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martes, febrero 24, 2026

LA HABITACIÓN 106 DEL GRAN HOTEL VIENA

 1.


          Esta historia comenzó cuando leí la carta que llegó a mis manos, en un sobre sin remitente; esto decía:


“Señor Francisco, me atrevo a escribirle porque ya estoy grande, y como no tengo familia, cuando yo muera nadie conocerá esta historia, la cual, me gustaría que quedara registrada por alguien.

Debo remontarme a mi juventud, cuando una noche pude ver algo increíble que me persiguió el resto de mi vida. Yo me había empleado como camarero en el Gran Hotel Viena en Miramar de Ansenuza, a orillas del lago Mar Chiquita en Córdoba. Una noche de invierno quedé a cargo del Hotel, porque sus dueños, un matrimonio muy cordial, me pidieron que me quedara un fin de semana fuera de temporada porque no quedaba nadie. Acepté y aproveché la joya del hotel, una biblioteca inmensa con cientos de volúmenes para disfrutar leyendo junto al hogar encendido. Después de cenar me dediqué a mi pasión, la lectura. 

Yo había escuchado de boca de un viejo cocinero del hotel, que en la habitación 106, había un fantasma; jamás le presté atención a esa historia, hasta que esa noche lo que vi aún no puedo olvidarlo.

Desde donde estaba escuche con claridad el sonido de una de las campanillas del viejo sistema de llamada desde las habitaciones; esto no podía suceder, porque no había huéspedes, pensé que podía ser una laucha u otro animal. Cuando fui a ver, era la campanilla de la habitación ciento seis. 

Debo confesar que no me resultó nada agradable la situación, pero la campanilla no dejaba de sonar. Decidí ir a ver, subí al primer piso, recorrí el pasillo y me paré frente a la puerta de la habitación. 

Por costumbre golpee, lo que sucedió después me sigue helando la sangre.

Una voz extraña me dijo que pasara.

Cuando abrí, una mujer de camisón blanco de pelo negro hasta su cintura permanecía parada dándome la espalda, mirando por la ventana. 

​— ¿Quién es usted? —alcancé a decir con un hilo de voz.

​Cuando aquello lentamente dio la vuelta, el aire se congeló en mi garganta. Me miraban unos ojos inexpresivos, dos pozos sin brillo incrustados en una tez pálida y tensa, carente de toda vida. Sus labios morados se contrajeron justo antes de que el horror cobrara forma. ​Abrió la boca y de ella brotó un grito grueso, seguido de un vaho putrefacto. Quise retroceder, pero no pude; estaba atado a esa voluntad desconocida mientras el terror inundaba mi mente por completo.Pensé que este era mi fin, hasta que una sombra se interpuso entre esa criatura y yo. Llegué a ver que esa aparición se diluía en el espacio y yo me desvanecí.

Al despertarme, estaba sobre la alfombra de la habitación con mi camisa pegada a mi cuerpo transpirado. No había nadie, solo estaba la ventana abierta y un viento helado batía las blancas cortinas. Salí de allí pero jamás se lo conté a nadie por temor a perder mi empleo o que me tomaran por loco.

Dos meses después de esta horrible experiencia, sucedieron dos hechos que conmocionaron a todos en el hotel; el primero, fue cuando encontraron muerta a una mujer en su cama, aparentemente por un paro cardíaco y el segundo un hombre que se suicidó de un disparo en su boca. Los dos hechos ocurrieron en la habitación ciento seis. Debo decirle que yo preferí no contar nada, no sé si hice bien o mal.

Después de la inundación devastadora de 1977, el hotel quedó inservible para continuar. 

Cuando me fui del lugar, llevé conmigo un sentimiento de culpa por no contar lo que yo presencié, tal vez se podrían haber evitado esas muertes, jamás me lo perdonaré. Por eso, usted tiene ahora mi testimonio escrito, que al menos disminuye en alguna medida mi carga. 

Si decide investigar, le puedo asegurar Francisco que hoy mismo, allí, entre esas ruinas; existe aún algo maléfico. 

Pedro Ramírez”

2.

Después de meditar unos días, decidí ir a investigar. Era algo muy antiguo y el señor Pedro Ramírez podría no existir, y tratarse  todo de una burla armada para molestar. No obstante mi curiosidad pudo más, llegué con mi camioneta un sábado por la mañana y en la puerta de esa enorme ruina estaba el colorido contingente de personas sacando fotos mientras la guía turística les relataba la historia de esos muros descascarados. Me acerqué al grupo, y recorrimos solo la planta baja porque el primer piso estaba clausurado. Salvo el olor a humedad, y el arrullo de algunas palomas, entre esas paredes no quedaba nada interesante por ver. Alguien del grupo preguntó si era cierto que había fantasmas a lo que la guía repuso qué solo eran habladurías como el hecho de que Adolf Hitler después de la guerra se hospedó allí. Pero sí dejó en claro, que aquellos que quisieran comprobar en persona el tema de los fantasmas, a las veinte horas, otro guía los esperaba para darles una vela encendida y recorrer el lugar, todos rieron. Yo no.

Hice tiempo en el pueblo hasta la hora indicada y después me dirigí allí. Éramos unas diez personas y el guía, un hombre mayor de aspecto extraño, que entregó una vela encendida, sin hacer muchos comentarios, después nos dirigió al hall principal que al proyectarse la tenue sombra de los participantes sobre el piso y las paredes generaba un clima fantasmagórico. 




—Señoras y señores, en primer lugar les pediré por favor que no enciendan sus teléfonos, en este hotel siempre hubo y hay fantasmas. —comenzó diciendo con voz ronca el guía— y a estos entes no les gusta ser molestados. 

Todos quedamos expectantes, y después agregó:

—Muertes extrañas, huéspedes Nasis, y fantasmas, son los recuerdos que guardan estos muros.

—¿Es cierto que aquí se hospedó Hitler?  —preguntó alguien. 

—Sí es cierto  —afirmó el guía—, antes y después que terminará la guerra. 

Esto provocó en las visitas un murmullo de asombro. 

—También se dice que la inundación de 1977, se produjo por una maldición, no he escuchado a ningún meteorólogo que argumente científicamente lo que provocó el desborde de la laguna, pero ocurrió, y esto destrozó el turismo en la zona con las consecuencias de la falta de trabajo para decenas de familias. 

Una vez que la recorrida terminó, todos se fueron. Yo me quedé para poder hablar a solas con el guía. 

—Lo molesto para hacerle una pregunta señor  —le dije a aquel hombre que se colocaba una mochila sobre sus hombros. 

—Usted dirá  —me respondió 

—¿Conoció por casualidad a un empleado del hotel llamado Pedro Ramírez?

—Si, lo conocí, era un muy buen compañero, cuando el agua cubrió todo, los dueños cerraron e indemnizaron al personal, Pedro se fue a Buenos Aires creo, pero nunca más supe de él. ¿Usted es pariente?.

—No, es una historia larga de contar sin importancia  —le respondí al guía—,  una última pregunta, ¿la guía de la mañana, dice que lo de los fantasmas son habladurías, pero usted no, quién de los dos tiene razón?.

El hombre se me quedó mirando unos instantes y después me dijo:

—Ambos tenemos razón, necesitamos decirle al público lo que quiere escuchar, así funciona nuestro negocio. Buenas noches. 

Cuando se alejó el hombre, quedé solo frente al edificio abandonado inmerso en una oscuridad total. Estaba a punto de subir a mi camioneta e irme, pero pensé que no podía dejar de visitar la habitación ciento seis. Encendí mi linterna e ingresé al derruido hotel. La escalera que subía al primer piso parecía estable, la baranda era endeble. Cuando llegué con cuidado al primer piso, escuché el chirrido inconfundible de murciélagos y unos ratones me rozaron el pie. Las puertas de las habitaciones estaban entreabiertas y aún conservaban sus números en bronce. Con la luz de mi linterna recorrí las puertas a partir de la ciento tres, cuando llegué a la ciento seis, esta no tenía número y se encontraba cerrada. Abrí el picaporte y funcionaba, al empujar la puerta el chirrido de las bisagras denotaba que hacía mucho tiempo que nadie había entrado allí. 

​Cuando logré abrirla, un tufo espeso a podrido y humedad me invadió. Con el foco de luz recorrí lentamente aquel espacio: estaba repleto de muebles y objetos desvencijados; en la ventana aún colgaban retazos de cortinas sin color. Cuando le di la espalda a ese lugar que seguramente guardaba cientos de historias, algo me tocó el hombro. Me sobresalté y giré de inmediato con mi linterna. A escasos centímetros de mí, el rostro de una mujer me miraba con una sonrisa de espanto; era un amasijo de huesos, pelos y piel seca.





martes, enero 20, 2026

UNA LARGA NOCHE EN EL CAMPAMENTO

 1.

​La ciudad muchas veces nos agota: el intenso tráfico, la gente alocada. Como teníamos tiempo, decidimos con mi esposa buscar algún lugar inmerso en la naturaleza para acampar. En internet encontramos un camping rodeado de bosques y montañas, próximo al lago Quillén; es precisamente uno de esos tesoros naturales que aún quedan en este mundo, un lugar donde la presencia humana es mínima.

​Sin perder tiempo, organizamos el viaje. En el garaje de casa revisé todo nuestro equipo: carpa, bolsas de dormir, catres, linternas, faroles. La camioneta estaba preparada; cargamos todo y al día siguiente salimos.

​Mil doscientos kilómetros merecían una pausa. A mitad de camino dormimos en un hotel y al día siguiente partimos para realizar el último tramo. En primavera el clima es benigno y los colores de la vegetación impresionan. Por fin llegamos al camping, que era un lugar excepcional; las fotos de la publicidad no demostraban ni la mitad de su belleza.

​Paramos frente a la cabaña del administrador, pero nadie salió a recibirnos. Me acerqué a la ventana y pude ver que no había nadie. Decidí llamar al número de celular que tenía y me atendió alguien con voz de estar recién despierto. Era el administrador, quien me dijo, no muy cordialmente, que el camping estaba cerrado. Le recriminé cómo era posible tal situación cuando la publicidad decía que en esta época atendían, y agregué que estábamos exhaustos, que solo necesitábamos un lugar y acceso a los sanitarios.

​Por fin convencí al fulano, que llegó a la media hora en su camioneta. Era un hombre mayor con aspecto de guardaparque. Acordamos que, si le pagaba por adelantado y en efectivo, me dejaría las llaves del tablero eléctrico, del depósito donde se encendía el motor para cargar agua y de los sanitarios.

​Después de concretar el trato, se fue. Con mi señora nos reímos porque estábamos en un camping solo para nosotros, en un lugar magnífico; más no podíamos pedir. Decidimos armar la carpa, comer lo que llevábamos y, al día siguiente, ir al único almacén para aprovisionarnos; lo habíamos visto de pasada: no era gran cosa, pero estaba a veinte minutos en auto.

​La primera noche fue muy agradable. Encendí una pequeña fogata y nos quedamos charlando hasta tarde, contemplando el cielo estrellado que los citadinos como nosotros ya hemos olvidado que existe.

​A la mañana siguiente el clima se descompuso y una llovizna persistente no nos permitió salir de la carpa. Desayunamos y luego salimos a comprar comestibles a la proveeduría. Cuando llegamos, había estacionada una camioneta de guardaparques, un auto destartalado en un cobertizo contiguo y otra camioneta blanca con un golpe en el guardabarros delantero.

​Cuando entramos, había un joven en la caja y otros dos que hablaban y se reían tomando cerveza. Al vernos, se callaron de inmediato. El que parecía ser un guardaparque no le quitaba los ojos de encima a mi mujer, al extremo de tener que ubicarme en medio para cubrirla. El del gorro de lana murmuró algo que no pude escuchar y el joven de la caja preguntó:

​—¿Piensan acampar en la zona?

—Tal vez sí —le dije, sin darle demasiada importancia a la pregunta.

—Tengan cuidado con el ripio en las curvas porque es peligroso. Hace unos días se desbarrancó un hombre y el auto estalló al caer —nos advirtió el joven, agregando—: lo sacaron hecho un carbón humeante.

​El hombre del gorro de lana no contuvo una carcajada y se calló de inmediato. Si el hecho era cierto, no tenía nada de gracioso, pero también podía ser que quisieran asustarnos para reírse de nosotros. Al pagar y sacar mi billetera, noté que el del gorro de lana la miraba con curiosidad. Salimos de allí con la seguridad de que no volveríamos.

​En el camino de regreso, observé que detrás venía una camioneta muy rápido. Por precaución, traté de arrimarme a la banquina lo máximo posible, pero como era angosta, corría el riesgo de despistarme. No obstante, el imprudente conductor me sobrepasó realizando una maniobra muy riesgosa antes de una curva, echándome su vehículo encima. Frené bruscamente para evitar el choque y el ripio hizo que mi camioneta resbalara, quedando cruzada en el camino. Mi señora gritó del susto y yo quedé sobresaltado. No podía asegurarlo, pero me pareció que era la misma camioneta chocada que estaba en la proveeduría.

​Cuando llegamos al camping, las nubes comenzaban a correrse dejando ver un cielo azul diáfano. Decidimos olvidarnos del percance y disfrutar del día. Cargamos nuestras mochilas con frutas y agua y nos fuimos a caminar sin rumbo fijo. Llegamos a orillas del lago y nos sentamos sobre un tronco caído para observar esa majestuosa naturaleza que nos quitaba el habla. Al atardecer, regresamos para llegar antes de que oscureciera.

​Al llegar al campamento, no esperábamos encontrarnos con algo así: la camioneta tenía dos ruedas bajas y la carpa estaba abierta. Alguien había entrado y revuelto todo; cuando me fijé mejor, vi que las cubiertas habían sido cortadas.

​Esto ya era el colmo. Deseábamos irnos cuanto antes, pero debía resolver cómo hacerlo; con un solo auxilio no era posible. Necesitaba reparar al menos un neumático y la noche se aproximaba. Llamé al encargado varias veces hasta que por fin atendió. Al explicarle el inconveniente, solo me prometió traerme un neumático al día siguiente a primera hora. Esto no me tranquilizó: debíamos pasar la noche allí.

​Llamar a la policía era una alternativa, pero el destacamento estaba a tres horas. Intentamos llamar, pero lamentablemente nos quedamos sin señal. Se había cortado la luz. El sol había caído y no había luna.

​Lo primero que hice fue ir a la guantera de la camioneta y comprobar que mi revólver estuviera cargado. Ajusté la funda a mi cinturón, encendimos los faroles y una fogata, sabiendo que la noche sería muy larga.




​2.

​Si alguien tenía la intención de robarnos, tenía toda la noche para hacerlo con comodidad. Lo que más me preocupaba —y no se lo decía a mi mujer— era que hubieran roto las cubiertas para que no pudiéramos irnos. Eso indicaba una amenaza concreta. Bajo la luz de los faroles y la fogata, éramos una presa fácil, así que decidí que nos alejáramos de la luz.

​Cargamos un termo con café y nos ubicamos recostados contra un árbol, dentro de nuestros sacos de dormir. No había pasado una hora cuando escuchamos un crujido de ramas secas. De inmediato saqué mi revólver, pero vimos que solo era una pareja de zorros recorriendo el campamento.

​La noche estaba muy fría y, ante la amenaza, los sonidos del bosque se potencian. Finalmente, el sueño nos venció a ambos hasta que un fuerte golpe nos despertó. Miré sobresaltado: la fogata se había apagado y, por la tenue luz de los faroles, vi sombras moviéndose. Eran dos hombres.

​Mi mente realizó un cálculo rápido: si les gritaba, delataría mi posición. Tirar a matar no estaba en mis planes iniciales y disparar al aire no me convencía. Decidí esperar. Sin hacer ruido, salimos de los sacos y le indiqué a mi señora que se colocara detrás del árbol.

​Entonces sucedió lo inimaginable: esos sujetos dispararon varias veces contra la carpa. Si hubiéramos estado allí, nos habrían matado. Estábamos a pocos metros de dos asesinos en una noche cerrada. Pensé que no tenía otra alternativa: eran ellos o nosotros.

​Cuando abrieron la carpa y vieron que estaba vacía, empezaron a apuntar en todas direcciones. Me moví para dejar a salvo a mi mujer y, sin dudarlo, disparé. Uno de ellos se desplomó y el otro gritó de dolor. Este último apuntó hacia donde yo estaba y disparó; sentí el impacto del proyectil en la tierra, muy cerca. El segundo disparo me rozó la pierna. Alcancé a tirarle dos veces más pero fallé, y el tipo se escabulló entre las sombras.

​Al tocar mi herida, noté el pantalón empapado en sangre. Como pude, me acerqué a mi mujer, que temblaba de terror. Con mi remera y el buzo de ella improvisamos una compresa.

​Comenzaba a amanecer. No sabía si el herido volvería a atacar. Traté de tranquilizar a mi mujer, que lloraba desesperada, pero la peor sospecha se cumplió: detrás de nosotros, un hombre con pasamontañas nos apuntaba con su revólver. Sabía que me quedaba una sola bala, pero cualquier movimiento brusco sería fatal. Abracé a mi mujer esperando lo peor. Alcancé a ver en sus ojos el momento exacto en el que dispararía; parecía ser el último instante de mi vida.

​Pero se escuchó un sonido extraño y la mirada fría del asesino quedó fija, sin pestañear. Se desplomó sobre nosotros. Una lanza clavada en su espalda había terminado con él. Mi mujer lanzó un grito desgarrador. Mientras nos quitábamos el cadáver de encima, una voz calma nos dijo:

​—Tranquilo, forastero. Ya no tiene de qué preocuparse, estábamos buscando a estas ratas.

​Era un hombre corpulento con una vincha de colores y un colmillo colgando de su cuello.

​—Soy el cacique de mi pueblo. Estas tierras nos pertenecen desde antes de la llegada de ustedes, los blancos —continuó, haciendo una seña a otros seis compañeros que se acercaron—. Estos forajidos se entretenían violando a nuestras mujeres e hijas, pero no teníamos pruebas y la justicia de los blancos no hacía nada. A ustedes los vimos llegar y supimos que los atacarían; no nos equivocamos. Ahora pueden regresar, nosotros nos encargamos de los cuerpos. Solo nos resta terminar el trabajo: falta uno de ellos.

​A pocos metros del campamento estaba la camioneta blanca del guardabarros chocado. El cacique y sus hombres subieron los dos cuerpos a la caja. Al descubrir sus caras, vi que eran el guardaparque y el del sombrero de lana que habíamos visto en la proveeduría.

​Al despedirse, el cacique me extendió la mano:

—Es usted valiente, forastero. Regrese cuando quiera.

​Mi pierna dolía, pero solo había sido un rasguño. Desarmamos la carpa, juntamos los casquillos y, tras colocar el auxilio, esperamos en silencio al administrador. Una hora después llegó con la rueda y nos preguntó cómo habíamos pasado la noche. Nos miramos con mi mujer y respondimos: "Muy bien".

​Por fin emprendimos el regreso. Al acercarnos a la proveeduría, una columna de humo blanco se elevaba sobre los árboles. Vimos patrullas, un camión de bomberos apagando los restos del local, una camioneta calcinada y tres cuerpos en bolsas negras sobre el ripio.

​—Imagino que el cacique terminó su trabajo —le dije a mi mujer.




miércoles, enero 14, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (3)

 ​1.

​—Señor, lo llaman del banco.

—Pásame la llamada.

—Miguel, lo llamo por cortesía, y porque nos une una amistad profesional de muchos años, pero ya no puedo esperar más; esta semana tenemos una auditoría y su descubierto ya es demasiado abultado.

—Por favor, señor gerente, deme encarecidamente hasta hoy. Antes de las tres le enviaré una transferencia y dejo la cuenta en cero.

—Esta vez es la última consideración. Lamentablemente, si no puede depositar, tengo que bloquear la cuenta y enviarlo a Legales.

—Hoy depositaré el dinero, se lo aseguro —dijo Miguel sabiendo que no lo haría, salvo que su hermano Daniel le prestara, una vez más.

​—Hola, Daniel.

—Sí, te escucho —respondió una voz de mala gana.

—Los inversores suecos están entusiasmadísimos con el proyecto, quieren ver los documentos esta misma semana, ya estoy trabajando en eso.

—Me alegro por ti, hermano. ¿Algo más? —dijo el hermano de Miguel, tajante.

—Sí, una cosa más. Necesito unos pesos, pero solo hasta que realicen el primer pago. Es solo por unos días, te aseguro que me sobrará para devolverte lo que me diste el mes pasado.

—El mes pasado, el anterior, el anterior y cinco meses más —le respondió su hermano de muy mal modo—. Miguel, tus negocios me tienen harto. Ya hiciste contactos con todos los países europeos, pero por una cosa u otra, jamás se concretan. Te di mi parte de la casa de papá, parte de mis ahorros y ahora no puedo arriesgar mi capital de trabajo. La ferretería es mi única entrada. Esta vez, hermano, tendrás que pedirle a otro, yo ya no puedo prestarte más. Te reitero algo que ya te he dicho: no podés seguir con tu ritmo de vida. Tus hijos van a un colegio privado, tu casa en el country, dos autos, tu oficina, el club de golf… Laura me dice que no pintamos nuestra casa porque tengo que pagar las expensas de tu barrio. Recapacitá Miguel, algo estás haciendo mal.

—Esta vez es cierto, Daniel, tengo a los suecos abrochados, es solo una cuestión de días y te devuelvo todo —dijo Miguel angustiado.

—Me duele decirlo, hermano, pero esta vez no puedo ayudarte.

​Daniel cortó la comunicación.

​—Señor Miguel, su señora está en la otra línea.

—Ya la tomo. Hola, mi amor, ¿cómo estás?

—Mal, Miguel. Vengo del colegio de los chicos; llevamos tres meses, no sé si te acuerdas. Bueno, me enviaron un correo diciendo que debía ir hoy sin falta a regularizar. Fui, puse la cara, todos me vieron, una vergüenza infinita. Pero no terminó allí: cuando quise pagar, las tres tarjetas estaban bloqueadas. ¡Bloqueadas, Miguel! Me tuve que ir sin pagar y el gerente me dijo que tenemos tiempo hasta esta semana si queremos que inscriban a los chicos el año próximo. Para colmo, llegué con olor a nafta a casa porque no pude cargar. ¡Esto es inaudito, Miguel! ¡Dame una solución a este despelote!

—Ahora llamo al banco, debe ser un error, es imposible que estén las tres bloqueadas… Tengo una llamada muy importante de unos empresarios suecos, ahora te llamo. Yo soluciono todo, no te preocupes.

​Miguel colgó la llamada sintiendo que el mundo se desplomaba sobre su cabeza. Sabía que no tenía salida y que los supuestos clientes suecos no existían. Desesperado, buscó algo en un cajón de su escritorio; era una tarjeta de publicidad que decía:

​“Le damos el valor de su automóvil en efectivo en el momento, absoluta reserva”.


​Cuando bajó a la cochera, subió a su camioneta, pero solo tenía la reserva de combustible. Calculó aproximadamente si le alcanzaba para llegar y decidió salir. Cuando llegó al lugar, su motor se detuvo frente al local. El lugar no parecía una concesionaria de autos; solo había un galpón con piso de tierra y tres autos estacionados. En la pequeña oficina, un señor corpulento estaba hablando por teléfono. Cuando entró Miguel, el hombre colgó y lo hizo sentar.

​—¿En qué lo puedo ayudar, caballero? —dijo aquel hombre de aspecto desprolijo.

Sin muchos preámbulos, Miguel le señaló su camioneta y le dijo el año y los kilómetros, agregando:

—¿Cuánto me puede dar?

​El hombre, sin más, le dijo:

—No estamos tomando alta gama y tan nuevas como la suya, pero podemos hacer una excepción.

Después, se dirigió a una pequeña oficina vidriada, cerró la puerta y habló con alguien por su celular. El valor que le ofreció era la mitad del precio de mercado. Miguel miró a aquel hombre de cara impávida con repugnancia, pero sabía que era eso o nada. Después de unos segundos, dijo:

—Acepto, si es en dólares.

—Como usted diga, caballero, ya le traigo los papeles y el dinero.

​Cuando salió de ese lugar sabía que lo que llevaba en el bolsillo no le alcanzaba ni para cubrir el banco, pero otra cosa no se le ocurría hacer. Ahora lo inmediato era pedir un auto y salir de ese barrio que no le parecía decente. Cuando su transporte llegó, le pidió que lo llevara a su club de golf. Pensaba ir a jugar, pero no al golf precisamente: en el sótano del club se jugaba al póquer por dinero.

​Cuando llegó, primero fue al bar a beber. Cuando Miguel se excedía con el alcohol, su razonamiento para afrontar los problemas empeoraba y las decisiones que adoptaba eran demasiado arriesgadas y, por lo general, nefastas. Indefectiblemente eso ocurrió y, en dos horas, perdió todo lo que llevaba. Con su mente enturbiada por el alcohol y sin un peso en el bolsillo, salió del club sin saber cómo hacer para dirigirse a su casa. Recordó la estación de ferrocarril y allí se dirigió.

​2.

​Cuando llegó a la estación se desplomó en un asiento en el andén. Le dolía la cabeza y su cuerpo estaba entumecido. Se acordó de los chicos, su mujer, sus deudas y se puso a llorar. Se le cruzó por la cabeza terminar con su desastrosa vida… solo debía esperar a que viniera la formación.




​—Disculpe, señor, ¿no me podría decir si de este andén sale el tren para Belgrano?

—No lo sé —dijo Miguel.

—Qué curioso, siempre sale desde aquí.

—¿Adónde me dijo? —respondió Miguel sin saber quién le hablaba.

—A Belgrano, ¿no vive usted allí?

Mirando a quien le hablaba, preguntó:

—¿Cómo sabe que yo voy para Belgrano?

—No sé, por su aspecto de hombre de negocios imagino que vive en Belgrano —dijo la señora de pañuelo rojo, mirándolo con una amplia sonrisa.

—Era un hombre de negocios; ahora solo soy un pordiosero —dijo Miguel sin mirar.

—Mi finado esposo sí que era un pordiosero —dijo la mujer—. Cosechaba papas de campos ajenos en Francia, pero éramos felices.

—Nadie puede ser feliz viviendo con un pordiosero, señora, con todo respeto.

—Bueno, en eso algo de razón tiene, porque pordiosero es aquel que pide limosna. Mi esposo jamás pidió; decía que era un trabajador de la agricultura porque toda su vida cosechó papas, pero jamás le pidió plata a nadie a pesar de que la necesitábamos. En invierno teníamos que dormir en el corral junto a dos cabras que por suerte eran dóciles, para no morirnos de frío.

​Cuando Miguel escuchó lo de pedir dinero, se le aclaró un poco la mente y le prestó más atención a aquella desconocida, que continuó diciendo:

—Debo decirle que pedir plata prestada tampoco es un pecado, o incluso mendigar; cada cual vive como puede, otros viven como quieren, otros no viven a pesar de estar vivos y otros no quieren vivir más. En mi opinión, esto último es muy discutible, depende de diversos factores, muchos de los cuales son justificables. Pero lo injustificable es no querer continuar viviendo por no querer asumir la responsabilidad de hacer las cosas como corresponde.

​Miguel miró a la señora e imaginó por un momento que esa desconocida le estaba recriminando su postura frente a la vida.

—¿Por qué no me explica, señora, cómo alguien puede ser feliz calentándose entre cabras en invierno? —le dijo Miguel algo ofuscado.

—Lo que ocurre, señor, es que nuestras cabras, en el campo en donde vivíamos lejos de todo, eran nuestra familia. Ellas nos daban leche y con la leche yo hacía quesos que vendía en la feria del pueblo.

—Lo que no entiendo, señora, es de qué modo usted era feliz.

—Es simple: nos amábamos. Le contaré algo: el verano para nosotros era la época que más gozábamos. Teníamos nuestra quinta y mi esposo, cuando no trabajaba en el campo, se ocupaba de nuestra pequeña casa. Cuando arreglaba el techo, siempre quedaba alguna gotera; me decía que todas las casas necesitan tener una gotera para que sus habitantes siempre estén alertas al clima. ¡Qué loco! En la comarca nuestras flores eran codiciadas por nuestros vecinos y los días festivos íbamos al pueblo con nuestras mejores ropas, que eran las mismas de siempre pero limpias. ¡Éramos muy felices, muy felices! No nos sobraba nada, pero teníamos lo suficiente.

​La señora se quedó callada y Miguel se quedó pensando en los desatinos de su vida.

—¿Qué se puede hacer cuando ya es tarde y uno entiende que erró el camino? —preguntó Miguel pensando que nadie respondería a esta encrucijada.

—Dos cosas —respondió la señora que continuaba a su lado—. La primera es desandar el camino recorrido hasta encontrar el lugar en donde perdimos el rumbo. Y la segunda, es retomar el correcto. Pero debo decir que, por lo general, esto resulta muy doloroso, muchos no se atreven y su situación resulta ser cada día más angustiante.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Miguel resignado, aceptando su fracaso, a esa mujer desconocida; pero cuando quiso mirarla, a su lado ya no había nadie. Sobre el asiento solo había algo de dinero, que le alcanzó exactamente para comprar un pasaje y llegar a Belgrano.

​3.

Esta historia, estimado lector, termina sin ningún hecho heroico o digno de comentar, pero se puede agregar que Miguel se puso al día con sus deudas, para lo cual vendió su casa en el country y el auto que le quedaba. También anotó a sus hijos en un colegio público y alquiló una habitación en una pensión solo para él, porque su mujer era del tipo que no son felices con hombres económicamente quebrados. También debemos decir que su hermano Daniel, a pesar de no necesitarlo en la ferretería, le dio trabajo allí.

​Al cabo de unos meses, cuando una mañana abría la cortina del negocio, llegó el joven al que le compraba café y tortas fritas. Siempre se quedaban charlando, y un día pasó un mendigo y esto ocurrió:

​—Aquí no hay nada para usted —le dijo el cafetero al mendigo, resuelto.

—Espere, señor —detuvo Miguel al pordiosero tomándolo del brazo. El hombre lo miraba desahuciado, sin voluntad, tal vez por el alcohol, por la mala noche o por su estado de salud; y Miguel le obsequió su desayuno.

​A partir de ese día, todas las mañanas el mendigo pasaba por el local a la misma hora y todas las mañanas Miguel le compraba un desayuno. Al cabo de un tiempo, lo llevó a higienizarse a una parroquia y le consiguió un asilo porque sufría de demencia. Una vez por semana, Miguel iba a verlo. Consideraba que ese hombre podría haber sido él, pero el destino no lo quiso.


viernes, enero 09, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (2)

 ¿Raúl?, qué sorpresa a esta hora.

​—Sí, Laura… te llamo porque quiero avisarte que no iré hoy.

​—¿Por qué motivo? Les avisé a mis amigos que nos reuniríamos por nuestro aniversario; se cumplen dos años. ¿Ocurrió algo?

​—No… solo que te quiero decir, Laura, que vamos demasiado rápido. Mejor será que nos demos un tiempo. Sos una chica encantadora, pero prefiero que dejemos lo nuestro en pausa por ahora.

​—¡¿Dejar lo nuestro en pausa?! Me estás jodiendo, Raúl. ¡¿Qué te pasa?! —reaccionó Laura, desesperada.

​Para ciertas cosas en la vida, un silencio prolongado permite ver y entender lo inevitable. Exactamente eso hizo Raúl: no le respondió a su novia y se quedó callado.

​—Tu silencio me dice todo. Pensé que me querías, que eras sincero, pero cometí un error imperdonable. Soy una tonta. ¡No te quiero ver nunca más en mi vida!

​Así terminó la relación entre Laura y Raúl.

​Ella se sintió ultrajada hasta sus entrañas; jamás pensó que él le hiciera algo así. Pensaba que sería el padre de sus hijos, pero ahora, de un momento a otro, debía aceptar la dura realidad de un desengaño inesperado cuando creía que su noviazgo era perfecto.

​Después de esa breve e insoportable ruptura, Laura no sabía qué hacer. Llevaba entre sus manos la torta que había comprado para la reunión de esa tarde con sus amigas y amigos. Sentía que le faltaba el aire y se dirigió a la plaza. Cuando llegó, tiró el paquete a un cesto de basura con toda su fuerza, imaginando que también estaba tirando su relación con Raúl.

​Cuando se sentó en un banco, se puso a llorar con la impotencia de no poder cambiar lo que le pasaba.

​—Disculpe, señorita, ¿se siente mal? —preguntó alguien a su lado.

​Con sus ojos irritados, Laura miró para saber quién le hablaba. Era una señora mayor, con un pañuelo rojo sobre su cabeza, que la miraba preocupada.

​—No es nada, señora. O mejor dicho, nada que alguien pueda solucionar.




​—Bueno, uno nunca sabe, hija. Si tienes tiempo, puedo contarte una pequeña historia personal.

​Laura pensó que tal vez cualquier historia, incluso contada por una extraña, podía ayudarla a suavizar su insoportable desdicha.

​—Sí, adelante —le respondió con pocas ganas a aquella amable señora desconocida.

​—Yo tendría tu edad cuando fui a mi primer baile en mi pueblo de Francia, y allí conocí a un joven del cual me enamoré a primera vista. Era alto y de pelo negro, sus ojos eran dulces como la miel y tenía una sonrisa irresistible. Empezamos a vernos todos los sábados y durante cinco meses recorrimos los campos que estaban repletos de flores de cien colores; me contaba miles de anécdotas graciosas de su trabajo en la granja que me hacían reír. Yo estaba loca de amor por ese muchacho, pero un día que habíamos quedado en encontrarnos en el lugar de siempre, no vino. Pensé que tal vez había tenido un percance y lo esperé hasta el siguiente sábado, pero tampoco vino.

​Entonces me decidí a ir a su casa, que estaba muy lejos de la mía. El tiempo me jugó una mala pasada cuando una torrencial lluvia me sorprendió en un camino de tierra; al tratar de protegerme debajo de un frondoso árbol, me resbalé y terminé hecha un desastre, tenía barro hasta en mi pelo. Por fin llegué y me dirigí a un granero de la casa tratando de estar más presentable; desde allí vi lo que no debía haber visto jamás. El muy sinvergüenza vivía con una mujer y tenía dos críos. Creí que me moriría allí mismo; algo me contuvo y no fui a pegarle, solo me quedé llorando junto a una cabra que me miraba.

​Después de contar su historia, la señora se quedó mirando el parque en silencio.

​—¿Qué ocurrió después? —le preguntó Laura, intrigada.

​—Ah, sí, después tuve cinco novios más que me hicieron olvidar mi primera decepción con los hombres.

