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viernes, mayo 29, 2026

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES (entrega final)

 

          Durante dos días continuamos recorriendo la zona en torno al lugar donde descubrimos el mojón, sin poder encontrar nada que nos llamase la atención. Excepto esa rara sensación de que alguien nos seguía. 

—Hoy me parece que estamos buscando en vano algo que no existe —me decía Raquel mientras caminábamos—. Quizás esas piedras las colocó alguien sin motivo, solo para dejar una marca hace solo unos años; pero lo que debemos buscar es una pista que en verdad tiene siglos. 

—Tienes razón, estamos buscando una huella en la arena de una playa que seguramente se borró definitivamente hace más de cien años. 

—Creo que hoy estamos coincidiendo en que nuestra empresa era algo imposible desde el comienzo —recapacitaba Raquel, deteniéndose y quitándose su mochila. 

—Hemos puesto demasiadas expectativas en los esfuerzos del abuelo de Roberto X, al que ni siquiera conocemos —le respondí a mi señora ofreciéndole agua—. Tal vez lo que me motivó fue más el viaje que descubrir la verdad de una leyenda. 

—Quizás ciertas cosas es mejor que solo perduren en una leyenda porque, tal vez, si esas historias salen a la luz, no sean tan deslumbrantes como se pensaba, y la leyenda pase a ser una simple mentira. 

Cuando Raquel terminó de decirme esto, escuchamos con claridad el crujido de una rama a nuestras espaldas. Al darnos vuelta, sobresaltados, pudimos ver cómo caía un gran gajo de un árbol seco e inmediatamente después, un grupo de pájaros salió volando. 

—Tal vez el bosque nos quiere decir algo, Fran. Mejor regresemos. 

Cuando llegamos al campamento, dos muchachos que eran ayudantes del encargado estaban terminando de armar la pila de ramas para el fogón de la noche. En otro sector, un asador con su fuego encendido mostraba un costillar que ya comenzaba a brindar su inconfundible aroma al derretirse su grasa. La mesa y los bancos, con un impecable mantel a cuadros rojos y blancos bajo una línea de luces, anticipaban la cena grupal. 

Con Raquel teníamos preparada una fuente con una picada no muy variada pero abundante, más dos botellas de un excelente vino mendocino. Cuando la llevamos a la mesa, se acercó una de las parejas de matrimonios alemanes trayendo una gran fuente con tortas y frutos secos. También se aproximó la pareja de jóvenes mochileros con empanadas. A partir de ese momento nos pusimos a charlar y se nos olvidó nuestro objetivo de encontrar la ciudad perdida. 

Alrededor de las ocho de la noche se aproximó el encargado del camping acompañado por una familia que, por sus atuendos, no cabía duda alguna de que eran del Lof Wiritray; traían más comida e instrumentos musicales. 




Uno a uno nos los presentaron diciendo sus nombres indígenas y ellos los traducían al español: la señora joven, “Alegría”; su esposo, “Hombre Libre”; sus hijos, “Pequeña Abeja”, “Rayo de Sol” y "Primavera"; y, por último, el que me quedó grabado en la memoria para siempre, el del anciano: Nehuen, que significa “Poder”. 

Con mi señora hemos asistido a muchos fogones, pero este, debo decir, tuvo un encanto y un atractivo especial, tal vez por la mezcla de edades, orígenes e historias de vida tan distantes y opuestas, pero todas de personas dignas de compartir alegremente sus recuerdos, sus anécdotas fascinantes o incluso sus malos trances. 

Creo, sin equivocarme, que fue uno de esos días de la vida que se comparten y quedan en el recuerdo para siempre. 

Uno de los momentos más entretenidos fue cuando los dos niños cantaron y tocaron sus instrumentos musicales. No faltó la oportunidad de cantar algunos temas folclóricos y, ya muy tarde en torno a la fogata, tomando café o mate, las historias misteriosas que todos alguna vez vivimos. 

Pero tanto para Raquel como para mí, faltaba algo aún que no imaginábamos. Cuando la fogata comenzaba a extinguirse, una tenue luz sobre las montañas indicaba el amanecer próximo. 

Comenzamos a despedirnos con la promesa de que el año próximo, el mismo día, repetiríamos este encuentro. La pareja de alemanes juró que estaría presente con más integrantes de su familia. 

El último que nos quedaba por saludar era el anciano Nehuen; este se acercó y, extendiendo sus manos, nos preguntó:

—¿No han visto aún la ciudad?. 

Yo me quedé de una pieza, pensé que se refería a Buenos Aires. Y le respondí: 

—¿Qué ciudad? 

—Cuál va a ser: la de los Césares —me dijo mirándome a los ojos. 

—¿Sabe usted dónde está? —pregunté con mucha curiosidad y asombro. 

—Por supuesto. 

—¿Me podría llevar usted allí? —le dije entusiasmado. 

—Por supuesto, Francisco; vendré a buscarlos cuando despunte el sol mañana domingo. 

Con Raquel no podíamos creer lo que este hombre nos decía, pero eso fue exactamente lo que ambos escuchamos. 

