Dinero:
Primero surgió el trueque, cambiábamos, huevos por harina, pan por telas, una silla por dos pollos. Esto se tornó en un complejo sistema por lo general desequilibrado y poco confiable.
Luego utilizamos para facilitar estos intercambios el dinero mercancía. Un producto por todos conocidos y aceptado como la sal surgió como respuesta.
Después siguieron las monedas de oro y plata, por una cuestión práctica, no se podrían y se podían transportar con facilidad.
Por seguridad se comenzó a utilizar papel moneda, para dejar a salvo el oro y la plata.
Y en la actualidad, si me preguntan, ya no sabemos si el dinero existe o no, la era digital permite que cantidades abismales del mismo pasen de mano en mano a la velocidad de la luz. Pero, ¿donde está guardado?, puede llegar a ser una pregunta que ni el más prestigioso banquero puede dar la respuesta.
No obstante todos estaremos de acuerdo que sin dinero, exista o no, no se puede vivir, dependemos de este prestigioso invento humano para poder realizar todas las transacciones de nuestra vida. Desde comprar un moisés hasta nuestro ataúd…bueno, aunque pensándolo bien, existen muchas formas de dar el último paso de nuestra existencia.
Amor:
Con dinero podemos comprar muchísimas cosas, no todas. Por ejemplo, el amor sincero, total y absoluto, no se puede comprar ni con todo el dinero del mundo. Pero debemos decir que es posible perder toda una fortuna por amor.
1.
La constructora y desarrolladora de negocios inmobiliarios se llamaba “Paraíso S.A.” y su único dueño era Ángel Lucifer Dorado… Tal vez parezca contradictorio, pero esa era la verdad. El segundo nombre muy pocos lo conocían porque en su firma solo se leía Angel L. Dorado. En verdad don Ángel como todos lo llamaban en la empresa, era un muy buen hombre.
Su empresa tenía más de tres mil empleados y créase o no, cuando recorría en persona las obras u oficinas administrativas, se dirigía a sus empleados por su nombre de pila, y además les preguntaba si habían conseguido lo que aspiraban, su nueva casa, su automóvil, ir al lugar para vacacionar preferido, o cual era el nombre de su hijo recién nacido. Para don Ángel sus empleados eran su única familia. Él vivía en un amplio departamento que ocupaba dos pisos completos en Puerto Madero frente al río, que compartía con una tía muy mayor, pero por lo general se quedaba todas las noches en una pequeña habitación detrás de su oficina; el trabajo absorbía toda su vida, incluyendo los fines de semana y feriados. Para don Ángel las vacaciones no existían.
Su secretaria de toda la vida se llamaba Aurora, era una señora mayor que él, estricta, puntillosa al extremo de llevar la agenda de don Ángel, en intervalos de una hora, los trescientos sesenta y cinco días del año. Una mañana, Dora se sintió mal; un infarto terminó con su vida sin poderla asistir. Esta lamentable pérdida afectó muchísimo a Don Ángel, más allá del profundo dolor, tardó dos largos meses en poder organizarse. No podía entrar a la oficina Dora y ver su escritorio vacío. Un día muy apesadumbrado se decidió y se sentó en él para ver el estricto orden de los papeles y carpetas de su Invalorable secretaría y ocurrió algo inesperado, cuando abrió el primer cajón, vio un sobre que decía “para Don Angel”, cuando lo abrió leyó el contenido de aquella carta:
“Estimado don Ángel, seguramente cuando usted lea esta carta yo ya no estaré, pero no se preocupe, he sido a mi manera muy feliz en la empresa trabajando tantos años para usted que ha sido un jefe sin igual. Como me gusta tener todo ordenado, también he pensado que usted necesitará una nueva secretaria, por esto le digo que yo tengo una sobrina que junto con mi hermana la hemos preparado para que pueda ocupar mi lugar en su empresa. Se llama Beatriz, es licenciada en dirección de empresas, sabe hablar inglés y francés, es super organizada como yo, y muy bonita. Le recomiendo que la entreviste y si es de su agrado la contrate. Sería para mí una satisfacción que mi sobrina ocupe mi oficina.
