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sábado, agosto 08, 2026

UN ATARDECER EN PRIMAVERA

 «Los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo».

León Tolstói (1828 - 1910)


—Tú no entiendes nada, hermano; los automóviles revolucionarán el mundo, la tracción a sangre no existirá y te puedo asegurar que el hombre podrá volar —le decía Germán a su hermano con medio cuerpo dentro del motor de su automóvil.




—Puede ser, hermano, pero ¿para qué tanto entusiasmo si en las plantas y en las flores se puede encontrar la felicidad? —le replicaba Adrián a su hermano—. Yo imagino un mundo no de ruidosos motores; mejor sería de calma, fragancias y poesía.

—¿¡Fragancias y poesías!? Pareces una niña enamorada, no un hombre. A los hombres nos gustan los motores, el ruido, la velocidad y desafiar a la muerte.

—No soy una niña, pero sí estoy enamorado; lo estoy de mi jardín, mis plantas, mis flores y el suave sol de la primavera.

—Es inútil, hermano, jamás podremos estar de acuerdo: tú eres un romántico y yo soy un aventurero.

—En ese punto estamos de acuerdo: somos lo opuesto, el blanco y el negro. Pero de todos modos te aprecio, hermano; tú eres como nuestro padre y yo soy como mamá.

—Yo también te quiero, hermano, a pesar de que tenemos gustos tan distintos —le respondió Germán a su hermano, incorporándose y apuntándole con una llave inglesa—. Una cosa, Adrián: ¿podrás acompañar a mamá al médico?

—Sí, siempre lo hago.

—Sí, es cierto, pero ayer, cuando le fui a pedir una toalla, me trajo una remera; le reiteré el pedido y regresó con un vaso con agua. ¿Tú has notado algo similar alguna vez?

—Muchas veces, querido hermano. Hace casi un año que empezó con eso, y el médico me dijo que se trata de reblandecimiento cerebral: no tiene cura, es por la edad. Debemos ir pensando en que la perderemos.

—¿¡Por qué no me lo comentaste, hermano!?

—Te lo dije, pero tú estabas entusiasmado con la carrera y ni siquiera lo registraste.

—¡Cómo no voy a registrar tal cosa! ¡No puede ser!

—Tu cabeza estaba ocupada al cien por ciento en el motor de tu auto, y me pareció que, como no hay remedio a la ley de la vida, era mejor así.

—¿Mejor así qué?

—Eso, que continúes disfrutando de tu vida.

—¿Qué haremos, hermano? —le preguntó Germán apesadumbrado—. ¿Quién la cuidará?

—Ya me ocupé yo, y el mes próximo vendrá una señora a estar con ella todo el tiempo.

—¿Cómo lo tomó papá?

—Lo tomó como él y tú toman las cosas: me hizo exactamente la misma pregunta: «¿Quién la cuidará?».

—Es decir, que ambos estamos preocupados.

Adrián miró a su hermano con cierta resignación, tomó su cajón de jardinería y después dijo:

—Así es, hermano: todos estamos preocupados, incluidos ustedes dos.

Dos años después de la muerte de su madre

—¿Cómo está papá, Adrián?

—Delicado, pero bien. Me pregunta todas las noches cuándo vendrás a verlo.

—Pronto. Lo que ocurre es que con la fábrica no me queda mucho tiempo y es un viaje largo.




—Son cuatrocientos kilómetros. Con tu auto en cuatro horas estarías aquí, te quedas una noche y al otro día estarás de regreso.

—Tal vez el mes próximo, hermano.

—¿Cómo estás tú?

—Yo bien, cuidando a papá, la casa y el jardín; tengo para entretenerme de lunes a lunes —decía Adrián mientras le secaba la boca a su padre, apartando su taza de té.

—Qué bien, Adrián. Una cosa más, hermano: si necesitas dinero, solo debes pedírmelo, la cantidad que sea.

—Por ahora está todo bajo control; si necesito, te aviso.

—Excelente. Tengo que cortar, los chicos están peleando y Nora está a los gritos. Mi familia es una constante locura.

—Dales mis saludos a todos.

—Así lo haré. Recuerda llamarme para lo que necesites.

Un año después de la muerte del padre

—Hola, Germán.

—Hermano, ¡qué sorpresa! ¿Cómo estás?

—Bien, Germán —le decía Adrián a su hermano mirando desde la galería de la amplia casa el atardecer y su jardín repleto de flores, sintiendo su fragancia—. Quería reunirme contigo para ver qué hacemos con la casa.

—¿Por qué, hermano? ¿Estás incómodo allí?

—No, pero la casa me queda grande y tengo que ir pensando en tener un jardín más modesto. Te recuerdo que yo soy quince años mayor que tú y, como vivo solo, tengo que pensar en cómo enfrentar mi vejez.

—No pienses tonterías, hombre: tú tienes cuerda para rato. Pero si quieres venderla, yo no me opongo; encárgate de la operación y dime cuándo haya que firmar algo. Discúlpame, pero he dejado una reunión y me esperan.

—¡Adelante, adelante! Atiende tus cosas. Me da gusto escuchar al menos tu voz; desde que papá murió no nos vemos.

Germán ya había cortado sin poder escuchar esto último que le decía su hermano.




Adrián murió a los dos meses de esta conversación sin poder ver a su hermano al menos una vez más; tampoco vendió la casa de sus padres. Lo encontraron recostado sobre su sillón, con su té de la tarde servido, al atardecer, en primavera.


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