«La vida suele ser como una moneda arrojada al aire. A veces cae cara y otras veces cruz.»
—Tome asiento, Conti —le dijo el jefe de personal a él, que esperaba poder jubilarse en la empresa después de treinta años de labor—.
El jefe, tomando una carpeta, después de abrirla y leer algo, continuó diciendo:
—Lamentablemente, Conti, la empresa ha comenzado con una reestructuración muy profunda, y la sección en la que usted trabaja será desmantelada; en particular me apena que deba despedirlo, usted siempre ha cumplido muy bien con la empresa, pero los negocios, Conti, son así.
Aquel hombre de aspecto calmo, un poco excedido de peso, de traje azul, notoriamente gastado, con su camisa blanca y esa corbata negra que parecía un mal chiste, en un primer momento pensó que el jefe de personal le estaba haciendo una broma; no podía entender lo que había escuchado; justamente ese viernes que la empresa iba a entregar el premio al mejor empleado, y él pensaba que era un candidato firme para el galardón, y en lugar de un premio, lo estaban despidiendo.
—Usted, señor Rodríguez, ¿me está despidiendo? —preguntó Conti con una cara de decepción inmensa, mientras se quitaba sus lentes con una mano y se corría el pelo de su frente con la otra—. ¿Cómo es posible que me hagan algo así? Solo me faltan dos años para jubilarme, me dejan en la calle, ¿dónde voy a conseguir trabajo a mi edad, sumado a esta situación actual?
—Lo lamento, Conti, pero la decisión está tomada, y viene de arriba; yo no tengo nada que ver, si pudiera hacer algo se lo diría —le dijo el jefe de rostro inmutable, tan impecablemente vestido que parecía estar preparado para ir a un casamiento.
—Señor Rodríguez, le pido por mi familia, si es necesario, puedo trabajar en la limpieza, no se me caerán los anillos si tengo que limpiar los baños.
—Conti, por favor, no convirtamos este trance en algo lamentable; asuma usted esta decisión de la empresa, le pagarán todo lo que corresponda y yo le daré una carta de recomendación; estoy seguro de que usted conseguirá otra cosa en el corto plazo.
Para Conti esta noticia, un viernes, le cayó como un balde de agua fría; vino a su mente la reunión para esa misma noche, programada con su esposa; vendrían a cenar sus suegros. ¿Con qué cara podía afrontar el severo rostro de su suegro, el cual lo consideraba muy poco cosa para lo que su hija merecía?
El viaje de regreso desde la oficina a su casa, portando la caja de cartón con sus pertenencias, fue un suplicio. ¿Cómo se lo diría a Clara?, justamente faltando solo dos meses para emprender ese viaje tantas veces postergado al sur; en lugar de eso, debía enfrentarse a conseguir otro trabajo lo antes posible y de cualquier cosa.
—Clara, sentate que tengo que decirte algo.
—Ya me lo imagino, Daniel, ¡te nombraron el empleado del año! —le dijo su esposa con su rostro iluminado por el entusiasmo—, yo sabía que por fin reconocerían tu conducta intachable después de tantos años.
Conti se quedó callado mirando a su esposa, sintiendo que el mundo entero se le venía encima y él tenía que soportar ese peso.
—No, Clara; no; me despidieron.
Clara, al escuchar la noticia, sintió que su mente estallaba en mil pedazos; pasaron por su cabeza miles de momentos amargos, por falta de dinero, por proyectos postergados, por angustias, por esa sensación de fracaso que siempre estaba presente; por una cosa o por otra, nunca llegaba el momento del desquite, de sentir que, al final, el sacrificio brinda frutos; para ellos no, el árbol frutal de sus vidas ya ni siquiera brindaba algo de sombra; al contrario, se estaba secando.
Clara no dijo ni preguntó nada; solo se paró, fue hasta el teléfono, llamó a sus padres para decirles que se suspendía la reunión porque el hijo más chico tenía unas líneas de fiebre. Después, se quitó el delantal, apagó la luz de la cocina y se retiró al dormitorio.
