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jueves, septiembre 10, 2026

EL ACCIDENTE

«Nuestra posedora Tierra es una solitaria mota en la gran penumbra cósmica circundante»

CARL SAGAN  (1934 - 1996) 

La devastadora guerra del año 2100 dejó a la Tierra con niveles altísimos de radiación. En muchos países las ciudades quedaron abandonadas e irrecuperables, y la población mundial se redujo a la mitad. La reconstrucción del planeta llevaría décadas.

​Uno de los programas que se reanudaron por considerarse indispensables fue la limpieza de las miles de toneladas de chatarra espacial en desuso que orbitaban la Tierra. Estos desechos representan un alto riesgo al reingresar a la superficie, un peligro que se multiplicaba por la presencia de decenas de satélites equipados con bombas nucleares.

​La misión duraría quince días. A diferencia de las anteriores, ejecutadas por naves pilotadas por inteligencia artificial, esta vez sería tripulada por dos astronautas que, además de calibrar equipos, debían realizar investigaciones de laboratorio.

​El antiguo sistema de tarifas orbitales había fracasado. La acumulación de objetos en la órbita baja era tal que los accidentes durante los nuevos lanzamientos se habían vuelto cotidianos. Como solución, se ideó un ingenioso sistema de recolección: una red magnética que, a modo de telaraña, atrapaba los desechos. Al alcanzar la posición adecuada, la red los liberaba simultáneamente para hacerlos caer sobre un punto controlado del océano, sin peligro para las zonas habitadas.

​—Después de esta misión me tomaré vacaciones. Tengo planeado ir con mi familia a Bariloche —dijo el capitán Brister mientras sujetaba una pequeña herramienta que flotaba a su lado.

​—¿A Bariloche? ¿Dónde queda eso? —preguntó el teniente Loft, al tiempo que abría un contenedor transparente con plantas verdes de flores amarillas.

​—Es un lugar maravilloso y único en el sur de América. No está contaminado y tiene unos lagos de agua cristalina que parecen de otro planeta —respondió el capitán.

​—Qué suerte la suya, capitán. A mí todavía me quedan dos misiones largas y aburridas: una a la Luna y otra a Marte.

​Apenas el teniente terminó de hablar, se escuchó un golpe seco seguido del grito del capitán. Brister se sujetaba el brazo izquierdo, del que brotaba sangre que se expandía por la cabina en grandes esferas rojas flotantes.

​—¡Nos impactó algo! —gritó el teniente, intentando auxiliarlo.



​Para atender la herida era necesario retirar la parte superior del traje, una tarea compleja en esas condiciones. Al lograrlo, descubrió un corte enorme por la que manaba sangre en abundancia. En ese instante comenzó a sonar la alarma de despresurización: la cápsula perdía oxígeno a gran velocidad y el capitán se había desvanecido.

​Loft actuó con rapidez: le colocó a Brister la máscara auxiliar de oxígeno, se puso la suya y aplicó un torniquete en el brazo afectado. Al detener la hemorragia, cubrió la zona con compresas de algodón y vendas.

​El impacto había sido provocado por un meteoroide de no más de dos centímetros de diámetro. Estas rocas se desplazan por el espacio a velocidades superiores a los 160.000 kilómetros por hora, capaces de infligir daños severos incluso a una nave tan sofisticada. Aunque era pronto para evaluar la totalidad de los daños, a simple vista solo se observaban dos pequeños orificios en el fuselaje —uno de entrada y otro de salida— y la grave lesión del capitán.

​Una vez estabilizada la hemorragia, el teniente selló las perforaciones de la nave para restablecer los niveles de oxígeno. Con la situación bajo control, se comunicó con la base para informar de lo sucedido y solicitar instrucciones. La orden fue inmediata: abortar la misión y esperar las coordenadas para el descenso de emergencia.

​Tras verificar que los sistemas funcionaban correctamente, Loft volvió a mirar al capitán y se sobresaltó. Sobre la piel herida de Brister había brotado una especie de musgo verde. El teniente contempló una posibilidad remota pero real: una contaminación biológica extraterrestre transportada por el meteoroide. Tomó una muestra y la colocó bajo el microscopio; la estructura se asemejaba a la de un hongo terrestre, pero con un ritmo de reproducción asombrosamente veloz.

​Intentó destruirlo con alcohol, sin ningún resultado. Al examinar de nuevo al capitán, descubrió que en cuestión de minutos el musgo había cubierto todo el brazo. El pánico aumentó al notar que la sustancia también se extendía por las paredes de la nave, alrededor de las perforaciones.

​Decidió colocar una pequeña muestra en la bomba de vacío y obtuvo respuesta: el musgo se contrajo. Sin embargo, en cuanto volvió a inyectar oxígeno, el hongo cubrió la superficie del recipiente en pocos segundos. Evidentemente, el organismo se alimentaba de oxígeno.

​Al revisar otra vez el brazo de Brister, probó retirar esa gelatina verdosa de la piel, pero comprobó que el tejido cutáneo había desaparecido: el brazo estaba en carne viva. Desesperado, notó que el capitán continuaba inconsciente y con una fiebre abrasadora. El hongo avanzaba hacia el hombro y el cuello, mientras que en las paredes se filtraba entre los cables y los paneles de control.

​El teniente sopesó alternativas. Si cortaba el suministro de oxígeno de la nave y se ponían los trajes, no podría contener el avance de la infección en el cuerpo del capitán. Mientras evaluaba las opciones, Brister comenzó a convulsionar y entró en paro cardíaco. Loft le realizó maniobras de reanimación cardiopulmonar durante varios minutos, pero fue inútil.

​Agotado y dolorido, bajó los brazos. Un ardor intenso en la mano derecha lo alertó: el hongo se le había adherido.

​Intentó retirarlo con una gasa, pero al desprenderse, la piel cedía y la sangre brotaba. Cuando logró remover la gelatina verde, la mano le quedó en carne viva. Con un dolor insoportable, abrió el botiquín, se inyectó morfina y se vendó la herida.

​Haciendo un gran esfuerzo, se colocó el traje espacial. Despresurizó la cabina y cortó el oxígeno. De inmediato, vio cómo la mancha verde y espesa que cubría gran parte del instrumental y el cuerpo del capitán se contraía hasta desaparecer. El rostro de Brister presentaba un aspecto aterrador. Para evitar que el extraño hongo volviera a propagarse por el interior, Loft le dejó puesto el traje al cadáver; al ser completamente hermético, la amenaza quedaba contenida en su interior.

​Desde la base le enviaron las instrucciones para descender en una plataforma de la antigua y desmantelada NASA.

​Tras el aterrizaje, un equipo de descontaminación desinfectó el exterior y el interior de la nave. El teniente fue trasladado a un área de aislamiento durante siete días, mientras que el cuerpo del capitán Brister fue retirado dentro de su traje para ser cremado.

​A pesar del rigor de los protocolos de limpieza, un detalle pasó desapercibido. Durante el descenso, la nave debió atravesar una densa capa de nubes bajo condiciones meteorológicas adversas. Aún contaminada en su superficie externa, la estructura rozó la masa nubosa.

​Un viento cálido del sur arrastró la nubosidad a lo largo de varios kilómetros hasta cruzar un frente frío. Poco después, una lluvia intensa empapó campos cultivados de girasol. En los diez días posteriores al aterrizaje, miles de hectáreas quedaron infectadas por el hongo verde. La plaga se extendió por pueblos y ciudades, dejando a su paso terror y muerte, hasta alcanzar el océano y teñir también sus aguas.



​En veinte años, el hongo verde consumió todo el oxígeno de la Tierra. Un año después, extinguido su alimento, el organismo desapareció por completo, dejando tras de sí un planeta inerte, seco y gris.


FIN DE ESTA HISTORIA

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CARL SAGAN

lunes, septiembre 07, 2026

SERES DE OTRO MUNDO

 

         Cuando Alejandro llegó al rancho con su familia, como lo hacía todos los fines de semana, se preocupó al no ver a Teseo. Después encontró sobre la mesa su carta, que decía esto:

«Querido Alejandro, te dejo esta carta a modo de testamento por si alguien del pueblo te pregunta por este viejo solitario, solo para que se enteren de lo que dejo aquí en esta tierra. 

Mi nombre es Teseo. Vivo en la Puna, solo, lo cual no es fácil; quizás lo más difícil es soportar las largas noches escuchando el silencio.

En dos oportunidades quise radicarme en el pueblo, pero no es para mí: prefiero la soledad. No sé por qué, pero en algún momento de mi juventud, después de que fallecieron mis padres, conocí a una mujer que no quiso compartir mi vida y, después de ese dolor del alma, preferí vivir solo.

Ya soy grande. Tengo ochenta años, una radio para escuchar música y, cada quince días, vos me traés noticias del pueblo, el dinero de mi jubilación y algunos víveres: cigarrillos, yerba, fósforos y pilas.

