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miércoles, junio 19, 2024

VIAJE AL PASADO (vigesimacuarta entrega)

               La pregunta del Abad sorprendió a Esteban y a Juan; ambos dijeron que por supuesto creían en Dios, pero Leonardo, miró fijamente al anciano y le dijo:

—Yo soy un incansable observador de la naturaleza, del cielo nocturno, de la lluvia, del viento, de los pájaros, del rayo y de nuestros sentimientos; también me asombra las matemáticas, la absoluta perfección de funcionamiento de nuestro cuerpo. Pero Dios es en mi opinión alguien demasiado inmenso para poder al menos poder imaginarlo por nosotros. 





Desde nuestra arrogancia pensamos que alguna vez podremos controlar a la naturaleza; o conocer a Dios; sin entender que somos tan pequeños ante ella, que si no existieramos,  ella continuaría adelante en su infinito desarrollo sin nuestra presencia. 

Por esto, sin lugar a duda creo en Dios; pero no creo en la magnificencia del hombre.

El anciano Abad, le respondió:

—Toda mi vida la he puesto al servicio del Señor, estudiando y meditando, con la esperanza que al final del camino al menos obtendría alguna respuesta; pero ahora que mi vida se está por terminar, tengo muchas más preguntas sin respuesta, y esto crea en mí, la sensación de haber tomado el camino equivocado. 

—El camino que elegimos señor Abad —dijo Leonardo—  creo yo que no tiene que ver con Dios, él solo nos ha colocado en la naturaleza para que nosotros tomemos nuestras propias decisiones. Con el mayor respeto a su investidura y sabiduría muy reverendo Padre Abad, yo pienso que también la fe, es ese otro sentimiento que nos permite continuar por el camino elegido confiando que es el correcto. 

—¿Qué piensan ustedes sobre la muerte?; les pido que me digan la verdad de lo que ustedes creen, no lo que imaginan que me gustaría escuchar.  —dijo el anciano Abad, palpando con su mano el pesado crucifijo que tenía en su pecho.

Esteban y Juan se sintieron muy alejados de poder dar su parecer; era preferible solo escuchar a dos hombres inteligentes y contemporáneos hablando sinceramente. 

—La muerte señor Abad, como usted bien sabe —dijo Leonardo— solo puede ser comprendida por nosotros los humanos; los animales, las plantas, no tienen esa carga en sus vidas. Creo yo; que allí sí, intervino Dios, ¿por qué motivo nos creó con esa carga que nos acompaña desde que tenemos uso de la razón?, ¿por qué nos ha revelado que existe un principio y un final?...me animo a decir que nos dejó un encargo para realizar, que no llegamos a comprender acabadamente. Tal vez ese recado sea que tenemos una misión que cumplir, pero la pregunta sin respuesta es ¿cuál es esa misión?.

Yo creo que lo que nos quiere decir, es que la vida es un mecanismo muy delicado y equilibrado que puede extinguirse con facilidad, del mismo modo que el fuego destruye en muy poco tiempo y sin piedad, un bosque que tardó cientos de años en crecer. Quizás señor Abad, Dios nos colocó en la naturaleza para ser fieles custodios de este sistema exquisito, que es la vida que nos rodea. 

El anciano Abad se quedó en silencio un largo rato, como si estuviera recordando su vida, sus creencias, sus dudas, sus preguntas sin respuesta. 

—Eres muy inteligente Leonardo Da Vinci  —dijo el anciano, poniéndose de pie— a tal punto que todo lo que hemos hablado esta noche aquí, lo dejaré por escrito para aquellos que vendrán, agregando mis reflexiones; creo que hoy, Dios me ha enviado su respuesta, en boca de un joven brillante; les deseo buena vida a los tres, y no me cabe duda que ustedes han elegido el camino correcto.

Después de decir esto el Abad se retiró y los tres huéspedes no lo volvieron a ver.

Al día siguiente continuó el viaje, fueron cuatro días rudos pero soportables; por fin pudieron ver a lo lejos la cúpula de la catedral de Santa María del Fiore; habían llegado a la culta, tumultuosa y fantástica Florencia. 

            





En aquella época Florencia estaba dominada por la poderosa familia Medici, pero tenían unos adversarios muy peligrosos que pretendían controlar la ciudad, los Pazzi.

A tal punto llegó este enfrentamiento, que los Pazzi, pretendieron llegar a su objetivo drásticamente…matando a Lorenzo y Giuliano de Medici.  El atentado se realizó durante una ceremonia en el Duomo; pero el destino tomó otro rumbo del que los asesinos imaginaron. 


F.B.


En muy poco tiempo Giulia y Laura consiguieron trabajo en la cocina de la  casa de los Medici, en donde Leonardo también comenzó a ser un invitado frecuente para la familia. Esteban y Juan continuaron con su trabajo de asistentes y durante su tiempo libre paseaban con sus dos amigas, disfrutando con las magníficas obras de arquitectura que tenía la ciudad y las obras de arte que encontraban a cada paso.

—Estamos invitados a una misa que se celebrará en la catedral  —les dijo Leonardo una mañana a Esteban y Juan que estaban terminando de acomodar el taller—  allí podrán ver de cerca a Lorenzo y Giuliano de Medici, lleven a sus amigas, porque estarán presentes las familias más ricas de Florencia. 

