PRIMER DÍA
El despertador sonó a las siete y treinta de la mañana; era del tipo que enciende la radio.
—El tránsito en la General Paz está congestionado por un choque a la altura de Tecnópolis mano a Capital. Hoy se espera el índice de inflación que el gobierno estima será del dos y medio por ciento; los combustibles aumentarán un siete por ciento a partir de las cero horas del lunes... —El periodista matutino, con su voz inconfundible tratando de brindar ánimo a un público de mal humor, con sueño y preocupaciones, continuaba diciendo...
Felipe extendió su brazo para encontrar la radio que lo despertaba torturándolo. Cacique, su perro, comenzó a ladrar en señal de querer salir al patio.
«Un nuevo día, por fin viernes», pensaba después de dejar salir a su perro y calentar el café, aunque la deuda de su tarjeta saturaba sus nervios, sabiendo que le arruinaría el fin de semana.
—Este fin de semana, apreciados madrugadores, no podremos ver el sol; un raro sistema meteorológico lo mantendrá oculto por algunos días. El Servicio Meteorológico Nacional informa que, por el efecto de El Niño sumado a un bloqueo atmosférico, se espera un clima con alta nubosidad y lloviznas intermitentes por tres o cuatro días. La guerra continúa, pero es posible un alto el fuego por al menos un mes…
Cuando Cacique entró, estaba embarrado desde las patas hasta la cabeza. Después de sacudirse, cientos de gotas de barro tapizaron las paredes y los muebles de la cocina.
—¡No, Cacique, aquí no! —lo retó su dueño, mientras el perro lo miraba moviendo la cola.
Cuando Felipe salió a la calle pudo ver que el día era horrible; la llovizna y las espesas nubes conseguían darle a la ciudad un aspecto triste y desolado. Después de subir a su pequeño automóvil, se colocó el cinturón de seguridad, encendió el motor y salió para su trabajo en Aeroparque. El tráfico, quizás por ser viernes o por el mal clima, estaba muy complicado. En el primer atascamiento encendió la radio.
—¡Buenos días, estimados amigos! El día continuará nublado y con lloviznas todo el fin de semana, no olviden sus paraguas. Gran parte de los vuelos en Aeroparque y Ezeiza están cancelados...
Al escuchar esto, Felipe se imaginó de inmediato que cuando llegara —si es que podía aproximarse— Aeroparque sería un maremágnum de autos y personas. No se equivocaba. Después de pasar frente a la Ciudad Universitaria para continuar por la costanera, a trescientos metros, el tráfico se detuvo por completo. En la vereda pudo ver a un grupo de gente mayor que llevaba equipaje y caminaba apresurada. En ese mismo momento, la radio anunciaba la cancelación de todos los vuelos hasta nuevo aviso. Pensó con impotencia que llegarían a su destino desfallecientes, solo para enterarse de que todo el esfuerzo había sido en vano.
Después de estar detenido en el mismo lugar casi media hora, recapacitó: desde donde estaba, ni corriendo llegaría a la oficina a horario. No tenía otra opción; dejó su automóvil mal estacionado sobre la vereda de la costanera, a riesgo de recibir una multa ejemplar, y comenzó a correr hacia el Aeroparque con su mochila a cuestas, cubriéndose con el paraguas color rosa de su novia.
Al llegar a la avenida donde se encuentra el acceso principal, se desarrollaba una batalla campal entre un grupo de taxistas y otro de choferes de autos de alquiler. La policía trataba de controlar la situación mientras el tráfico permanecía detenido. Los conductores, exasperados, tocaban bocina; a esto se sumaba una gran cantidad de personas que pretendían pasar con sus equipajes entre los automóviles detenidos y, al no poder hacerlo, golpeaban desesperadas el techo de los vehículos, causando estallidos de furia por parte de los automovilistas.
Felipe, esquivando personas, automóviles y policías, ingresó al hall de Aeroparque, donde los ánimos de los cientos de pasajeros estaban por el piso; se encontraban varados, con sus vuelos cancelados y sin más información por parte del personal de las diferentes aerolíneas que un escueto: «Todo depende del clima».
Cuando por fin, después de la odisea, pudo ingresar a su oficina, su compañero Alfredo, al verlo entrar con el paraguas color rosa, le dijo seriamente:
—Me alegra mucho, Felipe, que hayas asumido tu condición de mujer. Es un paso muy importante en tu vida.
Sus otros tres compañeros se rieron con ganas. Felipe, sin reírse, se sentó en su escritorio y dijo en voz alta:
—Algunos hoy han venido jocosos. Me alegra saber que, a pesar de haber fracasado en sus vidas, mantienen todavía el humor.
Todos rieron nuevamente. Se abrió la puerta de la oficina y entró el encargado de la cafetería trayendo café con leche y medialunas.
—Afuera hay clima de guerra, se cancelaron todos los vuelos hasta nuevo aviso —dijo el joven, que era muy delgado y vestía una chaqueta blanca, mientras servía los pedidos—. Si no nos matan, será solo por compasión.
—Estas medialunas parecen de ayer —exclamó Alfredo después de haberlas probado.
—No creo —dijo el joven encargado antes de irse—; con seguridad son las que quedaron de antes de ayer.
