley de la vida, era mejor así.

—¿Mejor así qué?

—Eso, que continúes disfrutando de tu vida.

—¿Qué haremos, hermano? —le preguntó Germán apesadumbrado—. ¿Quién la cuidará?

—Ya me ocupé yo, y el mes próximo vendrá una señora a estar con ella todo el tiempo.

—¿Cómo lo tomó papá?

—Lo tomó como él y tú toman las cosas: me hizo exactamente la misma pregunta: «¿Quién la cuidará?».

—Es decir, que ambos estamos preocupados.

Adrián miró a su hermano con cierta resignación, tomó su cajón de jardinería y después dijo:

—Así es, hermano: todos estamos preocupados, incluidos ustedes dos.

Dos años después de la muerte de su madre

—¿Cómo está papá, Adrián?

—Delicado, pero bien. Me pregunta todas las noches cuándo vendrás a verlo.

—Pronto. Lo que ocurre es que con la fábrica no me queda mucho tiempo y es un viaje largo.




—Son cuatrocientos kilómetros. Con tu auto en cuatro horas estarías aquí, te quedas una noche y al otro día estarás de regreso.

—Tal vez el mes próximo, hermano.

—¿Cómo estás tú?

—Yo bien, cuidando a papá, la casa y el jardín; tengo para entretenerme de lunes a lunes —decía Adrián mientras le secaba la boca a su padre, apartando su taza de té.

—Qué bien, Adrián. Una cosa más, hermano: si necesitas dinero, solo debes pedírmelo, la cantidad que sea.

—Por ahora está todo bajo control; si necesito, te aviso.

—Excelente. Tengo que cortar, los chicos están peleando y Nora está a los gritos. Mi familia es una constante locura.

—Dales mis saludos a todos.

—Así lo haré. Recuerda llamarme para lo que necesites.

Un año después de la muerte del padre

—Hola, Germán.

—Hermano, ¡qué sorpresa! ¿Cómo estás?

—Bien, Germán —le decía Adrián a su hermano mirando desde la galería de la amplia casa el atardecer y su jardín repleto de flores, sintiendo su fragancia—. Quería reunirme contigo para ver qué hacemos con la casa.

—¿Por qué, hermano? ¿Estás incómodo allí?

—No, pero la casa me queda grande y tengo que ir pensando en tener un jardín más modesto. Te recuerdo que yo soy quince años mayor que tú y, como vivo solo, tengo que pensar en cómo enfrentar mi vejez.

—No pienses tonterías, hombre: tú tienes cuerda para rato. Pero si quieres venderla, yo no me opongo; encárgate de la operación y dime cuándo haya que firmar algo. Discúlpame, pero he dejado una reunión y me esperan.

—¡Adelante, adelante! Atiende tus cosas. Me da gusto escuchar al menos tu voz; desde que papá murió no nos vemos.

Germán ya había cortado sin poder escuchar esto último que le decía su hermano.




Adrián murió a los dos meses de esta conversación sin poder ver a su hermano al menos una vez más; tampoco vendió la casa de sus padres. Lo encontraron recostado sobre su sillón, con su té de la tarde servido, al atardecer, en primavera.


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viernes, agosto 07, 2026

UN PARTIDO DE FÚTBOL EN EL AÑO 2226

 


«No podemos predecir el futuro, pero podemos inventarlo.»

Dennis Gabor (1900 - 1979)


AÑO 2226

—Hola Kai, al fin me atiendes, ¿qué estás haciendo?

—Elion, ¡qué sorpresa!, acabo de instalarme en mi nuevo módulo, lo terminaron hace un par de días. ¿Cómo estás, querido amigo?

—Por ahora bien, pero me temo que si no soluciono un problema en la planta potabilizadora, me echarán el próximo lunes. Cuarenta millones de personas se quedarán sin agua potable, y yo seré el responsable.

—Ustedes, los ingenieros, son siempre alarmistas; después solucionan todo.

—Espero que eso ocurra, porque de lo contrario saldré en las noticias.




—Para serte franco, yo también pendo de un hilo. La semana pasada se rompió una válvula del depósito de oxígeno y no había repuesto. Por suerte aquí hay un experimentado señor que la reparó; es un mago con todo lo referente a electrónica, mecánica y robótica. Si pido un viaje de emergencia, con la situación económica de la base, me echan sin remedio.