Daniel se quedó allí sentado, con su mirada perdida; soportando otro de sus reiterados y conocidos fracasos.
A la mañana siguiente, Clara se levantó temprano, preparó el desayuno y, después de acompañar a los chicos al colegio, cuando regresó, Daniel estaba todavía en pijama, tomando mate; entonces, le dijo a su esposo enérgicamente lo siguiente:
—Daniel, escúchame bien, esta vez no me voy a dar por vencida, tenemos que superar esto como lo hemos hecho miles de veces. Para empezar quiero que vayas a lo de Jorge, y que le envíe una carta documento a estos hijos de mil puta de la empresa; no creo que puedan despedirte así como así. Después, salís a buscar trabajo; con el dinero para el viaje, vas y te compras un traje, zapatos, corbata y camisa nueva; yo le voy a pedir a Laura que te inscriba en todos los lugares que existan en internet, y que me prepare mil currículums tuyos, todos truchos, llenos de premios y posgrados inventados, incluidos dos cursos de finanzas en Harvard, hasta le voy a pedir que me falsifique una carta de recomendación del Fondo Monetario Internacional. Ya vas a ver, Daniel, me cansé de que seamos un par de boludos honestos; por ser así, nos va como el culo, ¡se terminó!, ¡me cansé!, ¡fin de esta vida chata!, ahora nos van a conocer.
Daniel miraba a su mujer pensando que se había vuelto loca, y esto implicaba un nuevo problema. Pero cuando Clara dejó de hablar, se quedó sentada frente a él, mirándolo, con la cara colorada de furia y sus ojos irritados y al borde de las lágrimas. Entonces Daniel comprendió que todo lo dicho por Clara no era tan descabellado; y en un instante se dio cuenta de que quizás ser honesto en este mundo de competencia desleal e hipócrita era un muy mal negocio y que la única recompensa era el fracaso.
—¿Sabes una cosa, Clara? —dijo Daniel dejando el mate sobre la mesa.
—¿Qué? —le preguntó Clara, tomándole la mano.
—Tienes razón, sí, tienes razón.
A la semana, Daniel había conseguido dos entrevistas en dos empresas diferentes, una cerealera y otra de productos químicos. Esa mañana Daniel salió de su casa totalmente producido; parecía un empresario de alguna multinacional. Su esposa solo le dijo que mantuviera su autoestima en lo más alto, y que en la entrevista pensara que no estaba allí para pedir trabajo; él estaba allí para ayudar a esa empresa. Su esposa lo despidió con un abrazo y un beso en la boca que reconfortó tanto a Daniel que en el ascensor, al mirarse en el espejo, vio a un ganador.
Clara esperaba a su esposo impaciente; para ella fue un día larguísimo, sus dos hijos le preguntaron en dos oportunidades si le pasaba algo, la veían rara.
Por fin sonó el portero, era Daniel. Cuando entró, su cara no demostraba satisfacción, estaba serio, le dio un beso a sus hijos y otro a Clara, después, se quitó el saco y lo colocó en el respaldo de una silla. Clara presentía que no le había ido bien, pero de repente Daniel levantó sus dos brazos y con una amplia sonrisa gritó:
—¡Me contrataron en las dos empresas como asesor!, ¡tengo que ir dos veces por semana a cada una! —abrazando a su mujer le dijo al oído—: en una me pagarán cuatro mil dólares por mes y en la otra seis mil, ¿qué te parece, mi amor?
Clara no podía salir de su asombro, los dos chicos los miraban preocupados, jamás habían visto a sus padres tan eufóricos. Ambos empezaron a bailar, y después hicieron una ronda con los chicos que, al verlos tan contentos, también empezaron a reírse. Alguien tocó el timbre, cuando Daniel abrió, era su vecina, la señora Susana, sobresaltada por los gritos. Daniel la tomó de la mano y la hizo participar también de la ronda, en tanto la vecina, sin entender absolutamente nada, dijo:
—¿Están todos locos en esta casa? ¿Qué ocurrió?
