La vi caer.
Estaba en una rama muy alta,
plena, libre.
Cuando su cuerpo golpeó contra el suelo,
comprendí el error.
Corrí a buscarla:
de su pecho brotaba sangre,
ya no había remedio.
La tomé entre mis manos y todavía pude sentir
el calor de la vida.
Yo fui el culpable.
Yo le arrebaté su inocente vida.
¿Por qué tuve que acertar?
No arrojé esa piedra para matarla.
¿Por qué yo?
Aún hoy, siendo grande,
la sigo viendo caer:
sin vida, sin remedio.
Pobre paloma…
pobre niño.
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