«Nuestra posedora Tierra es una solitaria mota en la gran penumbra cósmica circundante»
CARL SAGAN (1934 - 1996)
La devastadora guerra del año 2100 dejó a la Tierra con niveles altísimos de radiación. En muchos países las ciudades quedaron abandonadas e irrecuperables, y la población mundial se redujo a la mitad. La reconstrucción del planeta llevaría décadas.
Uno de los programas que se reanudaron por considerarse indispensables fue la limpieza de las miles de toneladas de chatarra espacial en desuso que orbitaban la Tierra. Estos desechos representan un alto riesgo al reingresar a la superficie, un peligro que se multiplicaba por la presencia de decenas de satélites equipados con bombas nucleares.
La misión duraría quince días. A diferencia de las anteriores, ejecutadas por naves pilotadas por inteligencia artificial, esta vez sería tripulada por dos astronautas que, además de calibrar equipos, debían realizar investigaciones de laboratorio.
El antiguo sistema de tarifas orbitales había fracasado. La acumulación de objetos en la órbita baja era tal que los accidentes durante los nuevos lanzamientos se habían vuelto cotidianos. Como solución, se ideó un ingenioso sistema de recolección: una red magnética que, a modo de telaraña, atrapaba los desechos. Al alcanzar la posición adecuada, la red los liberaba simultáneamente para hacerlos caer sobre un punto controlado del océano, sin peligro para las zonas habitadas.
—Después de esta misión me tomaré vacaciones. Tengo planeado ir con mi familia a Bariloche —dijo el capitán Brister mientras sujetaba una pequeña herramienta que flotaba a su lado.
—¿A Bariloche? ¿Dónde queda eso? —preguntó el teniente Loft, al tiempo que abría un contenedor transparente con plantas verdes de flores amarillas.
—Es un lugar maravilloso y único en el sur de América. No está contaminado y tiene unos lagos de agua cristalina que parecen de otro planeta —respondió el capitán.
—Qué suerte la suya, capitán. A mí todavía me quedan dos misiones largas y aburridas: una a la Luna y otra a Marte.
Apenas el teniente terminó de hablar, se escuchó un golpe seco seguido del grito del capitán. Brister se sujetaba el brazo izquierdo, del que brotaba sangre que se expandía por la cabina en grandes esferas rojas flotantes.
—¡Nos impactó algo! —gritó el teniente, intentando auxiliarlo.
Para atender la herida era necesario retirar la parte superior del traje, una tarea compleja en esas condiciones. Al lograrlo, descubrió un corte enorme por la que manaba sangre en abundancia. En ese instante comenzó a sonar la alarma de despresurización: la cápsula perdía oxígeno a gran velocidad y el capitán se había desvanecido.
Loft actuó con rapidez: le colocó a Brister la máscara auxiliar de oxígeno, se puso la suya y aplicó un torniquete en el brazo afectado. Al detener la hemorragia, cubrió la zona con compresas de algodón y vendas.
El impacto había sido provocado por un meteoroide de no más de dos centímetros de diámetro. Estas rocas se desplazan por el espacio a velocidades superiores a los 160.000 kilómetros por hora, capaces de infligir daños severos incluso a una nave tan sofisticada. Aunque era pronto para evaluar la totalidad de los daños, a simple vista solo se observaban dos pequeños orificios en el fuselaje —uno de entrada y otro de salida— y la grave lesión del capitán.
Una vez estabilizada la hemorragia, el teniente selló las perforaciones de la nave para restablecer los niveles de oxígeno. Con la situación bajo control, se comunicó con la base para informar de lo sucedido y solicitar instrucciones. La orden fue inmediata: abortar la misión y esperar las coordenadas para el descenso de emergencia.
