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lunes, septiembre 29, 2025

LAS TORRES DE PIRIATIS

 



         Piriatis era un hombre solitario del cual no se registran familiares, ni descendencia, como tampoco su origen, que tal vez podría ser griego, pero estas son solo conjeturas. Poseía una cualidad que pocas personas pueden lograr. Su vida era austera y aparecía de la nada en algún pueblo, para una vez finalizada su tarea, irse y no volver. Las familias de aquellos lugares lo recordaban con respeto y cariño, para poder ubicarlo en el tiempo se podría decir que vivió a fines  del siglo XVIII (1700). Los pueblos elegidos por él, no poseían una característica especial, se decía que los elegía por la calidad de la gente que allí vivía. A pesar de no quedar registro alguno, los lugares fueron muchos y en distintos países del mundo. Alguien que alguna vez pudo charlar con él y preguntarle por su origen, escuchó de este hombre lo siguiente:

—No creo que interese de donde vengo, es más importante entender a donde deseo ir. Aunque lamentablemente mi tiempo no me permitirá alcanzar mi objetivo, creo que lo importante es intentarlo. Y hacer saber a aquel que quiera escuchar: que las únicas obras que se terminan, son solo aquellas que se comienzan. 

Esa mañana de primavera, la campiña iluminada por el sol brindaba esas ganas de vivir y disfrutar. Por el camino principal, un hombre bajo de camisa blanca, pantalón negro y un sombrero gastado de ala ancha, se aproximaba al pueblo polvoriento con un andar enérgico. Era Piriatis, que observaba las primeras casas, en donde unos chicos corrían al verlo para avisar a sus padres que se acercaba un forastero. No era frecuente que al pueblo llegaran visitas, sumado a que no eran épocas de poder tener invitados, una plato más en la mesa, significaba un plato menos para alguien de la familia. 
En los antiguos pueblos los chicos suelen ser muy efectivos para transmitir noticias, en poco tiempo todos salían a la calle para ver pasar al extraño, que con cortesía saludaba sacándose el sombrero. 
Piriatis era un hombre de unos cincuenta y pico de años de tez morena ojos negros y gruesas sejas, cargaba en sus espaldas una mochila y un pequeño cartel cubierto con arpillera atado con cintas de tela, sus zapatos  eran muy gastados de suela muy gruesa, que evidentemente habían recorrido infinidad de caminos.
El día transcurrió y nadie pudo saber dónde pasó la noche, aquel hombre que apareció un día de primavera. 
Al otro día en el almacén de ramos generales la noticia del forastero era el tema del día, las preguntas recorrían todo el repertorio de posibilidades: ¿será un ladrón?, ¿algún pariente de un vecino?, ¿estará huyendo de alguien por algo malo?. Nadie tenía la respuesta; Hasta que el peluquero llegó agitado y corriendo al salón y después de subirse a una silla con voz agitada dijo:

—¡Lo he visto!, está sentado en el terreno frente a la parroquia, y expone un cartel que dice…, que dice…—Al hombre de la emoción por la noticia, hubo que acercarle un vaso de agua para que pudiera continuar—.
—Que dice: "Aquí se realizará la torre más alta de toda la comarca".
—¿Y que más?, —preguntaron varios al unísono, ansiosos por saber qué decía el cartel—

Y el peluquero mirándolos a todos con cara desencajada, respondió:
—No dice nada más. 

Un murmullo de asombro recorrió todo el salón. Esto creó aún más incertidumbre que certezas, ¿A qué venía aquel hombre desconocido a ese pueblo de familias trabajadoras pero pobres?, y ¿quién podría realizar una torre?, ¿con qué sentido?, ¿quien sería el dueño?. Nadie tenía una respuesta. Pero para estos casos, existía una persona, la cual era la única que podía obtener información confiable, que de pura casualidad, estaba presente en el salón, entonces, todas las miradas concurrieron a él…esa persona era el cura párroco. 

La charla de Piriatis con el cura, duró muy poco, pero jamás se supo a ciencia cierta de qué hablaron. No obstante la respuesta del cura a tanta incertidumbre y misterio fue contundente:

—El señor se llama Piriatis, y es un buen hombre, —nada más se le pudo sacar al Padre de esa charla—.

Don Zoilo, que era uno de los más viejos vecinos del pueblo, no logró contener su intriga y una mañana, decidió ir a hablar con aquel hombre.

Piriatis se encontraba sentado a la sombra de un frondoso árbol exponiendo detrás de él el intrigante cartel. Cuando Don Zoilo se acercó, comenzaron una charla que duró varias horas. Piriatis convidó al viejo, con rodajas de pan de campo y queso, acompañado por un vino dulce y fresco, contenido en un recipiente envuelto en tela de arpillera húmeda. 
Cuando Don Zoilo contó todo sobre su conversación, dijo que la misma  trató de la forma en que se realizaba una torre, su conclusión fue contundente.

—Este hombre es un constructor sabio.

Al transcurrir los días, los pobladores comenzaron a tenerle confianza al forastero, y unos jóvenes se presentaron a pedirle si podían trabajar en la mentada construcción. 
Piriatis les dijo que por el momento no contaba con el dinero para realizarla, pero pensaba que muy pronto comenzarían los trabajos, del mismo modo como ocurría en un pueblo muy  alejado de la comarca, en donde se estaba  construyendo la torre más alta jamás vista.
Esa información llegó a los oídos del dueño del almacén, que era el hombre más rico del pueblo, y ese mismo día después de charlar con su familia, decidió colaborar con la construcción. 
Así fue como comenzaron a llegar al predio donde se encontraba Piriatis enormes carros con materiales trayendo: maderas, herramientas, piedras, sogas y comestibles para que comieran los obreros. Cuando los más jóvenes se enteraron, se interesaron en trabajar con Piriatis, al menos por la comida, que era muy abundante. 
Al mes, la construcción había tomado forma y superaba en altura el campanario de la parroquia, esto provocó un entusiasmo general en el pueblo. Otras familias ricas no quisieron quedar fuera del proyecto y comenzaron a enviar más material; incluso familias enteras que no poseían riquezas contribuyeron con su trabajo. El clima de la obra era de total camaradería y todos trabajaban con entusiasmo, incluso el peluquero trasladó al lugar todo su equipo, y cortaba el pelo gratuitamente a toda aquel que participara en la construcción. Los mujeres y hombres mayores dirigidos por Don Zoilo, se encargaban de preparar la comida para los trabajadores; los viernes por la tarde, que era el último día de trabajo previo al descanso del fin de semana, el coro de la parroquia compuesto por un grupo numeroso de señoras, cantaban varias canciones para todos los presentes de la obra; el cura en persona ayudado por algunos vecinos trasladaban el pequeño órgano, y al finalizar las tareas, todos se sentaban sobre el prado para escuchar esos hermosos acordes y disfrutar de la satisfacción de haber cumplido con la tarea de aquella semana. 
Piriatis pasaba sus días dirigiendo cada una de las tareas y cada piedra que se colocaba en lo alto con la ayuda de poleas, era festejado por todos con aplausos y gritos. Por las noches dormía en un establo acondicionado para que pudiera descansar con comodidad. Para la hora de la cena, Pitiriasis era el invitado de honor del cura párroco, y las sobremesas se prolongaban hasta muy tarde, sus conversaciones jamás trascendieron, pero por lo que se decía giraban en torno a la fe y el orgullo. 
La construcción de la torre duró un año, y nuevamente, cuando los árboles comenzaron a brotar anticipando la primavera, ese último viernes de trabajo, se colocaría la última piedra en lo más alto. Desde muy temprano, todo el pueblo colaboró, los trabajadores habían preparado las sogas, y se permitió que incluso los más chicos, jalaran para sentir el esfuerzo que significa construir. Cuando la última piedra quedó colocada, todos hicieron silencio, para después estallar en vivas, aplausos y abrazos; la torre estaba terminada; pero faltaba un detalle, Piriatis sacó de su mochila un banderín blanco, y comenzó a subir por las escaleras de la torre, cuando estuvo en lo más alto lo colocó, y un fuerte golpe de viento lo hizo ondear. El trabajo de Piriatis había concluido, cuando bajó de aquella torre, se subió a una piedra y dirigiéndose a todo el pueblo dijo:

—Gracias estimados amigos por permitirme compartir su proyecto; esta torre es la más alta que he visto en toda mi vida.

Esa noche se organizó una fiesta para todo el pueblo, se encendieron enormes fogatas en torno a la torre, y en lo más alto de ella se colocaron varias antorchas, en largas mesas se sirvió todo tipo de manjares, y el vino no faltó. 
Todo el pueblo disfrutó de esa celebración y al menos durante esas pocas horas todos los rencores, los resentimientos, las habladurías, las peleas; se olvidaron, y todos los presentes se confundieron entre risas y aplausos, festejando esa construcción que pertenecía a todos, porque todos de una forma u otra habían colaborado para que se pudiera terminar, sabiendo que perdurará allí por muchos años para que la puedan ver las futuras generaciones del pueblo.
Dos hombres corpulentos trajeron un gran cartel de madera tallado en el que se leía: "TORRE PIRIATIS", el cual se colocó al pie de la fabulosa construcción, después, todos aplaudieron de pie y brindaron por el principal promotor.

A la mañana siguiente, Piriatis terminó de guardar en su mochila: pan, queso, jamón, y una botella de vino dulce; regalos todos de los vecinos; descolgó su cartel del árbol, lo envolvió en la tela de arpillera, lo ató a su mochila, acomodó su sombrero; y todos se quedaron observando con cierta tristeza, alejarse aquel hombre que pasó de ser un forastero desconocido a alguien estimado por todos. Lentamente se perdió de vista por el mismo camino que había llegado.











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