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lunes, septiembre 29, 2025

LAS TORRES DE PIRIATIS

 



         Piriatis era un hombre solitario del cual no se registran familiares, ni descendencia, como tampoco su origen, que tal vez podría ser griego, pero estas son solo conjeturas. Poseía una cualidad que pocas personas pueden lograr. Su vida era austera y aparecía de la nada en algún pueblo, para una vez finalizada su tarea, irse y no volver. Las familias de aquellos lugares lo recordaban con respeto y cariño, para poder ubicarlo en el tiempo se podría decir que vivió a fines  del siglo XVIII (1700). Los pueblos elegidos por él, no poseían una característica especial, se decía que los elegía por la calidad de la gente que allí vivía. A pesar de no quedar registro alguno, los lugares fueron muchos y en distintos países del mundo. Alguien que alguna vez pudo charlar con él y preguntarle por su origen, escuchó de este hombre lo siguiente:

—No creo que interese de donde vengo, es más importante entender a donde deseo ir. Aunque lamentablemente mi tiempo no me permitirá alcanzar mi objetivo, creo que lo importante es intentarlo. Y hacer saber a aquel que quiera escuchar: que las únicas obras que se terminan, son solo aquellas que se comienzan. 

Esa mañana de primavera, la campiña iluminada por el sol brindaba esas ganas de vivir y disfrutar. Por el camino principal, un hombre bajo de camisa blanca, pantalón negro y un sombrero gastado de ala ancha, se aproximaba al pueblo polvoriento con un andar enérgico. Era Piriatis, que observaba las primeras casas, en donde unos chicos corrían al verlo para avisar a sus padres que se acercaba un forastero. No era frecuente que al pueblo llegaran visitas, sumado a que no eran épocas de poder tener invitados, una plato más en la mesa, significaba un plato menos para alguien de la familia. 
En los antiguos pueblos los chicos suelen ser muy efectivos para transmitir noticias, en poco tiempo todos salían a la calle para ver pasar al extraño, que con cortesía saludaba sacándose el sombrero. 
Piriatis era un hombre de unos cincuenta y pico de años de tez morena ojos negros y gruesas sejas, cargaba en sus espaldas una mochila y un pequeño cartel cubierto con arpillera atado con cintas de tela, sus zapatos  eran muy gastados de suela muy gruesa, que evidentemente habían recorrido infinidad de caminos.
El día transcurrió y nadie pudo saber dónde pasó la noche, aquel hombre que apareció un día de primavera. 
Al otro día en el almacén de ramos generales la noticia del forastero era el tema del día, las preguntas recorrían todo el repertorio de posibilidades: ¿será un ladrón?, ¿algún pariente de un vecino?, ¿estará huyendo de alguien por algo malo?. Nadie tenía la respuesta; Hasta que el peluquero llegó agitado y corriendo al salón y después de subirse a una silla con voz agitada dijo:

—¡Lo he visto!, está sentado en el terreno frente a la parroquia, y expone un cartel que dice…, que dice…—Al hombre de la emoción por la noticia, hubo que acercarle un vaso de agua para que pudiera continuar—.
—Que dice: "Aquí se realizará la torre más alta de toda la comarca".
—¿Y que más?, —preguntaron varios al unísono, ansiosos por saber qué decía el cartel—

Y el peluquero mirándolos a todos con cara desencajada, respondió:
—No dice nada más. 

Un murmullo de asombro recorrió todo el salón. Esto creó aún más incertidumbre que certezas, ¿A qué venía aquel hombre desconocido a ese pueblo de familias trabajadoras pero pobres?, y ¿quién podría realizar una torre?, ¿con qué sentido?, ¿quien sería el dueño?. Nadie tenía una respuesta. Pero para estos casos, existía una persona, la cual era la única que podía obtener información confiable, que de pura casualidad, estaba presente en el salón, entonces, todas las miradas concurrieron a él…esa persona era el cura párroco. 

La charla de Piriatis con el cura, duró muy poco, pero jamás se supo a ciencia cierta de qué hablaron. No obstante la respuesta del cura a tanta incertidumbre y misterio fue contundente:

—El señor se llama Piriatis, y es un buen hombre, —nada más se le pudo sacar al Padre de esa charla—.

Don Zoilo, que era uno de los más viejos vecinos del pueblo, no logró contener su intriga y una mañana, decidió ir a hablar con aquel hombre.

Piriatis se encontraba sentado a la sombra de un frondoso árbol exponiendo detrás de él el intrigante cartel. Cuando Don Zoilo se acercó, comenzaron una charla que duró varias horas. Piriatis convidó al viejo, con rodajas de pan de campo y queso, acompañado por un vino dulce y fresco, contenido en un recipiente envuelto en tela de arpillera húmeda. 
Cuando Don Zoilo contó todo sobre su conversación, dijo que la misma  trató de la forma en que se realizaba una torre, su conclusión fue contundente.

—Este hombre es un constructor sabio.

Al transcurrir los días, los pobladores comenzaron a tenerle confianza al forastero, y unos jóvenes se presentaron a pedirle si podían trabajar en la mentada construcción. 
Piriatis les dijo que por el momento no contaba con el dinero para realizarla, pero pensaba que muy pronto comenzarían los trabajos, del mismo modo como ocurría en un pueblo muy  alejado de la comarca, en donde se estaba  construyendo la torre más alta jamás vista.
Esa información llegó a los oídos del dueño del almacén, que era el hombre más rico del pueblo, y ese mismo día después de charlar con su familia, decidió colaborar con la construcción. 
Así fue como comenzaron a llegar al predio donde se encontraba Piriatis enormes carros con materiales trayendo: maderas, herramientas, piedras, sogas y comestibles para que comieran los obreros. Cuando los más jóvenes se enteraron, se interesaron en trabajar con Piriatis, al menos por la comida, que era muy abundante. 
Al mes, la construcción había tomado forma y superaba en altura el campanario de la parroquia, esto provocó un entusiasmo general en el pueblo. Otras familias ricas no quisieron quedar fuera del proyecto y comenzaron a enviar más material; incluso familias enteras que no poseían riquezas contribuyeron con su trabajo. El clima de la obra era de total camaradería y todos trabajaban con entusiasmo, incluso el peluquero trasladó al lugar todo su equipo, y cortaba el pelo gratuitamente a toda aquel que participara en la construcción. Los mujeres y hombres mayores dirigidos por Don Zoilo, se encargaban de preparar la comida para los trabajadores; los viernes por la tarde, que era el último día de trabajo previo al descanso del fin de semana, el coro de la parroquia compuesto por un grupo numeroso de señoras, cantaban varias canciones para todos los presentes de la obra; el cura en persona ayudado por algunos vecinos trasladaban el pequeño órgano, y al finalizar las tareas, todos se sentaban sobre el prado para escuchar esos hermosos acordes y disfrutar de la satisfacción de haber cumplido con la tarea de aquella semana. 
Piriatis pasaba sus días dirigiendo cada una de las tareas y cada piedra que se colocaba en lo alto con la ayuda de poleas, era festejado por todos con aplausos y gritos. Por las noches dormía en un establo acondicionado para que pudiera descansar con comodidad. Para la hora de la cena, Pitiriasis era el invitado de honor del cura párroco, y las sobremesas se prolongaban hasta muy tarde, sus conversaciones jamás trascendieron, pero por lo que se decía giraban en torno a la fe y el orgullo. 
La construcción de la torre duró un año, y nuevamente, cuando los árboles comenzaron a brotar anticipando la primavera, ese último viernes de trabajo, se colocaría la última piedra en lo más alto. Desde muy temprano, todo el pueblo colaboró, los trabajadores habían preparado las sogas, y se permitió que incluso los más chicos, jalaran para sentir el esfuerzo que significa construir. Cuando la última piedra quedó colocada, todos hicieron silencio, para después estallar en vivas, aplausos y abrazos; la torre estaba terminada; pero faltaba un detalle, Piriatis sacó de su mochila un banderín blanco, y comenzó a subir por las escaleras de la torre, cuando estuvo en lo más alto lo colocó, y un fuerte golpe de viento lo hizo ondear. El trabajo de Piriatis había concluido, cuando bajó de aquella torre, se subió a una piedra y dirigiéndose a todo el pueblo dijo:

—Gracias estimados amigos por permitirme compartir su proyecto; esta torre es la más alta que he visto en toda mi vida.

Esa noche se organizó una fiesta para todo el pueblo, se encendieron enormes fogatas en torno a la torre, y en lo más alto de ella se colocaron varias antorchas, en largas mesas se sirvió todo tipo de manjares, y el vino no faltó. 
Todo el pueblo disfrutó de esa celebración y al menos durante esas pocas horas todos los rencores, los resentimientos, las habladurías, las peleas; se olvidaron, y todos los presentes se confundieron entre risas y aplausos, festejando esa construcción que pertenecía a todos, porque todos de una forma u otra habían colaborado para que se pudiera terminar, sabiendo que perdurará allí por muchos años para que la puedan ver las futuras generaciones del pueblo.
Dos hombres corpulentos trajeron un gran cartel de madera tallado en el que se leía: "TORRE PIRIATIS", el cual se colocó al pie de la fabulosa construcción, después, todos aplaudieron de pie y brindaron por el principal promotor.

A la mañana siguiente, Piriatis terminó de guardar en su mochila: pan, queso, jamón, y una botella de vino dulce; regalos todos de los vecinos; descolgó su cartel del árbol, lo envolvió en la tela de arpillera, lo ató a su mochila, acomodó su sombrero; y todos se quedaron observando con cierta tristeza, alejarse aquel hombre que pasó de ser un forastero desconocido a alguien estimado por todos. Lentamente se perdió de vista por el mismo camino que había llegado.











martes, septiembre 23, 2025

VIEJAS FOTOGRAFÍAS

 


           Para que una cámara fotográfica  funcione, requiere que exista luz, o calor para las que son infrarrojas, ellas captan a cualquier cuerpo iluminado o cálido. Pero esto no significa que a veces registren ciertas cosas extrañas que nuestra visión no puede detectar. ¿Qué será eso que estas máquinas pueden captar, y nosotros no?. 

Existen infinidad de casos de fotografías o filmaciones, en donde aparecen "personas" que no estaban cuando esa cámara registró ese instante de nuestra vida…Aquí surge una pregunta inquietante, ¿a quién pertenece ese instante?, ¿a nuestras vidas?, ¿o a la vida de otros? 


Hace bastante tiempo cuando aún los teléfonos celulares ni se soñaban, la fotografía era el medio para poder registrar a los familiares y seres queridos de: casamientos, bautismos, cumpleaños, y todo tipo de reunión familiar. Esas fotografías después de ser tomadas se enviaban a revelar y terminado el trámite después de verlas y comentarlas, se ubicaban en un álbum o en una caja; para disfrutarlas nuevamente en alguna futura reunión con parientes o amigos. 


