Ya habían pasado tres horas y no existían evidencias de que el resultado fuera acertado. Todo lo que se podía hacer era intentar de nuevo pero comenzando desde arriba hacia abajo. Así lo hicieron después de quitar todas las hojas secas.
Ya estaba por oscurecer cuando terminaron, el riesgo de que no funcionara implicaba abandonar todo el proyecto y buscar otro lugar tal vez del otro lado del Atlántico o en lo profundo de la selva amazónica.
—¡Hagámoslo! —dijo Pedro Ricardo Cuenca.
Ambos se vieron por última vez, cuando Federico Elviro Rosas pateó la piedra que sujetaba el enorme resorte, el piso se hundió; sabían que no había vuelta atrás. Un viento infernal de fuego y gases se elevó por sobre las nubes.
El último pensamiento de Pedro estaba mezclado con la pena por haber comprendido tan tarde la verdad y la serena sensación de haber cumplido. En cambio Federico estaba embriagado de venganza.
Lo que ocurrió después, a nadie le importó. El telón se cerró y se encendieron las luces de la sala del teatro.
—Jamás imaginé que sería tan mala.
—No siempre se acierta.
La pizzería estaba atestada de gente, pidieron una completa con fainá y cerveza. La comieron de pie entre empujones y risotadas de unos jóvenes algo insolentes.
Cuando salieron la avenida estaba repleta de automóviles, caía la tarde y se escuchaba desde la playa música clásica, allí fueron y unas cien personas en traje de baño, de pie, escuchaban a una orquesta impresionante tocando el famoso vals “del minuto” de Chopin. La vestimenta formal de los músicos contrastaba con la colorida mezcla de las prendas de los turistas. De pronto, una ráfaga de viento complicó todo; las partituras sobre los atriles se volaron esparciéndose por la playa, también sufrió el mismo percance la peluca del director, los músicos dejaron de tocar y salieron corriendo a buscar los papeles, la tarea fué infructuosa, muchas hojas cayeron al agua y el mar se las llevó. La decepción de los artistas desentonaba con las carcajadas de los turistas.
Daniel dejó de escribir y cerró su libreta a la que llamaba de ideas locas; se quedó mirando por la ventana del bar como la lluvia convertía al tráfico en un espectáculo distinto. Lo ocurrido con Nora era irremediable, desde el primer día supo que su relación no llegaría a nada, aunque meditó que con Laura, con Ester y con Noemí pasó lo mismo. Se lo diría a su psicólogo, pero sabía sin necesidad de tener que pagar a un terapeuta que era él quien provocaba las rupturas.
Julia después de terminar de escribir la última frase la releyó, tratando de encontrar un hilo conductor para la segunda oración pero con decepción y bronca borró toda la página. Jamás sería una escritora, jamás podría escribir algo distinto, interesante, fresco, nuevo. No podía concebir que su vida debía de ser vulgar: casarse, tener hijos, hacer las compras, acomodar el placard, preparar el desayuno, tender la cama.
“¡No por Dios!, ¡qué fastidio!. No quiero que mi vida sea eso. No quiero”. Pensó para sí desesperada.
—Si usted no deja de fumar señor Perez, no puedo hacer nada. Es indispensable que deje el tabaco. No existe una receta o remedio mágico. Depende de usted.
Cuando salió del hospital, en la vereda encendió un cigarrillo y tiró el resto del paquete a un cesto de basura. Comenzó a caminar pensando en su edad, en lo que dejaría si muriera, no tenía miedo, solo la preocupación de no poder dejar a su familia en una situación cómoda; Elvira debería ir a trabajar, ¿pero de qué?, nunca trabajó y sus hijos aún eran demasiado chicos para colaborar. Tal vez aceptaría esa propuesta de Ernesto, era quitarle el dinero a un ladrón, solo debía dejar las llaves de la caja fuerte en el cajón, llamarlo, y al otro día tendría una fortuna depositada en un banco de Grecia. Pero si salía mal, todo sería peor, un desastre.
La sala de espera tenía sillas de aluminio con el tapizado gastado, y el parquet ya no brillaba y seguramente no volverás a brillar nunca más. Daniel llegó una hora antes pero ya había tres candidatos mucho más jóvenes que él esperando. La secretaria fingiendo una sonrisa lo invitó a sentarse, justamente el lugar que eligió estaba próximo a una ventana, y de pronto un golpe de aire levantó el cortinado tapándole la cara; se la quitó de encima con fastidio pero de reojo le pareció que uno de los jóvenes se había tentado, al poco rato nuevamente lo mismo, ahora los tres que esperaba no pudieron soportar la tentación de risa, esto ofuscó Daniel que se levantó y se cambió de lugar. Sonó el portero y la secretaria le abrió a alguien, cuando abrió la puerta de la sala de espera eran cinco candidatos más, dos chicas y tres muchachos, todos más jóvenes que él.
La solicitud decía “ingeniero/a calculista con experiencia mínima de cinco años”, él superaba ampliamente los treinta y cinco, sería lo único que podía esgrimir ante cualquier pregunta, pero también sabía que la inteligencia artificial estaba dejando un tendal de desocupados, incluidos los que tuvieran título universitario. Mientras se prolongaba la espera, comenzó a pensar en la cantidad de empresas que lo habían despedido, no por incapaz, el problema era su temperamento; ante las presiones se irritaba al punto de perder los estribos, e insultar al que se le pusiera enfrente. De pronto comenzó a sentir calor y un sudor frío recorrió su espalda, la vista se le nubló y después no pudo soportar el mareo. Se desplomó en el piso ante la sorpresa de todos los presentes.
Cuando el subte se detuvo, Ignacio se colocó su careta y subió, todos los pasajeros llevaban la suya colocada, excepto una pareja de jóvenes desalineados, vestidos con ropa negra; se veían felices riendo y hablando. En las dos estaciones siguientes subieron más personas con caretas, el último tramo del viaje fué un calvario estaban todos apiñados. Cuando se abrió la puerta automática del vagón se llenó de gente que caminaba hacia las escaleras mecánicas para enfrentar un nuevo día laboral. Una vez en la calle, colectivos y taxis circulaban con personas con careta, en las veredas miles de transeúntes caminaban apurados sosteniendo sus caretas. En el aeropuerto, el vuelo que llegaba desde Brasil se detuvo frente a la manga, cuando abrieron la puerta de la nave, bajaron los pasajeros con sus equipajes de mano; todos llevaban caretas.
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