​Laura no pudo contener una pequeña carcajada por lo dicho por esa mujer desconocida.

​—A mí me pasa algo parecido —dijo Laura, más reconfortada, pero todavía triste.

​—Lamentablemente, querida, cuando se es joven suelen acontecer desengaños —le dijo aquella mujer tomándola de la mano—. Pero permíteme decirte una cosa: a pesar de dolernos el alma, siempre, siempre, alguien aparece en nuestras vidas con intenciones más buenas y sinceras. Ya lo verás, la vida nos brinda momentos malos y otros buenos; así funciona el destino. Hoy te puede parecer que el mundo se terminó para ti, pero tal vez mañana nuevamente verás el sol brillar sobre tu cabeza.

​Laura, después de escuchar atentamente a la señora, se sintió más tranquila y le preguntó:

​—Me resulta muy curioso, señora, que usted no me conoce y, sin embargo, me habló justamente de lo que me mortificaba: mi novio me acaba de dejar, hace solo un rato.

​—Comprendo tu sorpresa, pero es mi labor en esta tierra.

​—No entiendo —dijo Laura.

​—No te preocupes, no es necesario que entiendas nada. Lo importante es que te sientas mejor.

​Ambas se miraron a los ojos y la señora le dijo:

​—Sigue tu vida, querida. Te aseguro que tendrás una familia muy buena, con varios hijos hermosos.

​—¿Cómo puede usted saberlo? —le preguntó Laura.

​—Nosotros, los viejos, sabemos muchas cosas, pero eso ahora no importa —la mujer le dio un beso en la mejilla a Laura y se paró.

​Antes de irse, dijo:

—Una última cosa, querida: hoy, en la reunión con tus amigos, irá un joven que se llama Mario.

​—¡Sí, Mario! Todas mis amigas se mueren por él, ¿pero cómo sabe usted? —le preguntó Laura, cada vez más intrigada.

​—Solo lo sé; cómo, no tiene importancia —le respondió la señora, acomodando su pañuelo—. Lo que te debe importar a ti es la forma en que te mira. Muchas veces hay hombres que temen expresar sus sentimientos. Recuerda: fíjate cómo te mira.

​Por último, la extraña mujer dijo:

—¡Buena vida, hija!

​Laura no alcanzó a saludarla cuando la señora ya estaba lejos cruzando el parque, hasta perderse detrás de unos arbustos.

​Esa tarde, en la reunión con sus amigos, Laura contó su ruptura con Raúl. Dos de sus amigas la abrazaron y, en el mismo momento, por encima del hombro de una de ellas, Laura miró a Mario y pudo observar nítidamente que, en lugar de estar serio por la desafortunada noticia, tenía una amplia sonrisa que no podía disimular. Durante el transcurso de la reunión, ella le acercó un plato con budín y fue entonces cuando ese muchacho buen mozo le dijo de forma directa, clara y contundente:

​—Ahora que no tienes compromiso, Laura, ¿te gustaría salir conmigo este sábado?

lunes, diciembre 29, 2025

PARAÍSO S.A.

 Dinero:


Primero surgió el trueque, cambiábamos, huevos por harina, pan por telas, una silla por dos pollos. Esto se tornó en un complejo sistema por lo general desequilibrado y poco confiable. 

Luego utilizamos para facilitar estos intercambios el dinero mercancía. Un producto por todos conocidos y aceptado como la sal surgió como respuesta.

Después siguieron las monedas de oro y plata, por una cuestión práctica, no se podrían y se podían transportar con facilidad.

Por seguridad se comenzó a utilizar papel moneda, para dejar a salvo el oro y la plata.

Y en la actualidad, si me preguntan, ya no sabemos si el dinero existe o no, la era digital permite que cantidades abismales del mismo pasen de mano en mano a la velocidad de la luz. Pero, ¿donde está guardado?, puede llegar a ser una pregunta que ni el más prestigioso banquero puede dar la respuesta.

No obstante todos estaremos de acuerdo que sin dinero, exista o no, no se puede vivir, dependemos de este prestigioso invento humano para poder realizar todas las transacciones de nuestra vida. Desde comprar un moisés hasta nuestro ataúd…bueno, aunque pensándolo bien, existen muchas formas de dar el último paso de nuestra existencia. 


Amor:


Con dinero podemos comprar muchísimas cosas, no todas. Por ejemplo, el amor sincero, total y absoluto, no se puede comprar ni con todo el dinero del mundo. Pero debemos decir que es posible perder toda una fortuna por amor.



1.


           La constructora y desarrolladora de negocios inmobiliarios se llamaba “Paraíso S.A.” y su único dueño era Ángel Lucifer Dorado… Tal vez parezca contradictorio, pero esa era la verdad. El segundo nombre muy pocos lo conocían porque en su firma solo se leía Angel L. Dorado. En verdad don Ángel como todos lo llamaban en la empresa, era un muy buen hombre. 

Su empresa tenía más de tres mil empleados y créase o no, cuando recorría en persona las obras u oficinas administrativas, se dirigía a sus empleados por su nombre de pila, y además les preguntaba si habían conseguido lo que aspiraban, su nueva casa, su automóvil, ir al lugar para vacacionar preferido, o cual era el nombre de su hijo recién nacido. Para don Ángel sus empleados eran su única familia. Él vivía en un amplio departamento que ocupaba dos pisos completos en Puerto Madero frente al río, que compartía con una tía muy mayor, pero por lo general se quedaba todas las noches en una pequeña habitación detrás de su oficina; el trabajo absorbía toda su vida, incluyendo los fines de semana y feriados. Para don Ángel las vacaciones no existían.

Su secretaria de toda la vida se llamaba Aurora, era una señora mayor que él, estricta, puntillosa al extremo de llevar la agenda de don Ángel, en intervalos de una hora, los trescientos sesenta y cinco días del año. Una mañana, Dora se sintió mal; un infarto terminó con su vida sin poderla asistir. Esta lamentable pérdida afectó muchísimo a Don Ángel, más allá del profundo dolor, tardó dos largos meses en poder organizarse. No podía entrar a la oficina Dora y ver su escritorio vacío. Un día muy apesadumbrado se decidió y se sentó en él para ver el estricto orden de los papeles y carpetas de su Invalorable secretaría y ocurrió algo inesperado, cuando abrió el primer cajón, vio un sobre que decía “para Don Angel”, cuando lo abrió leyó el contenido de aquella carta:


“Estimado don Ángel, seguramente cuando usted lea esta carta yo ya no estaré, pero no se preocupe, he sido a mi manera muy feliz en la empresa trabajando tantos años para usted que ha sido un jefe sin igual. Como me gusta tener todo ordenado, también he pensado que usted necesitará una nueva secretaria, por esto le digo que yo tengo una sobrina que junto con mi hermana la hemos preparado para que pueda ocupar mi lugar en su empresa. Se llama Beatriz, es licenciada en dirección de empresas, sabe hablar inglés y francés, es super organizada como yo, y muy bonita. Le recomiendo que la entreviste y si es de su agrado la contrate. Sería para mí una satisfacción que mi sobrina ocupe mi oficina. 


Su secretaria de toda la vida Dora”


Cuando don Ángel leyó esta carta, inmediatamente se contactó personalmente con la hermana de Dora y coordinó una entrevista para conocer a la sobrina de Dora; sin muchas expectativas porque reemplazar a alguien tan competente como Dora le parecía imposible. 

El lunes a primera hora Beatriz y su madre se presentaron en la empresa. Cuando Don Ángel vio por primera vez a esa joven, su corazón, su mente y todo su ser se estremecieron a tal punto que ya no pudo dejar de pensar día y noche en la persona que sería su secretaria privada al principio y al muy poco tiempo su esposa. 

La joven Beatriz tenía muchos atributos, pero tres se destacaban por sobre todos los demás: su inteligencia, su astucia y su capacidad para conseguir todo lo que se propusiera. 

El primer objetivo de Beatriz fue conquistar el corazón de Don Ángel, con una diferencia de treinta años de edad este objetivo le resultó una tontería. El experimentado hombre de negocios era muy astuto para cerrar tratos, pero en cuestiones de mujeres sus conocimientos eran nulos, no se le conocía que tuviera una novia. 

Al mes de ingresar a la empresa, Beatriz ya estaba organizando junto con  Don Ángel su casamiento. Él estaba tan feliz que deseaba compartir su alegría con todos sus empleados. Así fué que se decidió realizar el festejo en la estancia.

No faltó a la fiesta nadie, todos los empleados de Paraíso S.A. Llegaron en ómnibus contratados por la empresa, autos particulares, y rentados. Los novios llegaron en un enorme helicóptero, junto al cura que los casaría.

Se levantó un pequeño altar con cortinas de seda blanca sobre el parque de la fastuosa casona, de donde salió la novia del brazo de su padre, con un traje blanco, la cola tenía diez metros de largo y era llevada por cuatro chicos. Don Ángel la esperaba en el altar con un riguroso frac. Cuando se consumó la unión ante Dios, ambos se colocaron los anillos. Todos aplaudieron de alegría; don Ángel desbordada de felicidad.

La fiesta duró tres días, había conjuntos musicales en vivo, un batallón de mozos servían la comida a los invitados. Varios sectores de parrillas se armaron a lo largo de una mesa de novecientos metros de largo para que los mil quinientos kilos de carne y pollo asado lleguen calientes a los platos. La bebida se distribuyó mediante cuatriciclos qué arrastraban unas heladeras con ruedas, para que los comensales pudieran disfrutar todo tipo de bebidas bien frías. 

Por fin, los novios se retiraron en el mismo helicóptero que los trajo entre aplausos y vivas de los invitados. Desde la estancia se dirigieron al aeropuerto de Ezeiza y desde allí en avión privado a Roma.

Este momento de absoluta algarabía, fue el principio del fin de la empresa “Paraíso S.A.”, para convertirse curiosamente en un infierno. 





2. 


Los grandes cambios suelen darse en pequeñas dosis. La luna de miel de don Ángel y Beatriz, duró tres largos meses, en los cuales él se olvidó de la empresa. Como en toda empresa importante todos los días surgían temas a resolver, que se postergaban o los resolvía alguien sin experiencia y a las apuradas.

Una sola orden de don Ángel llegó al contador principal de la empresa. Debía abrir una cuenta corriente a nombre de Beatriz y depositar allí todos los meses una suma de dinero muy importante. 

El contador lo consultó con el gerente y la orden era muy clara, por lo cual se abrió la cuenta requerida pero cuando se realizaba el arqueo de caja general, en dicha cuenta surgía que todo ese dinero se transfería todos los meses a un par de cuentas desconocidas en el extranjero. 

Cuando don Ángel y su esposa regresaron de su luna de miel, a los problemas acumulados se sumó otro que complicaría todo el funcionamiento de la empresa, convirtiéndose en una situación burocrática nunca vista. ​Beatriz tendría el cargo de gerenta general de las operaciones financieras, comerciales y de negocios de la empresa**;** es decir, todo pasaría primero por sus manos antes de que don Ángel se enterase.

El gerente general, amigo de toda la vida de don Ángel, que se llamaba Victor, fue el primero en vislumbrar una serie de acontecimientos extraños. Por empezar la señora Beatriz, así la llamaban todos, no permitía que nadie llegara a la oficina de don Ángel, solo ella le llevaba algunos informes para que él estuviera ocupado. Tampoco se quedaba como era su costumbre en la oficina por las noches, religiosamente a las cinco de la tarde un auto con chófer los llevaba al departamento de Puerto Madero. Don Ángel vivía en una burbuja creada por su mujer.

