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lunes, enero 15, 2024

UNA HISTORIA DE LA PAMPA

         



   Muchas veces las historias extrañas , no son creíbles porque no existe una prueba contundente que compruebe lo ocurrido, más allá de la credibilidad de aquel que cuenta su experiencia, y más aún cuando se trata de personas… o mejor dicho, de entes; del más allá. 

Esta historia proviene de un grupo de albañiles que yo contraté para construir una vivienda en una estancia en la pampa húmeda, provincia de Buenos Aires, a unos cinco kilómetros de Carmen de Areco.

El nuevo dueño del campo me pidió realizar una casa nueva en el mismo lugar en donde estaba la antigua.


F.B.


Se comenzó con el trabajo de demoler la casa de los antiguos dueños, la cual era antigua y se encontraba en buen estado estructural, excepto por la humedad de cimientos; de todos modos mi cliente quería realizar una vivienda totalmente nueva. 

El equipo de trabajo estaba compuesto por un muy buen albañil, al cual yo contraté para realizar toda la mano de obra, más su hijo, dos ayudantes y otros dos albañiles.

Un viejo obrador se reparó para que allí pudieran vivir todos ellos; trabajaban de lunes a viernes y se trasladaban con la camioneta del contratista que se llamaba Pereira. Un sector de la vieja casa no se terminó de demoler porque utilizamos el lugar para guardar las herramientas y los materiales. 

Cuando comenzamos con los primeros trabajos y se derribaron las primeras paredes, un viejo capataz del dueño anterior que quedó como personal estable, llamado José, antes de retirarse a su casa venía a observar los avances del trabajo, nos quedábamos charlando de temas diversos: la cosecha, el clima, las nuevas máquinas cosechadoras. No me pregunten el porqué, pero existen personas que describen situaciones con un diálogo pausado y profundo que cautiva al que escucha, sus pausas, sus silencios, su mirada; José tenía esa cualidad que también cautivaba a los operarios que me acompañaban. La gente de campo a diferencia del citadino está más en contacto con la naturaleza, sabe si la tormenta será fuerte, si el camino de tierra estará transitable después de la lluvia, si los animales están bien, puede orientarse en la noche cerrada, o saber si las nubes traen granizo. Arreglar el motor de su camioneta por un desperfecto, hace la diferencia entre poder llegar a su casa o no. José era un hombre de campo de cabo a rabo; cuando contaba historias entre mate y mate, fumando su tabaco negro, nos transportaba a un mundo que no conocíamos. Su aspecto realzaba su discurso; alto, con ropa de trabajo, alpargatas, boina negra, cara enjuta, nariz grande y bigote negro; su voz ronca y el aroma del cigarrillo adornaban sus palabras; hablaba pausado como si el tiempo no tuviera importancia; nos quedábamos hasta entrada la noche reunidos en torno al fuego, no faltaba ocasión para que alguien pusiera unos churrascos en la parrilla; debo decir que disfrutábamos la compañía de José. En una ocasión nos pareció que iba a relatar algo de mucha importancia, pero no lo hizo, se quedó callado pensando, y después siguió con otro tema.

Al mes de haber comenzado los trabajos, llegué un lunes temprano, y solo estaban trabajando Pereira y su hijo, cuando le pregunté el porqué me dijeron lo siguiente:


—No se acostumbran a estar lejos de su familia arquitecto, a pesar que les ofrecí más plata no quieren saber nada, pero la próxima semana se comprometieron otros tres muchachos, yo me encargo.


A la semana siguiente, Pereira cumplió con lo prometido y otros tres albañiles se hicieron presentes. Pero al finalizar la semana no regresaron. Comencé a preocuparme porque no era un trabajo solo para dos personas, y entonces, decidí hablar con Pereira suponiendo que el problema eran los jornales. Cuando me dijo lo que les pagaba, evidentemente ese no era el inconveniente, fue entonces, cuando me contó la verdad:


—En primer lugar arquitecto le quiero aclarar que aquí no tomamos alcohol, como usted bien sabe, lo hacemos en casa los fines de semana. Y esto que le voy a decir mi hijo aquí presente no me deja mentir; el asunto es que varias noches, entre las diez y las once, escuchamos discutir acaloradamente a un hombre y una mujer a los gritos; si bien algún animal puede hacer algún ruido extraño, nada puede ser parecido a lo que oímos. —Cuando Pereira me decía esto, mire la cara de su hijo, y por su expresión no era un chiste ni una tomada de pelo—, el primer día que nos pasó, pensamos que era una pareja que estaba detrás del depósito de los materiales, que tal vez venían hasta aquí para estar a solas, sin saber que nosotros dormíamos cerca; esa primera vez no hicimos nada, a las once de la noche se callaron. Pero a la noche siguiente, de nuevo la discusión, entonces yo decidí salir con la linterna; créame arquitecto que esto que le cuento me pone la piel de gallina; la verdad iba un poco molesto porque no nos dejaban descansar, pensaba asustarlos pegando un par de gritos; pero cuando rodie el galpón, se me heló la sangre, allí detrás no había nadie, y tampoco se escuchaba nada; ilumine con la linterna todo el lugar, y también el camino que lleva a la tranquera pero no vi nada. Llamé a los muchachos y recorrimos todo, incluso detrás del tanque australiano, la leñera, fuimos hasta el depósito donde guardan las máquinas y los fardos de pasto, y nada. 

Pereira siempre fue un hombre respetuoso y de no hacer bromas, pero su mirada me demostraba que lejos estaba de mentir, agregando que 

su hijo también tuvo la misma experiencia. Me completaron la historia diciendo que los gritos eran desgarradores, tanto de la mujer como del hombre, pero en un idioma desconocido para ellos, estos episodios se producían una o dos veces por semana y siempre en el mismo horario.

Resolver algo así no estaba en mis planes y se me ocurrió una idea: realizaríamos un galpón nuevo para las herramientas y los materiales, y terminaríamos de demoler el resto de la casa que faltaba; Así lo hicimos, e increíblemente estos hechos terminaron. Decidimos no comentar esto con nadie para que no nos tomen por locos.

Después de cierto tiempo, regresó a nuestras charlas nocturnas José, que había estado delicado de salud, y en honor a él, un viernes hicimos un asado, ya nos habíamos olvidado de aquellos hechos, cuando José nos hizo una pregunta con su voz inconfundible, mientras armaba uno de sus cigarrillos. 


—¿Nunca escucharon nada por acá?.


Yo decidí contarle toda la historia, y después, aquel viejo hombre de campo, de hablar pausado, nos completó la parte que no conocíamos.


—Yo tenía unos veinte años, cuando el patrón de la estancia me contrató junto a veinte hombres más de la zona. Era un alemán fornido y alto que hablaba el castellano a medias, pero se hacía entender, su mujer, todos los días por la mañana para el desayuno, que se daba aquí, esa era la costumbre, nos agasajaba con alguna torta que ella preparaba, eran muy buena gente. Pero la desgracia empezó cuando el hijo vino a tomar las riendas de la estancia junto a su mujer; vivían en Suiza y no tenían hijos. 

La mujer del patrón murió al año de haber llegado ellos, y el patrón un poco después; para nosotros de tristeza. A partir de ese momento se terminaron los desayunos y los buenos tratos para pasar a los malos modos. Un día el alemancito me gritó delante de mis compañeros, si no me sujetan lo agarraba del cogote; no me echó porque yo era una especie de capataz que conocía todos los trabajos y las máquinas. 

Cuando veníamos del campo muy tarde, siempre los escuchábamos discutir en la casa a los gritos, para nosotros él le pegaba, tal vez se pasaba con el alcohol. Pero un día de verano, todos estábamos reunidos tomando mate en el depósito, porque la lluvia era torrencial y no nos dejaba regresar a casa, cuando ocurrió la desgracia. Los oímos discutir acaloradamente como siempre, hasta que escuchamos el escopetazo y a los pocos instante otro; todos corrimos a la casa y comprobamos el desenlace de la discusión; ella lo mató con la escopeta y después se suicidó; no pudimos hacer nada, él tenía la cara ensangrentada y ella se voló los sesos, estaban tirados sobre un charco de sangre. Después de lo ocurrido aquella noche, nadie más habitó la vieja casa, tampoco había herederos, el juzgado remató la estancia y la compró el actual dueño. 

Después de aquello, cuando volvíamos tarde del campo, los seguíamos escuchando discutir como siempre, pero sabíamos que la casa estaba vacía. No quise contarles esta historia antes para no asustarlos, pero así fue. En el pueblo la llamaban la casa de los fantasmas peleadores. Después de escucharlo a José y cuando la reunión se terminó, yo para llegar a mi camioneta debía recorrer unos cien metros, por una calle flanqueada de árboles, en donde la oscuridad era total; les aseguro que no fue un momento agradable.

Cuando terminamos la casa, mi cliente lo festejó con un asado para todos nosotros y su personal; el asador oficial era Juan, después de comer, organizamos un campeonato de truco que duró hasta la noche, la pasamos excelentemente bien.

El último día, Pereira tenía su camioneta cargada para regresar, pero estaban cansados y era tarde, prefirieron quedarse a dormir y salir al otro día bien temprano, yo me fui ese mismo día. 

Al día siguiente cuando hablé con Pereira para juntarnos en mi estudio para terminar de cerrar el trato, me dijo esto:


—Arquitecto, no me va a creer, pero anoche, siempre a la misma hora, escuchamos nuevamente la discusión, pero esta vez fue distinto, se fue apagando lentamente hasta dejar paso al silencio; me animo a decirle que ahora ya descansan en paz.