Durante dos días continuamos recorriendo la zona en torno al lugar donde descubrimos el mojón, sin poder encontrar nada que nos llamase la atención. Excepto esa rara sensación de que alguien nos seguía.
—Hoy me parece que estamos buscando en vano algo que no existe —me decía Raquel mientras caminábamos—. Quizás esas piedras las colocó alguien sin motivo, solo para dejar una marca hace solo unos años; pero lo que debemos buscar es una pista que en verdad tiene siglos.
—Tienes razón, estamos buscando una huella en la arena de una playa que seguramente se borró definitivamente hace más de cien años.
—Creo que hoy estamos coincidiendo en que nuestra empresa era algo imposible desde el comienzo —recapacitaba Raquel, deteniéndose y quitándose su mochila.
—Hemos puesto demasiadas expectativas en los esfuerzos del abuelo de Roberto X, al que ni siquiera conocemos —le respondí a mi señora ofreciéndole agua—. Tal vez lo que me motivó fue más el viaje que descubrir la verdad de una leyenda.
—Quizás ciertas cosas es mejor que solo perduren en una leyenda porque, tal vez, si esas historias salen a la luz, no sean tan deslumbrantes como se pensaba, y la leyenda pase a ser una simple mentira.
Cuando Raquel terminó de decirme esto, escuchamos con claridad el crujido de una rama a nuestras espaldas. Al darnos vuelta, sobresaltados, pudimos ver cómo caía un gran gajo de un árbol seco e inmediatamente después, un grupo de pájaros salió volando.
—Tal vez el bosque nos quiere decir algo, Fran. Mejor regresemos.
Cuando llegamos al campamento, dos muchachos que eran ayudantes del encargado estaban terminando de armar la pila de ramas para el fogón de la noche. En otro sector, un asador con su fuego encendido mostraba un costillar que ya comenzaba a brindar su inconfundible aroma al derretirse su grasa. La mesa y los bancos, con un impecable mantel a cuadros rojos y blancos bajo una línea de luces, anticipaban la cena grupal.
Con Raquel teníamos preparada una fuente con una picada no muy variada pero abundante, más dos botellas de un excelente vino mendocino. Cuando la llevamos a la mesa, se acercó una de las parejas de matrimonios alemanes trayendo una gran fuente con tortas y frutos secos. También se aproximó la pareja de jóvenes mochileros con empanadas. A partir de ese momento nos pusimos a charlar y se nos olvidó nuestro objetivo de encontrar la ciudad perdida.
Alrededor de las ocho de la noche se aproximó el encargado del camping acompañado por una familia que, por sus atuendos, no cabía duda alguna de que eran del Lof Wiritray; traían más comida e instrumentos musicales.
Uno a uno nos los presentaron diciendo sus nombres indígenas y ellos los traducían al español: la señora joven, “Alegría”; su esposo, “Hombre Libre”; sus hijos, “Pequeña Abeja”, “Rayo de Sol” y "Primavera"; y, por último, el que me quedó grabado en la memoria para siempre, el del anciano: Nehuen, que significa “Poder”.
Con mi señora hemos asistido a muchos fogones, pero este, debo decir, tuvo un encanto y un atractivo especial, tal vez por la mezcla de edades, orígenes e historias de vida tan distantes y opuestas, pero todas de personas dignas de compartir alegremente sus recuerdos, sus anécdotas fascinantes o incluso sus malos trances.
Creo, sin equivocarme, que fue uno de esos días de la vida que se comparten y quedan en el recuerdo para siempre.
Uno de los momentos más entretenidos fue cuando los dos niños cantaron y tocaron sus instrumentos musicales. No faltó la oportunidad de cantar algunos temas folclóricos y, ya muy tarde en torno a la fogata, tomando café o mate, las historias misteriosas que todos alguna vez vivimos.
Pero tanto para Raquel como para mí, faltaba algo aún que no imaginábamos. Cuando la fogata comenzaba a extinguirse, una tenue luz sobre las montañas indicaba el amanecer próximo.
Comenzamos a despedirnos con la promesa de que el año próximo, el mismo día, repetiríamos este encuentro. La pareja de alemanes juró que estaría presente con más integrantes de su familia.
