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martes, julio 21, 2026

MAL TIEMPO (séptima entrega)

         Cuando se aproximaban a Bahía Blanca el tráfico había disminuido visiblemente; sólo de tanto en tanto circulaba algún vehículo hacia el sur.

El fin del viaje lo marcaba la luz roja del tablero del automóvil de Felipe.

—Si llegamos a la casa de mis parientes será solo por milagro —avisó Felipe, mirando un humo blanco que salía por debajo del capó.

Ahora las densas nubes estaban tan bajas que parecía que se podían tocar con las manos. Por la oscuridad, las luces del camino de ingreso se habían encendido.

Felipe tomó por una calle que sabía que desembocaba en la plaza principal. A poco de recorrerla, observó algo extraño.

—Aquí ha pasado algo raro —dijo Felipe.

—Sí, es evidente. La gente abandonó las casas como si huyera de algo —observaba Alberto—. Incluso han dejado portones y puertas abiertas.

—¿Qué los asustó de ese modo? —preguntaba la mamá de Ester.

—Tiene que haber sido algo muy repentino —afirmaba Ester—. ¿Dónde viven tus parientes, Felipe?

—A pocas cuadras de aquí.

Cuando llegaron a la casa de los familiares de Felipe, tanto el portón del garaje como la puerta de ingreso estaban abiertos. Felipe estacionó el auto frente a la casa y se bajó para ver; Alberto lo siguió.

Cuando entraron hasta la mesa del comedor, la misma continuaba servida para el almuerzo: un par de sillas estaban volcadas y había unos vasos y platos rotos en el piso.

—¿De dónde proviene esa música? —preguntó el papá de Ester.

—Es en el patio —respondió Felipe yendo hacia allí.

—¡Tío! ¿Qué haces aquí solo? ¡¿Qué ha ocurrido?! —exclamó Felipe asombrado al ver a su tío Juan, sentado en un sillón junto a su perro, con una vela encendida sobre la mesa.

—¡Qué sorpresa, Felipe! —exclamó el anciano—. ¿Qué estás haciendo aquí, querido?




—Vine a verlos escapando de la ciudad por todo esto que estamos padeciendo. Pero ¿por qué te han dejado solo?

—No estoy solo, me acompaña Pedro.

—¿Quién es Pedro, tío? No lo conozco.

—Es él —dijo el anciano señalando a su perro, que sin levantar la cabeza comenzó a mover la cola suavemente.

—Ah, sí, por supuesto, entiendo —dijo Felipe—. Te presento a Alberto, que es el padre de mi novia.

—Encantado, señor. Le adelanto que su hija tiene suerte: mi sobrino es un buen muchacho.

—Ya lo sé, señor —respondió Alberto—. Permítame preguntarle: ¿por qué todos se han ido?

—Me han dicho que se está terminando el aire, aire que todos necesitamos para seguir participando; sin él no hay vida.

—¡¿Quién dijo eso?! —preguntó apresurado Felipe.

—Lo han dicho en las noticias —respondió el hombre con tranquilidad—. Todos se aterrorizaron y huyeron de aquí.

—¿Y por qué tú no te has ido con todos?

—En el auto solo había espacio para mí o para mi fiel amigo, ambos no entrábamos; entonces pensé que preferiría morir aquí, en mi casa de toda la vida. ¿Por qué ir a otro lugar? Aquí estoy a gusto, disfrutando mis mates y escuchando tangos. ¿Qué más puedo pedir a mi edad?

—¿Por qué tiene una vela encendida, tío?

—Ah, sí, la vela. Solo es para saber que, cuando comience a apagarse, subiré a mi compañero sobre mis piernas y lo abrazaré. Si Dios me brinda un último deseo, solo le pido que él no sufra, porque no se lo merece y, además, no sabe que va a morir.

Ester y su mamá, que esperaban en el auto, al ver que los hombres no regresaban, se bajaron y entraron a la casa con Cacique, el cual corrió hasta el patio. Ambos perros, al enfrentarse, se olfatearon y después se pusieron a jugar. Felipe le presentó a su tío y les explicó qué hacía allí y por qué.

La mamá de Ester se asustó al saber la novedad de que todos se fueron de la ciudad porque existía el peligro inminente de que se terminara el oxígeno.

—¿Pero cómo es posible tal cosa? —dijo Nora aferrándose a su hija.

—Es una información muy extraña, pero Juan nos dijo eso.

—A mí también me parece algo raro —acotó el anciano—. Pero todos se fueron aterrorizados, no quedó nadie. Bueno, salvo algún otro viejo loco como yo. Lo que me asombra es que, después de que dieron la información en el noticiero local y en la radio del pueblo, la programación de siempre se interropió y solo pasan música.

Mientras las dos mujeres se quedaron charlando con el tío de Felipe, ambos hombres se hicieron una seña para hablar en otro lugar.

