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jueves, junio 25, 2026

MAL TIEMPO (segunda entrega)

DESPUÉS DE SOPORTAR VEINTE DÍAS DE MAL TIEMPO 


Buenos días estimados oyentes, si podemos considerarlo así, informamos que continúa este sistema al que el Servicio Meteorológico Nacional lo ha denominado un bloqueo atmosférico. —decía la voz del periodista cuando se encendió la radio sobre la mesa de luz de Felipe, el cual no tenía voluntad para levantarse. Su perro, al igual que él, estaba acostado a los pies de su cama sin intentar siquiera ladrar. 

Sin apagar la radio, se levantó, fue al baño, y cuando se miró al espejo su cara estaba demacrada y con negras ojeras. Una vez en la cocina, dejó salir a Cacique, calentó el café, y cuando estaba por preparar sus tostadas, observó que el pan se había cubierto por un moho color verde.

Malhumorado escuchó a su perro llorar; cuando Felipe le abrió para que entrara, pudo ver que sobre su lomo tenía varios pegajosos y enormes caracoles. Después de quitarlos una a uno, salió al patio para tirarlos y en lugar del verde follaje de sus plantas y arbustos, todo estaba teñido de marrón oscuro; cuando miró con detenimiento, miles de caracoles habían hecho estragos, no quedaba una sola hoja, ni una sola flor. Felipe sintió náuseas y deseos de devolver; su verde jardín se había convertido en algo repulsivo y asqueroso. 




Lo malo del día aún no había terminado, cuando se quiso colocar su camisa comprobó que no tenía nada seco, todas sus prendas estaban húmedas y desprendían un aroma a humedad y encierro. Ya no tenía tiempo de tratar de secarlas sobre la hornalla de la cocina y se vistió de todos modos. La sensación de sentir su ropa húmeda sobre su piel, le causó muchísimo fastidio. Tendría que llevar todo a la lavandería ese mismo día.

Conduciendo su automóvil Felipe, veía en los transeúntes caras deprimidas, el tráfico parecía de un día domingo a pesar de ser  viernes. Aeroparque no funcionaba, los vuelos continuaban suspendidos, el hall estaba desierto, no había ni remises o taxis esperando a pasajeros. 

Cuando llegó a su oficina, sus compañeros ni siquiera lo saludaron, parecía que todos estaban ocupados en sus problemas particulares. Al no existir actividad aeroportuaria el trabajo era solo de rutina.

—Si este mal tiempo continúa me voy a enfermar de los nervios  —llegó a decir Alberto.

—Yo también  —respondió Felipe—  hasta mi perro no soporta este clima.

—Hoy por la noche dará un comunicado oficial el director del Servicio Meteorológico, espero que diga que el sol saldrá pronto. —dijo el chico de anteojos—  tengo unos familiares que viven en Chubut y no cuentan con energía eléctrica, todo el barrio depende de un centro de paneles solares, me dijeron que tendrán que recurrir al carbón. 

—¿Te comentó algo tu amigo Fernández, Felipe?. —le preguntó Alfredo

—Hace tres días, no tenía ninguna novedad, iré a verlo ahora mismo.

Cuando Felipe cruzó por el predio de la pista yendo a ver a su amigo a la estación meteorológica, una niebla espesa y húmeda rodeaba a los aviones inmóviles. Daba la sensación que nunca más Aeroparque retomaría su normal actividad.

—Buen día Fernández, ¿hay alguna novedad?  —le preguntó Felipe a su amigo.

—Por ahora continúan las malas noticias —le dijo Fernández mostrándole su computadora— , dos colegas de la pampa me informan que en el campo la están pasando mal.  Es un desastre económico, si sigue sin salir el sol una semana más, será una catástrofe. Te puedo asegurar, Felipe, que jamás imaginé una situación de estas características, es un sistema absolutamente estático, y cuando observamos regiones no afectadas, estas no provocarán tampoco cambio alguno.

Me gustaría tener alguna esperanza, pero me temo que tendremos que enfrentar cosas más graves aún. 

—¿¡Cosas más graves!?.

—Así es Felipe, este clima de prolongarse provocará no solo un problema económico, la salud de la población decaerá. 