Cuando al día siguiente Esteban y Juan fueron a la catedral con sus amigas, sólo pudieron llegar al atrio, porque la multitud que había agolpada les impedía ingresar. Al terminar la ceremonia el público comenzó a dar paso a Lorenzo y Giuliano que salían muy sonrientes seguidos de señoras y señores de la nobleza Florentina. 

El asombro de ver a tan corta distancia a los integrantes de la familia Medici fue una experiencia maravillosa para Esteban, hasta que de pronto le gritó desesperado a su amigo Juan:

—¡Juan, no lo recordaba, van a tratar de matar a los Medici!

—¿Cuándo?   —preguntó su amigo, pensando que se trataba de una broma.

—¡En este preciso momento!.

Dos hombres que estaban mezclados con el público se interpusieron al paso de los hermanos Médici y sin decir una sola palabra sacaron de entre sus ropas puñales; la primer embestida fue contra Giuliani, que recibió dos puñaladas en el tórax y cuando el otro agresor intentó hacer lo mismo con Lorenzo, Juan desvió el curso del brazo asesino de una patada, mientras Esteban sostuvo al asesino de Guiliani del cuello el cual arrojaba puñaladas al aire sin parar.





Por fin otros hombres intervinieron resguardando a Lorenzo que solo estaba desconcertado, y después los dos agresores quedaron controlados y sujetos por varios hombres; lamentablemente Giuliano quedó ensangrentado y tendido en el suelo; murió a los pocos instantes. 

El lamentable hecho hizo que invitaran a los pocos días, después de las exequias de Giuliano, a Esteban y Juan a una entrevista con Lorenzo en la que Leonardo estaba presente.





Cuando ambos amigos llegaron al palacio estaban tan asombrados que no podían creer lo que estaban viviendo. 

—¿Imaginabas algo así?  —le preguntó Juan a Esteban antes de ingresar al imponente palacio Medici - Riccardi

—Jamás imaginé tal cosa.

Al llegar al portón principal dos sirvientes los acompañaron a la reunión; después de atravesar dos patios, ingresaron en un salón que ostentaba un hogar impresionante, al cabo de unos instantes se abrió una puerta doble de la que salieron Leonardo muy sonriente y otro hombre de rasgos delicados, después de los saludos protocolares, los cuatro hombres se sentaron frente a frente en unos sillones de madera repujada.

El que comenzó a hablar con un tono de voz muy firme pero a la vez delicada, fue Lorenzo, el hombre más poderoso y rico de toda Florencia, que dirigiéndose a Esteban y a Juan les dijo:

—Señores; a ustedes dos, les debo estar vivo; ¿como puedo retribuir tal cosa?.






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martes, junio 18, 2024

VIAJE AL PASADO (vigésimaquinta entrega)

                  Ante esta pregunta de boca  del hombre más poderoso y rico de Florencia, Esteban y Juan quedaron sin respuesta.

—Señor Lorenzo  —comenzó diciendo Esteban— nosotros somos amigos de su amigo Leonardo, le ayudamos con gusto en sus trabajos, y lo que hemos hecho por usted lo haría cualquier persona por su amigo, por lo cual nada nos debe. 

Lorenzo de Medici se quedó pensando un instante y después dijo mirando a Leonardo:  —Pues entonces haré lo siguiente estimado Leonardo, tus dos amigos a partir de hoy comenzarán a trabajar para mi, tú tendrás que conseguir otros ayudantes.

De inmediato con una sonrisa Leonardo respondió:  —Usted manda estimado señor Lorenzo, a un Medici, no se lo puede contradecir. 

—Bien,  —dijo Lorenzo— mañana mismo a primera hora estará aquí un carruaje para llevarlos a la fattoria más grande que poseo en la Toscana, cuyo administrador es grande y ya desea retirarse; a partir de este momento ustedes serán los nuevos encargados de llevar adelante todo lo que allí realizamos; que les advierto es mucho, pero se compensa con la vida que les espera, además tengo entendido que tienen ustedes dos amigas que me encantaría si se pueden hacer cargo de la cocina.

El trato se formalizó con un apretón de manos y un sirviente trajo queso y vino para consumar la relación. 



A la mañana siguiente Giulia, Laura, Esteban y Juan partieron rumbo a una nueva vida con la alegría de los jóvenes al comenzar una nueva aventura. 



Cuando llegaron a la casona de la fattoria, un grupo de empleados los recibieron como si fueran los dueños; bajo un frondoso árbol del enorme patio, del cual se podía ver las suaves laderas con hileras interminables de vides, corrales, quintas y plantaciones; se colocó una larga mesa con mantel blanco repleta de alimentos del lugar.

El viejo administrador, después de presentarle una a uno a todos los colaboradores, les explicó a grandes rasgos todo el funcionamiento, con el compromiso de recorrer todas las áreas con las diversas producciones en el transcurso de los siguientes días. 

La mujer del amable hombre se llevó a Giulia y Laura para mostrarle la cocina, la huerta, las habitaciones, la pequeña capilla y obviamente el gallinero. 

La casona era enorme, todas las habitaciones del primer piso estaban conectadas por una terraza en donde la vista era majestuosa.

El comedor tenía un hogar en donde se podía entrar parado y el mobiliario era de madera repujada; cuando los amplios ventanales se abrían, las blancas cortinas de lino se movían siguiendo el compás de la brisa primaveral.


