Existen historias las cuales se pueden clasificar dentro de diferentes situaciones, como ser: divertidas, extrañas, misteriosas, incluso desagradables; pero esta que deseo contarles, yo la ubicaría en el tipo de cosas que jamás deberían ocurrir, o desgraciadamente injusta, si es que realmente ocurrió como a mí me la contó un tío… por el cual no pondría las manos en el fuego por la veracidad de sus historias; la misma trata de tres jóvenes realizando una apuesta solo por considerarla divertida.
La ubicación geográfica y de tiempo, fue en un pueblo de Inglaterra durante la época Victoriana. Los nombres y edades de los tres protagonistas eran Walther 22 años, Freddie 25 años, y Ludvik 27 años.
Los tres amigos se encontraban tomando whisky en la taberna del pueblo en una noche de invierno, charlaban sobre una dama muy famosa por ser una mujer muy atractiva y de fortuna, por haberse casado con un poderoso comerciante varias décadas mayor. De lo único que estaban seguros estos muchachos es que jamás serían de fortuna, porque los tres trabajaban como descargadores de cajones de pescado en el puerto.
—La única forma de volvernos ricos estimados amigos, es contrayendo matrimonio con una dama de la alta sociedad, y después, poder comprarnos nuestro propio barco, y de ese modo fundar una empresa pesquera. —les decía Walther a sus dos amigos, mientras colmaba las tres copas con whisky.
—El primer problema por resolver para concretar tu plan estimadisimo Walther, es que alguien pueda quitarte de tus ropas ese olor nauseabundo a pescado podrido que se siente desde una milla de distancia — le respondió Freddie tomando de un solo trago el contenido de su copa.
—El otro inconveniente —dijo Ludvik con cara de burla mientras encendía su pipa—, es tu cara de niño, a las mujeres les gusta más los hombres, con cara de hombres; por lo cual, tus posibilidades a lograr tales objetivos es absolutamente nula.
—Miren quien habla, les respondió Walther —molesto por los comentarios jocosos de sus amigos—, yo puedo cargar tres cajones sobre mi hombro y ustedes no más de uno, parecen dos mujeres.
—Lo que ocurre —dijo Freddie, entendiendo que su amigo siempre mordía el anzuelo, y cuanto más se molestaba más gracia les causaba —, es que nos pagan a todos por igual tanto para cargar uno o tres cajones, por lo cual, tu eres un niño tontolon, que haces el esfuerzo por nosotros, sin recibir nada a cambio.
Cuando Ludvik observó la cara roja de rabia de su pequeño amigo Walther, no pudo aguantar y se rió a carcajadas, también Freddie estalló de risa.
Walther como siempre ocurría, los insultaba con todos los epítetos que conocía, de pie y con sus puños cerrados apoyados sobre la mesa, esto más gracia les causaba a sus dos compañeros.
—¡Cuando sea rico bellacos, me verán pasar en una carroza de oro, acompañado por una duquesa hermosa; y yo les arrojaré un penique, porque ustedes solo serán unos pordioseros malolientes!.
Esos arrebatos de furia de Walther, hacía que sus dos amigos se descostillaran más aún de risa. La técnica era siempre la misma, buscaban otro tema de conversación para distraerlo, y después que su joven compañero se le pasara la ofuscación, buscaban otra cosa para burlarse.
Ludvik, después de guiñerle un ojo a su amigo Freddie, sin que Walther se diera cuenta, comenzó con otra historia.
—Ayer me encontré con el herrero, y me comentó algo que me dejó de una sola pieza.
—¿Qué te comentó? —le preguntó Freddie, simulando cara de intriga, sabiendo que se preparaba el terreno para otra broma a su pequeño amigo.
—Me dijo que en el camposanto de la abadía abandonada vio a un fantasma salir de una tumba; era una mujer que no tenía cara; con una mortaja tan blanca como la misma luna llena. —Después de decir esto, Ludvik, comenzó a cargar su pipa con tabaco para esperar alguna reacción de Walther.
—Yo no creo en fantasmas, —dijo Walther para después terminar su copa de un sorbo y depositarla sobre la mesa con un golpe.
—Yo no iría a un cementerio abandonado de noche ni por una bolsa de oro. —dijo Freddie, para ir llevando a su pequeño amigo Walther, al terreno que ellos pretendían.
