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viernes, septiembre 04, 2026

EL AMIGO DEL VENDEDOR DE HUMO

 

         —Este proyecto, señor Gutiérrez, si usted lo analiza con cuidado, cambiará al mundo entero; es más, internet y muchas de sus aplicaciones quedarán obsoletas en cuanto la gente entienda este nuevo proceso de comunicación.




El señor Gutiérrez, después de hojear una vez más la voluminosa carpeta, sentado en aquel escritorio acorde con su cargo de gerente general de uno de los bancos privados más grandes de Argentina, y mirando sobre sus lentes a aquel pequeño hombre calvo sentado frente a él, dijo de forma contundente:

—Señor… señor…

—Edgardo García Iribarren —le recordó ese hombre.

—Sí, señor Iribarren —dijo el gerente, cerrando la carpeta—. Su idea me parece realmente ambiciosa, pero, lamentablemente, en la situación actual en la que se encuentra el país, nuestro banco no puede otorgar créditos a proyectos tan riesgosos. Lamento no poder serle útil.

Cuando García pretendió continuar exponiendo su proyecto para una última oportunidad, el gerente, sin más, se conectó por el intercomunicador y le dijo a su secretaria que acompañara al señor García a la salida. García tomó su carpeta y, sin saludar al gerente, se retiró del despacho, pero antes de irse le dijo al gerente casi gritando:

—¡Ustedes se lo pierden! 

Al salir a la calle, un viento frío golpeó su cara; después de levantarse la solapa del sobretodo, se dirigió a la parada del colectivo para ir al único lugar donde comprendían y animaban todos sus proyectos de negocios. El único obstáculo era siempre el mismo: sus dos amigos del bar llamado «El asturiano» tenían menos dinero que él.

—¿¡Qué hacés, García, todavía estás suelto!? —le gritó desde lejos con voz socarrona un hombre de impecable overol azul, que ostentaba un calibre de tornero en el bolsillo de su camisa.

García, después de mirar el salón y comprobar que solo había dos muchachos jugando al metegol y otros dos al billar, se acercó a la mesa frente a la ventana y se sentó frente a su amigo.

—¡Vos siempre, Julio, con esos chistes boludos! Un día voy a venir con alguien importante y me vas a hacer quedar como el culo —le dijo García enojado a aquel hombre, tirando la carpeta sobre la mesa.



—No te calientes, García, si no hay nadie… bueno, nadie importante. ¿Quién va a venir a este boliche de mala muerte? Te invito unas empanadas y cerveza, ¿querés?

—Bueno —aceptó García mirando por la ventana—. ¿Y Lucio?

—Lucio, desde que se peleó con su señora, no lo vi más. Tenía ganas de irse a Brasil —le dijo Julio, mientras levantaba su brazo indicando con sus dedos un café chico para que el mozo lo viera.

—¡¿A Brasil?!… Mirá qué bien. Espero que me devuelva la plata que le presté antes de irse —dijo García molesto.

—Lucio es un muchacho decente, vos lo conocés bien, pelado —lo tranquilizó Julio.

—Sí, yo también soy decente, pero ahora necesito la plata más que él —exclamó García con fastidio.

Julio, para cambiar de tema, agarró la carpeta y leyó el título principal, que decía: «Intercomunicación satelital, con base fija en la luna y 80 repetidoras flotantes en los océanos Pacífico, Atlántico y mar Mediterráneo».

—¡A la pelota, García, vos sí que no te andás con chiquitas! —dijo Julio con voz retórica.

García, sacándole la carpeta de las manos, le dijo a su amigo mirándolo con aire de superioridad:

—Si puedo encontrar el inversor que necesito, este proyecto no me puede fallar. Tengo todo previsto, incluida la base lunar.

—¿En serio, García? ¿Y cómo harías?

—Conseguí un contacto de un tipo que tiene un pariente que trabaja en la NASA, y en cuanto salga otra misión lunar me dejan lugar para enviar el aparato y dejarlo allá; después, solo me resta organizar las repetidoras flotantes. Te digo, Julio, que si esto me sale, me lleno de guita —le contó García a su amigo con cara de entusiasmo.

—Pero, García, ¿vos sabés algo de aparatos de telecomunicaciones, de repetidoras flotantes, de viajes a la luna? —le preguntó Julio después de terminar su café.

—No —le dijo García tajante.

—¿Y entonces? —le dijo con curiosidad su amigo con cara de asombro.

—Yo soy empresario, Julio, lo mío son los negocios a gran escala, ¿entendés?