Cuanto más años pasan, las fotografías adquieren un valor propio enorme, porque guardan recuerdos que regresan como el primer día a nuestra vida.


En mi familia cuando la sobremesa con parientes se prolongaba, era costumbre que mi madre trajera a la mesa esa caja repleta de fotografías, y el ritual era mirarlas pasando una a una de mano en mano; con su respectivo comentario, agregando anécdotas, risueñas o tristes.

Esta historia que les quiero contar le pasó a una familia normal, como tantas otras, que aún conservan esa caja con fotografías viejas que ya nadie mira, porque el planeta está atestado de fotos digitales, y filmaciones instantáneas. La fotografía en papel de revelado, es ya cosa de un pasado lejano. 


Ese domingo Dora y Pedro, junto a la tía Laura y al tío Miguel, recordaban el casamiento de su juventud, mirando una a una aquellas fotografías.


—Mira Miguel, estos son Chiquita y Claudio, ¿te acordás? —le comentaba Dora, al tío, mostrándole una foto—

Recuerdo que después se separaron, y nunca más regresaron, yo los llamé y hasta les envié una carta a cada uno, pero ni me contestaron…


—¡Miren esta! —dijo Pedro acomodándose sus anteojos— es de cuando fuimos a Mar del Plata por primera vez con Norita, corría por la playa como loca, ¿te acordás Dora?


—Como no me voy a acordar, fueron unas vacaciones de ensueño. —respondió Dora, mirando esa foto—


—¿Y este quien es? —preguntó la tía Laura, mostrando una foto al grupo, señalando con su dedo a un joven de corbata y pelo rubio, que sonreía. 


Una a uno miraron a aquel hombre, pero nadie podía decir a ciencia cierta quién era.


—Debe ser un amigo de Reinaldo —Dijo Pedro—, 


—Pero si Reinaldo, en esa época estaba en Paraguay, no te acordás —dijo el tío Miguel—. En esa reunión solo estábamos nosotros cuatro, más Juan Carlos, y su señora.


Dora tomó la foto, y se la quedó mirando detenidamente, cuando su esposo le preguntó si conocía a aquel joven, Dora respondió:


—No… pero ahora me acuerdo de aquella noche, y les comento que se me pone la piel de gallina, en esa reunión sólo éramos seis personas.


Todos se miraron asombrados y al unísono cada uno tomó un grupo de fotografías para revisarlas. La sorpresa fue mayúscula, cada tres o cuatro fotografías apartaban una. En esas fotos que apartaban, en todas estaba ese hombre sonriente, de traje y corbata de cabello rubio. 


—No es posible —dijo Pedro, con voz de preocupación— que no sepamos quién es esa persona.


—Me temo que lo que compruebo ahora me atemoriza. —dijo la tía Laura, mostrando dos fotografías— miren,  este es el día del cumpleaños de mi hermano, cuando cumplió cuarenta y tres, y esta es cuando cumplió setenta, las velitas confirmaban las fechas.


Cuando todos terminaron de ver esas dos fotografías, se miraron con ojos de espanto; en las dos estaba el desconocido de traje y corbata, pero su apariencia era de alguien que en todos esos años, veintisiete, no había cambiado en lo más mínimo, la misma sonrisa, y el mismo tono de corbata, y un último detalle, en todas las fotos, se encontraba de pie detrás del grupo.


Después de eso, Dora tomó todas esas fotos inquietantes, las llevó al patio, las roció con kerosene y las prendió fuego, llamas amarillas y un espeso humo negro, convirtieron a esos viejos recuerdos en cenizas. Cuando el fuego se extinguió, Dora regresó a la reunión y guardó el resto de las fotos en la caja destinada para eso. Nunca más esa caja se abrió, y nadie más en esa casa habló de ellas.


El tiempo pasa para las personas y para las familias, y muchos integrantes queridos parten para siempre.

Dora quedó en aquella casa, demasiado grande para una sola persona, su compañía eran las primorosas flores de su jardín, y cuando la llamaba su única hija, que trabajaba demasiado lejos para acompañarla; justamente en esa etapa de la vida en que alguien querido y próximo es muy importante. 

Dora poseía un refugio, sus libros, y su música, por las tardes se ubicaba en su sillón desde donde se podía observar; su paraíso; un manto verde de césped rodeado de arbustos y flores que según ella reían y cantaban. Sobre la mesita para el té, solo tenía dos fotografías: la de su amado esposo de toda la vida, Pedro y la de su hija.


Cuando sonó el teléfono, era un radio llamado de su hija, que con una sonrisa le decía:


—Hola mamá, ¿cómo estás? 


—Bien querida, hoy me acordé de vos y me imaginé que por allí debe hacer mucho frío. ¿Tienes ropa de invierno?


—Si mamá, aquí hoy está nevando. 


—Mira, aquí el calor es insoportable, mis flores están agotadas.


—Te voy a dar una sorpresa mamá.


—Espera que me siente, mi amor, ahora sí, decime la sorpresa.


—EL mes próximo, tengo que ir a Buenos Aires para organizar un evento, así que estaré con vos todo el mes.


—¡Que buena noticia hija!, no sabes como te extraño. 


—Si, mamá, pero contame, ¿tan sola no estás?


—¿Te parece?, si no fuera por mis flores, esto sería un desierto. 


—Pero entonces, —le pregunta su hija con cara de intriga —¿Quién es ese muchacho rubio que te acompaña; parado sonriente; detrás de tu sillón?.


Dora no se sobresaltó, y solo le dijo a su hija:


—Es un vecino al que le doy clases de Francés, se llama Alejandro, y es tan alegre, que pareciera que para él el tiempo no transcurre. —Dora hizo una pausa, y acomodó su teléfono para que su hija solo pudiera ver su cara— Cuando estemos juntas; ya es hora que te cuente una historia, querida;  que hace mucho tiempo no la comparto con nadie. Te envío un beso hija, y te espero. La video llamada concluyó y Dora se quedó sentada en su sillón, mirando su parque hasta el anochecer, su mente estaba entretenida en sus recuerdos de juventud, no tenía miedo, todo lo contrario; se sentía acompañada y protegida. 


Esa historia era muy simple, aquel hombre sonriente y rubio, que misteriosamente aparecía en aquellas fotos familiares, había sido el primer amor de una joven Dora; ilusionada; que el destino por culpa de un grave accidente truncó ese futuro que no pudo ser. Se llamaba Alejandro, y aquella noche de la reunión familiar, ella sí lo reconoció de inmediato en esas fotos, pero ese amor de juventud era parte de un secreto que jamás contó y no pensaba contar. Dora, en estos sus  últimos años, sabía bien que alguien más compartía su vida; cuando cuidaba a sus flores; cuando escuchaba su música; o cuando leía sus libros. 


lunes, septiembre 15, 2025

EL ARTE DE VENDER

 


El espejo le devolvía una figura respetable, su corbata roja perfectamente alineada con el cuello de su camisa blanca, el saco azul oscuro y el pañuelo en el bolsillo al tono de la corbata; una última mirada a sus zapatos bien lustrados; y su pelo negro limpio y corto con la raya al costado. La contextura física de Ignacio que era elegante por ser delgado y alto le brindaba confianza; estaba listo para la entrevista. 

Llegó a la empresa puntual como era su costumbre, subió por el ascensor al piso décimo y cuando entró a la amplísima oficina pudo observar que solo había una secretaria trabajando en su computadora; después de presentarse la joven mujer le dijo que se sentara, que el gerente lo atendería en unos minutos; los minutos de espera fueron cuarenta y cinco, pero para Ignacio el empleo merecía la pena.

Por fin la secretaria lo hizo pasar a otra oficina más pequeña en donde estaba sentado detrás de su escritorio un señor de impecable traje gris y corbata, luciendo un par de gemelos de oro, al igual que su impactante reloj pulsera.

—¿El señor Ignacio García, verdad? —le preguntó ese hombre leyendo el currículum que tenía ante sus ojos, al que no era necesario preguntarle si era el dueño de la empresa, su aspecto lo decía todo.

—Sí señor.

—Tome asiento por favor. —le dijo el gerente recostandose en su sillón, y mirándolo muy seriamente — tiene usted idea señor García de la envergadura de esta empresa.

—Por supuesto señor, es más, yo soy un entusiasta de las carreras de automóviles y conozco toda la historia de la prestigiosa empresa Mercedes Benz y las fantásticas carreras ganadas con el piloto más famoso del mundo nuestro Manuel Fangio, con la inolvidable flecha de plata. —Le dijo Ignacio sonriendo con su cara jovial,  a aquel señor que lo observaba.

—SI, si, perfecto señor García, pero este trabajo es para vender los automóviles de más alta gama que tiene la empresa, a esta agencia vienen personas del extranjero, de mucho dinero, muy exigentes, a comprar una joya de la industria automotriz; poco les importa las carreras del siglo pasado, eso es solo historia; a esta gente usted les está ofreciendo no solo un automóvil, usted les está ofreciendo un símbolo de poder; no se si me entiende. 

—Como no lo voy a entender señor —le dijo Ignacio erguido en su asiento, colocando sus dos manos sobre el escritorio—; toda mi vida he vendido autos.

—No me diga, —le dijo algo sorprendido el gerente— ¿en qué empresa? 

—La última fue en una familiar que llevábamos adelante con un primo mío en la ruta 8 cerca de la autopista del Buen Aire, pero de autos usados. —respondió Ignacio orgulloso. 

El gerente con cara de pocos amigos tomando nuevamente el papel le dijo:

—Mire García, le voy a ser franco, su currículum no cumple con nuestras expectativas, nosotros necesitamos alguien que sepa al menos hablar Inglés, un buen manejo de Excel, algo de contabilidad, e incluso un cierto conocimiento sobre algunos lugares de Buenos Aires, como vinotecas, hoteles, restaurantes exclusivos; es decir, no se ofenda; nuestros vendedores tienen que ser jóvenes de cierta cultura general, que le permita en la negociación de la venta entablar charlas de igual a igual con el cliente; y usted está lejos de eso, no obstante debo decirle que lo único en lo que mide usted bien, es en su presencia, su vestimenta es elegante y sobria.

Ignacio se quedó mirando a su interlocutor siempre con su cara gentil y su sonrisa luminosa y al cabo de unos instantes le dijo.

—Señor, le quisiera pedir una oportunidad, permítame brindarle durante quince días una demostración de mi capacidad como vendedor, si durante ese tiempo yo no concreto ninguna venta, me iré y usted no me debe nada, ¿qué le parece?.

El gerente se le quedó mirando, y también recordando que le habían pedido completar el plantel de vendedores cuanto antes, y no podía conseguir a nadie. Entonces levantándose de su sillón y extendiendo su mano para saludarlo, dijo.

—Trato hecho señor García, usted tiene su oportunidad. 

En el salón de exposiciones de la concesionaria solo se exponía un único automóvil, el Mercedes-AMG E 53 4MATIC + color negro...no pregunten el precio porque es de mala educación, solo diré que es muy elevado. Este dato no es menor, Ignacio lo tenía muy presente, el noventa y cinco por ciento de los compradores efectivos, no preguntan por el valor, excepto para extender el cheque. 

