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jueves, noviembre 05, 2026

CODICIA

 «La codicia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer la necesidad, sin llegar nunca a la satisfacción».

Erich Fromm


          Después del entierro del abuelo de Lucio, su padre le pidió que fuera a la casa de campo para ordenar todo aquello; la idea era vender la propiedad porque la situación económica de la familia no era buena. Lucio apreciaba muchísimo a ese hombre que de chico siempre lo vio trabajando en su laboratorio; lo recordaba entre los tubos de ensayo, mecheros encendidos, balanzas y ese olor a metales fundidos; para él, todo ese lugar era un entretenimiento apasionante, tal era su entusiasmo por esa actividad que lo llevó a estudiar química como su abuelo. Don Pedro, así lo llamaban al abuelo, no vivía de su profesión de químico; todo el dinero para mantener a la familia provenía de alquilar el campo para la explotación agropecuaria; esto le permitía hacer lo que realmente le apasionaba: trabajar en su laboratorio. Lo curioso era que nadie sabía qué hacía allí, ni siquiera el padre de Lucio. En una oportunidad, cuando Lucio estaba por terminar la carrera, su abuelo quiso hablarle; se encontraron en la casa, salieron a dar una vuelta caminando y esto le dijo:

—Lucio, tú eres mi único nieto, y me enorgullece que hayas estudiado esta profesión que yo abracé desde muy joven. Cuando enviudé, mi actividad me permitió salir de una profunda depresión; tu abuela era todo para mí, todo.

El laboratorio y la biblioteca son una parte muy importante de mi vida; debo reconocer que estoy grande, por eso quiero contarte algo: estoy a muy poco de poder descubrir algo que puede ser una invención extraordinaria; esta búsqueda me ha llevado muchísimos años; lo que pretendo es que puedas disfrutar este descubrimiento, que será mi herencia, y tú eres el único en nuestra familia que podrá aprovecharlo. —Cuando el abuelo de Lucio le contaba esto, se detuvo y, mirando hacia la casa —la cual era una mansión de ladrillos a la vista y tejados negros—, le dijo:

—Quiero, querido nieto, que esta propiedad la puedas disfrutar junto a tus padres, y cuando tengas tu propia familia, deseo que tus hijos jueguen en este mismo suelo que estamos pisando.

Al poco tiempo de esta conversación, el destino quiso que el abuelo de Lucio enfermara y jamás se pudiera recuperar; el ACV destruyó su mente privilegiada, y ya no pudo comunicarse con su apreciado nieto.

Cuando Lucio llegó a la casa, esta se encontraba un poco deteriorada y con olor a encierro, pero aún conservaba el esplendor de tiempos pasados; el enorme reloj de pie del comedor aún hacía sentir sus campanadas en el horario preciso.

Después de abrir el ventanal principal que miraba al campo, se dirigió al lugar que más le agradaba: el laboratorio. Este ocupaba todo el altillo de la casa. Cuando entró allí, le impresionó lo prolijo que estaba todo, nada fuera de lugar: frente a la ventana, el enorme escritorio junto a la biblioteca con cientos de libros. Instintivamente, Lucio se sentó en ese sillón, y sobre el escritorio hasta los lápices estaban en su sitio; en el sujetador de papeles solo se observaba un sobre blanco, el cual tenía algo escrito: «Para Lucio, con todo mi afecto». Cuando lo abrió, vio que su abuelo le había dejado esta carta:


"Querido Lucio: cuando leas esto, yo ya no estaré en este mundo y tú serás un químico como tu abuelo. Estoy seguro de que esto que te dejo como mi único legado sabrás aprovecharlo de la mejor forma, pero solo te recomiendo una cosa: no abuses de este conocimiento porque, si lo haces, tu vida estará en peligro; recuérdalo muy bien.

En el último cajón izquierdo de este escritorio encontrarás una llave debajo de un falso fondo; con ella podrás abrir una caja de roble que se encuentra escondida detrás de la biblioteca; allí encontrarás el trabajo de toda mi vida. Tú podrás entender y replicar mis conocimientos cuantas veces lo quieras hacer.