—Clara, abrazándola, le dijo:
—Así es, Susana, estamos locos de alegría, porque dejamos de ser un par de boludos honestos, ahora decidimos convertirnos en mentirosos, chantas y soberbios… sí, los más grandes de todo el mundo, ¡y nos está yendo bomba!
Daniel comenzó con su trabajo como asesor, y en la cerealera le pidieron que hiciera un informe sobre la posibilidad de aumentar la exportación de soja y girasol, en los campos arrendados. Daniel jamás en su vida había pisado un campo, más allá de la quinta de un tío en Pergamino de una hectárea en la cual sembraba zapallos. No obstante su total desconocimiento sobre campo, cereales y exportaciones, redactó y leyó de pie frente a un importante grupo de directores un informe de una incoherencia sublime; su discurso duró unos quince minutos; cuando terminó, tomó sus papeles y se sentó en su lugar. Todos los presentes se quedaron en absoluto silencio; el director no sabía qué decir ante esta exposición que no decía absolutamente nada; era una interminable cantidad de oraciones inconexas con un lenguaje retórico como, por ejemplo: “Los extensos e inmensos campos labrados por generaciones de trabajadores infatigables que dejaron allí sus vidas y hoy podemos disfrutar de su invalorable y heroico esfuerzo”, u otras como: “Y de este modo mitigar el hambre de cientos de pueblos de todo el mundo, con nuestros granos de primerísima calidad, que distribuiremos con nuestra flota de barcos atravesando los bravíos mares del vasto mundo”… Los directivos se miraron entre ellos atónitos, pero lo que más les llamaba la atención era el aplomo y la convicción con que el “licenciado” Conti se expresaba. Algunos incluso pensaron que eran ellos los que no estaban a la altura intelectual de aquel hombre.
Lo mejor que supo hacer Conti, con su nueva actitud desprejuiciada, era actuar; sus discursos eran cada vez más apasionados abarcando el tema que fuera.
La falsificadora de documentos del barrio, Laura, que además manejaba a la perfección las redes sociales, se había entusiasmado a tal punto que en una oportunidad falsificó un documento por el cual el licenciado Daniel Conti era nombrado asesor de la Santa Sede, más un pergamino firmado de puño y letra por el Papa Francisco. Esto ya era el colmo de una aventura por la cual lo único seguro era que no terminaría bien.
En una oportunidad, Daniel fue invitado por una universidad a dar una clase magistral sobre inteligencia artificial… una locura.
Cuando llegó a la casa de altos estudios, varios secretarios lo acompañaron al aula magna, la cual estaba repleta de estudiantes; cuando Daniel subió al escenario, una ovación general lo aclamó durante varios minutos. Cuando se hizo silencio, Daniel dio unos pequeños golpecitos con su mano al micrófono para verificar si el sistema de sonido funcionaba bien.
—Buenas noches, alumnos —a lo dicho le siguió otro estruendo de aplausos.
Daniel no tenía ni idea de qué hablaría, pero ese entusiasmo reinante por su persona lo hacía sentir una personalidad, y esto producía en su mente frases y palabras que le brotaban con seguridad y como una autoridad en el tema en cuestión. El discurso de Daniel comenzó de esta forma:
—Lamento decirles, estimados jóvenes, que la inteligencia artificial es un invento inservible y catastrófico que solo nos ocasionará disgustos al por mayor. —Después de decir esto, Daniel esperó unos segundos para conocer la respuesta del público a esta afirmación. De inmediato, algunos se tentaron, y otros se rieron, para después pasar a una mezcla de risas y aplausos de toda la concurrencia. Esto entusiasmó a Daniel, el cual continuó diciendo una catarata de inconsistencias que, a cada frase, más cómico resultaba su discurso. Las autoridades no entendían qué estaba pasando, pero, para no quedar mal, también comenzaron a reír y aplaudir las frases de este hombre extremadamente gracioso. La exposición terminó despidiendo a Daniel como si fuera un ídolo; interminables apretones de manos y pedidos de autofotos acompañaron hasta que subió a su automóvil.
