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lunes, agosto 17, 2026

FEDERICA

 


—Quisiera alquilar una habitación, ¿qué precio tienen si le pago por adelantado un mes —le preguntó la joven al somnoliento encargado que lucía una otrora remera blanca, ahora manchada.




Después de arreglar el precio Federica, cargada con su mochila y su valija, se introdujo en una habitación del primer piso del viejo conventillo, unas paredes celestes, un ropero con espejo, una silla, una mesita, y un catre de madera, la recibieron sin alardear de tener buen gusto.

—Ya estoy ubicada mamá es un confortable y lujoso hotel, por donde mires, todo brilla, todos los días cambian las flores de los floreros, las mucamas son muy amables, y el desayuno de hoy fue como para una reina. —esto le decía Federica a su madre que vivía en Santiago del Estero, mientras contaba los últimos tres bizcocho de grasa que le quedaban del viaje. El principal inconveniente a resolver era encontrar un trabajo en Buenos Aires, por lo cual el dinero que tenía, debía de cuidarlo, porque de lo contrario todo su proyecto de ingresar a la universidad se terminaría y debería de regresar con su familia, a cuidar las cabras, las gallinas, y continuar con el telar, tareas que escasamente le brindaban un sustento a su familia, constituida por sus tres hermanos y sus padres. No obstante Federica tenía esperanzas, tal vez pudiera lograr un trabajo respetable que le permitiera enviarle dinero a su familia y poder estudiar, su pasión, arquitectura; el día que vio terminado el complejo de cabañas de la quebrada, quedó extasiada, eran unas casitas hermosas, con césped, con techo a dos aguas, con esos pisos maravillosos, que se podían limpiar con un trapo y brillaban; en cambio el piso de tierra de su casa, a pesar que su madre lo barría incansablemente solo levantaban más polvo. Federica veía a esa chica que daba órdenes a los obreros, y les mostraba unos planos, para después irse con su camioneta. 

Un día se animó y se acercó a la obra que estaba prácticamente terminada y le preguntó a un señor, quien era esa chica de la camioneta; “la arquitecta” le dijo el paisano. Desde ese día Federica se propuso ser arquitecta; para de ese modo poder realizar en su casa, para su mamá, esos pisos maravillosos. 

Conseguir trabajo decente en Buenos Aires no es muy simple, y con muy pocos conocimientos de cómo son las cosas, más aún.

El primer dia a pesar del entusiasmo fue desalentador, su primer incursión la hizo en una enorme obra en construcción, al preguntarle a un señor que estaba entrando unas pesadas cajas, si allí podía encontrar trabajo para ella, el robusto hombre le dijo con voz grotesca y burlona, que solo por las noches… Una de las condiciones que tenía Federica gracias a las enseñanzas de su madre, era no ser tonta en el sentido de lo imaginable para una joven mujer, que no era ni muy linda, ni muy fea, por lo cual, poseía un amplio espectro para el gusto masculino.

Después de caminar varias cuadras, encontró un local de peluquería para damas; cuando preguntó si necesitaban una ayudante, una cordial joven le preguntó que sabia hace en el rubro peluquería, y Federica solo pudo afirmar que sabia hacer trenzas; después de mirarla de arriba a abajo, la encargada solo le dijo que por el momento el personal estaba completo. 

Federica ese primer día en Buenos Aires caminó muchísimas mas cuadras, pero todos los intentos fueron infructuosos, parecía que nadia podía necesitar a una chica como ella.

Cuando llegó a la habitación de su pensión, estaba exhausta, desanimada, tenía sed y hambre; se sentía muy sola en un mundo ingrato y desconocido. Después de comprar algo para comer en un kiosco, se recostó en su cama e imaginó que estaba en su casa, con sus padres y sus hermanos, allí siempre había estado confiada y segura de su destino, pero ahora, esta realidad era otra cosa de como ella se lo imaginaba. Federica se puso a llorar en la penumbra de esa habitación desolada y húmeda.

Se había dormido, cuando algo la despertó, después de un prolongado silencio, comenzó a escuchar una melodía, por lo que sabía de música pertenecía a un solo instrumento, al parecer un violín; pero de donde vendría esa música, se preguntó, parecía lejana, pero cuanto más la escuchaba, más le agradaba, casi como por un acto de magia, su melancolía paso a ser serenidad, para después convertirse en un sentimiento de esperanza.    

Al día siguiente, muy temprano, Federica se dirigió al bar de la esquina para desayunar, cuando consultó los precios la sorprendieron, todo era muy caro para ella; no obstante, decidió pedir un café con leche, con una tostada con manteca. 

Buenos Aires, es una ciudad con luces y sombras; el mozo que atendió a Federica era un señor mayor próximo a jubilarse que intuía quienes eran los clientes incluso antes que hicieran el pedido; cuando vio a Federica y su vestimenta simple, con su trenza, su mochila, y sus zapatillas, supo de inmediato que era una joven del interior, con escasa o nula experiencia de lo que es una ciudad como Buenos Aires. Después que Federica le hizo el pedido, el mozo le preguntó:

—¿De qué provincia vienes?, si puedo preguntar. —le preguntó aquel hombre de saco blanco, pantalón negro, y anteojos. 

—De Santiago del Estero, —le dijo Federica con una luminosa sonrisa y sus enormes ojos negros, encontrando en aquel señor alguien con quien poder hablar.

—Santiagueña, la señorita —le dijo el mozo— yo soy Mendocino, pero vine aquí cuando tenía quince años, conocí a mi señora, y me quedé para siempre, se podría decir que soy porteño, pero pensamos cuando me jubile, irnos para los pagos, tengo un terreno y una vieja casa de mis padres.

—Que bien, ¿le resultó fácil acomodarse aquí? —le preguntó intrigada Federica.

—Al principio fue muy difícil; muy difícil, pero tuve suerte y encontré buenos patrones, y también muy buena gente que me aconsejaron bien, y poco a poco fui encontrándole la vuelta a Buenos Aires, pero eran otros tiempos, ahora es más difícil, no deseo asustarla, pero para una joven sola  la cosa se complica, vaya paso a paso y con cuidado, y cuando lo necesite, pregunteme, me llamo Antonio, con gusto la ayudaré ¿Que va a desayunar señorita?.

Antes de solicitar el pedido, Federica le preguntó al mozo si podía decirle dónde encontrar trabajo. Y entonces el señor le dijo que a cuatro cuadras de allí había una agencia de empleo, cuyos dueños eran un matrimonio mayor, que eran buena gente, y que él conocía, que preguntarse por Pedro departe de Antonio. Después de desayunar Federico se dirigió al lugar. Era una oficina que daba a la calle, cuando entró pudo ver dos escritorios repletos de pilas de expedientes, cada uno tenía una computadora en las cuales estaban sumergidos en sus pantallas dos personas, un hombre y una mujer.




Federica tosio un poco para que le prestaran atención y entonces el hombre, levantó su vista de la pantalla y sin prestarle casi atención extendió su brazo para alcanzarle una hoja a Federica, diciendo:

—Llene el formulario, y déjelo sobre esa mesa.

Federica después de tomar esa hoja, se animó y dijo:

—Vengo de parte del señor Antonio.

—Cuando la pareja escuchó ese nombre, ambos levantaron su vista de la computadora y observaron detenidamente a la joven. Entonces el señor, tomó otro papel y se lo alcanzó. Después la señora le dijo.

—Ponte cómoda en esa silla y cuando termines hablamos.

Los dos formularios que completó Federica, le solicitaban, el primero, una serie de informaciones, como ser: su nombre y apellido, dirección, si sabía idiomas, empleos anteriores etc, pero el segundo papel era distinto a lo frecuente, solo decía que escribiera una breve historia inventada. A Federica le llamó la atención, pero así serían las cosas aquí, por lo cual se abocó a realizar lo que le pedían y esta fue la historia que escribió:


Un día en mi casa:


Cuando por las mañanas salía rumbo a la escuela, me saludaban las cabras y las gallinas, el aire de las sierras llenaba mis pulmones de ese aroma de las flores silvestres multicolores más hermosas del mundo… Miles de mariposas amarillas me rodean, a lo lejos veo a mi madre tendiendo sábanas blancas bajo el sol brillante y a mi padre trabajando en el campo, Cuando cruzo el arroyo caminando descalza, el sonido de su agua cristalina y fría deslizándose por entre las piedras me acompaña. Ráfagas de viento mueven mis trenzas. Al llegar al camino, comienzo a descender mientras observo el valle tapizado de árboles y en un enorme claro, allí está mi escuela con sus paredes blancas. Doña Aurora, mi maestra, sale al patio a tocar la campana, ya es hora de la clase. Mis compañeros llegan a pie caminando largas distancias o a lomo de burro, pero jamás faltan.

Cuando regreso, veo a mi casa con el humo blanco que sale de la cocina, señal que seguramente mi madre hizo pasteles, o torta. 

Bajo la galería nos sentamos con mis hermanos y mis padres para compartir la exquisita merienda. 

Yo les cuento que la maestra dice que en Buenos Aires existe un edificio que es más alto que el cerro, mis hermanos me miran asombrados. Mi padre siempre me dice que algún día iremos a conocer eso… pero ese día nunca llegó.

Siempre fui feliz en mi casa, pero por fin,  después de mucho tiempo me animé a venir a Buenos Aires, porque quiero ser arquitecta y poder poner un piso brillante en mi casa, para que mi mamá disfrute limpiandolo.


