Translate

martes, septiembre 01, 2026

LA PUERTA CERRADA

 «Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad» 


Albert Einstein (1879 - 1955)

          Durante toda su niñez, esa puerta siempre estuvo así. A fuerza de formar parte de la vida familiar, y a pesar de no ser una casa grande, Miguel siempre vio esa puerta del dormitorio al final del corredor; cerrada.

La cotidianidad de no utilizar esa habitación se convirtió en algo que no tenía importancia: no le molestaba ni le provocaba intriga. No obstante, aún se acordaba vagamente de la vez que le preguntó a su madre por ella, y ella solo le dio una respuesta muy simple:

—Te lo vamos a decir con tu padre cuando seas más grande; ahora olvídate de esa puerta y de esa habitación.




La vida de Miguel fue normal. El tiempo de su adolescencia lo distribuyó entre sus amigos, sus estudios y el deporte; le apasionaba el tenis. Luego apareció en su vida una chica, Laura, a quien conoció en la facultad y con la cual se casó. De este modo, dejó la casa familiar y se fue a vivir a un departamento en la capital. Cuando se recibieron de psicólogos, ambos abrieron un consultorio y no les iba mal: los primeros clientes conformes les trajeron más clientes, y él completaba un ingreso razonable yendo al hospital. Cuando decidieron tener hijos, algo se interpuso y no lograron el objetivo; fue entonces que decidieron realizar un viaje a Italia. Programaban visitar Roma, Florencia y Nápoles, pues deseaban recorrer esas ciudades con tiempo, sin el vértigo de las excursiones.

Cuando solo les faltaba una semana para la partida, el padre de Miguel sufrió un infarto y tuvo que ser hospitalizado, lo que hizo que suspendieran el viaje. Después de dos meses en terapia intensiva, lamentablemente murió.

La madre de Miguel era de salud delicada, por lo cual él no podía dejarla sola; junto a su esposa, decidieron mudarse a la casa familiar.

Al poco tiempo, su madre también enfermó por un ACV devastador. A pesar de poder atenderla en su casa, su calidad de vida era muy mala y no podía salir de su habitación.

Miguel dormía con su esposa en la habitación contigua. Una noche se despertó por unos golpes. Al ir a ver a su madre, la encontró acostada en su cama con el brazo extendido y una mirada de angustia; ya no podía hablar. Después de que Miguel la tranquilizó, su madre se quedó dormida. A la noche siguiente se repitieron los golpes y la misma situación. Durante cuatro días esto se repitió.

—Pareciera que necesita decirte algo —le dijo su esposa a Miguel, tomándolo de la mano.

La olvidada pregunta de cuando era niño se precipitó en su mente: «¿Madre, por qué esa puerta siempre está cerrada?».

De inmediato saltó de la cama y se dirigió a la habitación de su madre. Al abrir la puerta y encender la luz, ella lo estaba mirando con el brazo extendido, indicando la cómoda. Miguel buscó en todos los cajones y, en el fondo del último de ellos, sacó una pequeña caja de cartón; al abrirla, encontró una llave. Cuando le mostró el hallazgo a su madre, ella se distendió con una profunda exhalación de aire y entornó los ojos.

Miguel le dijo a su esposa que iría a abrir la puerta, pero que prefería ir solo.

Cuando la abrió, las bisagras chirriaron por la falta de uso, y el olor a encierro demostraba el tiempo transcurrido: años ocultando lo que allí había.




Al querer encender la luz, la lámpara no funcionó. Caminó a tientas hasta alcanzar la ventana y, cuando quiso correr las cortinas, estas estaban apolilladas y se cayeron al piso. Finalmente, la luz del exterior inundó la habitación.

Lo que vio Miguel no se lo esperaba; quedó perplejo. Sobre una de las paredes, una cuna de madera aún exhibía su color celeste bajo una capa de polvo. El empapelado de las paredes, o lo que quedaba de él, tenía motivos de juguetes: trencitos y autos. De la lámpara colgaba un adorno de pajaritos y estrellas de papel sostenidas por hilos, balanceándose por la brisa de aire fresco que ingresaba por la ventana abierta. Sin duda, todo lo que allí había, alguien lo había dejado para congelarlo en un momento del tiempo.

Miguel llamó a su esposa para tratar de entender. Cuando Laura entró, quedó tan sorprendida como él. Frente a la cuna había una cómoda; al abrir uno de sus cajones, Laura descubrió que estaba repleto de ropa de bebé color celeste.

Ambos se miraron sin terminar de comprender.

—No recuerdo haber tenido hermanos, siempre me trataron como hijo único —dijo Miguel mirando a su esposa con asombro, entendiendo además que ya no tenía posibilidades de obtener una respuesta por parte de su madre.

Pero faltaba lo esencial: cuando Laura se acercó a la cuna, algo le llamó la atención. Sobre la almohada polvorienta, apoyado contra el respaldo, había un sobre. Laura lo tomó y se lo dio a su esposo. Miguel, acercándose a la luz de la ventana para ver mejor, sopló sobre él para quitarle la tierra y lo abrió. Cuando extrajo la carta, decía:




Querido hijo:

Si llegas a leer esta carta se debe a que, por algún motivo, no hemos podido hablarte en persona sobre este tema. Cuando termines de leerla, comprenderás por qué no podíamos decírtelo antes.

Al año de casados esperábamos un hijo. Cuando nació, le pusimos de nombre Miguel, como a ti. Era un sol y lo amábamos con todo nuestro corazón, como a vos. Después del parto, los médicos nos dijeron que no podríamos volver a tener hijos; esto al principio no nos preocupó demasiado, pero ocurrió lo que no imaginábamos: lamentablemente, cuando solo tenía un año de vida, nuestro único hijo enfermó de pulmonía y los médicos nada pudieron hacer. Quedamos destruidos, ya no podíamos continuar con nuestras vidas.

Un amigo de tu padre, al vernos tan deprimidos, nos comentó sobre una posible solución, pero era algo legalmente prohibido. Lo meditamos muchísimo, pero por fin nos decidimos y lo hicimos a pesar de los riesgos. Fuimos muy egoístas, pero estábamos desesperados.

Tú eres un clon de nuestro primer hijo.

Esta carta la hemos escrito hoy, en tu primer año de vida; esperamos que, cuando la leas, tu vida hasta ese momento haya sido feliz.

Para nosotros, Miguel, tú fuiste y serás siempre nuestro único y primer hijo, y desde el primer día te hemos amado con todo nuestro corazón.

Con todo nuestro amor,

Tus padres.


FINAL DE ESTA HISTORIA 


Si te ha gustado esta historia de recomiendo este excelente libro, que puedes conseguirlo desde aquí. 



También te puede interesar esta fantástica película en BLU-RAY, que pudes comprar desde aquí. 



El director de Gattaca es el cineasta y guionista neozelandés Andrew Niccol.

Esta película supuso su debut como director de cine (1997). Además de dirigirme y escribir Gattaca, Niccol es ampliamente conocido por escribir el guion de El show de Truman (The Truman Show, 1998) y por dirigir otras películas de ciencia ficción y suspenso como El precio del mañana (In Time, 2011), El señor de la guerra (Lord of War, 2005) y S1m0ne (2002).

No hay comentarios.: