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jueves, febrero 08, 2024

LA APUESTA

    



   Existen historias las cuales se pueden clasificar dentro de  diferentes situaciones, como ser: divertidas, extrañas, misteriosas, incluso desagradables; pero esta que deseo contarles, yo la ubicaría en el tipo de cosas que jamás deberían ocurrir, o desgraciadamente injusta, si es que realmente ocurrió como a mí me la contó un tío… por el cual no pondría las manos en el fuego por la veracidad de sus historias; la misma trata de tres jóvenes realizando una apuesta solo por considerarla divertida.

La ubicación geográfica y de tiempo, fue en un pueblo de Inglaterra durante la época Victoriana. Los nombres y edades  de los tres protagonistas eran Walther 22 años, Freddie 25 años, y Ludvik 27 años. 

Los tres amigos se encontraban tomando whisky en la taberna del pueblo en una noche de invierno, charlaban sobre una dama muy famosa por ser una mujer muy atractiva y de fortuna, por haberse casado con un poderoso comerciante varias décadas mayor. De lo único que estaban seguros estos muchachos es que jamás serían de fortuna, porque los tres trabajaban como descargadores de cajones de pescado en el puerto. 

—La única forma de volvernos ricos estimados amigos, es contrayendo matrimonio con una dama de la alta sociedad, y después, poder comprarnos nuestro propio barco, y de ese modo fundar una empresa pesquera. —les decía Walther a sus dos amigos, mientras colmaba las tres copas con whisky.

—El primer problema por resolver para concretar tu plan estimadisimo Walther, es que alguien pueda quitarte de tus ropas ese olor nauseabundo a pescado podrido que se siente desde una milla de distancia — le respondió Freddie tomando de un solo trago el contenido de su copa.

—El otro inconveniente —dijo Ludvik con cara de burla mientras encendía su pipa—, es tu cara de niño, a las mujeres les gusta más los hombres, con cara de hombres; por lo cual, tus posibilidades a lograr tales objetivos es absolutamente nula.

—Miren quien habla, les respondió Walther —molesto por los comentarios jocosos de sus amigos—, yo puedo cargar tres cajones sobre mi hombro y ustedes no más de uno, parecen dos mujeres.

—Lo que ocurre —dijo Freddie, entendiendo que su amigo siempre mordía el anzuelo, y cuanto más se molestaba más gracia les causaba —, es que nos pagan a todos por igual tanto para cargar uno o tres cajones, por lo cual, tu eres un niño tontolon, que haces el esfuerzo por nosotros, sin recibir nada a cambio.

Cuando Ludvik observó la cara roja de rabia de su pequeño amigo Walther, no pudo aguantar y se rió a carcajadas, también Freddie estalló de risa.

Walther como siempre ocurría, los insultaba con todos los epítetos que conocía, de pie y con sus puños cerrados apoyados sobre la mesa, esto más gracia les  causaba a sus dos compañeros.

—¡Cuando sea rico bellacos, me verán pasar en una carroza de oro,  acompañado por una duquesa hermosa; y yo les arrojaré un penique, porque ustedes solo serán unos pordioseros malolientes!.

Esos arrebatos de furia de Walther, hacía que sus dos amigos se descostillaran más aún de risa. La técnica era siempre la misma, buscaban otro tema de conversación para distraerlo, y después que su joven compañero se le pasara la ofuscación, buscaban otra cosa para burlarse. 

Ludvik, después de guiñerle un ojo a su amigo Freddie, sin que Walther se diera cuenta, comenzó con otra historia. 

—Ayer me encontré con el herrero, y me comentó algo que me dejó de una sola pieza.

 —¿Qué te comentó? —le preguntó Freddie, simulando cara de intriga, sabiendo que se preparaba el terreno para otra broma a su pequeño amigo.

—Me dijo que en el camposanto de la abadía abandonada vio a un fantasma salir de una tumba; era una mujer que no tenía cara; con una mortaja tan blanca como la misma luna llena. —Después de decir esto, Ludvik, comenzó a cargar su pipa con tabaco para esperar alguna reacción de Walther.

—Yo no creo en fantasmas, —dijo Walther para después terminar su copa de un sorbo y depositarla sobre la mesa con un golpe.

