Translate

miércoles, agosto 12, 2026

UNA MAESTRA RURAL

 


La educación es una obra de paciencia y de abnegación, de satisfacción interior y no de triunfos ruidosos.

Juana Manso (1819-1875)

1

         Dos horas de caminata le llevaba a Gloria llegar a su escuela. Su escuela, porque a pesar de ser propiedad de la provincia el edificio y todo lo que contenía, ese lugar le pertenecía; ella, la única maestra, lo cuidaba como si fuera su propia casa.




El zonda, el calor o el frío intenso templaron el carácter de una mujer ruda, con un único objetivo, similar al del náufrago que arroja una botella al mar con la esperanza de que alguien la encuentre. Para ella, ese mensaje consistía en lograr cinco futuros posibles para enfrentar un mundo hostil: Marita, la más chica; Rosalía, inteligente pero tímida; Florencio, delgado y bueno; Aníbal, una luz en matemáticas; y José, el más grande del grupo, fortachón y corajudo. Él solo enfrentó ese día al puma, seguramente tan hambriento como él.

Esa mañana el sol brillaba iluminando los cerros. Los cinco alumnos estaban parados frente al mástil y cantando como todos los días a las ocho en punto Aurora, mientras Juanita, la más pequeña del grupo, izaba la bandera con su delantal blanco, sus zapatillas rotas y sus dos trenzas negras como el carbón.

«Alta en el cielo un águila guerrera

audaz se eleva en vuelo triunfal,

azul un ala del color del cielo,

azul un ala del color del mar.

Así en el alta aurora irradial,

punta de flecha el áureo rostro imita

y forma estela al purpurado cuello.

El ala es paño, el águila es bandera,

es la bandera de la patria mía,

del sol nacida, que me ha dado Dios». 

Cuando sus voces fuertes y claras entonaban la canción patria, y seguramente sus corazones y sus mentes, en ese inhóspito lugar, junto a su maestra, sentían el amor sincero por su bandera, el suelo comenzó a temblar. El terror se apoderó del grupo, que corrió para protegerse en el lugar más seguro y confiable del mundo: junto a su maestra.

—¡No teman, chicos! ¡Ya va a pasar! ¡No tengan miedo, Dios nos protege! ¡Dios nos protege!

Fueron los tres minutos más largos de la vida de cada uno de ellos, excepto para José, que sabía de estas sacudidas. Cuando terminó, todos estaban abrazados en el patio; el mástil dejó de moverse. Pero, inmediatamente después, un estampido los asustó nuevamente: era la escuela que se desplomaba en cien pedazos frente a sus ojos atónitos, arrastrando los palos del techo y dejando una polvareda que cubrió sus cabezas con tierra.

—¡Viene otro! —gritó José.

Este temblor duró menos, pero dejó un surco que partió el patio de tierra en dos. Con el pasar de los minutos, regresó la calma. A Gloria aún le palpitaba el corazón con fuerza y dos lágrimas corrían por sus mejillas, pero debía mostrar fortaleza, sacarla de donde fuera.




—Ya pasó, chicos, ya pasó —tranquilizaba Gloria a sus alumnos, pero en su fuero íntimo sabía que, si hubiera ocurrido unos minutos después, habría sido una desgracia. Miró a los ojos a José mientras acariciaba la cabeza de Marita y abrazaba a Rosalía, que todavía temblaba de miedo. José le hizo una seña y ambos, sin hablar, quedaron de acuerdo en no decir nada más.

—¿Qué vamos a hacer, señorita Gloria, ahora que no tenemos escuela? —preguntó Florencio mirando la montaña de escombros.

—Por hoy, nada; pero mañana seguiremos adelante con lo que tenemos —respondió ella, resuelta.

—¿Qué tenemos? —preguntó Aníbal.

—En primer lugar, nos tenemos a nosotros; y después, toda nuestra escuela está allí, solo necesitamos volver a colocar los ladrillos en su lugar. —Gloria decía esto sabiendo que no les quedaba nada, mientras en su cabeza se agolpaban las ideas para imaginar por dónde empezar—. Bueno, chicos, mañana hay mucho por hacer. Vayan a sus casas y díganle a sus padres que habrá una reunión por la mañana, aquí en la escuela.

Cuando los chicos se fueron, Gloria se acercó a ver lo que quedaba de su escuela. Después de retirar unos palos y ladrillos, rescató el cartel que aún estaba sano, en el que se leía: «Escuela N.º 5».