Al despertarnos el domingo, el sol aún no había salido y una persistente aguanieve caía pintando todo el campamento de blanco. Cuando me asomé para preparar el desayuno, a pocos metros de la carpa, Nehuen nos esperaba envuelto en un grueso y enorme poncho. 

—Tenemos que ir ahora si quieren verla —me dijo—, no hace falta que lleven las mochilas. 

Ambos nos levantamos y salimos rápido. Nehuen comenzó a caminar con paso firme y veloz; nosotros lo seguíamos por detrás. Yo pensaba que era un anciano, pero su vitalidad era la de un hombre joven. En las subidas no disminuía la velocidad de su marcha y en dos oportunidades tuvo que esperarnos para que lo alcanzáramos. 

Después de unos cuarenta y cinco minutos de caminata, a nosotros nos faltaba un poco el aire, pero a él no. Por fin se detuvo en un lugar tapizado de robustos coihues frente a un precipicio; allí había una enorme roca que invitaba a sentarse y observar el paisaje. 

—Ahora, estimados amigos, quiero que vean la ciudad resplandeciente y rica de los Césares —nos dijo Nehuen—; siéntense y guarden silencio. 

Con Raquel nos miramos pensando que éramos objeto de una broma, pero no teníamos nada que perder y acatamos la orden del anciano mapuche. Cuando nos sentamos, pudimos observar un paisaje imposible de describir: solo estando allí se puede sentir el inmenso y majestuoso lugar; todos los sentidos quedan absortos y embriagados por los colores y el sonido de la brisa entre las copas de los árboles; un valle verde que se mezcla entre lagos de altura de agua cristalina y finas cabelleras de agua que se deslizan mansas entre las rocas desde los picos nevados. Si existe un paraíso en la tierra, es ese lugar, sin duda. Uno queda tan satisfecho de formar parte de aquello que los comentarios y las palabras están de más. 

No sé cuánto tiempo estuvimos allí con Raquel, tomados de la mano. 

—¿Qué les pareció? —nos dijo Nehuen, sacándonos de nuestro asombro—. Quiero contarles una breve historia. 

—Cuando yo tenía ocho años, mi padre me trajo a este mismo lugar, el cual frecuento cuando tengo una inquietud o busco alguna solución —comenzó diciendo el anciano sin dejar de mirar el paisaje—. En todas las sobremesas y las charlas nocturnas de nuestras familias se hablaba con frecuencia de la Ciudad de los Césares; también le decían Ciudad Errante o Trapalanda. Según la leyenda, sus riquezas eran de tal magnitud que los hombres podían quedar ciegos por su brillo; solo era posible entrar en ella de noche, y aquel que la descubriese sería premiado por los dioses. 

»Cuando llegamos con mi padre aquí, después de contemplar el valle en silencio durante mucho tiempo, me preguntó si podía ver la ciudad. 

»Yo le dije que no veía nada, y lo que me respondió solo pude entenderlo después de varios años. 

»Con su voz pausada y profunda, y su brazo sobre mi hombro, me dijo: 

»—Recuerda esto que hoy te digo, Nehuen: la Ciudad Errante se deja ver por el que la busca, pero se pierde para el que la encuentra. 

Después de decirnos esto, el anciano mapuche nos estrechó las manos cordialmente y nos dijo que siempre seremos bienvenidos en estas tierras. 





FIN


Estimado lector, si te ha gustado esta historia te recomiendo otra que espero también te agrade:

LA FORTUNA DE LA FAMILIA PÉREZ 



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jueves, mayo 28, 2026

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES (tercer entrega)

 

            A la mañana siguiente nos levantamos predispuestos a recorrer los alrededores con la intención de no alejarnos mucho. Pensábamos buscar una estrategia o método para encontrar un sendero, una señal, algo. A decir verdad, no teníamos muchas esperanzas porque estos parajes han sido recorridos por miles de senderistas desde siempre, pero nadie con una intención como la nuestra: encontrar un tesoro oculto por siglos.

La ubicación que el abuelo del señor Roberto X le indicó en su carta era uno de los tantos lugares donde se presume que está la mítica Ciudad de los Césares. Aquí, en el parque nacional Nahuel Huapi, existe «La cascada de los Césares» en referencia a la ciudad perdida, la cual se encuentra en el extremo oeste del lago Mascardi, camino al cerro Tronador. Otros lugares de Argentina en donde se presume que está la rica ciudad incaica son el «Paso de los Césares», en la provincia de San Luis; «Lo de César», en la sierra de Córdoba; la meseta de Somuncurá; Fuerte Argentino, en Río Negro; y la «Ciudad encantada», en los valles inaccesibles donde nace el río Chubut. 

Lo que nos entusiasmaba era el hecho de que un hombre estudioso, apasionado por este tema, después de investigar todos los documentos disponibles acumulados durante años, confirmaba este lugar en donde nos encontrábamos, descartando el resto. 

Obviamente, era obligatorio comenzar nuestra búsqueda a partir de este salto de agua de cincuenta metros de alto, rodeado de bosques nativos. Después de consultar nuestros mapas, vimos que se trataba de una caminata de baja dificultad de aproximadamente cuarenta y cinco minutos. El día estaba espléndido; no llevamos la carpa de montaña para reducir el peso de nuestras mochilas. 

