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domingo, octubre 26, 2025

UNA VOZ EN EL JARDÍN

           Se dice que todo lo que el hombre pueda imaginar, en algún momento es posible lograr concretarlo. Son muchísimas las creaciones realizadas que previamente fueron solo imaginadas sin tener siquiera una idea de cómo conseguirlas: la radio, el teléfono, la luz eléctrica, la TV, volar, Internet, pisar la luna, colocar equipos de investigación en Marte, explorar el universo con super telescopios. Seguramente conseguiremos mucho más, pero permítanme realizar una hipótesis. 

Yo creo que en algún momento podremos viajar al pasado, no tengo  la menor idea de como hacerlo, pero lo puedo imaginar. 

Sabemos que estudios científicos hablan al respecto, mentes como la de Albert Einstein y Stephen Hawking, no descartaron tal posibilidad. Pero se  necesita superar ciertas barreras físicas que por el momento son imposibles de cumplir, una de ellas es conseguir superar la velocidad de la luz

Si pudiéramos viajar al pasado surge también lo que se denomina la paradoja de la causalidad, como por ejemplo la paradoja del abuelo. Que plantea lo siguiente: Si intervenimos en acontecimientos del pasado estaremos modificando el presente. Si lográramos conseguir que nuestros abuelos no se conocieran, nosotros dejaríamos de existir. 

Por último quisiera agregar, que si en algún momento de nuestro futuro remoto, se consiguiera viajar al pasado, bien podría ocurrir que alguien de ese futuro nos visite…porque nosotros estamos ahora mismo en el tiempo pasado de ese ser humano del futuro.

F.B.


1.

Para muchas personas, cuidar su jardín les provoca una enorme satisfacción, yo creo incluso que podemos comunicarnos con nuestras plantas. Muchas veces he comprobado que si agrupo dos o tres especies distintas, estas se auto potencian y se observan sanas y vigorosas. En cambio si ubico alguna aislada, me ha ocurrido que no progresa.

Andrés amaba su jardín, sus flores, sus arbustos, dedicaba muchas horas del día para cuidarlas. A los jubilados les sobra el tiempo, y la dicha mayor es utilizarlo en hacer algo que les gusta.

Esa tarde pudo comprobar que unos caracoles habían hecho estragos en las hojas de sus hortensias y un ejército de hormigas negras habían tomado el jazmín. Cuando regresaba de su pequeño depósito de herramientas con los elementos que necesitaba se acomodó con una rodilla en el piso para poder quitar con sus manos los caracoles qué aún permanecían sobre las verdes hojas. Al terminar roció con veneno para hormigas el sector del jazmín y colocó unas trampas para que no puedan subir en sus gajos inferiores. 

El jardín de Andrés era pequeño, pero tenía todo lo necesario para lograr que fuera su mejor lugar en este mundo. Sobre una rústicas pared de ladrillos una enredadera disciplinada que la había cubierto por completo ofrecía una base perfecta para sus begonias y rosales, en el otro extremo junto al



pequeño depósito de madera para herramientas pintado color azul, un cómodo sillón protegido por una pérgola repleta de glicinas era su lugar para tomar su té con algún pastel dulce qué él mismo preparaba. Allí disfrutaba de los atardeceres mirando su paraíso multicolor que compartía con los diminutos colibríes

2.

Ese día  cuando estaba por comenzar a disfrutar su té, sucedió algo muy curioso; le pareció sentir una voz de una niña que dijo su nombre muy por lo bajo:

—Andrés…Andrés. 

Asombrado miró en todas direcciones y no había nadie, “que extraño” se dijo, “juraría que alguien me llamó”. 

Al cabo de un rato nuevamente ocurrió lo mismo, pero esta vez más nítidamente:

—Andrés… Andrés. 

Andrés se sobresaltó tanto, que su corazón comenzó a latir con fuerza, se puso de pie y comprobó una vez más que estaba solo. Y nuevamente esa voz dijo:

—Andrés, por favor no te asustes, toma asiento. 

Pensó que estaba delirando, posiblemente estaba sufriendo un Acv, y esto le hacía sentir voces, sintió en su frente un sudor frío. Se desplomó en su sillón esperando lo peor.




—Andrés, te suplico que no te asustes y tomes esto con calma, no estás sufriendo ningún ataque, eres un hombre muy sano, permíteme explicarte. Por favor, respira profundo y relájate. —dijo esa voz de niña.

Esta vez, Andrés comprendió que lo que estaba sintiendo no tenía que ver con su salud, estaba ocurriendo otra cosa que aún no podía comprender. Le hizo caso a la voz y respiró profundo, tratando de relajarse. 

—Ahora sí Andrés, respira y tranquilízate, cuando tu corazón se calme me presentaré. 

Cuando Andrés se tranquilizó nuevamente esa voz, cordial, suave y muy joven se escuchó próxima a su oído.

—Me llamo LS 56300,  y estoy autorizada para contactarme contigo, no puedo por ningún motivo asustarte, alterarte o causarte alguna preocupación, sólo podemos hablar siempre que tú lo desees, ¿me has comprendido?

—Si, entiendo, pero ¿quién eres?, ¿no estoy soñando?. 

—No Andres, yo soy tan real como tus flores, pero no podemos todavía vernos, aún no. Primero debes estar preparado.

—No entiendo el hecho de poder escucharte sin verte, ¿qué significa?

—Te lo diré ahora mismo, pero me gustaría no interrumpir tu merienda.

—Me parece que estoy por presenciar algo grandioso, si no es que he enloquecido y escucho voces. —dijo Andres a la nada, porque no veía a nadie en su jardín, solo escuchaba esa voz, que parecía decir cosas coherentes.

—Te reitero Andrés, toma esto con calma, no estás enfermo ni desvarías.  —dijo esa extraña voz—  empezaré por decirte que yo soy un ser humano como tú, de carne y hueso, pero con una pequeña diferencia, estamos separados por veinte siglos en el tiempo. Yo estoy en el futuro de tu civilización, y tú estás en el pasado de la mía, ¿me comprendes?.

—¡¿comprenderte?!, ¿¡crees que solo es una pequeña diferencia la que nos separa!?. Lo que creo es que definitivamente estoy loco.

—Me haces reír Andrés, entiendo que no es tan simple para ti entender algo así, pero permíteme agregar algo, tú fuiste profesor de historia y de geografía, ¿no es verdad?.

—¿Cómo diablos lo sabes?

—Vallamos de apoco Andrés, yo sé todo respecto a ti, pero quiero que razones y que imagines lo siguiente:  como nuestra raza, tu raza, puede cambiar y avanzar en ciencias durante veinte siglos; imagina la cantidad de descubrimientos científicos que la civilización humana ha conseguido en esa cantidad de tiempo.

Andrés se quedó meditando un rato y tomó un sorbo de té. 

—Si, puedo imaginar que los avances científicos pueden ser enormes  —dijo Andrés, más tranquilo. 

—Exacto  —contestó esa voz de niña— bien, ahora contéstame esta pregunta:  ¿en todo ese tiempo y con el cúmulo de conocimientos que conseguimos, no crees que hemos podido lograr viajar al pasado?

Andrés se quedó pensando comiendo un poco de su torta  —debo decirte que sí, que es muy probable semejante hazaña.

¡Así es Andrés!, has comprendido. Yo soy una visita del futuro.

—Pero si esto no es un sueño de un viejo loco, me surge una pregunta: ¿por qué a mí, justamente hoy, catorce de octubre del 2025?

