—Quisiera alquilar una habitación, ¿qué precio tienen si le pago por adelantado un mes? —le preguntó la joven al somnoliento encargado que lucía una otrora camiseta blanca, ahora manchada.
Después de arreglar el precio Federica, cargada con su mochila y su valija, se introdujo en una habitación del primer piso del viejo conventillo, unas paredes celestes, un ropero con espejo, una silla, una mesita, y un catre de madera, la recibieron sin alardear de tener buen gusto.
—Ya estoy ubicada mamá es un confortable y lujoso hotel, por donde mires, todo brilla, todos los días cambian las flores de los floreros, las mucamas son muy amables, y el desayuno de hoy fue como para una reina. —esto le decía Federica a su madre que vivía en Santiago del Estero, mientras contaba los últimos tres bizcocho de grasa que le quedaban del viaje. El principal inconveniente a resolver era encontrar un trabajo en Buenos Aires, por lo cual el dinero que tenía, debía de cuidarlo, porque de lo contrario todo su proyecto de ingresar a la universidad se terminaría y debería de regresar con su familia, a cuidar las cabras, las gallinas, y continuar con el telar, tareas que escasamente le brindaban un sustento a su familia, constituida por sus tres hermanos y sus padres. No obstante Federica tenía esperanzas, tal vez pudiera lograr un trabajo respetable que le permitiera enviarle dinero a su familia y poder estudiar, su pasión, arquitectura; el día que vio terminado el complejo de cabañas de la quebrada, quedó extasiada, eran unas casitas hermosas, con césped, con techo a dos aguas, con esos pisos maravillosos, que se podían limpiar con un trapo y brillaban; en cambio el piso de tierra de su casa, a pesar que su madre lo barría incansablemente solo levantaban más polvo. Federica veía a esa chica que daba órdenes a los obreros, y les mostraba unos planos, para después irse con su camioneta.
Un día se animó y se acercó a la obra que estaba prácticamente terminada y le preguntó a un señor, quien era esa chica de la camioneta; “la arquitecta” le dijo el paisano. Desde ese día Federica se propuso ser arquitecta; para de ese modo poder realizar en su casa, para su mamá, esos pisos maravillosos.
Conseguir trabajo decente en Buenos Aires no es muy simple, y con muy pocos conocimientos de cómo son las cosas, más aún.
El primer dia a pesar del entusiasmo fue desalentador, su primer incursión la hizo en una enorme obra en construcción, al preguntarle a un señor que estaba entrando unas pesadas cajas, si allí podía encontrar trabajo para ella, el robusto hombre le dijo con voz grotesca y burlona, que solo por las noches… Una de las condiciones que tenía Federica gracias a las enseñanzas de su madre, era no ser tonta en el sentido de lo imaginable para una joven mujer, que no era ni muy linda, ni muy fea, por lo cual, poseía un amplio espectro para el gusto masculino.
Después de caminar varias cuadras, encontró un local de peluquería para damas; cuando preguntó si necesitaban una ayudante, una cordial joven le preguntó que sabia hace en el rubro peluquería, y Federica solo pudo afirmar que sabia hacer trenzas; después de mirarla de arriba a abajo, la encargada solo le dijo que por el momento el personal estaba completo.
Federica ese primer día en Buenos Aires caminó muchísimas mas cuadras, pero todos los intentos fueron infructuosos, parecía que nadia podía necesitar a una chica como ella.
Cuando llegó a la habitación de su pensión, estaba exhausta, desanimada, tenía sed y hambre; se sentía muy sola en un mundo ingrato y desconocido. Después de comprar algo para comer en un kiosco, se recostó en su cama e imaginó que estaba en su casa, con sus padres y sus hermanos, allí siempre había estado confiada y segura de su destino, pero ahora, esta realidad era otra cosa de como ella se lo imaginaba. Federica se puso a llorar en la penumbra de esa habitación desolada y húmeda.
Se había dormido, cuando algo la despertó, después de un prolongado silencio, comenzó a escuchar una melodía, por lo que sabía de música pertenecía a un solo instrumento, al parecer un violín; pero de donde vendría esa música, se preguntó, parecía lejana, pero cuanto más la escuchaba, más le agradaba, casi como por un acto de magia, su melancolía paso a ser serenidad, para después convertirse en un sentimiento de esperanza.
Al día siguiente, muy temprano, Federica se dirigió al bar de la esquina para desayunar, cuando consultó los precios la sorprendieron, todo era muy caro para ella; no obstante, decidió pedir un café con leche, con una tostada con manteca.
Buenos Aires, es una ciudad con luces y sombras; el mozo que atendió a Federica era un señor mayor próximo a jubilarse que intuía quienes eran los clientes incluso antes que hicieran el pedido; cuando vio a Federica y su vestimenta simple, con su trenza, su mochila, y sus zapatillas, supo de inmediato que era una joven del interior, con escasa o nula experiencia de lo que es una ciudad como Buenos Aires. Después que Federica le hizo el pedido, el mozo le preguntó:
—¿De qué provincia vienes?, si puedo preguntar. —le preguntó aquel hombre de saco blanco, pantalón negro, y anteojos.
