“Nunca se es demasiado viejo para fijarse otra meta o para soñar un nuevo sueño."
C.S. Lewis (1898 - 1963)
La primavera es una época del año en la que se desea estar al aire libre. Esa sensación experimentó Gabriel esa mañana al abrir la ventana de su cocina mientras disfrutaba de su café, justo cuando una brisa le acariciaba la cara recordándole su juventud. A sus setenta y cinco años, muchas cosas ya no quería realizar; recordaba bien todavía las que había hecho y sabía todas las que no quiso o no pudo hacer.
Frente a él estaba el inmutable cerro al cual había subido cien veces, pero que ahora su rodilla le impedía conquistar. «Vivir solo es un poco triste», pensaba, «porque no se puede compartir la vida». Su perro le ayudaba en algo, pero solo era un perro… bueno, aunque Sultán no era cualquier perro: era un Beagle muy inteligente y un fiel compañero en las largas noches invernales, cuando Gabriel disfrutaba de sus libros, su coñac, su música y el fuego del hogar.
—¿Tienes hambre? Bueno, aquí tienes tu comida… ¿Tienes sed? Muy bien, toma tu agua.
Mientras Gabriel le decía esto, colmaba de alimento y agua los cacharros de su perro, en tanto este lo miraba y movía la cola.
—Estoy pensando, Sultán, en realizar una última trepada al cerro… Sí, ya sé, ¿qué hacer con mi rodilla? ¿Qué pasaría si la dejo de lado como si no me doliera? Sabes, debería probar usar muletas: con ellas no apoyaría mi pierna izquierda y entonces no me dolería. Ya sé que subir un cerro con muletas suena a un disparate, pero, sabes una cosa… a mi edad tengo deseos de hacer alguna locura.
Gabriel le decía esto a su perro mientras tomaba su café y miraba hacia el cerro, en tanto el sol comenzaba a iluminar su falda tapizada de aromos y palos azules.
—¡Vamos al pueblo a comprar muletas, Sultán!
Después de estacionar su camioneta frente a la ferretería, a cuyo propietario conocía desde joven, entró al local con su perro y le dijo al ferretero —un hombre de baja estatura, calvo, algo excedido de peso y a quien toda la vida vio vestido con el mismo mameluco color azul—:
—Disculpe, buen hombre, ¿no sabría decirme dónde puedo encontrar una ferretería en este pueblo de mala muerte?
—Se nota que un viejo huraño se levantó hoy de buen humor —le respondió aquel señor detrás del mostrador, que estaba repleto de herramientas—. Pobre Sultán, qué castigo le tocó vivir con un amo así.
—Roque, necesito comprar un par de muletas. ¿Dónde puedo conseguirlas? ¿Tienes idea?
—Yo iría a una ortopedia, pero en este pueblo de mala muerte no vas a encontrar —le dijo el ferretero a Gabriel, desquitándose de la broma anterior mientras corría una regadera para verle la cara a su amigo.
—No tengo todo el día para perder el poco tiempo que me queda de vida. ¿Sabes o no?
—Lo mismo decía mi tía, y vivió hasta los ciento dos años —le respondió el ferretero—. ¿Para qué necesitas muletas si con el bastón te manejas bien?
—Quiero trepar el cerro y necesito muletas para que no me duela la rodilla —le dijo en forma contundente Gabriel a Roque, quien al escuchar tal cosa le respondió:
—Evidentemente compruebo que te has vuelto loco. Avísame cuándo vas a realizar la trepada, así coordino con los rescatistas para que vayan a buscar tu cuerpo. Trata de que no sea un fin de semana, porque es cuando descansan los muchachos. ¿Dónde te parece bien que te enterremos?
—Por lo único que lamentaría morirme es por no poder llegar a verte con un traje al menos una vez en mi vida, aunque fuera en mi velorio —le dijo Gabriel a su amigo dirigiéndose a la puerta.
Después de irse de la ferretería, Gabriel se dirigió al «local de antigüedades» (eso decía el imponente cartel sobre la entrada; en realidad, todo el pueblo lo llamaba «el negocio de cosas viejas»). El local era atendido por su dueño, que era más viejo que las cosas que allí exponía: le decían Don Pedro.
—Estimadísimo Don Pedro, necesito algo que usted seguro debe tener —le dijo Gabriel al entrar a un señor encorvado de pelo blanco.
—¿Qué necesitas, hijo? —dijo el anciano.
—Necesito muletas.