—Yo no iría a un cementerio abandonado de noche ni por una bolsa de oro. —dijo Freddie, para ir llevando a su pequeño amigo Walther, al terreno que ellos pretendían. 

—Yo tampoco, —afirmó Ludvik—, solo para arriesgarme a un susto innecesario, no le veo la gracia. 

La sutil trampa estaba tendida y su inocente amigo Walther, cayó en ella. 

—Lo que ocurre es que ustedes son unos cobardes, yo en cambio no le tengo miedo ni a los cementerios, ni a los fantasmas, puedo ir solo si lo quisiera y pasar la noche allí durmiendo plácidamente. —Walther creyó que había encontrado el talón de Aquiles de sus amigos, que acostumbraban a burlarse y reírse de él. 

—Si eres tan valiente —le dijo Freddie a su pequeño amigo, blanco de sus chistes pesados—, te apuesto la mitad de mi jornal de una semana que no eres capaz de ir solo de noche a ese tenebroso lugar.

—Yo te apuesto otro tanto, si eres capaz de ir allí y clavar una estaca en una de esas fantasmagóricas tumbas, a las doce de la noche —redobló Ludvik, pergeñando alguna situación que enfureciera como siempre a Walther.

—Trato hecho, jamás he tenido la oportunidad de conseguir el jornal de una semana con tanta facilidad, gracias a dos cobardes grandulones. —dijo Walther sonriendo con soberbia, tratando de poder humillar por fin a sus dos amigos.

La apuesta se llevaría a cabo al día siguiente. El cementerio de la abadía abandonada era una lugar realmente tenebroso, los parroquianos no pasaban por allí ni siquiera de día, hasta los árboles que estaban desnudos por el invierno parecían espectros retorcidos suplicando clemencia. 

Esa noche había viento y la luna no alcanzaba a iluminar por las nubes que la cubrían. La abadía estaba rodeada por un grueso cerco de piedras el cual era demasiado alto para saltarlo, solo se podía ingresar al lugar escalando el portón principal de hierro, cerrado con un candado y una cadena muy gruesa, para después poder saltar hacia dentro, con la precaución de no quedar enganchado por las afiladas púas oxidadas que lo coronaban. 

Para llegar al cementerio había que rodear al antiguo templo semi destruido, el cual había sido invadido por una enredadera de la que solo se observaba una maraña de ramas que trepaban hasta la torre principal.

Los tres amigos se encontraron a la hora fijada, cada uno llevaba un farol, y tenían preparada la maza y una gruesa estaca de madera. Curiosamente, quizás por el lugar, la hora, el viento, o el frío, tanto a Freddie como a Ludvik, está broma que pretendían llevar a cabo para molestar a su pequeño amigo, no les estaba resultando muy agradable.

— En realidad —le dijo Ludvik a Walther—, no creo necesario que tengas que demostrarnos que eres valiente, sabemos que lo eres estimado amigo, el solo hecho de haber venido hasta aquí, es suficiente para considerarte el ganador, de mi parte estoy satisfecho, ¿qué opinas Freddie?, mejor nos vamos a compartir unas exquisitas cervezas las cuales se encuentran ya pagas para nuestro valiente camarada.

Freddie no dudó en acompañar la propuesta, no valía la pena estar allí, en ese lugar que no le hacía nada de gracia.

Pero el pequeño Walther, tenía otra opinión al respecto y deseaba cumplir con la apuesta. Para trepar por el portón se quitó su capa, y después sus dos amigos se la pasaron entre los barrotes junto con el farol, la maza y la estaca. Sus dos amigos lo vieron perderse por detrás de los muros de la abadía; al cabo de unos minutos escucharon nítidamente los golpes que su amigo aplicaba a la estaca, pero después que los golpes cesaron; escucharon un grito aterrador de su pequeño amigo Walther que hizo que se les helara la sangre; en un primer momento pensaron que su joven amigo les había jugado una broma a ellos, y una vez logrado su objetivo, aparecería sonriente para decirles que eran un par de cobardes; pero eso no ocurrió. Después de un rato, al comprobar que no regresaba, decidieron ir a ver. Cuando se acercaron al sector de las tumbas, el farol de Walther les indicó el lugar donde estaba. Lo que vieron y comprobaron quedó grabado a fuego en sus mentes para el resto de sus vidas.