Los primeros dos días Ignacio solo se limitó a observar, sus compañeros de trabajo eran dos jóvenes, compinches ellos, que en ese primer momento lo mantenía al nuevo integrante del equipo a cierta distancia, bastante lejana, ni siquiera se preocuparon en enseñarle el lugar o los procedimientos de trabajo por las posibles ventas, tampoco le dijeron dónde quedaba el baño de los empleados. Esto a Ignacio lo tenía sin cuidado, en un pequeño recorrido descubrió dónde estaba el sanitario, la cafetera y lo más importante; la empleada encargada de extender los recibos de anticipos o compras.

Durante esos dos días pudo notar que sus engreídos compañeros, tenían algunas falencias muy evidentes, una de ellas era hacerles  bromas sutiles a las damas jóvenes que venían solas, de las que contabilizó un total de seis, las señoritas concurrían por la mañana pero ninguna concretó una sola compra. Otra de las notorias características de ellos era que cuando faltaban diez minutos para el fin de la jornada estaban desesperados por irse, y en una oportunidad, llegó un cliente diez minutos antes de cerrar y el desinterés por vender hizo que el posible comprador se fuera muy ofuscado. 

Ignacio después de hacer todos sus análisis decidió comenzar a vender.

Un día viernes, quince minutos antes del cierre, paró en el estacionamiento de la agencia una camioneta embarrada hasta el techo; sus compañeros le pidieron si podía hacerse cargo, en cuanto Ignacio aceptó, ambos desaparecieron. 

De la camioneta bajó un hombre bajo con boina y zapatos de trabajo, al verlo Ignacio imaginó la estrategia de su discurso, cuando entró al local con su mejor sonrisa y predisposición dijo:

—Buenas noches señor, gracias por confiar en nosotros, ¿a quién le va a regalar esta joya insuperable de la mecánica, a su mujer, o a un hijo?.

El señor lo miró muy serio y después respondió:

—¿Cómo sabe usted que quiero este automóvil para regalarlo?.

—Me atreví a decirlo porque usted me parece que no es de las personas que deseen este tipo de automóviles. 

—¿Y por qué no?, si me puede usted decir. —dijo el señor algo molesto. 

—Porque usted es una persona de trabajo que por lo general solo invierte en máquinas, o campos de producción agrícola, o cualquier otra cosa que le permita crecer a su empresa, pero jamás invertiría para usted en un auto de lujo. —el cliente se lo quedó mirando unos instantes, y después dijo.

—Debo decirle que usted es un excelente observador, ha acertado, quiero este vehículo para regalar.

Comprador y vendedor se estrecharon las manos y sonrieron.

—Dígame señor, donde desea usted que se lo entreguemos, con un gran moño blanco en el techo, el cual obviamente corre por nuestra cuenta. —le dijo Ignacio con su cara jovial.

—Bien, —dijo el hombre sacando su chequera—, el de mi hija en un country en Pilar, y el de mi señora en Barrio Norte.

—No entiendo —dijo Ignacio— ¿quiere que lo llevemos a dos lugares?

—Si, obviamente —dijo aquel cliente sin perturbarse— uno es para el cumpleaños de mi señora y el otro es para la fiesta de egresada de mi hija.

Ignacio por poco se cae de espaldas, en tan solo quince minutos pudo vender dos autos de alta gama; cuando le entregó el cheque a la cajera que era una joven muy simpática esta le dijo.

—No te puedo creer, te aseguro que jamás vendimos dos autos en tan poco tiempo, has batido el récord. 

—Es solo un golpe de suerte —le respondió Ignacio con cara de experto. 

A la mañana siguiente Ignacio llegó quince minutos tarde y cuando entró al local estaban esperándolo el gerente y los dos vendedores parados en el medio del salón. 

—Señor García, —comenzó diciendo el gerente—, quiero que le explique en detalle todo lo referente a su excepcional venta de ayer a estos dos sujetos, a ver si aprenden al menos un poco.

Ignacio se sorprendió por la indicación del gerente, pero solo para desquitarse del maltrato de los primeros días por parte de esos dos engreídos, dijo con voz y cara  de experto:  —No se preocupe señor, los voy a sacar buenos.

A partir de esa venta vinieron muchas otras, en su mayoría concretadas por él. Ignacio contaba con una ventaja que él solo sabía; venderle un auto o camionetas usadas a alguien que juntó el dinero durante diez años, es mucho más difícil que al que le sobra el dinero para comprar o incluso regalar un automóvil de altísima gama.

Un lunes por la mañana muy temprano llegó un hombre en una moto de alta cilindrada, sus dos compañeros aún no habían llegado, costumbre muy frecuente en ellos. Después de sacarse el casco el posible comprador, entró al local e Ignacio lo saludó habiendo ya estudiado al candidato y su estrategia de venta.

—Después de una prolongada charla sobre las características del automóvil, caballos de fuerza, torque, tapizado, caja automática y lo principal, su elegancia; Ignacio terminó su discurso diciéndole  en voz baja a su cliente.

—Pero permítame que le diga señor, el grave problema que tiene este vehículo. —el hombre puso cara de intriga y preguntó:

—¿Qué problema tiene?.

—El problema es, que cuando usted llegue a todos los elegantes lugares  a los que frecuenta, manejando esta máquina que es una joya, sus conocidos lo van a envidiar poniéndose verdes; y eso, nuestra firma no puede solucionarlo. 

El hombre se rió con ganas y sacando su tarjeta bancaria Negra de American Express dijo:

—Precisamente para eso lo quiero comprar.




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LA PARTIDA DE TRUCO

       Nicolás Sirreyes tenía un campo lo suficientemente extenso  para permitirle ser el hombre más acaudalado del pueblo. Corría el año 1912, se había implementado el sufragio universal para varones.  La pica venía de lejos con Gumersindo Luna que era dueño de la casa de productos generales, desde granos hasta tranqueras.

El galpón comercial tenía para las tareas del campo todo lo necesario, incluido los créditos para poder pagarlo después de la cosecha. La enemistad venía de lejos por culpa de una joven que solo estuvo en el pueblo dos noches, esas cosas de hombres que quedan arrinconadas en el recuerdo y salen en el momento menos pensado. 

El Negro Fonseca era un buen hombre pero a la segunda copa de Ginebra el humor le cambiaba para mal.

Abelardo era el muchacho de los mandados, pero lo único que tenía de malo era no ser lerdo, digamos que solo necesitaba que el contrincante quien sea, solo diera un parpadeo, para que su faconcito hiciera el resto.

Los de armas llevar eran Nicolás Sirreyes y Gumersindo Luna, cuyo rencor mutuo quedó allí, aquella noche, oculto por mucho tiempo, pero era tan grande y peligroso como una serpiente. 

Las diez de la noche era una hora apropiada para comenzar un juego de truco en el almacén, que después de las ocho las señoras ya se habían retirado y el lugar daba paso a convertirse en boliche.

La apuesta era fuerte, mil pesos, sólo entre dos adversarios, Sirreyes y Luna, los otros dos eran laderos. 

El Negro Fonseca jugaba con Luna, y Abelardo con Sirreyes. De ganar no arriesgaban nada y se llevaban cien pesos.

Sirreyes pidió al almacenero unos naipes nuevos y una botella de Ginebra. El pedido llegó más cuatro vasos y un platito con porotos.

Se pactó que el juego se realizaría sin flor y a quince puntos. Esto indicaba a las claras que había revancha y otros mil pesos más de apuesta. 

En las primeras dos manos, Luna y el Negro tenían diez porotos de ventaja.

La mesa de juego estaba iluminada por un candelabro, negro y torcido que colgaba de algún lado con cuatro velas, más dos velas sobre la mesa, la iluminación estaba a cargo del establecimiento. 

En tanto barajaba el Negro Fonseca, Sirreyes sirvió una vuelta de ginebra para todos. En ninguno de los rostros y menos aún los que arriesgaban su dinero se podría decir que se estaba jugando por simple distracción, más precisamente era a muerte.

La mano para Sirreyes venía,  bien y mal, el ancho de espadas y dos cuatros, lo mira casi sin mirar a su compañero y Abelardo le hizo la seña inconfundible, cerrando los dos ojos, no lo podía ayudar con nada. Pero mentir es la principal estrategia de este juego de naipes, y entonces:

-¡Envido!, -dijo Sirreyes-, sin cartas.

-Quiero! -le contestó Luna-, hoy no era su día, pero lo que le molestaba no era perder ni mil, ni dos mil, ni tres mil pesos, lo que realmente le jodía a Sirreyes era perder a manos de Luna.

La partida esa y la siguiente salió de mal en peor para el estanciero. 

El almacenero les alcanzó la segunda botella de ginebra, y el ambiente no era lo que se dice cordial.

Gumersindo Luna ya le había ganado a Sirreyes cuatro mil pesos. 

Y entonces le pareció que lo mejor, o lo más saludable era ir dando por terminado el encuentro. Mirándolo a la cara a Sirreyes antes de empezar a barajar le dijo, 

-Creo que por hoy es suficiente, -dijo Luna- y fue entonces cuando la ginebra, los malos recuerdos o de sólo bruto no más, le espetó en la cara, Sirreyes: 

-¡Vas a jugar hasta que yo te diga carajo!

Después de eso el rumbo de la reunión se estropeó para no mejorar.

-¡Pagame que hasta aquí llego yo! -dijo en voz alta Luna-.

Sirreyes estaba esperando esa contestación, alcanzó a manotear su pistolón y disparó turbado al pecho de Luna, que se la venía venir; se pudo retirar un poco, pero no le alcanzó, sintió el desgarro en su pecho. El negro Fonseca hizo un ademán como quien quiere calmar algo. Ya era demasiado.

Gumersindo Luna entendió que se le terminaba la vida, pero en un último impulso alcanzó a disparar su arma a la frente de Sirreyes, que cayó al instante desplomado.

Al día siguiente la gente del pueblo arrancó  con sus tareas de siempre, excepto por dos entierros. Nadie pagó la cuenta del boliche de la noche anterior.









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sábado, septiembre 13, 2025

LA ARGENTINA VISTA POR FLORENCIO MOLINA CAMPOS

              La situación argentina se podría describir con un cuadro del famoso pintor argentino Florencio Molina Campos. En el cual, en medio de un potrero embarrado, un jinete trata de sostenerse sobre el lomo de un caballo zaino encabritado, mientras detrás de la empalizada, ocupando todo el perímetro, paisanos se ríen a carcajadas gritando y tirando sus sombreros al aire para enfurecer más al animal, esperando ver caer al jinete de bruces, para completar el jolgorio y la algarabía de todos.

Creo que no es necesario aclarar quién es quién, pero un cuadro solo muestra un momento, los acontecimientos posteriores pueden ser diversos. 

