Si estás apurado no te recomiendo este blog de cuentos. Leer es agradable siempre que puedas hacerlo con tiempo, sin prisa, dejando de lado nuestro mundo vertiginoso.
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lunes, septiembre 29, 2025
LAS TORRES DE PIRIATIS
martes, septiembre 23, 2025
VIEJAS FOTOGRAFÍAS
Para que una cámara fotográfica funcione, requiere que exista luz, o calor para las que son infrarrojas, ellas captan a cualquier cuerpo iluminado o cálido. Pero esto no significa que a veces registren ciertas cosas extrañas que nuestra visión no puede detectar. ¿Qué será eso que estas máquinas pueden captar, y nosotros no?.
Existen infinidad de casos de fotografías o filmaciones, en donde aparecen "personas" que no estaban cuando esa cámara registró ese instante de nuestra vida…Aquí surge una pregunta inquietante, ¿a quién pertenece ese instante?, ¿a nuestras vidas?, ¿o a la vida de otros?
Hace bastante tiempo cuando aún los teléfonos celulares ni se soñaban, la fotografía era el medio para poder registrar a los familiares y seres queridos de: casamientos, bautismos, cumpleaños, y todo tipo de reunión familiar. Esas fotografías después de ser tomadas se enviaban a revelar y terminado el trámite después de verlas y comentarlas, se ubicaban en un álbum o en una caja; para disfrutarlas nuevamente en alguna futura reunión con parientes o amigos.
Cuanto más años pasan, las fotografías adquieren un valor propio enorme, porque guardan recuerdos que regresan como el primer día a nuestra vida.
En mi familia cuando la sobremesa con parientes se prolongaba, era costumbre que mi madre trajera a la mesa esa caja repleta de fotografías, y el ritual era mirarlas pasando una a una de mano en mano; con su respectivo comentario, agregando anécdotas, risueñas o tristes.
Esta historia que les quiero contar le pasó a una familia normal, como tantas otras, que aún conservan esa caja con fotografías viejas que ya nadie mira, porque el planeta está atestado de fotos digitales, y filmaciones instantáneas. La fotografía en papel de revelado, es ya cosa de un pasado lejano.
Ese domingo Dora y Pedro, junto a la tía Laura y al tío Miguel, recordaban el casamiento de su juventud, mirando una a una aquellas fotografías.
—Mira Miguel, estos son Chiquita y Claudio, ¿te acordás? —le comentaba Dora, al tío, mostrándole una foto—
Recuerdo que después se separaron, y nunca más regresaron, yo los llamé y hasta les envié una carta a cada uno, pero ni me contestaron…
—¡Miren esta! —dijo Pedro acomodándose sus anteojos— es de cuando fuimos a Mar del Plata por primera vez con Norita, corría por la playa como loca, ¿te acordás Dora?
—Como no me voy a acordar, fueron unas vacaciones de ensueño. —respondió Dora, mirando esa foto—
—¿Y este quien es? —preguntó la tía Laura, mostrando una foto al grupo, señalando con su dedo a un joven de corbata y pelo rubio, que sonreía.
Una a uno miraron a aquel hombre, pero nadie podía decir a ciencia cierta quién era.
—Debe ser un amigo de Reinaldo —Dijo Pedro—,
—Pero si Reinaldo, en esa época estaba en Paraguay, no te acordás —dijo el tío Miguel—. En esa reunión solo estábamos nosotros cuatro, más Juan Carlos, y su señora.
Dora tomó la foto, y se la quedó mirando detenidamente, cuando su esposo le preguntó si conocía a aquel joven, Dora respondió:
—No… pero ahora me acuerdo de aquella noche, y les comento que se me pone la piel de gallina, en esa reunión sólo éramos seis personas.
Todos se miraron asombrados y al unísono cada uno tomó un grupo de fotografías para revisarlas. La sorpresa fue mayúscula, cada tres o cuatro fotografías apartaban una. En esas fotos que apartaban, en todas estaba ese hombre sonriente, de traje y corbata de cabello rubio.
—No es posible —dijo Pedro, con voz de preocupación— que no sepamos quién es esa persona.
