"Lo esencial es invisible a los ojos"
Antoine de Saint-Exupéry
—Lamento decirle que sus estudios no han salido bien —le decía el doctor, ubicando la radiografía en el tablero luminoso—. Los análisis confirman esto que temíamos.
La primera impresión de Fernando fue guardar silencio; inmediatamente estallaron en su mente pasajes de su vida, inconexos: su esposa; sus padres; sus viajes; su trabajo; el proyecto del restaurante; luego el temor al sufrimiento, al dolor, el miedo a la nada, el fin del mundo. Sus orejas se encendieron y comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza; su corazón palpitaba con fuerza.
—Comprendo, doctor, nunca se está preparado para esto.
Cuando quiso continuar, a Fernando se le secó la garganta. El doctor le sirvió un vaso con agua y, después de tomarla de un trago, continuó:
—Tenía esperanzas, aún tenía esperanzas, es muy duro saberlo; muy duro. Es curioso, pero no puedo llorar, no lo sé, mejor así. ¿Cuánto tiempo, doctor?
—Es difícil saberlo, no todos los organismos responden igual; con tratamiento estricto, pueden ser de seis meses a un año; sin tratamiento, menos —le decía el doctor a Fernando, mirándolo a los ojos.
—Por hoy, doctor, tengo suficiente, debo organizar lo que queda de mi vida. Mañana o pasado hablamos sobre mi tratamiento.
Fernando salió del sanatorio aturdido; en la calle se encontró con un mundo distinto —los detalles más insignificantes eran otra cosa—. Al ver a una señora con su ropa sucia y desteñida revolviendo un tacho de basura, sintió envidia; cambiaría su vida por la vida de esa mujer que, a pesar de ser una pordiosera, seguramente viviría mucho más que él. Trató de consolarse pensando que su vida hasta hoy había sido buena; en tanto caminaba esas cuadras hasta el estacionamiento, no se decidía a decirle la verdad a su esposa o no; también se le ocurrió que con el dinero del restaurante podían realizar ese viaje que siempre postergaron. Cuando meditaba todas estas cosas, un grupo de jóvenes pasó junto a él riendo. «¡Cómo no reír! —pensó Fernando—, si vivir es tan lindo, y si se es joven, mejor aún».
«Hoy es viernes por la tarde y tengo que soportar que mi vida se terminará; siempre supe que se terminaría, pero saber que será en muy poco tiempo es muy diferente. Tengo que aceptarlo, pero aceptar lo inadmisible es una tortura. No tengo hijos que sufran, pero tampoco dejaré algo realmente valioso en este mundo; solo alguien me recordará un poco, pero nada más; seguramente a Laura le dolerá al principio, pero después tendrá que retomar su vida, porque así es y será siempre».
Fernando pensaba esto cuando alguien tropezó con él y por poco se cae al piso. Un muchacho, muy joven, lo apuntaba con un revólver.
—¡Dame la plata, viejo de mierda, o te mato! —esto le decía aquel chico en forma despectiva.
A Fernando le vinieron a la mente dos ideas: la primera, entregar su billetera a aquel ladronzuelo, que lo podía matar; y la otra, dejar que lo matara allí mismo, en esa vereda; ese viernes por la tarde terminaría el calvario que debería enfrentar durante los próximos meses. Optó por la segunda idea y tomó a aquel muchacho de la remera con fuerza.
—¡Matame!, ¿qué esperas?
Aquel muchacho no tenía la intención de matar a nadie y se puso pálido como un papel. Fernando interpretó la situación y lo soltó; al hacerlo, el chico salió corriendo y se perdió entre la gente. Curiosamente, la actitud de Fernando ante esa situación extrema fue contraria a su costumbre; jamás hubiera hecho algo así, no por cobardía, sino por prudencia.
Cuando llegó al estacionamiento, el encargado lo estaba esperando; algo había ocurrido con su automóvil.
—Señor, ¿usted es el dueño del auto 412? —le preguntó el encargado, sin demostrar mucho interés o preocupación.