Entonces, tal vez, lo menos pensado puede ocurrir y justamente el poderoso y furioso animal, en lugar de quitarse de encima al jinete, se da cuenta que los borrachos detrás del alambrado también se ríen de él, y decide ayudar al joven dejando de pararse de mano, y comenzando a caminar calmo, para sorpresa de los desaforados brutos, que se abrazaban saltando y riendo esperando la caída estrepitosa del jinete al barro, para de ese modo descostillarse de risa.

Cuando la diversión terminó, los entusiastas y grotescos paisanos se tuvieron que retirar, no porque el jinete domó al caballo; se les terminó la joda porque el noble animal le permitió al joven continuar subido a su lomo…al menos por un par de años más. 





viernes, septiembre 05, 2025

EL ERROR

 


      Ir a trabajar no tiene grandes atractivos; desayunar; cambiarse; acomodar el portafolios; comprobar que llevamos la billetera; salir a la calle; saludar al conocido; caminar esas cuatro cuadras hasta el subte; esperar que el tren se detenga; subir; durante el viaje ordenar nuestras ideas para esa jornada; imaginar a esa reunión que no deseamos ir; llegar a nuestro destino.

Miguel realizaba esa sucesión de actos de lunes a viernes en forma mecánica y rutinaria. Ese lunes, le llamó la atención que gran parte de la gente de su vagón bajaron en estaciones previas, y en Carlos Pellegrini bajó todo el resto del pasaje, cuando el subte se detuvo en la estación Florida, después que se abrieron todas las puertas, Miguel,  comprobó al bajar que la estación estaba completamente desierta, su asombro fue aún mayor cuando se apagaron las luces, y todo el espacio quedó en penumbras; con su teléfono alumbró el camino para poder salir. En cuanto siguió caminando por el corredor vio la escalera de salida iluminada por la luz del sol; cuando empezó a subir, notó de inmediato que la calle estaba en silencio; por lo general el tráfico de la avenida provoca mucho ruido a esa hora, pero esta vez no. Evidentemente a esta altura de los acontecimientos algo muy extraño estaba ocurriendo en la ciudad, pero Miguel no podía comprender; al poner un pie en la vereda, la luz potente del sol lo deslumbró y sintió un calor sofocante. Cuando pudo ver con claridad, pensó en que había ocurrido un cataclismo, o un atentado devastador, o tal vez era un sueño, pero lo que veía era demasiado real para estar soñando.

A su frente, solo veía una extensión de médanos que se perdían en un horizonte ondulado y en lo alto sobre su cabeza, un sol despiadado; después de caminar solo unos pasos sobre aquella arena muy blanca, miró hacia atrás, y la salida del subte, su única referencia con la realidad, ya no estaba; solo dunas lo rodeaban. Miguel pensó que había enloquecido, o que había sufrido un serio ataque cerebral, no entendía en donde estaba, mejor dicho, no comprendía qué había ocurrido con la ciudad, su rutinaria ciudad, de todos los días.

Cuando comenzó a sofocarse por esa altísima temperatura colocó su portafolio sobre su cabeza y sacó de su saco sus anteojos negros para proteger sus ojos, después se quitó el saco y la camisa. No podía salir aún de su asombro, llegó a pensar que así podría ser la muerte, es decir, que algo le sucedió de un momento a otro sin darse cuenta, tal vez un paro cardíaco repentino; puso su mano libre sobre su pecho transpirado y sintió sus propios latidos. 


—¡¿Qué me está pasando?!, —gritó con desesperación—.


El calor era insoportable y comenzó a sentir sus brazos quemados por el sol, retrocedió a buscar su camisa y se la colocó. A pesar de mirar en todas direcciones siempre veía el mismo paisaje; dunas que un viento persistente comenzaba a mover, imaginó que así sería el desierto del Sahara, pero él había descendido en la estación Florida de Buenos Aires. De repente se le ocurrió utilizar el teléfono que lo tenía en el bolsillo de su pantalón, al encenderlo, este tenía señal, pulso de inmediato el número de un amigo, y el aparato comenzó a sonar, pero solo escuchó el contestador que decía:


—En este momento el usuario 11457 ... 63 no lo puede atender, intente más tarde.


Intentó con otros números y solo el contestador respondía siempre lo mismo. Intentó e intentó, pero parecía que estuviera solo en el mundo, nadie contestaba. Miguel comenzó a razonar que si su teléfono funcionaba, y un contestador respondía, era evidente que en algún lugar estaba ese contestador, y una antena relativamente próxima transmitía su llamada, pero sin lugar a dudas algo estaba pasando que él no alcanzaba a entender, ¿pero que?, se preguntaba una y otra vez. 

En un momento, sofocado por el calor, comprendió que en esa extraña situación, sin agua, moriría deshidratado, fue entonces cuando sintió un profundo terror y su mente se bloqueó. Cuando reaccionó, estaba arrodillado y la arena caliente quemaba sus rodillas. Pensó que este sería su fin, pero le molestaba no entender esa situación, ¿quién le había robado su vida, su ciudad, su trabajo, sus gustos?

Con sus ojos irritados por la arena, y su cuerpo ardiendo, se tendió boca abajo en la arena, pensando que cuanto antes ocurriera, mejor sería. 

Estaba aturdido y algo adormecido cuando, inesperadamente, sonó su teléfono. 


—¡Hola!, ¡hola! —gritó Miguel desesperado—


Al cabo de unos instantes, una dulce voz de mujer dijo:


—Si, Miguel, te pido disculpas, hemos cometido un error, sin quererlo modificamos un sector de tiempo, y tu estabas por casualidad en un lugar en donde no debías estar. Sentimos mucho lo ocurrido, pero son cosas que a veces pasan. —esa voz, se quedó callada—.


Con desesperación Miguel preguntó:


—¡¿Quién habla?!, ¡¿quién es usted!?.


Al cabo de unos instantes eternos para Miguel, la voz continuó diciendo:

 

—Mi nombre es Iyari, provengo de un sistema planetario muy lejano al tuyo, y nuevamente te pido disculpas. —nuevamente esa voz se calló—


A estas alturas Miguel no pensaba en perdonar a nadie, solo quería no morir, y entonces respondió:


—Te pido por favor si es que puedes hacerlo, me regreses a mi vida, aquí estoy muriendo de sed, no creo que pueda resistir mucho más. 


—Detrás de ti tienes agua, tómalo por favor —dijo esa mujer con más calma—


Cuando Miguel miró, a pocos metros de donde estaba, había un cántaro de barro, el mismo contenía agua; cuando tomó un primer un sorbo, pudo comprobar que era agua pura y fresca, la cual bebió con gusto. Algo más calmado, tomó nuevamente su teléfono y le dijo a aquella mujer desconocida:


—Gracias.


—No tienes que agradecer nada, nosotros somos los culpables de que sufrieras este inconveniente, solo debes decirnos, a qué lugar quieres ir, y allí estarás en el mismo instante que lo pienses; pero antes, es nuestra obligación recompensarte con lo que tu quieras, pero te advertimos que sólo puedes pedir un único deseo. —le dijo con serenidad esa voz a Miguel—.


Por la cabeza de Miguel pasaban miles de sensaciones e ideas algunas encontradas, por momentos pensaba que estaba muerto, después se decía que había enloquecido, que no era algo real lo que estaba experimentando; pero allí continuaba en ese recipiente su agua para sobrevivir, después de tomar otro sorbo, tomó nuevamente su teléfono y esto preguntó:


—Solo deseo no morir aquí, te pido si puedes, me ayudes por favor —dijo Miguel desconsolado— y esa misma voz de mujer le dijo:


—Te pido que tomes esto con calma, te reitero, hemos cometido una equivocación contigo, que aunque te la expliquemos no comprenderás. Debemos recompensarte por nuestro error, así funciona el universo, tienes tiempo de pedir un deseo hasta que se termine tu agua, si no lo pides en ese tiempo, regresarás a tu lugar de origen, pero perderás  una oportunidad que no todos en tu planeta pueden tener. 


—Si pido un deseo, y me lo conceden, ¿puedo si no me agrada, regresar a mi estado de vida normal? —le preguntó Miguel a esa voz en su teléfono—.


—Lamentablemente eso no es posible, una vez que elijas, tu vida tendrá eso que quieras, para siempre. —dijo esa voz dulce—.


Estimado lector, si tú tuvieras esa posibilidad que le otorgaban a Miguel, ¿cuál sería el deseo que te gustaría pedir?…Te ayudaré a pensar algunas posibilidades:


Ser un prestigioso rey

Ser un escritor 

Un bombero

Un soldado

Un hombre muy rico

Ser famoso

Ser feliz

Tener una casa

Tener un automóvil 

Ser médico 

Ser abogado

Ser un filósofo 

Ser joven

Ser viejo

Ser un empresario

Ser un jubilado

Ser un estudiante 

Un lector

Ser un extraterrestre 

Conocer el futuro

Poder ir al pasado

Vivir eternamente 

Ser un mago

Poder brindar deseos

Hacer feliz al que no lo es

Ser bueno

Ser malo

Hablar un idioma

Escribir

Poder viajar por el universo

Poder navegar

Poder viajar en avión 

Ser un perro 

Ser un gato

Ser un animal

Ser una planta

Ser un piedra eterna


Miguel, después de pensar;y pensar; y pensar; antes de tomar el último sorbo de esa agua cristalina…eligió un único deseo, tomó su teléfono y dijo:


—Quiero vivir mi vida, tal cual fue, desde el principio. 


La enfermera del hospital, se acercó al padre de Miguel, que aún no sabía que nombre le iba a poner, y le dijo con una sonrisa:


—Usted es padre de un varón señor.










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lunes, junio 23, 2025

LA FORTUNA DE LA FAMILIA PEREZ (toda la historia)

             El estacionamiento de su edificio a esa hora de la noche estaba en penumbras, un silencio abarcaba el lugar que se interrumpió cuando después de bajar de su pequeño automóvil activó el cierre automático haciendo retumbar en el lugar los dos sonidos seguidos que indican que la cerradura está cerrada.

“No se para que cierro este cacharro, necesitaría que me lo roben y de ese modo cobrar el seguro, sería más ventajoso”  —pensó mientras llamaba al ascensor. 

Cuando abrió la puerta de su departamento sus pequeños dos hijos estaban subidos al sillón del estar en una batalla campal con almohadas a los gritos, mientras su mujer hablaba por teléfono revolviendo algo en una olla en la cocina de la que salía un vapor con olor a fideos con tuco, muy similar a la de la noche anterior.




—¡Se pueden dejar de joder!  —dijo en voz alta Claudio sacándose el saco, dirigiéndose a los pequeños guerreros.

Como por arte de magia los chicos, que eran mellizos, con sus cachetes colorados igual que su pelo, hicieron  silencio acercándose a saludar a su padre para darle un beso. 