El primer problema serio sucedió cuando los socios del principal emprendimiento de viviendas comprobaron que las obras llevaban un retraso de varios meses por falta de insumos. Cuando se quisieron reunir con don Ángel, en la cabecera de la mesa de reuniones, en lugar de don Ángel, estaba sentada su joven esposa.

Fué la reunión más corta en la historia de la empresa. El maltrato que recibieron por parte de Beatriz, hizo que estos hombres de negocios se fueran de allí muy ofuscados con la intención de realizar un juicio por no respetar las cláusulas contractuales asumidas por Paraíso S.A.

Esta fue la gota que rebalsó el vaso para el gerente general, exigiendo a Beatriz hablar con don Ángel ese mismo día. 

Por fin don Ángel lo atendió en su oficina en presencia de su esposa. Cuando el gerente alertó a don Ángel de todos los problemas que había, incluyendo un descubierto de varios millones de pesos, este le respondió sosteniendo la mano de su mujer con cara de un tonto enamorado:

—A partir de ahora querido Victor, todo lo referente a bancos en inversiones lo manejará Beatriz, ella es muy competente en estas cuestiones, y no nos defraudará, ya verás.

Cuando el gerente general escuchó esto inmediatamente se dió cuenta que la empresa ya tenía una fecha de defunción. 

Al día siguiente Victor le entregó a Beatriz su renuncia. De la cual don Ángel se enteró muchos después. 

No habían cumplido un año de casados y Beatriz ya había logrado su objetivo; la empresa de don Ángel estaba descapitalizada y quebrada. Ahora solo le restaba quitarse de encima a su marido al que jamás quiso. Fué muy sencillo, una mañana le dijo que iría a visitar a una íntima amiga que vivía en Alemania, solo se ausentaría por una semana. Don Ángel aceptó de buena gana, sabiendo que su esposa estaba feliz por el viaje.

Después de despedir a su esposa en el aeropuerto, la cual llevaba más diez grandes valijas, y una enorme sonrisa, se dirigió a las oficinas de su empresa; le llamó la atención que de los treinta empleados que siempre había, sólo vió a   tres. 

—¿dónde está el resto del personal?, —preguntó. 

Un muchacho muy joven de dijo:

—Solo quedamos nosotros, don Ángel, los demás renunciaron.

—¿Por qué motivo joven?, ¿no estaban a gusto en la empresa?  —le preguntó don Ángel asombrado.

—Se fueron señor  —dijo el joven con temor—, porque hacía tres meses que no cobraban y la señora Beatriz no les permitía hablar con usted, por eso se tuvieron que ir.

Cuando don Ángel quiso ver al gerente general, recién se enteró que hacía meses ya no estaba.

Poco a poco don Ángel fue comprendiendo que su magnífica empresa estaba quebrada y semiabandonada. Los emprendimientos estaban paralizados y el golpe de gracia lo recibió cuando entró a un pequeño despacho que estaba en la oficina de su mujer en donde pudo encontrar cientos de cartas documentos de todo tipo. Por poco sufre un paro cardíaco, desesperado se dirigió a la caja fuerte que controlaba Beatriz, al abrirla la decepción fue enorme. No quedaba un solo peso.

Su cabeza estaba por estallar, y sus manos frías, desde su escritorio llamó al celular de su mujer, y lo que escuchó fue demoledor:

“Este número ha sido dado de baja”

De golpe comprendió la catástrofe, no había duda alguna. Beatriz se había ido, dejándolo a él y a su empresa en la ruina.

Con su mano derecha, abrió el cajón en donde guardaba un revólver, pero en ese momento alguien golpeó la puerta de su escritorio, cuando abrió, un señor de traje y corbata acompañado por dos agentes de policía le dijeron después de identificarse como agentes de la DGI que lo tenían que acompañar por estar implicado en un caso de retención de impuestos de varios millones de pesos.


3.


 Los días que siguieron a la detención de don Ángel terminaron con él. Ese otrora emprendedor hombre de negocios y exultante caballero, estaba acabado, un torrente de injusticias y angustias lo arrastraron a un solitario calabozo que él sentía como si estuviera enterrado vivo. Por las frías noches de invierno, y los fétidos días de verano, se convirtió en un pordiosero. Cada año que pasaba allí, lo hacía envejecer cinco años. Y aún le restaban ocho para cumplir su condena. 

Un día el carcelero lo sacó de su monotonía y le dijo que tenía una visita.

Don Ángel, sin esperanza alguna arrastró sus pies hasta la sala de reuniones. Allí lo esperaba un hombre mayor de pelo blanco que él no recordaba ni remotamente. 

—¡Don Ángel, que alegría verlo!.

—¿Quién es usted? —le preguntó don Ángel extrañado.

—¿No me recuerda?

Aunque se esforzaba en recordar a ese hombre, don Ángel no podía vincularlo con ninguna situación de su vida pasada. 

—Yo soy Ferndando, señor  —le dijo con respeto ese hombre—, usted me salvó la vida.

Fernando era un antiguo sereno de una de las primeras grandes obras de la empresa, pero tenía un único problema, era alcohólico. Y su enfermedad hizo que una noche, delincuentes robaran la obra llevando una enorme cantidad de mercaderías muy costosas. Lo curioso fue que don Ángel en lugar de echarlo, se involucró en el problema de su empleado, y lo ayudó. Primero se ocupó de la difícil enfermedad y una vez no curado, pero manteniendo siempre la sobriedad, lo nombró inspector de obradores, con un importante sueldo, que le permitió a Fernando comprarse una hectárea de tierra en Moreno, construir su casa y fundar una familia con cuatro hijos.

Cuando Fernando le repitió su historia, don Ángel pudo recordar y después de mucho tiempo, aquel viejo empleado, lo hizo sonreír. 

A partir de ese día el antiguo empleado de don Ángel, lo visitó ininterrumpidamente, todos los domingos, aunque lloviera, hiciera calor o frío. Incluso para su cumpleaños, la señora de Fernando le preparaba un pastel que don Ángel repartía con sus carceleros y compañeros de celda. Poco a poco, el maltrecho espíritu de don Ángel se fué recomponiendo y consiguió mediante una petición a las autoridades de la penitenciaría realizar una cancha de bochas. Al cabo de unos años a don Ángel todos lo apreciaban y pudo encontrar allí hombres complicados pero con ciertos valores dignos de ser atendidos.

Por buena conducta le redujeron su condena, y una tarde lluviosa de otoño el carcelero de años, le abrió su celda. Era nuevamente un hombre libre. 

—Adiós don Ángel, como es la vida, hoy usted se va y yo me quedo aquí. —le dijo su carcelero al que todavía le faltaban algunos años para jubilarse. 

En la puerta de la penitenciaría lo esperaba una vieja camioneta blanca conducida por su antiguo empleado Fernando, en cuya puerta aún se leía: “PARAISO S.A.”


FIN


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"NORA Y SU AMOR SECRETO"

lunes, diciembre 22, 2025

EL PLATO DE SOPA MAS EXQUISITO DEL MUNDO


​1.

​           Un sol rojizo despuntaba sobre los techos de chapa de las casas del barrio, presagiando otro día de intenso calor. La cancha de fútbol, pegada a las vías muertas del ferrocarril, esperaba en silencio a sus jugadores incansables de todos los días. La escuela había terminado y la rutina de Miguelito era ayudar a su hermana Dora, que era discapacitada y varios años mayor que él; se desplazaba en silla de ruedas.




​Los padres de ambos trabajaban en la fábrica textil; al salir, la madre continuaba limpiando casas y el padre en el taller de su hermano. Llegaban muy tarde y cansados. La cena la preparaba Dora y él la asistía en la cocina y demás quehaceres domésticos. Ambos disfrutaban estar juntos porque Dora era muy alegre: leían y comentaban todo lo que llegaba a sus manos y, en los ratos libres, jugaban a las cartas.

​—Hoy prepararé para la cena milanesas con papas fritas —le dijo Dora a su hermano mientras bordaba frente a la pequeña ventana de la cocina, el lugar más iluminado de la casa—. ¿Te gusta?

​—Sabés bien que esa comida es mi debilidad, la comería todos los días —le respondió Miguelito mientras conectaba la garrafa de la vieja y oxidada cocina, de la que solo funcionaba una hornalla.

​—Si me llama la señora del taller de costura y me da el empleo, te aseguro que te haré esa comida día por medio.

​—¿Y por qué no puede ser todos los días? —preguntó Miguelito.

​—Porque nadie puede comer siempre lo mismo todos los días.

​—Yo sí puedo —dijo Miguelito muy serio.

​—Está bien, te prepararé eso todos los días —le respondió su hermana riendo—. Estoy segura de que, a la semana, me pedirás por favor otra cosa. Bueno, pero hoy es hoy; solo necesito que compres en el almacén medio kilo de milanesas de bola de lomo, medio kilo de papas, una botella chica de aceite, un paquete de pan rallado, cuatro flautas y dos huevos. Decile a Juan que te corte las milanesas bien finas. ¿Te vas a acordar?

​—Sí, Dora, ¿cuándo me olvido de algo? —respondió él con desdén.

​—Siempre —le dijo su hermana, dejando el bordado sobre su falda—. Ah, y no te entretengas en el potrero, que siempre están rondando el Cholo y sus hermanos; si te ven con una bolsa, se la quedan los muy sinvergüenzas. Llevá la plata que hay en mi mesa de luz.

​—¿Acaso hay otro lugar de la casa con plata? —preguntó Miguelito con sorna.

​Miguelito tomó los pocos pesos que había en la cajita, se los puso en el bolsillo y salió a la calle. No tenía paciencia para caminar: fuera de su casa, todos los mandados los hacía corriendo.

​Su debilidad era jugar a la pelota. Sin hacerle caso a su hermana, primero se dirigió al potrero. Allí estaban sus amigos, que al verlo le gritaron que necesitaban un delantero para las seis de la tarde. Era un partido de cinco contra cinco, en dos tiempos de veinte minutos, por una cantidad de dinero muy importante... al menos para ellos.

​Miguelito no tenía que poner un peso por dos motivos: el primero era que no tenía dinero, y el segundo, que era un goleador indiscutible. El problema era convencer a su hermana.

​—Si mi hermana me deja, jugaré, pero no puedo asegurarlo —les dijo.

​—Vamos todos a tu casa y le rogamos a Dora —dijo Horacio, el más delgado y alto del grupo—. Los de la cortada juegan bien, pero con vos les podemos ganar seguro.

​Así quedó la promesa del grupo de ir a la casa de Miguelito un rato antes del partido. Del potrero, Miguelito salió corriendo para el almacén, un negocio de ramos generales, carnicería y verdulería. El dueño era Juan, el carnicero, y su mujer, doña Julia, atendía la caja; no era una mujer de mucho hablar, pero sumaba y restaba como si tuviera una calculadora en la cabeza. Cuando Miguelito entró, notó que el local no tenía puerta ni cortina, lo que permitía que las moscas estuvieran a sus anchas, preferentemente en el sector de la carne.

​—¡No atendemos más a los hinchas de Boca! —dijo Juan sonriendo—, pero hoy voy a hacer una excepción.

​Miguelito puso cara de indiferencia ante la humorada, pues Juan era de River, y para contrarrestar le preguntó:

​—¿Aquí venden milanesas de gallina?

​—Dale, bostero, ¿qué necesitás? —dijo Juan afilando una enorme cuchilla.

​—Necesito medio kilo de milanesa de... de... no me acuerdo. ¿De qué pueden ser?

​—De bola de lomo, cortadas bien finas.

​—Sí, señor gallina, eso mismo.

​—Callate, bostero.

​De regreso a su casa, al cruzar la calle, se enfrentó de improviso con el Cholo y sus hermanos, que salían de un pasillo.

