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lunes, octubre 05, 2026

ACTORES

 

​«Nos hacemos viejos no cuando se nos arruga la piel, sino cuando se nos arrugan los sueños.»

Anónimo


​         Juan era el impulsor de todos los proyectos del grupo; Daniel cumplía las veces de administrador, controlando ingresos y gastos; Esteban era el especialista en decorado y vestimentas, y Laura, solo una soñadora.

​Para los cuatro amigos, el teatro era su mundo, su vida, sus sueños, pero no su subsistencia. El tema de cómo hacer dinero para ganarse la vida, no era motivo de conversación; el centro de sus charlas siempre giraba en torno a la eterna representación del drama o la comedia humana. Solían recordar una gira de jóvenes por Centroamérica con un éxito relativamente bueno; si no hubiera sido por el delincuente de su representante, que desapareció con toda la recaudación de una temporada, quizá hubieran podido actuar en México y, desde allí, estar a un paso de Nueva York, pero el destino no lo quiso. Luego se conectaron con otro representante aquí en Buenos Aires, peor que el anterior. Desde entonces decidieron ser sus propios promotores, por lo cual la compañía cubría todos los flancos estratégicos: representación, producción, puesta en escena, decorado, vestuario y libreto, excepto venta de entradas, acomodador e iluminación.

​Tenían la grata costumbre de reunirse por lo general en la casa de Laura, quien sabía preparar unas cenas exquisitas; Daniel era el experto en vinos y jamás fallaba en la elección.

​Las charlas y las anécdotas risueñas duraban hasta la madrugada un sábado de por medio.

​Esa noche, cuando llegó Juan, antes de cenar los reunió para darles una novedad increíble: se había conectado con un futuro productor de teatro que ahora administraba un colegio privado, el cual quería asociarse con ellos y montar una obra teatral; en principio en el mismo colegio en la zona de Belgrano para una prueba previa y, si salía bien, encarar algo de mayor envergadura.

​—¿Qué obra? —preguntaron todos.

​—¡No se imaginan!, el libreto corre por nuestra cuenta.

​Esa noche sus mentes volaron recordando obras clásicas, modernas, autores famosos y también otros no muy conocidos, hasta que en un momento Daniel bajó a tierra a todos y dijo, golpeando su vaso para que se hiciese el silencio:

​—Amigos, pensemos racionalmente. Debemos optar por una obra que vaya con nuestra edad; no podemos arriesgarnos, tenemos que ofrecer algo que nos resulte sencillo. Estoy pensando en la obra de Esteban, Tres reyes y una reina, que nunca pudimos estrenar y creo que nos cae magnífica.

​—Me parece bien —asintió Juan—, el único problema es conseguir los trajes.

​—Por el decorado no se preocupen —dijo Esteban—, solo necesitamos un telón bien oscuro de fondo y el trono de la reina, ampuloso y dorado.

​—De mi parte —dijo Daniel—, yo me encargo de la vestimenta. Conozco a un proveedor de vestuario que trabaja en el Teatro Colón, que por pocos pesos me consigue hasta las armas verdaderas: las dos lanzas y las tres espadas.

​—¿Quién realizará el papel de la reina? —preguntó Laura sonriente.

​—Encontraremos a alguien —dijo Juan.

​Todos rieron ilusionados con este nuevo proyecto a una edad en que las oportunidades no abundan. Pero para los cuatro, este trabajo actoral significaba una nueva ilusión para poder sentir una vez más el aplauso del público.

​Durante un mes se reunieron día por medio para ensayar. La obra escrita por Esteban constaba de cuatro actos y trataba de tres reyes que declaran su amor a una única reina, la cual en el último acto debe decidirse por uno de ellos, lo que implicaba dejarse llevar por su corazón o salvar al pueblo de su reino.

​Unos días antes tuvieron la posibilidad de realizar un ensayo general en el pequeño teatro del colegio para familiarizarse con el escenario. Don Miguel, el iluminador y sonidista, los llevó en su camioneta, la cual utilizaba para hacer fletes durante el día y, por las noches, llevar su viejo equipo para animar fiestas infantiles.

​Esa misma noche Juan llevó a la casa de Laura toda la ropa, incluidos pelucas, sombreros, coronas y armas. Cuando se la colocaron para probar que todo estuviera de acuerdo con sus talles, se miraron entre sí y por poco lloran de alegría. Juan realizó un saludo reverencial con su espada a la reina, que todos aplaudieron.

​Llegó el día, y lo peor de las actuaciones son los diez minutos previos al comienzo. La obra se representaría al finalizar los actos preparados por los alumnos de la escuela. Esteban dijo que estimaba que había unas treinta personas; en su mayoría eran los padres de los chicos de sexto grado.

​Se abrió el telón y los cuatro actores realizaron su obra de forma impecable, salvo por dos pequeñísimos errores imperceptibles de Daniel y otro del iluminador, que también pasó inadvertido.

​Tal vez cuatro actos fueron demasiado largos para algunos padres; muchos se retiraron antes de que terminara la función. No obstante, el aplauso duró lo suficiente para dejar conformes a los artistas.

​Al día siguiente quedaron en encontrarse con Juan para saber si el señor del colegio querría repetir la obra. Cuando llegó a la reunión, su cara no demostraba mucho optimismo. Después de que todos se sentaron en la sala, les dijo, cambiando su rostro por uno con una amplia sonrisa:

​—¡Quiere otra función! —Todos aplaudieron y rieron de alegría—. Solo me dijo que tratemos de acortar un poco los diálogos del segundo y tercer acto. ¿Qué te parece, Esteban?

