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viernes, agosto 21, 2026

EL CARPINTERO DE NOTRE DAME

           A principios del invierno del año 1340, en París, la catedral de Notre Dame ya mostraba su figura deslumbrante e imponente. «Emmanuel», la campana mayor de trece mil kilos, llegaba al pie del campanario transportada sobre un carro tirado por cuatro caballos que chapoteaban en el barro provocado por la lluvia del día anterior.


—¡Gérard!, ¡Gérard!, despierta, ya es hora —la madre del joven abrió la ventana de la pequeña habitación para ventilar—. El sol aún no había despuntado; la mujer, presurosa, sabía que a su hijo, único sustento familiar, le esperaba una ardua jornada de trabajo.


En la cocina, sobre el fogón encendido, una pesada olla calentaba una sopa espesa cuyo aroma inundaba aquel ambiente de paredes ennegrecidas por el hollín.


El joven, tras levantarse del catre, se dirigió al patio para lavarse; luego, al entrar en la cocina, besó a su madre en la frente y se sentó ante la rústica mesa de madera que había construido con sus propias manos. Mientras ella le servía el desayuno, Gérard recordó con una leve sonrisa el cuerpo de su novia Mirtha la noche anterior en el granero.




—Ayer Mirtha me trajo huevos y jamón —le dijo su madre mientras colocaba una astilla de madera en el fuego—. No sé por qué motivo me pidió que te cuidara mucho —continuó la mujer con una sonrisa pícara, mirándolo de reojo.


—Ya te dije, madre, que cuando esté lista la catedral me iniciaré como cura; por lo cual no tienes de qué preocuparte, jamás te abandonaré —le respondió Gérard con voz pausada, como consolándola.


Tras escucharlo, su madre le dio un cariñoso coscorrón en la cabeza:


—¡Mentiroso! Dios te castigará.


Ambos rieron. El joven, después de ponerse su jubón de lana de cuello alto y su gorra, se despidió de su madre y partió al trabajo.


Gérard era carpintero y trabajaba en la obra de la catedral desde hacía cinco años. Cuando llegó, varios hombres, cual sombras negras, se calentaban las manos en fogatas que despedían un humo espeso. Gérard, ubicándose también ante el fuego reconfortante, observó la gran campana que ese mismo día sería izada a su posición definitiva. El maestro de obra le había encargado la realización del enorme andamio que soportaría el colosal peso, así como la coordinación de las tareas de la jornada. La estructura se había levantado a lo largo del interior de la torre sur; el joven tuvo que modificar todo este entramado de maderas para que la campana mayor pudiera pasar y ser izada mediante una enorme polea, cuya soga estaría amarrada a una yunta de bueyes guiada por varios hombres para garantizar movimientos lentos y precisos.




Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a calentar el aire de aquel frío día, los hombres se prepararon para la tarea principal. Gérard, tras bromear con algunos sobre la resistencia del andamio, se concentró en la misión que, como todo movimiento de elementos pesados, entrañaba sus riesgos. Con agilidad se trepó a la parte más alta de la torre, junto a la polea, llevando unos rollos de soga por si surgía algún imprevisto. Seis de sus compañeros subieron por el andamio y se ubicaron en puntos estratégicos para vigilar que la mole de bronce no chocara con ningún travesaño, lo que habría provocado un desastre. Cuando los pesados animales comenzaron a avanzar, la enorme campana empezó a elevarse lentamente. Toda la estructura crujió, pero, a los ojos experimentados de Gérard, todo marchaba bien.




—¡Vamos, señores, apuren el trámite, que hoy tengo una cita con mi novia! —gritó Gérard a aquellos rústicos hombres, quienes rieron sabiendo que el joven conocía su oficio al detalle y confiaban plenamente en él.


La pesada carga subía con lentitud. Al alcanzar una altura de unos cuarenta metros, Gérard impartió una orden contundente:


—¡Deténganse! —Todos acataron la indicación de inmediato.


Gérard se ubicó en una posición que le permitía verificar si el borde de la campana pasaba por un sector del andamio especialmente estrecho y oscuro. Encendió un farol, lo bajó atado a una soga y, tras comprobar que todo estaba en orden, gritó a sus compañeros:


—¡Sigan, muchachos!


El último tramo restante era lo suficientemente amplio como para no ofrecer inconvenientes, por lo que Gérard se sintió más relajado. De pronto, se escuchó el crujido característico de la madera al quebrarse. Uno de sus compañeros, situado en el sector más bajo, gritó alarmado


—¡Es aquí, Gérard! ¡La columna no soporta el peso!




Gérard ordenó detener el trabajo de inmediato, tomó un rollo de soga, se lo cruzó al pecho y comenzó a bajar tan rápido como pudo. Al llegar, observó que el grueso puntal estaba gravemente dañado. Rodeó sin dilación la quebradura con la soga a modo de venda; sin embargo, el apuro por evitar un derrumbe que mataría a sus compañeros hizo que diera dos vueltas de cuerda por detrás de su propia cintura. Al terminar, comprendió que había quedado amarrado al grueso puntal —ahora asegurado—, sin posibilidad de liberarse por sí mismo. Aun sabiendo las consecuencias, dio la orden:


—¡Continuemos!