—Dame unos minutos, que voy a ver al depósito —le dijo el amable hombre.
Mientras esperaba, Gabriel podía escuchar cómo en la otra habitación se corrían cosas pesadas y una nube de polvo salía por la puerta. Al cabo de un rato salió Don Pedro sacudiendo sus ropas con un par de muletas: una aparentemente sana y otra quebrada al medio.
—Solo te puedo ofrecer estas, Gabriel.
Después de cerrar el trato comercial, Gabriel se dirigió de regreso a su casa con su perro y las muletas.
Al día siguiente acondicionó en su taller las muletas a su estatura, que era muy superior a la del anterior dueño. Desde el punto de vista formal eran desastrosamente feas, pero podrían llegar a cumplir honorablemente su objetivo. Esa misma tarde, una vez terminadas, probó su funcionamiento. Al principio le resultaban muy incómodas y sentía cierto desequilibrio, pero poco a poco fue adquiriendo destreza, y su desplazamiento en terreno plano era bastante rápido sin que el dolor en su rodilla fuera un impedimento.
Esa noche Gabriel se fue a dormir pensando en una estrategia para poder llegar al objetivo que se había propuesto. Su contextura física aún era buena; recordaba que su última trepada la realizó cuando tenía cincuenta años y tardó diez horas en subir a la cima con buen tiempo. Pero ahora, subir con muletas esas pendientes en donde en algunos tramos había piedras sueltas era otra cosa. Era cierto que conocía aquellos senderos como la palma de su mano; no obstante, era consciente del peso de los años y del mal estado de su rodilla. La parte más complicada eran los últimos cincuenta metros, en los cuales se tenía que ayudar con sus manos y brazos; hacerlo con muletas era imposible y la única forma era soportando el dolor, no existía otra posibilidad. Pero eso lo resolvería en su momento.
Al día siguiente, cuando el sol despuntó, Gabriel ya había desayunado, tenía colocada su mochila y ató a Sultán mediante una correa a su cinturón.
—Es ahora o nunca, Sultán. ¡Vamos!
Después de decirle esto a su perro, comenzó con su proyecto de trepar el cerro.
El primer tramo de la subida era una pendiente suave que disfrutaba a pesar de que su marcha era muy lenta. Al no apoyar la pierna izquierda sobre el piso, la rodilla no le molestaba; pero el peso de su cuerpo a cada paso era soportado por sus brazos, y esto se transformó con el correr de las horas en una carga difícil de llevar. En dos horas recorrió lo que anteriormente realizaba en media, lo cual le indicaba que en un solo día no podría realizar la travesía. Como no tenía un equipo preparado para pasar la noche, decidió regresar para prepararse mejor.
—Regresemos, compañero. La próxima vez vendremos mejor preparados: necesitamos una carpa, farol, más agua y comida. Esto fue solo un intento de práctica —le decía Gabriel a su perro mientras emprendía el regreso.
Después de otra incursión de compras en el pueblo, Gabriel se equipó para intentar de nuevo la trepada. Esta vez la mochila pesaba bastante más, pero sabía que para alcanzar la cima debía pasar una noche en la montaña. Todo estaba preparado; salió al amanecer con Sultán, que parecía disfrutar muchísimo del viaje.
Para el mediodía, el trayecto recorrido le resultaba satisfactorio a Gabriel. Se sentía cansado pero entusiasta; después de comer unas frutas y darle unos granos a su perro, se recostó sobre una gran piedra bajo la sombra de un árbol. Allí se quedó dormido sintiendo una brisa reparadora. Al despertar se sintió algo dolorido, pero a poco de comenzar a caminar se le pasó.
Ahora el terreno era más empinado; en un descuido pisó una piedra floja y por poco se dobla el pie. Se sintió orgulloso cuando llegó al montículo de piedras, el cual era un mojón que indicaba el camino correcto para los jóvenes senderistas. Desde que era un niño, esas piedras llenas de musgo siempre habían estado allí; aprovechó para sacarse una selfie junto a su perro y el mojón de rocas.
Cuando el sol comenzaba a bajar, Gabriel decidió buscar un lugar para pasar la noche. En un sector del terreno bastante plano, sin malezas y protegido por tres grandes rocas, armó la pequeña carpa estructural, recolectó ramas secas y esperó a que anocheciera para encender una fogata. De cena calentó un guiso que trajo desde su casa y lo compartió con su fiel compañero.
