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sábado, septiembre 26, 2026

NADIE ME CREERÁ ESTA HISTORIA

           Esto que voy a contar, anticipo que nadie me lo creerá, pero no puedo guardarlo para mí.

Me ocurrió en Bariloche.

Decidimos ir unos días con mi familia, para lo cual alquilamos una cabaña frente al lago Moreno, que está conectado con el Nahuel Huapi. Nos tocó un clima malo porque llovió toda esa semana, pero, de todos modos, las vistas que pudimos disfrutar eran magníficas.

Nos deslumbraron momentos en los cuales las nubes se corrían y dejaban ver las cumbres nevadas iluminadas por el sol; se veían majestuosas, imponentes, como una belleza eterna.

Esa tarde preferí quedarme mientras todos fueron a hacer compras. Me acomodé en una reposera con la sola intención de ver el paisaje en silencio. El lago era un espejo en donde se reflejaba un bosque majestuoso.

Estaba entretenido con mis ideas de quedarme allí para siempre cuando ocurrió.

En medio del espejo de agua pude ver una mancha oscura, pero no era posible que fuera la sombra de una nube porque estaba totalmente nublado. Quedé atento mirando y, de golpe, apareció frente a mí. Su enorme cabeza estaba sostenida por un cuello largo y robusto; sus ojos eran grandes y verdes. Una cresta dura asomaba sobre su frente. Hasta pude ver el vapor que salía de su boca. Es difícil calcular las distancias en un lago, pero estaba a no más de cien metros.

La vieja leyenda se convirtió en realidad frente a mis ojos. En ese instante no tenía mi teléfono para registrar el momento, pero dudé en moverme por temor a que desapareciera de mi vista y no volver a verlo jamás. Me arriesgué y decidí ir a buscarlo. Cuando regresé, aún estaba allí. Lo enfoqué y realicé varias tomas. ¡Tenía el registro! Inmediatamente después, se sumergió lentamente dejando una pequeña estela de espuma.

Mi corazón palpitaba de emoción. Me quedé parado sin respirar siquiera, esperando verlo una vez más, pero no fue posible; la superficie del agua quedó quieta.

Me asaltó la preocupación de que las fotos no hubieran salido. Cuando miré, allí estaba registrada mi experiencia.

Después pensé que, lamentablemente, a pesar de las fotos, tampoco nadie me creería, porque hoy es muy simple trucarlas.

Cuando llegó mi familia, les conté lo ocurrido y todos rieron. Les mostré las fotos y solo dijeron que estaban bien armadas. Insistí y les juré que lo había visto, pero no me creyeron. Durante el resto del día insistí en aquello que vi, pero solo me dijeron que no los aburriera con la historia, que ya era suficiente.

Por último, para no quedar como un pesado, no insistí más; era inútil, nadie me creyó a pesar de decirles cada detalle de esa criatura. Cuanto más describía ese momento, menos me creían.

No es mi costumbre mentir, pero, evidentemente, cuando algo es tan asombroso, conseguir que a uno le crean no es fácil… Reconozco que es imposible.

Solo tengo para decir a aquel que quiera creerme que el Nahuelito existe; yo lo vi.

¡Lo juro por mi vida!





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