García era su apellido. No recuerdo su nombre, pero sí su pelo negro crespo y su sonrisa contagiosa.
Salíamos en los recreos del colegio industrial Otto Krause ir a fumar en el baño, como casi todos, único lugar permitido por los celadores. A la salida, por la tarde, tomábamos un café en el bar de la esquina junto a otro compañero, Romero: pelo algo largo, muy ondulado y anteojos. Le gustaba tocar la guitarra y lo hacía muy bien; siempre se reía moviendo el cuerpo y acomodándose con su mano sus enormes anteojos.
García siempre llevaba algún libro, por lo general de Cortázar, jamás de matemáticas o construcción; no le interesaba en lo más mínimo recibirse de maestro mayor de obras. Imagino que iba al colegio más para disfrutar de la salida y poder juntarnos en el bar que por otra cosa, o para hacerle creer a sus padres que alguna vez se recibiría. Para Romero, en cambio, era una cuestión familiar: su padre era ingeniero y su hermano estudiaba Arquitectura; no obstante, a él le gustaba mucho más la música, ya era profesor de guitarra.
No recuerdo de qué hablábamos, pero sí recuerdo con seguridad que lo hacíamos con un lenguaje respetuoso. Como todos los jóvenes, nos reíamos de algún profesor por su forma de hablar, o de algún otro compañero; tonterías de jóvenes en cuyas vidas todo está por realizarse y entonces casi todo causa gracia. Imagino que se debe a que el cerebro de los jóvenes está aún madurando y la vida se entiende simplemente como lo que es: un maravilloso momento.
Con García fuimos un verano a la costa de campamento y me pidió que le sacara una fotografía que no olvidaré en toda mi vida: escribió en la arena «cronopios versus el sistema». Mi tarea consistió en enfocar esa frase y parte de su pierna para sacar esa toma… Fumaba cigarrillos negros; yo lo encuadraba como el bohemio porteño clásico.
En cambio, Romero era un artista. Un par de veces fui a realizar un trabajo a su casa, que era un departamento para mí muy lindo, frente a la plaza Las Heras; su madre era pintora y los cuadros que vi expuestos allí eran del tipo abstracto. Una vez, Romero me dijo que en el piso de arriba ensayaba un grupo musical, para el momento fuera de serie, con unos instrumentos raros y descabellados: se llamaban Les Luthiers y aún nadie los conocía.
No me olvidaré jamás de poder apreciar en toda su magnitud la música de los Beatles. Romero encendía su poderoso equipo amplificador con dos torres de parlantes y tenía para escuchar la colección completa de la inmortal banda.
Cuando, después de las charlas en aquel café a la salida del colegio industrial, regresaba a mi casa en el tren desde Retiro a Villa Ballester, viajaba con el sabor en mi boca del cigarrillo y el café, más algunas ideas confusas de un nostálgico bohemio y un simpático artista. Pensaba que quizás esas reuniones serían para siempre; pero, obviamente, no fue así: se terminaron hace muchos años.
García en una oportunidad me dijo que me imaginaba casado, con una familia con muchos hijos. Estuvo acertado: soy padre de tres. Pero yo, aunque me esforzaba, no podía imaginar la vida futura de García; no era un muchacho pintón y me decía que preferiría leer sus libros en lugar de ir a bailar, algo incomprensible para mí. Lógicamente era de izquierda. En una oportunidad, ingenuamente le dije que mi padre leía el diario La Nación, y él, sin ofenderme, me respondió que ya sabía entonces la idea política que profesaba. Si hoy pudiéramos juntarnos a hablar, no creo que nos pondríamos de acuerdo, pero tampoco nos distanciaríamos, porque ambos nos comprendíamos y aceptábamos como éramos. Romero, en cambio, disfrutaba de aquellas reuniones tal vez por otros motivos: le gustaba escuchar los comentarios de García sobre sus libros, los chistes sobre algún profesor y hablar de música.
Cómo me gustaría estar en ese bar al menos por una última vez y pedirle a aquel mozo, siempre de saco blanco y pantalón gastado color negro:
—¡Tres cafés, por favor!
Y después encender un cigarrillo con el encendedor Caruso de García, para comenzar esas charlas sin rumbo fijo, con la idea de que la jornada había terminado solo hasta mañana; o los fabulosos viernes por la tarde, en donde todo puede pasar en un fin de semana, incluso conocer a una mujer para toda la vida.
«Chau, García; chau, Romero; nos vemos el lunes».
Mis compañeros del colegio industrial solo lo eran de lunes a viernes; los fines de semana cada uno hacía su vida con otras amistades, otros grupos, otras diversiones.
La juventud se pasa muy rápido —«en un abrir y cerrar de ojos»—, frase esta ultra conocida que solo se entiende bien cuando se es mayor. No podemos retener esos años aunque queramos. Me da pena cuando observo a algunos jóvenes que piensan que se puede aprovechar mejor su juventud solo realizando excesos; cuán equivocados están. Existen mil formas de disfrutar de esos años felices sin hacer disparates que suelen ocasionar problemas para toda la vida. Lamentablemente, los jóvenes no entienden; todo se comprende cuando ya nada se puede cambiar.
Cuando terminó esa etapa de mi vida como estudiantes del colegio industrial, perdí todo contacto con ellos.
Hasta que llegó el día en el cual la escuela convocó a sus exalumnos por el vigesimoquinto aniversario de su graduación. Recuerdo que fui con entusiasmo para reencontrarme con mis excompañeros. Cuando ingresé al aula en donde convocaron a nuestra división, fueron apareciendo aquellos jóvenes, que ahora eran hombres, e intercambiamos nuestros apellidos en un saludo imborrable; pero no encontraba entre mis compañeros a García, ni tampoco a Romero.
—¿Qué saben de ellos? —pregunté, esperando que me dijeran que todavía no habían llegado.
De Romero nadie sabía de su vida; pero de García, sí. Ese día ya no podría decir «presente». Se había ido, seguramente en busca de su mundo de cronopios y de famas que aquí no pudo encontrar, y entonces una sobredosis, me dijeron, pudo sofocar su espíritu indomable.
¡Chau, Romero! ¡Chau, García!… Hasta la vista, queridos amigos.


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