Tu abuelo Pedro"


Lucio abrió ese cajón y encontró la llave, pero la biblioteca de su abuelo ocupaba tres paredes del altillo, desde el piso hasta el techo, y contenía cientos de libros de todo tipo y en varios idiomas. Después de recorrer con su vista toda esa superficie repleta de lomos de todos los colores, le pareció que sería imposible encontrar esa caja detrás de ella; tendría que retirar todos esos libros para poder hallar algo. Sin embargo, después de un rato, observó algo que no respetaba el orden: en el estante más alto, cinco libros estaban ubicados en forma horizontal; todo el resto de ese universo estaba acomodado en forma vertical. Lucio se subió a la escalera y pudo alcanzar el lugar. Cuando retiró los libros, allí estaba: una caja empotrada en el muro con cerradura. Al abrirla, sacó un viejo libro, una libreta de anotaciones y una cajita de madera azul. Después de depositar todo sobre el escritorio, comenzó a ver de qué se trataba todo aquello: el título del libro decía La piedra filosofal de Isaac Newton - Opus Magnum. Cuando lo abrió, las hojas estaban muy deterioradas y presentaban muchos párrafos subrayados; se podían ver muchos dibujos y gráficos. Después abrió la libreta e inmediatamente reconoció la letra de su abuelo; en la primera hoja se leía:

Instrucciones para modificar la estructura molecular de los metales:

Platino 78 - Oro 79 - Mercurio 80

Fórmula 1: 56 / 678 / 1000 = X x Y x 53%

Fórmula 2: 58 / 679 / 1001 = X x Y* x Y*

Fórmula 3: ………….

Las fórmulas se sucedían unas a otras colmando todas las páginas de esa libreta; eran fórmulas químicas muy complejas que Lucio solo comprendió en parte, ya que la mayoría requería ser estudiadas detenidamente. La sorpresa vino cuando abrió la cajita azul: en su interior había tres piedras colocadas cada una en un orificio acorde a su tamaño: una se asemejaba a un grano de arroz; otra, a un garbanzo; y la última, similar a una aceituna. Las tres tenían un color inconfundible: era el color del oro.

Ver todo esto, le hizo comprender a Lucio que  el motivo de aquella charla en la que su abuelo le dijo que le dejaba su legado. El legado de su abuelo era haber conseguido aquello que durante miles de años el hombre intentó alcanzar sin éxito: fabricar oro.

Lucio era un joven soltero, y su contextura física, igual a la de su abuelo: alto y muy delgado, de cabello negro y nariz aguileña. Ante este enorme descubrimiento, decidió quedarse a vivir en la casona para estudiar todo lo que esa libreta contenía. Después de avisar a su familia, armó un catre en el mismo laboratorio. Luego de estudiar durante varias semanas aquellas intrincadas fórmulas, no podía comprender cómo su abuelo materializaba todo ese conocimiento para conseguir el preciado metal, porque en la información se indicaba la necesidad de someter a determinadas sustancias a temperaturas muy altas y al vacío, algo que, sin un horno industrial y una bomba de vacío, era imposible de conseguir.

Una tarde en la que ya pensaba que jamás podría lograr lo que aparentemente consiguió su abuelo, decidió ir a caminar por el parque. Cuando estaba arrojando unas piedras al estanque, se le ocurrió que su abuelo debía de tener otro laboratorio secreto, pero se preguntó en dónde podría estar, y él mismo se respondió: «En algún lado oculto».

Empezó a sacar libros de la biblioteca, a correr aparadores de la casa, a mirar debajo de las camas, a golpear paredes para encontrar algo hueco y a levantar alfombras, pero nada pudo encontrar. Por fin, se sentó frente al escritorio, exhausto; cuando la impotencia le hizo dar un golpe con su zapato al piso, este sonó a hueco: allí debajo algo había. Con mucho esfuerzo corrió el mamotreto de madera, y allí estaba: una pequeña tapa. Al abrirla, una escalera bajaba hasta perderse en la oscuridad.

Sin dudarlo ingresó a esa habitación y, al encender la luz, no podía salir de su asombro: allí su abuelo había montado una pequeña fábrica; embudos metálicos y cañerías, adosadas a máquinas y equipos de todo tipo, ocupaban todo el lugar. Evidentemente, su abuelo había logrado fabricar oro.

En un primer momento, Lucio no llegó a darle la verdadera magnitud a esta posibilidad extraordinaria, pero cuando reaccionó y se dio cuenta de que podía conseguir todo el oro que se le ocurriera, comenzó a entender que, si lo deseaba, podía llegar a ser el hombre más rico del mundo.