El último que nos quedaba por saludar era el anciano Nehuen; este se acercó y, extendiendo sus manos, nos preguntó:
—¿No han visto aún la ciudad?.
Yo me quedé de una pieza, pensé que se refería a Buenos Aires. Y le respondí:
—¿Qué ciudad?
—Cuál va a ser: la de los Césares —me dijo mirándome a los ojos.
—¿Sabe usted dónde está? —pregunté con mucha curiosidad y asombro.
—Por supuesto.
—¿Me podría llevar usted allí? —le dije entusiasmado.
—Por supuesto, Francisco; vendré a buscarlos cuando despunte el sol mañana domingo.
Con Raquel no podíamos creer lo que este hombre nos decía, pero eso fue exactamente lo que ambos escuchamos.
Al despertarnos el domingo, el sol aún no había salido y una persistente aguanieve caía pintando todo el campamento de blanco. Cuando me asomé para preparar el desayuno, a pocos metros de la carpa, Nehuen nos esperaba envuelto en un grueso y enorme poncho.
—Tenemos que ir ahora si quieren verla —me dijo—, no hace falta que lleven las mochilas.
Ambos nos levantamos y salimos rápido. Nehuen comenzó a caminar con paso firme y veloz; nosotros lo seguíamos por detrás. Yo pensaba que era un anciano, pero su vitalidad era la de un hombre joven. En las subidas no disminuía la velocidad de su marcha y en dos oportunidades tuvo que esperarnos para que lo alcanzáramos.
Después de unos cuarenta y cinco minutos de caminata, a nosotros nos faltaba un poco el aire, pero a él no. Por fin se detuvo en un lugar tapizado de robustos coihues frente a un precipicio; allí había una enorme roca que invitaba a sentarse y observar el paisaje.
—Ahora, estimados amigos, quiero que vean la ciudad resplandeciente y rica de los Césares —nos dijo Nehuen—; siéntense y guarden silencio.
Con Raquel nos miramos pensando que éramos objeto de una broma, pero no teníamos nada que perder y acatamos la orden del anciano mapuche. Cuando nos sentamos, pudimos observar un paisaje imposible de describir: solo estando allí se puede sentir el inmenso y majestuoso lugar; todos los sentidos quedan absortos y embriagados por los colores y el sonido de la brisa entre las copas de los árboles; un valle verde que se mezcla entre lagos de altura de agua cristalina y finas cabelleras de agua que se deslizan mansas entre las rocas desde los picos nevados. Si existe un paraíso en la tierra, es ese lugar, sin duda. Uno queda tan satisfecho de formar parte de aquello que los comentarios y las palabras están de más.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí con Raquel, tomados de la mano.
—¿Qué les pareció? —nos dijo Nehuen, sacándonos de nuestro asombro—. Quiero contarles una breve historia.
—Cuando yo tenía ocho años, mi padre me trajo a este mismo lugar, el cual frecuento cuando tengo una inquietud o busco alguna solución —comenzó diciendo el anciano sin dejar de mirar el paisaje—. En todas las sobremesas y las charlas nocturnas de nuestras familias se hablaba con frecuencia de la Ciudad de los Césares; también le decían Ciudad Errante o Trapalanda. Según la leyenda, sus riquezas eran de tal magnitud que los hombres podían quedar ciegos por su brillo; solo era posible entrar en ella de noche, y aquel que la descubriese sería premiado por los dioses.
»Cuando llegamos con mi padre aquí, después de contemplar el valle en silencio durante mucho tiempo, me preguntó si podía ver la ciudad.
»Yo le dije que no veía nada, y lo que me respondió solo pude entenderlo después de varios años.
»Con su voz pausada y profunda, y su brazo sobre mi hombro, me dijo:
»—Recuerda esto que hoy te digo, Nehuen: la Ciudad Errante se deja ver por el que la busca, pero se pierde para el que la encuentra.
Después de decirnos esto, el anciano mapuche nos estrechó las manos cordialmente y nos dijo que siempre seremos bienvenidos en estas tierras.
FIN
Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."


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