—¿Se dan cuenta? Lentamente estamos perdiendo la excelencia en las costumbres —dijo otro de los compañeros de Felipe—. Así comienza la decadencia de un país: un día son las medialunas viejas, otro día el emparedado del almuerzo en mal estado, siguen después los bajos salarios y terminamos despedidos porque nos reemplaza un robot más eficiente que nosotros.
—Bueno, si entramos a medir la eficiencia, aquí no se salva nadie. ¡Qué digo aquí! En todo el país somos los ineficientes más respetados a nivel mundial —dijo Alfredo abriendo un archivo.
—Cuando estaba entrando —dijo Felipe—, en plena avenida se peleaba un grupo de remiseros contra otro de taxistas. Me pregunto a quién enfrentarán cuando funcionen los automóviles autónomos. El mundo avanza y nosotros continuamos peleando entre nosotros para conseguir un mísero cliente, un trabajo o una medialuna recién horneada. Es algo triste y desolador lo que nos pasa.
—Observé la batalla campal e imaginé qué pensarán los turistas extranjeros —dijo un joven de anteojos detrás de su computadora—. Se deben ir de estas tierras horrorizados para no volver jamás.
—No tenemos solución —dijo otro joven—. Es inexplicable que no hayamos podido anticipar el mal tiempo para avisar la suspensión de los vuelos.
—La culpa es de tu amigo Fernández —dijo con sorna Alfredo, dirigiéndose a Felipe—. No sé qué controla en su cueva con todos sus aparatos, jamás puede anticipar nada.
—No seas injusto, Alfredo —le recriminó Felipe—. Fernández es un profesional impecable, es profesor universitario. Me consta que más de una vez se ha quedado en su puesto toda la noche para anticipar la viabilidad de los vuelos. Justamente le voy a preguntar cómo estará el clima este domingo; mi padre me invitó a comer asado.
—¡Vamos todos! —dijo el joven de anteojos.
—Cuando yo los invito a la quinta siempre me ponen excusas —dijo Felipe.
—¡¿A la quinta?! —exclamó Alfredo—. Si es un galpón ruinoso en medio de la nada.
—Comen medialunas viejas y conmigo se hacen los exquisitos —retrucó Felipe.
Todos rieron.
Por la tarde, la situación en el Aeroparque estaba más tranquila. En la avenida el tráfico circulaba normalmente y en el hall, a pesar de haber muchos pasajeros, ya estaban resignados, tratando de encontrar un lugar para pasar la noche con la esperanza de volar al día siguiente.
—Hola, Fernández, habla Felipe. Te molesto para preguntarte cómo estará el tiempo este domingo; tengo un asadito con mis viejos y siempre me preguntan.
—Hola, Felipe. Debo decirte que les conviene cambiar el menú; los tallarines con tuco son una posibilidad.
—No me digas... —le respondió Felipe con desánimo.
—Te invito un café, Felipe. Te espero aquí en la estación.
—Ahora voy.
Cuando Felipe llegó a la estación meteorológica, su amigo estaba trabajando frente a su computadora; en la pantalla se observaba una imagen de radar.
—Solucioname por favor lo de este domingo, Fernández.
—Si pudiera controlar el clima no estaría trabajando aquí, Felipe, sería multimillonario —le decía su amigo Fernández mientras servía dos tazas de café—, pero esta vez lo que está ocurriendo es algo más complicado.
—¿Por qué? —preguntó Felipe.
—Como siempre te he dicho, el comportamiento del clima depende de muchas variables, pero suele ocurrir que ciertos acontecimientos se den todos al mismo tiempo y eso provoca, por ejemplo, la tormenta perfecta, la cual se puede desatar en una zona del país provocando destrozos.
—Bueno, Fernández, pero esto es solo mal tiempo, cielo nublado y lloviznas. Es algo pasajero, normal.
—Justamente, Felipe, este sistema no es algo pasajero. Me temo que puede durar bastante tiempo.
—No me digas que el domingo próximo tampoco podemos hacer asado.
—Me temo que no, Felipe. Esta vez lo que está ocurriendo es un combo climático perfecto: viento constante desde el río aportando humedad, una inversión térmica que atrapa esa humedad cerca del suelo y un frente estacionario que impide que las condiciones cambien rápido.
—¿Pero cuánto puede durar? ¿Una semana, dos a lo sumo?
Su amigo Fernández, mostrándole en otra computadora un mapa de Argentina en donde se observaba el desplazamiento del viento y otros datos, le dijo:
—Hoy me han llamado colegas de otras estaciones, Felipe. Te diré algo que por el momento no hemos difundido, por lo cual te lo voy a decir a vos, con la confianza de que no se lo digas absolutamente a nadie, ni siquiera a tu novia. ¿Me lo prometes?
—Por supuesto, Fernández. Me provocás miedo.
—La verdad es que muchos ya estamos muy preocupados —dijo su amigo, mostrándole otro mapa. Felipe lo miró detenidamente, pero no entendía nada; solo parecía ver nubes.
—No entiendo —le respondió Felipe.
Entonces su amigo cambió el contraste de colores y ahora sí pudo ver toda la Argentina de norte a sur.
—Todo esto color gris es un sistema que está inmóvil desde esta madrugada. Se formó en menos de una hora.
—Pero esta mancha cubre todo el país. ¿Qué significa? —preguntó Felipe sin entender del todo.
—Justamente eso, estimado amigo. Este extraño sistema tiene una extensión de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados. Cubre incluso parte de Uruguay.
Continuará
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