Este derrotero de ficción duró dos largos años que le permitieron a la familia Conti hacerse de un ahorro considerable. Curiosamente, cuando una empresa importante lo contrataba como asesor, al enterarse los directivos de que el licenciado Conti era un farsante descomunal, se veían en la obligación de despedirlo, sin causar escándalo, para que sus accionistas no pensaran que ellos eran unos incapaces por dejarse engañar de tal forma.
Pero un día surgió una propuesta de su antigua empresa, aquella que lo había despedido sin contemplación alguna. Conti y su abogado habían logrado arreglar el despido cobrando unos pocos pesos más, pero esto ya nadie en la empresa lo recordaba.
Al ahora licenciado Conti lo contrataron para ajustar el plantel de directores, dicho en criollo, despedir a la mitad de los mismos. Para esta labor, lo ubicaron en un despacho enorme, con un escritorio que se asemejaba al de una corte de justicia.
¿Adivinen a quién citó primero? Adivinaron, al director que lo había echado.
—Tome asiento, Rodríguez —le dijo Conti con voz autoritaria—.
Rodríguez solo vio a un hombre imponente sentado sobre un estrado enorme; la escena parecía un juicio por asesinato.
—Debo decirle, señor Rodríguez, que la empresa se encuentra en un plan de reestructuración, por el cual, lamentablemente, usted está despedido —después de decir esto, Conti se quedó esperando la reacción de ese hombre, que lo había echado de la empresa.
Pero lo que ocurrió lo descolocó; Rodríguez, el cual era un hombre mayor y muy elegante, al recibir la noticia comenzó a llorar desconsoladamente.
A Conti se le cruzaron muchas cosas por su cabeza, y revivió el momento en que ese mismo hombre ahora desesperado lo despidió a él; ahora, el destino se había dado vuelta, y el jefe inclemente estaba llorando frente a él.
Conti no pudo continuar con su venganza; se bajó de su poltrona y se acercó a consolarlo.
—No llore, Rodríguez, por favor, no llore. Vamos a hacer una cosa, haga de cuenta que no le he dicho nada, yo he leído su carpeta y he visto que no es justo que lo echen, yo hablaré personalmente con los directores y voy a solucionar su situación; vaya tranquilo.
Rodríguez, al oír esas palabras, se calmó, y tuvo la intención de besar la mano de Conti, a lo que este le dijo:
—¿¡Qué hace, Rodríguez!? ¿Está loco? ¿Cómo se va a rebajar usted, un señor mayor, por una manga de hijos de puta? Hágame el favor, vaya tranquilo, de mi parte usted se queda con su trabajo, olvídese de todo esto.
Rodríguez, con los ojos rojos, le estrechó la mano a Conti, y antes de irse, solo le dijo:
—Muchas gracias, señor.
Es curioso cómo y por qué actuamos de determinadas maneras; Conti tenía la intención y la oportunidad de vengarse, pero no pudo hacerlo.
Los días de gloria deshonestos de Conti terminaron cuando alguien denunció a la falsificadora del barrio, Laura, quien falsificó un documento bancario a un cliente que le pagó muy bien. La policía allanó la casa de Laura y entre los papeles que encontraron figuraba un diploma de abogado falsificado a nombre de Daniel Conti.
El abogado de Conti pudo manejar todo el problema relativamente bien, y, excepto Laura, que debió cumplir una prisión domiciliaria de un año, a Conti solo le tocó pagar una fuerte multa, pero tenía el dinero de sobra para hacerlo.
Hoy la familia Conti lleva adelante un negocio de venta de pastas en su barrio, muy exitoso por cierto; al que le pusieron como nombre: «Las pastas del licenciado Conti».