2

Al día siguiente, Gloria llegó agotada cargando un bulto sobre su espalda; después de dejarlo sobre el piso, respiró profundamente. Al cabo de unos minutos llegaron sus alumnos junto a sus padres, quienes uno a uno la saludaron respetuosamente. Cuando todos estuvieron reunidos en el patio, Gloria, viendo a ese grupo de familias —con sus manos rústicas por las tareas del campo, sus rostros sombríos, sus ropas viejas—, entendió que su función, su trabajo y su empeño no solo eran necesarios, sino indispensables.

—Alumnos, papás, como pueden ver, la escuela está destruida. No obstante, las clases deben continuar; por eso, pido su ayuda para reconstruirla. Hoy mismo por la tarde iré a la gobernación para conseguir recursos, y mañana no habrá clases. Pero regresaré el miércoles y, si me ayudan, podemos empezar.

Cuando Gloria terminó de decir esto, el papá de José pidió permiso para hablar:

—Maestra, hoy mismo podemos empezar a trabajar. No necesitamos que usted, que tanto hace por nosotros, esté aquí. Usted consiga el dinero, nosotros pondremos nuestros brazos.

Todos asintieron. Ese mismo día empezó la reconstrucción de la escuela. El primer trabajo fue colocar el cartel de la escuela junto al pizarrón clavados en un algarrobo; después, Gloria extendió la lona que trajo sobre el piso.

—Bien, alumnos, tenemos mucho trabajo por delante, pero primero debemos izar nuestra bandera.

Todos los chicos se alinearon frente al mástil. Marita comenzó a izarla lentamente mientras todos cantaban la canción Aurora. Ese día, Gloria dio clases bajo el árbol con los chicos sentados sobre la lona, mientras sus padres trabajaban en la reconstrucción: los ladrillos por un lado, los palos del techo por otro y todo elemento que estuviera sano o se pudiera arreglar se juntaba en un sector del patio.

Al terminar la jornada, Gloria preguntó al grupo de padres qué necesitaban para levantar las paredes y rehacer el techo. Cuando terminó la lista, se dio cuenta de que la cantidad de materiales era enorme e imaginó el dinero que se precisaba: tirantes de madera, chapas, cemento, cal, clavos... Y la lista seguía. Sin la ayuda de la gobernación sería imposible.

Esa misma tarde, Gloria tomó el colectivo para la capital. A primera hora de la mañana se dirigió a la Dirección de Infraestructura Escolar; solicitó hablar con el director, pero, después de esperar dos horas, le dijeron que ese día no vendría y que la atendería el secretario.

Cuando la recibió, el secretario resultó ser un hombre alto, con un impecable traje gris, camisa blanca y corbata. Gloria se presentó y le dio todos los detalles de lo ocurrido, agregando la urgencia del caso porque sus alumnos no podían perder días de clase.

—Entonces, usted es la señorita Gloria García, de la Escuela Número Cinco —le reiteró este señor mientras escribía en un cuaderno.

—Así es, señor.

—Bien, y me dice usted que allí concurren cinco alumnos, ¿verdad?

—Así es, señor.

—Bien, bien —le dijo el secretario con cara de funcionario importante—. Lamentablemente, señorita García, por el momento no contamos con los recursos suficientes, por lo cual derivaremos a estos alumnos a la Escuela Número Diez y la tendremos informada para indicarle en qué lugar tomará servicio.

—Pero eso, señor secretario, es imposible —le respondió Gloria, preocupada—. Mis alumnos no pueden ir a esa escuela, porque queda del otro lado del río y es peligroso cuando llueve y crece de improviso, sumado a que tendrían una hora más de caminata.

—Lamento ese inconveniente, pero usted no puede pretender que por cinco alumnos debamos desatender otras cosas —le decía el secretario, cerrando su cuaderno en señal de que la reunión había terminado.

—¿Pero entonces, señor, vamos a dejar a estos chicos librados a su suerte? Creo que como Estado tenemos una responsabilidad, ¿no cree usted?

—Lo que usted o yo creamos no cambia nada. ¡No hay recursos, señorita García!, y eso es todo lo que le puedo decir.

—¿Qué ocurriría si la escuela la arreglan los padres? —preguntó Gloria, indignada.