Federica


Cuando Federica terminó de escribir aquella historia y completar el formulario, se lo entregó al señor y este se lo entregó a la señora. Esta, después de leer detenidamente aquello. Miró a los ojos a Federica y le dijo que esperara un momento; después tomó el teléfono y llamó a alguien y esto dijo al comunicarse. 

—Hola, señorita Alicia, si, habla Nora, si, si, era para decirle que encontré lo que usted buscaba…¿cuando le digo que vaya?, bien, muy bien. —La señora después de colgar miro a Federica y le dijo— Creo que has tenido suerte hoy querida, mañana ve a esta dirección y pide hablar con la señorita Alicia, entregale esta carta, en mano, no te olvides, esto es muy importante. 

Cuando Federica llegó a la dirección indicada que le dieron en la agencia de empleo, se asombró al ver que era una casona gigantesca con un reja muy pesada frente a un jardín repleto de plantas, pero  que guardaban un orden especial; evidentemente lo que observaba no era producto de la naturaleza, esas plantas guardaban un armónico colorido y su tamaño parecía que se respetaran entre sí. Antes de tocar el timbre, dio un recorrido con su vista por ese barrio, y le pareció conmovedor el tamaño de esos árboles, y de las casas vecinas, Federica imaginó que allí vivían familias muy importantes. Se conmovió con el silencio que allí imperaba, a diferencia de la parte de la ciudad de donde venía, solo se escuchaba el suave murmullo de la copa de los árboles movidas por la brisa, y sobre el empedrado de la calle, su sombra sólo se interrumpía por claros iluminados por el sol brillante de los primeros días de primavera. 

Después de tocar ese botón dorado, enmarcado en una brillante placa de bronce, escucho un zumbido en la puerta de rejas, lo escuchó dos veces más, pero nadie salió a su encuentro. Por fin una señora bajita de uniforme y delantal blanco apareció en la puerta de entrada y le dijo en voz alta que empujara la puerta; cuando nuevamente escuchó ese zumbido, Federica empujó la puerta y esta se abrió. La señora le hizo señas para que se acercara y cuando estuvieron frente a frente, la mujer dijo:

—Tu debes ser la niña que viene por el empleo, ¿no es así?.

—Sí señora, —le dijo Federica con la mejor sonrisa que le salió. 

—Dame la carta —le dijo la mujer en forma imperativa.

—¿Usted es la señorita Alicia? —Le preguntó Federica con la carta en su mano.

—No, la señorita Alicia ahora está ocupada, debes esperar, ahora entregarme la carta.

—No puedo señora, porque me dijeron que se la tengo que dar a la señorita Alicia en persona. —le respondió Federica a esa mujer tímidamente .

Cuando la mucama oyó eso, hizo una mueca de fastidio y sin decir una sola palabra entró, cerró la puerta y la dejó a Federica allí esperando. Al cabo de un largo rato, nuevamente salió aquella malhumorada mujer y le dijo que pasara y esperase en la sala.

Cuando Federica entró en esa casa, pensó que había entrado a un palacio, no le alcanzaban sus ojos para ver todo aquel esplendor, y cuando aquella señora bajita abrió la puerta del estar, pensó que ese lugar era un paraíso aquí en la tierra; lo primero que la deslumbró fue ver ese enorme ventanal que daba a un parque inimaginable para ella, sabía cómo era una pradera verde, pero eso era otra cosa, ese pasto muy corto, cubría un amplio sector rodeado de arbustos, con flores multicolores, y una estatua blanca de una joven que tenía un cántaro en sus manos, del cual salí agua constantemente y caía a un estanque circular, desbordándose,  pero sin formar charcos. 

En el interior de esa amplia habitación había tantas cosas que varias personas no podrían usarlas al mismo tiempo, Federica observó una serie enormes asientos, revestidos de una gruesa tela, 

con volados, varias mesas de una madera que brillaba muchísimo con patas curvadas, en las paredes había enormes cuadros de paisajes con marcos dorados y repujados, desde el medio del techo caía una especie de bellísima estructura con brazos con cientos de espejitos que brillaban.

En una pared pudo reconocer que detrás de varias puertas vidriadas se podía ver decenas de libros acomodados como para una exposición; Fernanda al ver esa lujosisima biblioteca se acordaba de los cinco precarios estantes con libros que tenían su escuela. Otra de las cosas que asombraba a Federica, era ese perfume encantador que inundaba todo el lugar. Pero lo que la dejaba sin aliento era ese piso de madera lustrada, cuyas vetas le brindaban una calidez y elegancia incomparable. Cuando sumida en ese éxtasis que le provocaba el lugar, desde una de las paredes se abrió una puerta muy bien disimulada de la cual salió una señora muy alta y delgada, que lucía un chal de seda color rojo, y un pañuelo del mismo tono, que recogía su pelo negro entrecano, dejando su frente a la vista, su tez era morena, y sus ojos negros realzados por unos anteojos dorados. 

—¿Tú eres Federica, y me tienes que entregar una carta, verdad? —le preguntó aquella elegante señora.

—¿Usted es la señorita Alicia?, le dijo Federica a esa mujer que la observaba detenidamente. 

—Así me llaman querida, pero toma asiento, ponte cómoda. 

Federica de inmediato extendió su brazo para entregar la carta, y se quedó allí parada esperando una respuesta.

—Siéntate por favor —insistió la señora.

Cuando Federica se sentó en esos almohadones se hundió en ellos, sintiéndose como si fuera una reina que se sienta en su trono…a pesar de que su vestido y sus zapatillas no coincidía con la realeza, pero su imaginación así lo sentía. 

La señora, de pie, después de romper y abrir el sobre, leyó detenidamente el contenido de la carta; cuando terminó, se dirigió a la biblioteca, sacó un libro, se podría decir que al azar, y se lo entregó a Federica. 

—Abrelo Federica en cualquier parte y lee en voz alta lo que dice.




Cuando Federica comenzó a leer, a pesar de ser una mujer menuda, su voz no lo era; su voz era potente y clara, tanto, que resonaba en toda aquella habitación con el volumen adecuado para ser escuchada confortablemente, se sumaba a esto, su capacidad de hacer los silencios y las pausas que indicaba el texto, sin haber estudiado previamente esa lectura, y lo más asombroso, miraba a la espectadora durante los intervalos de punto y aparte.

—Detente por favor querida, —interrumpió la señorita Alicia—, ahora dime con tus palabras lo que has interpretado. 

Federica, jamás había leído ese libro, pero como síntesis de ese que había leído dijo:

—En mi opinión, en este tramo de esta historia, el escritor, comienza a delinear a un personaje, que a mi gusto, creo que debe ser uno de los principales de la historia, o tal vez el principal. —le dijo Federica a la señora que se había quitado sus anteojos y estaba mirando hacia el parque.

—¿Te gusta leer Federica?, —le preguntó la señora sin mirarla.

—Sí señora, me encanta leer, cuando era chica, en mi escuela, la maestra me prestaba los libros de la biblioteca y me pedía realizar una síntesis de ellos, para leerla después a mis compañeros, ella me enseñó a hacer las pausas que corresponden y mirar al público. 

—Bien, —dijo aquella señora, poniéndose de pie—, yo tengo un problema en mi vista, por el cual no puedo leer, tu tarea sería leerme libros, durante tres horas por día de cuatro a siete de la tarde de lunes a viernes, interrumpiendo la lectura para que la podamos comentar mientras tomamos el té, si estás de acuerdo comenzamos mañana, con respecto a tu sueldo, lo charlaremos cuando nos hayamos conocido un poco más, pero serás bien recompensada por tu tiempo. ¿Estás de acuerdo?.

—¡Si acepto señorita Alicia!, —dijo Federica entusiasmada sin pensar mucho más. 

Al día siguiente, Federica estaba tocando el timbre de la casa de la señorita Alicia cinco minutos antes de la hora indicada. 

Cuando la señorita Alicia se presentó se acercó a Federica que estaba parada en medio de la sala con todo su entusiasmo a flor de piel. La señorita le alcanzó un libro que estaba sobre la mesita frente al ventanal, allí se sentaron en unos muy cómodos sillones, y la luz para leer era perfecta. Antes de comenzar la lectura, la pequeña señora de uniforme, trajo una jarra con limonada y dos vasos. 

Así comenzó su trabajo Federica:

—Los miserables de Victor Hugo.

“En 1815, monseñor Charles Francois Bienvenu Myriel era obispo de Digne. Era un anciano de cerca de setenta y cinco años y ocupaba la sede de Digne desde 1806.

Aunque este detalle no interesa en manera alguna al fondo de lo que vamos a referir, quizás no será inútil, aunque no sea más para ser exactos en todo, indicar aquí los rumores”…

La voz de Federica, su expresividad, su dulzura; cautivaron a la señorita Alicia; dando comienzo a partir de ese mismo día, de algo más que una relación entre empleada y empleador.

           Los días de trabajo de Federica se sucedieron dentro de un clima de cordialidad extraordinario. Su única oyente y empleadora, en más de una oportunidad se apasionaba con los comentarios que realizaban entre ambas en las pausas; Federica observaba que la señorita Alicia con mucha frecuencia le quitaba el libro de sus manos para leer ella varias páginas, y después con un entusiasmo notorio comentar detalles puntuales del texto. Cuando comenzó el verano, se ubicó la mesa de lectura en el parque bajo la protección de una enorme sombrilla blanca. Una tarde, la señorita Alicia, sorprendió a Federica diciéndole que ese día no leyera, porque deseaba solo charlar.

La conversación comenzó con una pregunta que la señorita Alicia le hizo a Federica, con su taza de té en la mano antes de tomar un sorbo.

—¿Qué piensas hacer con tu vida Federica?

A Federica, esta pregunta la tomó desprevenida y se quedó callada; antes de contestar, por su mente pasó la situación de su familia, su proyecto de ser arquitecta, su actual trabajo, la lejana posibilidad de conformar una familia; sin querer la inundó una profunda tristeza que se reflejó en su cara, porque entendió que su proyectos futuros eran demasiados ambiciosos para una chica del interior, pobre. Federica era una chica inteligente y consciente de sus escasos recursos económicos, sumado a que en ese poco tiempo de experimentar la vida en una gran ciudad, entendió que no es simple progresar y que probablemente seguiría viviendo en esa pensión húmeda y desagradable muchísimos años.

—No lo sé señorita Alicia, la verdad, no lo sé —le dijo Federica a la señora con sus ojos al borde de las lágrimas. 

—Te diré algo Federica —dijo la señorita Alicia, dejando su taza sobre la mesa—, yo provengo de una familia tucumana muy pobre, éramos cinco hermanos, mi padre se fue abandonandonos a  nuestra suerte a mis hermanos y a mi madre; mi niñez y mi adolescencia fue muy dura, pero mi madre jamás bajó los brazos, esa actitud estaba prohibido en casa. Quiero decirte que no me tomes como ejemplo, porque no soy ejemplo de nada; pero quiero que sepas y que tengas muy presente que somos solo nosotros los constructores de nuestro propio destino, esto implica que más de una vez deberás de enfrentarte a decisiones difíciles. Te contaré una historia, cuando tenía tu edad, quise como tú probar suerte aquí en Buenos Aires, y una señora muy mayor me contrató para los quehaceres domésticos, pero ocurrió que por algún motivo algo en mi, la cautivó y llegué a vivir con ella en forma permanente y se podría decir que llegó a ser mi segunda madre; sus consejos me acompañan hasta el día de hoy. Ella me animó a terminar mis estudios secundarios e ingresar a la universidad. Durante las vacaciones de verano regresaba a mi pueblo con mi familia y allí conocí a un joven del cual me enamoré. Fue entonces cuando surgió mi primer gran decisión, estaba parada frente a dos caminos; aquel joven trabajaba en el campo familiar, si me casaba con él tendría que dejar mis estudios y vivir en el campo, y allí conformar una familia y cuidar a mis futuros hijos. Yo decidí seguir con mis estudios y me recibí de médica, y después, mi trabajo me apasionaba de tal modo que dejé de lado formar una familia, y aquí me quedé, ahora vivo muy bien, pero en soledad, y la soledad querida Federica suele ser una carga muy pesada. No poder compartir la vida con alguien, suele endurecer el corazón y de algún modo tratamos de sustituir la soledad con algo, en mi caso mis salvavidas fueron estos mismos libros que tú me lees, hace poco tiempo se desencadenó una enfermedad rara que no me permitirá leer más, por eso te he contratado. Espero que esta mi historia Federica te sirva para que puedas elegir tu camino, por hoy hemos terminado querida, te espero mañana. 

Federica, después de escuchar la historia de la señorita Alicia, se acercó a ella, la abrazó con fuerza, y le dijo que le agradecía muchísimo poder ser su confidente.


CINCO AÑOS DESPUÉS 


La relación entre la señorita Alicia y Federica había crecido muchísimo, la señorita Alicia ya no podía ver, pero la ceremonia del té de lunes a viernes de cuatro a siete de la tarde, junto a su joven empleada y amiga era una bocanada de vida y mutuas confidencias entre consejos y risas cómplices. 

Algo asombroso en la vida de Federica sucedió cuando conoció al intérprete de ese violín de la pieza de arriba, que le permitía descansar y relajarse del cotidiano trabajo de estudiar para completar su secundaria y cumplir a rajatabla con su sustento principal brindado por la señorita Alicia que era su consejera, amiga, y empleador, todo al mismo tiempo. 





El desconocido intérprete de aquel violín era un joven de su edad, desgarbado, con cara de distraído eterno, que estudiaba en un conservatorio de música; solventado por sus ingresos de empleado en una estación de servicio. El destino, la casualidad, o lo sobrenatural e indescifrable que le puede pasar a los  seres humanos, hizo que este desconocido intérprete de violín, aspirante a poder ser ovacionado en todos los principales escenarios del mundo…cuestión que aún no ocurría, y Federica, incansable estudiosa sin concederse distracción alguna  ni siquiera los fines de semana; se enamoraran por el simple hecho de cruzarse en el pasillo del conventillo en la graciosa situación de permitirse el paso y no poder hacerlo por coincidir ambos y quedar enfrentados un par de veces. A tal punto llegó su relación después de un noviazgo de tres largos meses, que decidieron vivir juntos en una pequeño departamento, sin humedad, con baño privado y muy luminoso. 

Una tarde de invierno, Federica llegó a la casa de la señorita Alicia, y la empleada se encontraba hablando con unos señores de traje en el jardín, cuando la mujer vio a Federica, se acercó y la abrazó llorando.

—La señorita Alicia, se nos fue querida, cuando llegué hoy por la mañana la encontré en su dormitorio, pensé que estaba dormida, pero cuando corrí las cortinas, comprendí. —después de decir esto la acongojada mujer, le presentó a los señores, que eran dos de los hermanos de la señorita, sus facciones eran inconfundibles por el parecido —hace un año aproximadamente me dijo, que si algo le pasaba, que te diera esta carta. 

Federica tomó la carta y después de saludar, pidió permiso para ver a la señorita por última vez. Cuando entró a su dormitorio le pareció sentir la voz y la risa contagiosa de su amiga y protectora, su rostro se veía sereno, como si se hubiera ido en paz. Fernanda le dio un beso en su frente fría, y miró por la ventana los árboles del parque ahora desnudos, en donde aprendió de la señorita Alicia los mejores consejos de una mujer, que había vivido su vida de una determinada manera, solo siguiendo su razonamiento, dejando tal vez a un lado, lo que le dictaba su corazón. 


Querida Federica


Cuando leas esta carta, yo no estaré más para aconsejarte, tendrás que arreglartelas tu sola, pero por lo que me has dicho, encontraste un buen compañero de viaje, por lo cual me quedo tranquila porque no cometerás el error que yo he cometido.

Me gustaría poder verte en ese viaje que vas a emprender, y cargar también algún fruto, de esos que no dejan dormir de noche a las parejas. 

Te deseo querida que tengas una buena vida, repleta de satisfacciones; lamentablemente yo termino la mía consumida por deudas y mi enfermedad, pero te dejo algo, que tal vez te sirva para comprar un lugar en tu mundo, junto a tu familia; en tu casa, como bien la describiste en esa primera carta que me cautivó, rodeada de mariposas amarillas y tendiendo sábanas blancas al sol.

Adiós querida, me conformo que para la fecha de mi cumpleaños, disfruten de esos pastelitos exquisitos que preparó tu madre y tu me regalaste; fue el regalo más preciado de toda mi vida.


Tu amiga, la señorita Alicia.


DOS AÑOS DESPUÉS 


—¡A la mesa, ya están los pasteles! —gritó la mamá de Federica, debajo de la galería en donde una abundante merienda, esperaba a su pequeño nieto, hijo de Federica, sus hijos con sus respectivas novias  y su yerno, el músico. 

—Si todo va bien — dijo el esposo de Federica entusiasmado abrazando a su señora, la semana próxima terminamos de colocar el techo para las habitaciones. 

—Todo muy lindo —dijo el hermano menor de Federica socarronamente—, pero ¿cuando vamos a ver una moneda, nosotros que trabajamos como esclavos, y aquí solo nos dan de comer.

—Si comieran menos, algo de plata les quedaría, pero así, no hay plata que alcance. —le dijo la mamá de Federica a su hijo pegándole un coscorrón en la cabeza.

—Cuando triunfe en los escenarios del mundo, y la gente me aclame, les llenaré los bolsillos de oro —dijo el marido de Federica, mientras se servía otro pastelito. 

—Esa música ya la conozco de sobra —dijo el hermano mayor de Federica riendo—; creo que es la que mejor aprendió en el conservatorio de Buenos Aires.

Todos rieron.

—Ah, me olvidaba —dijo el hermano del medio de Federica, abrazando a su cuñado—, el cura Anastacio me dijo que quiere que para el festival, toques el violín para acompañar al coro de los chicos.

—¿Cuánta plata hay, para un artista de mi categoría? —dijo el esposo de Federica con aire de solemnidad.

—Me dijo muy claramente una cosa para que te entre en esa cabecita de artista loco.

—¿Qué dijo? —preguntó el esposo de Federica, sabiendo lo que vendría. 

—Me dijo muy claramente que si no te casas este año como corresponde con mi hermanita, que dejó la arquitectura por un cachivache estropeado como vos; en primer lugar no podrás entrar más a la parroquia a dar clases de violín, y que va a venir en persona; siempre que mamá lo espere con unos pastelitos; y vas a saber cuantos pares son tres botas.

Todos rieron alegres y distendidos, mientras que el sol se iba despidiendo de otro día feliz en la casa de Federica.



Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."









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jueves, agosto 13, 2026

EL RUMOR DEL MAR

"El universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna".

Jorge Luis Borges (1899 - 1986)


         Siempre me ha intrigado el universo; pero lo realmente impresionante son sus distancias abismales, las que podemos aproximarnos a imaginar cuando las establecemos en años luz. No obstante, lo que es imposible de afirmar es si el universo es infinito, si posee un límite o si, tal vez, forma parte de algo muchísimo más grande aún.

Tratemos de imaginar que el sistema de tres estrellas más próximo al Sol se llama Alfa Centauri y se encuentra a una distancia de nuestro sistema solar de 4,36 años luz. Pero si consideramos que el universo observable mide 93.000 millones de años luz —es decir, 93.000.000.000 de años luz—, llegamos a la conclusión de que con nuestra ciencia solo podremos formular hipótesis e imaginarlo. Lejos estamos de conocer acabadamente todas sus leyes y todo lo que contiene: materia, antimateria o vida.

Ahora, para tratar de ubicarnos en escala, un año luz es la distancia que recorre la luz en un año a una velocidad de 299.792,458 kilómetros por segundo. Para comprender este vértigo: la sonda solar más rápida alcanzó una velocidad cercana a los 700.000 km/h. Por esto estamos lejísimos de conseguir velocidades próximas a la de la luz, por lo cual recorrer el universo es, por ahora, una aspiración muy remota... salvo que existan seres más inteligentes que hayan logrado esas velocidades y estén interesados en ayudarnos.

Una de las formas de estudiar el universo es la radioastronomía, que consiste en captar las ondas de radio provenientes de los objetos y cuerpos estelares. El protagonista de esta historia era un estudiante de esta ciencia del cual no daré el nombre porque quiso mantenerlo en secreto; lo llamaré Mario L. Cumplía una guardia en el observatorio de Goldstone, ubicado en el desierto de Mojave, cerca de Barstow, en el estado estadounidense de California.

Debo hacer algunas aclaraciones para beneficio de este relato: en primer lugar, yo no soy experto en ninguna ciencia aeroespacial, y menos aún en radioastronomía. Lo que aquí contaré será con mis palabras, tratando de ser lo más explícito posible. Lo interesante y jugoso de esta historia es lo que me contó Mario L., pero solo existen dos opciones: creer esto o considerarlo un enorme embustero. Ustedes decidirán.

Mi primer contacto con Mario L. fue por correo gracias a un amigo en común de la universidad que me adelantó esta historia, la cual me interesó conocer. Nos encontramos una tarde en la cafetería de la ciudad universitaria. Cuando lo vi, mi primera impresión fue la de un joven estudiante de vestimenta informal, tez blanca, cabello negro bastante despeinado y zapatillas; pero cuando comenzó a hablar, su castellano no era el mejor e intercalaba algunas palabras en inglés. Lo primero que me dijo fue que había aceptado la reunión porque necesitaba que su experiencia quedara, al menos, registrada por escrito, aunque él no fuera nombrado. Le pregunté por qué quería mantenerse en el anonimato y me dijo que por la simple razón de que no lo tomaran por loco. Me contó, además, que después de ese episodio, en el 2008, lo echaron y que, por suerte, ahora tenía novia y trabajaba manteniendo los sistemas informáticos de la UBA.

—Comencemos —le dije.

Y esto me contó:

—Me encontraba en el quinto año de la carrera de radioastronomía cuando surgió la oportunidad de trabajar en el observatorio. El trabajo me resultaba superatractivo por mis conocimientos en computación y sistemas; el hecho de estar de guardia yo solo en esa sala, sentado en el control principal, me apasionaba. Tanto es así que mi horario era desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana, y el tiempo se me pasaba volando. Este tipo de trabajo implica estar siempre con auriculares observando varias pantallas que pueden captar el sonido de un alfiler cayendo al piso como si se cerrara una puerta con el viento. Lo que ocurre es que se escuchan cientos de sonidos, los cuales, de acuerdo a su frecuencia, únicamente podemos separar mediante complejos sistemas electrónicos que se observan en los monitores. Se podría decir, en pocas palabras, que estamos escuchando respirar a Dios.




Una noche, en el monitor de frecuencias próximas —que registra los sonidos cercanos, por lo general producto de tormentas eléctricas u otro tipo de eventos de nuestra atmósfera—, observé tres señales que jamás había visto en dos años de trabajo. Las tres eran idénticas, con un intervalo de treinta segundos; la primera a las 23:15 h. La verdad, no les di mayor importancia porque, le reitero, son eventos próximos que pueden ser incluso de aviones lejanos. Pero a las 23:30 h se repitieron, y también a las 23:45 h, a las 00:00 h y a las 00:15 h. En total fueron cinco claras señales que después desaparecieron. De acuerdo con nuestras normas, las señales de este tipo no es necesario informarlas, salvo que se mantengan en el tiempo, pero esto tampoco significaba algo trascendente.

Cuando el lunes regresé a mi puesto, intercambiamos un saludo con mi compañero, quien nada me dijo. Lo primero que hice fue ver en los registros si él había dejado alguna novedad; como no había nada, verifiqué en los archivos de ese fin de semana y no se había registrado nada similar.

Después me preparé un café caliente y me dispuse a trabajar. Este trabajo tiene la peculiaridad de no permitir hacer otra cosa que observar los monitores y escuchar.

—¿Con qué se puede comparar lo que se escucha? —le pregunté intrigado.

—Lo más parecido —me dijo aquel joven, que cuanto más me contaba, más creíble me resultaba— es el sonido del mar. Y la verdad le digo que nuestros océanos son comparables, en nuestra escala humana, a un verdadero universo.

Bueno, me encontraba distraído ajustando un monitor cuando detecté nuevamente los tres tonos, imposibles de no reconocer. Cuando miré la hora, eran exactamente las 22:15 h, y nuevamente se repitieron cuatro veces más con los mismos intervalos y en los mismos horarios. Después, nada: solo el mismo rumor del universo. 


No sé por qué motivo no di aviso de esto. Cuando me recosté en mi habitación ese día, comencé a pensar qué podría ser y se me ocurrió que tal vez era un desperfecto discontinuo, pero solo eran suposiciones. Nuevamente no le di mayor importancia y me quedé dormido.

El asombro surgió cuando el resto de los días, hasta el viernes, se repitieron del mismo modo y en el mismo horario. Ese último día antes del fin de semana revisé todos los archivos diurnos, y en ninguno encontré siquiera una sola serie de los tres golpes similares.

El lunes directamente le conté a mi compañero lo ocurrido durante toda la semana, pero él no tenía deseos de formular hipótesis ni teorías; únicamente me miró y me deseó buenas noches.

Esa semana, los mismos golpes se repitieron implacables, nítidos y precisos.

A esa altura creí que debía informarle a mis superiores, y así lo hice, dejando un informe por escrito. Al lunes siguiente, por toda respuesta, recibí un «Gracias, OK».

Evidentemente, imaginé que si mi superior, que trabajaba allí hacía diez años, no le daba importancia a esto, por qué debería dársela yo.

Ahora debo decirle algo que es fundamental en esta historia, que quizás haya sido el motivo principal de lo que le contaré. Mi difunto padre era un estudioso de idiomas antiguos; lo hacía solamente como entretenimiento, pues en realidad era empleado bancario. Cuando yo era chico, por las noches compartía algo de sus estudios porque tenía una biblioteca de libros muy antiguos, tanto que los manipulaba con guantes y los leía con una enorme lupa con luz. Esta actividad de mi padre me resultaba muy colorida y atractiva, y es así como me fue enseñando bastante del idioma sánscrito, que es una antiquísima lengua india que se remonta al año 1500 antes de Cristo.

—¿Pero qué tiene que ver el idioma sánscrito con el sonido del universo? —le pregunté.

—Nada, no tiene nada que ver, pero sí tiene que ver con esto que le contaré. Las cuatro semanas siguientes escuché exactamente lo mismo. La verdad es que deseaba que estos desconocidos sonidos no me perturbaran, pero me era imposible no reconocerlos. Ese último jueves tuve la necesidad de salir al aire libre exactamente a las 23:15 h. Cuando salí, el cielo era impactante y, de pronto, a unos 45 grados sobre el horizonte, tres luces muy fuertes y equidistantes, formando un triángulo equilátero, se encendían acompasadamente.

Mario L. se quedó mirándome sin decir palabra. Le pregunté qué había ocurrido después, y me dijo:

—Esto que le digo se lo he dicho solo a tres personas superiores a mí en el observatorio, y las tres no me permitieron continuar: redactaron un informe en el que decían que yo no estaba capacitado para el trabajo que realizaba y me despidieron. Pero usted aún me sigue atendiendo, y eso me brinda una gran tranquilidad, porque a veces pienso que estoy loco.

Todo transcurrió el viernes. A las 22:15 h, cuando salí, el cielo estaba despejado. Miré en la misma orientación y no vi nada; pero cuando levanté la cabeza, estaban sobre mí. Diría que a muy baja altura, pero esto no lo puedo afirmar. Lo que sentí es algo que nunca me había sucedido desde la muerte de mi padre: lo vi nítidamente en su escritorio, con sus libros, y me miraba.

El rostro de Mario L., cuando me contaba esto, daba la sensación de transformarse en el de un hombre muy mayor; no sé explicarlo: su voz, sus ojos, la posición de sus manos... Le pregunté si se sentía bien y me dijo que sí, solo que recordar esto le provocaba un extraño cansancio. Pero necesitaba contarlo porque, a esa altura, le resultaba una carga muy pesada. Así continuó:

—Esto es lo que me dijo alguien con la misma voz de mi padre:

Mario, qué bueno verte bien. Yo estoy bien, no te preocupes; tampoco trates de responderme, solo escucha esto con tu mente y transmítelo cuando puedas a alguien confiable. En este momento yo solamente soy un intermediario entre alguien superior y tú; mi hobby del idioma sánscrito fue la causa de que nos eligieran.