Un enjambre de abejas, recorría los canteros repletos de flores. La vida transcurría allí, lenta, confortable, pausada y sin sobresaltos. El trabajo del establecimiento era diverso; la siembra de los campos, las cosechas, la atención de los viñedos. En la época de la vendimia, una vez que se terminaba el envinado en las barricas, se hacía una fiesta en donde sobre una larga mesa se servían varios platos, comenzando con una sopa reconfortante como la ribollita, seguida de un plato principal de carne, como un estofado de jabalí, también pappardelle con salsa de conejo y para finalizar, una selección de quesos locales, frutas frescas y un buen vaso de Chianti, luego se bailaba hasta altas horas de la noche.

No todo era tan simple, el trabajo variaba durante las estaciones del año, y la responsabilidad de llevar adelante toda la fattoria duraba todo el año; no obstante, los cuatro jóvenes, Giulia, Laura, Esteban y Juan, encontraban momentos para estar distendidos charlando y riendo. 

Laura se llevaba muy bien con Juan y Giulia con Esteban, pero surgió algo que es frecuente y normal entre los jóvenes.

Una noche, cuando las dos hermanas se fueron a descansar, Esteban y Juan se quedaron solos charlando. 

—Debo decirte algo querido amigo  —dijo Juan mirando el brasero aún encendido— creo que me estoy enamorando de Laura. 

—Estamos en el mismo problema amigo mío  —Yo, ya estoy enamorado de Giulia.

Los dos jóvenes se quedaron callados, sabiendo ambos que este sentimiento era un inconveniente irremediable.

—Ya sé lo que me dirás amigo  —le dijo Juan a Esteban—.

—Ambos lo sabemos  —agregó Esteban— este no es nuestro tiempo, y nuestro sentimiento por ellas, si bien no está prohibido, no podemos llevarlo adelante, interferir en sus vidas es imposible. 

—Jamás me imaginé que nos ocurriría tal cosa  —continuó Juan.

—Yo tampoco  —respondió Esteban— pero debemos afrontar esto del mejor modo aunque nos duela; pensemos que ellas estarán siempre con nosotros, y dejemos que puedan ser felices y continuar con el destino que les ha tocado. 

—Tienes razón Esteban, ¿Te parece bien si nos fuéramos después de navidad?.

—Estoy de acuerdo Juan, les diremos que Leonardo nos pidió algo urgente, e inventaremos algo; les dolerá al principio; pero son jóvenes y lo superarán. 

Para navidad faltaba un mes y el sentimiento que sentían Esteban y Juan, era recíproco por parte de Giulia y Laura, pero no desde ahora, su sentimiento venía de la época que trabajaban en la cocina del palacio Sforza. 

Durante todo ese mes antes de navidad, los cuatro jóvenes pudieron disfrutar de largas caminatas por el campo, y graciosas charlas bajo el cielo estrellado contemplando esa luna que invita a los jóvenes enamorados a soñar despiertos.

Los preparativos para la fiesta de navidad comenzaron una semana antes; se realizaría una misa en la capilla a la que asistiría Lorenzo de Medici y su mujer, y después se celebraría la conmemoración con una cena en la terraza principal. Giulia y Laura programaron un menú para la ocasión. Todo el personal de la Fattoria compartirían la misma mesa con Lorenzo y su familia. Dos días antes llegó Leonardo y ayudó a sus amigos con las tareas previas para la celebración. 

El veinticinco por la mañana, Giulia y Laura agasajaron a Esteban y Juan con un desayuno de reyes que sirvieron en la cocina. Ambas tenían vestidos que habían realizadas con sus propias manos para la ocasión y lucían en su cabello una pequeñas flores silvestres de color blanco, parecían dos novias preparadas para ingresar al altar. 

Tanto a Esteban como a Juan ya les resultaba triste su partida, la cual sabían que sería muy dolorosa para ellas, pero no existía otra solución.

Esa última noche que ambas parejas charlaron y rieron pensando en un futuro, que no pertenecía ni a Esteban ni a Juan; porque su destino estaba muy lejos de ese lugar de ensueño, fue maravillosa para los cuatro, pero al mismo tiempo muy triste para los dos amigos; esa noche era la última noche que compartirían con las dos jóvenes. 




Al día siguiente muy temprano Estaban y Juan les dijeron a las esperanzadas y risueñas jóvenes que tenían que partir solo por unos días para ayudar a Leonardo con un trabajo. La carroza partió y las dos muchachas se quedaron saludando desde el portal de la casa hasta que el carruaje se perdió de vista. 

Cuando la carreta llegó al río en donde se encontraba la parte alta del acantilado, ya era de noche, entonces los dos amigos fingieron una discusión, ofuscados le perdieron al cochero que pare, cuando el carro se detuvo , ambos se bajaron y continuaron simulando gritos e insultos, después, se perdieron de vista en la oscuridad, luego buscaron dos grandes piedras y las arrojaron simultáneamente al río y se ocultaron; el cochero pensando que se habían caído al agua, bajo con un farol para ver qué había ocurrido, pero ya no los encontró. 


Esteban y Juan lo observaban en silencio desde su escondite hasta que el pobre cochero desesperado regresó a la fattoria para avisar de la tragedia. 

—Ya es hora de irnos Esteban, hagámoslo ya, antes de que me arrepienta. 

Esteban asintió con su cabeza, tomó el reloj entre sus manos y le dio cuerda.


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lunes, junio 17, 2024

VIAJE AL PASADO (última entrega)

 —No lo puedo creer Esteban, este es el barrio por el que tantas veces caminamos con ellas.