—Imagino que, si los incas fundaron una ciudad, debieron de haber pensado en tener agua potable todo el año, por lo cual este lugar cumple de sobra con ese objetivo —me comentaba Raquel mientras caminábamos inmersos en un paisaje deslumbrante que nos sorprendía a cada paso. 

—Desde ya; también animales para cazar, leña para cocinar y esta belleza natural de paisajes sobrecogedores. 

—Sin duda; además, aquí tenían a mano rocas para los muros y troncos para los techos de sus construcciones —acotaba mi señora. 

—Otro aspecto a considerar es que, si estaba adornada con oro y plata, tendrían una mina en algún lado; quizás pudiera ser más fácil encontrar la entrada de esa mina que la propia ciudad —le dije. 

—Tienes mucha razón, Fran, tendríamos que buscar la entrada a esa mina —coincidió Raquel conmigo—. Tampoco deberíamos descartar que la ciudad no fuera del tipo convencional, con casas y templos. Tal vez la realizaron horadando una montaña. 

—¡Exacto!, es probable que la mítica ciudad sea una caverna junto a la misma mina de oro, con su entrada tapada por algún motivo y cubierta de vegetación. 

Mientras caminábamos conversando por ese bosque majestuoso, sentí la sensación de que alguien nos observaba, o incluso nos seguía. Le dije a mi mujer que nos detuviéramos un instante; miré hacia todas partes, pero solo salió caminando un zorro que estaba detrás de un árbol. 

—¿A ti te pareció lo mismo que a mí? —me preguntó Raquel—. Sentí la presencia de alguien. 

—Así es —le contesté—, pero lo que ocurre es que en estos bosques hay muchos animales salvajes; no descarto que pueda haber un puma siguiéndonos. 

Cuando estuvimos próximos a la cascada, a pesar de no verla aún, comenzamos a escuchar el sonido del agua al caer. Después de transitar un estrecho sendero por dentro de un tupido bosque, se nos apareció de pronto frente a nosotros. Nos deslumbramos con tanta naturaleza intacta, sin contaminación del hombre. 

—No puedo dejar de pensar que esta naturaleza, la cual se ha materializado por siglos, haya logrado concentrar tanta belleza —le dije a mi mujer abrazándola. 

—Pienso exactamente lo mismo, y le doy gracias a nuestro destino por poder disfrutar de esto. 

—Sin lugar a dudas, aquellos habitantes incas sabían dónde fundar una ciudad; no se equivocaban, eran los dueños de este paraíso —reflexionaba mi señora mientras se quitaba la mochila. 

—No necesitaban tener wifi, internet o Netflix —le dije bromeando a Raquel. 

—Sin duda que no —me contestó—, y además, gratis. 

Ambos reímos. 

Almorzamos sentados sobre una amplia roca plana, disfrutando del espectacular salto que nos hipnotizaba. Estuvimos allí, sin darnos cuenta, durante horas. 




—Creo que tenemos que regresar —me dijo Raquel—, está cayendo el sol y comienzo a tener frío. 

La vuelta fue placentera, sin complicaciones. Pero hubo algo que nos llamó la atención: a mitad de camino nos encontramos con una pila de piedras colocadas y apiladas de mayor a menor. Evidentemente era algo realizado por una mano humana y, sin duda, por el musgo acumulado, databa de hace mucho tiempo. Le saqué un par de fotos para tener ese registro e indiqué con una cruz su ubicación en nuestro mapa. Por el momento no nos indicaba mucho, pero al menos era algo. A decir verdad, no le dimos a este descubrimiento demasiada importancia. 

Una vez que llegamos al campamento base, ya era de noche. Nos encontramos con la novedad de que habían llegado dos matrimonios alemanes en un enorme motorhome, más una pareja de jóvenes argentinos con carpa de montaña. Habíamos terminado de cenar cuando se nos acercó el encargado del camping para invitarnos a una reunión de fogón que se realizaría el viernes por la noche; cada quien debía aportar lo que pudiera para comer o beber. Por supuesto que aceptamos la invitación; siempre nos gustaron las reuniones de fogón. El encargado nos avisó, además, que vendría un grupo mapuche del Camping Relmu Lafken, del Lof Wiritray. 

—Esta novedad de poder conseguir un contacto con uno de los tantos pueblos originarios nos puede ser útil en nuestra búsqueda —le comenté a Raquel.

—Yo pensé lo mismo. Incluso, en su vasta historia, los mapuches fueron los que se enfrentaron y contuvieron el avance hacia el sur de los incas, y también existió un encuentro entre dos culturas. Esta interacción dejó una huella profunda en el idioma mapuche, el mapudungún, que adoptó numerosos préstamos lingüísticos del quechua. Para entender este vínculo, hay que situarse a finales del siglo XV, alrededor de 1485, cuando el Imperio incaico (Tahuantinsuyo) se encontraba en plena fase de expansión hacia el sur bajo el reinado del sapa inca Túpac Yupanqui. 

—Has leído mucho, querida. 

—Así es, me encanta el tema de los pueblos originarios. 

A última hora le envié algunas fotos de nuestra recorrida de ese día al señor Roberto X, incluida la de la pila de piedras. 

Me llamó la atención la rápida respuesta por videollamada. 

—¡Señor Francisco!, cuando vi su foto de la pila de piedras por poco me desmayo —me decía Roberto X con cara de asombro—. Como le había dicho en nuestra reunión, mi abuelo escribió cincuenta libretas de apuntes, las cuales yo estudié con detenimiento, y en una de ellas hace un pormenorizado comentario sobre estas pilas de piedras. Estos monumentos o mojones los hacían los incas para indicar un límite, terreno, lugar o camino. Por el musgo acumulado, son muy antiguos. 

No podíamos creer lo que escuchábamos; haber descubierto algo así, de tal magnitud, el primer día nos parecía increíble, pero el asombro que me demostaba el señor X afirmaba nuestro hallazgo. 

—Miren ustedes estos dibujos de mi abuelo —Roberto X puso frente a la cámara uno de los cuadernos en donde, a mano alzada, se veía dibujada una pila de piedras apiladas con un hombre de pie al lado, llegando estas hasta su cabeza. 




—De acuerdo a las indicaciones de mi abuelo, estos monolitos se denominan apachetas o sayhuas. Las primeras eran montículos de piedra con la intención de rendir tributo a los dioses y se ubicaban en lugares altos; las segundas podrían indicar un tupu, que era una extensión de tierra que le permitía el sustento a una familia. Por la foto que usted me envía, se trataría de una demarcación de territorio, porque por lo general son mucho más pequeñas. Esto para mí es fantástico; sin duda ustedes están en el lugar correcto, manténgame informado, por favor. 

—Si descubrimos la ciudad, querido, ¿qué haremos?, ¿lo has pensado? 

—¡Nos convertiremos en multimillonarios! —le dije a mi señora mientras encendía el horno—. Lo primero que compraremos es una motorhome como la de nuestros vecinos. 

—¡Me encanta! 



Continuará.


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miércoles, mayo 27, 2026

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES (segunda entrega)


2.


           Una de las cosas que más nos agrada a mi mujer y a mí de nuestros “viajes expedicionarios”, así los llamamos, son todos los preparativos previos.

Esta vez íbamos a estrenar una carpa de caja, la cual va montada sobre la camioneta y se despliega al acampar. Pero por el mes de Mayo, en Bariloche suele nevar, por lo cual es necesario estar prevenido para soportar un frío intenso que puede llegar a algunos grados bajo cero. Por precaución quisimos llevar dos equipos de calefacción, uno portátil a gasoil y otro a leña el cual es muy cómodo para preparar comida caliente dentro de la carpa. La vestimenta debe ser la adecuada (en capas), desde las medias y el calzado hasta las camperas. Las bolsas de dormir que tenemos son las de pluma de ganso, las hemos probado y son insuperables para el frío. Además contamos con equipos de trekking muy completos, incluso para soportar varios días de caminata. 

Nuestra camioneta es una vieja Ford Ranger, que a pesar de tener varias travesías realizadas se encuentra como el primer día y nos ha permitido confiar en ella. Para estos viajes, llevo por costumbre dos auxilios y cadenas para la nieve, una caja de herramientas no puede faltar, faroles, linternas, y fundamentalmente los mapas y una brújula. No se puede confiar ciento por ciento en el GPS. Tampoco jamás olvido llevar mi equipo de pesca, en este caso para utilizarlo con mosca. 

Emprendimos el viaje desde Buenos Aires comenzando por la ruta 5 hasta Santa Rosa en la provincia de la Pampa, después la ruta 35 hasta la 152 para cruzar Río Colorado, continuando por la ruta provincial 6 hasta Gral. Roca, luego por la ruta 22 que pasa por Cipolletti hasta empalmar la 237 hasta llegar a Piedra del Águila. A partir de aquí disfrutamos de lo mejor del viaje, porque el trayecto se convierte en un paraíso hasta el último destino, Bariloche. Aproximadamente son 1600 kilómetros y se tarda unas 20 horas sin parar. No es nuestro caso, nos gusta pernoctar en Gral Acha.

La partida nos provoca  muchas expectativas por todo lo que nos deparará el viaje, en esta caso en particular se nos agregaba tener una dato muy preciso, la ubicación entre dos puntos separados unos 90 kilómetros, desde Bariloche al cerro Tronador, para encontrar nada más ni nada menos que la misteriosa Ciudad de los Césares. Este recorrido lo conocíamos de memoria, el cual solo se puede admirar estando allí, las palabras no alcanzan, es un lugar inigualable y majestuoso. Salimos a la madrugada del sábado para evitar en lo posible los camiones. 

Nuestro objetivo era acampar en un camping del lugar para hacer base y desde allí comenzar nuestras caminatas en busca de encontrar al menos un pequeño indicio, una marca, un cambio en el color de las rocas, un sendero olvidado entre las piedras; algo que nos llame la atención. 