—Me temo que lo que compruebo ahora me atemoriza. —dijo la tía Laura, mostrando dos fotografías— miren, este es el día del cumpleaños de mi hermano, cuando cumplió cuarenta y tres, y esta es cuando cumplió setenta, las velitas confirmaban las fechas.
Cuando todos terminaron de ver esas dos fotografías, se miraron con ojos de espanto; en las dos estaba el desconocido de traje y corbata, pero su apariencia era de alguien que en todos esos años, veintisiete, no había cambiado en lo más mínimo, la misma sonrisa, y el mismo tono de corbata, y un último detalle, en todas las fotos, se encontraba de pie detrás del grupo.
Después de eso, Dora tomó todas esas fotos inquietantes, las llevó al patio, las roció con kerosene y las prendió fuego, llamas amarillas y un espeso humo negro, convirtieron a esos viejos recuerdos en cenizas. Cuando el fuego se extinguió, Dora regresó a la reunión y guardó el resto de las fotos en la caja destinada para eso. Nunca más esa caja se abrió, y nadie más en esa casa habló de ellas.
El tiempo pasa para las personas y para las familias, y muchos integrantes queridos parten para siempre.
Dora quedó en aquella casa, demasiado grande para una sola persona, su compañía eran las primorosas flores de su jardín, y cuando la llamaba su única hija, que trabajaba demasiado lejos para acompañarla; justamente en esa etapa de la vida en que alguien querido y próximo es muy importante.
Dora poseía un refugio, sus libros, y su música, por las tardes se ubicaba en su sillón desde donde se podía observar; su paraíso; un manto verde de césped rodeado de arbustos y flores que según ella reían y cantaban. Sobre la mesita para el té, solo tenía dos fotografías: la de su amado esposo de toda la vida, Pedro y la de su hija.
Cuando sonó el teléfono, era un radio llamado de su hija, que con una sonrisa le decía:
—Hola mamá, ¿cómo estás?
—Bien querida, hoy me acordé de vos y me imaginé que por allí debe hacer mucho frío. ¿Tienes ropa de invierno?
—Si mamá, aquí hoy está nevando.
—Mira, aquí el calor es insoportable, mis flores están agotadas.
—Te voy a dar una sorpresa mamá.
—Espera que me siente, mi amor, ahora sí, decime la sorpresa.
—EL mes próximo, tengo que ir a Buenos Aires para organizar un evento, así que estaré con vos todo el mes.
—¡Que buena noticia hija!, no sabes como te extraño.
—Si, mamá, pero contame, ¿tan sola no estás?
—¿Te parece?, si no fuera por mis flores, esto sería un desierto.
—Pero entonces, —le pregunta su hija con cara de intriga —¿Quién es ese muchacho rubio que te acompaña; parado sonriente; detrás de tu sillón?.
Dora no se sobresaltó, y solo le dijo a su hija:
—Es un vecino al que le doy clases de Francés, se llama Alejandro, y es tan alegre, que pareciera que para él el tiempo no transcurre. —Dora hizo una pausa, y acomodó su teléfono para que su hija solo pudiera ver su cara— Cuando estemos juntas; ya es hora que te cuente una historia, querida; que hace mucho tiempo no la comparto con nadie. Te envío un beso hija, y te espero. La video llamada concluyó y Dora se quedó sentada en su sillón, mirando su parque hasta el anochecer, su mente estaba entretenida en sus recuerdos de juventud, no tenía miedo, todo lo contrario; se sentía acompañada y protegida.
Esa historia era muy simple, aquel hombre sonriente y rubio, que misteriosamente aparecía en aquellas fotos familiares, había sido el primer amor de una joven Dora; ilusionada; que el destino por culpa de un grave accidente truncó ese futuro que no pudo ser. Se llamaba Alejandro, y aquella noche de la reunión familiar, ella sí lo reconoció de inmediato en esas fotos, pero ese amor de juventud era parte de un secreto que jamás contó y no pensaba contar. Dora, en estos sus últimos años, sabía bien que alguien más compartía su vida; cuando cuidaba a sus flores; cuando escuchaba su música; o cuando leía sus libros.
lunes, septiembre 15, 2025
EL ARTE DE VENDER
El espejo le devolvía una figura respetable, su corbata roja perfectamente alineada con el cuello de su camisa blanca, el saco azul oscuro y el pañuelo en el bolsillo al tono de la corbata; una última mirada a sus zapatos bien lustrados; y su pelo negro limpio y corto con la raya al costado. La contextura física de Ignacio que era elegante por ser delgado y alto le brindaba confianza; estaba listo para la entrevista.
Llegó a la empresa puntual como era su costumbre, subió por el ascensor al piso décimo y cuando entró a la amplísima oficina pudo observar que solo había una secretaria trabajando en su computadora; después de presentarse la joven mujer le dijo que se sentara, que el gerente lo atendería en unos minutos; los minutos de espera fueron cuarenta y cinco, pero para Ignacio el empleo merecía la pena.
Por fin la secretaria lo hizo pasar a otra oficina más pequeña en donde estaba sentado detrás de su escritorio un señor de impecable traje gris y corbata, luciendo un par de gemelos de oro, al igual que su impactante reloj pulsera.
—¿El señor Ignacio García, verdad? —le preguntó ese hombre leyendo el currículum que tenía ante sus ojos, al que no era necesario preguntarle si era el dueño de la empresa, su aspecto lo decía todo.
—Sí señor.
—Tome asiento por favor. —le dijo el gerente recostandose en su sillón, y mirándolo muy seriamente — tiene usted idea señor García de la envergadura de esta empresa.
—Por supuesto señor, es más, yo soy un entusiasta de las carreras de automóviles y conozco toda la historia de la prestigiosa empresa Mercedes Benz y las fantásticas carreras ganadas con el piloto más famoso del mundo nuestro Manuel Fangio, con la inolvidable flecha de plata. —Le dijo Ignacio sonriendo con su cara jovial, a aquel señor que lo observaba.
—SI, si, perfecto señor García, pero este trabajo es para vender los automóviles de más alta gama que tiene la empresa, a esta agencia vienen personas del extranjero, de mucho dinero, muy exigentes, a comprar una joya de la industria automotriz; poco les importa las carreras del siglo pasado, eso es solo historia; a esta gente usted les está ofreciendo no solo un automóvil, usted les está ofreciendo un símbolo de poder; no se si me entiende.
—Como no lo voy a entender señor —le dijo Ignacio erguido en su asiento, colocando sus dos manos sobre el escritorio—; toda mi vida he vendido autos.
—No me diga, —le dijo algo sorprendido el gerente— ¿en qué empresa?
—La última fue en una familiar que llevábamos adelante con un primo mío en la ruta 8 cerca de la autopista del Buen Aire, pero de autos usados. —respondió Ignacio orgulloso.
El gerente con cara de pocos amigos tomando nuevamente el papel le dijo:
—Mire García, le voy a ser franco, su currículum no cumple con nuestras expectativas, nosotros necesitamos alguien que sepa al menos hablar Inglés, un buen manejo de Excel, algo de contabilidad, e incluso un cierto conocimiento sobre algunos lugares de Buenos Aires, como vinotecas, hoteles, restaurantes exclusivos; es decir, no se ofenda; nuestros vendedores tienen que ser jóvenes de cierta cultura general, que le permita en la negociación de la venta entablar charlas de igual a igual con el cliente; y usted está lejos de eso, no obstante debo decirle que lo único en lo que mide usted bien, es en su presencia, su vestimenta es elegante y sobria.
Ignacio se quedó mirando a su interlocutor siempre con su cara gentil y su sonrisa luminosa y al cabo de unos instantes le dijo.
—Señor, le quisiera pedir una oportunidad, permítame brindarle durante quince días una demostración de mi capacidad como vendedor, si durante ese tiempo yo no concreto ninguna venta, me iré y usted no me debe nada, ¿qué le parece?.
El gerente se le quedó mirando, y también recordando que le habían pedido completar el plantel de vendedores cuanto antes, y no podía conseguir a nadie. Entonces levantándose de su sillón y extendiendo su mano para saludarlo, dijo.
—Trato hecho señor García, usted tiene su oportunidad.