—Escuché en las noticias que la base lunar está económicamente quebrada, ¿es así?

—El inconveniente es que la base china logra —no me preguntes cómo— cerrar contratos con decenas de empresas de investigación. En cambio nosotros solo trabajamos para PLX, que desde que empezó con los viajes a Marte tiene gastos enormes y falta mucho para que su negocio le brinde beneficios.

—Te digo que aquí, Kai, están ocurriendo cosas muy extrañas. Desde que se amplió la Corte Internacional de Justicia, el sistema de agua y alimentos sigue de mal en peor. Se están tomando medidas de emergencia que son parches y que solo afectan a los no ciudadanos. Esto está generando un malestar que puede estallar en cualquier momento.

—Algo escuché, pero es como siempre: dejan que la cuerda se estire y se estire.

—¿Cómo están tus padres y tus hijos, Kai?

—Muy bien, mis padres a sus ciento setenta años siguen buscando aventuras. Ahora están en una colonia aquí en la Luna, del lado oscuro; me dijeron que les encanta, hacen caminatas grupales y acampan. Son unos viejos locos. Y mis hijos están armando una empresa de robótica muy original: son robots acompañantes y asistentes que pueden interactuar con chicos, adolescentes y adultos motivándolos para su crecimiento personal en aquellas áreas que les interesan y más les gustan, detectando las aptitudes de cada uno.

—Qué interesante. ¿Ya los están comercializando?

—Aún no, están en una etapa de pulido de detalles y todavía no tienen al capitalista interesado. De hecho, esto no es una idea nueva, Japón ha desarrollado algo muy similar, pero mis hijos sostienen que pueden mejorar el valor de venta.

—¿Cómo está tu familia, Elion?

—¿Cuál de ellas: la primera, la segunda o la tercera? —respondió irónicamente Elion.

—Todas, hombre, cuéntame —dijo sonriente Kai.

—Bien, muy bien. Todos al frente de sus empresas. Quiero reunirlos a todos en mi cumpleaños; ciento diez solo se cumplen una vez en la vida. Están invitados tú y tu novia.

—Allí estaré, amigo.

—El que está en problemas es nuestro amigo común Jual.

—¿Qué le pasa?

—¿Recuerdas que tenía su empresa de drones?

—Sí, por supuesto.

—Bueno, había lanzado un nuevo producto que consistía en drones de carga y uno de ellos falló estallando en una empresa, lo que provocó un incendio devastador. La última vez que hablé con él estaba desbordado. Le pregunté si necesitaba ayuda y me respondió que solo podía solucionarlo con varios millones de Bitcoins 23.

—¿Pero no tenía seguro?

—No, administrativamente es un desastre, no tenía seguro. ¿Puedes creerlo?

—Él se busca los problemas, es increíble.

—Tengo que dejarte, Kai, tengo una reunión de emergencia.

—Suerte, nos hablamos.

EN ALGÚN LUGAR DE LA TIERRA

Los dos amigos quedaron en encontrarse donde siempre: un lugar de la ciudad muy descuidado, una pequeña plaza sombría entre altos edificios de departamentos grises con sus escaleras de emergencia oxidadas. El césped se observaba en mal estado, crecido, y un olor a humo se sentía en el aire.

—Hola, Elis.

—Hola, Rin, ¿cómo estás?




—Si te digo bien, te estaría mintiendo; tal vez lo correcto sería decir que aún vivo.

—Tú eres siempre melodramático, tienes que ver la vida desde otra perspectiva.

—¿Y qué perspectiva es esa?

—Disfrutar de tus seres queridos, por ejemplo.

—Mis hijos viven todo el día conectados a su mundo virtual. Su madre los debe zamarrear para que coman y beban algo. Raly es una buena mujer, pero hablamos poco y nada. Como conclusión, estoy harto de esta vida.

—¿No has probado ir al teatro, al cine o al parque a andar en patineta?

—Me he aburrido de todo eso, no encuentro una distracción para mí. Incluido eso que no me preguntas pero que imaginas. Me gustaba viajar en mi auto, pero desde que nos prohibieron circular fuera de nuestras ciudades me quitaron mi libertad, parte de mi vida. Quisiera ver nuevamente un amanecer en el mar, disfrutar de un campamento en las montañas o correr en el campo bajo el sol. Pero no, nosotros solo podemos subsistir, no podemos disfrutar de la vida. Debemos conformarnos con ese mundo virtual que es gratuito, pero no existe.