El primer tramo fue tranquilo, sin sobresaltos, lo disfrutamos mucho, nos gusta la ruta. Mi costumbre es tratar de no parar llevando una velocidad lo más constante posible, respetando las velocidades máximas que muchos conductores imprudentes piensan que las mismas no son para ellos. Cuando llegamos al camping de Gral. Acha sus dueños nos conocen y fuimos bienvenidos, debo decir que extender por primera vez la carpa de caja nos resultó bastante complejo, pero logramos hacerlo y pudimos pasar una muy buena noche y descansar. A la mañana siguiente bien temprano, cargamos combustible y desayunamos en la estación de servicio, al poco rato de salir a la ruta comenzó a llover intensamente pero con precaución continuamos. El mal tiempo nos acompañó unos trescientos kilómetros hasta que por fin un alegre sol iluminó el camino.

Cuando nos faltaba unos cuatrocientos kilómetros para llegar me sorprendió un mensaje en mi teléfono, era el señor Roberto X, para saber cuándo saldríamos, le envié un mensaje de voz comentándole que estábamos por llegar a Bariloche, le iba a dar una sorpresa cuando llegáramos, pero él se nos adelantó. 

—¡No lo imaginaba, Francisco!. ¡Qué alegría me brinda!. —me habló emocionado—. Créame que ahora mismo, con mi imaginación, estoy viajando junto a ustedes. Téngame informado y envíeme, si puede, fotos.

—Lo tendré al tanto de cada detalle que descubra, despreocúpese usted.




Llegamos a Bariloche a las cinco de la tarde, estábamos muy contentos por el viaje pero cansados. Decidimos comer algo, para estirar las piernas caminamos por el centro y compramos los comestibles ligeros para las incursiones a pie. Es importante destacar que para las salidas de trekking llevamos una carpa de montaña y todo lo necesario para acampar y pasar la noche.

La última parte del viaje que nos restaba, unos cuarenta y cinco kilómetros, era el trayecto desde Bariloche al camping de destino. Cuando llegamos era de noche y no había luz eléctrica. El encargado nos indicó el lugar iluminando con un sol de noche. Esta vez pudimos desplegar la carpa con éxito y Raquel preparó una cena de tostadas, huevos revueltos, sardinas, tomates y queso, un manjar. La temperatura era de diez grados con perspectiva de seguir bajando. Armé y encendí la pequeña estufa a leña, el fuego nos brindaba una sensación de hogar perfecto, el cielo estaba tapizado de estrellas, una luna indiscreta nos miraba detrás de unos árboles reflejándose en el lago. No podíamos pedir algo mejor.





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sábado, mayo 16, 2026

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES (primer entrega)

 1.

         Muchas veces las leyendas muy antiguas son solo historias inverificables que tendemos a pensar que son invenciones interesantes pero falsas. No obstante, a mi me gusta investigar estas historias cuando llega a mis manos algo que merece su atención, porque por lo general siempre hay algo oculto detrás de estos olvidados acontecimientos tapados por el tiempo.

El correo decía en asunto: “El oro de la ciudad de los Césares”. Me lo enviaba un profesor universitario de historia, cuyo nombre me aclaró qué no se hiciera público. 

Cuenta la leyenda que la “Ciudad de los Césares” era una ciudad que se decía estaba repleta de riquezas, fundamentalmente oro y plata. Al parecer realizada por mitimaes Incas. También fue llamada la “Ciudad encantada de la Patagonia”; la cual fue buscada intensamente durante la época Colonial, pero si alguien encontró alguna vez algo, esto queda sujeto a la imaginación más frondosa. El detalle no menor de esta leyenda, es poder saber con cierta certeza dónde buscar; porque lo único que se sabe es que esta mítica ciudad se levantó en algún lugar de la patagonia Argentina, mas precisamente en un valle cordillerano. Esto nos brinda una superficie tan vasta que es como encontrar un grano de oro en una playa de arena. 

El señor profesor, al que denominaré señor Roberto X, me solicitaba en su correo que nos encontráramos en algún lugar. Así coordinamos y la reunión la realizamos en un pintoresco bar de la Boca. Yo llegué diez minutos antes. A la hora indicada estacionó un automóvil y el chófer, un hombre robusto, se bajó y desplegó una silla de ruedas, después ayudó a sentarse en ella a otro señor mayor de impecable apariencia. Entraron al bar y se dirigieron a la mesa en la cual me encontraba, me llamó la atención que supiera de antemano quien era.

—¿Señor Francisco? —se dirigió el hombre discapacitado con una sonrisa extendiendo su mano. 

—Así es, el mismo, ¿de dónde me conoce usted?

—Lo conozco porque antes de reunirme con alguien siempre lo googleo para saber con quien tendré que tratar tal o cual asunto. 

Después de realizar una seña al chófer, este se retiró y de inmediato el caballero llamó al mozo. 

—Señor Francisco, en primer lugar agradezco su atención y quiero contarle una breve historia para que usted pueda entender mi inquietud, la cuál forma parte de mi vida desde que era joven. 

—Lo escucho atentamente señor. 