Me acompaña mi perro Sultán, que no es muy grande: tiene el pelo corto y negro y sus orejas son desproporcionadas. Es feo, pobre, pero yo lo aprecio. Compartimos el calor del fuego, las noches frías, el agua y las galletas marineras. Con su mirada mansa parece que me quiere decir algo, pero por cortesía no lo dice.



El rancho en el que vivo tiene todo lo que necesito. La leñera siempre está a mano y la mantengo repleta de troncos secos; el hogar me lo construyó un forastero inglés —le hizo un pulmón y funciona de maravilla—. En él suelo hacer churrascos, papas fritas o huevos, que acompaño con alguna hoja verde de mi huerta… Uno o dos vasos de vino nunca faltan y, en la sobremesa, escucho la radio mientras fumo. Tengo un pequeño depósito sin ventanas en el que maduran los quesos de cabra, los cuales vos me vendés —has sido el único y mejor socio de toda mi vida—.

El mayor lujo que tengo es un arroyo que trae de la montaña agua cristalina; solo debo caminar cincuenta metros y acarreo todo lo que necesito. He fabricado un carro con cuatro ruedas de carretilla que me facilita la tarea: con dos viajes tengo para todo el día.

El mayor placer lo disfruto observando el amanecer y esas noches majestuosas de cielo estrellado, en total silencio, tomando mate y fumando.




Mi día de labor comienza atendiendo a mis diez cabras: les abro el corral y las dejo libres después de ordeñarlas, limpio su lugar y lleno con agua el bebedero. Le sigue el turno al gallinero: retiro los huevos y les doy agua y maíz a las gallinas. Cuando me quiero acordar, el sol está alto; entonces hago un descanso: caliento agua y me cebo unos mates a los que acompaño con galleta y queso, siempre sentado a la sombra del alero de mi rancho, desde el cual puedo ver todo el valle y el camino de ripio que va al pueblo, el cual parece una cinta plateada que baja zigzagueante.

Si el sol no está muy fuerte, atiendo la quinta y cosecho alguna verdura de hoja, unas papas y zanahorias para el almuerzo.

Después de comer, me fumo un cigarrillo para después recostarme a escuchar las noticias en la radio sobre mi catre, hasta que me duermo.

Solo tengo sexto grado, pero tuve la suerte de tener una maestra que fue para mí una segunda madre; gracias a ella aprendí a leer y escribir. Hoy disfruto de ese universo luminoso que encierran los libros. Disfruto cuando me los alcanzás de la biblioteca del pueblo y, después de leerlos, los comentamos.

Vos sos más joven que yo, sos un muy buen muchacho y tenés una familia maravillosa; tus dos hijos chicos, la nena y el nene, son buenos como sus padres. Sos un ejemplo, Alejandro.

Me río solo cuando tus hijos me dicen abuelo y yo les contesto, haciéndome el enojado: —¡Qué abuelo ni qué abuelo, hijos de una gran siete! ¡Yo no soy su abuelo ni lo seré nunca, por suerte!

Después vienen corriendo y me abrazan riendo para reafirmar que soy su abuelo, y me hacen cosquillas.

Como bien sabés, ustedes son mi familia, y una mención aparte es tu mujer, Laura. Has elegido bien, cuídense mucho. Decile que voy a extrañar sus deliciosos pasteles.

Como podés ver, soy un hombre que vive bien, con muy poco; a mi edad, a diferencia de los jóvenes, el mundo se achica y ya no pretendemos conquistarlo: con que nos permitan ocupar nuestro lugar por un tiempo más es suficiente.

Después de toda esta lata, te cuento lo que me ocurrió. (de antemano te digo que los chismosos del pueblo no lo creerán) Por lo cual podes decirle con mi autorización que he pasado a mejor vida.

Una mañana de septiembre, estaba distraído tomando mate con mi mirada perdida, cuando algo me hizo prestar atención. Por el camino venía alguien caminando, no podias ser vos a esa hora; a medida que se aproximaba pude comprobar que era una mujer. Cuando estuvo cerca, mi vista no se equivocó: era una chica delgada de unos quince años, con un vestido floreado, alpargatas y un saquito de hilo claro, con una gruesa trenza en su pelo negro, y llevaba una pequeña mochila en su espalda. Al pararse frente a mí, lo que más me llamó la atención fue su expresión y su mirada. Solo esbozó una sonrisa, y me dijo:

—Vengo de lejos y necesito hospedarme solo por unos días, ¿tendría usted un lugar en su casa para mí? No deseo molestarlo.

—Esto no es una pensión, querida —le dije—, solo puedo ofrecer un lugar frente al fuego, nada más.

—Para mí es suficiente, y le pagaría si puedo compartir el desayuno, el almuerzo y la cena.

Después de decirme esto, se quedó mirándome y no puedo explicarlo, pero en sus ojos negros pude ver a un ser mucho más inteligente que yo, a pesar de ser tan joven. Esa semana junto a esa chica fue una experiencia extraña: para empezar, parecía que se podía comunicar con Sultán; por las noches le sostenía la cabeza y lo miraba fijo a los ojos; Sultán movía la cola de forma acompasada como si estuviera charlando, se quedaban así por más de una hora antes de la cena, y después Ana —así se llamaba— compartía un poco de comida que le daba con la mano. La primera vez que le mostré a Ana el corral, mis cabras, a pesar de tener la tranquera abierta, no salían, y fue necesario que ella les hiciera una señal con su mano para que se decidieran.




Debo decir que Ana no era comunicativa; una vez me dijo que estudiaba Ciencias Naturales. Después del desayuno iba a buscar por el campo bichos raros y flores silvestres, y muchas veces no regresaba hasta el atardecer.

Después de cenar nos quedábamos charlando frente al fuego, y ella me preguntaba más cosas a mí que yo a ella.

Una noche salimos a contemplar el cielo y me indicó con el dedo un lugar; yo pensé que me mostraba las Tres Marías. Cuando le dije, por primera vez se rio con ganas; después se puso seria y repitió pausadamente:

—«Las Tres Marías»… qué lindo nombre.

En nuestras charlas hablábamos de animales, plantas, del tiempo, del agua, de bichos. Una noche me preguntó si me acordaba.

—¿De qué? —le pregunté, y se quedó mirándome con esa mirada intensa e inexpugnable.

Esa última tarde me dijo que se tenía que ir, pero antes quería decirme algo. Cuando me habló por última vez, su cara y su tono de voz me parecieron de una persona muy mayor.

—Teseo, debo decirte algo que quizás no entiendas, pero mi obligación es hacerlo: yo provengo de un lugar muy lejano en el cielo, tan lejano que no se puede medir. Mi pueblo estuvo a punto de extinguirse por seres de otro mundo; para evitarlo, enviamos a otros lugares del universo a niños muy chicos y los dejamos al cuidado de familias buenas. Tú eres uno de esos miles de chicos. Que no lo recuerdes es algo normal, pero esa es la verdad. Por esta razón tengo que decirte que tienes la posibilidad de regresar conmigo a tu primitivo lugar, allí te podrás reencontrar con tu verdadera familia.

Cuando terminó de decirme todo eso, se quedó callada y mirándome con esa mirada que no era de una niña: era de alguien adulto… yo diría, una experiencia de miles de años. Me animé a preguntarle su edad y esto me dijo:

—Mi edad es de doscientos cincuenta y tres años terrestres, soy bastante más grande que tú. Esto es todo lo que tengo para decirte. Si decides venir, solo debes salir por la noche, mirar a lo que tú llamas Las Tres Marías e invocarme, nada más.

Después de decirme todo esto, Ana me dio un beso en la mejilla, se colocó su mochila y se fue; cuando la seguí con la vista, de pronto desapareció.

Querido Alejandro: después de pensarlo mucho, me dije que ya estaba grande y que una última aventura no me vendría mal; por esto te dejo todas mis pertenencias, con excepción de Sultán, que me permiten llevarlo. No es posible regresar, me lo advirtieron más de una vez, por lo cual te extrañaré mucho, mi amigo; y dile a tus hijos que su abuelo se fue de viaje.

Espero que tu vida junto a tu familia sea muy feliz y luminosa; si me permiten darte una mano, lo haré, no lo dudes. Bueno, no tengo otra cosa que decirte, me vendrán a buscar esta noche. Cuida bien de mis cabras y a las gallinas. En un mes más podrás vender los quesos; no despilfarres el dinero. La radio me la llevo, aunque no sé si conseguiré pilas.

Un gran abrazo, hijo.

Teseo»

FIN DE ESTA HISTORIA 


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JEAN GIONO

viernes, septiembre 04, 2026

EL AMIGO DEL VENDEDOR DE HUMO

 

         —Este proyecto, señor Gutiérrez, si usted lo analiza con cuidado, cambiará al mundo entero; es más, internet y muchas de sus aplicaciones quedarán obsoletas en cuanto la gente entienda este nuevo proceso de comunicación.




