1.
Un sol rojizo despuntaba sobre los techos de chapa de las casas del barrio, presagiando otro día de intenso calor. La cancha de fútbol, pegada a las vías muertas del ferrocarril, esperaba en silencio a sus jugadores incansables de todos los días. La escuela había terminado y la rutina de Miguelito era ayudar a su hermana Dora, que era discapacitada y varios años mayor que él; se desplazaba en silla de ruedas.
Los padres de ambos trabajaban en la fábrica textil; al salir, la madre continuaba limpiando casas y el padre en el taller de su hermano. Llegaban muy tarde y cansados. La cena la preparaba Dora y él la asistía en la cocina y demás quehaceres domésticos. Ambos disfrutaban estar juntos porque Dora era muy alegre: leían y comentaban todo lo que llegaba a sus manos y, en los ratos libres, jugaban a las cartas.
—Hoy prepararé para la cena milanesas con papas fritas —le dijo Dora a su hermano mientras bordaba frente a la pequeña ventana de la cocina, el lugar más iluminado de la casa—. ¿Te gusta?
—Sabés bien que esa comida es mi debilidad, la comería todos los días —le respondió Miguelito mientras conectaba la garrafa de la vieja y oxidada cocina, de la que solo funcionaba una hornalla.
—Si me llama la señora del taller de costura y me da el empleo, te aseguro que te haré esa comida día por medio.
—¿Y por qué no puede ser todos los días? —preguntó Miguelito.
—Porque nadie puede comer siempre lo mismo todos los días.
—Yo sí puedo —dijo Miguelito muy serio.
—Está bien, te prepararé eso todos los días —le respondió su hermana riendo—. Estoy segura de que, a la semana, me pedirás por favor otra cosa. Bueno, pero hoy es hoy; solo necesito que compres en el almacén medio kilo de milanesas de bola de lomo, medio kilo de papas, una botella chica de aceite, un paquete de pan rallado, cuatro flautas y dos huevos. Decile a Juan que te corte las milanesas bien finas. ¿Te vas a acordar?
—Sí, Dora, ¿cuándo me olvido de algo? —respondió él con desdén.
—Siempre —le dijo su hermana, dejando el bordado sobre su falda—. Ah, y no te entretengas en el potrero, que siempre están rondando el Cholo y sus hermanos; si te ven con una bolsa, se la quedan los muy sinvergüenzas. Llevá la plata que hay en mi mesa de luz.
—¿Acaso hay otro lugar de la casa con plata? —preguntó Miguelito con sorna.
Miguelito tomó los pocos pesos que había en la cajita, se los puso en el bolsillo y salió a la calle. No tenía paciencia para caminar: fuera de su casa, todos los mandados los hacía corriendo.
Su debilidad era jugar a la pelota. Sin hacerle caso a su hermana, primero se dirigió al potrero. Allí estaban sus amigos, que al verlo le gritaron que necesitaban un delantero para las seis de la tarde. Era un partido de cinco contra cinco, en dos tiempos de veinte minutos, por una cantidad de dinero muy importante... al menos para ellos.
Miguelito no tenía que poner un peso por dos motivos: el primero era que no tenía dinero, y el segundo, que era un goleador indiscutible. El problema era convencer a su hermana.
—Si mi hermana me deja, jugaré, pero no puedo asegurarlo —les dijo.
—Vamos todos a tu casa y le rogamos a Dora —dijo Horacio, el más delgado y alto del grupo—. Los de la cortada juegan bien, pero con vos les podemos ganar seguro.
Así quedó la promesa del grupo de ir a la casa de Miguelito un rato antes del partido. Del potrero, Miguelito salió corriendo para el almacén, un negocio de ramos generales, carnicería y verdulería. El dueño era Juan, el carnicero, y su mujer, doña Julia, atendía la caja; no era una mujer de mucho hablar, pero sumaba y restaba como si tuviera una calculadora en la cabeza. Cuando Miguelito entró, notó que el local no tenía puerta ni cortina, lo que permitía que las moscas estuvieran a sus anchas, preferentemente en el sector de la carne.
—¡No atendemos más a los hinchas de Boca! —dijo Juan sonriendo—, pero hoy voy a hacer una excepción.
Miguelito puso cara de indiferencia ante la humorada, pues Juan era de River, y para contrarrestar le preguntó:
—¿Aquí venden milanesas de gallina?
—Dale, bostero, ¿qué necesitás? —dijo Juan afilando una enorme cuchilla.
—Necesito medio kilo de milanesa de... de... no me acuerdo. ¿De qué pueden ser?
—De bola de lomo, cortadas bien finas.
—Sí, señor gallina, eso mismo.
—Callate, bostero.
De regreso a su casa, al cruzar la calle, se enfrentó de improviso con el Cholo y sus hermanos, que salían de un pasillo.
—¡Bueno, bueno, aquí viene un mocoso con un regalo para nosotros! —dijo en voz alta el Cholo, interrumpiendo el paso de Miguelito—. ¿A ver qué nos trajiste?
Miguelito se aferró a su bolsa, pero entre los tres se la arrebataron y le dieron un empujón, tirándolo al suelo. Miguelito sabía que no podía enfrentarlos porque lo superaban en edad y fuerza; les suplicó que le devolvieran la bolsa, pues era la comida de la noche. Los malvivientes se rieron descaradamente.
—Nuestra comida, dirás —dijo el Cholo mostrando unos dientes que denotaban falta de higiene de años.
