Era una de esas tardes en que la ciudad se entristece, una llovizna persistente humedece las calles y todos los colores se apagan para convertirse en una variada tonalidad de grises. En la penumbra del viejo bar, el paño verde de la mesa de billar se encendía, como todas las noches, para el desafío habitual por la ronda de café.
«¿Qué mejor lugar podría existir como este para un día así?», pensaba mientras acomodaba el cenicero, esperando que le trajeran su pedido como quien se prepara para acomodar sus ideas después de una semana sin pena ni gloria.
Ernesto siempre se preguntaba: «¿De qué modo se mantendrá el Gallego con este boliche de mala muerte, al que solo concurren personas como él, que a lo sumo consumen un cortado o alguna copa y hojean el mismo diario manoseado hasta el cansancio?».
Mirando por el ventanal, observó un taxi que se detenía para que subiera una pareja de jóvenes estudiantes sonrientes, como si esa tarde gris no existiera para ellos.
«Los jóvenes siempre están contentos», se decía, no como él, a quien la vida lo había marchitado por dentro y lo único vivo que le quedaba era su piel, como un cascarón duro con el que tenía que enfrentar todos los días el trabajo en la oficina para solo poder subsistir. Cuántas veces había pensado que su error fue no aceptar aquel trabajo que le ofrecía su tío en la Pampa. ¿Pero qué podía hacer en ese pueblucho que ni estación tenía, atendiendo una ferretería, justamente él, que no sabía distinguir un tornillo de un clavo? Para colmo, su tío era bastante peculiar: cuando quiso invitar a esa chica a tomar un café, le hizo un escándalo porque era la hija del dueño de la casa de repuestos.
—Es gente muy seria —le dijo, por lo cual indirectamente le indicaba que él no merecía entrar en ese círculo de la alta sociedad del pueblo. Pobre tío, no era malo, solo se pensaba que vivía en Manhattan, pero qué se le va a hacer, era así; creía que ese pueblo era el mejor del mundo y, si eso lo hacía sentirse bien, mejor para él, pero para Ernesto evidentemente no era el lugar adecuado.
Afuera, la gente pasaba caminando con paso apurado para llegar seguramente a sus casas y disfrutar del viernes a la tarde, quizás el mejor momento de la semana, en donde las expectativas del sábado y el domingo son mucho mayores que el devenir del propio fin de semana y que el pozo depresivo del domingo a la tarde, que nos indica que nuevamente la realidad de la vida comienza el lunes cuando suene el despertador.
A Ernesto le gustaba disfrutar de esa sensación de sentirse libre de responsabilidades al menos por esa tarde del viernes, en donde los dos días que más se anhelan comienzan a brindarnos todas sus sorpresas, que después resultan tan solo una continuidad de hechos que no cambian mucho las cosas.
Esa tarde en particular Ernesto se sentía melancólico y pensaba que, durante los últimos años, muchos habían sido los viernes por la tarde que había vivido y no existían cambios en su vida que le permitieran ver un futuro interesante.
Mientras meditaba estas cuestiones, le vinieron a la memoria las palabras de su padre: «El pasado no se puede cambiar y la realidad es una sola». Eso le decía el viejo todas las mañanas antes de salir con el camión de reparto para el frigorífico; se pensaba que él se levantaba para ir a la facultad y, después de que se iba, él seguía apolillando. Quería que fuera ingeniero y no pudo ni dar el ingreso. Pobre viejo, se murió satisfecho pensando que se había recibido. Lástima la casa de Caballito: tenía más deudas que rajaduras; de no ser por Edgardo, después de la venta casi tiene que poner plata encima.
«Tal vez si me hubiera casado con Clarita… Linda piba Clarita…, pero no era para mí, o mejor dicho, yo no era para ella. Al final se casó con Edgardo. Me acuerdo de cómo me miraba en la iglesia, creo que nunca dejó de quererme. Ella sí la pegó con Edgardo, lástima que no pudieron tener chicos con lo que le gustaban…, pero por lo menos vive como una duquesa. Yo no podría haberle dado esa vida jamás: viviríamos en la pensión y, para peor, llenos de deudas. Mejor así, porque siempre fue una buena mujer. Me acuerdo cuando me apuró para que concretáramos: creo que mi cara lo dijo todo y se fue llorando. No sé, siempre le tuve miedo al casorio, o no me gustan los compromisos: formar un hogar, los hijos… Qué sé yo, soy así, un bueno para nada, como me decía mi vieja. Me acuerdo cuando me metí con el negocio de la inmobiliaria: casi nos rematan la casa; si no fuera por sus ahorros, creo que ese disgusto la terminó del todo. Quería juntar plata para cambiar la casa; a la vieja le gustaba Belgrano, lástima que solo pudo disfrutar de Belgrano con ropa de mucama. Pobre vieja, tocarle los ahorros me dolió en el alma; creo que no me perdonó nunca, justamente a mí, su único hijo. Me acuerdo como si fuera hoy de ese día que fuimos a visitar a la patrona: me compró un pantalón nuevo y una camisa, y después me tocó vivir toda una tarde jugando con los hijos de la dueña, que me miraban como si yo fuera un extraterrestre. ¡Qué fastidio, por Dios! La vieja quería que me conectara con la alta sociedad y los chicos no me daban ni pelota.
