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sábado, mayo 16, 2026

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES (primer entrega)

 1.

Muchas veces las leyendas muy antiguas son solo historias inverificables que tendemos a pensar que son invenciones interesantes pero falsas. No obstante, a mi me gusta investigar estas historias cuando llega a mis manos algo que merece su atención, porque por lo general siempre hay algo oculto detrás de estos olvidados acontecimientos tapados por el tiempo.

El correo decía en asunto: “El oro de la ciudad de los Césares”. Me lo enviaba un profesor universitario de historia, cuyo nombre me aclaró qué no se hiciera público. 

Cuenta la leyenda que la “Ciudad de los Césares” era una ciudad que se decía estaba repleta de riquezas, fundamentalmente oro y plata. Al parecer realizada por mitimaes Incas. También fue llamada la “Ciudad encantada de la Patagonia”; la cual fue buscada intensamente durante la época Colonial, pero si alguien encontró alguna vez algo, esto queda sujeto a la imaginación más frondosa. El detalle no menor de esta leyenda, es poder saber con cierta certeza dónde buscar; porque lo único que se sabe es que esta mítica ciudad se levantó en algún lugar de la patagonia Argentina, mas precisamente en un valle cordillerano. Esto nos brinda una superficie tan vasta que es como encontrar un grano de oro en una playa de arena. 

El señor profesor, al que denominaré señor Roberto X, me solicitaba en su correo que nos encontráramos en algún lugar. Así coordinamos y la reunión la realizamos en un pintoresco bar de la Boca. Yo llegué diez minutos antes. A la hora indicada estacionó un automóvil y el chófer, un hombre robusto, se bajó y desplegó una silla de ruedas, después ayudó a sentarse en ella a otro señor mayor de impecable apariencia. Entraron al bar y se dirigieron a la mesa en la cual me encontraba, me llamó la atención que supiera de antemano quien era.

—¿Señor Francisco? —se dirigió el hombre discapacitado con una sonrisa extendiendo su mano. 

—Así es, el mismo, ¿de dónde me conoce usted?

—Lo conozco porque antes de reunirme con alguien siempre lo googleo para saber con quien tendré que tratar tal o cual asunto. 

Después de realizar una seña al chófer, este se retiró y de inmediato el caballero llamó al mozo. 

—Señor Francisco, en primer lugar agradezco su atención y quiero contarle una breve historia para que usted pueda entender mi inquietud, la cuál forma parte de mi vida desde que era joven. 

—Lo escucho atentamente señor. 

—Todo comienza con mi abuelo paterno, cuyo pasatiempo era estudiar historia, pero un campo específico, a él le gustaba todo lo relacionado con el pueblo Inca. Lo recuerdo en su biblioteca sentado frente a su escritorio concentrado observando viejos volúmenes, tomando notas, mirando viejos mapas con su lupa y fumando en su pipa. Una vez me quedé parado mirándolo y cuando levantó su vista, me dijo algo que jamás olvidé y comprendí muchos años después . Me dijo que cuando fuera mayor me dejaría su legado. En ese momento pensé que era su vasta biblioteca, pero no era eso, se refería a sus cuadernos de apuntes, que eran más de cincuenta.

Una tarde lo encontraron muerto en su escritorio, fue un paro cardíaco fulminante.

El tiempo pasó y la casona de Belgrano de mi abuelo quedó vacía. Mi padre, que era su único hijo, quiso venderla porque era muy vieja y mal mantenida. Me encargó desocuparla.

—¿Toma otro café Francisco?  —me preguntó este señor X, que era una de esas personas que tienen la peculiaridad de tener una discurso que apasiona, atrapante; uno puede escucharlo dos días enteros con sus noches. No sé explicarlo, tal vez por su aplomo, su impecable camisa con corbata, su saco azul y el clásico chaleco, anteojos dorados, su voz gruesa y pausada. Sin duda un profesor universitario, pelo negro entrecano y corto, delgado, tez morocha y de ojos negros vivaces. 

Pensé que este señor hablaba con la verdad absoluta, apreciación que no suelo equivocarme.

—Si, por supuesto, pero continúe usted con su relato por favor.

—Bien, cuando entré a la casona, había hasta palomas, era un verdadero desastre, después de abrir un par de ventanas para ventilar, me dirigí inconscientemente al escritorio; por un momento pensé que vería a mi abuelo allí sentado inmerso en su bella y aromática nube de tabaco. Quise sentarme en su escritorio y sin imaginarlo surgió lo que me ha motivado todo mi vida; saber dónde se encuentra oculta la Ciudad de los Césares. Uno de los cajones del escritorio estaba entreabierto, cuando lo abrí encontré este sobre dirigido a mí. 

—El profesor sacó del bolsillo de su saco una carta y me la entregó— lea por favor.


Querido Roberto:

En esta carta se encuentra concentrado el trabajo y la investigación de toda mi vida. Te puedo asegurar que mis datos corroboran sin error ni dudas que la mítica Ciudad de Los Césares se encuentra en el lugar que indica este antiguo mapa. Trazando una recta desde la actual ciudad de Bariloche y el cerro Tronador, a mitad de este camino debe estar. Seguramente oculta por bosques, tierra y rocas, pero allí está esperando para que alguien la descubra, y ese alguien querido nieto eres tú. Este es mi legado que deseo puedas disfrutar.

Con cariño tu abuelo.


La carta estaba acompañada por un antiguo mapa casi ilegible.


—Señor Francisco, debo decirle que cuando fuí en busca de la ciudad, sufrí un penoso accidente que me dejó postrado. Jamás compartí esta información con nadie, pero cuando me enteré que usted se dedica a investigar leyendas y casos raros de Argentina no dudé en contactarme con usted.

Si este caso le interesa, solo pretendo un porcentaje de los beneficios que usted consiga, con eso me basta. Ya estoy a punto de jubilarme y querría disfrutar el tiempo que me queda viajando por el mundo. 


El caballero se quedó mirándome esperando con ansiedad una respuesta de mi parte. ¿Qué podía decirle?, las probabilidades de un hallazgo de tales características era de una en diez millones, pero no quería defraudarlo.


—Señor Roberto X, intentar encontrar la Ciudad de los Césares pudo hacerlo, pero no quiero crear en usted falsas expectativas, su abuelo puede ser uno más de los tantos en tener una ubicación falsa, no obstante lo haré, tengo que prepararme y convencer a mi mujer que me acompañe, ella es para mí insustituible como compañera de aventuras; pero estaremos en contacto y le enviaré fotos y filmaciones de todo lo que me brinde indicios de que algo hay allí. 

Al profesor se le iluminó el rostro y no terminaba de agradecerme. Cuando se fué llamé a mi señora y le adelanté el viaje que emprenderíamos.

—Me encanta, de paso probaremos la carpa de caja; en mayo hace frío y puede nevar. —me dijo Raquel entusiasmada.



Continuará dentro de quince días 


Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."



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