Pero su intención de perjudicar al chico se frustró cuando escucharon un grito claro y contundente desde enfrente:
—¡Cholo, te lo digo una sola vez: dejá al chico tranquilo si no querés tener problemas conmigo! —Era Juan, el carnicero, parado con los brazos cruzados y exhibiendo su brillante y enorme cuchilla.
Al verlo, los tres cobardes entregaron la bolsa sin decir nada más y, tras saludar con ironía al hombre del delantal manchado de sangre, se perdieron en el mismo pasillo. Miguelito, antes de irse, miró a Juan y levantó el brazo:
—¡Gracias, gallina!
2.
—Alguien golpea la puerta —le dijo Dora a su hermano.
Miguelito sabía que eran sus amigos para pedir permiso. Cuando los cuatro chicos entraron al pequeño espacio que servía de cocina, comedor y dormitorio de Miguelito, Dora adivinó de inmediato a qué venían. Tuvo que contenerse para no reír. Estaban alineados de menor a mayor, como si lo hubieran programado. El más alto habló primero:
—Dora, venimos a pedirle un gran favor. Necesitamos que Miguelito juegue con nosotros hoy; nos falta alguien con su capacidad y destreza. Es solo una hora, de seis a siete, y nosotros lo traeremos de vuelta.
Los cuatro lucían camisetas de Boca viejas y desgastadas. Su pelo parecía un nido de caranchos y sus zapatillas estaban deformadas y rotas. Pero su postura demostraba el mayor respeto por Dora, a la que recordaban por los exquisitos pasteles que servía en los cumpleaños de Miguelito.
Dora los miró seria y dijo:
—¿Qué me darán a cambio si lo dejo ir?
Los chicos se miraron entre ellos y el más grande decidió:
—Si ganamos, la mitad del dinero será para usted.
Dora les pidió que se acercaran:
—Me parece bien. Por lo tanto, quiero que estén fuertes para el partido; siéntense, que les daré algo de comer.
Se sentaron en torno a la pequeña mesa hecha con palets. Miguelito colocó un mantel a cuadros, remendado pero limpio, y sirvió mate cocido con leche en jarros de plástico. Lo acompañaron con pan de ayer untado con manteca. Al terminar, Dora les dijo:
—Bien, ahora vayan a jugar, pero primero quiero que me den un beso.
Uno a uno se acercaron a darle un beso en la mejilla.
—Ah, lo pensé mejor —añadió ella—, no quiero parte del premio. Es muy poca plata; si ganan, es todo para ustedes.
A los cuatro se les iluminó la cara:
—¡Gracias, Dora!
Cuando se fueron, Dora los observó por la ventana mientras corrían por la calle de tierra, riendo y gritando.
3.
La cancha era un pedazo de tierra rodeado de yuyos, con arcos de hierros más doblados que oxidados.
—¿Quién trae la pelota? —preguntó Miguelito.
—La traen ellos —dijo el más bajo—. Ahí vienen.
Eran cinco chicos robustos, con botines, camisetas nuevas de Argentina y una pelota reluciente. Tras saludar, pusieron el dinero en una bolsita bajo una piedra. Ganó el sorteo el equipo de Miguelito, que eligió el arco con el sol a sus espaldas.
En los primeros minutos, los visitantes dominaron, pero Miguelito se alejó hacia la izquierda, quedando sin marca. Uno de sus amigos interpretó la estrategia y le lanzó un pase largo. Miguelito dominó el balón, corrió en diagonal y, con un sutil toque, eludió al defensor que venía a toda velocidad. Frente al arquero, no falló: pateó con fuerza y la pelota se clavó en el ángulo.
—¡Gol! —gritaron con entusiasmo.
Cuando el equipo visitante se disponía a sacar del medio, el que iba a patear se detuvo mirando al horizonte:
—¿Qué es eso?
Miguelito miró hacia atrás: una enorme columna de humo negro se elevaba sobre el cielo azul, seguida de llamas que sobresalían de los techos. Se dio cuenta de que el incendio era en su manzana.
—¡Dora! —gritó con desesperación y salió corriendo, seguido por sus amigos.
Al doblar la esquina, no hubo dudas: su casa y la de los vecinos ardían descontroladamente. La gente corría con baldes y cacerolas. Miguelito no podía gritar; tenía la garganta seca. El calor era tan fuerte que sintió que se le quemaba la cara. Alguien lo apartó de ese infierno.
Nada podía contener el fuego, que consumía todo en un espiral devastador. Miguelito lloraba desconsolado, imaginando que su hermana, en su silla, no había podido escapar. Se sentía responsable por haberla dejado sola para ir a jugar.
Cuando llegaron los bomberos, las casillas eran solo maderas negras y humeantes. Miguelito se sentó en el suelo, escondió la cara entre las piernas y se golpeó la cabeza con los puños:
—"Esto no debía pasar... ¿por qué tuve que ir a jugar justo hoy?".
De pronto, una voz angustiada lo llamó. Al levantar la vista, vio lo increíble: dos muchachos traían a su hermana en brazos. Estaba viva, con la ropa y el pelo chamuscados, pero a salvo.
Miguelito corrió a abrazarla. Lloraron juntos, mezcla de miedo y alegría. La besó mil veces mientras ella lo acariciaba desesperada. Sus padres llegaron poco después, directo desde la fábrica.
La cena de milanesas se frustró, pero esa noche la familia comió en casa de un vecino el plato de sopa más exquisito del mundo. Estaban los cuatro juntos, con poco o nada para disfrutar, pero con toda la vida por delante para compartir.
FIN
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