—Bueno, es solo una casualidad, has de cuenta que ganaste en la lotería,  —dijo la voz—  pero la verdad es que yo te he elegido porque también soy profesora de historia.

—¿Por qué no puedo verte?  —preguntó Andrés. 

—Se debe a un problema de imposibilidad científica, te lo diré como me lo explicaron a mi. Yo en tu tiempo no existo, y solo ínfimas cantidades de materia hemos podido desplazar a velocidades mayores que la luz, porque se necesitan inmensas cantidades de energía para hacerlo. Por esto, solo podemos transportar por el tiempo una minúscula partícula de materia cien veces más pequeña que un átomo. Esta es una explicación muy simple y rudimentaria, en la práctica es un proceso muy complejo que ha demandado miles de años de experiencias y cálculos matemáticos. Pero te puedo decir que yo sí puedo verte y también ver a tu hermoso jardín que dicho sea de paso, quiero preguntarte muchas cosas sobre tu relación con esos sistemas de vida tan coloridos.

—Andrés se quedó pensando en silencio y le dijo a la voz. 

—Creo que cuando le cuente esto a mis hijos, me tomarán por loco y me internarán en un manicomio. 

—Debo decirte Andrés que mi visita tiene algunas restricciones que debes cumplir. —dijo esa voz cordial y juvenil.

—Ya me imaginaba que esto que me está ocurriendo no es gratis.

—No me malinterpretes Andrés y permíteme explicarte. Si tú comentas con alguien mi visita, no creo que te crean y te acarreará inconvenientes, se suma a esto que yo como ser del futuro tengo estrictamente prohibido interferir en el curso de los hechos de mi pasado, es decir tu presente, porque el mínimo cambio de rumbo, decisión, hecho, o circunstancia, por pequeña o poco importante que fuese, puede influir en mi presente causando hechos catastróficos, al punto que países o pueblos enteros pueden esfumarse en un instante por haber alterado el transcurso de la historia. 

—Comprendo. —dijo Andrés entendiendo que definitivamente estaba viviendo el hecho más trascendental de toda su vida— ¿puedo llamarte LS?.

—Sin duda —dijo esa voz— me resta decirte una última cosa, ten presente que esta reunión solo durará muy poco tiempo. Es el tiempo que me adjudicaron.

—¿Cuál es la causa de esa limitación?  —preguntó Andrés. 

—El motivo se debe a que la cantidad de energía que se consume para mantener nuestra conversación es enorme y extremadamente costosa. Yo tengo cosas para preguntarte, ¿tu quieres preguntarme algo?. —Andrés se quedó pensando unos instantes mirando su jardín y después dijo 

—¿Puedes resumirme qué ocurrirá en los próximos veinte siglos?, más allá de ser, imagino, una tarea complicada. 

—Trataré de hacerlo. —dijo la voz— Te puedo decir que existió un hecho de tal envergadura que cambió dramáticamente el rumbo de la humanidad. 

—Escucho atentamente  —dijo Andres, tomando un trozo de su pastel. 

3.

—El hecho ocurrió aproximadamente cinco siglos después de lo que nosotros ahora llamamos el tiempo de la luna llena, que corresponde al tiempo de tu presente. Fue algo que nos tomó por sorpresa, y no pudimos evitarlo.

—Me intriga saberlo  —dijo Andrés sentándose en el borde de su sillón para escuchar mejor. 

—Un meteoro del tamaño de un tercio de la luna impactó de lleno en ella. Solo pudimos saberlo cinco días antes, y nada se pudo hacer. Fue algo devastador, el planeta sufrió cambios catastróficos, tsunamis, tormentas eléctricas jamás vistas, las ciudades costeras desaparecieron, la luna se convirtió de un momento a otro en un anillo de escombros cayendo gran parte de ellos a la tierra liberando tanta energía como si se tratara de miles de bombas atómicas. La población mundial disminuyó dramáticamente al punto de casi extinguirnos. Curiosamente este país, tú país, gracias a tener en la patagonia, el principal centro científico y de inteligencia artificial del planeta, pudo desde sus escombros, gracias a un puñado de jóvenes, comenzar a tejer una débil red entre las ciudades que quedaron en pie, red que se fué consolidando hasta llegar a ser una herramienta de intercambio global, la cual brindó la posibilidad de que la raza humana no desaparezca.

—No puedo creer tal cosa. —respondió Andrés apresurado—  mi país siempre estuvo muy lejos de los adelantos científicos, salvo por algunos ingenieros, e ingenieras, de diversas ramas de la ciencia que se han destacado, jamás fuimos un país brillante.

—Pues te puedo asegurar, que esa vez se convirtieron en héroes, ahora me gustaría hacerte una pregunta a tí. —dijo la voz.

—Adelante —consintió Andrés. 

—¿Por qué motivo riegas a tus plantas, remueve la tierra de sus canteros, quitas sus hojas muertas, las cuidas de las heladas, incluso hemos visto que las acaricias. Si ellas no te hablan?; ¿Qué te motiva a trabajar tanto en tu jardín, todos los días, pudiendo hacer tantas otras cosas?.

—Qué extraña es tu pregunta LS, acaso en tu tiempo no cuidan sus jardines.

—Nosotros después del gran meteoro no tenemos plantas, la tierra verde desapareció convirtiéndose en un territorio hostil, arenoso y sin agua dulce.

—¿Pero entonces de dónde obtienen oxígeno para la vida, de que se alimentan?.

—Obtenemos el oxígeno del agua de mar, para ello tuvimos que construir gigantescas usinas qué consumen inmensas cantidades de energía, pero de ellas depende nuestra vida, se puede decir que somos electrodependientes. En cuanto a nuestra alimentación sólo ingerimos las vitaminas y sustancias que nuestro cuerpo necesita, curiosamente al no utilizar nuestras papilas gustativas, las hemos perdido.

—Te aseguro LS, que no te envidio, no me imagino poder vivir sin mi hora del té disfrutando de mis tortas, observando a mis plantas y mis flores. —respondió Andrés.

Tienes razón Andrés, por ese motivo mi trabajo es averiguar lo valioso de tu vida, yo personalmente dirijo un gran equipo de personas que deseamos crear un micro hábitat exactamente igual al que tú tienes aquí, porque pensamos que en esa relación que tienes con tus plantas, se encierra algo muy importante que no alcanzamos a entender.

—No creo que pueda ayudarte LS, solo soy un viejo que disfruta de su jardín. No existe aquí nada oculto o misterioso, ni sobrenatural. Lamento tanto esfuerzo de ustedes para nada.

—Justamente es eso lo que deseamos saber,  —dijo la voz— dime por favor ¿que te devuelven tus plantas?.

—Ellas solo me devuelven su belleza, para mí son seres muy especiales que piden muy poco, los nutrientes de la tierra fértil, agua, cuidado y mi amor.

—¡Ese es el punto Andrés!, ¿qué es el amor?.

—No entiendo tu pregunta LS, ¿no sabes que es el amor?  —dijo con una sonrisa Andrés, dejando su cuerpo caer en su sillón.

—En este preciso momento estimado Andrés, un millón de científicos diseminados por todo el planeta esperan que en este poco tiempo que nos queda de reunión les digas que es eso que tú llamas amor. Necesitamos saberlo, tú puedes darnos ese dato. 