—A pocas cuadras de aquí está su casa  —dijo Esteban mirando esa Arboleda en donde disfrutó los mejores años de su vida.


—Vamos a verlas  —dijo Juan entusiasmado.

—Todavía no querido amigo, no sabemos en qué año estamos y podemos cometer el grave error de estar en dos lugares al mismo tiempo, quizás por solo un día o una hora; debemos de corroborar que hemos llegado a nuestro tiempo exacto.

—Si, comprendo  —respondió Juan— pero si estamos en dos lugares al mismo tiempo, ¿cómo resolveremos esta situación?.

—No lo sé Juan, sinceramente algo así me preocupa, tengo miedo que debamos recorrer el tiempo en forma indefinida; estaríamos atrapados en una especie de burbuja de la que no sabemos cómo poder escapar.

—Podemos hacer una cosa  —dijo Juan— primero averigüemos qué día es  hoy, después observemos nuestra apariencia para saber si se condice con la fecha, si todo está bien, vayamos a mi casas. 

—Si tienen razón, pero te advierto que nos encontraremos con tus padres, y el golpe emocional será enorme. 

—Si, ya lo pensé  —respondió Juan— pero es el destino que nos puso en esta situación; salgamos de nuestra duda, vayamos a ese quiosco de diarios.

Cuando ambos amigos se acercaron a leer las primeras planas de los periódicos comprobaron que era el día 20 de Diciembre de 1965 y se mostraba en la portada de los diarios la foto del equipo de Boca Junior como bicampeón del fútbol argentino, habiendo ganado al equipo  de Atlanta 3 a 1 en la Bombonera. 


—Esto nos indica Juan que debemos tener yo 22 años y tu 23; tu apariencia es la correcta; y agrego un detalle que no le había dado importancia, me acuerdo de  esta remera que llevo puesta y también de estos zapatos. 

—¡Yo también Esteban! recuerdo esta ropa, creo que el reloj nos ubicó en el lugar y en el tiempo exacto que él dispuso, evidentemente no realiza nada al azar  estamos muy cerca de mi casa, es mediodía y te acordarás que mi padre era hincha de Boca, por lo cual hoy comeremos asado; ¡vamos!.

Cuando entraron a la casa de Juan, la mesa estaba tendida en la galería, el padre frente a la humeante parrilla, y de pronto de la cocina salió la madre de Juan con un plato en su mano con algo para acompañar el tradicional aperitivo. 

Cuando Juan la vio, se quedó mudo de la emoción, miles de recuerdos golpearon su mente, en aquel lugar, en esa galería viendo a su padre en la parrilla. Su hijo se acercó a ella emocionado, la abrazó y la besó en su mejilla.

—Aquí tienen chicos, salame, queso, y aceitunas …¡Gordo veni!. —dijo la madre de Juan alegre y simpática como siempre lo fue. .

Cuando el padre de Juan se aproximó, al ver a su hijo y a Estaban comenzó a cantar con una sonrisa: ¡boca campeón!, ¡boca campeón!.

Los dos amigos fueron y lo abrazaron, el padre de Juan sentándose dijo:

—¡Qué partido!, ¡le hicimos tres golazos!. 

Ese almuerzo fue para Juan y Esteban un reencuentro con su pasado muy gratificante, les costaba concentrarse en lo que decían los padres de Juan, pero aún faltaba algo para completar ese día. 

—Esta tarde vendrá a casa a tomar el té mi amiga Elisa con sus hijas  —dijo la madre de Juan mientras servía el postre.

De inmediato Esteban y Juan recordaron todo; el reloj los trajo al mismo día en que conocieron a sus respectivas compañeras para toda su vida, Miriam y Nora.



Ahora recordaban perfectamente todos los detalles de esos días; su primer encuentro no había sido muy afortunado, les había parecido que las hijas de Elisa eran dos chicas engreídas, pero cuando asistieron a ese baile que se realizó en su casa, las cosas cambiaron a tal punto que bailaron toda la tarde con ellas, Esteban con Miriam y Juan con Nora.

Cuando ese primer encuentro se produjo, Esteban y Juan sintieron sensaciones encontradas, por un lado la alegría de volver a vivir algo tan trascendente como lo es el amor de toda su vida, pero también una profunda nostalgia porque conocían de antemano cómo será todo lo que vendrá, tanto lo bueno como lo malo, y además, comprender que estaban de regreso de un viaje absolutamente increíble que ellos se animaron a realizar.

A los pocos días de estar viviendo en ese tiempo de sus vidas recientes, surgió algo que no esperaban. Más allá que ambos amigos disfrutaban de todos aquellos momentos inolvidables, justamente esa particular situación de recordar cada momento, cada frase, cada palabra; le quitaba a la experiencia de vivir algo que es fundamental; la sorpresa. Saber lo que nos va a ocurrir en el día de mañana convierte a nuestra vida en algo tedioso, es como si tuviéramos que realizar una tarea monótona todos los días de nuestras vidas; jamás disfrutaremos de algo novedoso, porque nada es nuevo, perdemos ese placer por saber qué nos depara el futuro. 

Una noche después de despedirse de sus novias, y caminando de regreso a su casa dijo Juan:

—Querido amigo, este sueño no podemos llevarlo adelante, ya sabemos lo que ocurrirá mañana, la semana próxima, o el año que viene; porque no podemos cambiar nada; y eso estimado amigo le quita todo el encanto a la vida, creo que debemos hacer algo; pero no se que podemos hacer.

