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domingo, junio 30, 2024

VIAJE AL PASADO (decimoséptima entrega)

           Desde épocas remotas han existido tribus nómades en el desierto del Sahara, su constante desplazamiento se debe a que no pueden permanecer en un lugar porque el clima del desierto es tan hostil, que deben buscar agua y pasto para sus animales y alimentos para sus familias constantemente, porque en los oasis los recursos se agotan rápidamente. 

Por este motivo sus viviendas son carpas ligeras que se arman y desarman con facilidad para ser transportadas.

Su medio de transporte son los animales como los camellos, caballos o burros. Su dieta está compuesta por carne, leche, dátiles y otros frutos.


F.B.


       La tribu que albergó a los cinco amigos, resultó ser pacífica. El trabajo que debían realizar, no era muy pesado, consistía en cuidar de los animales, reparar las telas de las carpas y se incrementaba cuando el jefe que se llamaba Caleb, ordenaba que era hora de partir a otro lugar. 





Cuando el momento de partir llegaba, todos en el campamento se abocaban a desarmar sus carpas y cargarlas en sus camellos, para después emprender el viaje. Las jornadas en el desierto en busca de otro oasis eran agotadoras, podían estar trasladándose varios días hasta encontrar agua y comida para sus animales; por las noches se descansaba al aire libre soportando el frío intenso; en cuanto amanecía se retomaba el viaje para aprovechar que el sol no era tan fuerte. 

Los cinco amigos disfrutaban de sus charlas durante las noches en torno a una fogata después de cenar. 







—Extraño a mis padres  —dijo Mut, mirando el fuego.

—Yo también hermana,  —le respondió Maat, abrazándola—, lo que más me mortifica es pensar que estamos tan lejos de ellos y no podemos saber cómo están, sumado a que me duele el alma con solo imaginar que quizás no los volveremos a ver nunca más, no podemos regresar a nuestro hogar porque seríamos apresados y después nos matarían. 

—Mejor es pensar que llevamos a nuestros padres con nosotros  —dijo Nadab para reconfortarse— no me digan por qué, pero yo presiento que volveremos a verlos.

—No deben perder las esperanzas  —dijo Esteban— el tiempo pasa, y muchas veces las cosas se olvidan, ustedes no mataron a nadie, su hermano solo hirió a un sinvergüenza borracho, porque si no lo hacía no sabemos qué hubiera ocurrido. 

—Es muy cierto —dijo Juan— y además piensen que no son los culpables de nada, el destino quiso que tengan que pasar por esto, deben ser fuertes y reponerse. 

—Por suerte la tribu de Caleb es pacífica y todos nos aprecian  —dijo Esteban. 

—Todos menos uno  —dijo Nadab con una sonrisa pícara. 

—Si es cierto —dijo Esteban— al viejo chamán le gustaría comernos crudos, después de lo de la araña, su prestigio de sanador quedó por el piso.

Todos rieron. 

Estaban hablando todo esto, cuando de pronto, llegó alguien que no acostumbraba a visitarlos para charlar, era Caleb, que se sentó en el piso junto a ellos.





—Debo decirles algo muy importante —dijo el jefe de la tribu mientras en sus negros ojos se reflejaba el fuego— acaba de llegar nuestro explorador, al cual envié a que observara nuestro próximo destino, del cual estamos a un dia de viaje, pero lamentablemente no me trajo buenas noticias; el oasis está ocupado por una de las tribus más peligrosas que merodean estos lugares. No nos queda más comida ni agua para soportar muchos días o ir a otro lugar; esto nos obliga a tener que pelear por el agua; con el riesgo que implica para nuestras familias, pero ustedes no tienen nada que ver con nuestros problemas, por lo cual, es mi obligación decirles que están libres de hacer lo que deseen; si les parece, pueden irse ahora mismo de aquí. Les deseo que los dioses de la naturaleza los protejan.

Después de decir esto el jefe se paró y se fue. 

Esta novedad tomó tan de sorpresa al grupo de jóvenes que no supieron qué contestar; todos se miraron entre sí perplejos, pensando que otro nuevo peligro se avecinaba. 

—Yo estoy dispuesto a pelear junto a estos hombres  —dijo Nadab— son gente pacífica y nos tratan bien; pero lo que yo piense no necesariamente tiene que involucrarlos a ustedes.

—Donde tú vayas, yo iré hermano —dijo Maat.