Cuando Fernando asintió, el encargado le explicó que tuvo un contratiempo con otro auto y esto provocó un choque pequeño en la puerta; pero cuando Fernando vio el daño, comprobó que las dos puertas estaban arruinadas. En otra oportunidad, un hecho de esta magnitud, con lo meticuloso que era con su vehículo, le hubiera provocado un disgusto enorme; hoy, esto no tenía ninguna importancia. «¿Qué son dos puertas de chapa abolladas comparadas con la vida, la propia vida, la de uno, la que dejaremos para siempre, esa en la que nos preocupan las deudas, los desencuentros, los sinsabores; esa en la que se disfrutan los viernes por la tarde, la reunión con los amigos, el día soleado en el parque o caminando por una playa? ¿Cómo será el silencio para siempre? ¿Cómo será el olvido de todo? ¿Cómo será eso que jamás tomamos en serio y siempre está allí? Si al menos pudiéramos solo sentir el caer de la lluvia sobre el tejado, eternamente; si al menos solo pudiéramos llevarnos un sonido, solo un sonido, o una voz que nos dijera algo, cualquier cosa».
—Señor, ¿le ocurre algo? —le preguntó el encargado de la cochera a Fernando al verlo allí parado sin hacer ni decir nada.
—No, deme mis llaves, no es nada, son cosas que pasan. ¿Cuánto le debo?
El encargado quedó sorprendido y le entregó las llaves, diciendo:
—No se preocupupe, esta vez la estadía es por cuenta de la casa.
En el trayecto desde allí hasta su casa, Fernando iba distraído; al pasar un semáforo, un micro por muy poco lo embiste; después de frenar chirriando las cubiertas, los bocinazos pusieron nuevamente a Fernando en alerta, y vino a su mente su esposa: debía llegar para verla, quizás contarle, o mejor no.
Al llegar, su esposa Laura estaba sumamente preocupada porque había llegado una notificación del consorcio por las expensas extraordinarias de la remodelación del palier.
—Este tipo piensa que administrar es hacer cualquier cosa —le decía Laura casi gritando a Fernando en cuanto entró—. Te digo, Fernando, quiero que nos mudemos, no soporto más este lugar, vivimos acosados por la falta de dinero, ¿cuándo podremos estar distendidos y sin apremios? Esto así, como siguen las cosas, no es vida; la mitad de mis alumnas se han ido a vivir al interior y, por lo que sé, son muy felices con muchísimo menos.
«Cómo cambia la perspectiva de las cosas cuando el tiempo se termina», se decía observando a su esposa sin escucharla. De pronto se le ocurrió una idea: hacer una lista con las cosas que más le gustaría realizar, elegir una y llevarla a la práctica.
Después de calmar a su esposa, se sentó en su escritorio y puso manos a la obra en su proyecto.
La lista fue muy corta; desde comprar un yate pasando por un viaje por toda Europa, pero ninguna de estas cosas materiales o costosas lo convencía; quizás viajar, pero no a Europa, tal vez un viaje por el norte, por esos pueblos olvidados en el tiempo. Sí, eso quería, perderse en alguna quebrada, tomar agua de un río de montaña, acampar y ver junto a Laura ese cielo estrellado que en la ciudad no se puede ver, quedarse allí todo lo que fuera posible.
Cuando le comentó el proyecto a su esposa, esta le preguntó si estaba loco, pero poco a poco la convenció y en una semana estaban yendo en su auto con las dos puertas abolladas, sin un rumbo preciso, pero lejos de la gran ciudad.
Durante este viaje, Fernando pudo meditar en lo frágil que es la vida.
Después de un largo viaje, se alojaron en una casa que brindaba hospedaje, cuyo dueño era un criollo mayor con su hija. Una noche, por casualidad, después de la cena, Fernando se quedó charlando con aquel hombre de diversos temas: el campo, los animales, las tormentas, la vejez, la vida.
—Usted cree que está enfermo, ¿no es así? —le dijo a boca de jarro aquel viejo paisano de tez morocha y tonada norteña.
A Fernando esto lo tomó de sorpresa. ¿Cómo podía saber aquel hombre su estado de salud si no lo había comentado con nadie, ni siquiera con su esposa?
—¿Cómo supo usted que tengo un problema de salud? —le preguntó intrigado Fernando al hombre—. ¿Quién le dijo eso?
—Mire, amigo, quizás usted no lo ha notado, pero soy ciego desde que nací.
Fernando quedó más sorprendido aún, porque no había notado en ningún momento que este paisano de voz pausada era ciego.
—Esta falta de visión me ha llevado a conocer el mundo que me rodea solo por lo que me cuenta mi hija; jamás vi un amanecer, ni las sierras, ni el cielo, ni los colores; como pude, he construido con mi imaginación un mundo propio, que seguramente nada tiene que ver con el mundo real, pero otra cosa no puedo hacer, y me he conformado con mi destino; no obstante, Dios me dio tres cosas que puedo disfrutar: el olfato, el tacto y el oído. Con estos tres sentidos transito mi vida, pero los mismos están tan desarrollados que puedo distinguir cosas que el común de la gente no puede. Por esto, al escucharlo hablar a usted y sentir el olor de su piel, descubrí desde el primer día esto que le digo: usted cree estar enfermo, pero no lo está; el olor de su cuerpo es el de alguien sano, y solo su voz demuestra una profunda preocupación.