Tras verificar que los sistemas funcionaban correctamente, Loft volvió a mirar al capitán y se sobresaltó. Sobre la piel herida de Brister había brotado una especie de musgo verde. El teniente contempló una posibilidad remota pero real: una contaminación biológica extraterrestre transportada por el meteoroide. Tomó una muestra y la colocó bajo el microscopio; la estructura se asemejaba a la de un hongo terrestre, pero con un ritmo de reproducción asombrosamente veloz.
Intentó destruirlo con alcohol, sin ningún resultado. Al examinar de nuevo al capitán, descubrió que en cuestión de minutos el musgo había cubierto todo el brazo. El pánico aumentó al notar que la sustancia también se extendía por las paredes de la nave, alrededor de las perforaciones.
Decidió colocar una pequeña muestra en la bomba de vacío y obtuvo respuesta: el musgo se contrajo. Sin embargo, en cuanto volvió a inyectar oxígeno, el hongo cubrió la superficie del recipiente en pocos segundos. Evidentemente, el organismo se alimentaba de oxígeno.
Al revisar otra vez el brazo de Brister, probó retirar esa gelatina verdosa de la piel, pero comprobó que el tejido cutáneo había desaparecido: el brazo estaba en carne viva. Desesperado, notó que el capitán continuaba inconsciente y con una fiebre abrasadora. El hongo avanzaba hacia el hombro y el cuello, mientras que en las paredes se filtraba entre los cables y los paneles de control.
El teniente sopesó alternativas. Si cortaba el suministro de oxígeno de la nave y se ponían los trajes, no podría contener el avance de la infección en el cuerpo del capitán. Mientras evaluaba las opciones, Brister comenzó a convulsionar y entró en paro cardíaco. Loft le realizó maniobras de reanimación cardiopulmonar durante varios minutos, pero fue inútil.
Agotado y dolorido, bajó los brazos. Un ardor intenso en la mano derecha lo alertó: el hongo se le había adherido.
Intentó retirarlo con una gasa, pero al desprenderse, la piel cedía y la sangre brotaba. Cuando logró remover la gelatina verde, la mano le quedó en carne viva. Con un dolor insoportable, abrió el botiquín, se inyectó morfina y se vendó la herida.
Haciendo un gran esfuerzo, se colocó el traje espacial. Despresurizó la cabina y cortó el oxígeno. De inmediato, vio cómo la mancha verde y espesa que cubría gran parte del instrumental y el cuerpo del capitán se contraía hasta desaparecer. El rostro de Brister presentaba un aspecto aterrador. Para evitar que el extraño hongo volviera a propagarse por el interior, Loft le dejó puesto el traje al cadáver; al ser completamente hermético, la amenaza quedaba contenida en su interior.
Desde la base le enviaron las instrucciones para descender en una plataforma de la antigua y desmantelada NASA.
Tras el aterrizaje, un equipo de descontaminación desinfectó el exterior y el interior de la nave. El teniente fue trasladado a un área de aislamiento durante siete días, mientras que el cuerpo del capitán Brister fue retirado dentro de su traje para ser cremado.
A pesar del rigor de los protocolos de limpieza, un detalle pasó desapercibido. Durante el descenso, la nave debió atravesar una densa capa de nubes bajo condiciones meteorológicas adversas. Aún contaminada en su superficie externa, la estructura rozó la masa nubosa.
Un viento cálido del sur arrastró la nubosidad a lo largo de varios kilómetros hasta cruzar un frente frío. Poco después, una lluvia intensa empapó campos cultivados de girasol. En los diez días posteriores al aterrizaje, miles de hectáreas quedaron infectadas por el hongo verde. La plaga se extendió por pueblos y ciudades, dejando a su paso terror y muerte, hasta alcanzar el océano y teñir también sus aguas.
En veinte años, el hongo verde consumió todo el oxígeno de la Tierra. Un año después, extinguido su alimento, el organismo desapareció por completo, dejando tras de sí un planeta inerte, seco y gris.
FIN DE ESTA HISTORIA
Si te interesa la ciencia, te recomiendo este autor:
