—Aquí estamos, Sultán. Si todo sigue bien, mañana estaremos acampando en la cima. Debo confesarte, querido amigo, que te ha tocado en suerte un amo muy loco.
Mientras Gabriel le decía esto, el fuego le iluminaba los ojos a su perro, que se había acomodado junto a su pierna dejándose acariciar con gusto.
Cuando el fuego se consumió, lo terminó de apagar con agua y después se metieron en la carpa.
Al día siguiente, Gabriel se despertó sintiendo el hocico de su compañero en su oreja: era hora de abrir el cierre de la carpa para dejarlo salir. La mañana estaba fresca y una brisa persistente soplaba del sur. Después de encender fuego, calentó café y lo acompañó con unas galletas dulces que compartió con su perro.
Tras acomodar y guardar todo en la mochila, continuó con su viaje. «Un paso a la vez», se decía, «un paso a la vez».
Al cabo de una hora esperaba ver un estrecho entre dos rocas muy grandes por el cual siempre había pasado, pero en lugar de eso solo había una pendiente bastante pronunciada de ripio cuya superficie no le brindaba mucha confianza. Había llegado a la mitad de la misma cuando su pie derecho resbaló y se dio cuenta de que perdía el equilibrio. Atinó a liberar la correa de Sultán cuando comenzó a rodar cuesta abajo sin control. Sentía fuertes golpes en la cabeza y en las piernas hasta que todo su cuerpo impactó muy fuerte contra un árbol; allí perdió el conocimiento.
Cuando despertó, su perro le estaba lamiendo la cara. Antes de moverse, recorrió con la mente todo su cuerpo: sentía un fuerte dolor en la cintura. Después empezó a mover lentamente sus extremidades para corroborar si había quebraduras; aparentemente no, pero con la mano se tocó la frente, de la cual brotaba sangre. Lentamente se sentó recostando la espalda en el árbol y acarició a Sultán, que movía la cola. Al ver cómo había quedado esparcido todo su equipo, comprobó que había rodado unos cincuenta metros. El brazo derecho le dolía bastante y tenía la camisa desgarrada en el hombro.
Con su mente algo más clara, empezó a evaluar alternativas. A pocos metros podía ver su teléfono destrozado, lo que le impediría pedir auxilio. Cuando pudo sacar el pañuelo del bolsillo del pantalón, presionó la lastimadura de la frente y logró parar la hemorragia. Por la ubicación del sol se dio cuenta de que estuvo desmayado casi tres horas. La única posibilidad de salir de esa situación era hacerlo por sus propios medios. Por fin decidió incorporarse y, al ponerse de pie, se sintió reconfortado porque, a pesar de los golpes recibidos, podía caminar. De rodillas y apoyando las manos en el piso fue juntando cada una de las cosas hasta que pudo rearmar el campamento con mucho esfuerzo. Sus muletas habían desaparecido. Logró levantar la carpa en una pequeña superficie plana, pero no tenía más fuerzas para juntar leña. Se había levantado un viento frío, por lo que se metió en la carpa y solo comió un chocolate, siempre acompañado de su inseparable y fiel amigo.
Después de passr la noche, al despertar, le dolía todo el cuerpo, pero la cintura mucho más. Lentamente pudo abrir el cierre de la carpa para dejar salir a Sultán. Al abrirla, vio un día hermoso con un sol brillante. Se puso de rodillas y, apoyando las manos en el suelo, salió. El sol empezó a calentar su cuerpo y esto lo reconfortó. Necesitaba tomar algo caliente, pero sin leña a mano era imposible; se conformó con tomar agua de su cantimplora. En su mente empezó a formarse la idea de regresar. «Mi proyecto fue la locura de un viejo», se dijo; sintió la necesidad de estar en la comodidad de su casa.
En el momento en que pensaba estas cosas, junto a su perro apareció una chica con un vestido floreado y alpargatas blancas; su pelo era negro como sus ojos, llevaba dos trenzas cortas y tenía la tez morena. Con una amplia sonrisa que permitía ver su blanca dentadura, le dijo:
—Hola, Gabriel. Hace mucho que te espero; por fin decidiste venir, me alegra mucho.
Gabriel, sorprendido, respondió:
—¿De dónde me conoces, niña?
—Te conozco desde siempre, desde cuando eras joven. Yo siempre estuve aquí, pero tú estabas entretenido en otras cosas y no me tenías en cuenta.
Gabriel no entendía tal afirmación, pero la chica estaba allí presente. Su perro la miraba sin ladrar.