Su secretaria de toda la vida Dora”
Cuando don Ángel leyó esta carta, inmediatamente se contactó personalmente con la hermana de Dora y coordinó una entrevista para conocer a la sobrina de Dora; sin muchas expectativas porque reemplazar a alguien tan competente como Dora le parecía imposible.
El lunes a primera hora Beatriz y su madre se presentaron en la empresa. Cuando Don Ángel vio por primera vez a esa joven, su corazón, su mente y todo su ser se estremecieron a tal punto que ya no pudo dejar de pensar día y noche en la persona que sería su secretaria privada al principio y al muy poco tiempo su esposa.
La joven Beatriz tenía muchos atributos, pero tres se destacaban por sobre todos los demás: su inteligencia, su astucia y su capacidad para conseguir todo lo que se propusiera.
El primer objetivo de Beatriz fue conquistar el corazón de Don Ángel, con una diferencia de treinta años de edad este objetivo le resultó una tontería. El experimentado hombre de negocios era muy astuto para cerrar tratos, pero en cuestiones de mujeres sus conocimientos eran nulos, no se le conocía que tuviera una novia.
Al mes de ingresar a la empresa, Beatriz ya estaba organizando junto con Don Ángel su casamiento. Él estaba tan feliz que deseaba compartir su alegría con todos sus empleados. Así fué que se decidió realizar el festejo en la estancia.
No faltó a la fiesta nadie, todos los empleados de Paraíso S.A. Llegaron en ómnibus contratados por la empresa, autos particulares, y rentados. Los novios llegaron en un enorme helicóptero, junto al cura que los casaría.
Se levantó un pequeño altar con cortinas de seda blanca sobre el parque de la fastuosa casona, de donde salió la novia del brazo de su padre, con un traje blanco, la cola tenía diez metros de largo y era llevada por cuatro chicos. Don Ángel la esperaba en el altar con un riguroso frac. Cuando se consumó la unión ante Dios, ambos se colocaron los anillos. Todos aplaudieron de alegría; don Ángel desbordada de felicidad.
La fiesta duró tres días, había conjuntos musicales en vivo, un batallón de mozos servían la comida a los invitados. Varios sectores de parrillas se armaron a lo largo de una mesa de novecientos metros de largo para que los mil quinientos kilos de carne y pollo asado lleguen calientes a los platos. La bebida se distribuyó mediante cuatriciclos qué arrastraban unas heladeras con ruedas, para que los comensales pudieran disfrutar todo tipo de bebidas bien frías.
Por fin, los novios se retiraron en el mismo helicóptero que los trajo entre aplausos y vivas de los invitados. Desde la estancia se dirigieron al aeropuerto de Ezeiza y desde allí en avión privado a Roma.
Este momento de absoluta algarabía, fue el principio del fin de la empresa “Paraíso S.A.”, para convertirse curiosamente en un infierno.
2.
Los grandes cambios suelen darse en pequeñas dosis. La luna de miel de don Ángel y Beatriz, duró tres largos meses, en los cuales él se olvidó de la empresa. Como en toda empresa importante todos los días surgían temas a resolver, que se postergaban o los resolvía alguien sin experiencia y a las apuradas.
Una sola orden de don Ángel llegó al contador principal de la empresa. Debía abrir una cuenta corriente a nombre de Beatriz y depositar allí todos los meses una suma de dinero muy importante.
El contador lo consultó con el gerente y la orden era muy clara, por lo cual se abrió la cuenta requerida pero cuando se realizaba el arqueo de caja general, en dicha cuenta surgía que todo ese dinero se transfería todos los meses a un par de cuentas desconocidas en el extranjero.