—Sí, te entiendo, campeón. ¿Querés que te diga algo? Vos estás más loco que una cabra —le dijo su amigo mientras llamaba al mozo.

—Vos reíte, Julio. Cuando me salga esto, me vas a ver pasar por acá con un Mercedes Benz descapotable, cero kilómetro, ya vas a ver —le dijo García pidiendo otro café al mozo.

—Fenómeno, pelado. Cuando tengas el Mercedes, traelo al taller que yo te hago el service. —Cuando Julio terminó de decir esto, sonó su teléfono—. Hola, Don Antonio, ¿cómo está usted? —dijo Julio tapando con su mano el celular para que no se escuchara el sonido de fondo del metegol—. Ya tengo terminadas las dos camionetas y el camión va a estar para el viernes… porque no me están entregando un repuesto, pero calculo que antes de las cinco se lo llevo yo a la fábrica; perfecto, perfecto, de paso me traigo el auto… De acuerdo. Ah, me olvidaba, Don Antonio: si el viernes me puede dejar unos pesos, se lo agradecería… ¡Bárbaro, excelente, Don Antonio, nos vemos! —Cuando Julio colgó, se quedó mirando a García, y este le dijo:

—¿Cuánto tiempo hace que trabajás para Don Antonio, Julio?

—Y… dejame pensar… Hace treinta años que me casé… sí… Y casi catorce años.

—¿Y nunca pensaste en agrandar el taller, buscar otros clientes, contratar más personal, qué sé yo, progresar? —le dijo García mirándolo fijo.

—¿Y para qué, pelado? Si así estoy bien. Don Antonio es un buen hombre, puntual con los pagos. ¿Para qué me voy a agrandar? Después, si contratás gente, se cansan y te meten un juicio que podés perder hasta la casa. Así estoy bien. Con Laura siempre nos arreglamos; en el verano nos vamos unos días a Santa Teresita, a la casa de mi suegro; somos felices, pelado. —García se quedó mirando a su amigo unos instantes y después le dijo:

—Sabés una cosa, Julio, hacés bien: los negocios no son para todos. —Después de decir esto, cuando iba a sacar la billetera, su amigo le dijo—: ¿Qué hacés, pelado? Yo te invité, la próxima pagás vos. 

García salió del bar con su carpeta debajo del brazo y comenzó a caminar para su casa, que estaba a cuatro cuadras. Cuando entró a su departamento, su señora, que se llamaba Nora, lo estaba esperando sentada en la mesa del comedor, rodeada de papeles, y su cara demostraba que no era uno de sus mejores días. Después de darle un beso, García se quitó el saco, lo acomodó en la silla y se sentó frente a ella.

—Por dónde querés que empiece —le dijo su mujer sin quitar los ojos de una factura de la luz.

—Sí, ya sé, la luz se fue por las nubes —le dijo García.

—La luz, el gas, la comida, las expensas, los impuestos, la prepaga, el transporte… Pero, ¿sabés una cosa? Todo esto no es nada… Hoy vino el de la inmobiliaria y alegremente me dijo que nuestro contrato de alquiler caduca a fin de mes, es decir, dentro de una semana, y para renovarlo tenemos que aceptar un aumento del ciento por ciento; es decir, de lo que estamos pagando, ahora pagaremos exactamente el doble. Cuando le dije que estaban locos, ¿sabés qué me dijo?… Me dijo: «Tómelo o déjelo». ¿¡Entendés!? ¡«Tómelo o déjelo»! —Nora terminó de decirle esto a su esposo, con sus ojos rojos y llorando.




—Pero, Nora, ¿cómo puede ser? Si hace diez años que les alquilamos y siempre fuimos puntuales, jamás les fallamos —le dijo García a su esposa, acongojado—. ¡Mañana voy a ir a hablar yo!

—No sé, Edgardo, no sé. Yo llegué a mi límite. Si vos no generás ingresos, con mi sueldo de la oficina no nos alcanza; tus negocios no se concretan, hace meses que no traés plata, ya no se trata de una mala racha.

—Solo necesito un poco de tiempo. Si consigo el inversor que necesito, nos salvamos, Nora, ¿me entendés? —le dijo García a su esposa tomándola de la mano, afligido.

—No, Edgardo, esa historia ya la conozco: siempre lo mismo, el inversor, el negocio, el permiso, el préstamo. Estoy cansada, Edgardo. Siempre te he querido, pero esta vez estoy abrumada. Estamos fundidos, Edgardo, ¡fundidos! —gritó Nora retirándose del comedor. 

