Cuando Alejandro llegó al rancho con su familia, como lo hacía todos los fines de semana, se preocupó al no ver a Teseo. Después encontró sobre la mesa su carta, que decía esto:
«Querido Alejandro, te dejo esta carta a modo de testamento por si alguien del pueblo te pregunta por este viejo solitario, solo para que se enteren de lo que dejo aquí en esta tierra.
Mi nombre es Teseo. Vivo en la Puna, solo, lo cual no es fácil; quizás lo más difícil es soportar las largas noches escuchando el silencio.
En dos oportunidades quise radicarme en el pueblo, pero no es para mí: prefiero la soledad. No sé por qué, pero en algún momento de mi juventud, después de que fallecieron mis padres, conocí a una mujer que no quiso compartir mi vida y, después de ese dolor del alma, preferí vivir solo.
Ya soy grande. Tengo ochenta años, una radio para escuchar música y, cada quince días, vos me traés noticias del pueblo, el dinero de mi jubilación y algunos víveres: cigarrillos, yerba, fósforos y pilas.
Me acompaña mi perro Sultán, que no es muy grande: tiene el pelo corto y negro y sus orejas son desproporcionadas. Es feo, pobre, pero yo lo aprecio. Compartimos el calor del fuego, las noches frías, el agua y las galletas marineras. Con su mirada mansa parece que me quiere decir algo, pero por cortesía no lo dice.
El rancho en el que vivo tiene todo lo que necesito. La leñera siempre está a mano y la mantengo repleta de troncos secos; el hogar me lo construyó un forastero inglés —le hizo un pulmón y funciona de maravilla—. En él suelo hacer churrascos, papas fritas o huevos, que acompaño con alguna hoja verde de mi huerta… Uno o dos vasos de vino nunca faltan y, en la sobremesa, escucho la radio mientras fumo. Tengo un pequeño depósito sin ventanas en el que maduran los quesos de cabra, los cuales vos me vendés —has sido el único y mejor socio de toda mi vida—.
El mayor lujo que tengo es un arroyo que trae de la montaña agua cristalina; solo debo caminar cincuenta metros y acarreo todo lo que necesito. He fabricado un carro con cuatro ruedas de carretilla que me facilita la tarea: con dos viajes tengo para todo el día.
El mayor placer lo disfruto observando el amanecer y esas noches majestuosas de cielo estrellado, en total silencio, tomando mate y fumando.
Mi día de labor comienza atendiendo a mis diez cabras: les abro el corral y las dejo libres después de ordeñarlas, limpio su lugar y lleno con agua el bebedero. Le sigue el turno al gallinero: retiro los huevos y les doy agua y maíz a las gallinas. Cuando me quiero acordar, el sol está alto; entonces hago un descanso: caliento agua y me cebo unos mates a los que acompaño con galleta y queso, siempre sentado a la sombra del alero de mi rancho, desde el cual puedo ver todo el valle y el camino de ripio que va al pueblo, el cual parece una cinta plateada que baja zigzagueante.
Si el sol no está muy fuerte, atiendo la quinta y cosecho alguna verdura de hoja, unas papas y zanahorias para el almuerzo.
Después de comer, me fumo un cigarrillo para después recostarme a escuchar las noticias en la radio sobre mi catre, hasta que me duermo.
Solo tengo sexto grado, pero tuve la suerte de tener una maestra que fue para mí una segunda madre; gracias a ella aprendí a leer y escribir. Hoy disfruto de ese universo luminoso que encierran los libros. Disfruto cuando me los alcanzás de la biblioteca del pueblo y, después de leerlos, los comentamos.
Vos sos más joven que yo, sos un muy buen muchacho y tenés una familia maravillosa; tus dos hijos chicos, la nena y el nene, son buenos como sus padres. Sos un ejemplo, Alejandro.
Me río solo cuando tus hijos me dicen abuelo y yo les contesto, haciéndome el enojado: —¡Qué abuelo ni qué abuelo, hijos de una gran siete! ¡Yo no soy su abuelo ni lo seré nunca, por suerte!
Después vienen corriendo y me abrazan riendo para reafirmar que soy su abuelo, y me hacen cosquillas.
Como bien sabés, ustedes son mi familia, y una mención aparte es tu mujer, Laura. Has elegido bien, cuídense mucho. Decile que voy a extrañar sus deliciosos pasteles.
Como podés ver, soy un hombre que vive bien, con muy poco; a mi edad, a diferencia de los jóvenes, el mundo se achica y ya no pretendemos conquistarlo: con que nos permitan ocupar nuestro lugar por un tiempo más es suficiente.
Después de toda esta lata, te cuento lo que me ocurrió. (de antemano te digo que los chismosos del pueblo no lo creerán) Por lo cual podes decirle con mi autorización que he pasado a mejor vida.