​—¡Bueno, bueno, aquí viene un mocoso con un regalo para nosotros! —dijo en voz alta el Cholo, interrumpiendo el paso de Miguelito—. ¿A ver qué nos trajiste?

​Miguelito se aferró a su bolsa, pero entre los tres se la arrebataron y le dieron un empujón, tirándolo al suelo. Miguelito sabía que no podía enfrentarlos porque lo superaban en edad y fuerza; les suplicó que le devolvieran la bolsa, pues era la comida de la noche. Los malvivientes se rieron descaradamente.

​—Nuestra comida, dirás —dijo el Cholo mostrando unos dientes que denotaban falta de higiene de años.

​Pero su intención de perjudicar al chico se frustró cuando escucharon un grito claro y contundente desde enfrente:

​—¡Cholo, te lo digo una sola vez: dejá al chico tranquilo si no querés tener problemas conmigo! —Era Juan, el carnicero, parado con los brazos cruzados y exhibiendo su brillante y enorme cuchilla.

​Al verlo, los tres cobardes entregaron la bolsa sin decir nada más y, tras saludar con ironía al hombre del delantal manchado de sangre, se perdieron en el mismo pasillo. Miguelito, antes de irse, miró a Juan y levantó el brazo:

​—¡Gracias, gallina!

​2.

​—Alguien golpea la puerta —le dijo Dora a su hermano.

​Miguelito sabía que eran sus amigos para pedir permiso. Cuando los cuatro chicos entraron al pequeño espacio que servía de cocina, comedor y dormitorio de Miguelito, Dora adivinó de inmediato a qué venían. Tuvo que contenerse para no reír. Estaban alineados de menor a mayor, como si lo hubieran programado. El más alto habló primero:

​—Dora, venimos a pedirle un gran favor. Necesitamos que Miguelito juegue con nosotros hoy; nos falta alguien con su capacidad y destreza. Es solo una hora, de seis a siete, y nosotros lo traeremos de vuelta.

​Los cuatro lucían camisetas de Boca viejas y desgastadas. Su pelo parecía un nido de caranchos y sus zapatillas estaban deformadas y rotas. Pero su postura demostraba el mayor respeto por Dora, a la que recordaban por los exquisitos pasteles que servía en los cumpleaños de Miguelito.

​Dora los miró seria y dijo:

​—¿Qué me darán a cambio si lo dejo ir?

​Los chicos se miraron entre ellos y el más grande decidió:

​—Si ganamos, la mitad del dinero será para usted.

​Dora les pidió que se acercaran:

​—Me parece bien. Por lo tanto, quiero que estén fuertes para el partido; siéntense, que les daré algo de comer.

​Se sentaron en torno a la pequeña mesa hecha con palets. Miguelito colocó un mantel a cuadros, remendado pero limpio, y sirvió mate cocido con leche en jarros de plástico. Lo acompañaron con pan de ayer untado con manteca. Al terminar, Dora les dijo:

​—Bien, ahora vayan a jugar, pero primero quiero que me den un beso.

​Uno a uno se acercaron a darle un beso en la mejilla.

​—Ah, lo pensé mejor —añadió ella—, no quiero parte del premio. Es muy poca plata; si ganan, es todo para ustedes.

​A los cuatro se les iluminó la cara:

​—¡Gracias, Dora!

​Cuando se fueron, Dora los observó por la ventana mientras corrían por la calle de tierra, riendo y gritando.

​3.

​La cancha era un pedazo de tierra rodeado de yuyos, con arcos de hierros más doblados que oxidados.

​—¿Quién trae la pelota? —preguntó Miguelito.

​—La traen ellos —dijo el más bajo—. Ahí vienen.

​Eran cinco chicos robustos, con botines, camisetas nuevas de Argentina y una pelota reluciente. Tras saludar, pusieron el dinero en una bolsita bajo una piedra. Ganó el sorteo el equipo de Miguelito, que eligió el arco con el sol a sus espaldas.

​En los primeros minutos, los visitantes dominaron, pero Miguelito se alejó hacia la izquierda, quedando sin marca. Uno de sus amigos interpretó la estrategia y le lanzó un pase largo. Miguelito dominó el balón, corrió en diagonal y, con un sutil toque, eludió al defensor que venía a toda velocidad. Frente al arquero, no falló: pateó con fuerza y la pelota se clavó en el ángulo.

​—¡Gol! —gritaron con entusiasmo.

​Cuando el equipo visitante se disponía a sacar del medio, el que iba a patear se detuvo mirando al horizonte:

​—¿Qué es eso?

​Miguelito miró hacia atrás: una enorme columna de humo negro se elevaba sobre el cielo azul, seguida de llamas que sobresalían de los techos. Se dio cuenta de que el incendio era en su manzana.

​—¡Dora! —gritó con desesperación y salió corriendo, seguido por sus amigos.

​Al doblar la esquina, no hubo dudas: su casa y la de los vecinos ardían descontroladamente. La gente corría con baldes y cacerolas. Miguelito no podía gritar; tenía la garganta seca. El calor era tan fuerte que sintió que se le quemaba la cara. Alguien lo apartó de ese infierno.

​Nada podía contener el fuego, que consumía todo en un espiral devastador. Miguelito lloraba desconsolado, imaginando que su hermana, en su silla, no había podido escapar. Se sentía responsable por haberla dejado sola para ir a jugar.

​Cuando llegaron los bomberos, las casillas eran solo maderas negras y humeantes. Miguelito se sentó en el suelo, escondió la cara entre las piernas y se golpeó la cabeza con los puños:

​—"Esto no debía pasar... ¿por qué tuve que ir a jugar justo hoy?".

​De pronto, una voz angustiada lo llamó. Al levantar la vista, vio lo increíble: dos muchachos traían a su hermana en brazos. Estaba viva, con la ropa y el pelo chamuscados, pero a salvo.

​Miguelito corrió a abrazarla. Lloraron juntos, mezcla de miedo y alegría. La besó mil veces mientras ella lo acariciaba desesperada. Sus padres llegaron poco después, directo desde la fábrica.

​La cena de milanesas se frustró, pero esa noche la familia comió en casa de un vecino el plato de sopa más exquisito del mundo. Estaban los cuatro juntos, con poco o nada para disfrutar, pero con toda la vida por delante para compartir.


FIN


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"VIAJE AL PASADO"

viernes, noviembre 28, 2025

LA PASAJERA DESCONOCIDA

1.

           Los viernes parece que los medios de transporte no alcanzan. La ciudad es un hervidero de personas que se desplazan apuradas, hablando, discutiendo. El ruido del tránsito aturde. 

“¿Todo el mundo tiene cosas que hacer el último día de la semana, o lo harán a propósito?” se preguntaba Daniel, apretujado en el colectivo. Cuando quiso ir a la puerta trasera para bajar, dos señoras no le permitieron pasar porque llevaban unos paquetes enormes. Lo intentó levantando su pie por encima de un bulto, pero perdió el equilibrio y empujó a un señor que le dijo de mal modo

—¡Tenga cuidado, no sea insolente!


Prefirió no discutir, y cuando pudo salir de aquel tumulto de personas el colectivo ya se había pasado de su parada tres cuadras.

Cuando bajó sintió el alivio de volver a ser un ser humano, no una sardina enlatada.


Cuando llegó a su oficina la reunión había empezado. Al entrar, observó que su jefe lo miraba con un gesto de desaprobación. Miguel, el vendedor estrella de la oficina, terminaba de explicar el modo en que pudo conquistar al cliente más importante de ese año. Cuando la reunión terminó su jefe le pidió que fuera a su oficina.


—Santein, su rendimiento es desastroso, llega tarde, hace dos semanas que no consigue un solo cliente. Si no cambia esta situación me veré en la obligación de despedirlo.  —le dijo su jefe con las manos sobre el amplio escritorio y su mirada fría como el hielo—. Le daré una última oportunidad, hace varios meses que queremos conseguir a la constructora de Perez, tiene quince días para lograrlo, si no puede, ni se moleste en regresar. 


La reunión terminó y Daniel sintió que ya tenía un pie afuera de la empresa, justamente en este momento de su vida cuando estaba por pedirle a su novia que vivieran juntos. ¿Qué le diría? comenzar una nueva etapa con un desempleado no era un buen comienzo.  


De regreso a su casa esperó el colectivo como siempre, cuando subió, curiosamente no había pasajeros, se sentó con su mente atestada de interrogantes. —El trabajo, su novia, las deudas de su tarjeta—. En lugar de pensar que comenzaba un fin de semana durante el cual poder disfrutar de una salida con su novia, se sentía cargado de cuestiones molestas.

Mirando por la ventanilla sin mirar, Daniel no se dió cuenta que una señora se sentó a su lado a pesar que el colectivo estaba vacío.




—Que locura —dijo en voz alta la mujer que llevaba una cartera de mano entre sus manos.


—¿Perdón?  — le preguntó Daniel observando a la señora que llevaba su pelo atado con un pañuelo rojo.


—Que locura es la vida hijo, si usted se fija bien, todo el mundo tiene problemas. 


—La verdad que sí señora, vivimos en un manicomio, y lo peor es saber que no tenemos solución ni salida.


—Bueno, ustedes los jóvenes tienen toda la vida por delante, en cambio nosotros tenemos poco hilo en el carretel. —contestó la mujer mirándolo a los ojos— Cuando yo era joven quería ser cantante de ópera, pero en mi pueblo de Francia, el futuro de los jóvenes solo era recoger huevos, cuidar la quinta y ordeñar la única vaca que teníamos. Cuando mis padres murieron el dueño del campo nos dijo a mi hermano y a mí que teníamos que irnos, porque no sabíamos nada de vinos y viñedos. Así fué como con una valija nos vinimos para América y aquí nos quedamos.


—¿En qué año fue que vinieron?


—En 1954, yo tenía dieciséis años y mi finado hermano doce, se enfermó en el viaje y murió a los pocos meses.


—¿Y cómo se las arregló aquí?


—Fué muy difícil, pero tuve suerte porque me recibieron en una parroquia de Belgrano y me gané la confianza y el cariño del cura y de tres monjas divinas que fortalecieron mi espíritu, además de enseñarme el idioma.


—Debo decirle señora que su historia de vida transforma mis problemas en algo insignificantes.  —le dijo Daniel a aquella mujer que salió de la nada. 


—Le diré algo más joven  —le dijo la mujer—  en la parroquia que me albergaron pude descubrir qué tenía un don. Cuando salgo a la calle y observo a la gente, se de inmediato quien tiene problemas, me pasó ahora con usted. Esto para mi es una carga difícil de llevar porque no puedo ayudar a todos, por eso decidí solo enfocarme en solucionar las situaciones de una persona a la vez por día. Hoy le ha tocado a usted.


Daniel después de escuchar esto pensó que tal vez la señora no estaba bien, y trató de no seguir hablando. Al cabo de unos instantes la mujer le dijo.


—No crea que estoy loca, yo sé que todos lo piensan, pero si me permite tocar su frente le diré cuales son sus problemas y cómo solucionarlos.


Daniel no sabía si continuar con todo eso o bajarse, pero el rostro de esa mujer le brindaba confianza. Más allá que fuera descabellado que una señora desconocida se sentara junto a él para solucionarle su vida, aceptó. La señora apoyó con suavidad su mano izquierda en su nuca y la derecha en su frente, después de decir unas pocas palabras en francés y en voz baja, volvió a colocar sus dos manos sobre su cartera.


—¿Por dónde desea empezar Daniel?. 


—¿Cómo sabe mi nombre?  —le preguntó Daniel asombrado. 