Después de un largo mes de trabajo en ese laboratorio oculto, Lucio estaba listo para realizar la primera prueba: debía completar treinta pasos, con volúmenes de mercurio y platino, fundiendo y mezclando estos metales con sal y arena. Era necesario pesar cada uno de los materiales del proceso con exactitud y utilizarlos en el justo porcentaje indicado en la vieja libreta de su abuelo. Por fin, un espeso metal fundido recorrió una canaleta de barro y se depositó en un recipiente; ahora era necesario esperar ocho horas. La impaciencia de Lucio era insoportable; esas horas no transcurrían más. Salió de allí y se fue a caminar; por fin regresó para ver el resultado, pero cuando observó ese recipiente, solo había una piedra de carbón negro. Su frustración fue enorme; de la rabia e impotencia, tomó esa piedra de carbón y la arrojó contra la pared, pero el golpe hizo que saltara su recubrimiento. Para asombro de Lucio, pudo ver deslumbrado que una enorme piedra de brillante oro quedó descubierta en el piso.

Sin mucho esfuerzo, Lucio podía fabricar treinta kilos de oro por semana y ser el hombre más rico del planeta; solo era cuestión de tiempo.

El inconveniente que surgió de inmediato fue el siguiente: Lucio podía acumular muchísimo kilos de oro —todo el que quisiera—, pero para vivir normalmente las transacciones se tienen que hacer con dinero, y para esto necesitaba cambiar su valioso metal por billetes.

Cuando comenzó a cambiar el oro por dinero, en la tercera transacción, el dueño de la casa de cambio —que era la única del pueblo— empezó a sospechar de Lucio.

Fue entonces cuando se le ocurrió comprar una mina, por lo que viajó a la provincia de Salta; allí se contactó con un empresario y consiguió comprar una mina abandonada. Ni siquiera se molestó en conocerla; solo le interesaba poseer la escritura para justificar de dónde provenía su oro.

La fábrica artesanal de oro de Lucio marchaba de maravilla: una vez por mes cargaba su producción en su auto, cambiaba el oro por dólares y los depositaba en el banco.

Al cabo de dos años, Lucio había acumulado una fortuna; era un hombre reservado, no tenía amigos ni conocidos, solo trataba con su familia directa, a la que prácticamente durante ese último tiempo no iba a visitar. La razón era que no quería perder un solo día de trabajo acumulando el oro de su producción. Sus padres estaban preocupados por él, porque Lucio siempre había demostrado ser muy compañero, pero últimamente había cambiado y ni siquiera los llamaba para ver cómo estaban o intentar reunirse un fin de semana; la excusa era siempre la misma: estaba haciendo un posgrado de química y en la biblioteca del abuelo estaba todo el material que necesitaba, por lo que permanecería allí hasta terminar.

En uno de sus últimos viajes a la ciudad para vender su oro y depositar el dinero, el gerente quiso hablar con él y le advirtió que debería presentar algunos documentos que respaldaran esa cantidad enorme de dinero, ya que se había convertido en el cliente principal del banco y desde la casa central lo solicitaban. Por este motivo, Lucio comenzó a acumular el oro en bolsas de quince kilos y a apilarlas en el laboratorio; por esta razón ya no salía de allí, solo atendía a los proveedores de platino, mercurio, sal y arena que traían la mercancía una vez por mes.

Cuando se levantaba por las mañanas, el olor a metales fundidos lo hipnotizaba, llegando al extremo de no desayunar para continuar produciendo ese metal que lo cautivaba. Las bolsas de oro se fueron acumulando al pasar de los meses, y el altillo resultó chico, por lo que comenzó a juntarlas en el comedor. Lucio comía muy poco o nada; tampoco se higienizaba, y su barba y su cabello negro habían crecido muchísimo y en forma desprolija. Sin darse cuenta, se convirtió en un andrajoso; su ropa estaba descolorida y sucia, y atendía a sus proveedores oculto tras una ventana: una vez que hubieran descargado el material, extendía el dinero en una bolsa sujeta a un palo para que no lo vieran. 




Sus fuerzas comenzaron a disminuir por la mala alimentación, y mover esas bolsas cada vez le costaba mucho más, pero no deseaba detenerse; incluso trabajaba hasta muy tarde y, más de una vez, hasta el amanecer.

Sin que se diera cuenta, el entrepiso del altillo —que era de madera—, por el enorme peso del oro acumulado, comenzó a doblarse y crujir.