El señor Gutiérrez, después de hojear una vez más la voluminosa carpeta, sentado en aquel escritorio acorde con su cargo de gerente general de uno de los bancos privados más grandes de Argentina, y mirando sobre sus lentes a aquel pequeño hombre calvo sentado frente a él, dijo de forma contundente:

—Señor… señor…

—Edgardo García Iribarren —le recordó ese hombre.

—Sí, señor Iribarren —dijo el gerente, cerrando la carpeta—. Su idea me parece realmente ambiciosa, pero, lamentablemente, en la situación actual en la que se encuentra el país, nuestro banco no puede otorgar créditos a proyectos tan riesgosos. Lamento no poder serle útil.

Cuando García pretendió continuar exponiendo su proyecto para una última oportunidad, el gerente, sin más, se conectó por el intercomunicador y le dijo a su secretaria que acompañara al señor García a la salida. García tomó su carpeta y, sin saludar al gerente, se retiró del despacho, pero antes de irse le dijo al gerente casi gritando:

—¡Ustedes se lo pierden! 

Al salir a la calle, un viento frío golpeó su cara; después de levantarse la solapa del sobretodo, se dirigió a la parada del colectivo para ir al único lugar donde comprendían y animaban todos sus proyectos de negocios. El único obstáculo era siempre el mismo: sus dos amigos del bar llamado «El asturiano» tenían menos dinero que él.

—¿¡Qué hacés, García, todavía estás suelto!? —le gritó desde lejos con voz socarrona un hombre de impecable overol azul, que ostentaba un calibre de tornero en el bolsillo de su camisa.

García, después de mirar el salón y comprobar que solo había dos muchachos jugando al metegol y otros dos al billar, se acercó a la mesa frente a la ventana y se sentó frente a su amigo.

—¡Vos siempre, Julio, con esos chistes boludos! Un día voy a venir con alguien importante y me vas a hacer quedar como el culo —le dijo García enojado a aquel hombre, tirando la carpeta sobre la mesa.



—No te calientes, García, si no hay nadie… bueno, nadie importante. ¿Quién va a venir a este boliche de mala muerte? Te invito unas empanadas y cerveza, ¿querés?

—Bueno —aceptó García mirando por la ventana—. ¿Y Lucio?

—Lucio, desde que se peleó con su señora, no lo vi más. Tenía ganas de irse a Brasil —le dijo Julio, mientras levantaba su brazo indicando con sus dedos un café chico para que el mozo lo viera.

—¡¿A Brasil?!… Mirá qué bien. Espero que me devuelva la plata que le presté antes de irse —dijo García molesto.

—Lucio es un muchacho decente, vos lo conocés bien, pelado —lo tranquilizó Julio.

—Sí, yo también soy decente, pero ahora necesito la plata más que él —exclamó García con fastidio.

Julio, para cambiar de tema, agarró la carpeta y leyó el título principal, que decía: «Intercomunicación satelital, con base fija en la luna y 80 repetidoras flotantes en los océanos Pacífico, Atlántico y mar Mediterráneo».

—¡A la pelota, García, vos sí que no te andás con chiquitas! —dijo Julio con voz retórica.

García, sacándole la carpeta de las manos, le dijo a su amigo mirándolo con aire de superioridad:

—Si puedo encontrar el inversor que necesito, este proyecto no me puede fallar. Tengo todo previsto, incluida la base lunar.

—¿En serio, García? ¿Y cómo harías?

—Conseguí un contacto de un tipo que tiene un pariente que trabaja en la NASA, y en cuanto salga otra misión lunar me dejan lugar para enviar el aparato y dejarlo allá; después, solo me resta organizar las repetidoras flotantes. Te digo, Julio, que si esto me sale, me lleno de guita —le contó García a su amigo con cara de entusiasmo.

—Pero, García, ¿vos sabés algo de aparatos de telecomunicaciones, de repetidoras flotantes, de viajes a la luna? —le preguntó Julio después de terminar su café.

—No —le dijo García tajante.

—¿Y entonces? —le dijo con curiosidad su amigo con cara de asombro.

—Yo soy empresario, Julio, lo mío son los negocios a gran escala, ¿entendés?

—Sí, te entiendo, campeón. ¿Querés que te diga algo? Vos estás más loco que una cabra —le dijo su amigo mientras llamaba al mozo.

—Vos reíte, Julio. Cuando me salga esto, me vas a ver pasar por acá con un Mercedes Benz descapotable, cero kilómetro, ya vas a ver —le dijo García pidiendo otro café al mozo.

—Fenómeno, pelado. Cuando tengas el Mercedes, traelo al taller que yo te hago el service. —Cuando Julio terminó de decir esto, sonó su teléfono—. Hola, Don Antonio, ¿cómo está usted? —dijo Julio tapando con su mano el celular para que no se escuchara el sonido de fondo del metegol—. Ya tengo terminadas las dos camionetas y el camión va a estar para el viernes… porque no me están entregando un repuesto, pero calculo que antes de las cinco se lo llevo yo a la fábrica; perfecto, perfecto, de paso me traigo el auto… De acuerdo. Ah, me olvidaba, Don Antonio: si el viernes me puede dejar unos pesos, se lo agradecería… ¡Bárbaro, excelente, Don Antonio, nos vemos! —Cuando Julio colgó, se quedó mirando a García, y este le dijo:

—¿Cuánto tiempo hace que trabajás para Don Antonio, Julio?

—Y… dejame pensar… Hace treinta años que me casé… sí… Y casi catorce años.

—¿Y nunca pensaste en agrandar el taller, buscar otros clientes, contratar más personal, qué sé yo, progresar? —le dijo García mirándolo fijo.

—¿Y para qué, pelado? Si así estoy bien. Don Antonio es un buen hombre, puntual con los pagos. ¿Para qué me voy a agrandar? Después, si contratás gente, se cansan y te meten un juicio que podés perder hasta la casa. Así estoy bien. Con Laura siempre nos arreglamos; en el verano nos vamos unos días a Santa Teresita, a la casa de mi suegro; somos felices, pelado. —García se quedó mirando a su amigo unos instantes y después le dijo:

—Sabés una cosa, Julio, hacés bien: los negocios no son para todos. —Después de decir esto, cuando iba a sacar la billetera, su amigo le dijo—: ¿Qué hacés, pelado? Yo te invité, la próxima pagás vos. 

García salió del bar con su carpeta debajo del brazo y comenzó a caminar para su casa, que estaba a cuatro cuadras. Cuando entró a su departamento, su señora, que se llamaba Nora, lo estaba esperando sentada en la mesa del comedor, rodeada de papeles, y su cara demostraba que no era uno de sus mejores días. Después de darle un beso, García se quitó el saco, lo acomodó en la silla y se sentó frente a ella.

—Por dónde querés que empiece —le dijo su mujer sin quitar los ojos de una factura de la luz.

—Sí, ya sé, la luz se fue por las nubes —le dijo García.

—La luz, el gas, la comida, las expensas, los impuestos, la prepaga, el transporte… Pero, ¿sabés una cosa? Todo esto no es nada… Hoy vino el de la inmobiliaria y alegremente me dijo que nuestro contrato de alquiler caduca a fin de mes, es decir, dentro de una semana, y para renovarlo tenemos que aceptar un aumento del ciento por ciento; es decir, de lo que estamos pagando, ahora pagaremos exactamente el doble. Cuando le dije que estaban locos, ¿sabés qué me dijo?… Me dijo: «Tómelo o déjelo». ¿¡Entendés!? ¡«Tómelo o déjelo»! —Nora terminó de decirle esto a su esposo, con sus ojos rojos y llorando.




—Pero, Nora, ¿cómo puede ser? Si hace diez años que les alquilamos y siempre fuimos puntuales, jamás les fallamos —le dijo García a su esposa, acongojado—. ¡Mañana voy a ir a hablar yo!

—No sé, Edgardo, no sé. Yo llegué a mi límite. Si vos no generás ingresos, con mi sueldo de la oficina no nos alcanza; tus negocios no se concretan, hace meses que no traés plata, ya no se trata de una mala racha.

—Solo necesito un poco de tiempo. Si consigo el inversor que necesito, nos salvamos, Nora, ¿me entendés? —le dijo García a su esposa tomándola de la mano, afligido.

—No, Edgardo, esa historia ya la conozco: siempre lo mismo, el inversor, el negocio, el permiso, el préstamo. Estoy cansada, Edgardo. Siempre te he querido, pero esta vez estoy abrumada. Estamos fundidos, Edgardo, ¡fundidos! —gritó Nora retirándose del comedor. 

Ella no tuvo más remedio que irse a vivir con su madre, y él, con su padre. Tras dos años de separación, Edgardo aún no podía con su genio: continuaba con sus ideas delirantes, pidiéndole dinero a su padre jubilado para financiar carpetas de negocios cada vez más inverosímiles y para cargar la tarjeta del transporte.

Una noche, mientras planchaba su camisa, su padre empezó a gritarle como si fuera un desconocido: el Alzheimer se desencadenó de pronto y fue fulminante. En el entierro, Edgardo se encontró con Nora, que estaba acompañada por un hombre; lamentablemente, su relación con ella se había terminado para siempre.

