Cuando Felipe le contó a su novia la propuesta que le habían hecho para poder salir del caos en que se encontraban, Ester no dudó un instante.
—No puedo dejar a mis padres, Felipe. Tú eres libre de hacer lo que desees; yo no.
—No importa, mi amor, me lo imaginaba. Haz de cuenta que no te he dicho nada. Tal vez este maldito tiempo se componga y todo esto solo sea un mal recuerdo —le respondió Felipe a su novia—. Esta tarde iré a lavar ropa, ¿necesitas algo?
—Yo también necesito lo mismo.
—Voy para allá.
Cuando Felipe llegó a la casa de su novia, en el living estaban reunidos Ester, sus padres y una tía.
—¿Cómo estás, Felipe? —dijo el padre de Ester—. Te presento a mi hermana Laura; ella se quedará a cuidarnos. Quiero que ustedes dos se vayan de este infierno. Nosotros estaremos bien y, si Dios quiere, esto pasará.
—Yo también quiero que aprovechen esta oportunidad —agregó la madre de Ester—. Ustedes son jóvenes y tienen derecho a estar bien y a cuidarse. Nosotros somos grandes y hemos pasado cosas peores. Quiero, hija, que te subas a ese avión y enfrentes tu porvenir. No queremos ser un lastre; nuestro corazón está contigo. Aquí no puedes solucionar nada.
Ester y su madre se fundieron en un abrazo; la decisión estaba tomada.
A la hora indicada, Felipe, junto a su novia y a Cacique en una pequeña jaula de transporte, llegaron a Aeroparque. Después de dejar su auto en el estacionamiento, se dirigieron al sector que le había indicado su amigo Fernández: Presidencia. Las veredas húmedas estaban desoladas; no se observaba ningún movimiento. Pero cuando llegaron a la entrada destinada a las autoridades, en el hall había varias personas de apariencia distinguida, además de la presencia de la Policía Aeronáutica.
—¡Felipe, qué bueno que decidieron venir! Hola, señorita —le dijo su amigo Fernández, quien se apartó de un grupo de personas para saludarlo a él y a su novia—. En quince minutos saldremos.
—No sé aún a dónde nos dirigimos —le respondió Felipe a su amigo.
—A Chile. Allí podremos ver nuevamente el preciado sol. Tengo una familia amiga que nos recibirá y nos dará albergue por el tiempo que necesitemos.
—No sé cómo retribuir esto, Fernández.
—No te preocupes por nada, tú eres mi amigo de toda la vida.
Por el altoparlante, un señor que se presentó como jefe de la torre de control invitó al pasaje a subir al primer vuelo programado.
Cuando Felipe y su novia caminaban por el playón, vieron al Boeing 737 de Aerolíneas Argentinas preparado para partir; por la escalera subieron todos. Una vez que los pasajeros estuvieron en sus asientos con los cinturones de seguridad colocados, las turbinas del avión comenzaron a rugir y, lentamente, la aeronave carreteó hacia la cabecera norte. Cuando estuvo en posición de despegue, se escuchó más fuerte el sonido de los poderosos motores. Felipe y su novia se tomaron de la mano. Pero al cabo de unos pocos instantes, las turbinas comenzaron a disminuir su velocidad. Algo estaba ocurriendo: el despegue no era inmediato.
—Voy a preguntar qué ocurre —dijo Fernández, levantándose de su asiento.
Cuando regresó, su cara lo decía todo.
—Hay problemas: un grupo de desconocidos se ha colocado sobre la pista. Evidentemente, alguien habló de más.
El imponente avión, con sus luces encendidas, iluminaba a la multitud que ocupaba la pista. La Policía Aeronáutica trató de quitarlos, pero todo se desmadró; otro grupo de gente que apareció de la nada comenzó a arrojar piedras contra el avión. Un camión de bomberos se acercó y comenzó a lanzar agua hacia las personas, que a esa altura estaban enfurecidas.
