"El universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna".
Jorge Luis Borges (1899 - 1986)
Siempre me ha intrigado el universo; pero lo realmente impresionante son sus distancias abismales, las que podemos aproximarnos a imaginar cuando las establecemos en años luz. No obstante, lo que es imposible de afirmar es si el universo es infinito, si posee un límite o si, tal vez, forma parte de algo muchísimo más grande aún.
Tratemos de imaginar que el sistema de tres estrellas más próximo al Sol se llama Alfa Centauri y se encuentra a una distancia de nuestro sistema solar de 4,36 años luz. Pero si consideramos que el universo observable mide 93.000 millones de años luz —es decir, 93.000.000.000 de años luz—, llegamos a la conclusión de que con nuestra ciencia solo podremos formular hipótesis e imaginarlo. Lejos estamos de conocer acabadamente todas sus leyes y todo lo que contiene: materia, antimateria o vida.
Ahora, para tratar de ubicarnos en escala, un año luz es la distancia que recorre la luz en un año a una velocidad de 299.792,458 kilómetros por segundo. Para comprender este vértigo: la sonda solar más rápida alcanzó una velocidad cercana a los 700.000 km/h. Por esto estamos lejísimos de conseguir velocidades próximas a la de la luz, por lo cual recorrer el universo es, por ahora, una aspiración muy remota... salvo que existan seres más inteligentes que hayan logrado esas velocidades y estén interesados en ayudarnos.
Una de las formas de estudiar el universo es la radioastronomía, que consiste en captar las ondas de radio provenientes de los objetos y cuerpos estelares. El protagonista de esta historia era un estudiante de esta ciencia del cual no daré el nombre porque quiso mantenerlo en secreto; lo llamaré Mario L. Cumplía una guardia en el observatorio de Goldstone, ubicado en el desierto de Mojave, cerca de Barstow, en el estado estadounidense de California.
Debo hacer algunas aclaraciones para beneficio de este relato: en primer lugar, yo no soy experto en ninguna ciencia aeroespacial, y menos aún en radioastronomía. Lo que aquí contaré será con mis palabras, tratando de ser lo más explícito posible. Lo interesante y jugoso de esta historia es lo que me contó Mario L., pero solo existen dos opciones: creer esto o considerarlo un enorme embustero. Ustedes decidirán.
Mi primer contacto con Mario L. fue por correo gracias a un amigo en común de la universidad que me adelantó esta historia, la cual me interesó conocer. Nos encontramos una tarde en la cafetería de la ciudad universitaria. Cuando lo vi, mi primera impresión fue la de un joven estudiante de vestimenta informal, tez blanca, cabello negro bastante despeinado y zapatillas; pero cuando comenzó a hablar, su castellano no era el mejor e intercalaba algunas palabras en inglés. Lo primero que me dijo fue que había aceptado la reunión porque necesitaba que su experiencia quedara, al menos, registrada por escrito, aunque él no fuera nombrado. Le pregunté por qué quería mantenerse en el anonimato y me dijo que por la simple razón de que no lo tomaran por loco. Me contó, además, que después de ese episodio, en el 2008, lo echaron y que, por suerte, ahora tenía novia y trabajaba manteniendo los sistemas informáticos de la UBA.
—Comencemos —le dije.
Y esto me contó:
—Me encontraba en el quinto año de la carrera de radioastronomía cuando surgió la oportunidad de trabajar en el observatorio. El trabajo me resultaba superatractivo por mis conocimientos en computación y sistemas; el hecho de estar de guardia yo solo en esa sala, sentado en el control principal, me apasionaba. Tanto es así que mi horario era desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana, y el tiempo se me pasaba volando. Este tipo de trabajo implica estar siempre con auriculares observando varias pantallas que pueden captar el sonido de un alfiler cayendo al piso como si se cerrara una puerta con el viento. Lo que ocurre es que se escuchan cientos de sonidos, los cuales, de acuerdo a su frecuencia, únicamente podemos separar mediante complejos sistemas electrónicos que se observan en los monitores. Se podría decir, en pocas palabras, que estamos escuchando respirar a Dios.
»Una noche, en el monitor de frecuencias próximas —que registra los sonidos cercanos, por lo general producto de tormentas eléctricas u otro tipo de eventos de nuestra atmósfera—, observé tres señales que jamás había visto en dos años de trabajo. Las tres eran idénticas, con un intervalo de treinta segundos; la primera a las 23:15 h. La verdad, no les di mayor importancia porque, le reitero, son eventos próximos que pueden ser incluso de aviones lejanos. Pero a las 23:30 h se repitieron, y también a las 23:45 h, a las 00:00 h y a las 00:15 h. En total fueron cinco claras señales que después desaparecieron. De acuerdo con nuestras normas, las señales de este tipo no es necesario informarlas, salvo que se mantengan en el tiempo, pero esto tampoco significaba algo trascendente.