—Ahora conozco muchas cosas sobre ti, pero solo hasta que otra persona me permita ayudarla. —le dijo la señora mirando hacia el frente— ¿por donde quieres que empecemos?, ¿quieres que te diga cómo seguirá la relación con tu novia Nora.


—Si, comencemos por eso. —le dijo Daniel con una enorme curiosidad. 


—Bien, Nora te ama y quiere compartir la vida contigo, solo que no se anima a proponerte vivir juntos. Incluso quiere formar una familia y tener hijos. Eres afortunado Daniel, ella es una muy buena joven. Ella no está muy segura si tu la quieres tanto como ella te quiere a tí, y teme que si la relación entre ustedes se prolonga, tú te canses de ella y su proyecto de vida con tigo fracase.


—Me están por despedir de mi trabajo, no puedo imaginar compartir mi vida con Nora, soy un rotundo fracaso. —dijo Daniel con angustia.


—Te diré algo Daniel, muchas personas consideran que no son capaces o virtuoso para ninguna tarea. Creen que todos sus conocidos y amigos son más exitosos que ellos, y esto es una mochila que cargan, la cual, no les permite levantar vuelo o hacer otra cosa que les guste. Creen que no pueden cambiar nada y que jamás conseguirán nada. Esto me da muchísima pena, porque todos nacemos con algún atributo que las circunstancias no nos han permitido explotar. Obviamente que nada se consigue sin algo de voluntad, constancia, superando barreras, incluso demoliendo altos muros. Pero cuando por algún motivo, por lo general extremo, se desata en nosotros esa vocación, capacidad o talento oculto, todo cambia, y entonces comprendemos que nacimos para hacer eso que estaba allí escondido. Lamentablemente muchos descubren su virtud o capacidad de grandes. Pero siempre es preferible arriesgarse a fracasar que pensar que ya hemos fracasado. Aunque solo nos quede una hora de vida, podemos cambiar nuestra vida. Intentarlo siempre es preferible a no hacerlo por miedo.


Daniel se quedó pensando, y vino a su mente aquella maestra de arte que le dijo que sus trabajos eran excelentes, que debería ir a una academia para perfeccionar su estilo. 


—Eres bueno para las artes plásticas Daniel, pero en mi opinión eres mucho mejor para otra cosa. —dijo la mujer. 


—¿Para qué soy bueno entonces?


—Aunque no lo creas eres muy bueno para vender cualquier cosa. Por ese motivo te aprecia tu jefe. 


—¿Qué mi jefe me aprecia?  —dijo Daniel con desdén— aquí se equivoca usted señora, ese hombre me ha tomado de punto y para él soy un estorbo.


—No es así Daniel, muchas veces nos confundimos con las personas y las cosas no son como nos parecen. Tu jefe ve en ti, al mismo muchacho inseguro y sin ánimo qué era él cuando joven. Obviamente no puede decírtelo, o no se atreve, pero tú tienes las mismas barreras que él tuvo que afrontar. Aunque no lo creas le encantaría que superaras con algún nuevo cliente importante a Miguel que se destaca entre todos los vendedores, porque él sabe que tú tienes algo de mucho valor en el rubro que no todos tienen.


—¿Se puede saber que cosa tengo yo, que los demás no tienen?  —preguntó Daniel con fastidio 


—Es algo muy sencillo y simple  — le dijo la señora mirándolo con una sonrisa— tu rostro, tus ojos, tu forma de hablar; transmiten tu  absoluta honestidad; a ti, cualquier cliente o persona acostumbrada a realizar negocios, te cree todo lo que le digas. En cambio Miguel, utiliza para vender otra técnica, él primero muestra un precio insuperable que entusiasma, pero después aparecen una serie de rubros qué antes no estaban, y lo que era una cosa se transforma en otra, el tiene picardía para hacer tratos, pero no inteligencia; podría vender autos, seguros o zanahorias, sin tener la menor idea del producto. Te lo diré en castellano para que te quede grabado, el vendedor estrella de Miguel, es un chanta, con todas las letras. En este mundo, lo que sobran son ese tipo de personas, mujeres y hombres. Los negocios, los tratos, el mundo de las grandes empresas, está dirigido por inescrupulosos charlatanes que hacen de su astucia su profesión. 

En cambio tú, puedes triunfar si lo deseas en cualquier cosa que emprendas porque eres inteligente y transparente, estos dos atributos no abundan en este mundo, tienes que aprovecharlos, porque te puedo asegurar que tu futuro laboral está asegurado.


Daniel se quedó pensando en todo lo que esta señora le dijo, y esto lo tomó por sorpresa. Tal vez esta mujer hablaba cualquier cosa, solo con la intención de que se sintiese bien, pero pasado el fin de semana cuando hay que enfrentar nuevamente el lunes, volvería a ser el fracasado de siempre. Cuando estaba por preguntar algo más, la mujer le dijo:


—Bueno hijo, espero que puedas aprovechar lo que te he dicho, aquí termina nuestra relación, tengo que bajar.  —dándole un beso en la mejilla se despidió diciendo —Bonne vie mon fils.


2.


Durante todo ese fin de semana, la conversación con aquella señora retumbaba en la mente de Daniel.

Cuando el sábado se encontró con su novia, observó en la mirada de Nora, a la chica con las intenciones que había descrito esa señora. Decidieron no salir porque llovía y se quedaron en su departamento. Pidieron pizza, vino, y de postre; el mejor y más exquisito del mundo… de más está decirlo.

Esa noche Daniel comprendió que no existía otra vida que no fuera junto a esa mujer.


Cuando llegó el lunes, Daniel llegó media hora antes, se sentó en su escritorio, encendió su computadora, y el primer correo que envió fue al dueño de la gigantesca empresa constructora, la cual era un cliente codiciado porque el volumen del negocio era enorme.

Con soltura y seguridad escribió:


Señor Andrés Perez:

Más allá de saber que usted está muy ocupado, lo molesto porque tenemos una nueva línea de seguros a la medida de su empresa que estoy seguro que le interesará. 

Usted es la primera persona en recibir esta línea de productos, se la ofrecemos porque deseamos sumarnos a su cartera de proveedores. Le puedo asegurar que no se arrepentirá de esta propuesta.

Yo personalmente dirigiré todos los aspectos del contrato, para que no surjan inconvenientes. 

Quedo a la espera de poder mantener una reunión con usted y mostrarle todo lo necesario.

Desde ya gracias por su atención 

Daniel Santein


Tres minutos después 


Señor Daniel Santein:

¡Es increíble este mundo!, estaba pensando en usted, justamente lo recordaba.

Me interesa mucho lo que me ofrece, venga en lo posible esta misma tarde a ver si hacemos algún negocio. Lo espero en la empresa a las 16 PM. Venga preparado porque estarán mis abogados, y el gerente de compras.

Un saludo, Andrés Perez 

FIN

​"Este cuento termina aquí, pero nuestras historias se parecen más de lo que creemos. Si te has sentido identificado con estos miedos, me encantaría leerte en los comentarios. No estamos tan solos en nuestras inseguridades como pensamos."


Estimado lector, si esta historia te ha gustado, te recomiendo otra cuyo título es:

"LA CIUDAD DE LOS MIL DEMONIOS"














domingo, octubre 26, 2025

UNA VOZ EN EL JARDÍN

           Se dice que todo lo que el hombre pueda imaginar, en algún momento es posible lograr concretarlo. Son muchísimas las creaciones realizadas que previamente fueron solo imaginadas sin tener siquiera una idea de cómo conseguirlas: la radio, el teléfono, la luz eléctrica, la TV, volar, Internet, pisar la luna, colocar equipos de investigación en Marte, explorar el universo con super telescopios. Seguramente conseguiremos mucho más, pero permítanme realizar una hipótesis. 

Yo creo que en algún momento podremos viajar al pasado, no tengo  la menor idea de como hacerlo, pero lo puedo imaginar. 

Sabemos que estudios científicos hablan al respecto, mentes como la de Albert Einstein y Stephen Hawking, no descartaron tal posibilidad. Pero se  necesita superar ciertas barreras físicas que por el momento son imposibles de cumplir, una de ellas es conseguir superar la velocidad de la luz

Si pudiéramos viajar al pasado surge también lo que se denomina la paradoja de la causalidad, como por ejemplo la paradoja del abuelo. Que plantea lo siguiente: Si intervenimos en acontecimientos del pasado estaremos modificando el presente. Si lográramos conseguir que nuestros abuelos no se conocieran, nosotros dejaríamos de existir. 

Por último quisiera agregar, que si en algún momento de nuestro futuro remoto, se consiguiera viajar al pasado, bien podría ocurrir que alguien de ese futuro nos visite…porque nosotros estamos ahora mismo en el tiempo pasado de ese ser humano del futuro.

F.B.


1.

Para muchas personas, cuidar su jardín les provoca una enorme satisfacción, yo creo incluso que podemos comunicarnos con nuestras plantas. Muchas veces he comprobado que si agrupo dos o tres especies distintas, estas se auto potencian y se observan sanas y vigorosas. En cambio si ubico alguna aislada, me ha ocurrido que no progresa.

Andrés amaba su jardín, sus flores, sus arbustos, dedicaba muchas horas del día para cuidarlas. A los jubilados les sobra el tiempo, y la dicha mayor es utilizarlo en hacer algo que les gusta.

Esa tarde pudo comprobar que unos caracoles habían hecho estragos en las hojas de sus hortensias y un ejército de hormigas negras habían tomado el jazmín. Cuando regresaba de su pequeño depósito de herramientas con los elementos que necesitaba se acomodó con una rodilla en el piso para poder quitar con sus manos los caracoles qué aún permanecían sobre las verdes hojas. Al terminar roció con veneno para hormigas el sector del jazmín y colocó unas trampas para que no puedan subir en sus gajos inferiores. 

El jardín de Andrés era pequeño, pero tenía todo lo necesario para lograr que fuera su mejor lugar en este mundo. Sobre una rústicas pared de ladrillos una enredadera disciplinada que la había cubierto por completo ofrecía una base perfecta para sus begonias y rosales, en el otro extremo junto al



pequeño depósito de madera para herramientas pintado color azul, un cómodo sillón protegido por una pérgola repleta de glicinas era su lugar para tomar su té con algún pastel dulce qué él mismo preparaba. Allí disfrutaba de los atardeceres mirando su paraíso multicolor que compartía con los diminutos colibríes

2.

Ese día  cuando estaba por comenzar a disfrutar su té, sucedió algo muy curioso; le pareció sentir una voz de una niña que dijo su nombre muy por lo bajo:

—Andrés…Andrés. 

Asombrado miró en todas direcciones y no había nadie, “que extraño” se dijo, “juraría que alguien me llamó”. 

Al cabo de un rato nuevamente ocurrió lo mismo, pero esta vez más nítidamente:

—Andrés… Andrés. 

Andrés se sobresaltó tanto, que su corazón comenzó a latir con fuerza, se puso de pie y comprobó una vez más que estaba solo. Y nuevamente esa voz dijo:

—Andrés, por favor no te asustes, toma asiento. 

Pensó que estaba delirando, posiblemente estaba sufriendo un Acv, y esto le hacía sentir voces, sintió en su frente un sudor frío. Se desplomó en su sillón esperando lo peor.




—Andrés, te suplico que no te asustes y tomes esto con calma, no estás sufriendo ningún ataque, eres un hombre muy sano, permíteme explicarte. Por favor, respira profundo y relájate. —dijo esa voz de niña.

Esta vez, Andrés comprendió que lo que estaba sintiendo no tenía que ver con su salud, estaba ocurriendo otra cosa que aún no podía comprender. Le hizo caso a la voz y respiró profundo, tratando de relajarse. 

—Ahora sí Andrés, respira y tranquilízate, cuando tu corazón se calme me presentaré. 