Andrés se quedó pensando un instante, se puso de pie y después se dirigió al sector de sus rosales. 

—Trataré de explicarlo en pocas palabras. Aquí, junto a mi esposa, nos abrazamos cuando esperaba a nuestro primer hijo, también en este lugar lo hicimos cuando esperaba a los otros dos. Y hoy me abrazo a ella todas las tardes, a pesar que no está aquí. Estas eran sus rosas, las amaba. Ahora yo las cuido porque sé que en su fragancia ella me besa todas las tardes. Eso es todo. 

—Pero, qué sientes tú, ¿cómo se desarrolla el amor?

—El amor es solo una sensación que nos permite confiar en el ser amado, disfrutar de su presencia, sentirnos unidos e indestructibles, es tal vez un don que nos dió Dios o si lo prefieres la naturaleza. Sin amor no es posible vivir plenamente, sin amor seríamos solo objetos sin alma. El amor es el aglutinante para seguir adelante aunque la adversidad nos castigue. ¿Me comprendes?

—Te hemos entendido perfectamente Andrés, nuestra reunión llega a su fin, pero aquí me dicen que nos puedes pedir el deseo que tu quieras, solo nos quedan unos instantes.

—Bueno, si fuera posible, solo quisiera volver a mi pasado, a ese día de nuestro primer hijo junto a ella.

—Concedido Andrés, te estamos muy agradecidos. 

—Andrés, se quemó un poco el budín, pero tengo algo que decirte que creo lo solucionará.

Una joven mujer salió de la cocina,  dejó la fuente sobre la mesa del jardín, se dirigió a donde estaba el joven Andrés, lo abrazó, y le dió un prolongado beso en la boca, para después decir:

—Estamos esperando un hijo mi amor.


​"Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."














lunes, septiembre 29, 2025

LAS TORRES DE PIRIATIS

 



         Piriatis era un hombre solitario del cual no se registran familiares, ni descendencia, como tampoco su origen, que tal vez podría ser griego, pero estas son solo conjeturas. Poseía una cualidad que pocas personas pueden lograr. Su vida era austera y aparecía de la nada en algún pueblo, para una vez finalizada su tarea, irse y no volver. Las familias de aquellos lugares lo recordaban con respeto y cariño, para poder ubicarlo en el tiempo se podría decir que vivió a fines  del siglo XVIII (1700). Los pueblos elegidos por él, no poseían una característica especial, se decía que los elegía por la calidad de la gente que allí vivía. A pesar de no quedar registro alguno, los lugares fueron muchos y en distintos países del mundo. Alguien que alguna vez pudo charlar con él y preguntarle por su origen, escuchó de este hombre lo siguiente:

—No creo que interese de donde vengo, es más importante entender a donde deseo ir. Aunque lamentablemente mi tiempo no me permitirá alcanzar mi objetivo, creo que lo importante es intentarlo. Y hacer saber a aquel que quiera escuchar: que las únicas obras que se terminan, son solo aquellas que se comienzan. 

Esa mañana de primavera, la campiña iluminada por el sol brindaba esas ganas de vivir y disfrutar. Por el camino principal, un hombre bajo de camisa blanca, pantalón negro y un sombrero gastado de ala ancha, se aproximaba al pueblo polvoriento con un andar enérgico. Era Piriatis, que observaba las primeras casas, en donde unos chicos corrían al verlo para avisar a sus padres que se acercaba un forastero. No era frecuente que al pueblo llegaran visitas, sumado a que no eran épocas de poder tener invitados, una plato más en la mesa, significaba un plato menos para alguien de la familia. 
En los antiguos pueblos los chicos suelen ser muy efectivos para transmitir noticias, en poco tiempo todos salían a la calle para ver pasar al extraño, que con cortesía saludaba sacándose el sombrero. 
Piriatis era un hombre de unos cincuenta y pico de años de tez morena ojos negros y gruesas sejas, cargaba en sus espaldas una mochila y un pequeño cartel cubierto con arpillera atado con cintas de tela, sus zapatos  eran muy gastados de suela muy gruesa, que evidentemente habían recorrido infinidad de caminos.
El día transcurrió y nadie pudo saber dónde pasó la noche, aquel hombre que apareció un día de primavera. 
Al otro día en el almacén de ramos generales la noticia del forastero era el tema del día, las preguntas recorrían todo el repertorio de posibilidades: ¿será un ladrón?, ¿algún pariente de un vecino?, ¿estará huyendo de alguien por algo malo?. Nadie tenía la respuesta; Hasta que el peluquero llegó agitado y corriendo al salón y después de subirse a una silla con voz agitada dijo:

—¡Lo he visto!, está sentado en el terreno frente a la parroquia, y expone un cartel que dice…, que dice…—Al hombre de la emoción por la noticia, hubo que acercarle un vaso de agua para que pudiera continuar—.
—Que dice: "Aquí se realizará la torre más alta de toda la comarca".
—¿Y que más?, —preguntaron varios al unísono, ansiosos por saber qué decía el cartel—

Y el peluquero mirándolos a todos con cara desencajada, respondió:
—No dice nada más. 

Un murmullo de asombro recorrió todo el salón. Esto creó aún más incertidumbre que certezas, ¿A qué venía aquel hombre desconocido a ese pueblo de familias trabajadoras pero pobres?, y ¿quién podría realizar una torre?, ¿con qué sentido?, ¿quien sería el dueño?. Nadie tenía una respuesta. Pero para estos casos, existía una persona, la cual era la única que podía obtener información confiable, que de pura casualidad, estaba presente en el salón, entonces, todas las miradas concurrieron a él…esa persona era el cura párroco. 

La charla de Piriatis con el cura, duró muy poco, pero jamás se supo a ciencia cierta de qué hablaron. No obstante la respuesta del cura a tanta incertidumbre y misterio fue contundente:

—El señor se llama Piriatis, y es un buen hombre, —nada más se le pudo sacar al Padre de esa charla—.

Don Zoilo, que era uno de los más viejos vecinos del pueblo, no logró contener su intriga y una mañana, decidió ir a hablar con aquel hombre.

Piriatis se encontraba sentado a la sombra de un frondoso árbol exponiendo detrás de él el intrigante cartel. Cuando Don Zoilo se acercó, comenzaron una charla que duró varias horas. Piriatis convidó al viejo, con rodajas de pan de campo y queso, acompañado por un vino dulce y fresco, contenido en un recipiente envuelto en tela de arpillera húmeda. 
Cuando Don Zoilo contó todo sobre su conversación, dijo que la misma  trató de la forma en que se realizaba una torre, su conclusión fue contundente.

—Este hombre es un constructor sabio.