—No sabes lo que me contó Nora —le dijo su esposa, dándole un fuerte abrazo y un beso en la boca— me contó que a Norberto lo contrataron en una empresa de Estados Unidos como programador y se van la semana próxima para allá, dejan todo, te das cuenta; bueno ellos no tienen hijos, nada los retiene. Si a nosotros nos saliera algo así, sería imposible, sumado a que yo no puedo desatender a mamá, soy su única hija y se me muere la pobre. ¿Cómo te fue en la oficina?, ¿hablaste por lo del aumento?.

—No hoy no pude, surgió un despelote con un cliente nuevo, el tipo es un pesado, y tengo primero que arreglar el asunto. 

—Siempre se nos cruzan despelotes Claudio, —le dijo su mujer apoyando sus dos manos sobre la mesa del comedor, con voz de desolación— es sistemático, cuando estábamos por ir de vacaciones surgió la enfermedad de la mujer de tu compañero, y tuviste que cubrirlo todo Enero y Febrero, yo se que es un buen tipo, pero nos arruinó el viaje, y perdimos la seña. Ahora que necesitamos esos pesos, por hache o por be, surge alguna cosa. Hoy llegó el reclamo de las expensas, me llamó dos veces el administrador, si el cinco del mes que viene no pagamos al menos la mitad de los tres meses de retraso, me dijo que no puede evitar el juicio. Te das cuenta, ¿qué vamos a hacer Claudio?. Te digo la verdad, estoy cansada de tener siempre algo que nos jode. Hoy me acordaba, sabes cuanto hace que no hacemos el amor. 

—No, la verdad no me acuerdo. 

—Justamente, ya ni sabes, hace un mes, treinta noches Claudio…¡treinta!. Cuando quiera acordarme, ya voy a ser una vieja marchita. ¿Sos consciente Claudio?.

Claudio abrazo a su esposa y la beso, ella se resistió un momento, pero de inmediato cruzó sus brazos detrás del cuello de él y se confundieron en un beso prolongado que se interrumpió de golpe en el momento que aparecieron sus críos reclamando que tenían hambre.

Después de cenar, Claudio y su esposa Marta estaban hablando pensando una estrategia para pedirle dinero a un tío de ella, cuando escucharon que en el comedor sonaba el teléfono. 

Cuando Claudio atendió, esa llamada daría comienzo a un cambio en la vida de él y su familia sin precedentes.

—¿Claudio Perez?

—Si, ¿quién habla?

—Usted no me conoce, mi nombre es Ramón Sanchez Olivera. Lo molesto porque tengo que decirle algo que tiene que ver con su finado padre, yo vivo en Uruguay, tengo que regresar en un par de días, pero antes me gustaría hablar con usted personalmente.

—¿Pero de qué se trata?

—Es algo complejo para hablarle por teléfono, pero imagino que le interesaría saberlo. Es más, considere que obtendrá un beneficio sin arriesgar nada. Si le parece nos encontramos mañana a las ocho de la noche en el bar Iberia, de la avenida de Mayo.

Claudio pensó un instante, y después aceptó la reunión con ese desconocido, no tenía nada que perder y si podía conseguir algo, nada es despreciable para aquél que tiene poco. Aunque Claudio tenía mucho más que otros hombres; una esposa que lo amaba y a los mellizos que eran dos torbellinos de alegría.

Después de acomodar la cocina y contarles un cuento de piratas a los chicos, Claudio y Marta interrumpieron en la cama las treinta monótonas noches anteriores. 



2.



Ir a una reunión para hablar con un desconocido sobre un tema que nos puede brindar un beneficio, no deja de ser intrigante y abre un abanico de posibilidades incluso sorpresas de cualquier tipo. Pero lo que estaba por saber Claudio era algo que no hubiera imaginado ni en el más fantástico de sus sueños.

Cuando entró al bar puntualmente, se percató que no le preguntó al fulano cómo lo reconocería. 

Esa noche no había muchas mesas ocupadas, solo cuatro, en una charlaban tomados de la mano una pareja, en otra una señora mayor tomaba su té, sobre la ventana un joven miraba su teléfono y en la más alejada un señor con anteojos escribía en un cuaderno. 

“Seguramente es ese, pero está demasiado concentrado en su tarea”. Pensó Claudio, entonces decidió sentarse en la mesa próxima y se quedó mirándolo, en un momento el caballero levantó la vista y lo miró a él, pero al cabo de un momento continuó con su tarea sin prestarle atención. 

“Evidentemente no es este el hombre” se dijo. Cuando buscaba con su vista al mozo, entró al bar un señor que por su vestimenta no podía pasar desapercibido para nadie. Tenía sombrero y saco blanco, un pañuelo de seda azul al cuello y un bastón de madera; se podría decir que por su porte elegante, bien podía tratarse de un diplomático o de algún miembro de la alta sociedad. Inmediatamente el caballero cuando vio a Claudio se dirigió a su mesa.




—Señor Claudio Perez, disculpe usted mi retraso, he tenido un percance con mi chofer, no encontramos estacionamiento. —dijo el simpático señor, con un tono muy cordial, extendiendo su mano para saludar a Claudio. 

—Encantado de conocerlo señor Sanchez Olivera  —le respondió Claudio estrechando la mano de aquel hombre que por ahora era un desconocido.

El elegante caballero se quitó el sombrero descubriendo su pelo entrecano muy corto y prolijo, después de llamar al mozo dijo:

—Debo decirle Claudio que usted es igual a su padre, incluso tiene la misma voz. 

—¿Conoció usted a mi padre?

—A si es, lo he conocido muy bien, eramos amigos entrañables. Pero permítame comenzar por el principio de la historia que es lo suficientemente intrincada para describirla. ¿Desearía algo para comer Claudio?, hoy usted es mi anfitrión.

Después de hacer el pedido, aquel hombre de ojos negros vivaces comenzó diciendo:

—Nos conocimos con su padre en el servicio militar, era la primera presidencia de Perón, ambos estábamos en Campo de Mayo, fué una época inolvidable, bueno, cuando se es joven la vida se presenta como un libro en el que uno abre su tapa por primera vez. Todo está allí para experimentar, para comprobar por uno mismo, también para aprender. Su padre como usted bien sabe era peronista de la primera hora, como bien se dice; yo en cambio no estaba convencido de todo lo que estaba ocurriendo. Pero en nuestra relación la política no era un obstáculo. Resulta ser que nos dieron una misión que le aseguro fue tan extraña que hasta el día de hoy no entiendo cómo es posible que nos eligieron a nosotros, pero así fue. El veinte de diciembre de 1950, recuerdo la fecha exacta, a la madrugada nos despierta un capitán que no conocíamos y nos da una orden para hacer de inmediato. Teníamos que ir con un camión al banco central, allí lo cargaron con unas cajas, que aún recuerdo eran de hierro no muy grandes pero pesadas. tuvimos que contarlas, eran cincuenta y tres. Después teníamos que llevar el camión cargado a una estancia llamada La Candelaria en Lobos. Antes del mediodía estábamos entrando, solo su padre y yo. Cuando llegamos nos impresionó la envergadura de la propiedad, era un castillo que tengo entendido aún se conserva en perfecto estado. Allí, nos recibieron cinco hombres que por su aspecto parecían baqueanos del lugar, hombres de campo. Uno de ellos registró la carga y después nos hicieron esperar en la cocina. Nos sirvieron un almuerzo como para reyes. Después nos llevaron al salón principal de la casa y evidentemente el dueño de todo aquello que era un morocho imponente con bigotes y botas de montar nos dijo algo que me impactó.

Palabras más palabras menos, nos agradecía el trabajo realizado por nuestro servicio y nos dijo que en el camión había algo para nosotros, pero teníamos que ubicarlo en algún lugar seguro antes de llegar al cuartel. Porque era un obsequio y no debíamos compartirlo con nadie. Después, frente a nosotros, hizo un llamado telefónico, alguien del otro lado le dijo esto:

—General… la encomienda ha llegado bien, le envío un fuerte abrazo, los muchachos son de confianza y ya han sido recompensados.

—¿Lo aburro Claudio? se interrumpió el caballero

—En absoluto señor, continúe usted por favor.

—Cuando regresamos, paramos en un camino desierto y fuimos a ver lo que había detrás. Nuestra sorpresa fue enorme, habían dejado tres cajas sin candado. Con su padre nos miramos y decidimos ver qué contenían. Allí había una fortuna, estaban repletas de lingotes de oro, no sé cómo decirle pero para ese momento serían varios millones de pesos, muchísimos. 

Después de eso comenzó otra historia. En un primer momento teníamos cierta desconfianza con lo ocurrido, nosotros solo éramos dos jóvenes cumpliendo con una orden militar. Pero yo no tuve desde un principio ninguna duda, debíamos repartirnos eso y ocultarlo. Pero su padre no pensaba lo mismo, lamentablemente. Allí comenzó nuestro distanciamiento. Su padre pensaba que no podíamos aceptar esa fortuna, que evidentemente era un dinero que vaya a saber de donde provenía; que había que devolverlo etc. etc. No nos pusimos de acuerdo, entonces yo le dije que hiciéramos una cosa. Ocultarlo por ahí y no decir nada en el cuartel, si surgía algo, yo me haría responsable. Su padre aceptó, regresamos al cuartel con el camión vacío, nadie nos preguntó nada y al otro día nos informan que nos habían otorgado la baja, que nos podíamos ir a casa. Yo me las arreglé para ir a buscar mi parte, el resto quedó allí.

A Claudio no le cabía en la mente lo que estaba escuchando, no sabía qué pensar. Recordaba a su padre en el taller, siempre debajo de algún auto engrasado hasta las orejas y a su madre cuidando el centavo; jamás se le hubiera ocurrido ni remotamente que su padre se abstuviera de disfrutar de una fortuna que estaba en algún lugar de la pampa esperándolo. 

—Por todo esto Claudio, yo lo he querido convocar por dos razones, una de ellas es que siempre he apreciado a su padre, era un buen hombre; nos comunicamos algunas veces, pero él siempre se negó a recibir ni siquiera plata de mi parte. Un día me dijo que no lo llamara más, y así lo hice; pero ahora yo estoy grande y siento que esa fortuna enterrada allí, ahora le pertenece a usted.

Mañana regreso a Uruguay, allí tengo una chacra que compre con ese dinero y me dedico a la ganadería y crío caballos de carrera, no tengo hijos, solo un hermano mayor que yo, que vive en Francia pero no mantenemos relación. En fin, esta es la historia. 

—La verdad señor, cuando usted me llamó pensé que mi viejo había dejado alguna deuda sin pagar, pero mire usted; pobre viejo; él era así; en este mundo en el que no corre vuela el se interesaba por otras cosas.

El elegante señor Sanchez Olivera, sacó de su bolsillo un sobre, y lo puso sobre la mesa.