—Yo también si es necesario voy a pelear junto a ustedes. —agregó Maat.

—Tanto Esteban como Juan sabían que ellos dos poseían el reloj si se presentaba una situación riesgosa, tenían la posibilidad de utilizarlo, pero con la triste situación que esta posibilidad no incluía a sus tres amigos los cuales se habían convertido en parte de su propia familia. 

Esa noche cuando se retiraron a descansar, Esteban y Juan se quedaron hablando en su carpa.

—Nuevamente nos encontramos en un dilema que ya conocemos —le dijo Juan a su amigo.

—Así es —respondió Esteban— tener el privilegio de poder viajar por el tiempo tiene aspectos muy dolorosos, a medida que transitamos por él, conocemos a personas a las que les tomamos aprecio y después las perdemos.

—Es como experimentar muchos presentes al mismo tiempo —dijo Juan.

—Exactamente apreciado amigo, o experimentar varias vidas.

—Justamente estaba pensando en eso —dijo Juan— quizás nunca morimos, y la vida es un devenir de acontecimientos o de vidas, que comienzan cuando nacemos y termina cuando morimos, pero que siempre nuestro Ser es el mismo.

—Después de experimentar esto que estamos viviendo con este viaje fabuloso, llego a la conclusión de que lo que tú dices es muy posible —dijo Esteban— es más, quizás el reloj no nos hace viajar por el tiempo; este artefacto solo nos hace recordar lo que hemos vivido en otras épocas. 

—Tienes muchísima razón querido amigo —incluso, si por algún motivo perdiéramos la vida; nuestro Ser, continuaría al instante existiendo en otro presente, en otro tiempo, y esto ocurriría, hasta el final de los tiempos. 

—Tu razonamiento es muy verosímil  —dijo Esteban—, yo agregaría que al ser nosotros viajeros del tiempo, tengamos en cuenta que venimos del futuro; pero en este nuestro presente aquí, viviendo con un antiquísimo pueblo nómade; ese futuro del cual provenimos no existe todavía, e incluso si de algún modo el reloj nos lleva nuevamente a ese futuro del que venimos; no sabemos si este será igual al que conocíamos.

Ambos amigos se quedaron callados pensando en la oscuridad de su carpa, en algún lugar del inmenso desierto; y también, en algún lugar de la vastísima historia. 


Poder definir que significa el “Ser”, es algo que se ha planteado el hombre por siglos, Filósofos de diversas corrientes han tratado de responder esta pregunta: ¿Qué es el Ser?.

Solo a los efectos de establecer la importancia de su significado, estimado lector, recomiendo que aquel que le interese continúe investigando en lo que escribieron  los filósofos como por ejemplo Sócrates (Atenas, 470 a. C.-399 a. C) el cual no desarrolló una teoría exhaustiva sobre el Ser en el sentido metafísico, su filosofía giraba en torno a la idea de que el “Ser” más auténtico se encuentra dentro de cada individuo. A través del conocimiento de sí mismo y de la búsqueda de la virtud, el ser humano podía acercarse a una comprensión más profunda del Ser.


F.B.






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sábado, junio 29, 2024

VIAJE AL PASADO (decimaoctava entrega)

           Todos los hombres de la tribu de Caleb sabían que para sobrevivir en el desierto el agua es el bien fundamental, sin ella no hay vida posible. Pero esta necesidad incluía a todas las tribus, y por ello, también era necesario pelear.

No era la primera vez que se tenían que enfrentar con otra tribu, pero esta en particular era muy peligrosa.

Después de una jornada de viaje, el jefe Caleb, ordenó antes de acercarse al oasis ocupado, que las mujeres y los chicos se quedaran en un lugar distante.

Esteban y Juan decidieron acompañar a Nadab, los tres pelearian junto a los hombres de la tribu. Cuando se despidieron de Mut y Maat, fue un momento muy triste, las dos hermanas lloraban desconsoladas; Juan y Esteban tenían ambos un muy mal presentimiento.

Todos los hombres se formaron en tres filas con sus cimitarras en mano montados en sus camellos, al frente iba Caleb; el oasis se encontraba detrás de un médano muy alto, al que subió el vigía; todos estaban atentos a su señal para atacar. Cuando este bajó su brazo, comenzó la embestida; al grito de ¡Los dioses nos protegerán! se abalanzaron con furia sobre la tribu que les impedía llegar al agua.





