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viernes, enero 09, 2026

LA DESCONOCIDA DE PAÑUELO ROJO (2)

 ¿Raúl?, qué sorpresa a esta hora.

​—Sí, Laura… te llamo porque quiero avisarte que no iré hoy.

​—¿Por qué motivo? Les avisé a mis amigos que nos reuniríamos por nuestro aniversario; se cumplen dos años. ¿Ocurrió algo?

​—No… solo que te quiero decir, Laura, que vamos demasiado rápido. Mejor será que nos demos un tiempo. Sos una chica encantadora, pero prefiero que dejemos lo nuestro en pausa por ahora.

​—¡¿Dejar lo nuestro en pausa?! Me estás jodiendo, Raúl. ¡¿Qué te pasa?! —reaccionó Laura, desesperada.

​Para ciertas cosas en la vida, un silencio prolongado permite ver y entender lo inevitable. Exactamente eso hizo Raúl: no le respondió a su novia y se quedó callado.

​—Tu silencio me dice todo. Pensé que me querías, que eras sincero, pero cometí un error imperdonable. Soy una tonta. ¡No te quiero ver nunca más en mi vida!

​Así terminó la relación entre Laura y Raúl.

​Ella se sintió ultrajada hasta sus entrañas; jamás pensó que él le hiciera algo así. Pensaba que sería el padre de sus hijos, pero ahora, de un momento a otro, debía aceptar la dura realidad de un desengaño inesperado cuando creía que su noviazgo era perfecto.

​Después de esa breve e insoportable ruptura, Laura no sabía qué hacer. Llevaba entre sus manos la torta que había comprado para la reunión de esa tarde con sus amigas y amigos. Sentía que le faltaba el aire y se dirigió a la plaza. Cuando llegó, tiró el paquete a un cesto de basura con toda su fuerza, imaginando que también estaba tirando su relación con Raúl.

​Cuando se sentó en un banco, se puso a llorar con la impotencia de no poder cambiar lo que le pasaba.

​—Disculpe, señorita, ¿se siente mal? —preguntó alguien a su lado.

​Con sus ojos irritados, Laura miró para saber quién le hablaba. Era una señora mayor, con un pañuelo rojo sobre su cabeza, que la miraba preocupada.

​—No es nada, señora. O mejor dicho, nada que alguien pueda solucionar.




​—Bueno, uno nunca sabe, hija. Si tienes tiempo, puedo contarte una pequeña historia personal.

​Laura pensó que tal vez cualquier historia, incluso contada por una extraña, podía ayudarla a suavizar su insoportable desdicha.

​—Sí, adelante —le respondió con pocas ganas a aquella amable señora desconocida.

​—Yo tendría tu edad cuando fui a mi primer baile en mi pueblo de Francia, y allí conocí a un joven del cual me enamoré a primera vista. Era alto y de pelo negro, sus ojos eran dulces como la miel y tenía una sonrisa irresistible. Empezamos a vernos todos los sábados y durante cinco meses recorrimos los campos que estaban repletos de flores de cien colores; me contaba miles de anécdotas graciosas de su trabajo en la granja que me hacían reír. Yo estaba loca de amor por ese muchacho, pero un día que habíamos quedado en encontrarnos en el lugar de siempre, no vino. Pensé que tal vez había tenido un percance y lo esperé hasta el siguiente sábado, pero tampoco vino.

​Entonces me decidí a ir a su casa, que estaba muy lejos de la mía. El tiempo me jugó una mala pasada cuando una torrencial lluvia me sorprendió en un camino de tierra; al tratar de protegerme debajo de un frondoso árbol, me resbalé y terminé hecha un desastre, tenía barro hasta en mi pelo. Por fin llegué y me dirigí a un granero de la casa tratando de estar más presentable; desde allí vi lo que no debía haber visto jamás. El muy sinvergüenza vivía con una mujer y tenía dos críos. Creí que me moriría allí mismo; algo me contuvo y no fui a pegarle, solo me quedé llorando junto a una cabra que me miraba.

​Después de contar su historia, la señora se quedó mirando el parque en silencio.

​—¿Qué ocurrió después? —le preguntó Laura, intrigada.

​—Ah, sí, después tuve cinco novios más que me hicieron olvidar mi primera decepción con los hombres.

​Laura no pudo contener una pequeña carcajada por lo dicho por esa mujer desconocida.

​—A mí me pasa algo parecido —dijo Laura, más reconfortada, pero todavía triste.

​—Lamentablemente, querida, cuando se es joven suelen acontecer desengaños —le dijo aquella mujer tomándola de la mano—. Pero permíteme decirte una cosa: a pesar de dolernos el alma, siempre, siempre, alguien aparece en nuestras vidas con intenciones más buenas y sinceras. Ya lo verás, la vida nos brinda momentos malos y otros buenos; así funciona el destino. Hoy te puede parecer que el mundo se terminó para ti, pero tal vez mañana nuevamente verás el sol brillar sobre tu cabeza.

​Laura, después de escuchar atentamente a la señora, se sintió más tranquila y le preguntó:

​—Me resulta muy curioso, señora, que usted no me conoce y, sin embargo, me habló justamente de lo que me mortificaba: mi novio me acaba de dejar, hace solo un rato.

​—Comprendo tu sorpresa, pero es mi labor en esta tierra.

​—No entiendo —dijo Laura.

​—No te preocupes, no es necesario que entiendas nada. Lo importante es que te sientas mejor.

​Ambas se miraron a los ojos y la señora le dijo:

​—Sigue tu vida, querida. Te aseguro que tendrás una familia muy buena, con varios hijos hermosos.

​—¿Cómo puede usted saberlo? —le preguntó Laura.

​—Nosotros, los viejos, sabemos muchas cosas, pero eso ahora no importa —la mujer le dio un beso en la mejilla a Laura y se paró.

​Antes de irse, dijo:

—Una última cosa, querida: hoy, en la reunión con tus amigos, irá un joven que se llama Mario.

​—¡Sí, Mario! Todas mis amigas se mueren por él, ¿pero cómo sabe usted? —le preguntó Laura, cada vez más intrigada.

​—Solo lo sé; cómo, no tiene importancia —le respondió la señora, acomodando su pañuelo—. Lo que te debe importar a ti es la forma en que te mira. Muchas veces hay hombres que temen expresar sus sentimientos. Recuerda: fíjate cómo te mira.

​Por último, la extraña mujer dijo:

—¡Buena vida, hija!

​Laura no alcanzó a saludarla cuando la señora ya estaba lejos cruzando el parque, hasta perderse detrás de unos arbustos.

​Esa tarde, en la reunión con sus amigos, Laura contó su ruptura con Raúl. Dos de sus amigas la abrazaron y, en el mismo momento, por encima del hombro de una de ellas, Laura miró a Mario y pudo observar nítidamente que, en lugar de estar serio por la desafortunada noticia, tenía una amplia sonrisa que no podía disimular. Durante el transcurso de la reunión, ella le acercó un plato con budín y fue entonces cuando ese muchacho buen mozo le dijo de forma directa, clara y contundente:

​—Ahora que no tienes compromiso, Laura, ¿te gustaría salir conmigo este sábado?

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