—Le dejo esto Claudio, aquí encontrará el lugar, con pelos y señales, estuve allí hace poco, es un potrero que parece abandonado, y además encontrará mi dirección y teléfono en Uruguay, por último, le he hecho un testamento de mi parte hacia usted, para que no tenga inconvenientes en justificar la procedencia de este bien, que no es poco. Será para usted una herencia de un amigo de su padre que no tiene descendencia. Espero sinceramente que lo disfrute y sepa invertirlo bien, su familia se lo merece.  —Después de decir esto, aquel elegante señor, pagó la cuenta, tomó su sombrero, le dio un abrazo a Claudio y se perdió en la noche.



3.



Claudio se quedó mirando ese sobre sobre la mesa del bar mientras su mente recorría episodios de su vida: con sus padres, su esposa, sus hijos, su actual insoportable empleo, cuando quebró con el negocio de los colchones, las deudas. Si la historia contada por ese hombre era cierta, ese pequeño papel contenía una nueva vida para su familia, una vida sin privaciones, una nueva vida de ricos. Pero ¿cuánto dinero significaba esa cantidad de oro?. No tenía idea. 

Por fin solo tomó el sobre, sin abrirlo lo guardó con cuidado en el bolsillo de su saco, y después salió del bar para buscar su auto. Cuando se sentó frente al volante, vio un grupo de jóvenes con gorra qué venían por la vereda. En un instante imaginó que lo asaltaban y le quitaban el sobre, se paralizó el corazón cuando uno de ellos se cruzó, y le hizo una seña frente a la ventanilla, no tenía tiempo de hacer nada, si sacaba un arma estaba perdido, pero el joven solo le preguntó si tenía fuego.




—No fumo. —le dijo con un hilo de voz, tuvo que bajar el vidrio y repetir— no, no fumo discúlpame.

Entonces el muchacho le dijo con una sonrisa si el auto no tenía encendedor.

—Si por supuesto —dijo Claudio más tranquilo— no me acordaba, como yo no fumo.

Por fin entró a su cochera y fue a su departamento. Los mellizos curiosamente esa noche estaban tranquilos mirando una película y su mujer acomodaba ropa en el dormitorio. 

—Tengo algo que decirte, pero después de la cena cuando estemos tranquilos  —le dijo a su mujer tomándola de la cintura. 

—Qué intriga. —dijo ella abrazándolo—  hablé con el tío y me dijo que no nos preocupemos, nos presta lo que necesitemos.

Él mirándola a los ojos  —le dijo—  tal vez no necesitemos que nos preste. 

—No me digas que te aumentaron el sueldo  —le dijo su esposa cruzando sus brazos detrás de su cuello.

—Quizás es algo más importante. 

—¡Más importante!, ¿qué pasó?.

—Tendremos que hacer un viaje a Lobos.

—¿A Lobos?, ya me estás preocupando, ¿no andarás en algo raro verdad?

—No, mi amor, te lo juro, pero te pido que charlemos después de la cena cuando se duerman los chicos.

Después de comer, ella fue a leerle algo a los mellizos y Claudio acomodó la cocina. Cuando todo estaba en calma y en silencio se sentó en el comedor y colocó el sobre en el centro de la mesa. Cuando llegó su esposa ella se sentó frente a él y Claudio comenzó a contarle todo sobre aquel hombre amigo de su padre y todos los  otros detalles. 

Ambos se quedaron un largo rato mirando el sobre cerrado.

—Quise que lo abrieramos juntos. —dijo él tomándole la mano— tal vez todo sea mentira, no lo sé, pero ese señor me resultó convincente. 

—Bueno, abrirlo de una vez Claudio.

Cuando Claudio comenzó a sacar todo el contenido del sobre comenzó a leer en voz alta, primero sacó el testamento que estaba refrendado por un escribano, después había una carta escrita a mano, y por último un papel doblado, con una serie de dibujos e instrucciones para llegar a algún lugar en la pampa cerca de Lobos. 

Por último leyó aquella carta


Estimado Claudio, me gustaría que su viejo hubiera disfrutado de esto, lamentablemente no fue así, su padre era un hombre muy especial. Solo espero que todas sus aspiraciones se concreten, y permítame darle un consejo de este viejo. El dinero es como el alcohol, si se toma en exceso puede embriagar. Por esto le recomiendo que lo administre bien, siempre pensando en lo mejor para su familia. Si alguna vez necesita uon consejo estoy a sus órdenes, esta es mi dirección y teléfono en Uruguay.

Atte. Ramón Sanchez Olivera. 


Marta y Claudio no podían salir de su asombro, tenían una sensación de impaciencia, alegría y temor. Ella se puso a  caminar pensando alrededor de la mesa sin parar. Esto era algo que caía del cielo y parecía que era todo cierto. Pero después de un momento ella se detuvo y dijo. 

—Claudio, no podemos aún asegurar que esto sea verdad, no vaya a ser que este hombre, Sanchez Olivera, que salió de la nada, sea un loco, o un lavador de plata, no se, mira si nos mete en un despelote, todo esto me da un poco de miedo. 

—Si, tienes razón, ¿qué podemos hacer para quedarnos tranquilos?   —dijo Claudio guardando todo esos papeles.

—Mira, primero comprobemos que ese testamento es legal y que ese escribano existe, busquemos en google ahora mismo.

Cuando Claudio buscó en Internet el nombre del escribano, efectivamente figuraba en Facebook y tenía su estudio en Montevideo Uruguay, después buscó al señor Sanchez Olivera y también coincidía todo, tenía un establecimiento ganadero y era criador de caballos de carrera. 

—Todo coincide con lo que me dijo, incluso lo conocía a mi padre muy bien. Yo sé que mi viejo no tomaría algo que no fuera de él ni loco, es probable que más de una vez hubiera tenido deseos de ir a buscar parte de esa fortuna, me acuerdo que en una oportunidad puso con un amigo una rectificadora y se fundió. Estuvo casi un mes sin hablar, imaginate lo que le pasaría por la cabeza. Pero evidentemente no aflojó y empezó de nuevo. Me acuerdo que arreglaba autos en la calle. Un día alguien lo denunció y vino un policía. Se volvió loco, agarró una llave inglesa y rompió un auto, salieron los vecinos a calmarlo.

—Analicemos esto Claudio con calma. —le decía su esposa trayendo el termo y el mate— imagínate que ahí está enterrado todo ese oro; ¿como lo traemos?, y ¿donde lo guardamos? Hay que contratar una caja de seguridad, o diez, no tengo idea de cuanto es.

—Yo tampoco. —le decía Claudio tomando un mate— además con mi auto que tiene los elásticos hechos pelota, no puedo cargar mucho peso.

—¿De cuanto peso estamos hablando Claudio?, o mejor dicho, ¿cuánto dinero es todo eso?

—Veamos, —Claudio consultó en Google— este hombre por lo que me dijo son varios lingotes, no me precisó cuántos, pero un solo lingote aquí dice que pesa unos doce kilos, entonces si multiplicamos doce por…

¡No, me muero!, no puede ser.

—¿¡Qué pasa Claudio!?  —Claudio levantó su vista de su teléfono y miró a su esposa con una cara de asombro como de quien hubiera descubierto la fórmula de la vida eterna, aquí dice que un solo lingote de oro cuesta aproximadamente un millón trescientos cincuenta y seis mil dólares. 

—¡Déjame ver!  —exclamó su esposa arrebatándole el teléfono para comprobar tal cosa—  no lo puedo creer, no lo puedo creer mi amor, somos ricos, ¡somos ricos!. 

—¿Quién es rico mamá!  —preguntó uno de los mellizos qué se había despertado por los gritos.

—Nadie mi amor  —le dijo Marta a su hijo abrazándolo mientras le guiñaba un ojo a su esposo— estábamos haciendo un chiste con papá. 

Después que el pequeño retomó el sueño, Marta y Claudio continuaron con los planes.

—Yo creo que lo primero que debemos hacer, es comprobar si ese oro existe, si está allí enterrado, o solo es una patraña de un loco. —le dijo Claudio en voz baja a su esposa sirviéndose un mate.

—Exacto Claudio, vayamos cuanto antes, si te parece este fin de semana, dejamos a los chicos con mamá y vamos.



4



Claudio y Marta subieron a los chicos al auto, más una canasta con algo para comer y tomar. Después dejaron a los mellizos en la casa de su abuela, con la excusa de que iban a visitar a unos amigos de cuando eran solteros y pensaban salir a cenar, como iban a regresar muy tarde preferían que durmieran por esa noche allí.

—Después que carguemos combustible, tengo que comprar en una ferretería una pala y un pico  —le dijo Claudio a su esposa, parando el auto en la estación de servicio. 

—Quisiera llenar el tanque por favor.

Cuando el playero terminó de cargar el tanque, Claudio le dio su tarjeta de crédito para pagar, pero surgió un inconveniente, la tarjeta no tenía dinero suficiente. 

—No puede ser, pruebe de nuevo por favor.

—No señor, no tiene fondo  —le dijo el hombre devolviéndole la tarjeta. 

Marta buscó en su bolso, y sacó otra de ella.

—Probemos por favor con esta tarjeta señor. 

—Esta si funciona  —le dijo el playero a Claudio, que se había puesto blanco. 

Una vez en el auto exclamó Claudio manejando:

—Quiero ser millonario Marta, nos ¡merecemos ser millonarios!

—Quizás antes que termine este día lo seremos mi amor   —le dijo Marta con una sonrisa.

El viaje, a pesar de que llovía muchísimo, les resultó entretenido, ambos fueron charlando de lo que harían si todo esto que estaban viviendo no era un sueño. Lo primero sería comprar una camioneta de las más grandes y después buscar en un country una casa amplia con mucho parque y pileta. También comprarían una cabaña frente a algún lago en el sur y una poderosa lancha con motor fuera de borda. Una vez que estuvieran acomodados, irían a conocer toda Europa. 

Después de tomar por la Richier cuando doblaron por la ruta 205, comenzó a llover torrencialmente, por fin después de casi una hora llegaron a la avenida Valeria de Crotto. Ese era el cruce que indicaba el mapa. Tomando a la izquierda se llegaba al pueblo de Uribelarrea, había que tomar un camino de tierra que salía a la derecha, desde el cruce a trescientos metros por esa calle de tierra tendrían que entrar al potrero que estaba a la derecha, por último después de cruzar el alambrado tenía que dar ciento cincuenta pasos en forma perpendicular a la calle de tierra. Ese era el lugar, ahí había que excavar. 

En cuanto tomaron por el camino de tierra el auto por el barrial qué había empezó a patinar, y a pesar que Claudio trató de que no se fuera a la zanja, no hubo remedio, quedó encallado con una inclinación de cuarenta y cinco grados y la rueda trasera derecha en el aire. La llovizna le daba a toda la situación una sensación catastrófica.




—Hasta aquí llegamos Marta, ahora si que estamos en apuros, no sé cómo carajo saldremos de aquí.

—Tenemos que esperar que pase alguien y nos ayude, o mejor llamemos al Automóvil Club  —le dijo su esposa mirando que de su lado el agua estaba ingresando por la puerta.