—Yo siento lo mismo Juan, no podemos continuar con esto; ayer no podía dormir y estuve pensando algo. Cuando encontré el reloj lo rescaté del mar, entonces me pregunté: si alguien lo usó como lo hicimos nosotros, ¿quién fue?, ¿por qué lo arrojó al mar?; o tal vez lo perdió en un naufragio, por accidente… creo tener una respuesta: tal vez el que arrojó este reloj al mar quiso quedarse en ese lugar del tiempo, decidió que eso era preferible a continuar en un viaje siendo un forastero perpetuo de un tiempo y lugar que no le pertenece. …Esteban se quedó meditando un largo rato sosteniendo y mirando el reloj entre sus manos.

—Quizás nosotros podamos hacer lo mismo Juan, y entonces…

—Entonces si hacemos lo mismo quedaremos ubicados en el tiempo que nos corresponde vivir. —reflexionó Juan— quiero querido amigo, quedarme aquí, en este momento del tiempo que fue mi vida, y poder gozar nuevamente mi juventud como la primera vez; deseo que mi mente borre todo mi futuro y continuar a partir de aquí. 

 —¡Exactamente querido amigo!, creo que tenemos que hacer eso, porque de lo contrario nuestra vida será una tortura constante. No se puede vivir conociendo el futuro, resulta ser como un castigo; he pensado que este fin de semana cuando vayamos al Tigre, durante el viaje que realizamos en lancha, lo que haremos será deshacernos del reloj. Dios sabrá si hacemos lo correcto.



Ese último domingo del comienzo de una nueva etapa para Esteban y Juan fue un día espléndido, los cuatro llegaron al puerto y contrataron una lancha pasajera para pasar un día al aire libre, ellas estaban más radiantes que el sol. Cuando la lancha pasó frente a la casa museo de Sarmiento, Juan le hizo una seña a Esteban, y éste, disimuladamente tomó el prodigioso reloj, lo besó, y después lo arrojó al agua.

Cuando las aguas del río recibieron este enigmático artefacto, en ese preciso instante, Juan y Esteban continuaron charlando y riendo con sus jóvenes novias, imaginando que pasarían un día inolvidable; y así fue, pero ahora sin recordar nada; absolutamente nada; de aquél fantástico viaje por el tiempo: el ancestral cataclismo en la cordillera; el antiguo y misterioso Egipto; la inexpugnable muralla China; la tribu nómade;  el filósofo Sócrates; el poderoso Lorenzo de Medici; el fantástico Leonardo Da Vinchi; pasaron en ese mismo momento a ser solo parte de los mudos libros de historia, ocupando algún lugar en sombrías biblioteca olvidadas; porque Esteban y Juan, volvieron a ser los dos alegres jóvenes de 22 y 23 años; los cuales tenían nuevamente una vida por delante con un futuro repleto de sorpresas, satisfacciones, y también tristezas; pero todas desconocidas, porque el reloj del tiempo quedó allí; perdido en las profundidades de un torrentoso río; que lo llevará de regreso al mar hasta que otra persona lo encuentre en una playa por casualidad…¿me pregunto y les pregunto estimado lector, será por casualidad que ocurren ciertas cosas?



FIN 







jueves, febrero 08, 2024

LA APUESTA

    



   Existen historias las cuales se pueden clasificar dentro de  diferentes situaciones, como ser: divertidas, extrañas, misteriosas, incluso desagradables; pero esta que deseo contarles, yo la ubicaría en el tipo de cosas que jamás deberían ocurrir, o desgraciadamente injusta, si es que realmente ocurrió como a mí me la contó un tío… por el cual no pondría las manos en el fuego por la veracidad de sus historias; la misma trata de tres jóvenes realizando una apuesta solo por considerarla divertida.

La ubicación geográfica y de tiempo, fue en un pueblo de Inglaterra durante la época Victoriana. Los nombres y edades  de los tres protagonistas eran Walther 22 años, Freddie 25 años, y Ludvik 27 años. 

Los tres amigos se encontraban tomando whisky en la taberna del pueblo en una noche de invierno, charlaban sobre una dama muy famosa por ser una mujer muy atractiva y de fortuna, por haberse casado con un poderoso comerciante varias décadas mayor. De lo único que estaban seguros estos muchachos es que jamás serían de fortuna, porque los tres trabajaban como descargadores de cajones de pescado en el puerto. 

—La única forma de volvernos ricos estimados amigos, es contrayendo matrimonio con una dama de la alta sociedad, y después, poder comprarnos nuestro propio barco, y de ese modo fundar una empresa pesquera. —les decía Walther a sus dos amigos, mientras colmaba las tres copas con whisky.

—El primer problema por resolver para concretar tu plan estimadisimo Walther, es que alguien pueda quitarte de tus ropas ese olor nauseabundo a pescado podrido que se siente desde una milla de distancia — le respondió Freddie tomando de un solo trago el contenido de su copa.

—El otro inconveniente —dijo Ludvik con cara de burla mientras encendía su pipa—, es tu cara de niño, a las mujeres les gusta más los hombres, con cara de hombres; por lo cual, tus posibilidades a lograr tales objetivos es absolutamente nula.

—Miren quien habla, les respondió Walther —molesto por los comentarios jocosos de sus amigos—, yo puedo cargar tres cajones sobre mi hombro y ustedes no más de uno, parecen dos mujeres.