Walther estaba allí tendido, muerto; por el apuro del compromiso, había clavado la estaca junto con su capa al suelo; al querer retirarse de allí tan rápido como pudiera; sintió que alguien lo sujetaba por detrás; el destino, su corazón, y una desafortunada apuesta; quiso retenerlo allí para siempre.

lunes, enero 15, 2024

UNA HISTORIA DE LA PAMPA

         



   Muchas veces las historias extrañas , no son creíbles porque no existe una prueba contundente que compruebe lo ocurrido, más allá de la credibilidad de aquel que cuenta su experiencia, y más aún cuando se trata de personas… o mejor dicho, de entes; del más allá. 

Esta historia proviene de un grupo de albañiles que yo contraté para construir una vivienda en una estancia en la pampa húmeda, provincia de Buenos Aires, a unos cinco kilómetros de Carmen de Areco.

El nuevo dueño del campo me pidió realizar una casa nueva en el mismo lugar en donde estaba la antigua.


F.B.


Se comenzó con el trabajo de demoler la casa de los antiguos dueños, la cual era antigua y se encontraba en buen estado estructural, excepto por la humedad de cimientos; de todos modos mi cliente quería realizar una vivienda totalmente nueva. 

El equipo de trabajo estaba compuesto por un muy buen albañil, al cual yo contraté para realizar toda la mano de obra, más su hijo, dos ayudantes y otros dos albañiles.

Un viejo obrador se reparó para que allí pudieran vivir todos ellos; trabajaban de lunes a viernes y se trasladaban con la camioneta del contratista que se llamaba Pereira. Un sector de la vieja casa no se terminó de demoler porque utilizamos el lugar para guardar las herramientas y los materiales. 

Cuando comenzamos con los primeros trabajos y se derribaron las primeras paredes, un viejo capataz del dueño anterior que quedó como personal estable, llamado José, antes de retirarse a su casa venía a observar los avances del trabajo, nos quedábamos charlando de temas diversos: la cosecha, el clima, las nuevas máquinas cosechadoras. No me pregunten el porqué, pero existen personas que describen situaciones con un diálogo pausado y profundo que cautiva al que escucha, sus pausas, sus silencios, su mirada; José tenía esa cualidad que también cautivaba a los operarios que me acompañaban. La gente de campo a diferencia del citadino está más en contacto con la naturaleza, sabe si la tormenta será fuerte, si el camino de tierra estará transitable después de la lluvia, si los animales están bien, puede orientarse en la noche cerrada, o saber si las nubes traen granizo. Arreglar el motor de su camioneta por un desperfecto, hace la diferencia entre poder llegar a su casa o no. José era un hombre de campo de cabo a rabo; cuando contaba historias entre mate y mate, fumando su tabaco negro, nos transportaba a un mundo que no conocíamos. Su aspecto realzaba su discurso; alto, con ropa de trabajo, alpargatas, boina negra, cara enjuta, nariz grande y bigote negro; su voz ronca y el aroma del cigarrillo adornaban sus palabras; hablaba pausado como si el tiempo no tuviera importancia; nos quedábamos hasta entrada la noche reunidos en torno al fuego, no faltaba ocasión para que alguien pusiera unos churrascos en la parrilla; debo decir que disfrutábamos la compañía de José. En una ocasión nos pareció que iba a relatar algo de mucha importancia, pero no lo hizo, se quedó callado pensando, y después siguió con otro tema.

Al mes de haber comenzado los trabajos, llegué un lunes temprano, y solo estaban trabajando Pereira y su hijo, cuando le pregunté el porqué me dijeron lo siguiente:


—No se acostumbran a estar lejos de su familia arquitecto, a pesar que les ofrecí más plata no quieren saber nada, pero la próxima semana se comprometieron otros tres muchachos, yo me encargo.