​—Pienso que no hay problema. ¿En qué sala será? —le preguntaron a Juan.

​—Bueno, esta vez consiguió un cine en Floresta. Él se encargará de promocionar la obra, quiere un treinta por ciento de la recaudación y nosotros nos hacemos cargo del iluminador y el vestuario. A mí me pareció desproporcionado, pero le dije que lo consultaría con ustedes.

​Los cuatro se miraron: actuar para ellos era más importante que el dinero.

​—¡Hagámoslo! —dijo Laura.

​—Si la reina lo dice —dijo Juan—, ¡lo haremos!

​Una semana antes de la función, fueron a ver el lugar con Don Miguel en su camioneta. El establecimiento se utilizaba para reuniones vecinales y, una vez por semana, para las reuniones de gordos anónimos. El viejo cine tenía una capacidad para ciento cincuenta personas. Al revisar el escenario observaron que tendrían que agregar una alfombra porque algunas tablas estaban muy deterioradas.

​—Yo me encargo —dijo Esteban.

​Quisieron probar el telón, pero jamás había existido, por lo cual la única solución era oscurecer el escenario entre acto y acto.

​—No está tan mal —dijo Laura entusiasmada—, una buena actuación suplanta todo.

​Cuando llegó el día, la prueba de sonido e iluminación estuvo perfecta. No había camarines, pero sí una pequeña sala detrás del escenario que cumplía perfectamente con la función.

​Cinco minutos antes, Juan se asomó disimuladamente, pero aún las butacas permanecían vacías. Esto le extrañó mucho y llamó por celular al señor del colegio, quien se había disculpado por no ir, pero envió en su lugar a un sobrino para que atendiera la boletería. «No entiendo», le dijo el señor, «hicimos incluso una publicación en un diario zonal, es muy extraño, el horario es el correcto». Juan estaba hablando cuando sintió un bullicio en la boletería. «Alguien entra», les dijo a sus compañeros; todos tenían sus atuendos puestos.

​Solo entraron cuatro muchachos con latas de cerveza y se ubicaron en la segunda fila. Eran cuatro groseros que colocaron sus pies sobre las butacas y se reían, seguramente producto del alcohol.

​—¿Qué hacemos? —dijo Daniel—. Me temo que no viene nadie más.

​—¡Comencemos! —dijo Laura—. ¡Somos actores o no!




​A una señal, se encendió la luz del escenario. El primer acto transcurrió bien, solo con unas risotadas de uno de los muchachones. Ya en el segundo acto, los cuatro borrachines se habían puesto algo insolentes, riéndose los cuatro. Esteban, en el entreacto, dijo:

​—Mejor no sigamos.

​A lo que Laura contestó:

​—Si pagaron por nuestro servicio, nosotros haremos lo que nos corresponde de la mejor manera.

​El tercer acto fue insoportable por la insolencia de los cuatro muchachos, pero solo faltaba el último, que lo remataba Laura con una simple frase.

​Durante la mitad del último acto, uno de estos energúmenos gritó con las dos manos puestas para amplificar el sonido lo que no debía haber dicho:

​—¡VIEJA FRACASADA!

​Laura recibió el golpe y su mente quedó en blanco. No recordaba nada más. Algo en su interior se había roto para siempre... Son esas cosas delicadas en una mujer que, cuando se quiebran, no se pueden componer.

​Daniel subsanó el momento con la reverencia que le correspondía y la luz del escenario se apagó.

​Los tres amigos varones se miraron, y ya sabían lo que iban a hacer. Daniel saltó desde el escenario y se apresuró a cerrar la puerta de la sala con una cadena; después desenvainaron sus espadas, que brillaban iluminadas por los focos de Don Miguel. Sus caras de locos de atar fueron suficientes para aterrorizar a estos cuatro atorrantes, tratando de salir de allí desesperadamente. Al no poder y comprobar que estos tipos venían  por ellos con semejantes armas, se orinaron encima, como lo hacen todos los cobardes del mundo.

​Juan, gritándoles que los decapitarían, arrojó su lanza cerca de ellos, la cual se incrustó en una puerta. Cuando con desesperación pudieron desatar las cadenas, los cuatro borrachines corrieron desesperados a la calle.

​Parecía que este hecho había pasado sin mayores consecuencias y continuaron las reuniones en la casa de Laura, pero para ella, lo sucedido ese día no fue tan simple de resolver.

​En las últimas reuniones ya no se hablaba de teatro, solo de asuntos cotidianos. A pesar de hacer todo lo posible, los tres varones no lograron volver a ver los ojos de alegría de Laura de otras épocas. Incluso las cenas, preparadas por ella con tanto amor para sus amigos, ya no tenían la misma calidad de otros años: si no se le quemaba la carne, la servía cruda.

​Así ocurren los desenlaces en la vida. A cierta edad, la ilusión de las personas nobles puede ser, si se frustra, un hecho que las marca para siempre, y a Laura le pasó justamente eso. Su ilusión de artista terminó de muy mal modo aquella noche.

​No pasó ni siquiera un año y fue ella la primera en retirarse de ese grupo teatral, dejando a sus tres reyes solos y sin armas... tal vez para actuar en otros teatros muchísimo más grandes que el pequeño escenario de nuestras vidas.


​FIN DE ESTA HISTORIA 


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