—Lo que ocurre —dijo Freddie, entendiendo que su amigo siempre mordía el anzuelo, y cuanto más se molestaba más gracia les causaba —, es que nos pagan a todos por igual tanto para cargar uno o tres cajones, por lo cual, tu eres un niño tontolon, que haces el esfuerzo por nosotros, sin recibir nada a cambio.

Cuando Ludvik observó la cara roja de rabia de su pequeño amigo Walther, no pudo aguantar y se rió a carcajadas, también Freddie estalló de risa.

Walther como siempre ocurría, los insultaba con todos los epítetos que conocía, de pie y con sus puños cerrados apoyados sobre la mesa, esto más gracia les  causaba a sus dos compañeros.

—¡Cuando sea rico bellacos, me verán pasar en una carroza de oro,  acompañado por una duquesa hermosa; y yo les arrojaré un penique, porque ustedes solo serán unos pordioseros malolientes!.

Esos arrebatos de furia de Walther, hacía que sus dos amigos se descostillaran más aún de risa. La técnica era siempre la misma, buscaban otro tema de conversación para distraerlo, y después que su joven compañero se le pasara la ofuscación, buscaban otra cosa para burlarse. 

Ludvik, después de guiñerle un ojo a su amigo Freddie, sin que Walther se diera cuenta, comenzó con otra historia. 

—Ayer me encontré con el herrero, y me comentó algo que me dejó de una sola pieza.

 —¿Qué te comentó? —le preguntó Freddie, simulando cara de intriga, sabiendo que se preparaba el terreno para otra broma a su pequeño amigo.

—Me dijo que en el camposanto de la abadía abandonada vio a un fantasma salir de una tumba; era una mujer que no tenía cara; con una mortaja tan blanca como la misma luna llena. —Después de decir esto, Ludvik, comenzó a cargar su pipa con tabaco para esperar alguna reacción de Walther.

—Yo no creo en fantasmas, —dijo Walther para después terminar su copa de un sorbo y depositarla sobre la mesa con un golpe.

—Yo no iría a un cementerio abandonado de noche ni por una bolsa de oro. —dijo Freddie, para ir llevando a su pequeño amigo Walther, al terreno que ellos pretendían. 

—Yo tampoco, —afirmó Ludvik—, solo para arriesgarme a un susto innecesario, no le veo la gracia. 

La sutil trampa estaba tendida y su inocente amigo Walther, cayó en ella. 

—Lo que ocurre es que ustedes son unos cobardes, yo en cambio no le tengo miedo ni a los cementerios, ni a los fantasmas, puedo ir solo si lo quisiera y pasar la noche allí durmiendo plácidamente. —Walther creyó que había encontrado el talón de Aquiles de sus amigos, que acostumbraban a burlarse y reírse de él. 

—Si eres tan valiente —le dijo Freddie a su pequeño amigo, blanco de sus chistes pesados—, te apuesto la mitad de mi jornal de una semana que no eres capaz de ir solo de noche a ese tenebroso lugar.

—Yo te apuesto otro tanto, si eres capaz de ir allí y clavar una estaca en una de esas fantasmagóricas tumbas, a las doce de la noche —redobló Ludvik, pergeñando alguna situación que enfureciera como siempre a Walther.

—Trato hecho, jamás he tenido la oportunidad de conseguir el jornal de una semana con tanta facilidad, gracias a dos cobardes grandulones. —dijo Walther sonriendo con soberbia, tratando de poder humillar por fin a sus dos amigos.

La apuesta se llevaría a cabo al día siguiente. El cementerio de la abadía abandonada era una lugar realmente tenebroso, los parroquianos no pasaban por allí ni siquiera de día, hasta los árboles que estaban desnudos por el invierno parecían espectros retorcidos suplicando clemencia. 

Esa noche había viento y la luna no alcanzaba a iluminar por las nubes que la cubrían. La abadía estaba rodeada por un grueso cerco de piedras el cual era demasiado alto para saltarlo, solo se podía ingresar al lugar escalando el portón principal de hierro, cerrado con un candado y una cadena muy gruesa, para después poder saltar hacia dentro, con la precaución de no quedar enganchado por las afiladas púas oxidadas que lo coronaban. 

Para llegar al cementerio había que rodear al antiguo templo semi destruido, el cual había sido invadido por una enredadera de la que solo se observaba una maraña de ramas que trepaban hasta la torre principal.

Los tres amigos se encontraron a la hora fijada, cada uno llevaba un farol, y tenían preparada la maza y una gruesa estaca de madera. Curiosamente, quizás por el lugar, la hora, el viento, o el frío, tanto a Freddie como a Ludvik, está broma que pretendían llevar a cabo para molestar a su pequeño amigo, no les estaba resultando muy agradable.

— En realidad —le dijo Ludvik a Walther—, no creo necesario que tengas que demostrarnos que eres valiente, sabemos que lo eres estimado amigo, el solo hecho de haber venido hasta aquí, es suficiente para considerarte el ganador, de mi parte estoy satisfecho, ¿qué opinas Freddie?, mejor nos vamos a compartir unas exquisitas cervezas las cuales se encuentran ya pagas para nuestro valiente camarada.

Freddie no dudó en acompañar la propuesta, no valía la pena estar allí, en ese lugar que no le hacía nada de gracia.