A la semana siguiente, Pereira cumplió con lo prometido y otros tres albañiles se hicieron presentes. Pero al finalizar la semana no regresaron. Comencé a preocuparme porque no era un trabajo solo para dos personas, y entonces, decidí hablar con Pereira suponiendo que el problema eran los jornales. Cuando me dijo lo que les pagaba, evidentemente ese no era el inconveniente, fue entonces, cuando me contó la verdad:


—En primer lugar arquitecto le quiero aclarar que aquí no tomamos alcohol, como usted bien sabe, lo hacemos en casa los fines de semana. Y esto que le voy a decir mi hijo aquí presente no me deja mentir; el asunto es que varias noches, entre las diez y las once, escuchamos discutir acaloradamente a un hombre y una mujer a los gritos; si bien algún animal puede hacer algún ruido extraño, nada puede ser parecido a lo que oímos. —Cuando Pereira me decía esto, mire la cara de su hijo, y por su expresión no era un chiste ni una tomada de pelo—, el primer día que nos pasó, pensamos que era una pareja que estaba detrás del depósito de los materiales, que tal vez venían hasta aquí para estar a solas, sin saber que nosotros dormíamos cerca; esa primera vez no hicimos nada, a las once de la noche se callaron. Pero a la noche siguiente, de nuevo la discusión, entonces yo decidí salir con la linterna; créame arquitecto que esto que le cuento me pone la piel de gallina; la verdad iba un poco molesto porque no nos dejaban descansar, pensaba asustarlos pegando un par de gritos; pero cuando rodie el galpón, se me heló la sangre, allí detrás no había nadie, y tampoco se escuchaba nada; ilumine con la linterna todo el lugar, y también el camino que lleva a la tranquera pero no vi nada. Llamé a los muchachos y recorrimos todo, incluso detrás del tanque australiano, la leñera, fuimos hasta el depósito donde guardan las máquinas y los fardos de pasto, y nada. 

Pereira siempre fue un hombre respetuoso y de no hacer bromas, pero su mirada me demostraba que lejos estaba de mentir, agregando que 

su hijo también tuvo la misma experiencia. Me completaron la historia diciendo que los gritos eran desgarradores, tanto de la mujer como del hombre, pero en un idioma desconocido para ellos, estos episodios se producían una o dos veces por semana y siempre en el mismo horario.

Resolver algo así no estaba en mis planes y se me ocurrió una idea: realizaríamos un galpón nuevo para las herramientas y los materiales, y terminaríamos de demoler el resto de la casa que faltaba; Así lo hicimos, e increíblemente estos hechos terminaron. Decidimos no comentar esto con nadie para que no nos tomen por locos.

Después de cierto tiempo, regresó a nuestras charlas nocturnas José, que había estado delicado de salud, y en honor a él, un viernes hicimos un asado, ya nos habíamos olvidado de aquellos hechos, cuando José nos hizo una pregunta con su voz inconfundible, mientras armaba uno de sus cigarrillos. 


—¿Nunca escucharon nada por acá?.


Yo decidí contarle toda la historia, y después, aquel viejo hombre de campo, de hablar pausado, nos completó la parte que no conocíamos.


—Yo tenía unos veinte años, cuando el patrón de la estancia me contrató junto a veinte hombres más de la zona. Era un alemán fornido y alto que hablaba el castellano a medias, pero se hacía entender, su mujer, todos los días por la mañana para el desayuno, que se daba aquí, esa era la costumbre, nos agasajaba con alguna torta que ella preparaba, eran muy buena gente. Pero la desgracia empezó cuando el hijo vino a tomar las riendas de la estancia junto a su mujer; vivían en Suiza y no tenían hijos. 

La mujer del patrón murió al año de haber llegado ellos, y el patrón un poco después; para nosotros de tristeza. A partir de ese momento se terminaron los desayunos y los buenos tratos para pasar a los malos modos. Un día el alemancito me gritó delante de mis compañeros, si no me sujetan lo agarraba del cogote; no me echó porque yo era una especie de capataz que conocía todos los trabajos y las máquinas. 

Cuando veníamos del campo muy tarde, siempre los escuchábamos discutir en la casa a los gritos, para nosotros él le pegaba, tal vez se pasaba con el alcohol. Pero un día de verano, todos estábamos reunidos tomando mate en el depósito, porque la lluvia era torrencial y no nos dejaba regresar a casa, cuando ocurrió la desgracia. Los oímos discutir acaloradamente como siempre, hasta que escuchamos el escopetazo y a los pocos instante otro; todos corrimos a la casa y comprobamos el desenlace de la discusión; ella lo mató con la escopeta y después se suicidó; no pudimos hacer nada, él tenía la cara ensangrentada y ella se voló los sesos, estaban tirados sobre un charco de sangre. Después de lo ocurrido aquella noche, nadie más habitó la vieja casa, tampoco había herederos, el juzgado remató la estancia y la compró el actual dueño. 