—De Santiago del Estero, —le dijo Federica con una luminosa sonrisa y sus enormes ojos negros, encontrando en aquel señor alguien con quien poder hablar.
—Santiagueña, la señorita —le dijo el mozo— yo soy Mendocino, pero vine aquí cuando tenía quince años, conocí a mi señora, y me quedé para siempre, se podría decir que soy porteño, pero pensamos cuando me jubile, irnos para los pagos, tengo un terreno y una vieja casa de mis padres.
—Que bien, ¿le resultó fácil acomodarse aquí? —le preguntó intrigada Federica.
—Al principio fue muy difícil; muy difícil, pero tuve suerte y encontré buenos patrones, y también muy buena gente que me aconsejaron bien, y poco a poco fui encontrándole la vuelta a Buenos Aires, pero eran otros tiempos, ahora es más difícil, no deseo asustarla, pero para una joven sola la cosa se complica, vaya paso a paso y con cuidado, y cuando lo necesite, pregunteme, me llamo Antonio, con gusto la ayudaré ¿Que va a desayunar señorita?.
Antes de solicitar el pedido, Federica le preguntó al mozo si podía decirle dónde encontrar trabajo. Y entonces el señor le dijo que a cuatro cuadras de allí había una agencia de empleo, cuyos dueños eran un matrimonio mayor, que eran buena gente, y que él conocía, que preguntara por Pedro departe de Antonio. Después de desayunar Federico se dirigió al lugar. Era una oficina que daba a la calle, cuando entró pudo ver dos escritorios repletos de pilas de expedientes, cada uno tenía una computadora en las cuales estaban sumergidos en sus pantallas dos personas, un hombre y una mujer, ambos de pelo blanco y anteojos.
Federica tosio un poco para que le prestaran atención y entonces el hombre, levantó su vista de la pantalla y sin prestarle casi atención extendió su brazo para alcanzarle una hoja a Federica, diciendo:
—Llene el formulario, y déjelo sobre esa mesa.
Federica después de tomar esa hoja, se animó y dijo:
—Vengo de parte del señor Antonio.
—Cuando la pareja escuchó ese nombre, ambos levantaron su vista de la computadora y observaron detenidamente a la joven. Entonces el señor, tomó otro papel y se lo alcanzó. Después la señora le dijo.
—Ponte cómoda en esa silla y cuando termines hablamos.
Los dos formularios que completó Federica, le solicitaban, el primero, una serie de informaciones, como ser: su nombre y apellido, dirección, si sabía idiomas, empleos anteriores etc, pero el segundo papel era distinto a lo frecuente, solo decía que escribiera una breve historia inventada. A Federica le llamó la atención, pero así serían las cosas aquí, por lo cual se abocó a realizar lo que le pedían y esta fue la historia que escribió:
Un día en mi casa:
Cuando por las mañanas salía rumbo a la escuela, me saludaban las cabras y las gallinas, el aire de las sierras llenaba mis pulmones de ese aroma de las flores silvestres multicolores más hermosas del mundo… Miles de mariposas amarillas me rodean, a lo lejos veo a mi madre tendiendo sábanas blancas bajo el sol brillante y a mi padre trabajando en el campo, Cuando cruzo el arroyo caminando descalza, el sonido de su agua cristalina y fría deslizándose por entre las piedras me acompaña. Ráfagas de viento mueven mis trenzas. Al llegar al camino, comienzo a descender mientras observo el valle tapizado de árboles y en un enorme claro, allí está mi escuela con sus paredes blancas. Doña Aurora, mi maestra, sale al patio a tocar la campana, ya es hora de la clase. Mis compañeros llegan a pie caminando largas distancias o a lomo de burro, pero jamás faltan.
Cuando regreso, veo a mi casa con el humo blanco que sale de la cocina, señal que seguramente mi madre hizo pasteles, o torta.
Bajo la galería nos sentamos con mis hermanos y mis padres para compartir la exquisita merienda.
Yo les cuento que la maestra dice que en Buenos Aires existe un edificio que es más alto que el cerro, mis hermanos me miran asombrados. Mi padre siempre me dice que algún día iremos a conocer eso… pero ese día nunca llegó.
Siempre fui feliz en mi casa, pero por fin, después de mucho tiempo me animé a venir a Buenos Aires, porque quiero ser arquitecta y poder poner un piso brillante en mi casa, para que mi mamá disfrute limpiandolo.
Federica
Cuando Federica terminó de escribir aquella historia y completar el formulario, se lo entregó al señor y este se lo entregó a la señora. Esta, después de leer detenidamente aquello. Miró a los ojos a Federica y le dijo que esperara un momento; después tomó el teléfono y llamó a alguien y esto dijo al comunicarse.
—Hola, señorita Alicia, si, habla Nora, si, si, era para decirle que encontré lo que usted buscaba…¿cuando le digo que vaya?, bien, muy bien. —La señora después de colgar miro a Federica y le dijo— Creo que has tenido suerte hoy querida, mañana ve a esta dirección y pide hablar con la señorita Alicia, entregale esta carta, en mano, no te olvides, esto es muy importante.
Continuará
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