En el salón de exposiciones de la concesionaria solo se exponía un único automóvil, el Mercedes-AMG E 53 4MATIC + color negro...no pregunten el precio porque es de mala educación, solo diré que es muy elevado. Este dato no es menor, Ignacio lo tenía muy presente, el noventa y cinco por ciento de los compradores efectivos, no preguntan por el valor, excepto para extender el cheque.
Los primeros dos días Ignacio solo se limitó a observar, sus compañeros de trabajo eran dos jóvenes, compinches ellos, que en ese primer momento lo mantenía al nuevo integrante del equipo a cierta distancia, bastante lejana, ni siquiera se preocuparon en enseñarle el lugar o los procedimientos de trabajo por las posibles ventas, tampoco le dijeron dónde quedaba el baño de los empleados. Esto a Ignacio lo tenía sin cuidado, en un pequeño recorrido descubrió dónde estaba el sanitario, la cafetera y lo más importante; la empleada encargada de extender los recibos de anticipos o compras.
Durante esos dos días pudo notar que sus engreídos compañeros, tenían algunas falencias muy evidentes, una de ellas era hacerles bromas sutiles a las damas jóvenes que venían solas, de las que contabilizó un total de seis, las señoritas concurrían por la mañana pero ninguna concretó una sola compra. Otra de las notorias características de ellos era que cuando faltaban diez minutos para el fin de la jornada estaban desesperados por irse, y en una oportunidad, llegó un cliente diez minutos antes de cerrar y el desinterés por vender hizo que el posible comprador se fuera muy ofuscado.
Ignacio después de hacer todos sus análisis decidió comenzar a vender.
Un día viernes, quince minutos antes del cierre, paró en el estacionamiento de la agencia una camioneta embarrada hasta el techo; sus compañeros le pidieron si podía hacerse cargo, en cuanto Ignacio aceptó, ambos desaparecieron.
De la camioneta bajó un hombre bajo con boina y zapatos de trabajo, al verlo Ignacio imaginó la estrategia de su discurso, cuando entró al local con su mejor sonrisa y predisposición dijo:
—Buenas noches señor, gracias por confiar en nosotros, ¿a quién le va a regalar esta joya insuperable de la mecánica, a su mujer, o a un hijo?.
El señor lo miró muy serio y después respondió:
—¿Cómo sabe usted que quiero este automóvil para regalarlo?.
—Me atreví a decirlo porque usted me parece que no es de las personas que deseen este tipo de automóviles.
—¿Y por qué no?, si me puede usted decir. —dijo el señor algo molesto.
—Porque usted es una persona de trabajo que por lo general solo invierte en máquinas, o campos de producción agrícola, o cualquier otra cosa que le permita crecer a su empresa, pero jamás invertiría para usted en un auto de lujo. —el cliente se lo quedó mirando unos instantes, y después dijo.
—Debo decirle que usted es un excelente observador, ha acertado, quiero este vehículo para regalar.
Comprador y vendedor se estrecharon las manos y sonrieron.
—Dígame señor, donde desea usted que se lo entreguemos, con un gran moño blanco en el techo, el cual obviamente corre por nuestra cuenta. —le dijo Ignacio con su cara jovial.
—Bien, —dijo el hombre sacando su chequera—, el de mi hija en un country en Pilar, y el de mi señora en Barrio Norte.
—No entiendo —dijo Ignacio— ¿quiere que lo llevemos a dos lugares?
—Si, obviamente —dijo aquel cliente sin perturbarse— uno es para el cumpleaños de mi señora y el otro es para la fiesta de egresada de mi hija.
Ignacio por poco se cae de espaldas, en tan solo quince minutos pudo vender dos autos de alta gama; cuando le entregó el cheque a la cajera que era una joven muy simpática esta le dijo.
—No te puedo creer, te aseguro que jamás vendimos dos autos en tan poco tiempo, has batido el récord.
—Es solo un golpe de suerte —le respondió Ignacio con cara de experto.
A la mañana siguiente Ignacio llegó quince minutos tarde y cuando entró al local estaban esperándolo el gerente y los dos vendedores parados en el medio del salón.
—Señor García, —comenzó diciendo el gerente—, quiero que le explique en detalle todo lo referente a su excepcional venta de ayer a estos dos sujetos, a ver si aprenden al menos un poco.