Los hombres que ocupaban el oasis estaban distraídos cargando sus jarrones, el ataque los tomó por sorpresa, pero superaban ampliamente en número a los hombres de Caleb.

Juan y Esteban iban detrás del hermano de sus amigas; un hombre con su lanza hizo trastabillar al camello de Nadab y este salió despedido quedando desmayado tendido en el piso; Esteban y Juan al querer ir en su ayuda fueron interceptados por dos hombres enfurecidos, unos de los cuales le pegó con su puño un fuerte golpe en la espalda a Esteban, que lo derribó de su camello e hizo que el reloj que lo tenía colgado en su cuello, saliera despedido muy lejos. Juan pudo ver que otro agresivo hombre venía corriendo con su lanza para matar a Esteban que estaba inconsciente. 





Sin saber de dónde sacó su fuerza, Juan tomó al agresor del cuello y no lo soltó hasta que este quedó inconsciente; de inmediato socorrió a su amigo que estaba reaccionando. Lamentablemente cuando quisieron ir en ayuda de Nadab, este estaba muy mal herido por una lanza clavada en su pecho; cuando estuvieron a su lado su amigo los miraba sabiendo que había llegado su fin, alcanzaron a sostener su mano hasta que su corazón dejó de latir.

La situación del campo de batalla era desoladora, la mayoría de los hombres de la tribu de Caleb estaban muy mal heridos o muertos. A Esteban y Juan les quedaba su último recurso, el reloj, pero tenían primero que encontrarlo.

Un grupo de nómades los vieron y comenzaron a correr hacia donde estaban ellos blandiendo sus cimitarras; Juan había visto el lugar aproximado en donde había caído el reloj; los dos amigos corrieron muy rápido hasta allí, pero en un primer momento no lo veían, la arena lo había tapado; el primero de los agresores cuando estuvo frente a Esteban, levantó su filosa arma para matarlo y descargó el golpe; pero Esteban se corrió y la hoja de acero siguió de largo sin tocarlo; un mínimo resplandor en la arena llamó la atención de Juan, era la brillante cadena del reloj que estaba al descubierto, se abalanzó hacia él, lo tomó con sus dos manos y le pudo dar cuerda.

Tanto Esteban como Juan al instante sintieron un viento helado que golpeaba sus caras, y la arena comenzó a desaparecer bajo sus pies; los cuatro agresores se transformaron en siluetas transparentes hasta que desaparecieron; en su lugar fueron tomando forma, personas con túnicas blancas, caminando sobre un piso de mármol. Al cabo de un instante se encontraron ambos parados entre unos cestos de mimbre y paños multicolores bajo un toldo que una brisa cálida movía suavemente. Todo el lugar se convirtió en un bullicioso mercado con gente que hablaba y gesticulaba intercambiando mercaderías de todo tipo: telas, gallinas, verduras, frutas, pescado, carne, cántaros de barro, también había chicos que corrían de un lado a otro y gritando  y unos hombres que caminaban cargando en sus espaldas enormes y pesadas bolsas. Otros al parecer de más jerarquía o posición, vestidos con túnicas blancas conversaban distendidos y cordialmente. 

Ambos amigos aún con su corazón latiendo con fuerza comprendieron que estaban una vez más en otro lugar; en otro tiempo. 

Esteban más calmado, pudo ver que al final de esa calle tan concurrida sobre una alta plataforma, se observaba una silueta inconfundible; pero curiosamente pintada con vivos colores; era el majestuoso Partenón Griego.





La Antigua Grecia experimentó su período de mayor esplendor durante el llamado "Período Clásico", aproximadamente entre los siglos V y IV a.C. 

Siempre me ha interesado de la historia, investigar a aquellos protagonistas, mujeres u hombres, que han quedado por aquello que realizaron en sus vidas, hazañas, estudios, descubrimientos, teorías, o eventos que influyeron en la humanidad. El ateniense Sócrates fue uno de ellos. 

Se caracterizaba por su curiosidad intelectual, su humildad, su valentía y su pasión por la verdad. Su legado ha influido profundamente en el pensamiento occidental y continúa siendo objeto de estudio y debate hasta el día de hoy.

Pero más allá del enorme legado que ha dejado para Occidente la antigua civilización griega, poseía una rica diversidad de ocupaciones, desde agricultores, artesanos, comerciantes, políticos y prestigiosos filósofos. Obviamente la historia universal no se ocupa de la gente común, sería imposible, hombres y mujeres que trabajaron, lucharon, se sacrificaron, formaron su familia, y murieron sin ser tenidos en cuenta por la historia escrita. La historia con mayúscula sólo cita a poderosos, ricos, valientes guerreros o pensadores destacados. Este no era el caso de Helena y Talía que eran dos jóvenes mujeres que llevaban adelante su taller de cerámica que heredaron de sus padres, en la agitada Atenas, cuando Sócrates enseñaba a sus discípulos;  ellas vendían su producción en el mercado con la simple esperanza de poder subsistir y con el tiempo formar un hogar, en ese mundo complejo y apasionante a la vez, en donde la mujer era dependiente del hombre y no podía ocupar ninguna posición destacada.

F.B.



—Estamos en la antigua Grecia querido amigo —dijo Esteban— aún me parece que el guerrero nómada me amenaza con su cimitarra. 

—A mi todavía me late el corazón, estuvimos muy cerca de haber perdido la vida.

Como siempre me ocurre  —dijo Esteban sacudiéndose la ropa como si tuviera arena, que ya no tenía— queda en mi mente el rostro de Nadab y sus hermanas. ¿Cuál habrá sido el destino de nuestras amigas?

—Jamás lo sabremos, estimado amigo, lo mejor es no saberlo, pensemos que cuando compartimos la vida con ellas pasamos momentos muy agradables; quizás como hemos dicho, ahora mismo estén viajando en el tiempo, a otro lugar, a una realidad distinta; hay muchas cosas de nuestra existencia que todavía no sabemos.

—Tienes mucha razón Juan, —dijo Esteban colocándose el reloj en su cuello— ahora tratemos de insertarnos en esta sociedad; allí veo un taller de cerámica; yo se utilizar el torno, pediremos trabajo.

Cuando ambos amigos ingresaron al taller, allí estaban fabricando enormes cántaros de barro; sobre largas y altas estanterías se apilaban todo tipo y tamaño de vasija secándose antes de ingresar al horno para su cocción final. 

En cuanto entraron, dos jóvenes mujeres con sus manos y su ropa manchada de arcilla se quedaron observándolos detrás de un enorme mesa de madera rústica. 

No conocer el idioma no fue impedimento para que se entendieran.

Una de las chicas tomó con sus dos manos de un recipiente una gran cantidad de arcilla húmeda y la colocó sobre el torno alfarero, después le indicó a Esteban que lo utilizara. Cuando vieron como Esteban comenzó a modelar un jarrón, las dos chicas se miraron y rieron…Esteban y Juan habían sido contratados por las dueñas del taller, se llamaban Helena y Talía.






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viernes, junio 28, 2024

VIAJE AL PASADO (decimonovena entrega)

           Cuando Esteban y Juan comenzaron a trabajar en el taller de alfarería, no se imaginaban el caudal de trabajo que las dos chicas llevaban adelante hasta ese momento solas; la primer tarea de la mañana era preparar la arcilla para poder moldear la enorme cantidad de productos que se realizaban,  desde enormes jarrones destinados a las fábrica de aceite, pasando por cántaros para acarrear agua, calderos, platos y vasos. Dos veces por semana atendían su puesto en el mercado, y cuando se lo requerían llevaban fuera de la ciudad a su carro cargado con las vasijas más grandes destinadas a los establecimientos que producían aceite de oliva.

También se procuraba tener leña seca para el horno desde el campo, el trabajo de hornear consistía en tener que acomodar toda la producción en una cámara que se cerraba, encender el fuego y mantenerlo durante todo el día; al día siguiente abrir la cámara y retirar todo para colocarlo en el depósito.

Tanto Helena como Talía eran muy alegres y trabajadoras, su jornada comenzaba cuando despuntaba el sol y terminaba al atardecer, cuando estaban sentadas frente al torno de alfarería les gustaba cantar, el amplio local se abría a una galería que daba a la calle, con techumbre de palos para mitigar el sol, en donde se exponía todo lo que el taller producía y jamás faltaba grandes macetas, repletas de coloridas flores. 

El contrato de palabra que se pactó con Esteban y Juan era muy simple, ellos debían hornear toda la producción, cargar y descargar el carro para cuando era necesario llevar los cántaros a los diferentes clientes y acompañarlas para realizar el reparto, también debían cuidar a su viejo caballo y mantener el pequeño establo limpio que también era el lugar donde podían dormir. La paga sería de dos dracmas por día de trabajo a cada uno, que para ese momento era un salario generoso.

La comida estaba incluida, desayuno, almuerzo y cena, compartiendo la misma mesa con ellas. 

Cuando las dueñas atendían su puesto en el mercado, Esteban y Juan quedaban a cargo del horno.







—Debo decir Esteban que esta vida me resulta muy agradable —decía Juan mientras cargaba el horno, para después agregar— estaba pensando que el reloj nos ubica siempre en un lugar en donde siempre surgen dos hermanas; primero fueron Sol y Luna, después Fen y An, luego Mut y Maat y ahora Helena y Talía. 

—Así es, esto no puede ser algo casual, —respondió Esteban— evidentemente alguien o algo dirige nuestro destino, se suma a esto que en todos los casos siento lo mismo, ya las conozco desde antes; tengo una teoría descabellada, pero cada viaje en el tiempo parece que afirma lo que pienso. 

—Creo adivinar esa teoría tuya estimado amigo…son siempre ellas  —dijo Juan seriamente.

Así es Juan, ya no me cabe ninguna duda…son siempre ellas. —respondió Esteban— no obstante debemos comprender y aceptar algo; nosotros no pertenecemos a este presente, solo estamos de paso, por lo cual no podemos interferir en sus vidas, solo somos un par de compañeros de viaje que en algún momento debemos partir e irnos de sus vidas. 

—Tienes razón amigo mío, solo estamos aquí de paso, debemos aceptarlo aunque nos duela.


La vida y la muerte pueden ser el principio y el final, pero según como se lo vea, también puede ser la continuación de la vida. Yo creo que nadie puede tener la última palabra, existen muchas cosas en la naturaleza que aún no se pueden desentrañar. En apariencia cuando nacemos nuestra mente está vacía y a medida que crecemos los recuerdos comienzan a acumularse; pero también podemos suponer que nuestro cerebro al nacer, guarda en una caja con siete llaves recuerdos, que valga la redundancia, jamás recordaremos, pero que allí están.

Quizás el reloj de Esteban y Juan, son las siete llaves de esa caja maravillosa de recuerdos que provienen de nuestros ancestros. 


F.B.


El primer día que las hermanas dueñas del taller de alfarería fueron a realizar el reparto de sus productos a las afueras de la ciudad acompañadas por sus dos nuevos empleados, Esteban y Juan; estos disfrutaron de este viaje al transitar por senderos intrincados entre montañas y praderas tapizadas de grandes rocas, en donde plantaciones, de vides, olivares, y quintas, desbordaban en los campos.

Como el caballo de las hermanas era viejo, debían de realizar algunas paradas para que el noble animal se repusiera para después retomar el camino con fuerza renovada. Después de entregar varios pedidos, algunos de los cuales se intercambia por verduras y huevos. Helena y Talía decidieron parar a la sombra de un robusto árbol que proyectaba su acogedora sombra sobre una terraza natural la cual poseía una vista panorámica de la ciudad. Allí extendieron un mantel blanco sobre la hierba y desplegaron una serie de simples pero exquisitos alimentos que todos disfrutaron.





Cuando la charla de los cuatro jóvenes se tornó amena y risueña, pasó por el camino un hombre mayor, vestido con una túnica blanca que acompañaba su sostenida y enérgica marcha con una robusta bara; cuando estuvo cerca de los jóvenes, levantó su mano y las dos hermanas lo saludaron cordialmente; el hombre, se acercó al grupo y después de saludar pidió si le podían brindar un poco de agua para tomar; de inmediato, Helena con una amplia sonrisa le alcanzó un pequeño cántaro repleto de agua fresca, y le dijo que se lo podía llevar; el hombre hizo una pequeña reverencia y dijo:

—Que gesto tan amable para un sediento, este cántaro para mí en este momento posee un precio incalculable, ¿cómo puedo retribuir tan noble actitud?.

—Es muy simple —respondió Helena—, con que usted lo recuerde para mi es suficiente, de ese modo, en circunstancias inversas usted tendrá que hacer lo mismo.

—Buena respuesta, señorita, a partir de hoy, tengo una deuda con usted que no olvidaré; no obstante le devolveré el cántaro en cuanto pueda; pero la deuda no estará saldada, y eso implica una carga extra para un caminante como yo.

—No puedo resolver eso señor, tendrá que soportar el peso de su deuda, tal vez de por vida.

—Creo que hubiera sido mejor soportar mi sed antes de contraer una deuda tan grande.

Ambos rieron con ganas porque Helena conocía al señor, que era un viejo amigo de su padre, y había escuchado de su boca ciento de disertaciones de ese tipo.

Sin decir más el hombre continuó con su marcha.

—¿Quien es ese señor Helena?  —le preguntó Esteban.

—Se llama Sócrates. 





         Cuando los cuatro jóvenes regresaron al taller ya estaba anocheciendo; Esteban y Juan, descargaron la mercadería del carro, después de desenganchar el caballo, cuando lo estaban llevando al establo, sintieron que las dos hermanas que se habían retirado a descansar pegaron un grito que se sintió en todo el lugar; los dos amigos corrieron a ver que pasaba y el taller en donde se guardaba toda la producción de un mes entero de trabajo estaba destruido, no había un solo cántaro, un solo plato, por pequeño que fuera que no estuviera roto. Las hermanas lloraban abrazadas en medio de un destrozo que sin lugar a dudas se había hecho adrede.


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jueves, junio 27, 2024

VIAJE AL PASADO (vigésima entrega)

 


Viajar en el tiempo posee ciertas cosas muy curiosas. Como sabemos,  Esteban y Juan en cada salto de su viaje recorrieron siglos, pero esto no es gratuito, más allá de la dolorosa situación de perder a seres que compartieron parte de su vida, tanto en situaciones agradables como críticas; también cambiaron ellos, en cada viaje adquirieron experiencia y también más edad. Pasaron de ser dos chicos curiosos, a dos adolescentes con mente de hombres.


F.B.


Helena y Talía estaban devastadas, su trabajo de varias semanas había sido destruido, no solo sus horas y horas de labor estaban perdidas, también todo el material no se podía recuperar.

Sus ingresos eran muy justos para tener ahorros, por lo que debían de empezar de nuevo con muchísimo sacrificio, incluso tendrían que solicitar al proveedor de arcilla y leña que les permitieran adquirir mercadería al fiados, tampoco podían continuar empleando a Esteban y Juan, estaban arruinadas.





—¿Quién pudo haber hecho esto?  —preguntó Juan.

—Han sido los hijos de Nereo, —respondió Helena secándose las lágrimas con su mano— es el antiguo socio de nuestro padre, que nos odia porque cuando se separaron, nunca pudo competir con nosotros, le gusta beber mucho, y nunca cuidó a sus clientes, sus dos hijos, son iguales a él, pero aunque sepamos que fueron ellos no tenemos prueba, por lo cual no podemos hacer nada, ahora tampoco podemos contratarlos a ustedes, no tenemos dinero. 

—Eso no es problema  —contestó Esteban— podemos trabajar solo por la comida. 

—Y dejarnos dormir en el establo  —dijo Juan— junto a nuestro entrañable y viejo amigo Simón (así se llamaba el caballo).

A pesar de la situación desafortunada, los cuatro jóvenes rieron.

A la mañana siguiente, cuando comenzaban a limpiar el destrozo, llegó Sócrates con la intención de devolver a las hermanas el cántaro con el que le convidaron agua. Cuando vio lo ocurrido, preguntó cómo pasó tal cosa. Las hermanas le contaron con lujo de detalles la historia de Nereo y su finado padre, historia que Sócrates recordaba perfectamente y conocía qué tipo de persona era y también sabía que sus dos hijos eran muy conocidos por causar problemas en todos lados. 

—Veré que puedo hacer  —dijo Sócrates— pero sin pruebas, ni testigos, no se puede culpar a nadie, y prejuzgar no es correcto, porque si todo prejuzgamos de todos, la vida sería una disputa eterna, no obstante a veces las personas pueden cambiar.

A las hermanas alfareras, el proveedor de arcilla y el de leña, las conocían muy bien y sabían que siempre compraban su mercadería y pagaban al contado; por lo cual no dudaron en darle todo lo que ellas necesitaban, y las esperarían para el pago cuando vendieran su producción. 

Había transcurrido una semana del lamentable hecho cuando una tarde sucedió algo inesperado. Una carro cargado de cántaros se paró frente al local de Helena y Talía, esto sorprendió a las muchachas, pero la sorpresa fue mayúscula cuando vieron que el que conducía era Nereo junto a  sus dos hijos, que sin decir una sola palabra descargaron toda esa mercadería en el frente del local.