Desde la cabecera sur, jóvenes con las caras tapadas saltaron el cerco y empezaron a sumarse al tumulto que se enfrentaba a las fuerzas de seguridad. Los agentes estaban desbordados; se enfrentaban a más de doscientas personas. En un momento, dos jóvenes tiraron bombas incendiarias muy próximas al avión. Las llamas fueron vistas por el pasaje y esto hizo estallar el pánico dentro de la nave. Estaban rodeados de personas muy violentas y descontroladas.
El pasaje empezó a gritar; el comandante, por el micrófono, solicitaba calma. Un señor corpulento de traje, que bien podría ser un diplomático o un empresario, pedía a los gritos que la nave despegara de todos modos. Esto era inaceptable, porque provocaría una carnicería con decenas de muertos.
Después de una incertidumbre generalizada, un enorme grupo de agentes ingresó a la pista y, mediante gases lacrimógenos, la despejó. Los intrusos corrían por todos lados. Se había hecho un prolongado silencio cuando, de pronto, dos fuertes explosiones hicieron temblar el fuselaje del avión. Las mujeres del pasaje gritaron de espanto. El comandante y su copiloto, que observaban todo, pudieron ver cómo los dos estallidos inhabilitaron definitivamente la pista.
Por fin el ambiente se calmó. El comandante avisó que ya no podrían despegar y que un remolque conduciría a la nave a una de las mangas para que pudieran descender con seguridad. El mal humor se apoderó de los pasajeros; por el momento, Aeroparque estaba fuera de servicio.
Cuando Felipe y su novia regresaban, ella le decía:
—Me gustaría estar contigo en una playa tomando sol, todo el día.
—Te aseguro que cuando este clima cambie lo haremos. Sacaré un préstamo y nos tomaremos un descanso de un mes en la playa; no, mejor dos meses —le respondió Felipe.
—¿Habrá mucha gente en el lavadero? Ya no soporto mi ropa —dijo Ester.
—Estamos cerca, pasemos a ver.
Cuando estaban a tres cuadras del local, Felipe comprobó que la fila de gente con sus grandes atados empezaba desde allí.
—Es imposible. Imagina que por persona tardan veinte minutos; tendrían que tener cincuenta lavarropas y, a lo sumo, tienen cinco —dicionó Felipe, desahuciado.
—Estoy harta, Felipe. Me voy a enfermar de los nervios, no soporto más esto —Ester se puso a llorar desconsolada, hasta que el perro de Felipe la acarició con su hocico.
—Cacique no quiere que llores —dijo Felipe, pasando su mano sobre la cabeza del animal.
Ester tomó entre sus brazos a Cacique y se calmó.
—Vamos a hacer una cosa —dijo Ester—. Tú me ayudarás: secaremos nuestras prendas con la plancha. Tardaremos, pero al menos nos pondremos ropa seca.
—Compremos otra plancha —dijo Felipe, convencido de que podría ser una solución.
Durante todo ese día ambos secaron ropa y el resultado fue exitoso; al final de la jornada tenían varias pilas bien secas. El padre de Ester copió la idea y fue a comprar dos planchas más para poder secar más ropa junto a su esposa. De paso, encontraron un entretenimiento que despejó sus mentes del tedio.
Al día siguiente, cuando Felipe entró a Aeroparque, pudo ver el estado en que había quedado la pista. Las dos explosiones dejaron dos cráteres enormes. El personal de mantenimiento estaba trabajando y ya había cargado dos grandes contenedores con escombros. Lo primero que hizo fue ir a visitar a su amigo Fernández a la estación.
—Aún no tengo buenas noticias —dijo su amigo en cuanto Felipe entró—, pero hay una novedad que por ahora es un secreto.
—Nos están atacando los marcianos —le respondió Felipe en broma.
Su amigo levantó lentamente la vista de su computadora y, mirándolo a los ojos, le dijo:
—¿Y tú cómo lo sabes?
Continuará...
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