»Cuando el lunes regresé a mi puesto, intercambiamos un saludo con mi compañero, quien nada me dijo. Lo primero que hice fue ver en los registros si él había dejado alguna novedad; como no había nada, verifiqué en los archivos de ese fin de semana y no se había registrado nada similar.
»Después me preparé un café caliente y me dispuse a trabajar. Este trabajo tiene la peculiaridad de no permitir hacer otra cosa que observar los monitores y escuchar.
—¿Con qué se puede comparar lo que se escucha? —le pregunté intrigado.
—Lo más parecido —me dijo aquel joven, que cuanto más me contaba, más creíble me resultaba— es el sonido del mar. Y la verdad le digo que nuestros océanos son comparables, en nuestra escala humana, a un verdadero universo.
»Bueno, me encontraba distraído ajustando un monitor cuando detecté nuevamente los tres tonos, imposibles de no reconocer. Cuando miré la hora, eran exactamente las 22:15 h, y nuevamente se repitieron cuatro veces más con los mismos intervalos y en los mismos horarios. Después, nada: solo el mismo rumor del universo.
No sé por qué motivo no di aviso de esto. Cuando me recosté en mi habitación ese día, comencé a pensar qué podría ser y se me ocurrió que tal vez era un desperfecto discontinuo, pero solo eran suposiciones. Nuevamente no le di mayor importancia y me quedé dormido.
»El asombro surgió cuando el resto de los días, hasta el viernes, se repitieron del mismo modo y en el mismo horario. Ese último día antes del fin de semana revisé todos los archivos diurnos, y en ninguno encontré siquiera una sola serie de los tres golpes similares.
»El lunes directamente le conté a mi compañero lo ocurrido durante toda la semana, pero él no tenía deseos de formular hipótesis ni teorías; únicamente me miró y me deseó buenas noches.
»Esa semana, los mismos golpes se repitieron implacables, nítidos y precisos.
»A esa altura creí que debía informarle a mis superiores, y así lo hice, dejando un informe por escrito. Al lunes siguiente, por toda respuesta, recibí un «Gracias, OK».
»Evidentemente, imaginé que si mi superior, que trabajaba allí hacía diez años, no le daba importancia a esto, por qué debería dársela yo.
»Ahora debo decirle algo que es fundamental en esta historia, que quizás haya sido el motivo principal de lo que le contaré. Mi difunto padre era un estudioso de idiomas antiguos; lo hacía solamente como entretenimiento, pues en realidad era empleado bancario. Cuando yo era chico, por las noches compartía algo de sus estudios porque tenía una biblioteca de libros muy antiguos, tanto que los manipulaba con guantes y los leía con una enorme lupa con luz. Esta actividad de mi padre me resultaba muy colorida y atractiva, y es así como me fue enseñando bastante del idioma sánscrito, que es una antiquísima lengua india que se remonta al año 1500 antes de Cristo.
—¿Pero qué tiene que ver el idioma sánscrito con el sonido del universo? —le pregunté.
—Nada, no tiene nada que ver, pero sí tiene que ver con esto que le contaré. Las cuatro semanas siguientes escuché exactamente lo mismo. La verdad es que deseaba que estos desconocidos sonidos no me perturbaran, pero me era imposible no reconocerlos. Ese último jueves tuve la necesidad de salir al aire libre exactamente a las 23:15 h. Cuando salí, el cielo era impactante y, de pronto, a unos 45 grados sobre el horizonte, tres luces muy fuertes y equidistantes, formando un triángulo equilátero, se encendían acompasadamente.
Mario L. se quedó mirándome sin decir palabra. Le pregunté qué había ocurrido después, y me dijo:
—Esto que le digo se lo he dicho solo a tres personas superiores a mí en el observatorio, y las tres no me permitieron continuar: redactaron un informe en el que decían que yo no estaba capacitado para el trabajo que realizaba y me despidieron. Pero usted aún me sigue atendiendo, y eso me brinda una gran tranquilidad, porque a veces pienso que estoy loco.
»Todo transcurrió el viernes. A las 22:15 h, cuando salí, el cielo estaba despejado. Miré en la misma orientación y no vi nada; pero cuando levanté la cabeza, estaban sobre mí. Diría que a muy baja altura, pero esto no lo puedo afirmar. Lo que sentí es algo que nunca me había sucedido desde la muerte de mi padre: lo vi nítidamente en su escritorio, con sus libros, y me miraba.