Solo contamos con esta noche, por lo cual trataré de ser muy preciso. Ayudan mucho tus estudios para que todo te quede claro.

Ese alguien superior pertenece a una civilización desarrollada con la misma estructura mental que los humanos, pero más evolucionada. Debes entender que en el universo existen miles de civilizaciones. Si imaginamos una escala de valores y las recorremos del puesto décimo negativo al puesto décimo positivo, los humanos pertenecemos al tercer puesto negativo, y los que nos contactan, al segundo positivo.

Así como los científicos humanos quieren investigar y saber más, todas las civilizaciones del universo pretenden lo mismo. Por esto, muchas veces en la historia de la humanidad estos seres superiores se han contactado con pueblos como los egipcios o los griegos, y también con individuos: Mahoma, Isaac Newton, Jesucristo, Buda, Pablo de Tarso, Confucio, Cristóbal Colón, Albert Einstein, Louis Pasteur, Galileo Galilei, Napoleón, Henry Ford y muchos otros. Esto permitió que la humanidad avanzara; pero la insistencia de seres menores en querer solo conseguir poder y desatar guerras ha hecho que por mucho tiempo se perdiera el interés en los humanos.

Con su ciencia actual, los humanos difícilmente puedan salir de su sistema solar; tal vez llegarán a colonizarlo, pero no mucho más. De la única manera que podrán salir de la Vía Láctea será enviando al espacio embriones humanos en cápsulas autodirigidas, pero deberán resolver cómo proteger a estos seres durante los primeros años de su vida y brindarles un aprendizaje que les permita saber de sus antepasados, o dejarlos librados a su total ignorancia... Es decir, es únicamente una apuesta sin saber jamás los resultados.

El planeta Tierra se agotará por la declinación del Sol. Falta muchísimo, pero será así. Lamentablemente, su forma de ser quizás los lleve antes a su propia extinción.

Como último consejo saludable, te puedo decir que ustedes cuentan con algo que les es propio y no sabemos de otras civilizaciones que disfruten de ese bien: ese tesoro es su arte (música, literatura, escultura, pintura, teatro, cine y las formas que inventarán). Eso, aunque no lo sepan, los hace superiores en un sentido muy importante: poseen pasión. Ustedes saben odiar, pero también saben amar. Esas dos pasiones contrapuestas les permiten enfrentar situaciones extremas en sus vidas y, aunque ustedes no lo crean, nosotros no logramos entender sus mentes. Para nosotros no existen las pasiones, solamente el razonamiento puro; quizás por eso nuestra existencia es muy larga, pero a la vez monótona, tanto que muchos de nosotros preferimos auto extinguirnos.

Ya no queda tiempo; esto es todo lo que te podemos decir por intermedio de tu padre, el cual está orgulloso de ti. Por último, Mario, queremos brindarte un obsequio que recibirás mañana cuando termines tu trabajo».

Después de sentir, no de escuchar, todo esto, quedé en un estado especial que no puedo describir, y nunca más desde ese día volví a sentir algo parecido. Eso es todo lo que tengo para decirle.

Cuando Mario L. terminó esta historia, su rostro se iluminó y nuevamente era ese joven alegre y cordial del principio de la reunión. Un silencio entre ambos se prolongó unos instantes, y después le pregunté qué le gustaría que hiciera con su historia. Solo me pidió que la dejara escrita.

Antes de despedirnos, le pregunté a Mario L. por el obsequio, y respondió:

—Esa madrugada de sábado, cuando me estaba retirando a descansar agotado y con mi mente llena de preguntas, llegaba a la base un contingente de estudiantes universitarios. Allí me presentaron a la coordinadora. Cuando nuestras miradas se cruzaron, comprendí que ese era, sin lugar a dudas, el obsequio. Hoy esa mujer es mi novia y esposa. Durante nuestras vacaciones siempre nos damos cita con el mar: nos quedamos sentados en silencio frente a él durante horas y solamente escuchamos su rumor.



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LA CIMA

 “Nunca se es demasiado viejo para fijarse otra meta o para soñar un nuevo sueño." 

C.S. Lewis (1898 - 1963)


         La primavera es una época del año en la que se desea estar al aire libre. Esa sensación experimentó Gabriel esa mañana al abrir la ventana de su cocina mientras disfrutaba de su café, justo cuando una brisa le acariciaba la cara recordándole su juventud. A sus setenta y cinco años, muchas cosas ya no quería realizar; recordaba bien todavía las que había hecho y sabía todas las que no quiso o no pudo hacer.

Frente a él estaba el inmutable cerro al cual había subido cien veces, pero que ahora su rodilla le impedía conquistar. «Vivir solo es un poco triste», pensaba, «porque no se puede compartir la vida». Su perro le ayudaba en algo, pero solo era un perro… bueno, aunque Sultán no era cualquier perro: era un Beagle muy inteligente y un fiel compañero en las largas noches invernales, cuando Gabriel disfrutaba de sus libros, su coñac, su música y el fuego del hogar.

—¿Tienes hambre? Bueno, aquí tienes tu comida… ¿Tienes sed? Muy bien, toma tu agua.

Mientras Gabriel le decía esto, colmaba de alimento y agua los cacharros de su perro, en tanto este lo miraba y movía la cola.

—Estoy pensando, Sultán, en realizar una última trepada al cerro… Sí, ya sé, ¿qué hacer con mi rodilla? ¿Qué pasaría si la dejo de lado como si no me doliera? Sabes, debería probar usar muletas: con ellas no apoyaría mi pierna izquierda y entonces no me dolería. Ya sé que subir un cerro con muletas suena a un disparate, pero, sabes una cosa… a mi edad tengo deseos de hacer alguna locura.




Gabriel le decía esto a su perro mientras tomaba su café y miraba hacia el cerro, en tanto el sol comenzaba a iluminar su falda tapizada de aromos y palos azules.

—¡Vamos al pueblo a comprar muletas, Sultán!

Después de estacionar su camioneta frente a la ferretería, a cuyo propietario conocía desde joven, entró al local con su perro y le dijo al ferretero —un hombre de baja estatura, calvo, algo excedido de peso y a quien toda la vida vio vestido con el mismo mameluco color azul—:

—Disculpe, buen hombre, ¿no sabría decirme dónde puedo encontrar una ferretería en este pueblo de mala muerte?




—Se nota que un viejo huraño se levantó hoy de buen humor —le respondió aquel señor detrás del mostrador, que estaba repleto de herramientas—. Pobre Sultán, qué castigo le tocó vivir con un amo así.

—Roque, necesito comprar un par de muletas. ¿Dónde puedo conseguirlas? ¿Tienes idea?

—Yo iría a una ortopedia, pero en este pueblo de mala muerte no vas a encontrar —le dijo el ferretero a Gabriel, desquitándose de la broma anterior mientras corría una regadera para verle la cara a su amigo.

—No tengo todo el día para perder el poco tiempo que me queda de vida. ¿Sabes o no?

—Lo mismo decía mi tía, y vivió hasta los ciento dos años —le respondió el ferretero—. ¿Para qué necesitas muletas si con el bastón te manejas bien?

—Quiero trepar el cerro y necesito muletas para que no me duela la rodilla —le dijo en forma contundente Gabriel a Roque, quien al escuchar tal cosa le respondió:

—Evidentemente compruebo que te has vuelto loco. Avísame cuándo vas a realizar la trepada, así coordino con los rescatistas para que vayan a buscar tu cuerpo. Trata de que no sea un fin de semana, porque es cuando descansan los muchachos. ¿Dónde te parece bien que te enterremos?

—Por lo único que lamentaría morirme es por no poder llegar a verte con un traje al menos una vez en mi vida, aunque fuera en mi velorio —le dijo Gabriel a su amigo dirigiéndose a la puerta.

Después de irse de la ferretería, Gabriel se dirigió al «local de antigüedades» (eso decía el imponente cartel sobre la entrada; en realidad, todo el pueblo lo llamaba «el negocio de cosas viejas»). El local era atendido por su dueño, que era más viejo que las cosas que allí exponía: le decían Don Pedro.

—Estimadísimo Don Pedro, necesito algo que usted seguro debe tener —le dijo Gabriel al entrar a un señor encorvado de pelo blanco.

—¿Qué necesitas, hijo? —dijo el anciano.

—Necesito muletas.

—Dame unos minutos, que voy a ver al depósito —le dijo el amable hombre.

Mientras esperaba, Gabriel podía escuchar cómo en la otra habitación se corrían cosas pesadas y una nube de polvo salía por la puerta. Al cabo de un rato salió Don Pedro sacudiendo sus ropas con un par de muletas: una aparentemente sana y otra quebrada al medio.

—Solo te puedo ofrecer estas, Gabriel.




Después de cerrar el trato comercial, Gabriel se dirigió de regreso a su casa con su perro y las muletas.

Al día siguiente acondicionó en su taller las muletas a su estatura, que era muy superior a la del anterior dueño. Desde el punto de vista formal eran desastrosamente feas, pero podrían llegar a cumplir honorablemente su objetivo. Esa misma tarde, una vez terminadas, probó su funcionamiento. Al principio le resultaban muy incómodas y sentía cierto desequilibrio, pero poco a poco fue adquiriendo destreza, y su desplazamiento en terreno plano era bastante rápido sin que el dolor en su rodilla fuera un impedimento.