—Todo comienza con mi abuelo paterno, cuyo pasatiempo era estudiar historia, pero un campo específico, a él le gustaba todo lo relacionado con el pueblo Inca. Lo recuerdo en su biblioteca sentado frente a su escritorio concentrado observando viejos volúmenes, tomando notas, mirando viejos mapas con su lupa y fumando en su pipa. Una vez me quedé parado mirándolo y cuando levantó su vista, me dijo algo que jamás olvidé y comprendí muchos años después . Me dijo que cuando fuera mayor me dejaría su legado. En ese momento pensé que era su vasta biblioteca, pero no era eso, se refería a sus cuadernos de apuntes, que eran más de cincuenta.




Una tarde lo encontraron muerto en su escritorio, fue un paro cardíaco fulminante.

El tiempo pasó y la casona de Belgrano de mi abuelo quedó vacía. Mi padre, que era su único hijo, quiso venderla porque era muy vieja y mal mantenida. Me encargó desocuparla.

—¿Toma otro café Francisco?  —me preguntó este señor X, que era una de esas personas que tienen la peculiaridad de tener una discurso que apasiona, atrapante; uno puede escucharlo dos días enteros con sus noches. No sé explicarlo, tal vez por su aplomo, su impecable camisa con corbata, su saco azul y el clásico chaleco, anteojos dorados, su voz gruesa y pausada. Sin duda un profesor universitario, pelo negro entrecano y corto, delgado, tez morocha y de ojos negros vivaces. 

Pensé que este señor hablaba con la verdad absoluta, apreciación que no suelo equivocarme.

—Si, por supuesto, pero continúe usted con su relato por favor.

—Bien, cuando entré a la casona, había hasta palomas, era un verdadero desastre, después de abrir un par de ventanas para ventilar, me dirigí inconscientemente al escritorio; por un momento pensé que vería a mi abuelo allí sentado inmerso en su bella y aromática nube de tabaco. Quise sentarme en su escritorio y sin imaginarlo surgió lo que me ha motivado todo mi vida; saber dónde se encuentra oculta la Ciudad de los Césares. Uno de los cajones del escritorio estaba entreabierto, cuando lo abrí encontré este sobre dirigido a mí. 

—El profesor sacó del bolsillo de su saco una carta y me la entregó— lea por favor.


Querido Roberto:

         En esta carta se encuentra concentrado el trabajo y la investigación de toda mi vida. Te puedo asegurar que mis datos corroboran sin error ni dudas que la mítica Ciudad de Los Césares se encuentra en el lugar que indica este antiguo mapa. Trazando una recta desde la actual ciudad de Bariloche y el cerro Tronador, a mitad de este camino debe estar. Seguramente oculta por bosques, tierra y rocas, pero allí está esperando para que alguien la descubra, y ese alguien querido nieto eres tú. Este es mi legado que deseo puedas disfrutar.

Con cariño tu abuelo.


La carta estaba acompañada por un antiguo mapa casi ilegible.


—Señor Francisco, debo decirle que cuando fuí en busca de la ciudad, sufrí un penoso accidente que me dejó postrado. Jamás compartí esta información con nadie, pero cuando me enteré que usted se dedica a investigar leyendas y casos raros de Argentina no dudé en contactarme con usted.

Si este caso le interesa, solo pretendo un porcentaje de los beneficios que usted consiga, con eso me basta. Ya estoy a punto de jubilarme y querría disfrutar el tiempo que me queda viajando por el mundo. 


El caballero se quedó mirándome esperando con ansiedad una respuesta de mi parte. ¿Qué podía decirle?, las probabilidades de un hallazgo de tales características era de una en diez millones, pero no quería defraudarlo.


—Señor Roberto X, intentar encontrar la Ciudad de los Césares puedo hacerlo, pero no quiero crear en usted falsas expectativas, su abuelo puede ser uno más de los tantos en tener una ubicación falsa, no obstante lo haré, tengo que prepararme y convencer a mi mujer que me acompañe, ella es para mí insustituible como compañera de aventuras; pero estaremos en contacto y le enviaré fotos y filmaciones de todo lo que me brinde indicios de que algo hay allí. 

Al profesor se le iluminó el rostro y no terminaba de agradecerme. Cuando se fué llamé a mi señora y le adelanté el viaje que emprenderíamos.

—Me encanta, de paso probaremos la carpa de caja; en mayo hace frío y puede nevar. —me dijo Raquel entusiasmada.





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domingo, mayo 03, 2026

TÍTERES

 1.


          El gallardo caballero montado en su majestuoso corcel blanco cruzaba distraído un campo de girasoles, de pronto sin imaginarlo, pudo ver bajo un frondoso fresno una joven concentrada leyendo un pequeño libro.

—Disculpe usted señorita, me podría decir que camino debo seguir para llegar al castillo  —preguntó el joven cordialmente.

La concentrada lectora sin siquiera mirarlo le indicó con su dedo índice un lugar que no era ningún camino. El joven reiteró la pregunta y fue allí cuando la señorita levantó su vista del libro y vio al caballero. A partir de ese instante ambos jóvenes quedaron unidos por esa fuerza poderosa e inexplicable que es el amor.


