«La pobreza pasa, la elegancia queda y la amistad verdadera es el único lujo que no se puede empeñar».
Autor desconocido
Es muy curioso cómo alguien puede llegar a soportar, si es la palabra precisa, a un jefe durante más de treinta años y llegar a tomarle aprecio. Este era el caso de Justino, quien trabajaba de mayordomo en la mansión de Alberto Miralles Lencina —Don Alberto, para aquellos que bien lo conocían—.
Este hombre de familia acaudalada poseía una casona en las afueras de Tres Arroyos. Lamentablemente, contingencias en los negocios de ganadería y luego en agricultura habían convertido a Don Alberto, hombre culto y elegante, en alguien tal vez más pobre que su mayordomo. Una pequeña pensión otorgada gracias a su padre, el cual había sido embajador en Paraguay, permitía llevar adelante la vida de Justino y de Don Alberto: alimentos, algunos remedios y las cuentas de luz y teléfono, que se pagaban puntualmente, debido a que estos dos últimos servicios eran indispensables para Don Alberto; el primero, para continuar leyendo en esas noches silenciosas e interminables, y el segundo, para poder continuar hablando con viejos amigos, los cuales, con cada año que pasaba, alguno que otro se ausentaba para siempre.
Justino apreciaba a aquel viejo silencioso y escudriñador de la inmensa biblioteca que poseía aquella casa desvencijada; esos libros eran seguramente más valiosos que todo el predio, con la mansión incluida.
Esa mañana de julio, Don Alberto lo llamó con la campanita que tenía sobre el escritorio. Esto llamó inmediatamente la atención de Justino, debido a que la misma hacía muchos años que no se utilizaba, por lo cual este cambio en la monótona rutina de la casa lo preocupó: «No fuera a ser que justamente dos días antes de recibir la pensión y su correspondiente porcentaje pactado, su empleador se enfermara». Justino en persona lo acompañaba al pueblo todos los meses como una ceremonia casi religiosa; esos dineros eran su único sustento. ¿Quién contrataría a un viejo para darle trabajo de mayordomo? Sabía perfectamente que su futuro se encontraba atado a la vida de su patrón: seguramente, el último de su vida.
Cuando abrió la puerta del escritorio, Justino se percató inmediatamente de que algo andaba mal. Frente a la ventana que daba al parque se encontraba Don Alberto de pie. Con su larga bata azul y su pañuelo de seda al cuello, sus manos cruzadas por detrás le daban a la esbelta figura de aquel otrora señor estanciero un aire de nobleza que hacía muchos años no ostentaba.
—Justino —exclamó el elegante viejo de cabello blanco y lacio—, quiero que esta noche te esmeres con la cena, porque espero invitados. Es gente muy importante para mí, por lo cual te ruego que me permitas quedar muy bien. No te olvides de colocar los candelabros. En cuanto al menú, lo dejo en tus manos; el vino deberá ser el mejor de la bodega.
Justino quedó perplejo y desconcertado; pensó que el viejo comenzaba con síntomas de demencia senil, y solo atinó a decir:
—Como usted diga, señor, me esmeraré en todo lo posible. ¿Cuántos cubiertos?
—Solo tres —estableció Don Alberto.
Cuando Justino se retiró de la habitación, vino a su mente que en la bodega hacía muchos años que no quedaba ni una sola botella de vino, solo las telarañas ocupaban todos los espacios. Y además, «¿qué cena medianamente digna podría preparar sin plata ni crédito alguno?». Lamentablemente, la orden de su patrón era prácticamente imposible de acatar. «¿Pero cómo decirle a aquel hombre que esto era una verdadera locura a esta altura del mes? ¿Cómo insinuarle, sin mortificarlo, que con mucha suerte en la cocina quedaban un par de papas y algunos huevos? ¿Cómo explicarle lo obvio: que los años de esplendor ya habían pasado y que hoy tan solo eran dos viejos que actuaban representando, uno el papel de patrón y el otro el de mayordomo?».