Esa noche Gabriel se fue a dormir pensando en una estrategia para poder llegar al objetivo que se había propuesto. Su contextura física aún era buena; recordaba que su última trepada la realizó cuando tenía cincuenta años y tardó diez horas en subir a la cima con buen tiempo. Pero ahora, subir con muletas esas pendientes en donde en algunos tramos había piedras sueltas era otra cosa. Era cierto que conocía aquellos senderos como la palma de su mano; no obstante, era consciente del peso de los años y del mal estado de su rodilla. La parte más complicada eran los últimos cincuenta metros, en los cuales se tenía que ayudar con sus manos y brazos; hacerlo con muletas era imposible y la única forma era soportando el dolor, no existía otra posibilidad. Pero eso lo resolvería en su momento.

Al día siguiente, cuando el sol despuntó, Gabriel ya había desayunado, tenía colocada su mochila y ató a Sultán mediante una correa a su cinturón.

—Es ahora o nunca, Sultán. ¡Vamos!

Después de decirle esto a su perro, comenzó con su proyecto de trepar el cerro.

El primer tramo de la subida era una pendiente suave que disfrutaba a pesar de que su marcha era muy lenta. Al no apoyar la pierna izquierda sobre el piso, la rodilla no le molestaba; pero el peso de su cuerpo a cada paso era soportado por sus brazos, y esto se transformó con el correr de las horas en una carga difícil de llevar. En dos horas recorrió lo que anteriormente realizaba en media, lo cual le indicaba que en un solo día no podría realizar la travesía. Como no tenía un equipo preparado para pasar la noche, decidió regresar para prepararse mejor.

—Regresemos, compañero. La próxima vez vendremos mejor preparados: necesitamos una carpa, farol, más agua y comida. Esto fue solo un intento de práctica —le decía Gabriel a su perro mientras emprendía el regreso.

Después de otra incursión de compras en el pueblo, Gabriel se equipó para intentar de nuevo la trepada. Esta vez la mochila pesaba bastante más, pero sabía que para alcanzar la cima debía pasar una noche en la montaña. Todo estaba preparado; salió al amanecer con Sultán, que parecía disfrutar muchísimo del viaje.




Para el mediodía, el trayecto recorrido le resultaba satisfactorio a Gabriel. Se sentía cansado pero entusiasta; después de comer unas frutas y darle unos granos a su perro, se recostó sobre una gran piedra bajo la sombra de un árbol. Allí se quedó dormido sintiendo una brisa reparadora. Al despertar se sintió algo dolorido, pero a poco de comenzar a caminar se le pasó.

Ahora el terreno era más empinado; en un descuido pisó una piedra floja y por poco se dobla el pie. Se sintió orgulloso cuando llegó al montículo de piedras, el cual era un mojón que indicaba el camino correcto para los jóvenes senderistas. Desde que era un niño, esas piedras llenas de musgo siempre habían estado allí; aprovechó para sacarse una selfie junto a su perro y el mojón de rocas.

Cuando el sol comenzaba a bajar, Gabriel decidió buscar un lugar para pasar la noche. En un sector del terreno bastante plano, sin malezas y protegido por tres grandes rocas, armó la pequeña carpa estructural, recolectó ramas secas y esperó a que anocheciera para encender una fogata. De cena calentó un guiso que trajo desde su casa y lo compartió con su fiel compañero.

—Aquí estamos, Sultán. Si todo sigue bien, mañana estaremos acampando en la cima. Debo confesarte, querido amigo, que te ha tocado en suerte un amo muy loco.

Mientras Gabriel le decía esto, el fuego le iluminaba los ojos a su perro, que se había acomodado junto a su pierna dejándose acariciar con gusto.

Cuando el fuego se consumió, lo terminó de apagar con agua y después se metieron en la carpa.

Al día siguiente, Gabriel se despertó sintiendo el hocico de su compañero en su oreja: era hora de abrir el cierre de la carpa para dejarlo salir. La mañana estaba fresca y una brisa persistente soplaba del sur. Después de encender fuego, calentó café y lo acompañó con unas galletas dulces que compartió con su perro.

Tras acomodar y guardar todo en la mochila, continuó con su viaje. «Un paso a la vez», se decía, «un paso a la vez».

Al cabo de una hora esperaba ver un estrecho entre dos rocas muy grandes por el cual siempre había pasado, pero en lugar de eso solo había una pendiente bastante pronunciada de ripio cuya superficie no le brindaba mucha confianza. Había llegado a la mitad de la misma cuando su pie derecho resbaló y se dio cuenta de que perdía el equilibrio. Atinó a liberar la correa de Sultán cuando comenzó a rodar cuesta abajo sin control. Sentía fuertes golpes en la cabeza y en las piernas hasta que todo su cuerpo impactó muy fuerte contra un árbol; allí perdió el conocimiento.




Cuando despertó, su perro le estaba lamiendo la cara. Antes de moverse, recorrió con la mente todo su cuerpo: sentía un fuerte dolor en la cintura. Después empezó a mover lentamente sus extremidades para corroborar si había quebraduras; aparentemente no, pero con la mano se tocó la frente, de la cual brotaba sangre. Lentamente se sentó recostando la espalda en el árbol y acarició a Sultán, que movía la cola. Al ver cómo había quedado esparcido todo su equipo, comprobó que había rodado unos cincuenta metros. El brazo derecho le dolía bastante y tenía la camisa desgarrada en el hombro.

Con su mente algo más clara, empezó a evaluar alternativas. A pocos metros podía ver su teléfono destrozado, lo que le impediría pedir auxilio. Cuando pudo sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón, presionó la lastimadura de la frente y logró parar la hemorragia. Por la ubicación del sol se dio cuenta de que estuvo desmayado casi tres horas. La única posibilidad de salir de esa situación era hacerlo por sus propios medios. Por fin decidió incorporarse y, al ponerse de pie, se sintió reconfortado porque, a pesar de los golpes recibidos, podía caminar. De rodillas y apoyando las manos en el piso fue juntando cada una de las cosas hasta que pudo rearmar el campamento con mucho esfuerzo. Sus muletas habían desaparecido. Logró levantar la carpa en una pequeña superficie plana, pero no tenía más fuerzas para juntar leña. Se había levantado un viento frío, por lo que se metió en la carpa y solo comió un chocolate, siempre acompañado de su inseparable y fiel amigo.

Después de passr la noche, al despertar, le dolía todo el cuerpo, pero la cintura mucho más. Lentamente pudo abrir el cierre de la carpa para dejar salir a Sultán. Al abrirla, vio un día hermoso con un sol brillante. Se puso de rodillas y, apoyando las manos en el suelo, salió. El sol empezó a calentar su cuerpo y esto lo reconfortó. Necesitaba tomar algo caliente, pero sin leña a mano era imposible; se conformó con tomar agua de su cantimplora. En su mente empezó a formarse la idea de regresar. «Mi proyecto fue la locura de un viejo», se dijo; sintió la necesidad de estar en la comodidad de su casa.

En el momento en que pensaba estas cosas, junto a su perro apareció una chica con un vestido floreado y alpargatas blancas; su pelo era negro como sus ojos, llevaba dos trenzas cortas y tenía la tez morena. Con una amplia sonrisa que permitía ver su blanca dentadura, le dijo:




—Hola, Gabriel. Hace mucho que te espero; por fin decidiste venir, me alegra mucho.

Gabriel, sorprendido, respondió:

—¿De dónde me conoces, niña?

—Te conozco desde siempre, desde cuando eras joven. Yo siempre estuve aquí, pero tú estabas entretenido en otras cosas y no me tenías en cuenta.

Gabriel no entendía tal afirmación, pero la chica estaba allí presente. Su perro la miraba sin ladrar.

—¿Quieres aún llegar a la cima o prefieres regresar? —le dijo la niña.

—No sé si puedo regresar —contestó Gabriel desanimado.

—Todos podemos intentar lo que se nos ocurra; lograrlo o no depende de otras cosas —dijo la niña tendiéndole la mano.

Cuando Gabriel le tomó la mano a la niña y se incorporó, sucedió algo inesperado: al apoyar la pierna izquierda en el piso ya no le dolía, tampoco la espalda ni el hombro.

—¿Quién eres, señorita? —le preguntó Gabriel.

—Digamos que soy tu ángel guardián. No necesitas saber más; solo dime qué quieres hacer.

—En este momento me siento fortalecido, tengo deseos de seguir, no siento dolor alguno —dijo Gabriel levantando la pierna y moviendo el brazo que antes le dolía.

—Pues entonces vamos, no hay tiempo que perder si quieres llegar a la cima antes de la noche —le dijo la niña sin soltarle la mano y mirando hacia el camino.

El resto del trayecto fue placentero. Gabriel no sentía cansancio y podía sortear todos los obstáculos complejos sin inconvenientes. La niña no le hablaba, solo lo guiaba; Sultán caminaba junto a Gabriel moviendo la cola y, de tanto en tanto, daba un ladrido de algarabía.

Por fin se detuvieron frente a la última etapa: era necesario subir por un muro de piedra casi vertical de unos seis metros de alto, que era el único acceso posible.

—Ahora depende de ti, Gabriel —le dijo la chica desconocida.

Gabriel puso a Sultán dentro de la mochila, se la colocó en la espalda y comenzó a trepar. Era necesario aferrarse con las manos a los huecos e ir apoyando los pies con precisión en las piedras salientes sin perder el equilibrio. En un momento de la subida no podía encontrar un hueco o saliente para agarrarse con la mano derecha, hasta que por fin, estirándose todo lo posible, encontró una pequeña rama o raíz. Trató de tirarla para comprobar que fuera segura y, como estaba bien firme, de allí se tomó y pudo continuar.