Se cierra el pequeño telón; se escuchan los aplausos; cuando se vuelve a abrir:


Se puede observar al caballero caminando por un enorme corredor muy lujoso con ventanas góticas. En el extremo de la imponente sala lo espera sentada la reina. Después de una amplia reverencia a la representante de la corona real, la reina se expresa con ansiedad:


—¿Me has traído mi collar de rubíes?.


—Si mi reina, dijo tajante el caballero, dándole un pequeño cofre.


Después de ver el contenido, le dijo la reina satisfecha —Bien, ¿qué deseas a cambio?


—Quisiera algo que es imposible que me puedas otorgar.


—Solo dime y veremos.


—Conseguir el amor de la princesa de tu reino.


Se cierra el telón; nuevamente se escuchan los aplausos del público.


En el último acto de la obra de títeres, la princesa y el caballero por fin se unen en un beso, en tanto lentamente se cierra el pequeño telón de terciopelo rojo.


Don Pedro y su hija se miran alegres, sosteniendo las crucetas de sus marionetas, escuchando los gritos y aplausos de sus pequeños espectadores infalibles de todas las funciones bajo la gran lona del circo. Cuando las luces se apagaron, el equilibrista le avisa a Don Pedro que el director quería verlo.


—Tome asiento Don Pedro. —le dice el director al viejo titiritero— tengo que darle una no muy grata noticia, como usted sabrá el mundo está cambiando y yo tengo que seguir ese tren porque si me dejo estar la modernidad nos pasa por arriba. Si bien hace años que su trabajo ha sido siempre un éxito, me han hecho una propuesta que no puedo dejar pasar.

Don Pedro no se imaginaba que había concluido su trabajo de tantos años ininterrumpidos en el circo. Antes de retirarse le preguntó al dueño:

—¿Quién me reemplazará?

—Son unos jóvenes que imitan marionetas virtuales, son avatares que se realizan con una tecnología muy sofisticada. 

Don Pedro no preguntó nada más y se retiró apesadumbrado, con un nudo en su garganta, pensando de qué modo le daría la mala noticia a su hija.

—¿Por qué te llamó el dueño padre? 

—Quiere que cambiemos toda la historia con nuevos personajes. Le dije que no lo haríamos, pero insistió. No entiende que cambiar todo con nuevos títeres es muy complejo y además cuesta dinero, que no tenemos. —mientras decía esto, Don Pedro guardaba con cuidado en sus cajas a sus viejas marionetas que lo habían acompañado toda su vida.

La hija de Don Pedro con cara de preocupación después de pensarlo unos instantes dijo:

—Si es necesario lo haremos Padre, yo escribiré una nueva historia y te ayudaré confeccionando el vestuario, no tenemos otra opción. Los títeres son nuestro único sustento. 

—Existe otra opción querida Isabel.

—¿Cuál?, ¿qué se te ocurre?.

—Mira, yo soy grande, y creo que es hora de mi retiro. Aquí lo único importante es tu futuro, no el mío, y con los títeres querida hija ya no hay futuro para tí. 

—Padre, ¡no me digas eso!, sabes bien que los títeres son nuestra pasión y el aplauso de los chicos nos reconforta todas las noches. Ellos son el futuro y aprueban lo que hacemos. Nuestro trabajo es de una calidad artesanal imposible de imitar. Los títeres jamás serán reemplazados por nada. —respondió Isabel con lágrimas en sus ojos.

Bueno hija. —dijo Don Pedro abrazándola— lo discutiremos mañana, hoy es tarde y estoy muy agotado.

Padre e hija se retiraron a descansar, ambos preocupados, pero por motivos muy distintos. 

Don Pedro no podía dormir, en su mente se agigantaron las palabras del dueño: “el mundo está cambiando y yo tengo que seguir ese tren porque si me dejo estar la modernidad nos pasa por arriba”. Cuando pensaba en su joven hija se le cerraba la garganta y sentía una opresión en su pecho.

Por fin pudo conciliar el sueño. 


2.


La casilla rodante donde vivían Don Juan y su hija era la más pequeña del circo; en ella había dos habitaciones separadas por una pequeña cocina, los títeres se guardaban en un estante en la habitación de Don Pedro, junto a su cama. Esa noche se desató una fuerte tormenta eléctrica qué dejó fuera de servicio al generador principal del circo.

—¡Pedro!, ¡Pedro!  —dijo una voz que provenía de los pies de su cama— despierta Pedro, tenemos que hablar.

Pedro confundido por el rugir de la tormenta y esa voz, se despertó. Vió algo borroso sobre su cama y con su mano buscó sobre la mesa de luz sus anteojos, cuando se los colocó y miró de nuevo, no podía creer lo que ocurría; toda la compañía de sus títeres estaban allí de pie mirándolo; la joven princesa, el caballero montado en su corcel y la reina. Pensó que alucinaba o que seguramente un sueño persistente no podía disiparse, pero por fin comprendió que lo que estaba ocurriendo era tan cierto como los relámpagos de esa noche.

—Tienes un sueño pesado querido Pedro —dijo la reina.

