CASA ROSADA - DESPACHO PRESIDENCIAL
—Comunícame con la Fuerza Aérea.
—Enseguida, Presidente.
—Brigadier, ya tenemos el componente, pero nos queda muy poco tiempo, dos días como máximo. ¿Es posible hacerlo? ¿Contamos con los aviones suficientes?
—Sí, Presidente. Tenemos los Pampas; necesitamos una noche para los preparativos y podemos atacar de inmediato, solo nos debe dar la orden.
—Bien, Gustavo. Que Dios nos ayude. Comencemos. Las dosis están llegando en formato de dardo como usted me pidió; quiero estar al tanto de todo.
—Así se hará, Presidente. Fijemos como hora de ataque las 6:00 a. m. de mañana lunes.
—Perfecto, Brigadier. Mantendré la radio abierta para escuchar todo.
Cuando esta conversación terminó, el jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina ordenó a su subalterno comenzar con el plan “Leloir-70”.
En la base Reconquista, el operativo generó un movimiento de personal enorme: se abrieron las puertas de los hangares, los pilotos subieron a los aviones para sacarlos y realizar los protocolos de rutina, mientras el controlador de vuelo, junto a dos asistentes, miraba sus monitores y los informes climáticos para verificar las condiciones del despegue programado.
A las diez de la noche llegó a la base un vehículo fuertemente custodiado, guiado por una docena de motos policiales y dos micros con agentes de seguridad. Eran las dosis de “Leloir-70”. Las mismas se bajaron del camión que las transportaba con mucho cuidado y se distribuyeron cinco en cada avión.
A las seis de la mañana en punto, se impartió la orden de comienzo de la operación.
Uno a uno, los cinco aviones Pampa despegaron mientras se sentía el rugir de sus turbinas, para después perderse entre las negras y espesas nubes.
—Atención base, atención base —se escuchó en la radio, la cual se replicaba en la Casa Rosada, en la sala de situación de la Aeronáutica y al jefe de la operación.
—Lo escuchamos, Pampa 1. Adelante.
—Estamos próximos al primer objetivo, ya lo estoy viendo. Se observa una gran semiesfera traslúcida de color naranja y azul, que posee una especie de brazos en su parte inferior. ¿Pueden verlo en sus monitores?
Todos los monitores conectados veían exactamente lo que el piloto transmitía. El sol despuntaba sobre las nubes, iluminando una criatura gigantesca que se movía con suavidad.
—Pampa 2, realice un vuelo rasante por encima de la criatura —ordenó el jefe de la operación.
Cuando el segundo avión pasó por encima del objetivo, todos pudieron observar su tamaño comparándolo con el del avión.
—Son gigantescos —se asombró el Presidente—. Si el componente “Leloir-70” no da resultado, será el fin.
El secretario del Presidente no salía de su asombro.
—Pampa 1, realice usted el primer disparo.
—A la orden, comandante.
En las pantallas se observaba la mira del avión apuntando a un ser siniestro y desconocido, hasta que una estela luminosa se incrustó en esa masa deforme.
—¡Impacto en el objetivo! —confirmó el piloto—. Continuaremos volando en círculos para observar y filmar si le afecta.
Todos quedaron expectantes esperando la reacción de la criatura, que por el momento no daba signos de ningún tipo.
ESA MISMA MAÑANA EN BAHÍA BLANCA
Después de trabajar toda la noche, Alberto, Felipe y su tío pudieron poner en condiciones los dos vehículos, pero faltaba la prueba de fuego: que arrancaran.
—Vamos a probar con la F-100 primero —dijo Alberto, para después preguntar—: ¿Quién tendrá el honor?
—Me encantaría ser yo quien la ponga en marcha —dijo Juan.
—Adelante, tío, es toda suya.
Juan se sentó al volante y recordó esos años de su juventud recorriendo aquellos caminos de tierra que unían a decenas de pueblos. Después de colocar la llave, con su pie derecho hundió el pedal del acelerador dos veces y, cuando le dio arranque, el primer intento fracasó; pero en el segundo, los viejos cilindros del motor comenzaron a moverse para ya no detenerse. El sonido del motor regulando hizo que los tres hombres aplaudieran satisfechos.
Felipe se subió al Rastrojero y, en el primer intento, después de largar por su caño de escape una bocanada de humo negro, quedó regulando.
—¡Triunfamos, señores! —gritó Alberto para la algarabía de todos, incluido Pedro, que no paraba de ladrar.
Con dos vehículos podrían seguir el viaje al sur.
Los preparativos fueron rápidos: suficiente comida preparada por las mujeres para un par de días, agua y abrigo.
La F-100 la conduciría Felipe, llevando a las mujeres y a los dos perros en la caja, y en el Rastrojero viajarían Alberto y Juan, llevando todos los víveres en la caja.
A las seis de la mañana en punto estaban saliendo de Bahía Blanca.
EN ALGÚN LUGAR SOBRE LAS ESPESAS NUBES
—Atención base, atención base.
—Lo escuchamos, Pampa 1.
—Ya han pasado quince minutos y no se observan cambios en el objetivo, pedimos instrucciones para regresar.
—Regresen, escuadrón Pampa; repito, regresen, escuadrón Pampa.