Al transcurrir los días, los pobladores comenzaron a tenerle confianza al forastero, y unos jóvenes se presentaron a pedirle si podían trabajar en la mentada construcción. 
Piriatis les dijo que por el momento no contaba con el dinero para realizarla, pero pensaba que muy pronto comenzarían los trabajos, del mismo modo como ocurría en un pueblo muy  alejado de la comarca, en donde se estaba  construyendo la torre más alta jamás vista.
Esa información llegó a los oídos del dueño del almacén, que era el hombre más rico del pueblo, y ese mismo día después de charlar con su familia, decidió colaborar con la construcción. 
Así fue como comenzaron a llegar al predio donde se encontraba Piriatis enormes carros con materiales trayendo: maderas, herramientas, piedras, sogas y comestibles para que comieran los obreros. Cuando los más jóvenes se enteraron, se interesaron en trabajar con Piriatis, al menos por la comida, que era muy abundante. 
Al mes, la construcción había tomado forma y superaba en altura el campanario de la parroquia, esto provocó un entusiasmo general en el pueblo. Otras familias ricas no quisieron quedar fuera del proyecto y comenzaron a enviar más material; incluso familias enteras que no poseían riquezas contribuyeron con su trabajo. El clima de la obra era de total camaradería y todos trabajaban con entusiasmo, incluso el peluquero trasladó al lugar todo su equipo, y cortaba el pelo gratuitamente a toda aquel que participara en la construcción. Los mujeres y hombres mayores dirigidos por Don Zoilo, se encargaban de preparar la comida para los trabajadores; los viernes por la tarde, que era el último día de trabajo previo al descanso del fin de semana, el coro de la parroquia compuesto por un grupo numeroso de señoras, cantaban varias canciones para todos los presentes de la obra; el cura en persona ayudado por algunos vecinos trasladaban el pequeño órgano, y al finalizar las tareas, todos se sentaban sobre el prado para escuchar esos hermosos acordes y disfrutar de la satisfacción de haber cumplido con la tarea de aquella semana. 
Piriatis pasaba sus días dirigiendo cada una de las tareas y cada piedra que se colocaba en lo alto con la ayuda de poleas, era festejado por todos con aplausos y gritos. Por las noches dormía en un establo acondicionado para que pudiera descansar con comodidad. Para la hora de la cena, Pitiriasis era el invitado de honor del cura párroco, y las sobremesas se prolongaban hasta muy tarde, sus conversaciones jamás trascendieron, pero por lo que se decía giraban en torno a la fe y el orgullo. 
La construcción de la torre duró un año, y nuevamente, cuando los árboles comenzaron a brotar anticipando la primavera, ese último viernes de trabajo, se colocaría la última piedra en lo más alto. Desde muy temprano, todo el pueblo colaboró, los trabajadores habían preparado las sogas, y se permitió que incluso los más chicos, jalaran para sentir el esfuerzo que significa construir. Cuando la última piedra quedó colocada, todos hicieron silencio, para después estallar en vivas, aplausos y abrazos; la torre estaba terminada; pero faltaba un detalle, Piriatis sacó de su mochila un banderín blanco, y comenzó a subir por las escaleras de la torre, cuando estuvo en lo más alto lo colocó, y un fuerte golpe de viento lo hizo ondear. El trabajo de Piriatis había concluido, cuando bajó de aquella torre, se subió a una piedra y dirigiéndose a todo el pueblo dijo:

—Gracias estimados amigos por permitirme compartir su proyecto; esta torre es la más alta que he visto en toda mi vida.

Esa noche se organizó una fiesta para todo el pueblo, se encendieron enormes fogatas en torno a la torre, y en lo más alto de ella se colocaron varias antorchas, en largas mesas se sirvió todo tipo de manjares, y el vino no faltó. 
Todo el pueblo disfrutó de esa celebración y al menos durante esas pocas horas todos los rencores, los resentimientos, las habladurías, las peleas; se olvidaron, y todos los presentes se confundieron entre risas y aplausos, festejando esa construcción que pertenecía a todos, porque todos de una forma u otra habían colaborado para que se pudiera terminar, sabiendo que perdurará allí por muchos años para que la puedan ver las futuras generaciones del pueblo.
Dos hombres corpulentos trajeron un gran cartel de madera tallado en el que se leía: "TORRE PIRIATIS", el cual se colocó al pie de la fabulosa construcción, después, todos aplaudieron de pie y brindaron por el principal promotor.

A la mañana siguiente, Piriatis terminó de guardar en su mochila: pan, queso, jamón, y una botella de vino dulce; regalos todos de los vecinos; descolgó su cartel del árbol, lo envolvió en la tela de arpillera, lo ató a su mochila, acomodó su sombrero; y todos se quedaron observando con cierta tristeza, alejarse aquel hombre que pasó de ser un forastero desconocido a alguien estimado por todos. Lentamente se perdió de vista por el mismo camino que había llegado.











martes, septiembre 23, 2025

VIEJAS FOTOGRAFÍAS

 


           Para que una cámara fotográfica  funcione, requiere que exista luz, o calor para las que son infrarrojas, ellas captan a cualquier cuerpo iluminado o cálido. Pero esto no significa que a veces registren ciertas cosas extrañas que nuestra visión no puede detectar. ¿Qué será eso que estas máquinas pueden captar, y nosotros no?. 

Existen infinidad de casos de fotografías o filmaciones, en donde aparecen "personas" que no estaban cuando esa cámara registró ese instante de nuestra vida…Aquí surge una pregunta inquietante, ¿a quién pertenece ese instante?, ¿a nuestras vidas?, ¿o a la vida de otros? 


Hace bastante tiempo cuando aún los teléfonos celulares ni se soñaban, la fotografía era el medio para poder registrar a los familiares y seres queridos de: casamientos, bautismos, cumpleaños, y todo tipo de reunión familiar. Esas fotografías después de ser tomadas se enviaban a revelar y terminado el trámite después de verlas y comentarlas, se ubicaban en un álbum o en una caja; para disfrutarlas nuevamente en alguna futura reunión con parientes o amigos. 


Cuanto más años pasan, las fotografías adquieren un valor propio enorme, porque guardan recuerdos que regresan como el primer día a nuestra vida.


En mi familia cuando la sobremesa con parientes se prolongaba, era costumbre que mi madre trajera a la mesa esa caja repleta de fotografías, y el ritual era mirarlas pasando una a una de mano en mano; con su respectivo comentario, agregando anécdotas, risueñas o tristes.

Esta historia que les quiero contar le pasó a una familia normal, como tantas otras, que aún conservan esa caja con fotografías viejas que ya nadie mira, porque el planeta está atestado de fotos digitales, y filmaciones instantáneas. La fotografía en papel de revelado, es ya cosa de un pasado lejano. 


Ese domingo Dora y Pedro, junto a la tía Laura y al tío Miguel, recordaban el casamiento de su juventud, mirando una a una aquellas fotografías.


—Mira Miguel, estos son Chiquita y Claudio, ¿te acordás? —le comentaba Dora, al tío, mostrándole una foto—

Recuerdo que después se separaron, y nunca más regresaron, yo los llamé y hasta les envié una carta a cada uno, pero ni me contestaron…


—¡Miren esta! —dijo Pedro acomodándose sus anteojos— es de cuando fuimos a Mar del Plata por primera vez con Norita, corría por la playa como loca, ¿te acordás Dora?


—Como no me voy a acordar, fueron unas vacaciones de ensueño. —respondió Dora, mirando esa foto—


—¿Y este quien es? —preguntó la tía Laura, mostrando una foto al grupo, señalando con su dedo a un joven de corbata y pelo rubio, que sonreía. 


Una a uno miraron a aquel hombre, pero nadie podía decir a ciencia cierta quién era.


—Debe ser un amigo de Reinaldo —Dijo Pedro—, 


—Pero si Reinaldo, en esa época estaba en Paraguay, no te acordás —dijo el tío Miguel—. En esa reunión solo estábamos nosotros cuatro, más Juan Carlos, y su señora.


Dora tomó la foto, y se la quedó mirando detenidamente, cuando su esposo le preguntó si conocía a aquel joven, Dora respondió:


—No… pero ahora me acuerdo de aquella noche, y les comento que se me pone la piel de gallina, en esa reunión sólo éramos seis personas.