Ella no tuvo más remedio que irse a vivir con su madre, y él, con su padre. Tras dos años de separación, Edgardo aún no podía con su genio: continuaba con sus ideas delirantes, pidiéndole dinero a su padre jubilado para financiar carpetas de negocios cada vez más inverosímiles y para cargar la tarjeta del transporte.

Una noche, mientras planchaba su camisa, su padre empezó a gritarle como si fuera un desconocido: el Alzheimer se desencadenó de pronto y fue fulminante. En el entierro, Edgardo se encontró con Nora, que estaba acompañada por un hombre; lamentablemente, su relación con ella se había terminado para siempre.

Cuando se agotaron los escasos ahorros que había dejado su padre, subsistir se convirtió en una situación muy difícil. La casa familiar no estaba en condiciones de alquilarse como para permitirle mudarse a una pensión y comer con ese dinero, por lo que debía encontrar otra solución. Para colmo, ya estaba retrasado el pago de las facturas de luz, de gas y de agua, sin hablar de los impuestos municipales.

Una mañana, al levantarse, fue a la cocina a prepararse el desayuno y, al abrir la heladera, vio que no quedaba nada; pensó en ir al bar, pero tampoco le quedaba ni un centavo.

Se dirigió al baño y, al mirarse en el espejo, vio el rostro de un hombre barbudo y acabado: era su propia cara. Entonces lloró amargamente frente a ese viejo cristal, que solo le devolvía la absoluta verdad de su existencia. 



Cuando Julio vio la cara y el aspecto de su amigo, no necesitó saber nada más.

—¿Qué hacés, pelado, tanto tiempo? ¿Ya no me das pelota? ¿Qué estás tramando, campeón? —le dijo aquel hombre, corpulento y rubio, algo bromista, pero con la condición de ser de esas personas que quizás sean humildes en ciertos actos, pero enormes para cuando es necesario.

—Estuve ocupado con lo del viejo, qué sé yo, me dejó un montón de deudas, pobre viejo.

—Che, vos sabés, hoy no almorcé. Mi señora se fue a pasear con unas amigas y yo para cocinar no sé ni hacerme un huevo frito. ¿Me acompañás con un sándwich y una cerveza, pelado?

—Bueno —dijo García, tratando de cambiar la cara y sabiendo que no había comido nada en todo el día—. Lo único, te aviso que me olvidé la billetera.

—Pero si el que invita soy yo, García, otro día pagás vos —dijo Julio llamando al mozo—. Te quería hablar de una cosa, pelado: en el taller estoy necesitando a una persona de confianza para ir a buscar los repuestos; como hay escasez, conseguirlos te lleva un tiempo precioso. ¿Conocés a alguien que se quiera encargar? Yo le pagaría un sueldo y la comida, pero tiene que ser de confianza porque, viste, no podés contratar a cualquiera; el vehículo y los gastos correrían por mi cuenta.

García conocía muy bien a su amigo y sabía que era incapaz de dejar a nadie de a pie, y también sabía que el taller solo contaba con un muchacho aprendiz a quien Julio le enseñaba como si fuera ese hijo que nunca tuvo.

—A qué hora voy, Julio —le dijo García a su amigo, sonriendo.




Cuando García entendió cómo trabajaba su amigo, se dio cuenta de muchas cosas. El taller de Julio parecía un laboratorio por lo limpio, todas las herramientas estaban en su lugar, y tanto su aprendiz como su amigo lucían un overol que parecía recién lavado; ambos trabajaban con guantes y anteojos de seguridad. Pero lo más sorprendente para García fue observar que tanto su amigo como su joven aprendiz trabajaban felices: el ambiente de trabajo en el taller de Julio era como estar en familia. 




Para el almuerzo, la señora de Julio colocaba un mantel blanco sobre una pequeña mesa debajo de la galería y almorzaban todos en un ambiente de cordialidad. Julio hablaba sobre temas de mecánica y también sobre asuntos de la vida, dirigidos a aquel joven que escuchaba con atención. García comprendió desde el primer día, que en ese taller no había lugar para él, porque no sabía distinguir una llave inglesa de una francesa; a los pocos meses, por fin, García encontró su vocación y su destino. 

Existen personas con talentos sobresalientes que desconocen su propio potencial. García poseía el arte supremo de los negocios: saber vender. La diferencia era que, antes, utilizaba su don para comercializar productos desastrosos nacidos de su imaginación. Sin embargo, cuando el destino lo vinculó a una empresa sólida como vendedor de su producto estrella, su poder de convicción se convirtió en un éxito rotundo. Esta vez la ecuación era perfecta: un producto confiable en manos de un vendedor extraordinario.


FIN DE ESTA HISTORIA





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