—Yo tampoco, —afirmó Ludvik—, solo para arriesgarme a un susto innecesario, no le veo la gracia.
La sutil trampa estaba tendida y su inocente amigo Walther, cayó en ella.
—Lo que ocurre es que ustedes son unos cobardes, yo en cambio no le tengo miedo ni a los cementerios, ni a los fantasmas, puedo ir solo si lo quisiera y pasar la noche allí durmiendo plácidamente. —Walther creyó que había encontrado el talón de Aquiles de sus amigos, que acostumbraban a burlarse y reírse de él.
—Si eres tan valiente —le dijo Freddie a su pequeño amigo, blanco de sus chistes pesados—, te apuesto la mitad de mi jornal de una semana que no eres capaz de ir solo de noche a ese tenebroso lugar.
—Yo te apuesto otro tanto, si eres capaz de ir allí y clavar una estaca en una de esas fantasmagóricas tumbas, a las doce de la noche —redobló Ludvik, pergeñando alguna situación que enfureciera como siempre a Walther.
—Trato hecho, jamás he tenido la oportunidad de conseguir el jornal de una semana con tanta facilidad, gracias a dos cobardes grandulones. —dijo Walther sonriendo con soberbia, tratando de poder humillar por fin a sus dos amigos.
La apuesta se llevaría a cabo al día siguiente. El cementerio de la abadía abandonada era una lugar realmente tenebroso, los parroquianos no pasaban por allí ni siquiera de día, hasta los árboles que estaban desnudos por el invierno parecían espectros retorcidos suplicando clemencia.
Esa noche había viento y la luna no alcanzaba a iluminar por las nubes que la cubrían. La abadía estaba rodeada por un grueso cerco de piedras el cual era demasiado alto para saltarlo, solo se podía ingresar al lugar escalando el portón principal de hierro, cerrado con un candado y una cadena muy gruesa, para después poder saltar hacia dentro, con la precaución de no quedar enganchado por las afiladas púas oxidadas que lo coronaban.
Para llegar al cementerio había que rodear al antiguo templo semi destruido, el cual había sido invadido por una enredadera de la que solo se observaba una maraña de ramas que trepaban hasta la torre principal.
Los tres amigos se encontraron a la hora fijada, cada uno llevaba un farol, y tenían preparada la maza y una gruesa estaca de madera. Curiosamente, quizás por el lugar, la hora, el viento, o el frío, tanto a Freddie como a Ludvik, está broma que pretendían llevar a cabo para molestar a su pequeño amigo, no les estaba resultando muy agradable.
— En realidad —le dijo Ludvik a Walther—, no creo necesario que tengas que demostrarnos que eres valiente, sabemos que lo eres estimado amigo, el solo hecho de haber venido hasta aquí, es suficiente para considerarte el ganador, de mi parte estoy satisfecho, ¿qué opinas Freddie?, mejor nos vamos a compartir unas exquisitas cervezas las cuales se encuentran ya pagas para nuestro valiente camarada.
Freddie no dudó en acompañar la propuesta, no valía la pena estar allí, en ese lugar que no le hacía nada de gracia.
Pero el pequeño Walther, tenía otra opinión al respecto y deseaba cumplir con la apuesta. Para trepar por el portón se quitó su capa, y después sus dos amigos se la pasaron entre los barrotes junto con el farol, la maza y la estaca. Sus dos amigos lo vieron perderse por detrás de los muros de la abadía; al cabo de unos minutos escucharon nítidamente los golpes que su amigo aplicaba a la estaca, pero después que los golpes cesaron; escucharon un grito aterrador de su pequeño amigo Walther que hizo que se les helara la sangre; en un primer momento pensaron que su joven amigo les había jugado una broma a ellos, y una vez logrado su objetivo, aparecería sonriente para decirles que eran un par de cobardes; pero eso no ocurrió. Después de un rato, al comprobar que no regresaba, decidieron ir a ver. Cuando se acercaron al sector de las tumbas, el farol de Walther les indicó el lugar donde estaba. Lo que vieron y comprobaron quedó grabado a fuego en sus mentes para el resto de sus vidas.
Walther estaba allí tendido, muerto; por el apuro del compromiso, había clavado la estaca junto con su capa al suelo; al querer retirarse de allí tan rápido como pudiera; sintió que alguien lo sujetaba por detrás; el destino, su corazón, y una desafortunada apuesta; quiso retenerlo allí para siempre.

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