Ignacio se sorprendió por la indicación del gerente, pero solo para desquitarse del maltrato de los primeros días por parte de esos dos engreídos, dijo con voz y cara de experto: —No se preocupe señor, los voy a sacar buenos.
A partir de esa venta vinieron muchas otras, en su mayoría concretadas por él. Ignacio contaba con una ventaja que él solo sabía; venderle un auto o camionetas usadas a alguien que juntó el dinero durante diez años, es mucho más difícil que al que le sobra el dinero para comprar o incluso regalar un automóvil de altísima gama.
Un lunes por la mañana muy temprano llegó un hombre en una moto de alta cilindrada, sus dos compañeros aún no habían llegado, costumbre muy frecuente en ellos. Después de sacarse el casco el posible comprador, entró al local e Ignacio lo saludó habiendo ya estudiado al candidato y su estrategia de venta.
—Después de una prolongada charla sobre las características del automóvil, caballos de fuerza, torque, tapizado, caja automática y lo principal, su elegancia; Ignacio terminó su discurso diciéndole en voz baja a su cliente.
—Pero permítame que le diga señor, el grave problema que tiene este vehículo. —el hombre puso cara de intriga y preguntó:
—¿Qué problema tiene?.
—El problema es, que cuando usted llegue a todos los elegantes lugares a los que frecuenta, manejando esta máquina que es una joya, sus conocidos lo van a envidiar poniéndose verdes; y eso, nuestra firma no puede solucionarlo.
El hombre se rió con ganas y sacando su tarjeta bancaria Negra de American Express dijo:
—Precisamente para eso lo quiero comprar.
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LA PARTIDA DE TRUCO
Nicolás Sirreyes tenía un campo lo suficientemente extenso para permitirle ser el hombre más acaudalado del pueblo. Corría el año 1912, se había implementado el sufragio universal para varones. La pica venía de lejos con Gumersindo Luna que era dueño de la casa de productos generales, desde granos hasta tranqueras.
El galpón comercial tenía para las tareas del campo todo lo necesario, incluido los créditos para poder pagarlo después de la cosecha. La enemistad venía de lejos por culpa de una joven que solo estuvo en el pueblo dos noches, esas cosas de hombres que quedan arrinconadas en el recuerdo y salen en el momento menos pensado.
El Negro Fonseca era un buen hombre pero a la segunda copa de Ginebra el humor le cambiaba para mal.
Abelardo era el muchacho de los mandados, pero lo único que tenía de malo era no ser lerdo, digamos que solo necesitaba que el contrincante quien sea, solo diera un parpadeo, para que su faconcito hiciera el resto.
Los de armas llevar eran Nicolás Sirreyes y Gumersindo Luna, cuyo rencor mutuo quedó allí, aquella noche, oculto por mucho tiempo, pero era tan grande y peligroso como una serpiente.
Las diez de la noche era una hora apropiada para comenzar un juego de truco en el almacén, que después de las ocho las señoras ya se habían retirado y el lugar daba paso a convertirse en boliche.
La apuesta era fuerte, mil pesos, sólo entre dos adversarios, Sirreyes y Luna, los otros dos eran laderos.
El Negro Fonseca jugaba con Luna, y Abelardo con Sirreyes. De ganar no arriesgaban nada y se llevaban cien pesos.
Sirreyes pidió al almacenero unos naipes nuevos y una botella de Ginebra. El pedido llegó más cuatro vasos y un platito con porotos.
Se pactó que el juego se realizaría sin flor y a quince puntos. Esto indicaba a las claras que había revancha y otros mil pesos más de apuesta.
En las primeras dos manos, Luna y el Negro tenían diez porotos de ventaja.
La mesa de juego estaba iluminada por un candelabro, negro y torcido que colgaba de algún lado con cuatro velas, más dos velas sobre la mesa, la iluminación estaba a cargo del establecimiento.
En tanto barajaba el Negro Fonseca, Sirreyes sirvió una vuelta de ginebra para todos. En ninguno de los rostros y menos aún los que arriesgaban su dinero se podría decir que se estaba jugando por simple distracción, más precisamente era a muerte.