Al que le fue bien es a Edgardo. Ya no viene por el boliche… A decir verdad, el tipo es un bocho y de números ni hablar: donde pone el ojo, pone la bala. Al final él se quedó con la casa de Caballito y después hicieron el edificio; creo que después de eso no paró de hacer plata. Es un buen muchacho Edgardo; lástima que siempre tiene cara de amargado. Es curioso si no le falta nada, solo que no pueden tener chicos, pero si quisieran podrían adoptar con Clarita. ¿Cuántos pibes necesitará una madre como ella? Dios le da pan al que no tiene dientes.
Hablando de Clarita, tengo que llamar a Elisa, me va a matar; para colmo me olvidé y no la saludé para el cumpleaños. Tendría que invitarla a cenar, pero hasta el mes que viene es imposible. Me dejó preocupado cuando hablamos por teléfono con esa sorpresa que tenía para darme; a ver si me dice que está de encargue, me muero, no quiero ni pensarlo. Me imagino durmiendo los tres en la cama de la pensión y me aterroriza. Esta Elisa, siempre con esas sorpresas que después son tonterías… Y bueno, ella es así… Yo también tengo más vueltas que una oreja».
Un hombre trajeado y con aire de diplomático pasó por delante de la ventana del bar y saludó a Ernesto elevando un poco el paraguas con amabilidad; Ernesto también lo saludó mientras el mozo le servía su café y un vasito de agua.
«Todavía sigue vivo este. ¿En qué andará?», pensaba Ernesto mientras le agregaba azúcar a su café. «Me acuerdo del día de la reunión en la unidad básica: casi le pego una cachetada. Lo único que le interesaba era hacerse cargo de la administración de los fondos de la cooperativa; según él, en unos meses la sacaba a flote, y todos sabíamos que cuando se hizo cargo de la tesorería del club, si no hacíamos la vaca de unos pesos cada uno, remataban hasta las bochas. Flor de chanta, y sigue caminando por la calle como si fuera un gran señor».
Tres muchachotes entraron al bar, saludaron con amabilidad a Ernesto y se dirigieron a la mesa de billar. Uno de ellos fue a buscar las tres bolas mientras los otros elegían los tacos para colocar con suavidad la tiza azul en la punta. Después, el sonido característico del billar animaba el salón y, de algún modo, el espíritu de Ernesto.
«Estos sí que no tienen drama», se decía mientras miraba desde lejos cómo comenzaban la partida. «Lo único que les interesa son las putas y el billar; y no sé si se darán un toquecito con algo, porque siempre están con las pilas puestas. No sé de qué viven, porque nunca se los ve por el barrio; tal vez vienen de asaltar a un pobre diablo. ¡Cómo está la juventud! Qué destino nos espera con estos malandras».
La noche había tomado la calle y las luces de los carteles de neón le daban un colorido especial a la avenida distante, ahora con el tránsito más calmo de un viernes lluvioso.
Ernesto se preguntaba lo curioso de los lugares de la ciudad: esa esquina del barrio se había quedado en el tiempo, en tanto los bares y negocios de la arteria principal prosperaron dentro de un mundo que se desentendió del resto y de la gente que, como él, no podía dejar el barrio, como si formaran parte de sus veredas y sus paredes desteñidas por el paso del tiempo del mismo modo que sus almas y sus recuerdos. A pesar de tener la opción de ir a una de esas confiterías modernas e iluminadas, siempre terminaba en el bar del Gallego; era como su segundo hogar, a pesar de no tener ni siquiera el primero.
Como casi todas las noches a la misma hora, llegó doña María, se sentó junto a la ventana y, sin mirar a nadie a pesar de conocer a todos, sacó la libreta para levantar las apuestas clandestinas de sus clientes perpetuos. Su rostro de mujer madura, castigado por el tiempo y una vida difícil, se iluminaba si pasaba alguna señora con su hijo en brazos. Se decía en el barrio que tenía un hijo, pero que era mejor perderlo que encontrarlo: solo venía a verla cuando se encontraba en apuros de dinero, y eso era casi todas las semanas. A pesar de sus años, en su rostro quedaban rastros de la hermosa mujer que habría sido alguna vez.