Justino no podía decirle en la cara la verdad que ambos ocultaban desde mucho tiempo atrás; era una especie de contrato formal entre dos desafortunados. Cuando llegó a la cocina amplia y vacía, su impotencia le hizo pegar un golpe en la amplia mesa de madera. Por un momento tuvo deseos de salir corriendo de esa casa, pero se preguntó: «¿A dónde iría?». Luego quiso llorar, pero se contuvo. Lo que más mortificaba a Justino era que no podía defraudar a aquel compañero con el cual compartía extensas jugadas de ajedrez, las más exquisitas piezas musicales y, sobre todo, aquel mundo contenido en esa robusta biblioteca de roble. «No podía contradecir al viejo; sabía que le debía mucho más que un plato diario de comida y un techo: su patrón de toda la vida hoy era un compañero indispensable». Justino, resignado, se dirigió a su habitación y sacó debajo de su cama un pequeño maletín que contenía lo último que quedaba de sus ahorros, los cuales había jurado y perjurado no tocar porque eran su único bien en este mundo.
Las diez campanadas del reloj de la sala indicaban el comienzo de aquella velada. Todo estaba preparado: una impecable mesa servida, las copas de cristal, los candelabros con sus respectivas velas encendidas, todo completado por una suave melodía y el aroma a carne horneada proveniente de la cocina, que entonaba el espíritu de cualquier ser humano.
Don Alberto se encontraba hojeando un libro, vestido de impecable traje negro, camisa blanca, gemelos de oro y corbata roja. Justino controlaba el punto justo de la carne en tanto revisaba la presentación de las ensaladas y las salsas. Su estado de preocupación se había apaciguado, quizás por el trabajo de acomodar la recepción o tal vez por la posibilidad de, una vez tranquilo, poder saborear a gusto su producción culinaria. Sobre una silla de la cocina esperaba su saco rojo de solapas negras; en realidad, era una afortunada adquisición de los días en que trabajaba en aquel gran hotel de la ciudad como recepcionista. Por suerte, aún se conservaba íntegro.
Un automóvil se detuvo en la puerta y luego hizo sonar dos veces su bocina. Esto alertó inmediatamente a Justino, que corrió al hall principal para recibir a los invitados. Al abrir la puerta de entrada, pudo observar un auto de alquiler proveniente del pueblo. Al acercarse y abrir la puerta trasera, Justino reconoció inmediatamente a la señora: se trataba de Verónica, una amiga del patrón, la cual le solicitó presurosa, mientras descendía del vehículo, que por favor abonara el servicio debido a que no tenía nada de cambio. Justino pensó que esto era el colmo: «¡Justamente él debía soportar los caprichos de esta mujer y de su patrón, que organizaban descaradamente una velada a costillas de sus magros ahorros!». Justino, después de esto, pensó que a la mañana hablaría seriamente con Don Alberto y pondría las cosas en su lugar de una vez por todas.
Cuando Justino entró en la casa, antes de dirigirse a la cocina, pasó frente al escritorio y observó que la elegante señora y Don Alberto charlaban animadamente parados frente al hogar encendido. Para Justino esa mujer era realmente una persona cautivante; a pesar de que su piel no conservaba la frescura de antaño, su voz, sus ojos celestes y sus femeninos ademanes podrían aún hoy hacer ruborizar a cualquier joven si esta mujer se lo propusiera. Verónica cultivaba una amistad de muchísimos años con Don Alberto; más de una vez Justino se preguntó: «¿Por qué motivo este solitario solterón de patrón que tenía no daba el paso definitivo para conquistar el corazón de aquella bella dama, la cual sin duda aceptaría cualquier proposición?». Pero así eran las cosas. Solo sabía que Don Alberto, de joven, había tenido un único amor, el cual jamás fue correspondido, y esto lamentablemente, al parecer, había empañado su relación con las mujeres, excepto con Verónica, la cual visitaba a Don Alberto al regresar de sus infatigables y largos viajes por todo el mundo, que habían terminado por agotar la abultada herencia de su padre. Hoy Verónica se encontraba tanto o más arruinada que Don Alberto.
Cuando Justino llegó a la cocina, se apresuró a retirar la carne del horno que estaba a punto y preparó todo en una gran fuente de plata, la cual en dos oportunidades se había salvado por milagro de ser dejada en el banco de empeño. Justino se disponía a llevar la cena cuando alguien por detrás se adelantó a tomar la fuente; era Verónica, que con una amplia sonrisa le dijo:
—Hoy el invitado principal eres tú, mi querido Justino, más allá de que hayas sido el que aportó los recursos y la mano de obra para esta velada —cuestión que en su oportunidad compensaremos—, y pidiéndote perdón por tal atrevimiento; pero lo que ocurre es que yo no me llevo bien con la cocina, sumado a una cuestión de tiempo, decidimos con Alberto que no podíamos retrasar ni un solo día más esta reunión.
Justino quedó perplejo, no entendía una sola palabra de lo que decía esa señora. Es decir, entendía a lo que se refería, pero jamás hubiera imaginado que estas dos personas con las que había transitado tantos años de su vida lo consideraran a él prácticamente como a alguien de la familia, si se podía llamar una relación de familia a su vínculo de trabajo con Don Alberto. Justino acompañó a la señora al comedor, en donde se encontraba Don Alberto. Curiosamente, al mirar a Don Alberto a los ojos, no se encontró con su patrón, el de siempre, el de todos los días: se encontró con la mirada de un amigo entrañable.
Don Alberto le dio un fuerte abrazo a Justino y le acomodó la silla para que se sentara, para luego decirle:
—Mi querido Justino, viejo amigo, hoy queremos con Verónica brindarte este agasajo. Bueno, por un problema de tiempo, el agasajo no salió como lo habíamos planeado, los recursos los has puesto tú; pero no te aflijas, el martes mi pensión, o mejor dicho nuestra pensión, reparará de inmediato esta total falta de respeto.
Justino, poco a poco, comenzó a entender esta inusual velada. Vinieron a su mente los años transcurridos en esa casa, los impecables modales de su patrón, las cálidas noches de lectura y ajedrez, y pudo ver que estas personas con las que compartía esa mesa eran su única familia. Cualquier desprevenido podría decir que tan solo eran tres viejos cenando sin mucho que decir, pero esto estaba muy lejos de eso. Esa velada fue una fantástica reunión de viejos amigos —o amigos viejos, como se les quiera llamar— que transcurrió durante una noche tal vez tan corta como la vida misma. En esa noche, Verónica hizo descostillar de risa a esos dos hombres con sus anécdotas desfachatadas de sus viajes interminables; Don Alberto, con sus profundos pensamientos tomados de cientos de escritores, dibujaba con su voz coloridos lugares en donde increíbles y asombrosas historias daban paso al espacio de un instante de silencio y reflexión; y por supuesto Justino, trayendo la simpleza de la gente del pueblo y sus graciosos disparates, los regresaba a la vida cotidiana. Esa noche fue una noche interminable, una noche de lujo y placer, una noche en donde nada ni nadie podría amenazar algo que aún perdura entre algunos hombres y mujeres: la pura y sincera amistad.
Un tenue resplandor en el ventanal los tomó desprevenidos. Amanecía, y esa única y magnífica velada llegaba a su fin, como todo en la vida. Verónica solicitó un último brindis y, poniéndose de pie, les dijo:
—Queridos amigos, esta ha sido la más linda noche de mi vida, y les puedo asegurar que he vivido muchas; pero esta en particular fue estupenda. Tal vez los años nos permitan apreciar mucho mejor ciertas cosas, que cuando éramos jóvenes, pero hoy ustedes me han permitido sentirme nuevamente joven, bella y feliz. ¿Qué más puede pedir una vieja?…perdón; me rectifico, una señora mayor. Se los agradezco de todo corazón. Y debo decirte, Justino, que el motivo de haber elegido una fecha inadecuada para este encuentro no fue un capricho; lo que ha ocurrido es que un insolente y joven médico quiere internarme mañana para realizarme no sé qué estudios, porque no sé qué análisis no están bien. ¡Tonterías! Pero, en fin, he decidido no contradecir por una vez a la ciencia y acataré la orden de ese mocoso.
Don Alberto y Justino, levantando también sus copas, bebieron en silencio. Luego acompañaron a la señora a la puerta; el mismo auto de alquiler que la trajo la esperaba. Un afectuoso beso en la mejilla a cada uno reconfortó el alma de aquellos dos viejos solitarios. El auto de alquiler tomó por el camino principal y lentamente se alejó, dejando una tenue estela de polvo.
Fin de esta historia
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