—No podemos dejar a tu tío solo aquí, en un pueblo desierto a expensas de cualquier malhechor.

—¿Y qué podemos hacer? Llevarlo con nosotros es imposible, ya no tenemos vehículo y además no aceptará; lo conozco bien.

—Quedémonos aquí —dijo resuelto el padre de Ester—. Al menos esta noche descansamos y mañana veremos.

—Me parece bien, Alberto.

El resto del día transcurrió como una verdadera reunión familiar: las mujeres prepararon una rica cena y los hombres hablaron de todo tipo de cosas.

Después de la sobremesa, ya estaban todos por irse a descansar cuando el tío sacó un tema inesperado, que nadie imaginaba.

—He pasado un día fantástico —dijo Juan—. Me hizo acordar a cuando trabajaba de fletero y con Rosita, mi señora, charlábamos hasta cualquier hora en la cocina.

—Siempre recuerdo que de chico —acotó Felipe—, estando de vacaciones, acompañaba a mi tío en los repartos. Tenía una F100 roja preciosa. Ir por esos caminos de tierra de pueblo en pueblo era fascinante.

—Todavía tengo la chata —dijo el tío con una sonrisa.

—¡¿Qué ha dicho, tío?! —le preguntó Felipe sorprendido.

—Todavía tengo la chata, y también al Rastrojero. Están viejos y olvidados como yo, pero esos fierros me han dado tantas satisfacciones que forman parte de mi vida.

—No puedo creer que aún tenga el Rastrojero y la chata, tío.

—Así es. Les contaré una pequeña historia —comenzó diciendo Juan—. De joven tenía un amigo mecánico que siempre me atendió las camionetas, hasta que los años pasaron y un día no me renovaron el registro por mi vista: fue el anuncio de mi retiro. Pero mi amigo mecánico era también grande como yo y, con los nuevos autos más sofisticados, no sabía arreglarlos. Entonces se me ocurrió darle una parte de mi jubilación y le inventé una tarea: primero rectificó el motor de las dos camionetas y dos veces por semana salíamos a recorrer los pueblos para que las chatas no quedaran paradas. Para no ofender su orgullo, yo le decía que las tenía en venta. No sé si me creía, pero mantuve esa afirmación hasta que se murió. Después, allí quedaron las chatas; de esto hace ya más de diez años.

—Señor Juan —dijo Alberto—, ¿podemos ver el estado de sus chatas?

—Por supuesto, están en mi galpón, aquí a la vuelta. ¿Le gustan los autos viejos?

—No solo me gustan: en este momento nos podrían sacar de un apuro. No tenemos vehículo con qué movilizarnos.

—Escúchenme bien —dijo el anciano, poniendo su mano sobre la de su sobrino—: si pueden ponerlas en marcha, se las regalo; a mí ya no me sirven.

—Trato hecho —dijo Felipe—. Pero solo si usted nos acompaña, tío, no lo dejaremos aquí solo —se expresó resuelto.

El anciano se quedó callado por unos instantes y después dijo:

—Solo si Pedro me acompaña.

—Desde ya, tío. O todos o ninguno.

—Pero lamento decirles que mis chatas están arrumbadas hace mucho, mucho tiempo —dijo el tío con tristeza.

—Eso ya lo veremos —dijo Alberto.

—¡Nos queda una sorpresa! —dijo la mamá de Ester.

—Yo voy —dijo Ester, yendo a la cocina.

Cuando regresó, traía en sus manos una gran fuente con pastelitos.

—¡Están rellenos de dulce de membrillo!

Todos aplaudieron y ambos perros ladraron, moviendo sus colas.

A la mañana siguiente, los tres hombres fueron al galpón del tío Juan a ver las camionetas.




Después de levantar el capó del Rastrojero, Alberto dijo:

—Bueno, si conseguimos aceite, correas, batería, cables de bujías, bujías y, obviamente, las ruedas, creo que puedo ponerlas en marcha.

—Las ruedas están allí atrás, están sin rodar. Y los repuestos... solo hay que ir a buscarlos, porque todos salieron de aquí con lo puesto —afirmó el tío Juan—. Todos los negocios, incluida la estación de servicio, tienen todo lo que necesitamos. Vamos a hacer así: sobre los mostradores dejaremos una nota con la lista de lo que tomamos prestado hasta nuestro regreso.

—¡Manos a la obra! —dijo Alberto—. Solo resta un pequeño detalle: no tenemos herramientas.

El tío caminó unos pasos en la penumbra del galpón y abrió dos puertas de una especie de aparador.

—Aquí está todo lo que se necesita.

Cuando Alberto y Felipe observaron el contenido, vieron un panel con todas las herramientas de mecánica colgadas en perfecto orden.



Continuará…

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