—Me cuesta creer que nos esté ocurriendo esta desgracia. —dijo Felipe con resignación—  ¿Ocurrió algo parecido alguna otra vez, Fernández?

—Si, en Junio del 2012, tu no estabas en el país, ocurrió un episodio de las mismas características pero solo durante once días, hubo momentos de mucha zozobra, médicos y psiquiatras advertían por los medios de comunicación, por posibles trastornos afectivos estacionales; pero esto qué está pasando ahora es inédito. Felipe se retiró preocupado pensando en su novia. Una vez en la oficina le dijo a sus compañeros que el clima continuaría igual. 

—Esta situación se está tornando en una catástrofe  —murmuró por lo bajo Alfredo— mi señora me comentó anoche que en el supermercado hace cuatro días que están racionando la mercadería; frutas y verduras frescas ya no quedan. 

Durante el regreso a casa, Felipe escuchaba la radio de su automóvil:

—A continuación hablará por cadena nacional el ministro de salud de la Nación:

—Señoras y señores, debemos informar que se ha decretado la emergencia climática en gran parte del país. El motivo es por la formación de un sistema de bloqueo climático el cual se mantiene sin cambios. Por este motivo se ha decretado la suspensión de las clases hasta nuevo aviso, todas nuestras fuerzas de seguridad quedan en estado de alerta y movilización permanente. Recomendamos que salvo por necesidad imperiosa no realizar actividades, y no salir de sus casas.

Para todos aquellos que sientan algún tipo de malestar físico, recomendamos no automedicarse y concurrir a un médico.

Se distribuirán gratuitamente dosis de vitamina D, fundamentalmente para mayores y niños. Se instalarán hospitales de campaña en todo el territorio nacional para que puedan abastecer el requerimiento de la población. 

A pocas cuadras de su casa, sobre la vereda, había un señor mayor tendido en el suelo y una mujer pedía auxilio desesperada. 

Felipe se detuvo y fue a brindar ayuda.

La señora a los gritos decía:

—¡Es mi esposo, se desmayó!

—Tranquilícese señora, llamaré a una ambulancia.

Después de quince minutos de intentar conseguir que alguien socorriera a ese señor, no lo lograba, nadie aparecía. La mujer estaba desesperada.

—¡Vamos a un hospital, lo llevaré en mi auto!.

Por suerte el hombre era de contextura delgada y Felipe pudo subirlo al asiento trasero, la señora se sentó adelante.

Cuando llegó al hospital, no podía creer la situación que se vivía allí, era un clima de guerra. Más de cincuenta personas pugnaban por entrar, pero las puertas estaban cerradas. Esto provocaba la exasperación que se transformaba en gritos e insultos.




Sin detenerse, Felipe, se dirigió a otro hospital, cuando llegó, la situación era peor, en la calle, familiares de pacientes eran reprimidos por policías con gases lacrimógenos.

Milagrosamente, el hombre tendido en el asiento trasero dijo:

—¿En donde estamos Laura, que pasó?

—¡Está reaccionando! —exclamó la señora más distendida—, mejor llévenos a casa joven. 

Después de acompañar al matrimonio a su domicilio. Felipe llamó a su novia Ester. 

—¿Cómo estás,  Ester? 

—Realmente mal, me siento muy deprimida, mis padres me preocupan. Mamá hace tres días que está en cama, no se quiere levantar, y mi padre está intratable. 

No doy más Felipe. ¿Sabés algo de este clima?.




Todavía no hay novedades, continuará, nadie sabe hasta cuándo.

—Estoy viendo el noticiero; en los pasos fronterizos hacia Chile hay colas de más de mil automóviles, también las rutas hacia el norte están colapsadas. Estoy aterrada Felipe, esto es una catástrofe. En casa las paredes están llenas de hongos, los vidrios empañados, y la ropa está totalmente húmeda; quise secar algo con la hornalla de la cocina y por poco provoco un incendio. 




—En casa es igual, un desastre. Hoy pasé por dos hospitales y no están dando a basto con la cantidad de afectados. Alguien me está llamando, dame un minuto mi amor.

—Hola Fernández, qué sorpresa, dame por favor alguna novedad positiva.