Al primer tirón de la cuerda principal que permitía el ascenso de la pesada campana, el puntal se reacomodó crujiendo una vez más. Gérard temió que todo colapsara y alcanzó a gritar a sus compañeros:


—¡Bajen de inmediato, lo más rápido posible!


Los hombres obedecieron. La subida de la campana se detuvo y la estructura soportó la tensión, pero el tórax de Gérard no resistió la presión del entramado; quedó allí atado y malherido, sin que nadie pudiera socorrerlo a tiempo. Después de apuntalar el sector donde yacía su cuerpo, sus compañeros cortaron las gruesas sogas que lo sujetaban y lo bajaron con cuidado. Gracias a su coraje, logró salvar la vida de seis de sus colaboradores.


Por la tarde, el maestro de obra, un sacerdote y dos de sus compañeros se presentaron en la casa de Gérard. Al abrir la puerta de la humilde vivienda, la madre comprendió de inmediato lo ocurrido y solo dijo:


—Traigan a mi hijo ahora, que esta noche hará mucho frío y le tengo preparada la cena.


Los compañeros trasladaron a Gérard sobre un tablón y lo colocaron en el único sitio disponible: sobre la mesa de la cocina. Su madre le limpió el rostro y lo peinó despacio, llorando con amargura e impotencia. Luego le quitó los zapatos embarrados para secarlos junto al fuego, encendió una vela en la repisa que iluminaba un crucifijo y colocó la olla sobre el fogón para calentar la comida.


En la angosta callejuela, los obreros encendieron una fogata dispuestos a pasar aquella triste y fría noche. Cuando la joven novia de Gérard entró en la casa, no encontró lo que temía; sobre la rústica mesa ya no estaba su amado en vida. Tan solo atinó a besar sus manos heladas y, tras abrazar a la madre de su novio, se retiró entre lágrimas para no volver. Ella, aun sin saberlo, todavía tenía un futuro por delante; no así la madre, cuyas ilusiones y porvenir yacían allí, sobre la mesa que sostenía a su único hijo inerte.


Los compañeros de Gérard ingresaban en pequeños grupos a la penumbra de la cocina, con las gorras en la mano, para rendir el último homenaje a su querido amigo. Al salir, alguien les ofrecía un tazón de sopa caliente. Aquellos hombres, en torno a la fogata improvisada que iluminaba sus rostros duros, se calentaban las manos en la noche helada; eran seres de carne y hueso a quienes la historia rara vez recuerda, a pesar de dar la vida en obras majestuosas que parecen eternas. Muchos de ellos, al recibir el alimento de manos de mujeres piadosas, sintieron que era el propio Gérard quien se lo brindaba para calmar su hambre y despedirse… Tal vez fuera así.


Al despuntar el sol sobre los tejados húmedos, la madre de Gérard abrió la puerta ajustándose el delantal entre las manos y, dirigiéndose a los obreros, dijo con voz firme:


—Ya pueden llevárselo. Ahora les pertenece; sé que estará en buenas manos.


Los seis compañeros que le debían la vida se acomodaron para llevarlo en el mismo tablón en el que lo habían traído. Alguien ofreció un carro de verduras para trasladarlo con mayor comodidad, pero ellos prefirieron cargarlo a hombros a modo de humilde tributo. Detrás, los demás obreros los acompañaron en una larga columna que avanzó entre los pobladores, quienes observaban el paso en respetuoso silencio.


Al dejar atrás el caserío, el sol iluminó el rostro de Gérard y una brisa le movió el cabello. Al compañero que contempló su cara le pareció que le brindaba una última sonrisa, lanzando una broma desde la altura de su andamio.


Cuando el cortejo llegó a la catedral, el portal principal estaba abierto esperándolo. Ingresaron y recorrieron lentamente la nave central, donde aún se veían altos andamios y gruesas sogas que caían hasta el suelo. Ante el altar depositaron el cuerpo sobre dos caballetes. Tres religiosos oficiaron una misa y uno de los hombres a quienes el joven había salvado no pudo contenerse y gritó:


—¡Adiós, querido amigo! ¡Siempre continuarás cuidándonos!




El tiempo transcurrió y la campana mayor todavía sigue allí; es la única que nadie ha podido bajar… Quizás el valiente Gérard aún la custodia. Todos aquellos hombres y mujeres que poblaron aquel tiempo son hoy solo sombras de un pasado olvidado. Sin embargo, en algún lugar del suelo de la inmensa catedral descansa una pequeña losa de mármol en la que se lee:


«Aquí descansa Gérard, el valiente carpintero de Notre Dame (1320 - 1340)». 



                        Fin de esta historia


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