Pero el pequeño Walther, tenía otra opinión al respecto y deseaba cumplir con la apuesta. Para trepar por el portón se quitó su capa, y después sus dos amigos se la pasaron entre los barrotes junto con el farol, la maza y la estaca. Sus dos amigos lo vieron perderse por detrás de los muros de la abadía; al cabo de unos minutos escucharon nítidamente los golpes que su amigo aplicaba a la estaca, pero después que los golpes cesaron; escucharon un grito aterrador de su pequeño amigo Walther que hizo que se les helara la sangre; en un primer momento pensaron que su joven amigo les había jugado una broma a ellos, y una vez logrado su objetivo, aparecería sonriente para decirles que eran un par de cobardes; pero eso no ocurrió. Después de un rato, al comprobar que no regresaba, decidieron ir a ver. Cuando se acercaron al sector de las tumbas, el farol de Walther les indicó el lugar donde estaba. Lo que vieron y comprobaron quedó grabado a fuego en sus mentes para el resto de sus vidas.

Walther estaba allí tendido, muerto; por el apuro del compromiso, había clavado la estaca junto con su capa al suelo; al querer retirarse de allí tan rápido como pudiera; sintió que alguien lo sujetaba por detrás; el destino, su corazón, y una desafortunada apuesta; quiso retenerlo allí para siempre.

lunes, enero 15, 2024

UNA HISTORIA DE LA PAMPA

         



   Muchas veces las historias extrañas , no son creíbles porque no existe una prueba contundente que compruebe lo ocurrido, más allá de la credibilidad de aquel que cuenta su experiencia, y más aún cuando se trata de personas… o mejor dicho, de entes; del más allá. 

Esta historia proviene de un grupo de albañiles que yo contraté para construir una vivienda en una estancia en la pampa húmeda, provincia de Buenos Aires, a unos cinco kilómetros de Carmen de Areco.

El nuevo dueño del campo me pidió realizar una casa nueva en el mismo lugar en donde estaba la antigua.


F.B.


Se comenzó con el trabajo de demoler la casa de los antiguos dueños, la cual era antigua y se encontraba en buen estado estructural, excepto por la humedad de cimientos; de todos modos mi cliente quería realizar una vivienda totalmente nueva. 

El equipo de trabajo estaba compuesto por un muy buen albañil, al cual yo contraté para realizar toda la mano de obra, más su hijo, dos ayudantes y otros dos albañiles.

Un viejo obrador se reparó para que allí pudieran vivir todos ellos; trabajaban de lunes a viernes y se trasladaban con la camioneta del contratista que se llamaba Pereira. Un sector de la vieja casa no se terminó de demoler porque utilizamos el lugar para guardar las herramientas y los materiales. 

Cuando comenzamos con los primeros trabajos y se derribaron las primeras paredes, un viejo capataz del dueño anterior que quedó como personal estable, llamado José, antes de retirarse a su casa venía a observar los avances del trabajo, nos quedábamos charlando de temas diversos: la cosecha, el clima, las nuevas máquinas cosechadoras. No me pregunten el porqué, pero existen personas que describen situaciones con un diálogo pausado y profundo que cautiva al que escucha, sus pausas, sus silencios, su mirada; José tenía esa cualidad que también cautivaba a los operarios que me acompañaban. La gente de campo a diferencia del citadino está más en contacto con la naturaleza, sabe si la tormenta será fuerte, si el camino de tierra estará transitable después de la lluvia, si los animales están bien, puede orientarse en la noche cerrada, o saber si las nubes traen granizo. Arreglar el motor de su camioneta por un desperfecto, hace la diferencia entre poder llegar a su casa o no. José era un hombre de campo de cabo a rabo; cuando contaba historias entre mate y mate, fumando su tabaco negro, nos transportaba a un mundo que no conocíamos. Su aspecto realzaba su discurso; alto, con ropa de trabajo, alpargatas, boina negra, cara enjuta, nariz grande y bigote negro; su voz ronca y el aroma del cigarrillo adornaban sus palabras; hablaba pausado como si el tiempo no tuviera importancia; nos quedábamos hasta entrada la noche reunidos en torno al fuego, no faltaba ocasión para que alguien pusiera unos churrascos en la parrilla; debo decir que disfrutábamos la compañía de José. En una ocasión nos pareció que iba a relatar algo de mucha importancia, pero no lo hizo, se quedó callado pensando, y después siguió con otro tema.

Al mes de haber comenzado los trabajos, llegué un lunes temprano, y solo estaban trabajando Pereira y su hijo, cuando le pregunté el porqué me dijeron lo siguiente:


—No se acostumbran a estar lejos de su familia arquitecto, a pesar que les ofrecí más plata no quieren saber nada, pero la próxima semana se comprometieron otros tres muchachos, yo me encargo.