La mano para Sirreyes venía, bien y mal, el ancho de espadas y dos cuatros, lo mira casi sin mirar a su compañero y Abelardo le hizo la seña inconfundible, cerrando los dos ojos, no lo podía ayudar con nada. Pero mentir es la principal estrategia de este juego de naipes, y entonces:
-¡Envido!, -dijo Sirreyes-, sin cartas.
-Quiero! -le contestó Luna-, hoy no era su día, pero lo que le molestaba no era perder ni mil, ni dos mil, ni tres mil pesos, lo que realmente le jodía a Sirreyes era perder a manos de Luna.
La partida esa y la siguiente salió de mal en peor para el estanciero.
El almacenero les alcanzó la segunda botella de ginebra, y el ambiente no era lo que se dice cordial.
Gumersindo Luna ya le había ganado a Sirreyes cuatro mil pesos.
Y entonces le pareció que lo mejor, o lo más saludable era ir dando por terminado el encuentro. Mirándolo a la cara a Sirreyes antes de empezar a barajar le dijo,
-Creo que por hoy es suficiente, -dijo Luna- y fue entonces cuando la ginebra, los malos recuerdos o de sólo bruto no más, le espetó en la cara, Sirreyes:
-¡Vas a jugar hasta que yo te diga carajo!
Después de eso el rumbo de la reunión se estropeó para no mejorar.
-¡Pagame que hasta aquí llego yo! -dijo en voz alta Luna-.
Sirreyes estaba esperando esa contestación, alcanzó a manotear su pistolón y disparó turbado al pecho de Luna, que se la venía venir; se pudo retirar un poco, pero no le alcanzó, sintió el desgarro en su pecho. El negro Fonseca hizo un ademán como quien quiere calmar algo. Ya era demasiado.
Gumersindo Luna entendió que se le terminaba la vida, pero en un último impulso alcanzó a disparar su arma a la frente de Sirreyes, que cayó al instante desplomado.
Al día siguiente la gente del pueblo arrancó con sus tareas de siempre, excepto por dos entierros. Nadie pagó la cuenta del boliche de la noche anterior.
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sábado, septiembre 13, 2025
LA ARGENTINA VISTA POR FLORENCIO MOLINA CAMPOS
La situación argentina se podría describir con un cuadro del famoso pintor argentino Florencio Molina Campos. En el cual, en medio de un potrero embarrado, un jinete trata de sostenerse sobre el lomo de un caballo zaino encabritado, mientras detrás de la empalizada, ocupando todo el perímetro, paisanos se ríen a carcajadas gritando y tirando sus sombreros al aire para enfurecer más al animal, esperando ver caer al jinete de bruces, para completar el jolgorio y la algarabía de todos.
Creo que no es necesario aclarar quién es quién, pero un cuadro solo muestra un momento, los acontecimientos posteriores pueden ser diversos.
Entonces, tal vez, lo menos pensado puede ocurrir y justamente el poderoso y furioso animal, en lugar de quitarse de encima al jinete, se da cuenta que los borrachos detrás del alambrado también se ríen de él, y decide ayudar al joven dejando de pararse de mano, y comenzando a caminar calmo, para sorpresa de los desaforados brutos, que se abrazaban saltando y riendo esperando la caída estrepitosa del jinete al barro, para de ese modo descostillarse de risa.
Cuando la diversión terminó, los entusiastas y grotescos paisanos se tuvieron que retirar, no porque el jinete domó al caballo; se les terminó la joda porque el noble animal le permitió al joven continuar subido a su lomo…al menos por un par de años más.
viernes, septiembre 05, 2025
EL ERROR
Ir a trabajar no tiene grandes atractivos; desayunar; cambiarse; acomodar el portafolios; comprobar que llevamos la billetera; salir a la calle; saludar al conocido; caminar esas cuatro cuadras hasta el subte; esperar que el tren se detenga; subir; durante el viaje ordenar nuestras ideas para esa jornada; imaginar a esa reunión que no deseamos ir; llegar a nuestro destino.