Cuando don Ángel y su esposa regresaron de su luna de miel, a los problemas acumulados se sumó otro que complicaría todo el funcionamiento de la empresa, convirtiéndose en una situación burocrática nunca vista. Beatriz tendría el cargo de gerenta general de las operaciones financieras, comerciales y de negocios de la empresa**;** es decir, todo pasaría primero por sus manos antes de que don Ángel se enterase.
El gerente general, amigo de toda la vida de don Ángel, que se llamaba Victor, fue el primero en vislumbrar una serie de acontecimientos extraños. Por empezar la señora Beatriz, así la llamaban todos, no permitía que nadie llegara a la oficina de don Ángel, solo ella le llevaba algunos informes para que él estuviera ocupado. Tampoco se quedaba como era su costumbre en la oficina por las noches, religiosamente a las cinco de la tarde un auto con chófer los llevaba al departamento de Puerto Madero. Don Ángel vivía en una burbuja creada por su mujer.
El primer problema serio sucedió cuando los socios del principal emprendimiento de viviendas comprobaron que las obras llevaban un retraso de varios meses por falta de insumos. Cuando se quisieron reunir con don Ángel, en la cabecera de la mesa de reuniones, en lugar de don Ángel, estaba sentada su joven esposa.
Fué la reunión más corta en la historia de la empresa. El maltrato que recibieron por parte de Beatriz, hizo que estos hombres de negocios se fueran de allí muy ofuscados con la intención de realizar un juicio por no respetar las cláusulas contractuales asumidas por Paraíso S.A.
Esta fue la gota que rebalsó el vaso para el gerente general, exigiendo a Beatriz hablar con don Ángel ese mismo día.
Por fin don Ángel lo atendió en su oficina en presencia de su esposa. Cuando el gerente alertó a don Ángel de todos los problemas que había, incluyendo un descubierto de varios millones de pesos, este le respondió sosteniendo la mano de su mujer con cara de un tonto enamorado:
—A partir de ahora querido Victor, todo lo referente a bancos en inversiones lo manejará Beatriz, ella es muy competente en estas cuestiones, y no nos defraudará, ya verás.
Cuando el gerente general escuchó esto inmediatamente se dió cuenta que la empresa ya tenía una fecha de defunción.
Al día siguiente Victor le entregó a Beatriz su renuncia. De la cual don Ángel se enteró muchos después.
No habían cumplido un año de casados y Beatriz ya había logrado su objetivo; la empresa de don Ángel estaba descapitalizada y quebrada. Ahora solo le restaba quitarse de encima a su marido al que jamás quiso. Fué muy sencillo, una mañana le dijo que iría a visitar a una íntima amiga que vivía en Alemania, solo se ausentaría por una semana. Don Ángel aceptó de buena gana, sabiendo que su esposa estaba feliz por el viaje.
Después de despedir a su esposa en el aeropuerto, la cual llevaba más diez grandes valijas, y una enorme sonrisa, se dirigió a las oficinas de su empresa; le llamó la atención que de los treinta empleados que siempre había, sólo vió a tres.
—¿dónde está el resto del personal?, —preguntó.
Un muchacho muy joven de dijo:
—Solo quedamos nosotros, don Ángel, los demás renunciaron.
—¿Por qué motivo joven?, ¿no estaban a gusto en la empresa? —le preguntó don Ángel asombrado.
—Se fueron señor —dijo el joven con temor—, porque hacía tres meses que no cobraban y la señora Beatriz no les permitía hablar con usted, por eso se tuvieron que ir.
Cuando don Ángel quiso ver al gerente general, recién se enteró que hacía meses ya no estaba.
Poco a poco don Ángel fue comprendiendo que su magnífica empresa estaba quebrada y semiabandonada. Los emprendimientos estaban paralizados y el golpe de gracia lo recibió cuando entró a un pequeño despacho que estaba en la oficina de su mujer en donde pudo encontrar cientos de cartas documentos de todo tipo. Por poco sufre un paro cardíaco, desesperado se dirigió a la caja fuerte que controlaba Beatriz, al abrirla la decepción fue enorme. No quedaba un solo peso.