Cuando se agotaron los escasos ahorros que había dejado su padre, subsistir se convirtió en una situación muy difícil. La casa familiar no estaba en condiciones de alquilarse como para permitirle mudarse a una pensión y comer con ese dinero, por lo que debía encontrar otra solución. Para colmo, ya estaba retrasado el pago de las facturas de luz, de gas y de agua, sin hablar de los impuestos municipales.

Una mañana, al levantarse, fue a la cocina a prepararse el desayuno y, al abrir la heladera, vio que no quedaba nada; pensó en ir al bar, pero tampoco le quedaba ni un centavo.

Se dirigió al baño y, al mirarse en el espejo, vio el rostro de un hombre barbudo y acabado: era su propia cara. Entonces lloró amargamente frente a ese viejo cristal, que solo le devolvía la absoluta verdad de su existencia. 



Cuando Julio vio la cara y el aspecto de su amigo, no necesitó saber nada más.

—¿Qué hacés, pelado, tanto tiempo? ¿Ya no me das pelota? ¿Qué estás tramando, campeón? —le dijo aquel hombre, corpulento y rubio, algo bromista, pero con la condición de ser de esas personas que quizás sean humildes en ciertos actos, pero enormes para cuando es necesario.

—Estuve ocupado con lo del viejo, qué sé yo, me dejó un montón de deudas, pobre viejo.

—Che, vos sabés, hoy no almorcé. Mi señora se fue a pasear con unas amigas y yo para cocinar no sé ni hacerme un huevo frito. ¿Me acompañás con un sándwich y una cerveza, pelado?

—Bueno —dijo García, tratando de cambiar la cara y sabiendo que no había comido nada en todo el día—. Lo único, te aviso que me olvidé la billetera.

—Pero si el que invita soy yo, García, otro día pagás vos —dijo Julio llamando al mozo—. Te quería hablar de una cosa, pelado: en el taller estoy necesitando a una persona de confianza para ir a buscar los repuestos; como hay escasez, conseguirlos te lleva un tiempo precioso. ¿Conocés a alguien que se quiera encargar? Yo le pagaría un sueldo y la comida, pero tiene que ser de confianza porque, viste, no podés contratar a cualquiera; el vehículo y los gastos correrían por mi cuenta.

García conocía muy bien a su amigo y sabía que era incapaz de dejar a nadie de a pie, y también sabía que el taller solo contaba con un muchacho aprendiz a quien Julio le enseñaba como si fuera ese hijo que nunca tuvo.

—A qué hora voy, Julio —le dijo García a su amigo, sonriendo.




Cuando García entendió cómo trabajaba su amigo, se dio cuenta de muchas cosas. El taller de Julio parecía un laboratorio por lo limpio, todas las herramientas estaban en su lugar, y tanto su aprendiz como su amigo lucían un overol que parecía recién lavado; ambos trabajaban con guantes y anteojos de seguridad. Pero lo más sorprendente para García fue observar que tanto su amigo como su joven aprendiz trabajaban felices: el ambiente de trabajo en el taller de Julio era como estar en familia. 




Para el almuerzo, la señora de Julio colocaba un mantel blanco sobre una pequeña mesa debajo de la galería y almorzaban todos en un ambiente de cordialidad. Julio hablaba sobre temas de mecánica y también sobre asuntos de la vida, dirigidos a aquel joven que escuchaba con atención. García comprendió desde el primer día, que en ese taller no había lugar para él, porque no sabía distinguir una llave inglesa de una francesa; a los pocos meses, por fin, García encontró su vocación y su destino. 

Existen personas con talentos sobresalientes que desconocen su propio potencial. García poseía el arte supremo de los negocios: saber vender. La diferencia era que, antes, utilizaba su don para comercializar productos desastrosos nacidos de su imaginación. Sin embargo, cuando el destino lo vinculó a una empresa sólida como vendedor de su producto estrella, su poder de convicción se convirtió en un éxito rotundo. Esta vez la ecuación era perfecta: un producto confiable en manos de un vendedor extraordinario.


FIN DE ESTA HISTORIA


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martes, septiembre 01, 2026

LA PUERTA CERRADA

 «Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad» 


Albert Einstein (1879 - 1955)

          Durante toda su niñez, esa puerta siempre estuvo así. A fuerza de formar parte de la vida familiar, y a pesar de no ser una casa grande, Miguel siempre vio esa puerta del dormitorio al final del corredor; cerrada.

La cotidianidad de no utilizar esa habitación se convirtió en algo que no tenía importancia: no le molestaba ni le provocaba intriga. No obstante, aún se acordaba vagamente de la vez que le preguntó a su madre por ella, y ella solo le dio una respuesta muy simple:

—Te lo vamos a decir con tu padre cuando seas más grande; ahora olvídate de esa puerta y de esa habitación.




La vida de Miguel fue normal. El tiempo de su adolescencia lo distribuyó entre sus amigos, sus estudios y el deporte; le apasionaba el tenis. Luego apareció en su vida una chica, Laura, a quien conoció en la facultad y con la cual se casó. De este modo, dejó la casa familiar y se fue a vivir a un departamento en la capital. Cuando se recibieron de psicólogos, ambos abrieron un consultorio y no les iba mal: los primeros clientes conformes les trajeron más clientes, y él completaba un ingreso razonable yendo al hospital. Cuando decidieron tener hijos, algo se interpuso y no lograron el objetivo; fue entonces que decidieron realizar un viaje a Italia. Programaban visitar Roma, Florencia y Nápoles, pues deseaban recorrer esas ciudades con tiempo, sin el vértigo de las excursiones.

Cuando solo les faltaba una semana para la partida, el padre de Miguel sufrió un infarto y tuvo que ser hospitalizado, lo que hizo que suspendieran el viaje. Después de dos meses en terapia intensiva, lamentablemente murió.

La madre de Miguel era de salud delicada, por lo cual él no podía dejarla sola; junto a su esposa, decidieron mudarse a la casa familiar.

Al poco tiempo, su madre también enfermó por un ACV devastador. A pesar de poder atenderla en su casa, su calidad de vida era muy mala y no podía salir de su habitación.

Miguel dormía con su esposa en la habitación contigua. Una noche se despertó por unos golpes. Al ir a ver a su madre, la encontró acostada en su cama con el brazo extendido y una mirada de angustia; ya no podía hablar. Después de que Miguel la tranquilizó, su madre se quedó dormida. A la noche siguiente se repitieron los golpes y la misma situación. Durante cuatro días esto se repitió.

—Pareciera que necesita decirte algo —le dijo su esposa a Miguel, tomándolo de la mano.

La olvidada pregunta de cuando era niño se precipitó en su mente: «¿Madre, por qué esa puerta siempre está cerrada?».

De inmediato saltó de la cama y se dirigió a la habitación de su madre. Al abrir la puerta y encender la luz, ella lo estaba mirando con el brazo extendido, indicando la cómoda. Miguel buscó en todos los cajones y, en el fondo del último de ellos, sacó una pequeña caja de cartón; al abrirla, encontró una llave. Cuando le mostró el hallazgo a su madre, ella se distendió con una profunda exhalación de aire y entornó los ojos.

Miguel le dijo a su esposa que iría a abrir la puerta, pero que prefería ir solo.

Cuando la abrió, las bisagras chirriaron por la falta de uso, y el olor a encierro demostraba el tiempo transcurrido: años ocultando lo que allí había.




Al querer encender la luz, la lámpara no funcionó. Caminó a tientas hasta alcanzar la ventana y, cuando quiso correr las cortinas, estas estaban apolilladas y se cayeron al piso. Finalmente, la luz del exterior inundó la habitación.

Lo que vio Miguel no se lo esperaba; quedó perplejo. Sobre una de las paredes, una cuna de madera aún exhibía su color celeste bajo una capa de polvo. El empapelado de las paredes, o lo que quedaba de él, tenía motivos de juguetes: trencitos y autos. De la lámpara colgaba un adorno de pajaritos y estrellas de papel sostenidas por hilos, balanceándose por la brisa de aire fresco que ingresaba por la ventana abierta. Sin duda, todo lo que allí había, alguien lo había dejado para congelarlo en un momento del tiempo.

Miguel llamó a su esposa para tratar de entender. Cuando Laura entró, quedó tan sorprendida como él. Frente a la cuna había una cómoda; al abrir uno de sus cajones, Laura descubrió que estaba repleto de ropa de bebé color celeste.

Ambos se miraron sin terminar de comprender.

—No recuerdo haber tenido hermanos, siempre me trataron como hijo único —dijo Miguel mirando a su esposa con asombro, entendiendo además que ya no tenía posibilidades de obtener una respuesta por parte de su madre.