—Piensa, Elis, que a todos nosotros nos falta esa libertad que añoras, no es a ti solo. Mira, hace unos meses que me estoy reuniendo con un grupo de personas que pretendemos poder cambiar las cosas. ¿Quieres venir?

—No podrán cambiar nada, ya se intentó una vez y fue peor.

—Esta vez es distinto: en aquel momento se quiso hacer por la fuerza, hoy no; estamos convencidos de que podemos aportar algo más que tan solo ser indocumentados a los que se les da vivienda, alimentos y agua de mala calidad.

—Dime sinceramente, Rin, no tenemos estudios, jamás hemos trabajado, solo sabemos leer, escribir y manejar nuestros teléfonos. ¿Qué podemos brindar a una sociedad que nos ignora?

—Hay algo que podemos brindar.

—¿Qué cosa, amigo?

—Suplantar a los robots.

—Eso es imposible, son muy superiores y eficaces, es imposible reemplazarlos.

—Te daré un ejemplo simple, Rin.

—Cuál, sabelotodo.

—El deporte, ¿a ti te gusta?

—No, el gimnasio me ha saturado, se ha convertido en una película virtual sin atractivo; lo mismo ocurre con otros viejos deportes como el golf, el básquet o el tenis. Se juegan de forma individual dentro de las casas, frente a una pantalla.

—Exacto, Rin, cada vez se está menos en contacto con el sol, el viento o la lluvia. Nos estamos convirtiendo en seres encerrados en cajas, activando nuestros sentidos artificialmente.

—Estamos terminados, amigo. Tu grupo de amigos son soñadores, no podrán cambiar nada.

—Creemos que sí, Rin. Mira, hay un hombre mayor en nuestro grupo que se dedica a buscar viejos archivos binarios y los traduce. Nos ha mostrado un informe de un extinguido periódico de un país que tampoco existe ya, que se llamaba Argentina, en donde en el siglo veintiuno compitió en un torneo mundial de fútbol; lo curioso es que, a pesar de haber salido segundos, la pasión que esta gente demostraba para con sus jugadores era indescriptible. Realizaban fiestas en sus pueblos, saliendo a la calle a festejar con un entusiasmo que yo jamás he visto. Otro de los integrantes de nuestro grupo, que es un estudioso de las sociedades humanas, nos dijo que, en su opinión, este comportamiento de festejo y alegría se debía a que la gente, al ver a sus jugadores de carne y hueso, imaginaba que son ellos los que están jugando, y entonces sienten en carne propia los golpes, el esfuerzo, el cansancio y el estallido emocional cuando se convierte un gol.

—¿Qué se les ocurre hacer para cambiar nuestra situación? ¿Volver al pasado?

—Algo parecido, Rin. Mira, otro integrante de nuestro grupo es investigador de comportamientos y psiquis humanas, y tiene una teoría muy convincente: él dice que si pudiéramos practicar nuevamente los antiguos deportes del siglo veintiuno, como el básquet o el fútbol, pero compitiendo entre nosotros, frente a frente, no virtualmente, conseguiríamos entretenernos e incluso apasionarnos, es decir, disfrutar de algo superador. Se generaría un clima entre jugadores y espectadores que se retroalimentaría de entusiasmo.

—¿Entusiasmo? ¿Qué significa eso?

—El entusiasmo, estimado amigo, es una capacidad del ser humano que hemos perdido, pero que podemos recuperar. Mediante esa capacidad podemos sentirnos útiles, eficientes, capaces de ser dueños de nuestra propia vida. El entusiasmo está superpuesto con el amor y esta fórmula puede transformar a una sociedad desde sus cimientos. ¿Me entiendes?

—Creo que sí, pero ¿cómo lograrán llevar a la práctica su idea?

—Vamos a realizar un experimento. Estamos organizando un partido de ese viejo y olvidado deporte que se llamaba fútbol. Estamos trabajando en construir una cancha con tribunas para los espectadores —así se practicaba—, incluso la cancha tendrá césped natural. Todos estamos motivados por este proyecto. Esperamos ansiosos reunirnos para ajustar y solucionar todos los detalles.