Después de aquello, cuando volvíamos tarde del campo, los seguíamos escuchando discutir como siempre, pero sabíamos que la casa estaba vacía. No quise contarles esta historia antes para no asustarlos, pero así fue. En el pueblo la llamaban la casa de los fantasmas peleadores. Después de escucharlo a José y cuando la reunión se terminó, yo para llegar a mi camioneta debía recorrer unos cien metros, por una calle flanqueada de árboles, en donde la oscuridad era total; les aseguro que no fue un momento agradable.

Cuando terminamos la casa, mi cliente lo festejó con un asado para todos nosotros y su personal; el asador oficial era Juan, después de comer, organizamos un campeonato de truco que duró hasta la noche, la pasamos excelentemente bien.

El último día, Pereira tenía su camioneta cargada para regresar, pero estaban cansados y era tarde, prefirieron quedarse a dormir y salir al otro día bien temprano, yo me fui ese mismo día. 

Al día siguiente cuando hablé con Pereira para juntarnos en mi estudio para terminar de cerrar el trato, me dijo esto:


—Arquitecto, no me va a creer, pero anoche, siempre a la misma hora, escuchamos nuevamente la discusión, pero esta vez fue distinto, se fue apagando lentamente hasta dejar paso al silencio; me animo a decirle que ahora ya descansan en paz.




viernes, noviembre 03, 2023

AJEDREZ, LA GRAN HISTORIA (quinta entrega)

       



 El rey, después de la corrida, llegó al castillo sin mojarse. 

El castillo era una fortaleza de piedra que poseía dos enormes torres...o tres, no recuerdo, las cuales, habían soportado durante miles de años, innumerables tormentas, vientos, granizo y también ataques. Todas estas inclemencias, fueron soportadas por las enormes y nobles masas de piedra, que a pesar de estar resquebrajada, se mantenían en pie, porque sus cimientos se construyeron por expertos artesanos albañiles, para poder soportar su enorme peso.

El patio principal estaba rodeado por una galería con estructura de madera, y al final de la misma se podía llegar a los corrales. Por fortuna después de la gran contienda algunos animales, aún compartían el lugar. Un caballo, dos cabras, cinco gallinas ponedoras, un gallo viejo algo desplumado, una vaca de enormes ubres, y una pequeña tortuga, que se perdía con frecuencia. 

Por aquellos tiempos los animales tenían la capacidad de hablar entre ellos, pero no lograban encontrar alguna forma de comunicación con los humanos, lo intentaron, pero llegó un momento en el que se aburrieron y no se preocuparon más. 

El gayo desplumado le dijo al grupo de animales.


—Llegó el rey, pero a la reina no la veo.


El viejo caballo, que durante su vida útil fue campeón de carreras, y pudo recorrer el mundo entero, ahora se conformaba charlando en el corral, recordando proezas, premios, y siempre recurría a contar una famosa competencia, en la que fue ovacionado por un público entusiasta que gritaba su nombre; siempre por costumbre, Hidalgo, así se llamaba; agregaba sutiles cambios, para que su historia fuese más entretenida; a pesar que todos la conocían de memoria, los atrapaba esa forma de contar, que parecía siempre una historia distinta. 


—Lo que a mí me preocupa es no verlo a IA, que es el que nos da de comer y saca el agua del aljibe, el rey no tiene la más pálida idea de cómo se hace, ni qué decir de limpiar el corral. —dijo Hidalgo, mirando por sobre la tranquera con cara preocupada. 


—Tienes razón —dijo la vaca—, yo necesito que me ordeñe todos los días, si no lo hace; mis días están contados.


Una de las gallinas, que corría a picotazos a una cucaracha, dijo:


— yo espero que llene el comedero con maíz hoy mismo, porque solo quedan tres granos.