Una mañana de septiembre, estaba distraído tomando mate con mi mirada perdida, cuando algo me hizo prestar atención. Por el camino venía alguien caminando, no podias ser vos a esa hora; a medida que se aproximaba pude comprobar que era una mujer. Cuando estuvo cerca, mi vista no se equivocó: era una chica delgada de unos quince años, con un vestido floreado, alpargatas y un saquito de hilo claro, con una gruesa trenza en su pelo negro, y llevaba una pequeña mochila en su espalda. Al pararse frente a mí, lo que más me llamó la atención fue su expresión y su mirada. Solo esbozó una sonrisa, y me dijo:
—Vengo de lejos y necesito hospedarme solo por unos días, ¿tendría usted un lugar en su casa para mí? No deseo molestarlo.
—Esto no es una pensión, querida —le dije—, solo puedo ofrecer un lugar frente al fuego, nada más.
—Para mí es suficiente, y le pagaría si puedo compartir el desayuno, el almuerzo y la cena.
Después de decirme esto, se quedó mirándome y no puedo explicarlo, pero en sus ojos negros pude ver a un ser mucho más inteligente que yo, a pesar de ser tan joven. Esa semana junto a esa chica fue una experiencia extraña: para empezar, parecía que se podía comunicar con Sultán; por las noches le sostenía la cabeza y lo miraba fijo a los ojos; Sultán movía la cola de forma acompasada como si estuviera charlando, se quedaban así por más de una hora antes de la cena, y después Ana —así se llamaba— compartía un poco de comida que le daba con la mano. La primera vez que le mostré a Ana el corral, mis cabras, a pesar de tener la tranquera abierta, no salían, y fue necesario que ella les hiciera una señal con su mano para que se decidieran.
Debo decir que Ana no era comunicativa; una vez me dijo que estudiaba Ciencias Naturales. Después del desayuno iba a buscar por el campo bichos raros y flores silvestres, y muchas veces no regresaba hasta el atardecer.
Después de cenar nos quedábamos charlando frente al fuego, y ella me preguntaba más cosas a mí que yo a ella.
Una noche salimos a contemplar el cielo y me indicó con el dedo un lugar; yo pensé que me mostraba las Tres Marías. Cuando le dije, por primera vez se rio con ganas; después se puso seria y repitió pausadamente:
—«Las Tres Marías»… qué lindo nombre.
En nuestras charlas hablábamos de animales, plantas, del tiempo, del agua, de bichos. Una noche me preguntó si me acordaba.
—¿De qué? —le pregunté, y se quedó mirándome con esa mirada intensa e inexpugnable.
Esa última tarde me dijo que se tenía que ir, pero antes quería decirme algo. Cuando me habló por última vez, su cara y su tono de voz me parecieron de una persona muy mayor.
—Teseo, debo decirte algo que quizás no entiendas, pero mi obligación es hacerlo: yo provengo de un lugar muy lejano en el cielo, tan lejano que no se puede medir. Mi pueblo estuvo a punto de extinguirse por seres de otro mundo; para evitarlo, enviamos a otros lugares del universo a niños muy chicos y los dejamos al cuidado de familias buenas. Tú eres uno de esos miles de chicos. Que no lo recuerdes es algo normal, pero esa es la verdad. Por esta razón tengo que decirte que tienes la posibilidad de regresar conmigo a tu primitivo lugar, allí te podrás reencontrar con tu verdadera familia.
Cuando terminó de decirme todo eso, se quedó callada y mirándome con esa mirada que no era de una niña: era de alguien adulto… yo diría, una experiencia de miles de años. Me animé a preguntarle su edad y esto me dijo:
—Mi edad es de doscientos cincuenta y tres años terrestres, soy bastante más grande que tú. Esto es todo lo que tengo para decirte. Si decides venir, solo debes salir por la noche, mirar a lo que tú llamas Las Tres Marías e invocarme, nada más.
Después de decirme todo esto, Ana me dio un beso en la mejilla, se colocó su mochila y se fue; cuando la seguí con la vista, de pronto desapareció.
Querido Alejandro: después de pensarlo mucho, me dije que ya estaba grande y que una última aventura no me vendría mal; por esto te dejo todas mis pertenencias, con excepción de Sultán, que me permiten llevarlo. No es posible regresar, me lo advirtieron más de una vez, por lo cual te extrañaré mucho, mi amigo; y dile a tus hijos que su abuelo se fue de viaje.
Espero que tu vida junto a tu familia sea muy feliz y luminosa; si me permiten darte una mano, lo haré, no lo dudes. Bueno, no tengo otra cosa que decirte, me vendrán a buscar esta noche. Cuida bien de mis cabras y a las gallinas. En un mes más podrás vender los quesos; no despilfarres el dinero. La radio me la llevo, aunque no sé si conseguiré pilas.
Un gran abrazo, hijo.
Teseo»
FIN DE ESTA HISTORIA



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