Una tarde, un automóvil se detuvo en el frente de la casa; después, alguien en la puerta golpeó sus manos. Cuando Lucio se asomó sin mostrarse, reconoció a su tía Laura, la cual le traía una muy mala noticia: sus padres habían muerto en un accidente. A pesar de esto, solo le agradeció a aquella mujer acongojada y, sin atenderla, le arrojó a sus pies una bolsa con pepitas de oro. La señora, sin decir más, solo miró esa bolsa con indiferencia y, sin tomarla, se subió al automóvil, que arrancó de inmediato. Cuando el coche se perdió de vista, Lucio salió, tomó del piso la pequeña bolsa y la ingresó.

Lucio pensaba que, cuando tuviera acumulado el oro suficiente, no necesitaría trabajar nunca más y disfrutaría de la vida; solo que, durante el interín, se había convertido en esclavo de sí mismo.

Las bolsas con oro ocupaban todas las habitaciones de la casa, y día a día eran arrastradas por un hombre maloliente y hecho harapos.

Los proveedores de los insumos llegaban regularmente con su carga, pero comenzaron a sospechar cuando, en lugar de recibir el dinero pactado, empezaron a recibir bolsas con oro por una cantidad muy superior a la prefijada. Como suele ocurrir, uno de ellos —el proveedor de arena— supuso, como es lógico, que en esa misteriosa casa algo raro estaba pasando, porque nadie puede pagar tanto por solo recibir arena con oro. Una vez más, la ambición de un delincuente lo llevó a cometer el error de comentarle esto una noche, pasado de copas, a un supuesto amigo.

De inmediato, cuatro astutos malvivientes se organizaron para ir esa misma noche a la casa del misterio.

Lucio, después de esa jornada de intenso trabajo, había caído rendido sobre sus miles de bolsas. Cuando los malhechores ingresaron a la casona, no podían creer la cantidad de bultos que se acumulaban en los ambientes; uno de ellos abrió un par y, al iluminarlas con su linterna, el brillante metal lo deslumbró. Abrieron otras, y otras, y otras: allí había miles de kilos de oro acumulado. Era tanta esa fortuna que debían pensar de qué modo podían trasladar todo aquello.

La respuesta fue inmediata: debían dejar toda esa fortuna allí, apresar al dueño de casa y encerrarlo. No tuvieron inconveniente para este último paso: a Lucio lo encontraron enseguida —o lo que quedaba de él, porque solo era un conjunto de pelos, piel y huesos—.

En los días siguientes, los cuatro ladrones comenzaron a comercializar las bolsas de oro sin mayores inconvenientes; los bolsos con dinero ahora se acumulaban en la casa en lugar de las bolsas con oro. Lucio murió a los pocos días de estar encerrado debido a su estado de desnutrición, pensando que era el hombre más rico del mundo; lo enterraron en el patio trasero sin siquiera colocar en su tumba una cruz.

Los cuatro delincuentes, como todos los ladrones, presumían de su riqueza mal habida y la ostentaban desplazándose en lujosas y enormes camionetas, a las que cargaban con bolsas de oro y de las que regresaban con bolsos repletos de dólares. Pero, por lo general, nada en la vida dura para siempre, y un buen día un camión policial llegó a la casona con diez efectivos y se llevaron a los cuatro malvivientes esposados, directo a la cárcel.

Allí encerrados, aún no comprendían cuál era la causa por la que los descubrieron; ellos solo cambiaban oro por dinero, ¿qué podía tener de malo tal cosa?, se preguntaban. Cuando escucharon los cargos, tampoco podían comprender...


En verdad, estimado lector, todo en esta vida tiene una explicación cierta, y yo se las contaré.

Lamentablemente, cuando Lucio encontró oculta la libreta de su abuelo, una última hoja se salió y quedó perdida en aquel cajón de roble, y esto decía:


«Querido nieto:

Si tú has podido llegar hasta aquí, tienes en tu poder todos mis secretos; pero, como comprenderás, me falta el último tramo de mi extraordinario descubrimiento. Solo puedo lograr convertir estos metales en oro por un período máximo de seis meses; pasado ese tiempo, las moléculas del oro que obtengo se degradan y se convierten en una aleación de metales totalmente inservible y sin valor alguno. Espero, estimado nieto, que tú puedas encontrar mi error; si lo logras, serás el hombre más rico de este mundo.

Con todo mi aprecio, tu abuelo Pedro».


FIN DE ESTA HISTORIA 

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