Pero faltaba lo esencial: cuando Laura se acercó a la cuna, algo le llamó la atención. Sobre la almohada polvorienta, apoyado contra el respaldo, había un sobre. Laura lo tomó y se lo dio a su esposo. Miguel, acercándose a la luz de la ventana para ver mejor, sopló sobre él para quitarle la tierra y lo abrió. Cuando extrajo la carta, decía:




Querido hijo:

Si llegas a leer esta carta se debe a que, por algún motivo, no hemos podido hablarte en persona sobre este tema. Cuando termines de leerla, comprenderás por qué no podíamos decírtelo antes.

Al año de casados esperábamos un hijo. Cuando nació, le pusimos de nombre Miguel, como a ti. Era un sol y lo amábamos con todo nuestro corazón, como a vos. Después del parto, los médicos nos dijeron que no podríamos volver a tener hijos; esto al principio no nos preocupó demasiado, pero ocurrió lo que no imaginábamos: lamentablemente, cuando solo tenía un año de vida, nuestro único hijo enfermó de pulmonía y los médicos nada pudieron hacer. Quedamos destruidos, ya no podíamos continuar con nuestras vidas.

Un amigo de tu padre, al vernos tan deprimidos, nos comentó sobre una posible solución, pero era algo legalmente prohibido. Lo meditamos muchísimo, pero por fin nos decidimos y lo hicimos a pesar de los riesgos. Fuimos muy egoístas, pero estábamos desesperados.

Tú eres un clon de nuestro primer hijo.

Esta carta la hemos escrito hoy, en tu primer año de vida; esperamos que, cuando la leas, tu vida hasta ese momento haya sido feliz.

Para nosotros, Miguel, tú fuiste y serás siempre nuestro único y primer hijo, y desde el primer día te hemos amado con todo nuestro corazón.

Con todo nuestro amor,

Tus padres.


FINAL DE ESTA HISTORIA 


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El director de Gattaca es el cineasta y guionista neozelandés Andrew Niccol.

Esta película supuso su debut como director de cine (1997). Además de dirigirme y escribir Gattaca, Niccol es ampliamente conocido por escribir el guion de El show de Truman (The Truman Show, 1998) y por dirigir otras películas de ciencia ficción y suspenso como El precio del mañana (In Time, 2011), El señor de la guerra (Lord of War, 2005) y S1m0ne (2002).

jueves, agosto 27, 2026

LA FIRMA DE «FM"»


«Los grandes artistas copian, los genios roban.»

Pablo Picasso (1881 - 1973)



              Miguel Fernandez Mora, más conocido en el ambiente artístico, —digamos informal— como FM, sabía muy bien que su actividad la desarrollaba muy próxima al límite entre lo legal de lo ilegal. Para ser más explícito, copiar una obra de arte a los efectos de practicar, por el solo gusto de hacerlo, o para observar en privado, o en un reducido grupo de amigos   

—no es un delito—  pero si dicha obra artística copiada con la destreza de FM, se comercializa como si fuera un original, la cárcel estará preparada para encerrar aquel que lo intente. 

FM realizaba copias de consagradas obras de arte para vender dentro de un pujante y dinámico mercado negro, llevado a cabo por expertos delincuentes que conocían de arte, estafas y negocios turbios. 

Debemos también decir que con las actuales técnicas de impresión, envejecimiento acelerado, y demás instrumentos; falsificar un cuadro es más sencillo que en otras épocas. Pero FM, se jactaba de ser un artesano de la guardia vieja, y lo era sin duda.

Para aquellas obras maestras de arte antiguas, las cuales poseen detalles similares a un vino de calidad muy añejo,  en donde el tiempo aporta una impronta fundamental, el envejecimiento de las capas de pintura, su decoloración y resquebrajamiento, dan como resultado una delicada pátina, que forman parte de una firma indeleble de cada pintura, esa era una de las capacidades que poseía FM, mediante delicados intervalos de calor y frío, lograba el envejecimiento prematuro de una cuadro, en unos pocos días enviaba a esa obra reciente a cientos de años atrás. 

FM, poseía un estudio que en verdad eran dos, el primero se podría decir que daba a la calle, al sol, al mundo decente, bajo las reglas de la ley y el orden; el otro al jardín trasero. De un lugar al otro se accedía por una puerta que simulaba ser una biblioteca. En el primero todas las obras eran firmadas como es lógico por su autor, FM, y en el segundo, las obras eran firmadas por innumerables artistas  muertos hace muchísimo tiempo. Gracias al insuperable oficio de FM, un Van Gogh, un Monet, un Velazquez, un Rembrand o incluso un Caravaggio, eran rescatados de su aburrida vida de museos o colecciones privadas, para pasar a la aventura de un submundo de estafadores y sinvergüenzas. 

Una tarde de otoño se contactó con FM, un joven de rostro jovial, alto, vestimenta informal, diciendo ser estudiante de pintura llamado Esteban, la intención del muchacho era tomar unas clases de pintura con él, pero ya en la primer entrevista las clases que quería tomar el joven no era en el estudio que daba a la calle, era en el que daba al patio trasero de la casa, su carta de presentación era de un amigo mutuo, que se dedicaba a manejar pequeñas y reservadas salas de exposición en algunos lugares de Europa. Yendo al grano, la idea era realizar una continuidad de obras de arte no muy conocidas por novatos del arte pictórico siempre y cuando fueran acaudalados hombres o mujeres de negocios y posteriormente estafarlos.

—Sólo serán tres cuadros de colecciones privadas,  —le dijo el joven a FM— los dejamos a su elección, el único requerimiento es que deberán estar terminados dentro del año próximo. Nuestro mutuo amigo quiere saber el precio de cada una de las obras, cuando estén terminadas, él vendrá a darle el visto bueno y después yo las vendré a retirar, le entregaré su dinero, y me los llevaré todos el mismo día. 

FM, era un hombre soltero que llevaba una vida metódica, su pasión más allá de la pintura era realizar caminatas en zona boscosa o montañosa escuchando música clásica, con sesenta años y un estado físico admirable le brindaba la confianza de realizar travesías muy largas en zonas de cierta complejidad, llegó a realizar jornadas de tres días disfrutando acampar, y encender una fogata bajo el majestuoso cielo estrellado al cual observaba en absoluto silencio. Después de analizar este encargo, decidió que sería el último trabajo de firmas apócrifas, después, solo se dedicaría a trabajos originales propios, que dicho sea de paso los vendía a muy buen precio. Pero las falsificaciones ocupaban  para FM algo en su vida que no podía substituir por otra actividad, —amaba esta profesión—, pensando con total naturalidad «que esas obras copiadas por él no eran en sí mismo falsificaciones, solo las firmas de sus autores originales eran falsa», tal es así que todos sus trabajos a riesgo de ser descubierto con facilidad, eran firmados por él, una minúscula pincelada roja, en un lugar en el cuarto inferior izquierdo eran la distinción de su trabajo. FM aceptó el encargo y se estipuló un precio que le permitiría vivir sin trabajar recorriendo el mundo el resto de su vida.

FM comenzaba a trabajar en su estudio trasero alrededor de las diez de la noche y su tarea se prolongaba hasta el amanecer, pero como un cazador profesional, primero  buscaba su preciada presa en el mayor de los tesoro que poseía su atelier nocturno, una biblioteca con más de cien volúmenes de libros con láminas a todo color y catálogo de exposiciones recopiladas en diversos lugares del mundo, en ese océano artístico FM buceaba varios días hasta encontrar su objetivo y después de la elección, antes de desplegar la tela, realizaba un estudio minucioso del carácter de ese autor, su estilo de vida, su lugar en el mundo, sus maestros, su obra. La elección estaba definida, en esta oportunidad sería Paul Gauguin, y tres de sus obras, Paisaje Bretón, Lutteurs en Herbe y En Pleine Chaurleur.

Una vez determinado el objetivo, ampliaba el cuadro elegido sobre una pantalla cuatro veces, y una enorme lupa con luz, sujeta a un brazo móvil, le permitía observar hasta  las más mínima pincelada de cada uno de los detalles, pero FM, tenía la capacidad de plasmar la intención del propio artista, se podría decir incluso que detectaba el estado de ánimo del maestro durante los  días en que realizaba el cuadro, FM se convertía cada noche en Paul Gauguin. Su trabajo lo acompañaba con varias copas de coñac y su música preferida  Chaikovsky. Cuando terminaba su trabajo diario, esperaba que los primeros rayos del sol iluminaran las copas de unos árboles próximo a su ventana, después de correr las cortinas se retiraba a descansar. Cuando se disfruta lo que se realiza, no se está trabajando, FM realizaba su tarea diaria incansablemente, sin perturbaciones, y era un hombre feliz. 






Cuando la parte artística estaba terminada, FM realizaba la última revisión antes del proceso de envejecimiento, en otro pantalla proyectaba la copia aumentada cuatro veces y la comparaba con el original, solo muy delicadas pinceladas completaba su trabajo, y a pesar de entender que se arriesgaba a que su obra fuera descubierta con facilidad, la firmaba, un minúsculo punto rojo a diez centímetros del margen inferior y a otros diez centimetros del izquierdo, a pesar del enorme riesgo que esto implicaba, no podía dejar de hacerlo.