Miguel realizaba esa sucesión de actos de lunes a viernes en forma mecánica y rutinaria. Ese lunes, le llamó la atención que gran parte de la gente de su vagón bajaron en estaciones previas, y en Carlos Pellegrini bajó todo el resto del pasaje, cuando el subte se detuvo en la estación Florida, después que se abrieron todas las puertas, Miguel, comprobó al bajar que la estación estaba completamente desierta, su asombro fue aún mayor cuando se apagaron las luces, y todo el espacio quedó en penumbras; con su teléfono alumbró el camino para poder salir. En cuanto siguió caminando por el corredor vio la escalera de salida iluminada por la luz del sol; cuando empezó a subir, notó de inmediato que la calle estaba en silencio; por lo general el tráfico de la avenida provoca mucho ruido a esa hora, pero esta vez no. Evidentemente a esta altura de los acontecimientos algo muy extraño estaba ocurriendo en la ciudad, pero Miguel no podía comprender; al poner un pie en la vereda, la luz potente del sol lo deslumbró y sintió un calor sofocante. Cuando pudo ver con claridad, pensó en que había ocurrido un cataclismo, o un atentado devastador, o tal vez era un sueño, pero lo que veía era demasiado real para estar soñando.
A su frente, solo veía una extensión de médanos que se perdían en un horizonte ondulado y en lo alto sobre su cabeza, un sol despiadado; después de caminar solo unos pasos sobre aquella arena muy blanca, miró hacia atrás, y la salida del subte, su única referencia con la realidad, ya no estaba; solo dunas lo rodeaban. Miguel pensó que había enloquecido, o que había sufrido un serio ataque cerebral, no entendía en donde estaba, mejor dicho, no comprendía qué había ocurrido con la ciudad, su rutinaria ciudad, de todos los días.
Cuando comenzó a sofocarse por esa altísima temperatura colocó su portafolio sobre su cabeza y sacó de su saco sus anteojos negros para proteger sus ojos, después se quitó el saco y la camisa. No podía salir aún de su asombro, llegó a pensar que así podría ser la muerte, es decir, que algo le sucedió de un momento a otro sin darse cuenta, tal vez un paro cardíaco repentino; puso su mano libre sobre su pecho transpirado y sintió sus propios latidos.
—¡¿Qué me está pasando?!, —gritó con desesperación—.
El calor era insoportable y comenzó a sentir sus brazos quemados por el sol, retrocedió a buscar su camisa y se la colocó. A pesar de mirar en todas direcciones siempre veía el mismo paisaje; dunas que un viento persistente comenzaba a mover, imaginó que así sería el desierto del Sahara, pero él había descendido en la estación Florida de Buenos Aires. De repente se le ocurrió utilizar el teléfono que lo tenía en el bolsillo de su pantalón, al encenderlo, este tenía señal, pulso de inmediato el número de un amigo, y el aparato comenzó a sonar, pero solo escuchó el contestador que decía:
—En este momento el usuario 11457 ... 63 no lo puede atender, intente más tarde.
Intentó con otros números y solo el contestador respondía siempre lo mismo. Intentó e intentó, pero parecía que estuviera solo en el mundo, nadie contestaba. Miguel comenzó a razonar que si su teléfono funcionaba, y un contestador respondía, era evidente que en algún lugar estaba ese contestador, y una antena relativamente próxima transmitía su llamada, pero sin lugar a dudas algo estaba pasando que él no alcanzaba a entender, ¿pero que?, se preguntaba una y otra vez.
En un momento, sofocado por el calor, comprendió que en esa extraña situación, sin agua, moriría deshidratado, fue entonces cuando sintió un profundo terror y su mente se bloqueó. Cuando reaccionó, estaba arrodillado y la arena caliente quemaba sus rodillas. Pensó que este sería su fin, pero le molestaba no entender esa situación, ¿quién le había robado su vida, su ciudad, su trabajo, sus gustos?
Con sus ojos irritados por la arena, y su cuerpo ardiendo, se tendió boca abajo en la arena, pensando que cuanto antes ocurriera, mejor sería.
Estaba aturdido y algo adormecido cuando, inesperadamente, sonó su teléfono.
—¡Hola!, ¡hola! —gritó Miguel desesperado—
Al cabo de unos instantes, una dulce voz de mujer dijo:
—Si, Miguel, te pido disculpas, hemos cometido un error, sin quererlo modificamos un sector de tiempo, y tu estabas por casualidad en un lugar en donde no debías estar. Sentimos mucho lo ocurrido, pero son cosas que a veces pasan. —esa voz, se quedó callada—.