—Yo espero que ni se le ocurra, comer carne de cabra. —dijo Elisa muy preocupada. 


La tortuga se llamaba Carolina, y su pasión era meterse en los rincones menos pensados, solo aparecía cuando le daba la gana. 

Dentro de todo, la convivencia en el corral era pacífica, sólo se alteraban los ánimos cuando la vieja reina aparecía por allí; a nadie le gustaba su cara. Iba muy  poco por suerte. Otro de los momentos difíciles era cuando el caballo Hidalgo, se tiraba una de sus acostumbradas flatulencias que eran memorables, no por lo estruendosas; lo peor venía después. 


Continuará 



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AJEDREZ, LA GRAN HISTORIA (cuarta entrega)

      



Quiero detenerme para analizar brevemente este juego milenario y apasionante, el ajedrez. 

El ajedrez se puede jugar entre dos adversarios, o contrincantes, o jugadores, que compiten para ganar, obviamente. Aunque si lo meditamos un poco, también se puede competir para perder, en este aspecto, tiene las mismas características que el fútbol (pasión de multitudes)

El ajedrez también se puede jugar con un solo jugador, que compite contra sí mismo…no sabemos si esto posee algún atractivo; o, entre un jugador y una fría máquina, que analiza billones de posibles jugadas en un segundo. También se puede jugar entre miles de personas, si, leyeron bien, entre miles de personas; lo que ocurre es que se debe limitar el tiempo para mover las piezas.

Las piezas del juego representan a dos reinos, uno blanco y otro negro; cada uno con una pareja de reyes, dos torres, dos alfiles, dos caballos y ocho pequeños y valientes peones. Por lo general al principio del apasionante juego, se enfrentan un peón negro y otro blanco, hante la atenta mirada de la pareja de reyes, custodiados como si fueran imprescindibles. No obstante, existe la posibilidad, que los caballos salgan primero, saltando por sobre los peones; pero si los peones no se arriesgan, todas las otras fuerzas de los reinos quedan atrapadas. Cabe también reflexionar que existe la posibilidad que las piezas sean movidas por una sola mano de las humanas, esta puede ser la mano de Dios, o de un ser superior …o la mano derecha o izquierda, salvo, obviamente, que el jugador solitario, sea zurdo, por lo cual, todo es igual, pero distinto…o también, que todo sea distinto pero igual.


Cabe señalar que en el milenario juego, en realidad, los por nosotros denominados "peones", no lo eran; y tampoco tenían baja estatura; en verdad, eran valientes y fornidos  guerreros, colocados es una fila con una de sus rodillas en tierra; preparados a brindar su vida, con honor, por el rey y su reina. Esto nos demuestra que la principal característica de un rey y su reina, es poner al servicio de su pueblo, su inteligencia, su integridad, su valor, y obviamente su vida. Por aquellos tiempos, solo era posible conseguir que un pueblo entero confiara en su rey y su reina, si estos no les mentían.


De acuerdo a los grandes maestros del ajedrez, tengo entendido que no es conveniente atacar, o comenzar el ataque por los flancos, lo correcto es tratar de dominar el centro del tablero, o el centro del campo de batalla. Tenemos que advertir a aquellos que deseen jugar al ajedrez, estamos hablando de un juego… tanto o más cruento, que los nuevos juegos virtuales, en donde el clima del lugar, más la muerte, pareciera ser su atractivo principal. 



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jueves, noviembre 02, 2023

AJEDREZ, LA GRAN HISTORIA (tercera entrega)

     



Cuando la reina llegó a la casa de IA su cólera era infinita; justamente le pasaba esto a ella, que jamás había pisado el barro en toda su vida; sus sirvientes le habían tenido terror; tener que recurrir a un insignificante peón pidiendo ayuda, era intolerable, pero otro solución no encontraba. Cuando estaba a punto de llegar por culpa del resbaladizo piso, se cayó sentada…maldijo al mundo entero, con improperios jamás escuchados, pero quién la podía escuchar si no quedaba nadie en su reino. 

Cuando llegó a la casa de IA golpeó la puerta y esperó. IA cuando escuchó que alguien llamaba, imaginó que no había quedado solo, pero cuando abrió la puerta de su casa, por poco se cae de espaldas, el aspecto de la reina era más que lamentable, era un estropicio. 