—¿Cuándo se reúnen?

—El martes próximo.

—Iré a escuchar.

—Serás bienvenido, Rin, no te arrepentirás.

El proyecto de organizar un partido de fútbol del mismo modo y con las mismas características que dos siglos antes fue un disparador de entusiasmo para la comunidad. Se hicieron camisetas con los nombres de jugadores y números, incluidos los botines; todo demandó muchísimo esfuerzo, investigación y trabajo. La pelota fue lo más complicado: no se encontraron informes de cómo poder hacerla, entonces se decidió realizarla de un material sintético.

El investigador de viejos archivos binarios pudo traducir un reglamento del juego, pero no se pudo comprender correctamente, salvo que el único autorizado para tocar la pelota con la mano era el arquero y que un gol consistía en que un equipo metiera la pelota en el arco contrario.

Por fin llegó el día del experimento.

Cuando la pelota comenzó a rodar, un jugador robusto corrió para patearla y se llevó por delante a un defensor, el cual quedó tendido en el piso. Esto generó un clima poco propicio para continuar, pero el mismo jugador caído se levantó inmediatamente y quiso que el juego continuara. Como no había reglas ni técnica de juego, todos corrían detrás de la pelota en un desorden generalizado que resultaba muy gracioso, hasta que un chiquitín delgado pudo dominar el balón y despistar a los contrincantes. Cuando se acercó al arco, a pesar de que el arquero quiso detenerlo extendiendo sus brazos hacia arriba y abriendo sus piernas, con un leve movimiento de su pie el joven atacante pudo conseguir incrustar la pelota en la red.

—¡Gooool! —fue el grito al unísono de todos los simpatizantes.

Después, los ánimos se desataron en más gritos y vivas, y en cada corrida, en cada gambeta —tal vez rústica, pero gambeta al fin— los simpatizantes sobre las improvisadas tribunas de un lado o del otro estallaban de algarabía. El primer partido experimental, lejos de toda tecnología, llevado a cabo por personas de carne y hueso, fue un éxito absoluto. Los organizadores comprendieron que ese era el camino hacia el futuro para poder cambiar una vida chata, sin proyectos ni recompensas.




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domingo, agosto 02, 2026

MAL TIEMPO (final de la historia)


CASA ROSADA - DESPACHO PRESIDENCIAL

—Comunícame con la Fuerza Aérea.

—Enseguida, Presidente.

—Brigadier, ya tenemos el componente, pero nos queda muy poco tiempo, dos días como máximo. ¿Es posible hacerlo? ¿Contamos con los aviones suficientes?

—Sí, Presidente. Tenemos los Pampas; necesitamos una noche para los preparativos y podemos atacar de inmediato, solo nos debe dar la orden.

—Bien, Gustavo. Que Dios nos ayude. Comencemos. Las dosis están llegando en formato de dardo como usted me pidió; quiero estar al tanto de todo.

—Así se hará, Presidente. Fijemos como hora de ataque las 6:00 a. m. de mañana lunes.

—Perfecto, Brigadier. Mantendré la radio abierta para escuchar todo.

Cuando esta conversación terminó, el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina ordenó a su subalterno comenzar con el plan “Leloir-70”.

En la base Reconquista, el operativo generó un movimiento de personal enorme: se abrieron las puertas de los hangares, los pilotos subieron a los aviones para sacarlos y realizar los protocolos de rutina, mientras el controlador de vuelo, junto a dos asistentes, miraba sus monitores y los informes climáticos para verificar las condiciones del despegue programado.




A las diez de la noche llegó a la base un vehículo fuertemente custodiado, guiado por una docena de motos policiales y dos micros con agentes de seguridad. Eran las dosis de “Leloir-70”. Las mismas se bajaron del camión que las transportaba con mucho cuidado y se distribuyeron cinco en cada avión.

A las seis de la mañana en punto, se impartió la orden de comienzo de la operación.

Uno a uno, los cinco aviones Pampa despegaron mientras se sentía el rugir de sus turbinas, para después perderse entre las negras y espesas nubes.

—Atención base, atención base —se escuchó en la radio, la cual se replicaba en la Casa Rosada, en la sala de situación de la Aeronáutica y al jefe de la operación.