—Bueno, en ese caso, todo seguiría como antes, y tal vez pueda conseguir que se coloque una placa conmemorativa agradeciendo la colaboración —dijo el funcionario con cinismo.




—Le diré algo, señor secretario; espero que lo anote en su libreta y se lo transmita al gobernador —le dijo en tono enérgico Gloria—. ¡Ni usted ni el gobernador sirven para una mierda! ¿Me entendió? ¡No sé si fui lo suficientemente clara! Mis saludos al gobernador.

Gloria se fue de allí furiosa, pegando un portazo. En el trayecto de regreso, más calmada, pensaba cómo explicar a los padres y a sus alumnos que la escuela no funcionaría más, y lo que más le dolía: que los chicos ya no quedarían a su cargo.

3

Cuando al día siguiente Gloria explicó a los niños y a sus padres la mala noticia, en un primer momento todos se quedaron callados, entendiendo la impotencia de ser pobres, de no tener recursos y de ser ignorados sin importar sus destinos.

—¿Qué pasa, maestra, si levantamos la escuela nosotros? —dijo el padre de José.

—Sin dinero, ¿cómo lo haríamos? Mi sueldo es muy poco para comprar todo —expresó Gloria con tristeza.

—Yo creo que tanto no haría falta, siempre que realicemos algunos cambios.

—¿A qué cambios se refiere, señor?

El padre de José, con su voz pausada y el característico acento de los hombres de campo, comenzó su explicación:

—Bueno, en primer lugar deberá ser más chica: tendremos que disminuir el largo de la sala; después, las paredes de ladrillo las levantaremos con adobe; las chapas para el techo las enderezamos, no quedarán como nuevas, pero no pasará el agua. En cuanto a la puerta y las ventanas, el padre de Florencio es carpintero…

—Así es, maestra —se apresuró a decir un señor morocho, quitándose su sombrero de ala ancha—. Yo me comprometo a reparar las ventanas, la puerta y los pupitres.

—Y nosotras, señorita —expresó la madre de Marita—, las mujeres, no nos quedaremos de brazos cruzados: haremos la comida y también podemos preparar el adobe para pegar los ladrillos.

—¿Cómo puedo ayudar? —dijo Gloria, emocionada y con lágrimas en los ojos.

—Usted, maestra —le respondió la mamá de Rosalía—, tiene que hacer lo que sabe: enseñar a nuestros hijos, porque ellos son nuestro futuro, nuestro sueño. Jamás deje de darles clase, maestra. Nosotros confiamos en usted y sabemos que ellos no nos defraudarán, son de buena madera.

Gloria, conmovida, fue y abrazó a la señora y le dijo:

—Estos chicos, querida señora, serán, no tenga dudas, grandes mujeres y hombres, se lo prometo.

A la mañana siguiente, cuando Gloria llegó a la escuela, la escena era conmovedora: una fogata encendida junto a una mesa improvisada se había preparado para compartir el desayuno de tortilla norteña y mate cocido. El sol recién despuntaba sobre las sierras, evaporando la humedad de la noche.

—¡A trabajar! —dijo alguien.

Todos comenzaron con sus tareas. Después de despejar el piso del salón, que no había sufrido daños, se comenzaron a distribuir los ladrillos para levantar las paredes. En una plataforma de madera con dos palos se arrastraba el adobe preparado por algunas mujeres. Con un cordel se había replanteado el salón y los padres de José y Marita empezaron a colocar las primeras hiladas de ladrillos.

El padre de Aníbal, que era el carpintero, comenzó a reparar las ventanas porque se colocarían primero, y agrupó los pupitres a la espera de ser arreglados. Dos hombres, a golpes, enderezaban las chapas retorcidas, mientras otro ordenaba los tirantes sanos.

Alrededor de las diez de la mañana, dos señoras comenzaron a preparar un guiso para el mediodía.



Los chicos, entre el sonido de los golpes y los gritos de sus padres, parecían entusiasmados en prestar atención a lo que escribía Gloria en el pizarrón. Ella lloraba, loca de contenta: lo que estaba ocurriendo allí, entre las sierras y caminos polvorientos y desolados, era un milagro.

—¿Por qué llora, señorita? —le preguntó Marita con cara de preocupación—. ¿Tiene miedo de que nuestros padres no sepan construir la escuela?

—No, Marita, no, querida; lloro porque… porque… ¡porque estoy feliz!