—Nada aún, solo te digo que la situación se complica con el paso de las horas, y este sistema está inmóvil. Te llamo porque van a programar la salida de dos vuelos, es solo para gente influyente; no quieren que trascienda. Me dieron tres asientos, como tu sabes yo no tengo familia por lo cual pensé en tí y tu novia. Tienen que estar en Aeroparque a las tres de la madrugada sin equipaje, solo con un bolso de mano. 

—Pero mi novia tiene a sus padres, no se si aceptará. 

—Felipe, te repito; esta situación es calamitosa, me ha dicho un amigo que trabaja en el ministerio de salud, que hay miles de casos con complicaciones pulmonares graves. Tu decides.


Continuará


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sábado, junio 13, 2026

MAL TIEMPO (primer entrega)

 PRIMER DÍA 


          El despertador sonó a las siete y treinta de la mañana; era del tipo que enciende la radio.

—El tránsito en la General Paz está congestionado por un choque a la altura de Tecnópolis mano a Capital. Hoy se espera el índice de inflación que el gobierno estima será del dos y medio por ciento; los combustibles aumentarán un siete por ciento a partir de las cero horas del lunes... —El periodista matutino, con su voz inconfundible tratando de brindar ánimo a un público de mal humor, con sueño y preocupaciones, continuaba diciendo...

Felipe extendió su brazo para encontrar la radio que lo despertaba torturándolo. Cacique, su perro, comenzó a ladrar en señal de querer salir al patio.

«Un nuevo día, por fin viernes», pensaba después de dejar salir a su perro y calentar el café, aunque la deuda de su tarjeta saturaba sus nervios, sabiendo que le arruinaría el fin de semana.

—Este fin de semana, apreciados madrugadores, no podremos ver el sol; un raro sistema meteorológico lo mantendrá oculto por algunos días. El Servicio Meteorológico Nacional informa que, por el efecto de El Niño sumado a un bloqueo atmosférico, se espera un clima con alta nubosidad y lloviznas intermitentes por tres o cuatro días. La guerra continúa, pero es posible un alto el fuego por al menos un mes…

Cuando Cacique entró, estaba embarrado desde las patas hasta la cabeza. Después de sacudirse, cientos de gotas de barro tapizaron las paredes y los muebles de la cocina.

—¡No, Cacique, aquí no! —lo retó su dueño, mientras el perro lo miraba moviendo la cola.

Cuando Felipe salió a la calle pudo ver que el día era horrible; la llovizna y las espesas nubes conseguían darle a la ciudad un aspecto triste y desolado. Después de subir a su pequeño automóvil, se colocó el cinturón de seguridad, encendió el motor y salió para su trabajo en Aeroparque. El tráfico, quizás por ser viernes o por el mal clima, estaba muy complicado. En el primer atascamiento encendió la radio.

—¡Buenos días, estimados amigos! El día continuará nublado y con lloviznas todo el fin de semana, no olviden sus paraguas. Gran parte de los vuelos en Aeroparque y Ezeiza están cancelados...

Al escuchar esto, Felipe se imaginó de inmediato que cuando llegara —si es que podía aproximarse— Aeroparque sería un maremágnum de autos y personas. No se equivocaba. Después de pasar frente a la Ciudad Universitaria para continuar por la costanera, a trescientos metros, el tráfico se detuvo por completo. En la vereda pudo ver a un grupo de gente mayor que llevaba equipaje y caminaba apresurada. En ese mismo momento, la radio anunciaba la cancelación de todos los vuelos hasta nuevo aviso. Pensó con impotencia que llegarían a su destino desfallecientes, solo para enterarse de que todo el esfuerzo había sido en vano.

Después de estar detenido en el mismo lugar casi media hora, recapacitó: desde donde estaba, ni corriendo llegaría a la oficina a horario. No tenía otra opción; dejó su automóvil mal estacionado sobre la vereda de la costanera, a riesgo de recibir una multa ejemplar, y comenzó a correr hacia el Aeroparque con su mochila a cuestas, cubriéndose con el paraguas color rosa de su novia.




Al llegar a la avenida donde se encuentra el acceso principal, se desarrollaba una batalla campal entre un grupo de taxistas y otro de choferes de autos de alquiler. La policía trataba de controlar la situación mientras el tráfico permanecía detenido. Los conductores, exasperados, tocaban bocina; a esto se sumaba una gran cantidad de personas que pretendían pasar con sus equipajes entre los automóviles detenidos y, al no poder hacerlo, golpeaban desesperadas el techo de los vehículos, causando estallidos de furia por parte de los automovilistas.

Felipe, esquivando personas, automóviles y policías, ingresó al hall de Aeroparque, donde los ánimos de los cientos de pasajeros estaban por el piso; se encontraban varados, con sus vuelos cancelados y sin más información por parte del personal de las diferentes aerolíneas que un escueto: «Todo depende del clima».




Cuando por fin, después de la odisea, pudo ingresar a su oficina, su compañero Alfredo, al verlo entrar con el paraguas color rosa, le dijo seriamente:

—Me alegra mucho, Felipe, que hayas asumido tu condición de mujer. Es un paso muy importante en tu vida.

Sus otros tres compañeros se rieron con ganas. Felipe, sin reírse, se sentó en su escritorio y dijo en voz alta:

—Algunos hoy han venido jocosos. Me alegra saber que, a pesar de haber fracasado en sus vidas, mantienen todavía el humor.

Todos rieron nuevamente. Se abrió la puerta de la oficina y entró el encargado de la cafetería trayendo café con leche y medialunas.

—Afuera hay clima de guerra, se cancelaron todos los vuelos hasta nuevo aviso —dijo el joven, que era muy delgado y vestía una chaqueta blanca, mientras servía los pedidos—. Si no nos matan, será solo por compasión.

—Estas medialunas parecen de ayer —exclamó Alfredo después de haberlas probado.

—No creo —dijo el joven encargado antes de irse—; con seguridad son las que quedaron de antes de ayer.

—¿Se dan cuenta? Lentamente estamos perdiendo la excelencia en las costumbres —dijo otro de los compañeros de Felipe—. Así comienza la decadencia de un país: un día son las medialunas viejas, otro día el emparedado del almuerzo en mal estado, siguen después los bajos salarios y terminamos despedidos porque nos reemplaza un robot más eficiente que nosotros.

—Bueno, si entramos a medir la eficiencia, aquí no se salva nadie. ¡Qué digo aquí! En todo el país somos los ineficientes más respetados a nivel mundial —dijo Alfredo abriendo un archivo.

—Cuando estaba entrando —dijo Felipe—, en plena avenida se peleaba un grupo de remiseros contra otro de taxistas. Me pregunto a quién enfrentarán cuando funcionen los automóviles autónomos. El mundo avanza y nosotros continuamos peleando entre nosotros para conseguir un mísero cliente, un trabajo o una medialuna recién horneada. Es algo triste y desolador lo que nos pasa.

—Observé la batalla campal e imaginé qué pensarán los turistas extranjeros —dijo un joven de anteojos detrás de su computadora—. Se deben ir de estas tierras horrorizados para no volver jamás.

—No tenemos solución —dijo otro joven—. Es inexplicable que no hayamos podido anticipar el mal tiempo para avisar la suspensión de los vuelos.

—La culpa es de tu amigo Fernández —dijo con sorna Alfredo, dirigiéndose a Felipe—. No sé qué controla en su cueva con todos sus aparatos, jamás puede anticipar nada.

—No seas injusto, Alfredo —le recriminó Felipe—. Fernández es un profesional impecable, es profesor universitario. Me consta que más de una vez se ha quedado en su puesto toda la noche para anticipar la viabilidad de los vuelos. Justamente le voy a preguntar cómo estará el clima este domingo; mi padre me invitó a comer asado.

—¡Vamos todos! —dijo el joven de anteojos.

—Cuando yo los invito a la quinta siempre me ponen excusas —dijo Felipe.

—¡¿A la quinta?! —exclamó Alfredo—. Si es un galpón ruinoso en medio de la nada.

—Comen medialunas viejas y conmigo se hacen los exquisitos —retrucó Felipe.

Todos rieron.

Por la tarde, la situación en el Aeroparque estaba más tranquila. En la avenida el tráfico circulaba normalmente y en el hall, a pesar de haber muchos pasajeros, ya estaban resignados, tratando de encontrar un lugar para pasar la noche con la esperanza de volar al día siguiente.