—Lo escuchamos, Pampa 1. Adelante.

—Estamos próximos al primer objetivo, ya lo estoy viendo. Se observa una gran semiesfera traslúcida de color naranja y azul, que posee una especie de brazos en su parte inferior. ¿Pueden verlo en sus monitores?

Todos los monitores conectados veían exactamente lo que el piloto transmitía. El sol despuntaba sobre las nubes, iluminando una criatura gigantesca que se movía con suavidad.

—Pampa 2, realice un vuelo rasante por encima de la criatura —ordenó el jefe de la operación.

Cuando el segundo avión pasó por encima del objetivo, todos pudieron observar su tamaño comparándolo con el del avión.

—Son gigantescos —se asombró el Presidente—. Si el componente “Leloir-70” no da resultado, será el fin.

El secretario del Presidente no salía de su asombro.

—Pampa 1, realice usted el primer disparo.

—A la orden, comandante.

En las pantallas se observaba la mira del avión apuntando a un ser siniestro y desconocido, hasta que una estela luminosa se incrustó en esa masa deforme.

—¡Impacto en el objetivo! —confirmó el piloto—. Continuaremos volando en círculos para observar y filmar si le afecta.

Todos quedaron expectantes esperando la reacción de la criatura, que por el momento no daba signos de ningún tipo.

ESA MISMA MAÑANA EN BAHÍA BLANCA

Después de trabajar toda la noche, Alberto, Felipe y su tío pudieron poner en condiciones los dos vehículos, pero faltaba la prueba de fuego: que arrancaran.

—Vamos a probar con la F-100 primero —dijo Alberto, para después preguntar—: ¿Quién tendrá el honor?

—Me encantaría ser yo quien la ponga en marcha —dijo Juan.

—Adelante, tío, es toda suya.




Juan se sentó al volante y recordó esos años de su juventud recorriendo aquellos caminos de tierra que unían a decenas de pueblos. Después de colocar la llave, con su pie derecho hundió el pedal del acelerador dos veces y, cuando le dio arranque, el primer intento fracasó; pero en el segundo, los viejos cilindros del motor comenzaron a moverse para ya no detenerse. El sonido del motor regulando hizo que los tres hombres aplaudieran satisfechos.

Felipe se subió al Rastrojero y, en el primer intento, después de largar por su caño de escape una bocanada de humo negro, quedó regulando.

—¡Triunfamos, señores! —gritó Alberto para la algarabía de todos, incluido Pedro, que no paraba de ladrar.

Con dos vehículos podrían seguir el viaje al sur.

Los preparativos fueron rápidos: suficiente comida preparada por las mujeres para un par de días, agua y abrigo.

La F-100 la conduciría Felipe, llevando a las mujeres y a los dos perros en la caja, y en el Rastrojero viajarían Alberto y Juan, llevando todos los víveres en la caja.

A las seis de la mañana en punto estaban saliendo de Bahía Blanca.

EN ALGÚN LUGAR SOBRE LAS ESPESAS NUBES

—Atención base, atención base.

—Lo escuchamos, Pampa 1.

—Ya han pasado quince minutos y no se observan cambios en el objetivo, pedimos instrucciones para regresar.

—Regresen, escuadrón Pampa; repito, regresen, escuadrón Pampa.

El Presidente, en su despacho, pegó un puñetazo en su escritorio:

—¡Maldición! No puedo creer que el antídoto no funcione. Almirante, aguardemos cinco minutos más.

—Atención, escuadrón, rectifico la orden —dijo el Brigadier de inmediato—. Sobrevuelen el objetivo cinco minutos más.

—A la orden, señor.

Las naves continuaron volando en círculos cuando, de pronto, se escuchó un sonido muy extraño, similar al gemido de una ballena franca bajo el agua.

—¡Atención base, atención base!

—Adelante, Pampa 1.

—Estamos observando un leve cambio de color y están apareciendo en su piel llagas que desprenden un líquido amarillento. Ahora, varios sectores de su piel comenzaron a englobarse y después estallan, formando un polvo amarillo que se esparce en el aire.

Todos observaban desde sus monitores lo que el piloto veía en primera persona. El Presidente se puso de pie y exclamó:

—¡Se está muriendo, no cabe duda!