Por fin llegó el premio mayor. Con un cansancio enorme logró llegar a la pequeña plataforma que tenía una gran piedra triangular. Allí se sentó con la espalda recostada en ella y contempló un espectacular atardecer. Cuando quiso avisarle a aquella niña que por fin estaba en la cima y agradecerle, esta ya no estaba. Allí se quedó Gabriel contemplando la caída del sol más espectacular de toda su vida, mientras acariciaba a su perro hasta que se quedó dormido.




Dos senderistas encontraron a Gabriel y a su perro en la cima del cerro a la mañana siguiente. Él estaba en muy mal estado, con la frente ensangrentada y la ropa destrozada. Le dieron agua y llamaron a los rescatistas. Los avezados jóvenes pudieron bajar a Gabriel, que estaba inconsciente y atado a una camilla, en no más de cuatro horas. Abajo lo esperaba una ambulancia que lo llevó al hospital.

—¿Me escuchas, Gabriel? ¿Me escuchas?

Gabriel, desde la cama del hospital y conectado a una bolsa de suero y a otros aparatos, pudo abrir el ojo que aún tenía sano y ver la cara redonda de Roque, el ferretero.

—Dime una cosa, Roque: ¿estoy vivo?

—Sí, viejo loco, estás vivo —le respondió su amigo aliviado.

—Me parecía, porque estás con el mameluco de siempre —le dijo Gabriel a su amigo con un hilo de voz—. ¿Cómo está Sultán?

—Mejor que tú, está en mi casa. Dime una cosa, Gabriel: siempre supe que estás chiflado, pero esto que hiciste es imperdonable. Podrías haber muerto; si no pasaban esos dos muchachos que te vieron, hoy no estabas contando el cuento… No obstante, lo que nadie puede entender es cómo pudiste hacer para llegar a la cima. Nadie lo comprende: con muletas y a tu edad, es imposible.

Gabriel, tomando la mano de su amigo, le dijo en voz baja:

—Acércate.

Cuando su amigo se aproximó, Gabriel le dijo:

—Si te cuento cómo logré llegar, no me lo vas a creer. Ni tú, ni nadie.



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miércoles, agosto 12, 2026

UNA MAESTRA RURAL

 


La educación es una obra de paciencia y de abnegación, de satisfacción interior y no de triunfos ruidosos.

Juana Manso (1819-1875)

1

         Dos horas de caminata le llevaba a Gloria llegar a su escuela. Su escuela, porque a pesar de ser propiedad de la provincia el edificio y todo lo que contenía, ese lugar le pertenecía; ella, la única maestra, lo cuidaba como si fuera su propia casa.




El zonda, el calor o el frío intenso templaron el carácter de una mujer ruda, con un único objetivo, similar al del náufrago que arroja una botella al mar con la esperanza de que alguien la encuentre. Para ella, ese mensaje consistía en lograr cinco futuros posibles para enfrentar un mundo hostil: Marita, la más chica; Rosalía, inteligente pero tímida; Florencio, delgado y bueno; Aníbal, una luz en matemáticas; y José, el más grande del grupo, fortachón y corajudo. Él solo enfrentó ese día al puma, seguramente tan hambriento como él.

Esa mañana el sol brillaba iluminando los cerros. Los cinco alumnos estaban parados frente al mástil y cantando como todos los días a las ocho en punto Aurora, mientras Juanita, la más pequeña del grupo, izaba la bandera con su delantal blanco, sus zapatillas rotas y sus dos trenzas negras como el carbón.

«Alta en el cielo un águila guerrera

audaz se eleva en vuelo triunfal,

azul un ala del color del cielo,

azul un ala del color del mar.

Así en el alta aurora irradial,

punta de flecha el áureo rostro imita

y forma estela al purpurado cuello.

El ala es paño, el águila es bandera,

es la bandera de la patria mía,

del sol nacida, que me ha dado Dios». 

Cuando sus voces fuertes y claras entonaban la canción patria, y seguramente sus corazones y sus mentes, en ese inhóspito lugar, junto a su maestra, sentían el amor sincero por su bandera, el suelo comenzó a temblar. El terror se apoderó del grupo, que corrió para protegerse en el lugar más seguro y confiable del mundo: junto a su maestra.

—¡No teman, chicos! ¡Ya va a pasar! ¡No tengan miedo, Dios nos protege! ¡Dios nos protege!

Fueron los tres minutos más largos de la vida de cada uno de ellos, excepto para José, que sabía de estas sacudidas. Cuando terminó, todos estaban abrazados en el patio; el mástil dejó de moverse. Pero, inmediatamente después, un estampido los asustó nuevamente: era la escuela que se desplomaba en cien pedazos frente a sus ojos atónitos, arrastrando los palos del techo y dejando una polvareda que cubrió sus cabezas con tierra.

—¡Viene otro! —gritó José.

Este temblor duró menos, pero dejó un surco que partió el patio de tierra en dos. Con el pasar de los minutos, regresó la calma. A Gloria aún le palpitaba el corazón con fuerza y dos lágrimas corrían por sus mejillas, pero debía mostrar fortaleza, sacarla de donde fuera.




—Ya pasó, chicos, ya pasó —tranquilizaba Gloria a sus alumnos, pero en su fuero íntimo sabía que, si hubiera ocurrido unos minutos después, habría sido una desgracia. Miró a los ojos a José mientras acariciaba la cabeza de Marita y abrazaba a Rosalía, que todavía temblaba de miedo. José le hizo una seña y ambos, sin hablar, quedaron de acuerdo en no decir nada más.

—¿Qué vamos a hacer, señorita Gloria, ahora que no tenemos escuela? —preguntó Florencio mirando la montaña de escombros.

—Por hoy, nada; pero mañana seguiremos adelante con lo que tenemos —respondió ella, resuelta.

—¿Qué tenemos? —preguntó Aníbal.

—En primer lugar, nos tenemos a nosotros; y después, toda nuestra escuela está allí, solo necesitamos volver a colocar los ladrillos en su lugar. —Gloria decía esto sabiendo que no les quedaba nada, mientras en su cabeza se agolpaban las ideas para imaginar por dónde empezar—. Bueno, chicos, mañana hay mucho por hacer. Vayan a sus casas y díganle a sus padres que habrá una reunión por la mañana, aquí en la escuela.

Cuando los chicos se fueron, Gloria se acercó a ver lo que quedaba de su escuela. Después de retirar unos palos y ladrillos, rescató el cartel que aún estaba sano, en el que se leía: «Escuela N.º 5».

2

Al día siguiente, Gloria llegó agotada cargando un bulto sobre su espalda; después de dejarlo sobre el piso, respiró profundamente. Al cabo de unos minutos llegaron sus alumnos junto a sus padres, quienes uno a uno la saludaron respetuosamente. Cuando todos estuvieron reunidos en el patio, Gloria, viendo a ese grupo de familias —con sus manos rústicas por las tareas del campo, sus rostros sombríos, sus ropas viejas—, entendió que su función, su trabajo y su empeño no solo eran necesarios, sino indispensables.

—Alumnos, papás, como pueden ver, la escuela está destruida. No obstante, las clases deben continuar; por eso, pido su ayuda para reconstruirla. Hoy mismo por la tarde iré a la gobernación para conseguir recursos, y mañana no habrá clases. Pero regresaré el miércoles y, si me ayudan, podemos empezar.

Cuando Gloria terminó de decir esto, el papá de José pidió permiso para hablar:

—Maestra, hoy mismo podemos empezar a trabajar. No necesitamos que usted, que tanto hace por nosotros, esté aquí. Usted consiga el dinero, nosotros pondremos nuestros brazos.

Todos asintieron. Ese mismo día empezó la reconstrucción de la escuela. El primer trabajo fue colocar el cartel de la escuela junto al pizarrón clavados en un algarrobo; después, Gloria extendió la lona que trajo sobre el piso.

—Bien, alumnos, tenemos mucho trabajo por delante, pero primero debemos izar nuestra bandera.

Todos los chicos se alinearon frente al mástil. Marita comenzó a izarla lentamente mientras todos cantaban la canción Aurora. Ese día, Gloria dio clases bajo el árbol con los chicos sentados sobre la lona, mientras sus padres trabajaban en la reconstrucción: los ladrillos por un lado, los palos del techo por otro y todo elemento que estuviera sano o se pudiera arreglar se juntaba en un sector del patio.

Al terminar la jornada, Gloria preguntó al grupo de padres qué necesitaban para levantar las paredes y rehacer el techo. Cuando terminó la lista, se dio cuenta de que la cantidad de materiales era enorme e imaginó el dinero que se precisaba: tirantes de madera, chapas, cemento, cal, clavos... Y la lista seguía. Sin la ayuda de la gobernación sería imposible.

Esa misma tarde, Gloria tomó el colectivo para la capital. A primera hora de la mañana se dirigió a la Dirección de Infraestructura Escolar; solicitó hablar con el director, pero, después de esperar dos horas, le dijeron que ese día no vendría y que la atendería el secretario.

Cuando la recibió, el secretario resultó ser un hombre alto, con un impecable traje gris, camisa blanca y corbata. Gloria se presentó y le dio todos los detalles de lo ocurrido, agregando la urgencia del caso porque sus alumnos no podían perder días de clase.

—Entonces, usted es la señorita Gloria García, de la Escuela Número Cinco —le reiteró este señor mientras escribía en un cuaderno.

—Así es, señor.

—Bien, y me dice usted que allí concurren cinco alumnos, ¿verdad?

—Así es, señor.