—¿Quieres aún llegar a la cima o prefieres regresar? —le dijo la niña.
—No sé si puedo regresar —contestó Gabriel desanimado.
—Todos podemos intentar lo que se nos ocurra; lograrlo o no depende de otras cosas —dijo la niña tendiéndole la mano.
Cuando Gabriel le tomó la mano a la niña y se incorporó, sucedió algo inesperado: al apoyar la pierna izquierda en el piso ya no le dolía, tampoco la espalda ni el hombro.
—¿Quién eres, señorita? —le preguntó Gabriel.
—Digamos que soy tu ángel guardián. No necesitas saber más; solo dime qué quieres hacer.
—En este momento me siento fortalecido, tengo deseos de seguir, no siento dolor alguno —dijo Gabriel levantando la pierna y moviendo el brazo que antes le dolía.
—Pues entonces vamos, no hay tiempo que perder si quieres llegar a la cima antes de la noche —le dijo la niña sin soltarle la mano y mirando hacia el camino.
El resto del trayecto fue placentero. Gabriel no sentía cansancio y podía sortear todos los obstáculos complejos sin inconvenientes. La niña no le hablaba, solo lo guiaba; Sultán caminaba junto a Gabriel moviendo la cola y, de tanto en tanto, daba un ladrido de algarabía.
Por fin se detuvieron frente a la última etapa: era necesario subir por un muro de piedra casi vertical de unos seis metros de alto, que era el único acceso posible.
—Ahora depende de ti, Gabriel —le dijo la chica desconocida.
Gabriel puso a Sultán dentro de la mochila, se la colocó en la espalda y comenzó a trepar. Era necesario aferrarse con las manos a los huecos e ir apoyando los pies con precisión en las piedras salientes sin perder el equilibrio. En un momento de la subida no podía encontrar un hueco o saliente para agarrarse con la mano derecha, hasta que por fin, estirándose todo lo posible, encontró una pequeña rama o raíz. Trató de tirarla para comprobar que fuera segura y, como estaba bien firme, de allí se tomó y pudo continuar.
Por fin llegó el premio mayor. Con un cansancio enorme logró llegar a la pequeña plataforma que tenía una gran piedra triangular. Allí se sentó con la espalda recostada en ella y contempló un espectacular atardecer. Cuando quiso avisarle a aquella niña que por fin estaba en la cima y agradecerle, esta ya no estaba. Allí se quedó Gabriel contemplando la caída del sol más espectacular de toda su vida, mientras acariciaba a su perro hasta que se quedó dormido.
Dos senderistas encontraron a Gabriel y a su perro en la cima del cerro a la mañana siguiente. Él estaba en muy mal estado, con la frente ensangrentada y la ropa destrozada. Le dieron agua y llamaron a los rescatistas. Los avezados jóvenes pudieron bajar a Gabriel, que estaba inconsciente y atado a una camilla, en no más de cuatro horas. Abajo lo esperaba una ambulancia que lo llevó al hospital.
—¿Me escuchas, Gabriel? ¿Me escuchas?
Gabriel, desde la cama del hospital y conectado a una bolsa de suero y a otros aparatos, pudo abrir el ojo que aún tenía sano y ver la cara redonda de Roque, el ferretero.
—Dime una cosa, Roque: ¿estoy vivo?
—Sí, viejo loco, estás vivo —le respondió su amigo aliviado.
—Me parecía, porque estás con el mameluco de siempre —le dijo Gabriel a su amigo con un hilo de voz—. ¿Cómo está Sultán?
—Mejor que tú, está en mi casa. Dime una cosa, Gabriel: siempre supe que estás chiflado, pero esto que hiciste es imperdonable. Podrías haber muerto; si no pasaban esos dos muchachos que te vieron, hoy no estabas contando el cuento… No obstante, lo que nadie puede entender es cómo pudiste hacer para llegar a la cima. Nadie lo comprende: con muletas y a tu edad, es imposible.
Gabriel, tomando la mano de su amigo, le dijo en voz baja:
—Acércate.
Cuando su amigo se aproximó, Gabriel le dijo:
—Si te cuento cómo logré llegar, no me lo vas a creer. Ni tú, ni nadie.
Estimado lector: mi sitio de cuentos no posee publicidad. Todos mis relatos puedes leerlos de principio a fin en el momento que quieras. Si te ha gustado esta historia, puedes invitarme un tecito o cafecito en señal de aprobación. Desde ya, muchas gracias por tu colaboración."









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