Al terminar de decir esto, el viejo ciego se quedó callado; Fernando quería preguntarle algo más, pero como se acercaba su esposa, la charla se terminó.
Al otro día, Fernando y su esposa volvieron, por lo cual no tuvo otra oportunidad de preguntar algo más a aquel hombre que le había dicho que no estaba enfermo. En el trayecto de regreso, mientras conducía por esos caminos desiertos viendo paisajes increíbles, se acordó del viejo ciego y se preguntó: ¿cómo sería ese mundo que imaginaba?, ¿cómo se puede imaginar un mundo que nunca se pudo ver?
Fernando pensó que la vida tiene tantos matices como los seres que la transitan, y él era uno de esos seres.
«Lamentablemente no podía considerar como posible que estuviera sano, porque los resultados médicos fueron concluyentes y la ciencia es infalible; la posibilidad de pensar en un error no era factible».
Sumido en sus pensamientos, su mujer le dijo algo que fue increíble:
—Sabes una cosa, Fernando, esta gente tiene algo que nosotros en la gran ciudad no tenemos o no entendemos: estas personas tienen tiempo para vivir; en cambio nosotros vivimos, pero sin tiempo, solo corremos detrás de cosas que nos aturden y no percibimos lo esencial; estas gentes son más sabias, ellos saben vivir con muy poco, pero tienen más que nosotros; el padre de la chica, ayer por la mañana cuando salí al patio, estaba sentado en la galería tomando mate y miraba a las montañas; cuando pasé frente a él, me dijo que lamentaba que no tuviéramos hijos. ¿Vos le dijiste?
—No, solo hablamos de temas del lugar, del clima, de los animales, jamás le dije algo personal —Fernando, al responderle esto a su esposa, no se animó a decirle aún lo de su salud—. ¿Y qué más te dijo?
—Nada más, ah, sí, algo raro… que todo va a estar bien.
Fernando, durante el viaje, continuó charlando con Laura, tratando de olvidar todo lo referente a su salud; y surgió un proyecto. Si bien no tenía tiempo para proyectos, sí podría organizarse para que su esposa lo concretara aunque él no pudiera acompañarla.
—¿Qué pasaría, Laura, si vendemos todo y nos instalamos en estas zonas? —le comentó a ella.
—¡Me has leído el pensamiento! ¡Hagámoslo!, todavía somos jóvenes.
Fernando le tomó la mano y se quedó callado.
Ese viaje resultó uno de los mejores momentos en la vida de esa pareja.
Cuando Fernando y su mujer llegaron a su hogar, el encargado del edificio les comunicó que en varias oportunidades habían preguntado por él; era alguien del sanatorio, para informarle que debía comunicarse con urgencia con su doctor, porque no lo podían ubicar.
Esa misma tarde, Fernando llamó telefónicamente al consultorio y su médico le dijo:
—Señor Fernando, no sabe usted cómo lo hemos buscado durante estos días; cometimos un gravísimo error.
—¿Qué error, doctor?
—Sus estudios correspondían a otro paciente, por lo cual le informo que sus análisis están bien, usted está sano.
Cuando Fernando escuchó esta noticia, por su mente pasaron muchísimas cosas, pero solo atinó a decir:
—No se preocupe, doctor, me quita usted una pesada mochila; todo esto me movilizó otros aspectos de mi vida y ahora puedo ver algunas cosas muy distintas que antes. Aunque no lo crea, el que le debe agradecer soy yo.
Fernando, después de colgar, pensó que ese destino al que nadie quiere enfrentar ahora era para otra persona; el viejo ciego tenía razón, aún no había llegado su momento y se abría otra oportunidad para una mejor vida.
Fernando y su esposa, después de esto, cambiaron radicalmente su forma de vivir: vendieron el departamento y compraron cinco hectáreas de terreno en un lugar perdido del norte argentino; allí construyeron con sus propias manos una cabaña, y ella se dedicó a algo pendiente desde joven, escribir, y él a pintar; su tema predilecto era imaginar ese mundo de aquel viejo ciego, que tal vez fuera el mismo mundo que nos espera cuando nos toque la hora de partir.

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