Ernesto pensaba que las mujeres solas, cuando envejecen, son más vulnerables que los hombres; pero daba la sensación de que son criaturas preparadas para sufrir, como doña María, a quien la vida se la llevó por delante, pero en cuyo interior siempre perdura el amor de toda madre por su hijo, aunque este sea un descarriado.
Se abrió la puerta nuevamente y entró una muchacha que, para el gusto de Ernesto (salvando las distancias del tiempo), le hubiera flechado el corazón con una sola mirada. Se dirigió al teléfono público y su presencia cortó el murmullo de los de la mesa de billar. Ernesto observó los ojos de los muchachos, que se asemejaban a los de fieras salvajes observando a una presa indefensa; después siguieron murmurando y se escuchó una tenue risa malvada, producto quizás de algún comentario morboso. Pero ese no era el lugar para atacar: allí las bestias solo se refugiaban los días de lluvia y no buscaban problemas. La muchacha se retiró y se despejó la tensión de inmediato.
Tres hombres entraron al bar y se sentaron en una mesa próxima a la de Ernesto. Dos de ellos vestían trajes elegantes y su pelo engominado brillaba dándoles un aire de profesionalismo y capacidad intelectual. El tercero lucía un pulóver tejido a mano que tapaba un prominente abdomen; su cara regordeta y su calvicie le daban un aspecto desprolijo. Después de pedir tres cafés, uno de los de traje sacó unos papeles de su portafolio y se los entregó al hombre del pulóver. Este, sin leerlos siquiera, tomó una birome del bolsillo de su camisa y los firmó, mientras los caballeros de traje cruzaban sus miradas con aire de satisfacción. Luego de este acto, el hombre del pulóver tomó su café de un solo trago e intentó pagar la cuenta; sus dos acompañantes no se lo permitieron y se retiró después de darles la mano. Los dos hombres bebieron lentamente sus cafés sin intercambiar palabra. Uno de ellos sacó un celular y realizó una llamada. Ernesto escuchó estas palabras:
—Ya está, quédate tranquilo, el lunes deposita la plata… No, ni siquiera protestó… Sí, sí, pero acordate de que esto tiene un costo. Chau, buen fin de semana.
Después de pagar, se retiraron con paso reposado y señorial.
Para Ernesto, estos dos tipos tenían el aspecto de delincuentes de guante blanco y, a pesar de no haberlos visto jamás, hubiera jurado que acababan de hacerle algún tipo de estafa a ese hombre que firmó sin tan siquiera leer.
«En qué balurdo lo habrán metido», pensaba Ernesto mientras prendía un cigarrillo. «De esta clase de gente Buenos Aires está llena: si llegás a caer en sus manos, te despluman y ni te das cuenta. Como cuando me quisieron vender aquel caballo de carrera: por poco voy en cana. Para colmo, los quise meter en el negocio a Juan y a Néstor. La cara de Néstor cuando vimos al potrillo era para filmarla: se le podían contar todas las costillas al noble animal. La trifulca que se armó fue de película; si no lo separamos a Juan, lo mataba al veterinario, que gritaba que él nada tenía que ver. Ahora me causa gracia, pero aquel momento fue tremendo. Hablando de Roma…».
Un hombre alto, de tez morena, muy delgado y de pelo totalmente blanco entró y se dirigió a la mesa de doña María. Después de hablarle por lo bajo y mientras la mujer anotaba en su libreta, le entregó dinero. Luego se arrimó a la mesa de Ernesto y le dijo:
—Tengo una mala noticia para darte: vengo del velorio de Néstor.
Ernesto, al escuchar la noticia de su amigo, se puso pálido y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Cuándo fue? —le preguntó.
El hombre, sin sentarse, le dijo que lo habían encontrado muerto hoy a la mañana en la casa, aparentemente de un ataque al corazón. Después de eso, le dijo que tenía que irse porque tenía gente a cenar y le dejó anotada en una servilleta la dirección del velatorio.
Ernesto se quedó con el sabor de las malas noticias que justamente parecería que llegan los días viernes. ¡Qué comienzo de fin de semana, tener que ir al velorio de un amigo!
La muerte de Néstor le cayó como un balde de agua fría: hacía dos días estaban charlando animadamente en esa misma mesa y ahora lo estaban velando.