Un año después de haber terminado el encargo. Una noche de lluvia, paró frente a la casa de FM un automóvil negro de alta gama, el chófer le abrió la puerta trasera a un hombre bajo, y lo acompañó protegiéndolo de la lluvia con un amplio paraguas muy colorido hasta la entrada.

—¡Apreciado Paul, cuánto tiempo que no nos vemos! —le dijo FM—  en voz alta al pequeño hombre, haciéndolo pasar. Era el comprador de su último trabajo. Paul era un simpático señor de impecable traje de corte tradicional cruzado, sus zapatos de cuero claro, más su reloj, demostraba a primera vista su enorme solvencia económica. 

—Estimado maestro de maestros, el clima de tu país me perturba, pero aquí estoy. —le dijo con una amplia sonrisa, Paul..

Ambos amigos charlaron durante la cena recordando anécdotas inolvidables de compra y venta de obras de arte, genuinas y no tanto, después, el café con coñac se sirvió en el atelier trasero. Al entrar, FM iluminó los tres cuadros cubiertos con una tela de seda negra, y los descubrió para su amigo como si mostrara una joya exquisita. Paul, primero los miró a dos metros de distancia, recorriendolos con su mirada experta, sin decir palabra, inmediatamente después sacó de su bolsillo una lupa, y los inspeccionó uno a uno, en toda su superficie, deteniéndose en algunos lugares específicos, cuando terminó lo miró a FM y le dijo en voz baja. Son realmente sublimes y geniales, mi querido maestro de maestros.




Habían pasado varios meses de la entrega del trabajo cuando FM recibió una carta que pertenecía a su amigo Paul, y decía así:

"Estimado maestro de maestros con profundo pesar debo decirte que mi último negocio fue descubierto, seguramente cuando leas esta carta estaré en prisión, por lo que sé, la policía ha seguido el rastro de nuestro último trabajo y más temprano que tarde llegarán a ti, lamento que nuestra larga amistad termine de esta manera, no me ofenderé si declaras desconocerme, pero la situación es compleja, porque una mujer que poseía en su colección privada uno de los cuadros, se enteró de que uno igual lo había adquirido un billonario que lo publicó en Internet, lo que siguió puedes imaginarlo".

A los pocos días se presentó en la casa de Miguel un patrullero y dos policías con una orden de allanamiento, revisaron todo incluido el atelier del patio trasero, se llevaron varios cuadros y a Miguel, esposado.




El día del juicio llegó. Cuando a Miguel lo trasladaron a la sala le retiraron las esposas y lo sentaron en el banquillo de los acusados; sus tres cuadros se encontraban expuestos frente al jurado, después que el fiscal leyó todos los cargos la jueza, mirándolo a FM le preguntó si tenía algo para decir, y entonces FM poniéndose de pie dijo:

—Señora jueza, debo decir que estos tres cuadros los cuales son excelentes copias de los originales, han sido realizados por mí; y mi cliente pagó mi trabajo en forma correcta, pero desconozco donde está mi falta porque como es mi costumbre yo firmo todos mis cuadros, incluidos estos, imagino que si fuera un falsificador como ustedes me acusan no sería tan tonto en firmar un delito. La jueza asombrada miró al  perito y lo llamó al estrado, después, el perito le preguntó a FM, —¿en qué lugar del cuadro está su supuesta firma?.

Cuando FM indicó el lugar exacto de aquel minúsculo punto rojo, el perito con una gran lupa observó el lugar de cada tela y tuvo que afirmar que FM decía la verdad. No obstante esta sutileza no libró a FM de ser acusado y condenado, pero muy levemente. Un año de prisión domiciliaria, más dos años de tareas comunitarias, —enseñar dibujo en una escuela primaria—, esta condena Miguel la disfrutó muchísimo y el contacto con chicos le fue muy gratificante; por último se le advirtió que de reincidir en realizar copias de obras de arte podría tener que soportar una condena mucho mayor.

Las tres copias de los cuadros de Paul Gauguin se enviaron a quemar.

Salieron del depósito del juzgado envueltas en papel madera y cinta adhesiva, y se cargaron en la camioneta bajo la custodia de un agente que después de colocar el precinto de seguridad, no les quitó la vista de encima, excepto durante el trayecto.

Durante el mismo, el vehículo solo se detuvo frente a algunos semáforos. Pero al llegar, cuando el agente rompió el precinto y abrió la puerta de la camioneta policial  para trasladar los cuadros al horno industrial, para su sorpresa e impotencia, sólo encontró los marcos y restos de papel: las telas habían desaparecido.


Fin de esta historia 


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ESCRITORES DE HOY, DE AYER, 
Y DE SIEMPRE



martes, agosto 25, 2026

UNA REUNIÓN ANTICIPADA

 


«La pobreza pasa, la elegancia queda y la amistad verdadera es el único lujo que no se puede empeñar».

Autor desconocido 


             Es muy curioso cómo alguien puede llegar a soportar, si es la palabra precisa, a un jefe durante más de treinta años y llegar a tomarle aprecio. Este era el caso de Justino, quien trabajaba de mayordomo en la mansión de Alberto Miralles Lencina —Don Alberto, para aquellos que bien lo conocían—.

Este hombre de familia acaudalada poseía una casona en las afueras de Tres Arroyos. Lamentablemente, contingencias en los negocios de ganadería y luego en agricultura habían convertido a Don Alberto, hombre culto y elegante, en alguien tal vez más pobre que su mayordomo. Una pequeña pensión otorgada gracias a su padre, el cual había sido embajador en Paraguay, permitía llevar adelante la vida de Justino y de Don Alberto: alimentos, algunos remedios y las cuentas de luz y teléfono, que se pagaban puntualmente, debido a que estos dos últimos servicios eran indispensables para Don Alberto; el primero, para continuar leyendo en esas noches silenciosas e interminables, y el segundo, para poder continuar hablando con viejos amigos, los cuales, con cada año que pasaba, alguno que otro se ausentaba para siempre.

Justino apreciaba a aquel viejo silencioso y escudriñador de la inmensa biblioteca que poseía aquella casa desvencijada; esos libros eran seguramente más valiosos que todo el predio, con la mansión incluida.

Esa mañana de julio, Don Alberto lo llamó con la campanita que tenía sobre el escritorio. Esto llamó inmediatamente la atención de Justino, debido a que la misma hacía muchos años que no se utilizaba, por lo cual este cambio en la monótona rutina de la casa lo preocupó: «No fuera a ser que justamente dos días antes de recibir la pensión y su correspondiente porcentaje pactado, su empleador se enfermara». Justino en persona lo acompañaba al pueblo todos los meses como una ceremonia casi religiosa; esos dineros eran su único sustento. ¿Quién contrataría a un viejo para darle trabajo de mayordomo? Sabía perfectamente que su futuro se encontraba atado a la vida de su patrón: seguramente, el último de su vida.

Cuando abrió la puerta del escritorio, Justino se percató inmediatamente de que algo andaba mal. Frente a la ventana que daba al parque se encontraba Don Alberto de pie. Con su larga bata azul y su pañuelo de seda al cuello, sus manos cruzadas por detrás le daban a la esbelta figura de aquel otrora señor estanciero un aire de nobleza que hacía muchos años no ostentaba.

—Justino —exclamó el elegante viejo de cabello blanco y lacio—, quiero que esta noche te esmeres con la cena, porque espero invitados. Es gente muy importante para mí, por lo cual te ruego que me permitas quedar muy bien. No te olvides de colocar los candelabros. En cuanto al menú, lo dejo en tus manos; el vino deberá ser el mejor de la bodega.

Justino quedó perplejo y desconcertado; pensó que el viejo comenzaba con síntomas de demencia senil, y solo atinó a decir:

—Como usted diga, señor, me esmeraré en todo lo posible. ¿Cuántos cubiertos?

—Solo tres —estableció Don Alberto.

Cuando Justino se retiró de la habitación, vino a su mente que en la bodega hacía muchos años que no quedaba ni una sola botella de vino, solo las telarañas ocupaban todos los espacios. Y además, «¿qué cena medianamente digna podría preparar sin plata ni crédito alguno?». Lamentablemente, la orden de su patrón era prácticamente imposible de acatar. «¿Pero cómo decirle a aquel hombre que esto era una verdadera locura a esta altura del mes? ¿Cómo insinuarle, sin mortificarlo, que con mucha suerte en la cocina quedaban un par de papas y algunos huevos? ¿Cómo explicarle lo obvio: que los años de esplendor ya habían pasado y que hoy tan solo eran dos viejos que actuaban representando, uno el papel de patrón y el otro el de mayordomo?».