—Hace tres meses que le di de baja, no te acuerdas   —le dijo Claudio.

—Tienes razón, no me acordaba. —contestó Marta con cara de angustia.

Después de un par de minutos en silencio Claudio recapacitó y dijo:

—Bueno, no se ha muerto nadie, tomemos unos mates mientras esperamos, alguien tiene que pasar. 

Por el camino de tierra comenzaron a ver una luz amarillenta, después eran dos, pertenecían a los faros de un tractor, cuando el enorme vehículo estuvo a su lado su conductor paró el motor. Cuando Claudio se bajó del auto sus dos pies se enterraron en un barro muy blando y resbaladizo. Desde lo alto de la cabina del tractor, un hombre de boina roja, le alcanzó una linga muy gruesa.

—Sujetela de algún lado de atrás y después al gancho del tractor  —le dijo amablemente sonriendo— como si fuera una tarea sencilla. 

Claudo, después de agarrar la pesada linga, y querer ir para el lado trasero de su auto, se resbaló y cayó sentado sobre el barro, al querer levantarse sus pies se deslizaban por la superficie sin poder afirmarse, esto hizo que tratara de darse vuelta para apoyar sus rodillas en el suelo, pero un nuevo resbalón lo hizo caer de frente. 

El chófer del tractor viendo que no podía hacerlo se bajó, y lo ayudó a ponerse de pie.

Cuando Claudio se incorporó, parecía una estatua viva de barro, tenía barro, hasta en su cara y su pelo. Su esposa lo miraba por la ventanilla con cara de perplejidad.

El señor de boina tenía botas, y evidentemente sabía manejarse en el barro, porque en unos pocos segundos, ató la linga a algún lugar firme del auto y después el otro extremo al gancho del tractor.

—Suba amigo, enderece las ruedas y mantenga firme el volante.

Después que el poderoso motor arrancó, las enormes ruedas del tractor se movieron. Al cabo de un instante, Claudio y Marta, sintieron el poderoso tirón que dejó su auto sobre la calle. Después el conductor, les golpeó la ventanilla para que la abrieran.

—¿Quieren que los arrastre hasta la ruta?, porque aquí no podrán maniobrar, se quedarán de nuevo. 

Claudio, hecho un desastre, aceptó la propuesta y lentamente fueron arrastrados hasta un lugar seguro en la ruta.

Después de darles las gracias al tractorista, se percataron que el interior del auto estaba lleno de agua sucia y Claudio parecía un espectro aterrador.

Con cierta sensación de ser un par de fracasados, fueron a una estación de servicio próxima, la lluvia era persistente y no parecía que el mal tiempo compusiera. Una vez que pudieron poner el auto en condiciones, Claudio se quitó el barro lo mejor que pudo y decidieron regresar, porque con ese tiempo y ese lodazal del camino, no podían  hacer nada y menos aún excavar.

Cuando estaban próximos al departamento, les pareció que podían dejar a los chicos por esa noche en la casa de su abuela. Fué una excelente idea. Después de comprobar que los chicos estaban bien, una ducha caliente los recompenso por todo lo ocurrido. Pidieron comida, él abrió una botella de vino tinto y sacó dos copas. Ella se puso una salida de baño demasiado transparente, y demasiado corta. Después sucedió lo que ambos deseaban que sucediera.


5



La semana transcurrió bien, sin muchas complicaciones. Llevar a los chicos al colegio, ir al supermercado, las cuestiones y tareas de la oficina que Claudio sorteaba lo mejor que podía. La cotidiana visita de Marta a ver a su madre. Pero entre ellos continuaba la secreta misión que habían postergado. Por las noches después que los chicos se durmieran, comenzaban a planificar la próxima ida a ese lugar. Irían el sábado próximo, estaba anunciado buen tiempo; pero el jueves ocurrió otro percance, por la mañana cuando Claudio quiso poner en marcha su automóvil para ir a trabajar, al dar vuelta la llave de encendido este arrancó, pero a los pocos instantes el motor hizo un extraño sonido, seguido de un un humo blanco que salía debajo del capot.

—Se rompió el auto Marta, no lo puedo creer, justo ahora que lo necesitamos.  

Marta estaba guardando una ropa y de la bronca e impotencia la arrojó con fuerza al piso. 

—¡Cuando podamos cambiarlo Carlos, quiero que lo tiremos al Riachuelo, o mejor lo quemamos!. 

—Te aseguro que lo haremos. —le respondió Claudio con cara de fastidio— pero ahora tenemos que arreglarlo, ¿tu primo podrá hacerlo?

—Con qué cara le pido un favor, después del despelote con la mujer en el cumpleaños de mamá. 

—Bueno, pero la tirantez es con la mujer, no con él. —le dijo Claudio.

Marta lo miró con una cara que lo decía todo.

—A la vuelta de la oficina hay un mecánico, hoy lo iré a ver. —con resignación dijo Claudio colocándose el saco para ir a su oficina. 

El sábado por la mañana llamó por el portero el mecánico para ver el auto. Era un hombre grande, bien vestido, de ese tipo que con solo ver el modelo del auto, el estado de las cubiertas y la ropa del posible cliente, ya sabía cuánto podía llegar a ganar con el arreglo. Cuando Claudio lo llevó a la cochera y le dijo cuál era el vehículo. El mecánico, al verlo, ya supo que estaba perdiendo el tiempo.

Cuando abrió el capó, miró durante unos instantes el motor, midió el aceite y después le pidió a Claudio que lo cerrara.



—Está fundido.  —le dijo de una sola vez sin contemplación alguna. 

—¿Cómo está fundido?  —exclamó Claudio con voz desesperada.

—Si, está fundido. —reitero el hombre—  por algún motivo se quedó sin aceite y estos motores, como todos, sin aceite se funden.

Claudio lo miró como si se estuviera burlando de él. Después le hizo la pregunta de rigor:

—¿Cuánto sale arreglarlo aproximadamente? 

Cuando el mecánico después de hacer unos cálculos mentales le dijo el valor.

Claudio por poco se desmaya, pero vino a su mente que también existía la posibilidad de que en unos pocos días fuera rico.

—¿Trabaja con tarjetas de crédito?,  —le preguntó Claudio a ese hombre con cara impertérrita.

—No  —dijo el señor— solo trabajo de contado.

—Hoy todo el mundo trabaja con tarjetas. —le respondió Claudio. 

—Puede ser, yo no. —le contestó el inconmovible mecánico —  cincuenta por ciento anticipado para pagar la rectificadora y el resto cuando retira el auto, siempre que sea dentro de los dos días porque no tengo lugar en el taller. Si no lo dejo en la calle y no me responsabilizo si le roban las ruedas u otro daño. 

Estaba claro que las condiciones del contrato no eran flexibles. 

—Bueno, lléveselo —dijo Claudio con mal humor.

—Lo vengo a buscar esta misma tarde con una grúa, pero me tiene que dar el dinero por anticipado. 

Esto era el colmo, pero a Claudio no le quedaba otro remedio y necesitaba su viejo auto.

Por la tarde, Claudio y Marta, vieron como el auto era subido al remolque, después que le dieron al mecánico todo el dinero que iba a ser destinado para pagar las esperanzas. 

—No le pregunté cuándo estará listo  —le dijo al mecánico que ya estaba sentado en el camión. 

—Estime unos quince días, si no surge ninguna complicación.  —alcanzó a decir el hombre con la grúa ya en movimiento. 


6.

Sin auto, sin dinero, con compromisos muy próximos para afrontar, incluyendo lo que faltaba pagarle al mecánico, Claudio y Marta estaban en serios aprietos.

Esa noche, ambos no podían dormir.

—¿No se que podemos hacer Marta?, parece como si el destino nos pusiera obstáculos para que no podamos saber si en ese campo hay una fortuna enterrada o no.

Acurrucada a su lado, Marta, que también estaba preocupada, le dijo:

—Mira si tenemos una fortuna allí y nos estamos preocupando por tonterías. 

—¿Y si voy en colectivo?  —le dijo Claudio encendiendo su teléfono— el 88 me deja bien, justo pasa por el cruce de la 205 y Valeria de Crotto, desde allí tendría que caminar unos quinientos metros, no me parece nada complicado. 

—¿Te animas a ir solo?  —le dijo Marta incorporándose en la cama—  yo tengo este sábado que acompañar a mamá al sanatorio. 

—Por supuesto, mañana busco mi vieja mochila y preparo todo lo que necesito.

Marta le dio un abrazo y varios beso en la boca a su héroe, mientras le decía:

—Te re, re, re quiero, sos mi amor.

El sábado amaneció espléndido, despuntó un sol brillante que teñía de rojo unas nubes lejanas.

Claudio salió a la calle después de un desayuno contundente que le preparó su esposa y un taper con un par de sándwich y una gaseosa para ese día. 

Parecía un explorador de montaña, la mochila era enorme, y se había colocado un sombrero australiano con tapa nuca para el sol, lo más ridículo de la vestimenta era ver la pala y el pico colgado de su espalda. Cuando subió al colectivo, el chófer no pudo aguantar y le preguntó a qué expedición lo habían destinado. 

Claudio no contestó la humorada.

Después de un viaje extremadamente largo, llegó a destino, cuando bajó del colectivo, el pico se trabó en la puerta y necesitó la ayuda de un joven para destrabarlo y poder bajar. 

Cuando quedó solo en el cruce, nadie había en todo aquel enorme lugar. Empezó a caminar contando los pasos hasta que llegó a los trescientos, allí se detuvo y observó que del otro lado del alambrado había pastando tres vacas; justamente en el sitio que él tenía que ingresar. Para no tener problemas con los rumiantes, caminó veinte pasos más. Una vez en el lugar encaró hacia el alambrado, pero; surgió un primer problema, los hilos de acero estaban muy tensos y el superior era un alambre de púas. El primer error que cometió fué querer cruzar entre los alambres sin quitarse la mochila; irremediablemente quedó enganchado entre el alambre de púas y el primer hilo. Trató entonces de quitarse la mochila pero le fue imposible. Estaba atrapado. Intentó varias veces pero le era imposible salir de allí. 

Cuando las cosas se complican la frustración hace estragos en las personas; Claudio comenzó a insultar a su destino, al mundo y a la humanidad toda. De pronto se dio cuenta que alguien lo observaba, era un chico con bicicleta, que le preguntó, riendo.

—¿Necesita ayuda?

Después que Claudio aceptó que el pequeño joven lo ayudara, éste, dejando su bicicleta en el piso se acercó y con sus manos desenganchó el alambre de púas de la mochila y elevó el mismo para que Claudio pudiera pasar con comodidad.

Cuando se pudo incorporar le agradeció al pequeño su ayuda y éste se fue de inmediato en su bicicleta. 