Ernesto pensaba muy poco en la muerte, pero cuando pasaba tan cerca, reflexionar sobre ella era inevitable. Pensó que del grupo de amigos prácticamente no quedaba nadie. «Cómo se van los años», se decía, «y no se puede hacer nada, más allá de ir al velorio de los que nos dejan y charlar hasta el cansancio con los que aún se quedan». Los velorios eran la excusa perfecta para entablar todos los diálogos pendientes. Ernesto pensaba que, de no ser por los velorios, uno no se enteraría de las novedades de la familia; y, cuando termina, queda el ineludible compromiso de verse próximamente y no esperar a otra situación tan triste.
Ernesto se conformaba de algún modo pensando que, a pesar de que los amigos se van marchando, siempre queda el recuerdo de infinidad de anécdotas vividas que los regresan para instalarse en la charla, como si una vez más estuvieran presentes. ¿Quién puede asegurar que no lo están y que no se ríen con las bromas como siempre?
Se acordó del día que fueron a pescar a Santa Teresita en el Citroën del tendero: «Por poco nos matamos cuando se rompió la dirección en la ruta. Al final terminamos tirando líneas en la laguna de Chascomús y entre los cuatro solo sacamos una mojarrita. Menos mal que se me ocurrió llevar un paquete de bizcochos de grasa y el mate, porque nadie tenía un peso y todos pensaban que íbamos a comer lo que se pescara. ¡Qué optimismo! Si no fuera por los bizcochos, nos moríamos de hambre: entre el frío, los mosquitos y nada en el estómago, era para llorar».
Una pareja de apariencia acomodada ingresó y se sentó en la esquina del salón. Ella era una mujer de unos cuarenta años y él parecía bastante mayor. La señora daba la sensación de estar llorando y, al poco tiempo de estar allí, se escuchó que le gritaba al hombre:
—¡Sos un miserable, mujeriego y caradura!
Después de semejante grito, que se escuchó nítidamente en todo el bar, todas las miradas concurrieron al lugar. Luego de un silencio prolongado, el hombre comenzó a hablar en voz muy baja, con la cara colorada como un tomate. No había que ser adivino para interpretar lo que ocurría en esa mesa. Luego, la mujer se levantó bruscamente y se retiró llorando; el hombre pagó apresuradamente y la siguió a la calle.
«Todas las parejas, por algún motivo, siempre pelean; pero cuando se trata de engaños, la cosa cambia y recomponer tales situaciones no es sencillo. El peor enemigo en los matrimonios son los celos, pero a decir verdad, el hombre realmente tenía toda la pinta de ser mujeriego. A Ernesto le pareció muy curioso el episodio, porque la mujer era muy elegante y bien formada; a su parecer, candidatos no le faltaban, pero así son las cosas en la vida y los sentimientos de las personas suelen ser intrincados. Vaya a saber uno cómo era la historia de esos dos».
Ernesto no se consideraba un mujeriego, pero sabía que la mujer de sus sueños aún no había entrado en su vida, por lo cual se encontraba siempre alerta a cualquier eventualidad; solo que el carretel tenía cada vez menos hilo y, a esta altura del partido, las amistades de falda y tacones no se encuentran todos los días, por lo cual su relación con Elisa era lo más parecido a un noviazgo, siempre y cuando a Elisa no se le ocurriera tirar mucho de la soga, porque él era sumamente temeroso y escurridizo para las relaciones formales.
Un pibe de la calle se arrimó a la ventana donde estaba Ernesto y con su mirada escudriñó el interior del bar, como quien busca algo perdido; luego entró y se dirigió a la mesa de doña María. Tenía pantalones cortos y un pulóver con los codos deshilachados; su pelo enmarañado permitía adivinar que su morada era tal vez algún rincón sucio de alguna casilla de la villa. Solo se quedó allí parado frente a ella, mirando a la vieja sin hablar, como si su presencia dijera toda la necesidad que portaba, tanto material como espiritualmente. La mujer solo lo miró y extendió su mano para darle unas monedas; el chico no le dio ni las gracias, solo salió corriendo, como si todo fuera una simple rutina interminable.
Ernesto se imaginó por un instante cómo sería un solo día de la existencia de esa criatura, en donde la indiferencia de la gente puede ser tan cruel como el destino que lo trajo a la vida tan solo para ser un excluido de una sociedad que no los puede o no los quiere cobijar, y que en realidad trata de ignorarlos. ¿Qué futuro les deparará a este y a tantos otros chicos que deambulan por las calles de la ciudad sin rumbo, en donde las carencias de todo tipo inundan su mente? ¿Qué vida tendrán cuando sean adultos? Para ellos, la vida consiste tan solo en tratar de subsistir, quizás por instinto, del mismo modo que los animales; sus planes con respecto al futuro no pueden exceder más allá de conseguir durante el día un plato de comida, y sentir una caricia quizás llegue a ser algo tan improbable como tener un hogar, un padre o una madre.