—Bien, bien —le dijo el secretario con cara de funcionario importante—. Lamentablemente, señorita García, por el momento no contamos con los recursos suficientes, por lo cual derivaremos a estos alumnos a la Escuela Número Diez y la tendremos informada para indicarle en qué lugar tomará servicio.

—Pero eso, señor secretario, es imposible —le respondió Gloria, preocupada—. Mis alumnos no pueden ir a esa escuela, porque queda del otro lado del río y es peligroso cuando llueve y crece de improviso, sumado a que tendrían una hora más de caminata.

—Lamento ese inconveniente, pero usted no puede pretender que por cinco alumnos debamos desatender otras cosas —le decía el secretario, cerrando su cuaderno en señal de que la reunión había terminado.

—¿Pero entonces, señor, vamos a dejar a estos chicos librados a su suerte? Creo que como Estado tenemos una responsabilidad, ¿no cree usted?

—Lo que usted o yo creamos no cambia nada. ¡No hay recursos, señorita García!, y eso es todo lo que le puedo decir.

—¿Qué ocurriría si la escuela la arreglan los padres? —preguntó Gloria, indignada.

—Bueno, en ese caso, todo seguiría como antes, y tal vez pueda conseguir que se coloque una placa conmemorativa agradeciendo la colaboración —dijo el funcionario con cinismo.




—Le diré algo, señor secretario; espero que lo anote en su libreta y se lo transmita al gobernador —le dijo en tono enérgico Gloria—. ¡Ni usted ni el gobernador sirven para una mierda! ¿Me entendió? ¡No sé si fui lo suficientemente clara! Mis saludos al gobernador.

Gloria se fue de allí furiosa, pegando un portazo. En el trayecto de regreso, más calmada, pensaba cómo explicar a los padres y a sus alumnos que la escuela no funcionaría más, y lo que más le dolía: que los chicos ya no quedarían a su cargo.

3

Cuando al día siguiente Gloria explicó a los niños y a sus padres la mala noticia, en un primer momento todos se quedaron callados, entendiendo la impotencia de ser pobres, de no tener recursos y de ser ignorados sin importar sus destinos.

—¿Qué pasa, maestra, si levantamos la escuela nosotros? —dijo el padre de José.

—Sin dinero, ¿cómo lo haríamos? Mi sueldo es muy poco para comprar todo —expresó Gloria con tristeza.

—Yo creo que tanto no haría falta, siempre que realicemos algunos cambios.

—¿A qué cambios se refiere, señor?

El padre de José, con su voz pausada y el característico acento de los hombres de campo, comenzó su explicación:

—Bueno, en primer lugar deberá ser más chica: tendremos que disminuir el largo de la sala; después, las paredes de ladrillo las levantaremos con adobe; las chapas para el techo las enderezamos, no quedarán como nuevas, pero no pasará el agua. En cuanto a la puerta y las ventanas, el padre de Florencio es carpintero…

—Así es, maestra —se apresuró a decir un señor morocho, quitándose su sombrero de ala ancha—. Yo me comprometo a reparar las ventanas, la puerta y los pupitres.

—Y nosotras, señorita —expresó la madre de Marita—, las mujeres, no nos quedaremos de brazos cruzados: haremos la comida y también podemos preparar el adobe para pegar los ladrillos.

—¿Cómo puedo ayudar? —dijo Gloria, emocionada y con lágrimas en los ojos.

—Usted, maestra —le respondió la mamá de Rosalía—, tiene que hacer lo que sabe: enseñar a nuestros hijos, porque ellos son nuestro futuro, nuestro sueño. Jamás deje de darles clase, maestra. Nosotros confiamos en usted y sabemos que ellos no nos defraudarán, son de buena madera.

Gloria, conmovida, fue y abrazó a la señora y le dijo:

—Estos chicos, querida señora, serán, no tenga dudas, grandes mujeres y hombres, se lo prometo.

A la mañana siguiente, cuando Gloria llegó a la escuela, la escena era conmovedora: una fogata encendida junto a una mesa improvisada se había preparado para compartir el desayuno de tortilla norteña y mate cocido. El sol recién despuntaba sobre las sierras, evaporando la humedad de la noche.

—¡A trabajar! —dijo alguien.

Todos comenzaron con sus tareas. Después de despejar el piso del salón, que no había sufrido daños, se comenzaron a distribuir los ladrillos para levantar las paredes. En una plataforma de madera con dos palos se arrastraba el adobe preparado por algunas mujeres. Con un cordel se había replanteado el salón y los padres de José y Marita empezaron a colocar las primeras hiladas de ladrillos.

El padre de Aníbal, que era el carpintero, comenzó a reparar las ventanas porque se colocarían primero, y agrupó los pupitres a la espera de ser arreglados. Dos hombres, a golpes, enderezaban las chapas retorcidas, mientras otro ordenaba los tirantes sanos.

Alrededor de las diez de la mañana, dos señoras comenzaron a preparar un guiso para el mediodía.



Los chicos, entre el sonido de los golpes y los gritos de sus padres, parecían entusiasmados en prestar atención a lo que escribía Gloria en el pizarrón. Ella lloraba, loca de contenta: lo que estaba ocurriendo allí, entre las sierras y caminos polvorientos y desolados, era un milagro.

—¿Por qué llora, señorita? —le preguntó Marita con cara de preocupación—. ¿Tiene miedo de que nuestros padres no sepan construir la escuela?

—No, Marita, no, querida; lloro porque… porque… ¡porque estoy feliz!

—Yo creía que se lloraba solo cuando se está triste —le dijo Marita.

—No, Marita, la gente también llora cuando está feliz, ya lo verás cuando seas grande.

4

Se tardó quince días en levantar las paredes hasta el techo. Una mañana, Gloria observó que los hombres tenían algún inconveniente porque hablaban en voz baja entre ellos y no comenzaban con la cubierta.

—¿Ocurre algo? —les preguntó Gloria, preocupada.

Fue entonces cuando el padre de José, un poco avergonzado, le confesó el problema:

—Lo que ocurre, maestra, es que para seguir con el techo necesitamos dos tirantes de madera gruesos, clavos para chapas, martillos, alambre y un serrucho más, porque el único que tenemos lo está utilizando el papá de Aníbal.

—Realicemos la lista, yo me encargo —dijo resuelta Gloria.

Al otro día, Gloria entró a la única ferretería que había en el pequeño pueblo.

—¿Qué necesita la maestra? —le dijo aquel viejo gruñón apodado por todos como «Perro Malo».

Gloria le extendió la lista sobre el mostrador, sabiendo que el dinero que llevaba no le alcanzaría.

—No me alcanzará para pagarle todo —dijo secamente Gloria.

—¿Quién le dijo que me lo tenía que pagar? —dijo aquel hombre de gorra y mameluco sucio—. Es solo un préstamo.




—¿¡Un préstamo!? —preguntó Gloria, extrañada.

—Sí, como me oyó: un préstamo.

—¿Y cuándo lo tendré que devolver?

—El mismo día que me muera, ni un día antes ni un día después —dijo el hombre seriamente—, que, dicho sea de paso, no falta mucho. Ese día, si no me encuentra, deje todo en el patio, seguro estará el portón abierto.

Gloria se acercó al viejo ferretero y le dio un beso en la mejilla. Mientras el hombre preparaba el pedido, comentó:

—Sabe, maestra, me hubiera gustado verle la cara al funcionario cuando le dijo de frente lo que todos pensamos y sabemos. Me imagino el momento y me río solo.

—¿Quién le contó? —preguntó Gloria, ruborizada.

—Un pajarito. Bueno, mañana le alcanzaré todo, lo llevaré con la chata.

5

La escuela por fin se terminó. Todos trabajaron la última noche, apurados para poder dar los últimos detalles: las paredes lucían rústicas y blancas como la nieve, contrastando perfectas con el tono claro de la madera; el piso de cemento brillaba como un espejo a fuerza de kerosén, y los pupitres habían quedado como nuevos. El ferretero agregó a su préstamo una salamandra de hierro cuyo tiraje colocó él mismo.

El lunes por la mañana, a las ocho en punto, todos estaban reunidos esperando ansiosos que llegara Gloria frente a la puerta, la cual ostentaba un cartel que decía: «Escuela N.º 5 de la maestra Gloria García». Cuando ella llegó, todos la aplaudieron y Marita le dio un abrazo, un beso y le entregó el mayor de los trofeos que puede recibir una maestra rural: la llave de su escuela. Ese día no hubo clases; se hizo un asado como festejo, que también dio en préstamo el viejo ferretero.

Los años pasaron y los alumnos de la maestra Gloria encontraron su destino: José llegó a ser capataz de una empresa avícola; Aníbal se recibió de ingeniero civil; Florencio fundó un próspero aserradero; Rosalía estudió violín y trabaja en la orquesta estable del Teatro Colón; y Marita, la más chica, fue maestra rural y fundó la primera biblioteca de su pueblo. Una vez por año se encontraban en la vieja escuela sus alumnos, acompañados por sus hijos, para dejar allí un ramo de flores en homenaje a su maestra.

A pesar de estar en pie, las autoridades habían clausurado la escuelita definitivamente por no cumplir con las normas edilicias necesarias para una educación de calidad.

Gloria García, un día de invierno, ya no pudo concurrir a su querida escuela: no por no querer, sino por no poder. Tal vez el viento zonda siga con persistencia tratando de aplacar su espíritu, pero no pudo, porque ella se eleva majestuosa como el águila guerrera de la canción patria:

«Alta en el cielo un águila guerrera

audaz se eleva en vuelo triunfal,

azul un ala del color del cielo,

azul un ala del color del mar».



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