El Presidente, en su despacho, pegó un puñetazo en su escritorio:
—¡Maldición! No puedo creer que el antídoto no funcione. Almirante, aguardemos cinco minutos más.
—Atención, escuadrón, rectifico la orden —dijo el Brigadier de inmediato—. Sobrevuelen el objetivo cinco minutos más.
—A la orden, señor.
Las naves continuaron volando en círculos cuando, de pronto, se escuchó un sonido muy extraño, similar al gemido de una ballena franca bajo el agua.
—¡Atención base, atención base!
—Adelante, Pampa 1.
—Estamos observando un leve cambio de color y están apareciendo en su piel llagas que desprenden un líquido amarillento. Ahora, varios sectores de su piel comenzaron a englobarse y después estallan, formando un polvo amarillo que se esparce en el aire.
Todos observaban desde sus monitores lo que el piloto veía en primera persona. El Presidente se puso de pie y exclamó:
—¡Se está muriendo, no cabe duda!
—Ahora se ha convertido en una masa inerte que se pulveriza y degrada sobre las nubes —exclamó el piloto.
El Brigadier impartió una última orden al jefe de operaciones y este la transmitió:
—Atención, escuadrón, continúen con el mismo ataque al resto de las criaturas. Recuerden que solo cuentan con un dardo para cada una; no hay más, no podemos fallar.
—Entendido, comandante. Tenemos las coordenadas y procederemos.
El Presidente lloraba de emoción:
—Comuníqueme con el instituto... ¡Profesor, lo logramos! El “Leloir-70” dio el resultado esperado! Mis felicitaciones y reconocimiento para su institución.
CAMINO AL SUR DESDE BAHÍA BLANCA
La camioneta F-100 avanzaba a buen ritmo; detrás venían Alberto y el tío Juan en el Rastrojero.
—Debo agradecerle, Juan, porque gracias a usted hemos podido continuar nuestro viaje. Le voy a ser franco: no sé si podremos zafar de esta situación, pero al menos lo intentaremos.
—El agradecido, Alberto, soy yo. Pensé que mis días habían terminado hasta que ustedes llegaron. Aunque no lo crea, haber puesto en marcha estos cacharros con ruedas me regresó a mi juventud; le aseguro que tengo renovadas ganas de vivir. Y vivir, estimado amigo, también implica enfrentar lo que venga, lo cual es mejor que bajar los brazos.
—Así es, Juan. ¡No nos rendiremos!
—A propósito, Alberto, estaba pensando que tal vez, si esto termina bien... He notado que usted sabe mucho de mecánica y, como me comentó que vivían de su jubilación, que todos sabemos que aquí en Argentina es magra (incluida la mía), le propongo un emprendimiento.
—¿Qué me propone, Juan?
—Mire, yo conozco infinidad de pueblos donde, si uno busca, encuentra todavía autos viejos. Los compramos, los llevamos a mi galpón para arreglarlos y después los vendemos. Estoy seguro de que a mi sobrino le gustaría; vi sus ojos cuando la chata arrancó y el empeño que puso para arreglarla.
—Me interesa, Juan, me gusta mucho su propuesta. Hace unos años que quería cambiar de vida, para mí sería una oportunidad.
—¡Trato hecho! —dijo Juan, y ambos hombres se dieron la mano.
En la F-100, la madre de Ester miró hacia atrás y vio cómo los dos perros disfrutaban del viaje con sus orejas revoloteando por el viento.
—Ellos solo disfrutan de su vida, qué afortunados... En cambio nosotros vivimos alterados, con miedo y padeciendo injusticias.
—No seas tan negativa, mamá. Con un poco de suerte encontraremos un lugar para estar tranquilos.
Felipe le tomó la mano a su novia; en ese preciso momento, una llovizna amarillenta cubrió el parabrisas.
—¿Qué será eso? —preguntó en voz alta Felipe.
—¡Dios mío! —exclamó asustada la mamá de Ester—. Miren el campo, eso que cae lo cubrió todo.
Felipe detuvo la camioneta en la banquina y detrás paró Alberto con el Rastrojero.
El tío de Felipe pasó su mano por el parabrisas y, al mirar la palma de su mano, la misma se había teñido de amarillo.
—Parece polen de alguna planta, pero es imposible en esta cantidad.
—¿No será tóxico? —preguntó la mamá de Ester tapándose la boca.
—No creo —dijo Alberto—, no tiene olor.
Cuando todos estaban hablando sobre esta extraña lluvia, una leve brisa del este comenzó a soplar, arremolinando esta rara sustancia y acumulándola sobre la banquina.
En un momento, los perros comenzaron a ladrar muy fuerte, mirando hacia algún lugar del horizonte.
—¿Qué es eso? —preguntó Ester.
Todos miraron y vieron nítidamente cómo, cerca del horizonte, la ruta se iluminaba.
—¡Es el sol! —exclamó Juan—. ¡Es el sol!
Todos se abrazaron, los perros ladraban moviendo sus colas, y ahora la brisa se había convertido en un persistente viento que los despeinaba y hacía mover los secos cardos del campo.
Un viento seco y frío comenzó a soplar, empujando las nubes negras y espesas hasta hacerlas avanzar lentamente. El mal tiempo había terminado.
FIN
Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."






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