Justino no podía decirle en la cara la verdad que ambos ocultaban desde mucho tiempo atrás; era una especie de contrato formal entre dos desafortunados. Cuando llegó a la cocina amplia y vacía, su impotencia le hizo pegar un golpe en la amplia mesa de madera. Por un momento tuvo deseos de salir corriendo de esa casa, pero se preguntó: «¿A dónde iría?». Luego quiso llorar, pero se contuvo. Lo que más mortificaba a Justino era que no podía defraudar a aquel compañero con el cual compartía extensas jugadas de ajedrez, las más exquisitas piezas musicales y, sobre todo, aquel mundo contenido en esa robusta biblioteca de roble. «No podía contradecir al viejo; sabía que le debía mucho más que un plato diario de comida y un techo: su patrón de toda la vida hoy era un compañero indispensable». Justino, resignado, se dirigió a su habitación y sacó debajo de su cama un pequeño maletín que contenía lo último que quedaba de sus ahorros, los cuales había jurado y perjurado no tocar porque eran su único bien en este mundo.

Las diez campanadas del reloj de la sala indicaban el comienzo de aquella velada. Todo estaba preparado: una impecable mesa servida, las copas de cristal, los candelabros con sus respectivas velas encendidas, todo completado por una suave melodía y el aroma a carne horneada proveniente de la cocina, que entonaba el espíritu de cualquier ser humano.

Don Alberto se encontraba hojeando un libro, vestido de impecable traje negro, camisa blanca, gemelos de oro y corbata roja. Justino controlaba el punto justo de la carne en tanto revisaba la presentación de las ensaladas y las salsas. Su estado de preocupación se había apaciguado, quizás por el trabajo de acomodar la recepción o tal vez por la posibilidad de, una vez tranquilo, poder saborear a gusto su producción culinaria. Sobre una silla de la cocina esperaba su saco rojo de solapas negras; en realidad, era una afortunada adquisición de los días en que trabajaba en aquel gran hotel de la ciudad como recepcionista. Por suerte, aún se conservaba íntegro.

Un automóvil se detuvo en la puerta y luego hizo sonar dos veces su bocina. Esto alertó inmediatamente a Justino, que corrió al hall principal para recibir a los invitados. Al abrir la puerta de entrada, pudo observar un auto de alquiler proveniente del pueblo. Al acercarse y abrir la puerta trasera, Justino reconoció inmediatamente a la señora: se trataba de Verónica, una amiga del patrón, la cual le solicitó presurosa, mientras descendía del vehículo, que por favor abonara el servicio debido a que no tenía nada de cambio. Justino pensó que esto era el colmo: «¡Justamente él debía soportar los caprichos de esta mujer y de su patrón, que organizaban descaradamente una velada a costillas de sus magros ahorros!». Justino, después de esto, pensó que a la mañana hablaría seriamente con Don Alberto y pondría las cosas en su lugar de una vez por todas.

Cuando Justino entró en la casa, antes de dirigirse a la cocina, pasó frente al escritorio y observó que la elegante señora y Don Alberto charlaban animadamente parados frente al hogar encendido. Para Justino esa mujer era realmente una persona cautivante; a pesar de que su piel no conservaba la frescura de antaño, su voz, sus ojos celestes y sus femeninos ademanes podrían aún hoy hacer ruborizar a cualquier joven si esta mujer se lo propusiera. Verónica cultivaba una amistad de muchísimos años con Don Alberto; más de una vez Justino se preguntó: «¿Por qué motivo este solitario solterón de patrón que tenía no daba el paso definitivo para conquistar el corazón de aquella bella dama, la cual sin duda aceptaría cualquier proposición?». Pero así eran las cosas. Solo sabía que Don Alberto, de joven, había tenido un único amor, el cual jamás fue correspondido, y esto lamentablemente, al parecer, había empañado su relación con las mujeres, excepto con Verónica, la cual visitaba a Don Alberto al regresar de sus infatigables y largos viajes por todo el mundo, que habían terminado por agotar la abultada herencia de su padre. Hoy Verónica se encontraba tanto o más arruinada que Don Alberto.

Cuando Justino llegó a la cocina, se apresuró a retirar la carne del horno que estaba a punto y preparó todo en una gran fuente de plata, la cual en dos oportunidades se había salvado por milagro de ser dejada en el banco de empeño. Justino se disponía a llevar la cena cuando alguien por detrás se adelantó a tomar la fuente; era Verónica, que con una amplia sonrisa le dijo:

—Hoy el invitado principal eres tú, mi querido Justino, más allá de que hayas sido el que aportó los recursos y la mano de obra para esta velada —cuestión que en su oportunidad compensaremos—, y pidiéndote perdón por tal atrevimiento; pero lo que ocurre es que yo no me llevo bien con la cocina, sumado a una cuestión de tiempo, decidimos con Alberto que no podíamos retrasar ni un solo día más esta reunión.

Justino quedó perplejo, no entendía una sola palabra de lo que decía esa señora. Es decir, entendía a lo que se refería, pero jamás hubiera imaginado que estas dos personas con las que había transitado tantos años de su vida lo consideraran a él prácticamente como a alguien de la familia, si se podía llamar una relación de familia a su vínculo de trabajo con Don Alberto. Justino acompañó a la señora al comedor, en donde se encontraba Don Alberto. Curiosamente, al mirar a Don Alberto a los ojos, no se encontró con su patrón, el de siempre, el de todos los días: se encontró con la mirada de un amigo entrañable.

Don Alberto le dio un fuerte abrazo a Justino y le acomodó la silla para que se sentara, para luego decirle:

—Mi querido Justino, viejo amigo, hoy queremos con Verónica brindarte este agasajo. Bueno, por un problema de tiempo, el agasajo no salió como lo habíamos planeado, los recursos los has puesto tú; pero no te aflijas, el martes mi pensión, o mejor dicho nuestra pensión, reparará de inmediato esta total falta de respeto.

Justino, poco a poco, comenzó a entender esta inusual velada. Vinieron a su mente los años transcurridos en esa casa, los impecables modales de su patrón, las cálidas noches de lectura y ajedrez, y pudo ver que estas personas con las que compartía esa mesa eran su única familia. Cualquier desprevenido podría decir que tan solo eran tres viejos cenando sin mucho que decir, pero esto estaba muy lejos de eso. Esa velada fue una fantástica reunión de viejos amigos —o amigos viejos, como se les quiera llamar— que transcurrió durante una noche tal vez tan corta como la vida misma. En esa noche, Verónica hizo descostillar de risa a esos dos hombres con sus anécdotas desfachatadas de sus viajes interminables; Don Alberto, con sus profundos pensamientos tomados de cientos de escritores, dibujaba con su voz coloridos lugares en donde increíbles y asombrosas historias daban paso al espacio de un instante de silencio y reflexión; y por supuesto Justino, trayendo la simpleza de la gente del pueblo y sus graciosos disparates, los regresaba a la vida cotidiana. Esa noche fue una noche interminable, una noche de lujo y placer, una noche en donde nada ni nadie podría amenazar algo que aún perdura entre algunos hombres y mujeres: la pura y sincera amistad.



Un tenue resplandor en el ventanal los tomó desprevenidos. Amanecía, y esa única y magnífica velada llegaba a su fin, como todo en la vida. Verónica solicitó un último brindis y, poniéndose de pie, les dijo:

—Queridos amigos, esta ha sido la más linda noche de mi vida, y les puedo asegurar que he vivido muchas; pero esta en particular fue estupenda. Tal vez los años nos permitan apreciar mucho mejor ciertas cosas, que cuando éramos jóvenes, pero hoy ustedes me han permitido sentirme nuevamente joven, bella y feliz. ¿Qué más puede pedir una vieja?…perdón; me rectifico, una señora mayor. Se los agradezco de todo corazón. Y debo decirte, Justino, que el motivo de haber elegido una fecha inadecuada para este encuentro no fue un capricho; lo que ha ocurrido es que un insolente y joven médico quiere internarme mañana para realizarme no sé qué estudios, porque no sé qué análisis no están bien. ¡Tonterías! Pero, en fin, he decidido no contradecir por una vez a la ciencia y acataré la orden de ese mocoso.

Don Alberto y Justino, levantando también sus copas, bebieron en silencio. Luego acompañaron a la señora a la puerta; el mismo auto de alquiler que la trajo la esperaba. Un afectuoso beso en la mejilla a cada uno reconfortó el alma de aquellos dos viejos solitarios. El auto de alquiler tomó por el camino principal y lentamente se alejó, dejando una tenue estela de polvo.

Fin de esta historia


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viernes, agosto 21, 2026

EL CARPINTERO DE NOTRE DAME

           A principios del invierno del año 1340, en París, la catedral de Notre Dame ya mostraba su figura deslumbrante e imponente. «Emmanuel», la campana mayor de trece mil kilos, llegaba al pie del campanario transportada sobre un carro tirado por cuatro caballos que chapoteaban en el barro provocado por la lluvia del día anterior.


—¡Gérard!, ¡Gérard!, despierta, ya es hora —la madre del joven abrió la ventana de la pequeña habitación para ventilar—. El sol aún no había despuntado; la mujer, presurosa, sabía que a su hijo, único sustento familiar, le esperaba una ardua jornada de trabajo.