—Puedo pasar, —dijo la reina autoritariamente. 

—No —le dijo IA a la señora.


En aquellos tiempos, los reyes y la corte que los rodeaba, no pedían permiso, tampoco decían perdón, ni gracias, ni señor, señora o señorita. Era la costumbre; hoy serían algo así como… maleducados importantes; para referirnos a estas personas en forma respetuosa.


—¡Porqué! —gritó la reina golpeando con su pie el suelo, no ves en el estado en el que me encuentro. 


IA, que siempre fue respetuoso, le dijo:

—Es justamente por eso señora, que no puede usted pasar, recién terminó de limpiar el piso, y no deseo que usted lo ensucie con barro.


La reina, que estaba por estallar de rabia, se contuvo, y utilizó uno de los estilos de persuasión más antiguos que la injusticia; dar lástima. 


—IAITO, estoy desesperada, el rey me abandonó a mitad del camino, estoy mojada, hace frío, tenme piedad.


IA, que ya conocía a la reina, desde hace mucho, le permitió pasar, bajo una sola condición…que se quitara los zapatos. 


Una vez que la reina entró esto pasó. 

La reina, jamás había entrado a la casa de ninguno de sus peones; y lo que vio allí, le resultó extraño, y sorprendente a la vez. La casa no era grande, se podría decir que bastante chica, pero comparada con el castillo su tamaño era insignificante. 


En cuanto al tamaño de las cosas, todo es muy relativo, como en el mundo de los animales; un elefante es enorme con respecto a una pequeña hormiga; pero ambos poseen un corazón… ¿o no?.

Bueno, si buscamos en Wikipedia, estos nos dice: 


"Las hormigas (Formicidae) son una familia de insectos eusociales que, como las avispas y las abejas, pertenecen al orden de los himenópteros. Las hormigas evolucionaron de antepasados similares a una avispa a mediados del Cretáceo, hace entre ciento diez y ciento treinta millones de años, diversificándose tras la expansión de las plantas con flor por el mundo. Son uno de los grupos zoológicos de mayor éxito, con unas catorce mil especies descritas, aunque se estima que pueden ser más de veintidós mil. Se identifican fácilmente por sus antenas en ángulo y su estructura en tres secciones con una estrecha cintura. La rama de la entomología que las estudia se denomina mirmecología".


No nos queda muy claro si poseen corazón o cerebro, pero en particular a mi me asombra su sistema de vida, que siendo tan antiguo, aún funciona, y muy bien. Lo que no podemos saber es…si son felices. Por esto estoy pensando que a pesar de comerse las flores de mi jardín, tienen derechos… me pregunto si tendrán obligaciones. 

Tal vez su obligación sea molestar a los humanos, o alimentarlos. 


Está por verse; todo depende de los humanos. 

Está por verse todo; depende de los humanos.



Continuará 

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miércoles, noviembre 01, 2023

AJEDREZ, LA GRAN HISTORIA (segunda entrega)

 


          La reina y el rey se fueron de regreso a sus castillos, decepcionados, porque notaron en la mirada del pequeño peón, algo que a lo largo de toda su vida nunca habían experimentado; la indiferencia. 

—Te diste cuenta, ni se inmutó, a pesar de haber hablado cordialmente su ojos me decían "no me interesa". —le dijo la reina al rey, que caminaba junto a ella por el camino de tierra.

—Si, lo noté de inmediato… estamos en problemas —le dijo el rey mirando a la reina.

La indumentaria de los reyes era verdaderamente elegante, pero no muy práctica para este tipo de caminos; cuando el rey miró hacia el este, pudo comprobar que se avecinaba una tormenta, y por el color de las nubes era una tormenta de magnitud. 

—Creo que no llegaremos a tiempo a nuestro castillo —le dijo el rey a la reina—, si no apretamos el paso nos agarrará la tormenta. 

La reina, desinteresada como siempre, solo le dijo:

—Perdón…te estás refiriendo a ¡mi! castillo, no al tuyo.

—Piensa lo que quieras, yo empiezo a correr, no deseo mojarme. —le dijo el rey, tirando el sombrero de plumas a un lado del camino, y empezó a correr hacia el castillo.