Con desesperación Miguel preguntó:
—¡¿Quién habla?!, ¡¿quién es usted!?.
Al cabo de unos instantes eternos para Miguel, la voz continuó diciendo:
—Mi nombre es Iyari, provengo de un sistema planetario muy lejano al tuyo, y nuevamente te pido disculpas. —nuevamente esa voz se calló—
A estas alturas Miguel no pensaba en perdonar a nadie, solo quería no morir, y entonces respondió:
—Te pido por favor si es que puedes hacerlo, me regreses a mi vida, aquí estoy muriendo de sed, no creo que pueda resistir mucho más.
—Detrás de ti tienes agua, tómalo por favor —dijo esa mujer con más calma—
Cuando Miguel miró, a pocos metros de donde estaba, había un cántaro de barro, el mismo contenía agua; cuando tomó un primer un sorbo, pudo comprobar que era agua pura y fresca, la cual bebió con gusto. Algo más calmado, tomó nuevamente su teléfono y le dijo a aquella mujer desconocida:
—Gracias.
—No tienes que agradecer nada, nosotros somos los culpables de que sufrieras este inconveniente, solo debes decirnos, a qué lugar quieres ir, y allí estarás en el mismo instante que lo pienses; pero antes, es nuestra obligación recompensarte con lo que tu quieras, pero te advertimos que sólo puedes pedir un único deseo. —le dijo con serenidad esa voz a Miguel—.
Por la cabeza de Miguel pasaban miles de sensaciones e ideas algunas encontradas, por momentos pensaba que estaba muerto, después se decía que había enloquecido, que no era algo real lo que estaba experimentando; pero allí continuaba en ese recipiente su agua para sobrevivir, después de tomar otro sorbo, tomó nuevamente su teléfono y esto preguntó:
—Solo deseo no morir aquí, te pido si puedes, me ayudes por favor —dijo Miguel desconsolado— y esa misma voz de mujer le dijo:
—Te pido que tomes esto con calma, te reitero, hemos cometido una equivocación contigo, que aunque te la expliquemos no comprenderás. Debemos recompensarte por nuestro error, así funciona el universo, tienes tiempo de pedir un deseo hasta que se termine tu agua, si no lo pides en ese tiempo, regresarás a tu lugar de origen, pero perderás una oportunidad que no todos en tu planeta pueden tener.
—Si pido un deseo, y me lo conceden, ¿puedo si no me agrada, regresar a mi estado de vida normal? —le preguntó Miguel a esa voz en su teléfono—.
—Lamentablemente eso no es posible, una vez que elijas, tu vida tendrá eso que quieras, para siempre. —dijo esa voz dulce—.
Estimado lector, si tú tuvieras esa posibilidad que le otorgaban a Miguel, ¿cuál sería el deseo que te gustaría pedir?…Te ayudaré a pensar algunas posibilidades:
Ser un prestigioso rey
Ser un escritor
Un bombero
Un soldado
Un hombre muy rico
Ser famoso
Ser feliz
Tener una casa
Tener un automóvil
Ser médico
Ser abogado
Ser un filósofo
Ser joven
Ser viejo
Ser un empresario
Ser un jubilado
Ser un estudiante
Un lector
Ser un extraterrestre
Conocer el futuro
Poder ir al pasado
Vivir eternamente
Ser un mago
Poder brindar deseos
Hacer feliz al que no lo es
Ser bueno
Ser malo
Hablar un idioma
Escribir
Poder viajar por el universo
Poder navegar
Poder viajar en avión
Ser un perro
Ser un gato
Ser un animal
Ser una planta
Ser un piedra eterna
Miguel, después de pensar;y pensar; y pensar; antes de tomar el último sorbo de esa agua cristalina…eligió un único deseo, tomó su teléfono y dijo:
—Quiero vivir mi vida, tal cual fue, desde el principio.
La enfermera del hospital, se acercó al padre de Miguel, que aún no sabía que nombre le iba a poner, y le dijo con una sonrisa:
—Usted es padre de un varón señor.
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