—Hola, Fernández, habla Felipe. Te molesto para preguntarte cómo estará el tiempo este domingo; tengo un asadito con mis viejos y siempre me preguntan.

—Hola, Felipe. Debo decirte que les conviene cambiar el menú; los tallarines con tuco son una posibilidad.

—No me digas... —le respondió Felipe con desánimo.

—Te invito un café, Felipe. Te espero aquí en la estación.

—Ahora voy.




Cuando Felipe llegó a la estación meteorológica, su amigo estaba trabajando frente a su computadora; en la pantalla se observaba una imagen de radar.

—Solucioname por favor lo de este domingo, Fernández.

—Si pudiera controlar el clima no estaría trabajando aquí, Felipe, sería multimillonario —le decía su amigo Fernández mientras servía dos tazas de café—, pero esta vez lo que está ocurriendo es algo más complicado.

—¿Por qué? —preguntó Felipe.

—Como siempre te he dicho, el comportamiento del clima depende de muchas variables, pero suele ocurrir que ciertos acontecimientos se den todos al mismo tiempo y eso provoca, por ejemplo, la tormenta perfecta, la cual se puede desatar en una zona del país provocando destrozos.

—Bueno, Fernández, pero esto es solo mal tiempo, cielo nublado y lloviznas. Es algo pasajero, normal.

—Justamente, Felipe, este sistema no es algo pasajero. Me temo que puede durar bastante tiempo.

—No me digas que el domingo próximo tampoco podemos hacer asado.

—Me temo que no, Felipe. Esta vez lo que está ocurriendo es un combo climático perfecto: viento constante desde el río aportando humedad, una inversión térmica que atrapa esa humedad cerca del suelo y un frente estacionario que impide que las condiciones cambien rápido.

—¿Pero cuánto puede durar? ¿Una semana, dos a lo sumo?

Su amigo Fernández, mostrándole en otra computadora un mapa de Argentina en donde se observaba el desplazamiento del viento y otros datos, le dijo:

—Hoy me han llamado colegas de otras estaciones, Felipe. Te diré algo que por el momento no hemos difundido, por lo cual te lo voy a decir a vos, con la confianza de que no se lo digas absolutamente a nadie, ni siquiera a tu novia. ¿Me lo prometes?

—Por supuesto, Fernández. Me provocás miedo.

—La verdad es que muchos ya estamos muy preocupados —dijo su amigo, mostrándole otro mapa. Felipe lo miró detenidamente, pero no entendía nada; solo parecía ver nubes.

—No entiendo —le respondió Felipe.

Entonces su amigo cambió el contraste de colores y ahora sí pudo ver toda la Argentina de norte a sur.

—Todo esto color gris es un sistema que está inmóvil desde esta madrugada. Se formó en menos de una hora.

—Pero esta mancha cubre todo el país. ¿Qué significa? —preguntó Felipe sin entender del todo.

—Justamente eso, estimado amigo. Este extraño sistema tiene una extensión de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados. Cubre incluso parte de Uruguay.



Continuará


Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito, o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."



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jueves, junio 04, 2026

"EL IDIOTA" DE FIÓDOR M. DOSTOIEVSKI

 




          Los viejos libros clásicos, en nuestro mundo acelerado y con constantes innovaciones que parecen de ciencia ficción, pueden ser tildados de contar historias obsoletas, aburridas o con contenidos pasados de moda. Es probable; sus personajes se desarrollan en un mundo tan distante al de hoy que a muchos jóvenes —y no tan jóvenes— no les resulta atractivo. 

Creo que somos entusiastas consumidores de la supuesta “modernidad” sin meditar que las virtudes y miserias de mujeres y hombres no han cambiado ni un palmo. Desde el siglo XVIII —y mucho antes también—, las personas siguen teniendo las mismas necesidades de amor, de comprensión, de estímulo y de ser reconocidas, así como continúan teniendo los mismos vicios o incluso peores. 

Por esto, recomiendo leer El Idiota, de Fiódor M. Dostoievski, obra que nos brinda un clima de época que, si lo comparamos con nuestra actualidad, nos hará dar cuenta lo poco o nada que ha cambiado nuestro mundo a pesar del trascurso del tiempo.