Su cabeza estaba por estallar, y sus manos frías, desde su escritorio llamó al celular de su mujer, y lo que escuchó fue demoledor:
“Este número ha sido dado de baja”
De golpe comprendió la catástrofe, no había duda alguna. Beatriz se había ido, dejándolo a él y a su empresa en la ruina.
Con su mano derecha, abrió el cajón en donde guardaba un revólver, pero en ese momento alguien golpeó la puerta de su escritorio, cuando abrió, un señor de traje y corbata acompañado por dos agentes de policía le dijeron después de identificarse como agentes de la DGI que lo tenían que acompañar por estar implicado en un caso de retención de impuestos de varios millones de pesos.
3.
Los días que siguieron a la detención de don Ángel terminaron con él. Ese otrora emprendedor hombre de negocios y exultante caballero, estaba acabado, un torrente de injusticias y angustias lo arrastraron a un solitario calabozo que él sentía como si estuviera enterrado vivo. Por las frías noches de invierno, y los fétidos días de verano, se convirtió en un pordiosero. Cada año que pasaba allí, lo hacía envejecer cinco años. Y aún le restaban ocho para cumplir su condena.
Un día el carcelero lo sacó de su monotonía y le dijo que tenía una visita.
Don Ángel, sin esperanza alguna arrastró sus pies hasta la sala de reuniones. Allí lo esperaba un hombre mayor de pelo blanco que él no recordaba ni remotamente.
—¡Don Ángel, que alegría verlo!.
—¿Quién es usted? —le preguntó don Ángel extrañado.
—¿No me recuerda?
Aunque se esforzaba en recordar a ese hombre, don Ángel no podía vincularlo con ninguna situación de su vida pasada.
—Yo soy Ferndando, señor —le dijo con respeto ese hombre—, usted me salvó la vida.
Fernando era un antiguo sereno de una de las primeras grandes obras de la empresa, pero tenía un único problema, era alcohólico. Y su enfermedad hizo que una noche, delincuentes robaran la obra llevando una enorme cantidad de mercaderías muy costosas. Lo curioso fue que don Ángel en lugar de echarlo, se involucró en el problema de su empleado, y lo ayudó. Primero se ocupó de la difícil enfermedad y una vez no curado, pero manteniendo siempre la sobriedad, lo nombró inspector de obradores, con un importante sueldo, que le permitió a Fernando comprarse una hectárea de tierra en Moreno, construir su casa y fundar una familia con cuatro hijos.
Cuando Fernando le repitió su historia, don Ángel pudo recordar y después de mucho tiempo, aquel viejo empleado, lo hizo sonreír.
A partir de ese día el antiguo empleado de don Ángel, lo visitó ininterrumpidamente, todos los domingos, aunque lloviera, hiciera calor o frío. Incluso para su cumpleaños, la señora de Fernando le preparaba un pastel que don Ángel repartía con sus carceleros y compañeros de celda. Poco a poco, el maltrecho espíritu de don Ángel se fué recomponiendo y consiguió mediante una petición a las autoridades de la penitenciaría realizar una cancha de bochas. Al cabo de unos años a don Ángel todos lo apreciaban y pudo encontrar allí hombres complicados pero con ciertos valores dignos de ser atendidos.
Por buena conducta le redujeron su condena, y una tarde lluviosa de otoño el carcelero de años, le abrió su celda. Era nuevamente un hombre libre.
—Adiós don Ángel, como es la vida, hoy usted se va y yo me quedo aquí. —le dijo su carcelero al que todavía le faltaban algunos años para jubilarse.
En la puerta de la penitenciaría lo esperaba una vieja camioneta blanca conducida por su antiguo empleado Fernando, en cuya puerta aún se leía: “PARAISO S.A.”

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