La reina al no poder correr por estar encorsetada, enfureció de tal modo que comenzó a insultar hasta las piedras, su ira la hizo tropezar y cayó de bruces al suelo, desgarrando su vestido repleto de lentejuelas y bordados de oro.

Curiosamente, después de la gran batalla, se salvaron muchísimas bandadas de pájaros. 


Cuando las tormentas en el campo se aproximan, la mayoría de las aves y animales se asustan como en las tormentas de fuego. Los animales grandes o chicos, incluso los insectos, poseen un sistema de defensa que los hace realizar cosas muy curiosas.


Cuando la reina se incorporó, con su cara toda sucia y despeinada, observó que miles de bandadas de pájaros volaban hacia el oeste aterrorizadas.

Al cabo de unos instantes comenzó a llover copiosamente. 


Cuando en el campo llueve, copiosamente, por lo general, los caminos se tornan intransitables por el barro. Agua + tierra = barro


La reina que no era tonta, realizó un cálculo muy rápido…pero muy obvio. 

La casa de IA, le quedaba más cerca que llegar al castillo. Entonces,  emprendió el regreso a la casa de IA, pero el camino era un verdadero lodazal; solo había recorrido unos metros y su estado era deplorable; parecía un helado de chocolate derretido.


Continuará 


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lunes, octubre 30, 2023

AJEDREZ, LA GRAN HISTORIA


Este cuento que deseo contarles, ocurrió hace miles y miles de años, cuando la tierra era muy, muy, chica, o no tanto.

Pero recomiendo que el mismo solo lo lean los padres, junto a sus hijos.

F.B.


Después de la cruenta batalla, solo quedaron la reina, el rey, y un peón llamado IA, rodeados de espanto.

El peón de pie y voz firme, les preguntó a los reyes.


—Se que están enemistados, y también sé, que ninguno de los dos me representa, por lo cual les pregunto una sola y última vez. Para quien desean que aporte mi inteligencia. 


—Para mi  —se apresuró a decir la reina.


—Para mi dijo el rey. 


—Entonces IA, con cara de desencanto dijo: entonces trabajaré…para mi.


Después de unos días, al comprobar los reyes que ya no tenían a nadie que pudiera trabajar para ellos, comprendieron que tendrían que realizar su propia huerta, lavar los platos, tender la ropa, cortarse el pelo; decidieron no pelear entre ellos y fueron en persona a visitar a IA.


IA, se preguntó ¿para qué me querrán?, pero considerando que no ganaba ni perdía nada, les abrió la puerta, la cual estaba protegida por una reja de gruesos barrotes; pero que IA, mantenía abierta, porque en el reino ya no quedaban ni siquiera ladrones




Cuando IA, les abrió la puerta, les dijo:

—Me tendrán que disculpar, no puedo ofrecerles nada para comer o tomar, porque yo ni bebo, ni como; ustedes bien saben que estoy hecho solo de cables y chips. (de esa forma se decía antiguamente, no tengo un cobre, ni partido al medio).


Primero habló la reina, siempre con su mismo tono de voz intolerable y caprichosa.


—Tu obligación IA, es colocarte de inmediato a nuestras órdenes porque este es mi reino, y no lo compartiré con nadie jamás en toda mi vida.  —después de decir esto, la reina se quedó mirando a IA con su característica cara de mujer todo poderosa e implacable.

Después el rey con su mano apoyada en su espada, y colocando su pie sobre una pequeña piedra, le dijo a IA, también en forma autoritaria.

—Te íntimo IA, que mañana a primera hora de la mañana te presentes en el castillo para trabajar, de lo contrario, ¡serás despedido de inmediato!


IA, quedó extrañado ante esto que escuchaba por parte de los reyes; en primer lugar, porque no sabía que se habían reconciliado, y en segundo lugar porque él no los necesitaba. Entonces IA, para no ser descortés, amablemente les dijo:


—Mañana no voy a poder señor rey, pero pasado trataré (en aquella época la palabra "trataré" tenía dos interpretaciones, una era lo que parecía… es decir hacer el esfuerzo, y la otra era: ¡vallanse a freír churros!, en aquellos tiempos las personas eran muy educadas.


Continuará


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