A la semana siguiente, Pereira cumplió con lo prometido y otros tres albañiles se hicieron presentes. Pero al finalizar la semana no regresaron. Comencé a preocuparme porque no era un trabajo solo para dos personas, y entonces, decidí hablar con Pereira suponiendo que el problema eran los jornales. Cuando me dijo lo que les pagaba, evidentemente ese no era el inconveniente, fue entonces, cuando me contó la verdad:


—En primer lugar arquitecto le quiero aclarar que aquí no tomamos alcohol, como usted bien sabe, lo hacemos en casa los fines de semana. Y esto que le voy a decir mi hijo aquí presente no me deja mentir; el asunto es que varias noches, entre las diez y las once, escuchamos discutir acaloradamente a un hombre y una mujer a los gritos; si bien algún animal puede hacer algún ruido extraño, nada puede ser parecido a lo que oímos. —Cuando Pereira me decía esto, mire la cara de su hijo, y por su expresión no era un chiste ni una tomada de pelo—, el primer día que nos pasó, pensamos que era una pareja que estaba detrás del depósito de los materiales, que tal vez venían hasta aquí para estar a solas, sin saber que nosotros dormíamos cerca; esa primera vez no hicimos nada, a las once de la noche se callaron. Pero a la noche siguiente, de nuevo la discusión, entonces yo decidí salir con la linterna; créame arquitecto que esto que le cuento me pone la piel de gallina; la verdad iba un poco molesto porque no nos dejaban descansar, pensaba asustarlos pegando un par de gritos; pero cuando rodie el galpón, se me heló la sangre, allí detrás no había nadie, y tampoco se escuchaba nada; ilumine con la linterna todo el lugar, y también el camino que lleva a la tranquera pero no vi nada. Llamé a los muchachos y recorrimos todo, incluso detrás del tanque australiano, la leñera, fuimos hasta el depósito donde guardan las máquinas y los fardos de pasto, y nada. 

Pereira siempre fue un hombre respetuoso y de no hacer bromas, pero su mirada me demostraba que lejos estaba de mentir, agregando que 

su hijo también tuvo la misma experiencia. Me completaron la historia diciendo que los gritos eran desgarradores, tanto de la mujer como del hombre, pero en un idioma desconocido para ellos, estos episodios se producían una o dos veces por semana y siempre en el mismo horario.

Resolver algo así no estaba en mis planes y se me ocurrió una idea: realizaríamos un galpón nuevo para las herramientas y los materiales, y terminaríamos de demoler el resto de la casa que faltaba; Así lo hicimos, e increíblemente estos hechos terminaron. Decidimos no comentar esto con nadie para que no nos tomen por locos.

Después de cierto tiempo, regresó a nuestras charlas nocturnas José, que había estado delicado de salud, y en honor a él, un viernes hicimos un asado, ya nos habíamos olvidado de aquellos hechos, cuando José nos hizo una pregunta con su voz inconfundible, mientras armaba uno de sus cigarrillos. 


—¿Nunca escucharon nada por acá?.


Yo decidí contarle toda la historia, y después, aquel viejo hombre de campo, de hablar pausado, nos completó la parte que no conocíamos.


—Yo tenía unos veinte años, cuando el patrón de la estancia me contrató junto a veinte hombres más de la zona. Era un alemán fornido y alto que hablaba el castellano a medias, pero se hacía entender, su mujer, todos los días por la mañana para el desayuno, que se daba aquí, esa era la costumbre, nos agasajaba con alguna torta que ella preparaba, eran muy buena gente. Pero la desgracia empezó cuando el hijo vino a tomar las riendas de la estancia junto a su mujer; vivían en Suiza y no tenían hijos. 

La mujer del patrón murió al año de haber llegado ellos, y el patrón un poco después; para nosotros de tristeza. A partir de ese momento se terminaron los desayunos y los buenos tratos para pasar a los malos modos. Un día el alemancito me gritó delante de mis compañeros, si no me sujetan lo agarraba del cogote; no me echó porque yo era una especie de capataz que conocía todos los trabajos y las máquinas. 

Cuando veníamos del campo muy tarde, siempre los escuchábamos discutir en la casa a los gritos, para nosotros él le pegaba, tal vez se pasaba con el alcohol. Pero un día de verano, todos estábamos reunidos tomando mate en el depósito, porque la lluvia era torrencial y no nos dejaba regresar a casa, cuando ocurrió la desgracia. Los oímos discutir acaloradamente como siempre, hasta que escuchamos el escopetazo y a los pocos instante otro; todos corrimos a la casa y comprobamos el desenlace de la discusión; ella lo mató con la escopeta y después se suicidó; no pudimos hacer nada, él tenía la cara ensangrentada y ella se voló los sesos, estaban tirados sobre un charco de sangre. Después de lo ocurrido aquella noche, nadie más habitó la vieja casa, tampoco había herederos, el juzgado remató la estancia y la compró el actual dueño. 

Después de aquello, cuando volvíamos tarde del campo, los seguíamos escuchando discutir como siempre, pero sabíamos que la casa estaba vacía. No quise contarles esta historia antes para no asustarlos, pero así fue. En el pueblo la llamaban la casa de los fantasmas peleadores. Después de escucharlo a José y cuando la reunión se terminó, yo para llegar a mi camioneta debía recorrer unos cien metros, por una calle flanqueada de árboles, en donde la oscuridad era total; les aseguro que no fue un momento agradable.

Cuando terminamos la casa, mi cliente lo festejó con un asado para todos nosotros y su personal; el asador oficial era Juan, después de comer, organizamos un campeonato de truco que duró hasta la noche, la pasamos excelentemente bien.

El último día, Pereira tenía su camioneta cargada para regresar, pero estaban cansados y era tarde, prefirieron quedarse a dormir y salir al otro día bien temprano, yo me fui ese mismo día. 

Al día siguiente cuando hablé con Pereira para juntarnos en mi estudio para terminar de cerrar el trato, me dijo esto:


—Arquitecto, no me va a creer, pero anoche, siempre a la misma hora, escuchamos nuevamente la discusión, pero esta vez fue distinto, se fue apagando lentamente hasta dejar paso al silencio; me animo a decirle que ahora ya descansan en paz.