El rostro de Mario L., cuando me contaba esto, daba la sensación de transformarse en el de un hombre muy mayor; no sé explicarlo: su voz, sus ojos, la posición de sus manos... Le pregunté si se sentía bien y me dijo que sí, solo que recordar esto le provocaba un extraño cansancio. Pero necesitaba contarlo porque, a esa altura, le resultaba una carga muy pesada. Así continuó:
—Esto es lo que me dijo alguien con la misma voz de mi padre:
«Mario, qué bueno verte bien. Yo estoy bien, no te preocupes; tampoco trates de responderme, solo escucha esto con tu mente y transmítelo cuando puedas a alguien confiable. En este momento yo solamente soy un intermediario entre alguien superior y tú; mi hobby del idioma sánscrito fue la causa de que nos eligieran.
Solo contamos con esta noche, por lo cual trataré de ser muy preciso. Ayudan mucho tus estudios para que todo te quede claro.
Ese alguien superior pertenece a una civilización desarrollada con la misma estructura mental que los humanos, pero más evolucionada. Debes entender que en el universo existen miles de civilizaciones. Si imaginamos una escala de valores y las recorremos del puesto décimo negativo al puesto décimo positivo, los humanos pertenecemos al tercer puesto negativo, y los que nos contactan, al segundo positivo.
Así como los científicos humanos quieren investigar y saber más, todas las civilizaciones del universo pretenden lo mismo. Por esto, muchas veces en la historia de la humanidad estos seres superiores se han contactado con pueblos como los egipcios o los griegos, y también con individuos: Mahoma, Isaac Newton, Jesucristo, Buda, Pablo de Tarso, Confucio, Cristóbal Colón, Albert Einstein, Louis Pasteur, Galileo Galilei, Napoleón, Henry Ford y muchos otros. Esto permitió que la humanidad avanzara; pero la insistencia de seres menores en querer solo conseguir poder y desatar guerras ha hecho que por mucho tiempo se perdiera el interés en los humanos.
Con su ciencia actual, los humanos difícilmente puedan salir de su sistema solar; tal vez llegarán a colonizarlo, pero no mucho más. De la única manera que podrán salir de la Vía Láctea será enviando al espacio embriones humanos en cápsulas autodirigidas, pero deberán resolver cómo proteger a estos seres durante los primeros años de su vida y brindarles un aprendizaje que les permita saber de sus antepasados, o dejarlos librados a su total ignorancia... Es decir, es únicamente una apuesta sin saber jamás los resultados.
El planeta Tierra se agotará por la declinación del Sol. Falta muchísimo, pero será así. Lamentablemente, su forma de ser quizás los lleve antes a su propia extinción.
Como último consejo saludable, te puedo decir que ustedes cuentan con algo que les es propio y no sabemos de otras civilizaciones que disfruten de ese bien: ese tesoro es su arte (música, literatura, escultura, pintura, teatro, cine y las formas que inventarán). Eso, aunque no lo sepan, los hace superiores en un sentido muy importante: poseen pasión. Ustedes saben odiar, pero también saben amar. Esas dos pasiones contrapuestas les permiten enfrentar situaciones extremas en sus vidas y, aunque ustedes no lo crean, nosotros no logramos entender sus mentes. Para nosotros no existen las pasiones, solamente el razonamiento puro; quizás por eso nuestra existencia es muy larga, pero a la vez monótona, tanto que muchos de nosotros preferimos auto extinguirnos.
Ya no queda tiempo; esto es todo lo que te podemos decir por intermedio de tu padre, el cual está orgulloso de ti. Por último, Mario, queremos brindarte un obsequio que recibirás mañana cuando termines tu trabajo».
»Después de sentir, no de escuchar, todo esto, quedé en un estado especial que no puedo describir, y nunca más desde ese día volví a sentir algo parecido. Eso es todo lo que tengo para decirle.
Cuando Mario L. terminó esta historia, su rostro se iluminó y nuevamente era ese joven alegre y cordial del principio de la reunión. Un silencio entre ambos se prolongó unos instantes, y después le pregunté qué le gustaría que hiciera con su historia. Solo me pidió que la dejara escrita.
Antes de despedirnos, le pregunté a Mario L. por el obsequio, y respondió:
—Esa madrugada de sábado, cuando me estaba retirando a descansar agotado y con mi mente llena de preguntas, llegaba a la base un contingente de estudiantes universitarios. Allí me presentaron a la coordinadora. Cuando nuestros ojos se cruzaron, comprendí que ese era, sin lugar a dudas, el obsequio. Hoy esa mujer es mi novia y esposa. Durante nuestras vacaciones siempre nos damos cita con el mar: nos quedamos sentados en silencio frente a él durante horas y solamente escuchamos su rumor.
Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."




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