Todos se miraron asombrados y al unísono cada uno tomó un grupo de fotografías para revisarlas. La sorpresa fue mayúscula, cada tres o cuatro fotografías apartaban una. En esas fotos que apartaban, en todas estaba ese hombre sonriente, de traje y corbata de cabello rubio. 


—No es posible —dijo Pedro, con voz de preocupación— que no sepamos quién es esa persona.


—Me temo que lo que compruebo ahora me atemoriza. —dijo la tía Laura, mostrando dos fotografías— miren,  este es el día del cumpleaños de mi hermano, cuando cumplió cuarenta y tres, y esta es cuando cumplió setenta, las velitas confirmaban las fechas.


Cuando todos terminaron de ver esas dos fotografías, se miraron con ojos de espanto; en las dos estaba el desconocido de traje y corbata, pero su apariencia era de alguien que en todos esos años, veintisiete, no había cambiado en lo más mínimo, la misma sonrisa, y el mismo tono de corbata, y un último detalle, en todas las fotos, se encontraba de pie detrás del grupo.


Después de eso, Dora tomó todas esas fotos inquietantes, las llevó al patio, las roció con kerosene y las prendió fuego, llamas amarillas y un espeso humo negro, convirtieron a esos viejos recuerdos en cenizas. Cuando el fuego se extinguió, Dora regresó a la reunión y guardó el resto de las fotos en la caja destinada para eso. Nunca más esa caja se abrió, y nadie más en esa casa habló de ellas.


El tiempo pasa para las personas y para las familias, y muchos integrantes queridos parten para siempre.

Dora quedó en aquella casa, demasiado grande para una sola persona, su compañía eran las primorosas flores de su jardín, y cuando la llamaba su única hija, que trabajaba demasiado lejos para acompañarla; justamente en esa etapa de la vida en que alguien querido y próximo es muy importante. 

Dora poseía un refugio, sus libros, y su música, por las tardes se ubicaba en su sillón desde donde se podía observar; su paraíso; un manto verde de césped rodeado de arbustos y flores que según ella reían y cantaban. Sobre la mesita para el té, solo tenía dos fotografías: la de su amado esposo de toda la vida, Pedro y la de su hija.


Cuando sonó el teléfono, era un radio llamado de su hija, que con una sonrisa le decía:


—Hola mamá, ¿cómo estás? 


—Bien querida, hoy me acordé de vos y me imaginé que por allí debe hacer mucho frío. ¿Tienes ropa de invierno?


—Si mamá, aquí hoy está nevando. 


—Mira, aquí el calor es insoportable, mis flores están agotadas.


—Te voy a dar una sorpresa mamá.


—Espera que me siente, mi amor, ahora sí, decime la sorpresa.


—EL mes próximo, tengo que ir a Buenos Aires para organizar un evento, así que estaré con vos todo el mes.


—¡Que buena noticia hija!, no sabes como te extraño. 


—Si, mamá, pero contame, ¿tan sola no estás?


—¿Te parece?, si no fuera por mis flores, esto sería un desierto. 


—Pero entonces, —le pregunta su hija con cara de intriga —¿Quién es ese muchacho rubio que te acompaña; parado sonriente; detrás de tu sillón?.


Dora no se sobresaltó, y solo le dijo a su hija:


—Es un vecino al que le doy clases de Francés, se llama Alejandro, y es tan alegre, que pareciera que para él el tiempo no transcurre. —Dora hizo una pausa, y acomodó su teléfono para que su hija solo pudiera ver su cara— Cuando estemos juntas; ya es hora que te cuente una historia, querida;  que hace mucho tiempo no la comparto con nadie. Te envío un beso hija, y te espero. La video llamada concluyó y Dora se quedó sentada en su sillón, mirando su parque hasta el anochecer, su mente estaba entretenida en sus recuerdos de juventud, no tenía miedo, todo lo contrario; se sentía acompañada y protegida. 


Esa historia era muy simple, aquel hombre sonriente y rubio, que misteriosamente aparecía en aquellas fotos familiares, había sido el primer amor de una joven Dora; ilusionada; que el destino por culpa de un grave accidente truncó ese futuro que no pudo ser. Se llamaba Alejandro, y aquella noche de la reunión familiar, ella sí lo reconoció de inmediato en esas fotos, pero ese amor de juventud era parte de un secreto que jamás contó y no pensaba contar. Dora, en estos sus  últimos años, sabía bien que alguien más compartía su vida; cuando cuidaba a sus flores; cuando escuchaba su música; o cuando leía sus libros. 


lunes, septiembre 15, 2025

EL ARTE DE VENDER

 


El espejo le devolvía una figura respetable, su corbata roja perfectamente alineada con el cuello de su camisa blanca, el saco azul oscuro y el pañuelo en el bolsillo al tono de la corbata; una última mirada a sus zapatos bien lustrados; y su pelo negro limpio y corto con la raya al costado. La contextura física de Ignacio que era elegante por ser delgado y alto le brindaba confianza; estaba listo para la entrevista. 

Llegó a la empresa puntual como era su costumbre, subió por el ascensor al piso décimo y cuando entró a la amplísima oficina pudo observar que solo había una secretaria trabajando en su computadora; después de presentarse la joven mujer le dijo que se sentara, que el gerente lo atendería en unos minutos; los minutos de espera fueron cuarenta y cinco, pero para Ignacio el empleo merecía la pena.

Por fin la secretaria lo hizo pasar a otra oficina más pequeña en donde estaba sentado detrás de su escritorio un señor de impecable traje gris y corbata, luciendo un par de gemelos de oro, al igual que su impactante reloj pulsera.

—¿El señor Ignacio García, verdad? —le preguntó ese hombre leyendo el currículum que tenía ante sus ojos, al que no era necesario preguntarle si era el dueño de la empresa, su aspecto lo decía todo.

—Sí señor.

—Tome asiento por favor. —le dijo el gerente recostandose en su sillón, y mirándolo muy seriamente — tiene usted idea señor García de la envergadura de esta empresa.

—Por supuesto señor, es más, yo soy un entusiasta de las carreras de automóviles y conozco toda la historia de la prestigiosa empresa Mercedes Benz y las fantásticas carreras ganadas con el piloto más famoso del mundo nuestro Manuel Fangio, con la inolvidable flecha de plata. —Le dijo Ignacio sonriendo con su cara jovial,  a aquel señor que lo observaba.

—SI, si, perfecto señor García, pero este trabajo es para vender los automóviles de más alta gama que tiene la empresa, a esta agencia vienen personas del extranjero, de mucho dinero, muy exigentes, a comprar una joya de la industria automotriz; poco les importa las carreras del siglo pasado, eso es solo historia; a esta gente usted les está ofreciendo no solo un automóvil, usted les está ofreciendo un símbolo de poder; no se si me entiende. 

—Como no lo voy a entender señor —le dijo Ignacio erguido en su asiento, colocando sus dos manos sobre el escritorio—; toda mi vida he vendido autos.

—No me diga, —le dijo algo sorprendido el gerente— ¿en qué empresa? 

—La última fue en una familiar que llevábamos adelante con un primo mío en la ruta 8 cerca de la autopista del Buen Aire, pero de autos usados. —respondió Ignacio orgulloso. 