«¿Cuánta responsabilidad nos cabe a todos?», pensaba. «Qué indiferentes somos a una realidad que no queremos ver, porque a decir verdad, cuando pasamos por un mal momento, nos quejamos como cotorras, y para nosotros es solo eso: un mal momento; para ellos, toda su vida es un fatal accidente».
Una mujer de anteojos negros, pañuelo de seda al cuello, vestida con trajecito negro, ingresó y se sentó en una de las mesas del centro del salón. Encendió un cigarrillo y, cuando se acercó el Gallego, le hizo un pedido. Al poco rato le trajeron un coñac; la mujer lo bebió de un solo trago, con la desesperación típica de un alcohólico. Luego pidió otro y, al tomarlo, pudo controlar ese impulso desesperado, guardando de algún modo las formas. Al cabo de un rato, Ernesto había perdido la cuenta de las copas, que fueron varias. La mujer mantenía aún la postura de una persona sobria y, de no ser por lo que había tomado, nadie diría que se trataba de una alcohólica: daba la sensación de ser una mujer muy culta y elegante. Llamó al Gallego una vez más y, con dificultad, sacó de su cartera un billete; después, sin esperar el vuelto, se paró y, en su dificultoso andar, encaró hacia la puerta, pero no pudo evitar tener que detenerse y apoyar su mano sobre una de las mesas para no caerse. El Gallego la alcanzó antes de que saliera y le entregó el vuelto de su dinero; ella respondió con una amplia sonrisa para luego salir y perderse en la noche.
«¿Quién velará por esta mujer? ¿Tendrá una familia a la cual recurrir o se encontrará sola en la vida con su padecimiento?». Ernesto, mientras se hacía estas preguntas, tuvo la intención de alcanzarla, por lo menos para ayudarla a subir a un taxi; pero luego dudó y tuvo miedo de involucrarse en un problema. «Para qué me voy a meter si bastante tengo con mis cosas», se dijo, y le pidió otro café al Gallego.
En ese preciso momento se le acercó un hombre joven, algo encorvado, muy alto, que portaba una maraña de papeles, carpetas y un grueso libro de esos de tapas duras: era Mauricio, el hijo del diariero. Saludó a Ernesto y se sentó frente a él en la mesa.
Ernesto conocía a este muchacho de toda la vida: sabía que estudiaba Filosofía y Letras; en verdad, anteriormente Arquitectura, luego Veterinaria y después Medicina. Era uno de esos personajes a los que les gusta emprender carreras para luego dejarlas y no terminar jamás ninguna, pero a Ernesto le caía bien: la forma de hablar que tenía le resultaba risueña, siempre preocupado por la política, el fútbol y esas historias misteriosas e intrincadas de negocios internacionales que no sabía de dónde las sacaba, pero que a Ernesto le resultaban tan interesantes como leer una novela de espionaje.
Su visitante pidió un completo de jamón crudo y una cerveza; le preguntó si deseaba algo también y tentó a Ernesto, que por la hora tenía algo de apetito.
La charla giró en torno a la muerte de Néstor y a la crítica hacia su familia, que solo se acordaba de él para sacarle plata, sabiendo que el difunto no podía decirle que no a nadie porque era un pedazo de pan.
—Hablando de pan —dijo Mauricio mientras miraba al mostrador donde estaba el Gallego—. ¡Che, Gallego, este pan que me diste es una goma! ¿Dónde lo tenías guardado, en el ropero?
—¡Mira que eres delicado tú! ¿No ves cómo está el clima? ¿Cómo quieres que esté el pan con este tiempo y a la hora que tú llegas? —le respondió al reclamo el Gallego desde detrás de la caja.
«¿Qué tendrá que ver la hora?», dijo por lo bajo Mauricio, en tanto le agregaba más cerveza a la copa.
Esa confianza mutua entre el dueño y el cliente, pensaba Ernesto, era justamente lo que hacía de ese lugar lo que más le atraía; esos pequeños detalles hacían confortable a ese decrépito salón. El bar del Gallego era como una gran familia en la que, a pesar de una aparente indiferencia, sus vidas se entrelazan de una u otra forma para atraparlos en un sueño cotidiano viendo pasar la vida frente a sus ojos. Y esa era, sin duda, la vida real: allí las apariencias quedaban de lado para solo dar paso a la verdad desnuda, muchas veces cruel y tantas otras risueña.
Fin de esta historia

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