En la cocina, sobre el fogón encendido, una pesada olla calentaba una sopa espesa cuyo aroma inundaba aquel ambiente de paredes ennegrecidas por el hollín.


El joven, tras levantarse del catre, se dirigió al patio para lavarse; luego, al entrar en la cocina, besó a su madre en la frente y se sentó ante la rústica mesa de madera que había construido con sus propias manos. Mientras ella le servía el desayuno, Gérard recordó con una leve sonrisa el cuerpo de su novia Mirtha la noche anterior en el granero.




—Ayer Mirtha me trajo huevos y jamón —le dijo su madre mientras colocaba una astilla de madera en el fuego—. No sé por qué motivo me pidió que te cuidara mucho —continuó la mujer con una sonrisa pícara, mirándolo de reojo.


—Ya te dije, madre, que cuando esté lista la catedral me iniciaré como cura; por lo cual no tienes de qué preocuparte, jamás te abandonaré —le respondió Gérard con voz pausada, como consolándola.


Tras escucharlo, su madre le dio un cariñoso coscorrón en la cabeza:


—¡Mentiroso! Dios te castigará.


Ambos rieron. El joven, después de ponerse su jubón de lana de cuello alto y su gorra, se despidió de su madre y partió al trabajo.


Gérard era carpintero y trabajaba en la obra de la catedral desde hacía cinco años. Cuando llegó, varios hombres, cual sombras negras, se calentaban las manos en fogatas que despedían un humo espeso. Gérard, ubicándose también ante el fuego reconfortante, observó la gran campana que ese mismo día sería izada a su posición definitiva. El maestro de obra le había encargado la realización del enorme andamio que soportaría el colosal peso, así como la coordinación de las tareas de la jornada. La estructura se había levantado a lo largo del interior de la torre sur; el joven tuvo que modificar todo este entramado de maderas para que la campana mayor pudiera pasar y ser izada mediante una enorme polea, cuya soga estaría amarrada a una yunta de bueyes guiada por varios hombres para garantizar movimientos lentos y precisos.




Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a calentar el aire de aquel frío día, los hombres se prepararon para la tarea principal. Gérard, tras bromear con algunos sobre la resistencia del andamio, se concentró en la misión que, como todo movimiento de elementos pesados, entrañaba sus riesgos. Con agilidad se trepó a la parte más alta de la torre, junto a la polea, llevando unos rollos de soga por si surgía algún imprevisto. Seis de sus compañeros subieron por el andamio y se ubicaron en puntos estratégicos para vigilar que la mole de bronce no chocara con ningún travesaño, lo que habría provocado un desastre. Cuando los pesados animales comenzaron a avanzar, la enorme campana empezó a elevarse lentamente. Toda la estructura crujió, pero, a los ojos experimentados de Gérard, todo marchaba bien.




—¡Vamos, señores, apuren el trámite, que hoy tengo una cita con mi novia! —gritó Gérard a aquellos rústicos hombres, quienes rieron sabiendo que el joven conocía su oficio al detalle y confiaban plenamente en él.


La pesada carga subía con lentitud. Al alcanzar una altura de unos cuarenta metros, Gérard impartió una orden contundente:


—¡Deténganse! —Todos acataron la indicación de inmediato.


Gérard se ubicó en una posición que le permitía verificar si el borde de la campana pasaba por un sector del andamio especialmente estrecho y oscuro. Encendió un farol, lo bajó atado a una soga y, tras comprobar que todo estaba en orden, gritó a sus compañeros:


—¡Sigan, muchachos!


El último tramo restante era lo suficientemente amplio como para no ofrecer inconvenientes, por lo que Gérard se sintió más relajado. De pronto, se escuchó el crujido característico de la madera al quebrarse. Uno de sus compañeros, situado en el sector más bajo, gritó alarmado


—¡Es aquí, Gérard! ¡La columna no soporta el peso!




Gérard ordenó detener el trabajo de inmediato, tomó un rollo de soga, se lo cruzó al pecho y comenzó a bajar tan rápido como pudo. Al llegar, observó que el grueso puntal estaba gravemente dañado. Rodeó sin dilación la quebradura con la soga a modo de venda; sin embargo, el apuro por evitar un derrumbe que mataría a sus compañeros hizo que diera dos vueltas de cuerda por detrás de su propia cintura. Al terminar, comprendió que había quedado amarrado al grueso puntal —ahora asegurado—, sin posibilidad de liberarse por sí mismo. Aun sabiendo las consecuencias, dio la orden:


—¡Continuemos!


Al primer tirón de la cuerda principal que permitía el ascenso de la pesada campana, el puntal se reacomodó crujiendo una vez más. Gérard temió que todo colapsara y alcanzó a gritar a sus compañeros:


—¡Bajen de inmediato, lo más rápido posible!


Los hombres obedecieron. La subida de la campana se detuvo y la estructura soportó la tensión, pero el tórax de Gérard no resistió la presión del entramado; quedó allí atado y malherido, sin que nadie pudiera socorrerlo a tiempo. Después de apuntalar el sector donde yacía su cuerpo, sus compañeros cortaron las gruesas sogas que lo sujetaban y lo bajaron con cuidado. Gracias a su coraje, logró salvar la vida de seis de sus colaboradores.


Por la tarde, el maestro de obra, un sacerdote y dos de sus compañeros se presentaron en la casa de Gérard. Al abrir la puerta de la humilde vivienda, la madre comprendió de inmediato lo ocurrido y solo dijo:


—Traigan a mi hijo ahora, que esta noche hará mucho frío y le tengo preparada la cena.


Los compañeros trasladaron a Gérard sobre un tablón y lo colocaron en el único sitio disponible: sobre la mesa de la cocina. Su madre le limpió el rostro y lo peinó despacio, llorando con amargura e impotencia. Luego le quitó los zapatos embarrados para secarlos junto al fuego, encendió una vela en la repisa que iluminaba un crucifijo y colocó la olla sobre el fogón para calentar la comida.


En la angosta callejuela, los obreros encendieron una fogata dispuestos a pasar aquella triste y fría noche. Cuando la joven novia de Gérard entró en la casa, no encontró lo que temía; sobre la rústica mesa ya no estaba su amado en vida. Tan solo atinó a besar sus manos heladas y, tras abrazar a la madre de su novio, se retiró entre lágrimas para no volver. Ella, aun sin saberlo, todavía tenía un futuro por delante; no así la madre, cuyas ilusiones y porvenir yacían allí, sobre la mesa que sostenía a su único hijo inerte.


Los compañeros de Gérard ingresaban en pequeños grupos a la penumbra de la cocina, con las gorras en la mano, para rendir el último homenaje a su querido amigo. Al salir, alguien les ofrecía un tazón de sopa caliente. Aquellos hombres, en torno a la fogata improvisada que iluminaba sus rostros duros, se calentaban las manos en la noche helada; eran seres de carne y hueso a quienes la historia rara vez recuerda, a pesar de dar la vida en obras majestuosas que parecen eternas. Muchos de ellos, al recibir el alimento de manos de mujeres piadosas, sintieron que era el propio Gérard quien se lo brindaba para calmar su hambre y despedirse… Tal vez fuera así.


Al despuntar el sol sobre los tejados húmedos, la madre de Gérard abrió la puerta ajustándose el delantal entre las manos y, dirigiéndose a los obreros, dijo con voz firme:


—Ya pueden llevárselo. Ahora les pertenece; sé que estará en buenas manos.


Los seis compañeros que le debían la vida se acomodaron para llevarlo en el mismo tablón en el que lo habían traído. Alguien ofreció un carro de verduras para trasladarlo con mayor comodidad, pero ellos prefirieron cargarlo a hombros a modo de humilde tributo. Detrás, los demás obreros los acompañaron en una larga columna que avanzó entre los pobladores, quienes observaban el paso en respetuoso silencio.


Al dejar atrás el caserío, el sol iluminó el rostro de Gérard y una brisa le movió el cabello. Al compañero que contempló su cara le pareció que le brindaba una última sonrisa, lanzando una broma desde la altura de su andamio.


Cuando el cortejo llegó a la catedral, el portal principal estaba abierto esperándolo. Ingresaron y recorrieron lentamente la nave central, donde aún se veían altos andamios y gruesas sogas que caían hasta el suelo. Ante el altar depositaron el cuerpo sobre dos caballetes. Tres religiosos oficiaron una misa y uno de los hombres a quienes el joven había salvado no pudo contenerse y gritó:


—¡Adiós, querido amigo! ¡Siempre continuarás cuidándonos!




El tiempo transcurrió y la campana mayor todavía sigue allí; es la única que nadie ha podido bajar… Quizás el valiente Gérard aún la custodia. Todos aquellos hombres y mujeres que poblaron aquel tiempo son hoy solo sombras de un pasado olvidado. Sin embargo, en algún lugar del suelo de la inmensa catedral descansa una pequeña losa de mármol en la que se lee:


«Aquí descansa Gérard, el valiente carpintero de Notre Dame (1320 - 1340)». 



                        Fin de esta historia


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