—Te molestamos Pedro porque lo que te ocurre nos afecta  —se expresó el caballero sosteniendo las riendas de su caballo.

—¡No aceptaremos bajo ningún concepto quedarnos sin trabajo y olvidados dentro de nuestras cajas, que aprovechamos para decirte que son bastantes incómodas!.  —dijo la joven princesa moviendo su boca de marioneta enérgicamente. 

—Si tú no quieres trabajar más con nosotros, respetamos tu decisión, pero no involucres a Isabel, que sabemos que nos ama y quiere continuar con su profesión. —exclamó la reina impetuosa moviendo su cabeza con cortos movimientos de izquierda a derecha.

—¡Estamos dispuestos a pelear por el futuro de tu adorable y excelente hija, y por el nuestro obviamente!. —continuó a viva voz el caballero, levantando y bajando su brazo aferrado a su espada de madera. 

—¡¿Bueno, qué dices Pedro?!, ¿qué debemos hacer?. —le preguntó la princesa levantando y bajando su rígido brazo.

Pedro no podía salir de su asombro, estaba consternado, sus títeres interpelando su decisión de terminar con su trabajo frente a él, sobre su cama. ¿Cómo era posible que tuvieran sentimientos, preocupaciones, o incluso valor para enfrentar la adversidad?.

La resplandeciente luz de un rayo, iluminó al plantel de títeres, después se escuchó el rugido de un trueno. Recién entonces Pedro entendió que estaba viviendo algo inesperado y sorprendente; no era un sueño, era el evento más enorme de toda su vida, sus títeres estaban hablando con él. 

Sentado en su cama, les explicó que la decisión tomada de dejar su pasión de titiritero, era por orden del dueño del circo. Si hubiera sido por él, trabajaría hasta el último día de su vida junto a su hija.

—¡Pero, qué piensa ese mercader de talentos, que sólo le importa el dinero!  —exclamó la reina, moviendo su boca y sus brazos— ¡nosotros somos artistas, creamos arte, no traficamos con los valores ajenos!

—¡Este circo creció gracias a nosotros!  —gritó indignada la princesa. 

—¡Le declaramos la guerra a este desalmado bueno para nada!  —estalló el caballero, levantando su espada. 

—Ahora que el circo es famoso, gracias a nosotros, nos deja a un lado por unos improvisados—dijo la princesa agitando su rubia cabellera.

Otro destello iluminó aquella reunión de enardecidos personajes, dando paso a otro trueno. 

—¡Tengo una idea! —dijo la reina molesta.


3.


A primera hora del día siguiente Don Pedro se presentó en la oficina del dueño del circo, que se llamaba Baltasar. 

—Señor Baltasar, le pido que me permita mostrarle un cambio en nuestra función que pienso puede llegar a agradarle.

—Ya hemos discutido el tema Pedro, mi decisión está tomada, los títeres se suspenden definitivamente, lo siento, pero ya lo hemos hablado.

—Se lo pido como un favor por los años que he trabajado para usted. 

Baltasar a desgano, sabiendo que nada cambiaría su decisión, aceptó ver la función de títeres esa misma noche dado que el circo no funcionaba.

En medio de la pista se colocó el pequeño teatro iluminado por un fuerte reflector. Cuando el dueño llegó se sentó en primera fila.

La rutina consistía en que después de presentar la obra al público, Isabel se acomodaba junto a su padre en la parte superior del teatrillo, ocultos, para comandar a los títeres. Pero esta vez, tanto ella como su padre se sentaron a ambos lados de Baltasar, el cual quedó sorprendido, porque no entendía quién movería a los títeres.

¡Qué empiece la función!  —dijo en voz alta Don Pedro.

El telón de terciopelo rojo se abrió lentamente y la función realizada miles de veces, por los pequeños artistas de madera con sus coloridas vestimentas comenzó. 

El gallardo caballero montado en su majestuosa corcel blanco cruzaba distraído un campo de girasoles, de pronto sin imaginarlo, pudo ver bajo un frondoso fresno una joven concentrada leyendo un pequeño libro.

—Disculpe usted señorita, me podría decir que camino debo seguir para llegar al castillo  —preguntó el joven cordialmente…

Baltasar observó el cambio de inmediato y se puso de pié para dirigirse a donde estaba el teatrillo. Se paró frente a los títeres que continuaban hablando y moviéndose y miró hacia el lugar donde siempre se ocultan los titiriteros, pero su sorpresa fué mayúscula; los títeres se movían solos, sin cuerdas que los sostuvieran.

Dando media vuelta y mirando a Don Pedro le preguntó sobresaltado:

¡Cómo lo has logrado Pedro!, ¿¡quien comanda a tus títeres!?.

Pedro, con una amplia sonrisa le dijo:

—El que tiene la magia, no vive del truco. Jamás te diré el secreto estimado amigo.


El circo de Baltasar aún continúa recorriendo el mundo con su espectáculo principal: “Los títeres mágicos”.






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Estimado lector, te recomiendo leer esta apasionante historia completa en once entregas, que estoy seguro te gustará:


"MARTE"