Cuando Andrés se tranquilizó nuevamente esa voz, cordial, suave y muy joven se escuchó próxima a su oído.

—Me llamo LS 56300,  y estoy autorizada para contactarme contigo, no puedo por ningún motivo asustarte, alterarte o causarte alguna preocupación, sólo podemos hablar siempre que tú lo desees, ¿me has comprendido?

—Si, entiendo, pero ¿quién eres?, ¿no estoy soñando?. 

—No Andres, yo soy tan real como tus flores, pero no podemos todavía vernos, aún no. Primero debes estar preparado.

—No entiendo el hecho de poder escucharte sin verte, ¿qué significa?

—Te lo diré ahora mismo, pero me gustaría no interrumpir tu merienda.

—Me parece que estoy por presenciar algo grandioso, si no es que he enloquecido y escucho voces. —dijo Andres a la nada, porque no veía a nadie en su jardín, solo escuchaba esa voz, que parecía decir cosas coherentes.

—Te reitero Andrés, toma esto con calma, no estás enfermo ni desvarías.  —dijo esa extraña voz—  empezaré por decirte que yo soy un ser humano como tú, de carne y hueso, pero con una pequeña diferencia, estamos separados por veinte siglos en el tiempo. Yo estoy en el futuro de tu civilización, y tú estás en el pasado de la mía, ¿me comprendes?.

—¡¿comprenderte?!, ¿¡crees que solo es una pequeña diferencia la que nos separa!?. Lo que creo es que definitivamente estoy loco.

—Me haces reír Andrés, entiendo que no es tan simple para ti entender algo así, pero permíteme agregar algo, tú fuiste profesor de historia y de geografía, ¿no es verdad?.

—¿Cómo diablos lo sabes?

—Vallamos de apoco Andrés, yo sé todo respecto a ti, pero quiero que razones y que imagines lo siguiente:  como nuestra raza, tu raza, puede cambiar y avanzar en ciencias durante veinte siglos; imagina la cantidad de descubrimientos científicos que la civilización humana ha conseguido en esa cantidad de tiempo.

Andrés se quedó meditando un rato y tomó un sorbo de té. 

—Si, puedo imaginar que los avances científicos pueden ser enormes  —dijo Andrés, más tranquilo. 

—Exacto  —contestó esa voz de niña— bien, ahora contéstame esta pregunta:  ¿en todo ese tiempo y con el cúmulo de conocimientos que conseguimos, no crees que hemos podido lograr viajar al pasado?

Andrés se quedó pensando comiendo un poco de su torta  —debo decirte que sí, que es muy probable semejante hazaña.

¡Así es Andrés!, has comprendido. Yo soy una visita del futuro.

—Pero si esto no es un sueño de un viejo loco, me surge una pregunta: ¿por qué a mí, justamente hoy, catorce de octubre del 2025?

—Bueno, es solo una casualidad, has de cuenta que ganaste en la lotería,  —dijo la voz—  pero la verdad es que yo te he elegido porque también soy profesora de historia.

—¿Por qué no puedo verte?  —preguntó Andrés. 

—Se debe a un problema de imposibilidad científica, te lo diré como me lo explicaron a mi. Yo en tu tiempo no existo, y solo ínfimas cantidades de materia hemos podido desplazar a velocidades mayores que la luz, porque se necesitan inmensas cantidades de energía para hacerlo. Por esto, solo podemos transportar por el tiempo una minúscula partícula de materia cien veces más pequeña que un átomo. Esta es una explicación muy simple y rudimentaria, en la práctica es un proceso muy complejo que ha demandado miles de años de experiencias y cálculos matemáticos. Pero te puedo decir que yo sí puedo verte y también ver a tu hermoso jardín que dicho sea de paso, quiero preguntarte muchas cosas sobre tu relación con esos sistemas de vida tan coloridos.

—Andrés se quedó pensando en silencio y le dijo a la voz. 

—Creo que cuando le cuente esto a mis hijos, me tomarán por loco y me internarán en un manicomio. 

—Debo decirte Andrés que mi visita tiene algunas restricciones que debes cumplir. —dijo esa voz cordial y juvenil.

—Ya me imaginaba que esto que me está ocurriendo no es gratis.

—No me malinterpretes Andrés y permíteme explicarte. Si tú comentas con alguien mi visita, no creo que te crean y te acarreará inconvenientes, se suma a esto que yo como ser del futuro tengo estrictamente prohibido interferir en el curso de los hechos de mi pasado, es decir tu presente, porque el mínimo cambio de rumbo, decisión, hecho, o circunstancia, por pequeña o poco importante que fuese, puede influir en mi presente causando hechos catastróficos, al punto que países o pueblos enteros pueden esfumarse en un instante por haber alterado el transcurso de la historia. 

—Comprendo. —dijo Andrés entendiendo que definitivamente estaba viviendo el hecho más trascendental de toda su vida— ¿puedo llamarte LS?.

—Sin duda —dijo esa voz— me resta decirte una última cosa, ten presente que esta reunión solo durará muy poco tiempo. Es el tiempo que me adjudicaron.

—¿Cuál es la causa de esa limitación?  —preguntó Andrés. 

—El motivo se debe a que la cantidad de energía que se consume para mantener nuestra conversación es enorme y extremadamente costosa. Yo tengo cosas para preguntarte, ¿tu quieres preguntarme algo?. —Andrés se quedó pensando unos instantes mirando su jardín y después dijo 

—¿Puedes resumirme qué ocurrirá en los próximos veinte siglos?, más allá de ser, imagino, una tarea complicada. 

—Trataré de hacerlo. —dijo la voz— Te puedo decir que existió un hecho de tal envergadura que cambió dramáticamente el rumbo de la humanidad. 

—Escucho atentamente  —dijo Andres, tomando un trozo de su pastel. 

3.

—El hecho ocurrió aproximadamente cinco siglos después de lo que nosotros ahora llamamos el tiempo de la luna llena, que corresponde al tiempo de tu presente. Fue algo que nos tomó por sorpresa, y no pudimos evitarlo.

—Me intriga saberlo  —dijo Andrés sentándose en el borde de su sillón para escuchar mejor. 

—Un meteoro del tamaño de un tercio de la luna impactó de lleno en ella. Solo pudimos saberlo cinco días antes, y nada se pudo hacer. Fue algo devastador, el planeta sufrió cambios catastróficos, tsunamis, tormentas eléctricas jamás vistas, las ciudades costeras desaparecieron, la luna se convirtió de un momento a otro en un anillo de escombros cayendo gran parte de ellos a la tierra liberando tanta energía como si se tratara de miles de bombas atómicas. La población mundial disminuyó dramáticamente al punto de casi extinguirnos. Curiosamente este país, tú país, gracias a tener en la patagonia, el principal centro científico y de inteligencia artificial del planeta, pudo desde sus escombros, gracias a un puñado de jóvenes, comenzar a tejer una débil red entre las ciudades que quedaron en pie, red que se fué consolidando hasta llegar a ser una herramienta de intercambio global, la cual brindó la posibilidad de que la raza humana no desaparezca.

—No puedo creer tal cosa. —respondió Andrés apresurado—  mi país siempre estuvo muy lejos de los adelantos científicos, salvo por algunos ingenieros, e ingenieras, de diversas ramas de la ciencia que se han destacado, jamás fuimos un país brillante.

—Pues te puedo asegurar, que esa vez se convirtieron en héroes, ahora me gustaría hacerte una pregunta a tí. —dijo la voz.

—Adelante —consintió Andrés. 

—¿Por qué motivo riegas a tus plantas, remueve la tierra de sus canteros, quitas sus hojas muertas, las cuidas de las heladas, incluso hemos visto que las acaricias. Si ellas no te hablan?; ¿Qué te motiva a trabajar tanto en tu jardín, todos los días, pudiendo hacer tantas otras cosas?.

—Qué extraña es tu pregunta LS, acaso en tu tiempo no cuidan sus jardines.

—Nosotros después del gran meteoro no tenemos plantas, la tierra verde desapareció convirtiéndose en un territorio hostil, arenoso y sin agua dulce.

—¿Pero entonces de dónde obtienen oxígeno para la vida, de que se alimentan?.

—Obtenemos el oxígeno del agua de mar, para ello tuvimos que construir gigantescas usinas qué consumen inmensas cantidades de energía, pero de ellas depende nuestra vida, se puede decir que somos electrodependientes. En cuanto a nuestra alimentación sólo ingerimos las vitaminas y sustancias que nuestro cuerpo necesita, curiosamente al no utilizar nuestras papilas gustativas, las hemos perdido.

—Te aseguro LS, que no te envidio, no me imagino poder vivir sin mi hora del té disfrutando de mis tortas, observando a mis plantas y mis flores. —respondió Andrés.

Tienes razón Andrés, por ese motivo mi trabajo es averiguar lo valioso de tu vida, yo personalmente dirijo un gran equipo de personas que deseamos crear un micro hábitat exactamente igual al que tú tienes aquí, porque pensamos que en esa relación que tienes con tus plantas, se encierra algo muy importante que no alcanzamos a entender.

—No creo que pueda ayudarte LS, solo soy un viejo que disfruta de su jardín. No existe aquí nada oculto o misterioso, ni sobrenatural. Lamento tanto esfuerzo de ustedes para nada.

—Justamente es eso lo que deseamos saber,  —dijo la voz— dime por favor ¿que te devuelven tus plantas?.

—Ellas solo me devuelven su belleza, para mí son seres muy especiales que piden muy poco, los nutrientes de la tierra fértil, agua, cuidado y mi amor.

—¡Ese es el punto Andrés!, ¿qué es el amor?.

—No entiendo tu pregunta LS, ¿no sabes que es el amor?  —dijo con una sonrisa Andrés, dejando su cuerpo caer en su sillón.

—En este preciso momento estimado Andrés, un millón de científicos diseminados por todo el planeta esperan que en este poco tiempo que nos queda de reunión les digas que es eso que tú llamas amor. Necesitamos saberlo, tú puedes darnos ese dato. 

Andrés se quedó pensando un instante, se puso de pie y después se dirigió al sector de sus rosales. 

—Trataré de explicarlo en pocas palabras. Aquí, junto a mi esposa, nos abrazamos cuando esperaba a nuestro primer hijo, también en este lugar lo hicimos cuando esperaba a los otros dos. Y hoy me abrazo a ella todas las tardes, a pesar que no está aquí. Estas eran sus rosas, las amaba. Ahora yo las cuido porque sé que en su fragancia ella me besa todas las tardes. Eso es todo. 

—Pero, qué sientes tú, ¿cómo se desarrolla el amor?

—El amor es solo una sensación que nos permite confiar en el ser amado, disfrutar de su presencia, sentirnos unidos e indestructibles, es tal vez un don que nos dió Dios o si lo prefieres la naturaleza. Sin amor no es posible vivir plenamente, sin amor seríamos solo objetos sin alma. El amor es el aglutinante para seguir adelante aunque la adversidad nos castigue. ¿Me comprendes?

—Te hemos entendido perfectamente Andrés, nuestra reunión llega a su fin, pero aquí me dicen que nos puedes pedir el deseo que tu quieras, solo nos quedan unos instantes.

—Bueno, si fuera posible, solo quisiera volver a mi pasado, a ese día de nuestro primer hijo junto a ella.

—Concedido Andrés, te estamos muy agradecidos. 

—Andrés, se quemó un poco el budín, pero tengo algo que decirte que creo lo solucionará.

Una joven mujer salió de la cocina,  dejó la fuente sobre la mesa del jardín, se dirigió a donde estaba el joven Andrés, lo abrazó, y le dió un prolongado beso en la boca, para después decir:

—Estamos esperando un hijo mi amor.