Más calmado, se orientó nuevamente en el lugar para donde debía caminar contando los pasos. En el preciso momento que llegó al lugar pudo observar que la tierra estaba compacta y muy dura; quiso dar la primera palada y no pudo, tenía que utilizar el pico, cuando se acomodó para dar el primer golpe con él, sonó su teléfono. Era su esposa:

—Claudio, mamá se descompensó, la internaron, estoy sola con los chicos, tienes que venir enseguida mi amor, tengo mucho miedo. —le dijo su mujer llorando. 

—Voy para allá, solo que no sé si aquí habrá un uber o alguien que pueda llevarle rápido. 

—Estoy desesperada, me parece que mamá se me muere.

—¡Ya salgo para ahí!.

Después de cruzar el alambrado, tiró primero la mochila para el otro lado, de ese modo pudo cruzar sin engancharse, después se colocó la pesada mochila y empezó a correr para la ruta. Cuando llegó al cruce no había nadie. Desde su teléfono llamó por la aplicación a un uber, el precio del viaje más los peajes era muchísimo dinero, pero esto era una emergencia. Cuando el auto llegó era una señora la que conducía.  

Durante el viaje fueron hablando, la señora había sido enfermera y por el aspecto de Claudio y su vestimenta no comprendía la situación, hasta que Claudio inventó una actividad relacionada con el agro; le dijo que analizaba los campos, más precisamente la tierra para saber qué conviene cultivar. La mujer le creyó. Después la chófer al ver la angustia por la situación de su suegra, lo dejó más tranquilo, diciéndole que una descompensación puede tener cualquier persona por muchas causas y no por eso ser algo grave.

Después del largo viaje por fin llegó al Sanatorio. En la sala de espera estaba Marta y los chicos que corrieron a abrazarlo.

—Está mejor. —dijo Marta llorando— no te imaginas el susto que me peguė, estábamos charlando y se quedó con la mirada en blanco y no me hablaba, creí que se había muerto, pero los médicos me dijeron que solo fue que se la bajó la presión abruptamente, que no es nada, solo tiene que cuidarse. No obstante pasará esta noche aquí para controlarla. Me voy a quedar con ella. 

—Está bien, yo me voy a casa con los chicos, ¿te parece?

—Si, ¿pero que van a comer?

—No te preocupes, yo me encargo. 

Más tranquilo, Claudio salió del sanatorio llevando a los mellizos uno de cada mano.

—Vamos a ir a casa en subte. —les dijo.

—Está bien papá —le dijo uno de ellos— pero no podės sacarte ese sombrero, pareces un explorador.

—Si, tienes razón  —Claudio se sacó el ridículo gorro y lo guardó en la mochila. 

En el subte, por la hora consiguieron ir sentados, Claudio por todo lo ocurrido en ese día estaba exhausto, los mellizos también, se habían asustado por su abuela. Ahora, por suerte, toda la familia Perez estaba más tranquila.


7



Claudio se despertó cuando sonaba su teléfono

—Hola mi amor, aquí está todo bien, —era Marta más serena— mamá desayunó, tenía apetito y estaba de buen humor, estoy con ella, te manda un beso. Dice que todavía la tenes que seguir aguantando.

—¿Cómo estás vos?  —le preguntó Claudio a su esposa, todavía con sueño. 

—Bien, ya estoy tranquila, por suerte mamá está bien. 

—Esta noche iré yo para que puedas descansar, ¿te parece?

—¿Estás seguro que quieres venir?

—Si no quisiera no te lo diría . 

Después de hablar con Marta, Claudio preparó el desayuno y sentados en la mesa de la cocina, los mellizos le preguntaron preocupados por su abuela. 

—Todo está bien, hoy iremos a verla, yo me quedaré esta noche en el hospital y ustedes vendrán a casa con mamá. 

Ese domingo por la cabeza de Claudio se amontonaban muchas ideas, algunas encontradas; su familia, las deudas, la salud, su trabajo, esa aún extraña e imprevista fortuna que seguía allí enterrada. 

Cuando estaba pensando en todas esas cosas, sonó su teléfono. Se sorprendió al escuchar la voz del amigo de su padre, era Sánchez Olivera.

—¿Cómo se encuentra Claudio?  —preguntó esa voz inconfundible.

—Muy bien señor Ramón, ¿y usted?.

—Bien gracias, quiero saber como le fue con aquello que hablamos.

Claudio le explicó parte de los pormenores sufridos, y también de su real situación económica que le dificultaba poder hacer algo tan simple como ir a desenterrar un tesoro.

—Aunque usted no lo crea señor Ramón, aún no pude hacerlo. 

—Hagamos una cosa Claudio  —le dijo aquel hombre de voz vibrante—  ¿cuánto dinero necesita para todo lo que tiene que pagar incluyendo el arreglo de su auto?

Por un momento Claudio pensó que estaba hablando con Dios, que le brindaba una mano.

—Yo estimo que con diez millones de pesos me tiene que sobrar.

—Bien  —respondió el amigo de su padre— dígame su CBU, y hoy mismo le transferiré veinte millones, tómelo como un préstamo, porque cuando tenga usted todo resuelto quiero que venga con su familia a mi chacra aquí en Uruguay, tengo una proposición de trabajo que ofrecerle que le interesará. 

Cuando llegó Claudio al hospital con sus hijos Marta lo estaba esperando, juntos fueron todos a saludar a la abuela Ines. Cuando estaban saliendo del hospital, Claudio le dio a su esposa la grata novedad de ese préstamo por parte del señor Sanchez Olivera. 

—Me dijo que quiere hacerme una propuesta de trabajo en Uruguay, la verdad Nora no sé de qué agujero salió este hombre, pero parece una persona seria y además es muy simpático.

—¡Ya te transfirió el dinero!  —le preguntó su mujer con curiosidad.

—A ver. —Claduio se fijó en su teléfono y pudo comprobar que en su caja de ahorro tenía veinte millones de pesos, miró a su esposa mostrándole el teléfono —  compruébalo con tus propios ojos.

Cuando Marta vio la cifra, se puso a saltar y dar vueltas con los brazos en alto, sus hijos la miraban sonriendo. Todos rieron distendidos. Se habían terminado las preocupaciones por sus deudas.


8


Pasar la noche en la sala de espera de un hospital, más allá que solo sea para hacer guardia por algún familiar que ya no está en peligro, provoca un sin número de sensaciones. El frenético trabajo de las enfermeras y los médicos, el carro que lleva la cena, personas que hablan preocupadas, o incluso aquellas que pasan por lo inevitable de la vida. Allí nada provoca placer, solo la advertencia de lo efímera que es la vida y que nadie está libre de enfermarse. 

Sobre la pared frente a Claudio había un pequeño cuadro enmarcado pintado al óleo de alguna calle de Buenos aires; un taxi desformado con su techo amarillo esperaba en la bocacalle qué el semáforo le diera paso, las calles húmedas permitían que se reflejarse en ellas las luces del atardecer, algunas personas caminaban por la vereda, solo eran manchas grises, pero el artista había logrado crear ese clima que solo se obtiene con talento. Talento que surge del sincero sentimiento de paz interior.

En la parte inferior del recuadro blanco se podía leer. “A todo el personal del hospital, le agradezco haberme salvado la vida”, y dos iniciales PB.

“Cuántas cosas, pensaba Claudio, pueden ocurrir en un hospital, situaciones extremas, de felicidad, o angustiantes. Aquí la vida transcurre en primer plano, sin disfraces, sin atenuantes”. 

Cuando la febril actividad se detuvo para dar paso a la larga noche, en la pequeña sala de espera solo había un hombre mayor leyendo un libro enorme. Claudio se dirigió hasta la máquina expendedora y se sirvió un café con un alfajor. Al regresar a la sala, aquel señor de pelo blanco estaba con los ojos cerrados y su cabeza apoyada en la pared, tenía el libro cerrado sobre sus piernas. Cuando Claudio se sentó frente a él, éste abrió sus ojos y le preguntó:

—¿Un familiar?

—Si, mi suegra, ¿Usted?.

—Mi señora…tiene cáncer.

Claudio se quedó sin palabras para continuar con la charla.

—Viene peleando hace ya cinco años, y ahora se dió por vencida, así es la vida joven, pero debo decirle que hemos vivido bien, fuimos muy felices.

—Lo siento señor.

Cuando el hombre estaba por decir algo más, un doctor se acercó y dijo:

—Ahora su señora solo lo necesita a usted.

El caballero, se dirigió de inmediato a una habitación del corredor. 

Claudio se quedó pensando que por fortuna él tenía una familia a la que amaba, y más allá de las situaciones económicas, tenía un hogar.

Esa noche, a pesar de pasarla sentado en una silla incómoda, Claudio se sentía feliz. Marta hizo una video llamada y Claudio pudo ver la cara de ella junto a la de los mellizos sonriendo. Después, cuando los chicos se durmieron, ella lo volvió a llamar y hablaron un largo rato.

Al día siguiente le dieron el alta a la suegra de Claudio, y cuando regresaban en el taxi junto con Marta, su mamá les dijo que el martes quería que vinieran a cenar porque tenía que darles algo.

Durante el trayecto en taxi, Claudio dijo socarronamente. —¿Con qué nos agasajará mi querida suegra?.

—Que afortunado es usted señor.  —dijo el chofer con una sonrisa—, mi suegra no puede ni verme, me odia.

—Por algo será  —dijo la madre de Marta irónicamente—  voy a hacer ravioles con estofado, ¿les gusta?.

—Sería mucha molestia señora poner un plato más para mí  —dijo de inmediato el joven chófer mirando a la señora por el espejo retrovisor.

Todos rieron. 

El martes, después de almorzar, la dueña de casa fue a buscar algo a su habitación, al regresar traía en sus manos una tarjeta.

—Esto es para ustedes, —poniendo la misma sobre la mesa, dijo. —Es el número de una caja de seguridad, de allí podrán retirar una cantidad de dinero que imagino resolverá muchos de sus problemas, esto Martita corresponde a un ahorro de toda la vida de tu padre, vos eras su orgullo, sus ojos y su razón de vivir, él quería que te lo dé cuando tuvieras una familia consolidada. Pues bien querida, ya tienes una y esta era su voluntad.

Marta y Claudia abrazaron a Ines.

—Bueno, —dijo la abuela, secándose una lágrima de su mejilla—  Ya está hecho, ahora disfrutemos del postre.


9.


Los días que siguieron para la familia Perez después de estas dos contundentes ayudas económicas, fueron muy tranquilos, y se sumó algo; que habían dejado de hacer por sus problemas económicos. Comenzaron a ir nuevamente al parque a caminar y jugar con los chicos al aire libre. Por los problemas se habían convertido, sin darse cuenta, en personas sin actividad de recreación alguna.

Curiosamente no retomaron nunca más la idea de la búsqueda del tesoro, se olvidaron por completo. Preferían disfrutar los fines de semana del sol, los árboles, y las flores, en lugar de ir a hacer pozos a un campo inmenso y desconocido. 



Muchos tesoros enterrados deben existir… solo es necesario poder descubrirlos.

F.B.


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