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martes, febrero 24, 2026

LA HABITACIÓN 106 DEL GRAN HOTEL VIENA

 1.


          Esta historia comenzó cuando leí la carta que llegó a mis manos, en un sobre sin remitente; esto decía:


“Señor Francisco, me atrevo a escribirle porque ya estoy grande, y como no tengo familia, cuando yo muera nadie conocerá esta historia, la cual, me gustaría que quedara registrada por alguien.

Debo remontarme a mi juventud, cuando una noche pude ver algo increíble que me persiguió el resto de mi vida. Yo me había empleado como camarero en el Gran Hotel Viena en Miramar de Ansenuza, a orillas del lago Mar Chiquita en Córdoba. Una noche de invierno quedé a cargo del Hotel, porque sus dueños, un matrimonio muy cordial, me pidieron que me quedara un fin de semana fuera de temporada porque no quedaba nadie. Acepté y aproveché la joya del hotel, una biblioteca inmensa con cientos de volúmenes para disfrutar leyendo junto al hogar encendido. Después de cenar me dediqué a mi pasión, la lectura. 

Yo había escuchado de boca de un viejo cocinero del hotel, que en la habitación 106, había un fantasma; jamás le presté atención a esa historia, hasta que esa noche lo que vi aún no puedo olvidarlo.

Desde donde estaba escuche con claridad el sonido de una de las campanillas del viejo sistema de llamada desde las habitaciones; esto no podía suceder, porque no había huéspedes, pensé que podía ser una laucha u otro animal. Cuando fui a ver, era la campanilla de la habitación ciento seis. 

Debo confesar que no me resultó nada agradable la situación, pero la campanilla no dejaba de sonar. Decidí ir a ver, subí al primer piso, recorrí el pasillo y me paré frente a la puerta de la habitación. 

Por costumbre golpee, lo que sucedió después me sigue helando la sangre.

Una voz extraña me dijo que pasara.

Cuando abrí, una mujer de camisón blanco de pelo negro hasta su cintura permanecía parada dándome la espalda, mirando por la ventana. 

​— ¿Quién es usted? —alcancé a decir con un hilo de voz.

​Cuando aquello lentamente dio la vuelta, el aire se congeló en mi garganta. Me miraban unos ojos inexpresivos, dos pozos sin brillo incrustados en una tez pálida y tensa, carente de toda vida. Sus labios morados se contrajeron justo antes de que el horror cobrara forma. ​Abrió la boca y de ella brotó un grito grueso, seguido de un vaho putrefacto. Quise retroceder, pero no pude; estaba atado a esa voluntad desconocida mientras el terror inundaba mi mente por completo.Pensé que este era mi fin, hasta que una sombra se interpuso entre esa criatura y yo. Llegué a ver que esa aparición se diluía en el espacio y yo me desvanecí.

Al despertarme, estaba sobre la alfombra de la habitación con mi camisa pegada a mi cuerpo transpirado. No había nadie, solo estaba la ventana abierta y un viento helado batía las blancas cortinas. Salí de allí pero jamás se lo conté a nadie por temor a perder mi empleo o que me tomaran por loco.

Dos meses después de esta horrible experiencia, sucedieron dos hechos que conmocionaron a todos en el hotel; el primero, fue cuando encontraron muerta a una mujer en su cama, aparentemente por un paro cardíaco y el segundo un hombre que se suicidó de un disparo en su boca. Los dos hechos ocurrieron en la habitación ciento seis. Debo decirle que yo preferí no contar nada, no sé si hice bien o mal.

Después de la inundación devastadora de 1977, el hotel quedó inservible para continuar. 

Cuando me fui del lugar, llevé conmigo un sentimiento de culpa por no contar lo que yo presencié, tal vez se podrían haber evitado esas muertes, jamás me lo perdonaré. Por eso, usted tiene ahora mi testimonio escrito, que al menos disminuye en alguna medida mi carga. 

Si decide investigar, le puedo asegurar Francisco que hoy mismo, allí, entre esas ruinas; existe aún algo maléfico. 

Pedro Ramírez”

2.

Después de meditar unos días, decidí ir a investigar. Era algo muy antiguo y el señor Pedro Ramírez podría no existir, y tratarse  todo de una burla armada para molestar. No obstante mi curiosidad pudo más, llegué con mi camioneta un sábado por la mañana y en la puerta de esa enorme ruina estaba el colorido contingente de personas sacando fotos mientras la guía turística les relataba la historia de esos muros descascarados. Me acerqué al grupo, y recorrimos solo la planta baja porque el primer piso estaba clausurado. Salvo el olor a humedad, y el arrullo de algunas palomas, entre esas paredes no quedaba nada interesante por ver. Alguien del grupo preguntó si era cierto que había fantasmas a lo que la guía repuso qué solo eran habladurías como el hecho de que Adolf Hitler después de la guerra se hospedó allí. Pero sí dejó en claro, que aquellos que quisieran comprobar en persona el tema de los fantasmas, a las veinte horas, otro guía los esperaba para darles una vela encendida y recorrer el lugar, todos rieron. Yo no.

Hice tiempo en el pueblo hasta la hora indicada y después me dirigí allí. Éramos unas diez personas y el guía, un hombre mayor de aspecto extraño, que entregó una vela encendida, sin hacer muchos comentarios, después nos dirigió al hall principal que al proyectarse la tenue sombra de los participantes sobre el piso y las paredes generaba un clima fantasmagórico. 




—Señoras y señores, en primer lugar les pediré por favor que no enciendan sus teléfonos, en este hotel siempre hubo y hay fantasmas. —comenzó diciendo con voz ronca el guía— y a estos entes no les gusta ser molestados. 

Todos quedamos expectantes, y después agregó:

—Muertes extrañas, huéspedes Nasis, y fantasmas, son los recuerdos que guardan estos muros.

—¿Es cierto que aquí se hospedó Hitler?  —preguntó alguien. 

—Sí es cierto  —afirmó el guía—, antes y después que terminará la guerra. 

Esto provocó en las visitas un murmullo de asombro. 

—También se dice que la inundación de 1977, se produjo por una maldición, no he escuchado a ningún meteorólogo que argumente científicamente lo que provocó el desborde de la laguna, pero ocurrió, y esto destrozó el turismo en la zona con las consecuencias de la falta de trabajo para decenas de familias. 

Una vez que la recorrida terminó, todos se fueron. Yo me quedé para poder hablar a solas con el guía. 

—Lo molesto para hacerle una pregunta señor  —le dije a aquel hombre que se colocaba una mochila sobre sus hombros. 

—Usted dirá  —me respondió 

—¿Conoció por casualidad a un empleado del hotel llamado Pedro Ramírez?

—Si, lo conocí, era un muy buen compañero, cuando el agua cubrió todo, los dueños cerraron e indemnizaron al personal, Pedro se fue a Buenos Aires creo, pero nunca más supe de él. ¿Usted es pariente?.

—No, es una historia larga de contar sin importancia  —le respondí al guía—,  una última pregunta, ¿la guía de la mañana, dice que lo de los fantasmas son habladurías, pero usted no, quién de los dos tiene razón?.

El hombre se me quedó mirando unos instantes y después me dijo:

—Ambos tenemos razón, necesitamos decirle al público lo que quiere escuchar, así funciona nuestro negocio. Buenas noches. 

Cuando se alejó el hombre, quedé solo frente al edificio abandonado inmerso en una oscuridad total. Estaba a punto de subir a mi camioneta e irme, pero pensé que no podía dejar de visitar la habitación ciento seis. Encendí mi linterna e ingresé al derruido hotel. La escalera que subía al primer piso parecía estable, la baranda era endeble. Cuando llegué con cuidado al primer piso, escuché el chirrido inconfundible de murciélagos y unos ratones me rozaron el pie. Las puertas de las habitaciones estaban entreabiertas y aún conservaban sus números en bronce. Con la luz de mi linterna recorrí las puertas a partir de la ciento tres, cuando llegué a la ciento seis, esta no tenía número y se encontraba cerrada. Abrí el picaporte y funcionaba, al empujar la puerta el chirrido de las bisagras denotaba que hacía mucho tiempo que nadie había entrado allí. 

​Cuando logré abrirla, un tufo espeso a podrido y humedad me invadió. Con el foco de luz recorrí lentamente aquel espacio: estaba repleto de muebles y objetos desvencijados; en la ventana aún colgaban retazos de cortinas sin color. Cuando le di la espalda a ese lugar que seguramente guardaba cientos de historias, algo me tocó el hombro. Me sobresalté y giré de inmediato con mi linterna. A escasos centímetros de mí, el rostro de una mujer me miraba con una sonrisa de espanto; era un amasijo de huesos, pelos y piel seca.