—¿Qué significa esto?  —preguntó Helena al viejo Nereo— 

—Sabemos que alguien ha cometido un hecho incalificable contra ustedes —respondió el viejo, y agregó— más allá que yo era un viejo adversario de su padre, ustedes nada tienen que ver con esa antigua disputa, por eso acepten por favor esta mercadería que de algún modo salda una vieja herida entre nuestras dos familias. 

Después de pensarlo unos instantes, Talía optó por hacer lo correcto sin dejarse llevar por el rencor y dijo:

—Aceptamos de buen agrado su ayuda, y con ella queda saldada las diferencias entre nuestras familias, les deseo que los dioses los acompañen.

Al otro día apareció en el taller de las hermanas, Sócrates, que observó con beneplácito que el local nuevamente estaba repleto de mercaderías. 

Helena supo de inmediato que el viejo sabio, tenía mucho que ver con lo ocurrido y le preguntó:

—Me gustaría saber qué le dijo el señor Sócrates al viejo Nereo para ablandar su corazón.

Sócrates haciéndose el distraído mirando el interior de un jarrón enorme dijo:

—Lo que ocurre estimada Helena; es que yo solamente actué en beneficio propio, debido a que tenía una deuda enorme contigo de por vida, y por suerte he conseguido saldarla, o al menos eso espero. 

—Queda saldada señor Sócrates, puede usted estar tranquilo y satisfecho. —le dijo Helena con una sonrisa.

—Quedar satisfecho es algo demasiado amplio y difícil de conseguir señorita  —agregó Sócrates observando otro jarrón, para después agregar— yo, solo para dar un ejemplo aproximado, quedaría satisfecho si me dieran a probar un trozo de queso con una generosa feta de jamón y un vaso de vino… eso sí me dejaría satisfecho.

—Llega usted a tiempo maestro  —dijo Talía con una amplia sonrisa— justamente estábamos por almorzar, y aún nos queda queso, vino y jamón, nos encantaría que usted nos acompañara.

Ese almuerzo para Esteban y Juan compartiendo una charla amena, nada más ni nada menos que con Sócrates, fue para ellos algo inimaginable, grandioso, y les permitió experimentar en carne propia el poder de convicción de un hombre que es considerado para toda la humanidad un gigante, con la facultad de ser un ser cordial, humilde y con esa facultad de ver a la vida con humor.

—Ustedes estimados amigos, poseen un bien que en el trajín de la vida, se olvida, o no se le presta la debida atención. —comenzó la conversación Sócrates sirviéndose un trozo de queso con una rebanada de jamón. 





—¿Cuál es ese bien al que usted se refiere Maestro  —le preguntó Helena sirviendole vino.

—Ese bien al que me refiero es su juventud  —dijo el maestro— si yo pudiera compraría años de juventud, pero lamentablemente no hay negocio o mercado sobre la tierra que tenga tal producto.

—Y si existiera alguien que vendiera años a buen precio  —dijo Juan con picardía—  qué haría usted señor Sócrates. 

—Que buena pregunta que me hace usted; si yo consiguiera ser joven nuevamente estimado amigo, trataría de no cometer los mismos errores que he cometido, pero esto no es posible, porque aún no tendría la experiencia de vida necesaria, por lo cual llegamos a la conclusión que el camino solo es posible andando. Excepto  —dijo Sócrates haciendo una pausa.

—¿Excepto que cosa?   —preguntó Esteban intrigado. 

—Excepto que yo fuera un viajero del tiempo —dijo el maestro tomando un sorbo de vino.

Esteban y Juan se miraron asombrados y deslumbrados ante tal respuesta que los involucraba.

—Pero aquí entramos en un terreno escabroso, —dijo Sócrates— porque nadie sabe aún, con total certeza que es el tiempo; para mi por ejemplo sólo podemos considerar el presente, el pasado ya no existe; es decir, para ser más claro, ya no podré disfrutar  nunca más en mi vida de mi primer bocado de este exquisito queso que disfruté hace unos instantes, y el próximo bocado de este tierno jamón aún no se ha producido por lo cual ese instante todavía no existe; es más, entre este presente y mi próximo bocado es posible que ocurran mil cosas que puedan no permitirme probarlo…por esto, para que nada ocurra en ese misterioso tiempo que aún no lo he vivido, y me separa de este manjar, comeré con gusto otro trozo de jamón en este mismo instante. Cuando Sócrates tomó otro bocado de carne, todos rieron. 


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