El gerente con cara de pocos amigos tomando nuevamente el papel le dijo:

—Mire García, le voy a ser franco, su currículum no cumple con nuestras expectativas, nosotros necesitamos alguien que sepa al menos hablar Inglés, un buen manejo de Excel, algo de contabilidad, e incluso un cierto conocimiento sobre algunos lugares de Buenos Aires, como vinotecas, hoteles, restaurantes exclusivos; es decir, no se ofenda; nuestros vendedores tienen que ser jóvenes de cierta cultura general, que le permita en la negociación de la venta entablar charlas de igual a igual con el cliente; y usted está lejos de eso, no obstante debo decirle que lo único en lo que mide usted bien, es en su presencia, su vestimenta es elegante y sobria.

Ignacio se quedó mirando a su interlocutor siempre con su cara gentil y su sonrisa luminosa y al cabo de unos instantes le dijo.

—Señor, le quisiera pedir una oportunidad, permítame brindarle durante quince días una demostración de mi capacidad como vendedor, si durante ese tiempo yo no concreto ninguna venta, me iré y usted no me debe nada, ¿qué le parece?.

El gerente se le quedó mirando, y también recordando que le habían pedido completar el plantel de vendedores cuanto antes, y no podía conseguir a nadie. Entonces levantándose de su sillón y extendiendo su mano para saludarlo, dijo.

—Trato hecho señor García, usted tiene su oportunidad. 

En el salón de exposiciones de la concesionaria solo se exponía un único automóvil, el Mercedes-AMG E 53 4MATIC + color negro...no pregunten el precio porque es de mala educación, solo diré que es muy elevado. Este dato no es menor, Ignacio lo tenía muy presente, el noventa y cinco por ciento de los compradores efectivos, no preguntan por el valor, excepto para extender el cheque. 

Los primeros dos días Ignacio solo se limitó a observar, sus compañeros de trabajo eran dos jóvenes, compinches ellos, que en ese primer momento lo mantenía al nuevo integrante del equipo a cierta distancia, bastante lejana, ni siquiera se preocuparon en enseñarle el lugar o los procedimientos de trabajo por las posibles ventas, tampoco le dijeron dónde quedaba el baño de los empleados. Esto a Ignacio lo tenía sin cuidado, en un pequeño recorrido descubrió dónde estaba el sanitario, la cafetera y lo más importante; la empleada encargada de extender los recibos de anticipos o compras.

Durante esos dos días pudo notar que sus engreídos compañeros, tenían algunas falencias muy evidentes, una de ellas era hacerles  bromas sutiles a las damas jóvenes que venían solas, de las que contabilizó un total de seis, las señoritas concurrían por la mañana pero ninguna concretó una sola compra. Otra de las notorias características de ellos era que cuando faltaban diez minutos para el fin de la jornada estaban desesperados por irse, y en una oportunidad, llegó un cliente diez minutos antes de cerrar y el desinterés por vender hizo que el posible comprador se fuera muy ofuscado. 

Ignacio después de hacer todos sus análisis decidió comenzar a vender.

Un día viernes, quince minutos antes del cierre, paró en el estacionamiento de la agencia una camioneta embarrada hasta el techo; sus compañeros le pidieron si podía hacerse cargo, en cuanto Ignacio aceptó, ambos desaparecieron. 

De la camioneta bajó un hombre bajo con boina y zapatos de trabajo, al verlo Ignacio imaginó la estrategia de su discurso, cuando entró al local con su mejor sonrisa y predisposición dijo:

—Buenas noches señor, gracias por confiar en nosotros, ¿a quién le va a regalar esta joya insuperable de la mecánica, a su mujer, o a un hijo?.

El señor lo miró muy serio y después respondió:

—¿Cómo sabe usted que quiero este automóvil para regalarlo?.

—Me atreví a decirlo porque usted me parece que no es de las personas que deseen este tipo de automóviles. 

—¿Y por qué no?, si me puede usted decir. —dijo el señor algo molesto. 

—Porque usted es una persona de trabajo que por lo general solo invierte en máquinas, o campos de producción agrícola, o cualquier otra cosa que le permita crecer a su empresa, pero jamás invertiría para usted en un auto de lujo. —el cliente se lo quedó mirando unos instantes, y después dijo.

—Debo decirle que usted es un excelente observador, ha acertado, quiero este vehículo para regalar.

Comprador y vendedor se estrecharon las manos y sonrieron.

—Dígame señor, donde desea usted que se lo entreguemos, con un gran moño blanco en el techo, el cual obviamente corre por nuestra cuenta. —le dijo Ignacio con su cara jovial.

—Bien, —dijo el hombre sacando su chequera—, el de mi hija en un country en Pilar, y el de mi señora en Barrio Norte.

—No entiendo —dijo Ignacio— ¿quiere que lo llevemos a dos lugares?

—Si, obviamente —dijo aquel cliente sin perturbarse— uno es para el cumpleaños de mi señora y el otro es para la fiesta de egresada de mi hija.

Ignacio por poco se cae de espaldas, en tan solo quince minutos pudo vender dos autos de alta gama; cuando le entregó el cheque a la cajera que era una joven muy simpática esta le dijo.

—No te puedo creer, te aseguro que jamás vendimos dos autos en tan poco tiempo, has batido el récord. 

—Es solo un golpe de suerte —le respondió Ignacio con cara de experto. 

A la mañana siguiente Ignacio llegó quince minutos tarde y cuando entró al local estaban esperándolo el gerente y los dos vendedores parados en el medio del salón. 

—Señor García, —comenzó diciendo el gerente—, quiero que le explique en detalle todo lo referente a su excepcional venta de ayer a estos dos sujetos, a ver si aprenden al menos un poco.

Ignacio se sorprendió por la indicación del gerente, pero solo para desquitarse del maltrato de los primeros días por parte de esos dos engreídos, dijo con voz y cara  de experto:  —No se preocupe señor, los voy a sacar buenos.

A partir de esa venta vinieron muchas otras, en su mayoría concretadas por él. Ignacio contaba con una ventaja que él solo sabía; venderle un auto o camionetas usadas a alguien que juntó el dinero durante diez años, es mucho más difícil que al que le sobra el dinero para comprar o incluso regalar un automóvil de altísima gama.

Un lunes por la mañana muy temprano llegó un hombre en una moto de alta cilindrada, sus dos compañeros aún no habían llegado, costumbre muy frecuente en ellos. Después de sacarse el casco el posible comprador, entró al local e Ignacio lo saludó habiendo ya estudiado al candidato y su estrategia de venta.

—Después de una prolongada charla sobre las características del automóvil, caballos de fuerza, torque, tapizado, caja automática y lo principal, su elegancia; Ignacio terminó su discurso diciéndole  en voz baja a su cliente.

—Pero permítame que le diga señor, el grave problema que tiene este vehículo. —el hombre puso cara de intriga y preguntó:

—¿Qué problema tiene?.

—El problema es, que cuando usted llegue a todos los elegantes lugares  a los que frecuenta, manejando esta máquina que es una joya, sus conocidos lo van a envidiar poniéndose verdes; y eso, nuestra firma no puede solucionarlo. 

El hombre se rió con ganas y sacando su tarjeta bancaria Negra de American Express dijo:

—Precisamente para eso lo quiero comprar.




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LA PARTIDA DE TRUCO

       Nicolás Sirreyes tenía un campo lo suficientemente extenso  para permitirle ser el hombre más acaudalado del pueblo. Corría el año 1912, se había implementado el sufragio universal para varones.  La pica venía de lejos con Gumersindo Luna que era dueño de la casa de productos generales, desde granos hasta tranqueras.

El galpón comercial tenía para las tareas del campo todo lo necesario, incluido los créditos para poder pagarlo después de la cosecha. La enemistad venía de lejos por culpa de una joven que solo estuvo en el pueblo dos noches, esas cosas de hombres que quedan arrinconadas en el recuerdo y salen en el momento menos pensado. 

El Negro Fonseca era un buen hombre pero a la segunda copa de Ginebra el humor le cambiaba para mal.

Abelardo era el muchacho de los mandados, pero lo único que tenía de malo era no ser lerdo, digamos que solo necesitaba que el contrincante quien sea, solo diera un parpadeo, para que su faconcito hiciera el resto.

Los de armas llevar eran Nicolás Sirreyes y Gumersindo Luna, cuyo rencor mutuo quedó allí, aquella noche, oculto por mucho tiempo, pero era tan grande y peligroso como una serpiente. 

Las diez de la noche era una hora apropiada para comenzar un juego de truco en el almacén, que después de las ocho las señoras ya se habían retirado y el lugar daba paso a convertirse en boliche.

La apuesta era fuerte, mil pesos, sólo entre dos adversarios, Sirreyes y Luna, los otros dos eran laderos. 

El Negro Fonseca jugaba con Luna, y Abelardo con Sirreyes. De ganar no arriesgaban nada y se llevaban cien pesos.

Sirreyes pidió al almacenero unos naipes nuevos y una botella de Ginebra. El pedido llegó más cuatro vasos y un platito con porotos.

Se pactó que el juego se realizaría sin flor y a quince puntos. Esto indicaba a las claras que había revancha y otros mil pesos más de apuesta. 

En las primeras dos manos, Luna y el Negro tenían diez porotos de ventaja.

La mesa de juego estaba iluminada por un candelabro, negro y torcido que colgaba de algún lado con cuatro velas, más dos velas sobre la mesa, la iluminación estaba a cargo del establecimiento. 

En tanto barajaba el Negro Fonseca, Sirreyes sirvió una vuelta de ginebra para todos. En ninguno de los rostros y menos aún los que arriesgaban su dinero se podría decir que se estaba jugando por simple distracción, más precisamente era a muerte.

La mano para Sirreyes venía,  bien y mal, el ancho de espadas y dos cuatros, lo mira casi sin mirar a su compañero y Abelardo le hizo la seña inconfundible, cerrando los dos ojos, no lo podía ayudar con nada. Pero mentir es la principal estrategia de este juego de naipes, y entonces:

-¡Envido!, -dijo Sirreyes-, sin cartas.

-Quiero! -le contestó Luna-, hoy no era su día, pero lo que le molestaba no era perder ni mil, ni dos mil, ni tres mil pesos, lo que realmente le jodía a Sirreyes era perder a manos de Luna.

La partida esa y la siguiente salió de mal en peor para el estanciero. 

El almacenero les alcanzó la segunda botella de ginebra, y el ambiente no era lo que se dice cordial.

Gumersindo Luna ya le había ganado a Sirreyes cuatro mil pesos. 

Y entonces le pareció que lo mejor, o lo más saludable era ir dando por terminado el encuentro. Mirándolo a la cara a Sirreyes antes de empezar a barajar le dijo, 

-Creo que por hoy es suficiente, -dijo Luna- y fue entonces cuando la ginebra, los malos recuerdos o de sólo bruto no más, le espetó en la cara, Sirreyes: 

-¡Vas a jugar hasta que yo te diga carajo!

Después de eso el rumbo de la reunión se estropeó para no mejorar.

-¡Pagame que hasta aquí llego yo! -dijo en voz alta Luna-.

Sirreyes estaba esperando esa contestación, alcanzó a manotear su pistolón y disparó turbado al pecho de Luna, que se la venía venir; se pudo retirar un poco, pero no le alcanzó, sintió el desgarro en su pecho. El negro Fonseca hizo un ademán como quien quiere calmar algo. Ya era demasiado.

Gumersindo Luna entendió que se le terminaba la vida, pero en un último impulso alcanzó a disparar su arma a la frente de Sirreyes, que cayó al instante desplomado.

Al día siguiente la gente del pueblo arrancó  con sus tareas de siempre, excepto por dos entierros. Nadie pagó la cuenta del boliche de la noche anterior.









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sábado, septiembre 13, 2025

LA ARGENTINA VISTA POR FLORENCIO MOLINA CAMPOS

              La situación argentina se podría describir con un cuadro del famoso pintor argentino Florencio Molina Campos. En el cual, en medio de un potrero embarrado, un jinete trata de sostenerse sobre el lomo de un caballo zaino encabritado, mientras detrás de la empalizada, ocupando todo el perímetro, paisanos se ríen a carcajadas gritando y tirando sus sombreros al aire para enfurecer más al animal, esperando ver caer al jinete de bruces, para completar el jolgorio y la algarabía de todos.

Creo que no es necesario aclarar quién es quién, pero un cuadro solo muestra un momento, los acontecimientos posteriores pueden ser diversos. 

Entonces, tal vez, lo menos pensado puede ocurrir y justamente el poderoso y furioso animal, en lugar de quitarse de encima al jinete, se da cuenta que los borrachos detrás del alambrado también se ríen de él, y decide ayudar al joven dejando de pararse de mano, y comenzando a caminar calmo, para sorpresa de los desaforados brutos, que se abrazaban saltando y riendo esperando la caída estrepitosa del jinete al barro, para de ese modo descostillarse de risa.

Cuando la diversión terminó, los entusiastas y grotescos paisanos se tuvieron que retirar, no porque el jinete domó al caballo; se les terminó la joda porque el noble animal le permitió al joven continuar subido a su lomo…al menos por un par de años más. 





viernes, septiembre 05, 2025

EL ERROR

 


      Ir a trabajar no tiene grandes atractivos; desayunar; cambiarse; acomodar el portafolios; comprobar que llevamos la billetera; salir a la calle; saludar al conocido; caminar esas cuatro cuadras hasta el subte; esperar que el tren se detenga; subir; durante el viaje ordenar nuestras ideas para esa jornada; imaginar a esa reunión que no deseamos ir; llegar a nuestro destino.

Miguel realizaba esa sucesión de actos de lunes a viernes en forma mecánica y rutinaria. Ese lunes, le llamó la atención que gran parte de la gente de su vagón bajaron en estaciones previas, y en Carlos Pellegrini bajó todo el resto del pasaje, cuando el subte se detuvo en la estación Florida, después que se abrieron todas las puertas, Miguel,  comprobó al bajar que la estación estaba completamente desierta, su asombro fue aún mayor cuando se apagaron las luces, y todo el espacio quedó en penumbras; con su teléfono alumbró el camino para poder salir. En cuanto siguió caminando por el corredor vio la escalera de salida iluminada por la luz del sol; cuando empezó a subir, notó de inmediato que la calle estaba en silencio; por lo general el tráfico de la avenida provoca mucho ruido a esa hora, pero esta vez no. Evidentemente a esta altura de los acontecimientos algo muy extraño estaba ocurriendo en la ciudad, pero Miguel no podía comprender; al poner un pie en la vereda, la luz potente del sol lo deslumbró y sintió un calor sofocante. Cuando pudo ver con claridad, pensó en que había ocurrido un cataclismo, o un atentado devastador, o tal vez era un sueño, pero lo que veía era demasiado real para estar soñando.

A su frente, solo veía una extensión de médanos que se perdían en un horizonte ondulado y en lo alto sobre su cabeza, un sol despiadado; después de caminar solo unos pasos sobre aquella arena muy blanca, miró hacia atrás, y la salida del subte, su única referencia con la realidad, ya no estaba; solo dunas lo rodeaban. Miguel pensó que había enloquecido, o que había sufrido un serio ataque cerebral, no entendía en donde estaba, mejor dicho, no comprendía qué había ocurrido con la ciudad, su rutinaria ciudad, de todos los días.

Cuando comenzó a sofocarse por esa altísima temperatura colocó su portafolio sobre su cabeza y sacó de su saco sus anteojos negros para proteger sus ojos, después se quitó el saco y la camisa. No podía salir aún de su asombro, llegó a pensar que así podría ser la muerte, es decir, que algo le sucedió de un momento a otro sin darse cuenta, tal vez un paro cardíaco repentino; puso su mano libre sobre su pecho transpirado y sintió sus propios latidos. 


—¡¿Qué me está pasando?!, —gritó con desesperación—.


El calor era insoportable y comenzó a sentir sus brazos quemados por el sol, retrocedió a buscar su camisa y se la colocó. A pesar de mirar en todas direcciones siempre veía el mismo paisaje; dunas que un viento persistente comenzaba a mover, imaginó que así sería el desierto del Sahara, pero él había descendido en la estación Florida de Buenos Aires. De repente se le ocurrió utilizar el teléfono que lo tenía en el bolsillo de su pantalón, al encenderlo, este tenía señal, pulso de inmediato el número de un amigo, y el aparato comenzó a sonar, pero solo escuchó el contestador que decía:


—En este momento el usuario 11457 ... 63 no lo puede atender, intente más tarde.


Intentó con otros números y solo el contestador respondía siempre lo mismo. Intentó e intentó, pero parecía que estuviera solo en el mundo, nadie contestaba. Miguel comenzó a razonar que si su teléfono funcionaba, y un contestador respondía, era evidente que en algún lugar estaba ese contestador, y una antena relativamente próxima transmitía su llamada, pero sin lugar a dudas algo estaba pasando que él no alcanzaba a entender, ¿pero que?, se preguntaba una y otra vez. 

En un momento, sofocado por el calor, comprendió que en esa extraña situación, sin agua, moriría deshidratado, fue entonces cuando sintió un profundo terror y su mente se bloqueó. Cuando reaccionó, estaba arrodillado y la arena caliente quemaba sus rodillas. Pensó que este sería su fin, pero le molestaba no entender esa situación, ¿quién le había robado su vida, su ciudad, su trabajo, sus gustos?

Con sus ojos irritados por la arena, y su cuerpo ardiendo, se tendió boca abajo en la arena, pensando que cuanto antes ocurriera, mejor sería. 

Estaba aturdido y algo adormecido cuando, inesperadamente, sonó su teléfono. 


—¡Hola!, ¡hola! —gritó Miguel desesperado—


Al cabo de unos instantes, una dulce voz de mujer dijo:


—Si, Miguel, te pido disculpas, hemos cometido un error, sin quererlo modificamos un sector de tiempo, y tu estabas por casualidad en un lugar en donde no debías estar. Sentimos mucho lo ocurrido, pero son cosas que a veces pasan. —esa voz, se quedó callada—.


Con desesperación Miguel preguntó:


—¡¿Quién habla?!, ¡¿quién es usted!?.


Al cabo de unos instantes eternos para Miguel, la voz continuó diciendo:

 

—Mi nombre es Iyari, provengo de un sistema planetario muy lejano al tuyo, y nuevamente te pido disculpas. —nuevamente esa voz se calló—


A estas alturas Miguel no pensaba en perdonar a nadie, solo quería no morir, y entonces respondió:


—Te pido por favor si es que puedes hacerlo, me regreses a mi vida, aquí estoy muriendo de sed, no creo que pueda resistir mucho más. 


—Detrás de ti tienes agua, tómalo por favor —dijo esa mujer con más calma—


Cuando Miguel miró, a pocos metros de donde estaba, había un cántaro de barro, el mismo contenía agua; cuando tomó un primer un sorbo, pudo comprobar que era agua pura y fresca, la cual bebió con gusto. Algo más calmado, tomó nuevamente su teléfono y le dijo a aquella mujer desconocida:


—Gracias.


—No tienes que agradecer nada, nosotros somos los culpables de que sufrieras este inconveniente, solo debes decirnos, a qué lugar quieres ir, y allí estarás en el mismo instante que lo pienses; pero antes, es nuestra obligación recompensarte con lo que tu quieras, pero te advertimos que sólo puedes pedir un único deseo. —le dijo con serenidad esa voz a Miguel—.


Por la cabeza de Miguel pasaban miles de sensaciones e ideas algunas encontradas, por momentos pensaba que estaba muerto, después se decía que había enloquecido, que no era algo real lo que estaba experimentando; pero allí continuaba en ese recipiente su agua para sobrevivir, después de tomar otro sorbo, tomó nuevamente su teléfono y esto preguntó:


—Solo deseo no morir aquí, te pido si puedes, me ayudes por favor —dijo Miguel desconsolado— y esa misma voz de mujer le dijo:


—Te pido que tomes esto con calma, te reitero, hemos cometido una equivocación contigo, que aunque te la expliquemos no comprenderás. Debemos recompensarte por nuestro error, así funciona el universo, tienes tiempo de pedir un deseo hasta que se termine tu agua, si no lo pides en ese tiempo, regresarás a tu lugar de origen, pero perderás  una oportunidad que no todos en tu planeta pueden tener. 


—Si pido un deseo, y me lo conceden, ¿puedo si no me agrada, regresar a mi estado de vida normal? —le preguntó Miguel a esa voz en su teléfono—.


—Lamentablemente eso no es posible, una vez que elijas, tu vida tendrá eso que quieras, para siempre. —dijo esa voz dulce—.


Estimado lector, si tú tuvieras esa posibilidad que le otorgaban a Miguel, ¿cuál sería el deseo que te gustaría pedir?…Te ayudaré a pensar algunas posibilidades:


Ser un prestigioso rey

Ser un escritor 

Un bombero

Un soldado

Un hombre muy rico

Ser famoso

Ser feliz

Tener una casa

Tener un automóvil 

Ser médico 

Ser abogado

Ser un filósofo 

Ser joven

Ser viejo

Ser un empresario

Ser un jubilado

Ser un estudiante 

Un lector

Ser un extraterrestre 

Conocer el futuro

Poder ir al pasado

Vivir eternamente 

Ser un mago

Poder brindar deseos

Hacer feliz al que no lo es

Ser bueno

Ser malo

Hablar un idioma

Escribir

Poder viajar por el universo

Poder navegar

Poder viajar en avión 

Ser un perro 

Ser un gato

Ser un animal

Ser una planta

Ser un piedra eterna


Miguel, después de pensar;y pensar; y pensar; antes de tomar el último sorbo de esa agua cristalina…eligió un único deseo, tomó su teléfono y dijo:


—Quiero vivir mi vida, tal cual fue, desde el principio. 


La enfermera del hospital, se acercó al padre de Miguel, que aún no sabía que nombre le iba a poner, y le dijo con una sonrisa:


—Usted es padre de un varón señor.










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