—Ahora se ha convertido en una masa inerte que se pulveriza y degrada sobre las nubes —exclamó el piloto.

El Brigadier impartió una última orden al jefe de operaciones y este la transmitió:

—Atención, escuadrón, continúen con el mismo ataque al resto de las criaturas. Recuerden que solo cuentan con un dardo para cada una; no hay más, no podemos fallar.

—Entendido, comandante. Tenemos las coordenadas y procederemos.

El Presidente lloraba de emoción:

—Comuníqueme con el instituto... ¡Profesor, lo logramos! El “Leloir-70” dio el resultado esperado! Mis felicitaciones y reconocimiento para su institución.

CAMINO AL SUR DESDE BAHÍA BLANCA

La camioneta F-100 avanzaba a buen ritmo; detrás venían Alberto y el tío Juan en el Rastrojero.

—Debo agradecerle, Juan, porque gracias a usted hemos podido continuar nuestro viaje. Le voy a ser franco: no sé si podremos zafar de esta situación, pero al menos lo intentaremos.

—El agradecido, Alberto, soy yo. Pensé que mis días habían terminado hasta que ustedes llegaron. Aunque no lo crea, haber puesto en marcha estos cacharros con ruedas me regresó a mi juventud; le aseguro que tengo renovadas ganas de vivir. Y vivir, estimado amigo, también implica enfrentar lo que venga, lo cual es mejor que bajar los brazos.

—Así es, Juan. ¡No nos rendiremos!

—A propósito, Alberto, estaba pensando que tal vez, si esto termina bien... He notado que usted sabe mucho de mecánica y, como me comentó que vivían de su jubilación, que todos sabemos que aquí en Argentina es magra (incluida la mía), le propongo un emprendimiento.

—¿Qué me propone, Juan?

—Mire, yo conozco infinidad de pueblos donde, si uno busca, encuentra todavía autos viejos. Los compramos, los llevamos a mi galpón para arreglarlos y después los vendemos. Estoy seguro de que a mi sobrino le gustaría; vi sus ojos cuando la chata arrancó y el empeño que puso para arreglarla.

—Me interesa, Juan, me gusta mucho su propuesta. Hace unos años que quería cambiar de vida, para mí sería una oportunidad.

—¡Trato hecho! —dijo Juan, y ambos hombres se dieron la mano.

En la F-100, la madre de Ester miró hacia atrás y vio cómo los dos perros disfrutaban del viaje con sus orejas revoloteando por el viento.

—Ellos solo disfrutan de su vida, qué afortunados... En cambio nosotros vivimos alterados, con miedo y padeciendo injusticias.

—No seas tan negativa, mamá. Con un poco de suerte encontraremos un lugar para estar tranquilos.

Felipe le tomó la mano a su novia; en ese preciso momento, una llovizna amarillenta cubrió el parabrisas.

—¿Qué será eso? —preguntó en voz alta Felipe.

—¡Dios mío! —exclamó asustada la mamá de Ester—. Miren el campo, eso que cae lo cubrió todo.

Felipe detuvo la camioneta en la banquina y detrás paró Alberto con el Rastrojero.

El tío de Felipe pasó su mano por el parabrisas y, al mirar la palma de su mano, la misma se había teñido de amarillo.

—Parece polen de alguna planta, pero es imposible en esta cantidad.

—¿No será tóxico? —preguntó la mamá de Ester tapándose la boca.

—No creo —dijo Alberto—, no tiene olor.

Cuando todos estaban hablando sobre esta extraña lluvia, una leve brisa del este comenzó a soplar, arremolinando esta rara sustancia y acumulándola sobre la banquina.

En un momento, los perros comenzaron a ladrar muy fuerte, mirando hacia algún lugar del horizonte.

—¿Qué es eso? —preguntó Ester.

Todos miraron y vieron nítidamente cómo, cerca del horizonte, la ruta se iluminaba.

—¡Es el sol! —exclamó Juan—. ¡Es el sol!

Todos se abrazaron, los perros ladraban moviendo sus colas, y ahora la brisa se había convertido en un persistente viento que los despeinaba y hacía mover los secos cardos del campo.


Un viento seco y frío comenzó a soplar, empujando las nubes negras y espesas hasta hacerlas avanzar lentamente. El mal tiempo había terminado. 



FIN


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