—Yo creía que se lloraba solo cuando se está triste —le dijo Marita.

—No, Marita, la gente también llora cuando está feliz, ya lo verás cuando seas grande.

4

Se tardó quince días en levantar las paredes hasta el techo. Una mañana, Gloria observó que los hombres tenían algún inconveniente porque hablaban en voz baja entre ellos y no comenzaban con la cubierta.

—¿Ocurre algo? —les preguntó Gloria, preocupada.

Fue entonces cuando el padre de José, un poco avergonzado, le confesó el problema:

—Lo que ocurre, maestra, es que para seguir con el techo necesitamos dos tirantes de madera gruesos, clavos para chapas, martillos, alambre y un serrucho más, porque el único que tenemos lo está utilizando el papá de Aníbal.

—Realicemos la lista, yo me encargo —dijo resuelta Gloria.

Al otro día, Gloria entró a la única ferretería que había en el pequeño pueblo.

—¿Qué necesita la maestra? —le dijo aquel viejo gruñón apodado por todos como «Perro Malo».

Gloria le extendió la lista sobre el mostrador, sabiendo que el dinero que llevaba no le alcanzaría.

—No me alcanzará para pagarle todo —dijo secamente Gloria.

—¿Quién le dijo que me lo tenía que pagar? —dijo aquel hombre de gorra y mameluco sucio—. Es solo un préstamo.




—¿¡Un préstamo!? —preguntó Gloria, extrañada.

—Sí, como me oyó: un préstamo.

—¿Y cuándo lo tendré que devolver?

—El mismo día que me muera, ni un día antes ni un día después —dijo el hombre seriamente—, que, dicho sea de paso, no falta mucho. Ese día, si no me encuentra, deje todo en el patio, seguro estará el portón abierto.

Gloria se acercó al viejo ferretero y le dio un beso en la mejilla. Mientras el hombre preparaba el pedido, comentó:

—Sabe, maestra, me hubiera gustado verle la cara al funcionario cuando le dijo de frente lo que todos pensamos y sabemos. Me imagino el momento y me río solo.

—¿Quién le contó? —preguntó Gloria, ruborizada.

—Un pajarito. Bueno, mañana le alcanzaré todo, lo llevaré con la chata.

5

La escuela por fin se terminó. Todos trabajaron la última noche, apurados para poder dar los últimos detalles: las paredes lucían rústicas y blancas como la nieve, contrastando perfectas con el tono claro de la madera; el piso de cemento brillaba como un espejo a fuerza de kerosén, y los pupitres habían quedado como nuevos. El ferretero agregó a su préstamo una salamandra de hierro cuyo tiraje colocó él mismo.

El lunes por la mañana, a las ocho en punto, todos estaban reunidos esperando ansiosos que llegara Gloria frente a la puerta, la cual ostentaba un cartel que decía: «Escuela N.º 5 de la maestra Gloria García». Cuando ella llegó, todos la aplaudieron y Marita le dio un abrazo, un beso y le entregó el mayor de los trofeos que puede recibir una maestra rural: la llave de su escuela. Ese día no hubo clases; se hizo un asado como festejo, que también dio en préstamo el viejo ferretero.

Los años pasaron y los alumnos de la maestra Gloria encontraron su destino: José llegó a ser capataz de una empresa avícola; Aníbal se recibió de ingeniero civil; Florencio fundó un próspero aserradero; Rosalía estudió violín y trabaja en la orquesta estable del Teatro Colón; y Marita, la más chica, fue maestra rural y fundó la primera biblioteca de su pueblo. Una vez por año se encontraban en la vieja escuela sus alumnos, acompañados por sus hijos, para dejar allí un ramo de flores en homenaje a su maestra.

A pesar de estar en pie, las autoridades habían clausurado la escuelita definitivamente por no cumplir con las normas edilicias necesarias para una educación de calidad.

Gloria García, un día de invierno, ya no pudo concurrir a su querida escuela: no por no querer, sino por no poder. Tal vez el viento zonda siga con persistencia tratando de aplacar su espíritu, pero no pudo, porque ella se eleva majestuosa como el águila guerrera de la canción patria:

«Alta en el cielo un águila guerrera

audaz se eleva en vuelo triunfal,

azul un ala del color del cielo,

azul un ala del color del mar».



Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."









Invitame un café en cafecito.app



No hay comentarios.: